106.- LA ROSA DE JERICÓ


La llanura oriental del Jordán, debido a las continuas lluvias, parece una laguna. Sacar las piernas de este pantano no es fácil. Los apóstoles están de un humor turbio. En todo lo que dicen muestran su descontento. Son reproches que hieren.

Juan dice:

–                     Sois profetas de cosas sucedidas. ¿Quién podía prever esta lluvia?

Bartolomé contesta:

–                     Se podía prever. Estamos en la estación.

Zelote les reprocha:

–                     Los otros años, ¿No pasó lo mismo antes de Pascua? Y quienes os lamentáis, ¿Habéis olvidado la sed que tuvimos en la llanura filistea?

Judas de Keriot exclama lleno de ironía:

–                     ¡Ea! Es natural. ¡Hablan los dos sabios y quieren convencernos!

Tadeo le objeta de mal talante:

–                     ¡Tú cállate por favor! No sabes más que criticar, pero cuando llega la hora; cuando hay que decir algo a un Fariseo o sus semejantes, te quedas tan callado, como si tuvieras la lengua amarrada.

El siempre paciente Andrés, hoy está con los nervios de punta e interviene:

–                     Tiene razón. ¿Por qué no arrojaste ni una palabra en el último poblado a las tres serpientes? ¡Pero ni chistaste! Ahora te pones a criticar y te pones a hacerte el irónico con los mejores de nosotros y a criticar lo que hace el Maestro.

Pedro dice:

–                     ¡Tú cállate! Judas está equivocado. Él, que tiene muchos amigos… Demasiados samaritanos…

Judas respinga:

–                     ¿Yo? ¿Quiénes son? ¡Nómbralos si puedes!…

–                     ¡Claro que sí, querido! ¡Todos los Fariseos, los Saduceos, los poderosos de quienes te glorías de ser amigo y de que te conozcan si te ven! A mí jamás me saludan, ¡A ti sí!…

–                     Tienes envidia. Yo soy uno del Templo y tú no.

–                     Por gracia de Dios soy un pescador y de ello me jacto.

–                     Un pescador tan burro que ni siquiera supo prever este tiempo.

–                     ¡No! Yo dije: ‘Luna de Nissán con lluvia, trae agua que cae a chorros’

–                     ¡Ah! ¡Aquí es donde te quería! ¿Qué dices Tadeo? Y ¿Tú Andrés? Hasta Pedro nuestro Jefe, critica al Maestro.

–                     Yo no critico a nadie, cité un proverbio.

–                     Que para quién lo entiende, no deja de ser una crítica y un reproche.

Tomás aconseja:

–                     Está bien. Pero todo esto no sirve para que se seque el suelo. Ya estamos aquí y conformémonos. Guardemos las fuerzas para poder sacar los pies de este pantano.

Jesús calla. Va adelante entre el fango, buscando hierbas que sobresalgan. Pero basta con pisarlas para que arrojen agua hasta las rodillas. El calla y los deja que hablen y desahoguen su malhumor.

Casi llegan al torrente y Jesús ve a un hombre montado sobre una mula, pasar sobre un dique inundado.

Y le pregunta:

–                     ¿Dónde está el puente?

–                     Más arriba. Voy a pasar también yo. El otro. El romano que está en el valle, también quedó bajo el agua.

Otro coro de inconformidades…

Pero se apresuran a seguir al hombre que está hablando con Jesús.

El hombre dice:

–                     Te conviene que te internes en el monte. El río crece a cada momento…. ¡Date prisa! No te detengas. ¡Qué tiempo tan malo! Primero la nieve y luego el agua. Parece castigo de Dios.

Pero es justo. Cuando no se lapida a los blasfemos de la Ley, Dios castiga. Y nosotros los tenemos. Eres galileo, ¿No? Entonces debes de conocer a ese de Nazareth a quién los buenos están abandonando como causa de todas las desgracias. Hay que oír lo que cuentan de Él, los que lo han conocido.

Los fariseos tienen razón en perseguirlo. Debe infundir miedo como Belcebú. Yo tenía ganas de oírlo, porque supe de algunas cosas buenas que hizo… Pero se trataba de los de su banda. Gente sin escrúpulos como Él. Los buenos lo abandonan. Y hacen bien. Por mi parte, ya no quiero oírlo. Y si por casualidad lo encuentro, lo tomaré a pedradas, como debe hacerse con un Blasfemo…

Jesus habla con mansedumbre:

–                     Entonces hazlo. Yo soy Jesús de Nazareth. No huyo, ni te maldigo. He venido para redimir al mundo con mi sangre. Aquí me tienes. Cumple con tu deber y muestra que eres justo.

Jesús dice esto abriendo un poco sus brazos hacia la tierra. Sus palabras resonaron claras, lentas. Si hubiera maldecido al hombre, no le habría causado mayor impresión. Bruscamente tira de las riendas. Y por poco cae del dique al río revuelto.

Jesús ase el freno a tiempo y detiene al animal de tal modo, que salva a ambos.

El hombre no sabe más que repetir:

–                     ¡Tú!… ¡Tú!…

Y al ver el gesto que lo ha salvado grita:

–                     ¡Pero si yo he jurado que te lapidaría!… ¿No comprendes?

–                     Y Yo te digo que te perdono y que también por ti sufriré para redimirte. Este es el oficio del Salvador.

El hombre lo mira una vez más… espolea al mulo y huye…

Jesús baja su cabeza.

Los apóstoles sienten la necesidad de olvidar el fango, la lluvia y todas las demás miserias, para contentarlo.

Lo rodean y le dicen:

–                     ¡No te aflijas! No tenemos la necesidad de bandidos. Y ese lo es. Porque solo un malvado puede creer que sean verdaderas las calumnias que te achacan y tenerte miedo.

Y añaden:

–                     ¡Pero qué imprudencia, Maestro! ¿Y si te hubiera hecho algún daño? ¿Por qué dijiste que eres Jesús de Nazareth?

–                     Porque es verdad. Vamos hacia los montes, como aconsejó. Perderemos un día. Pero saldremos de este pantano.

–                     ¡También Tú! –replican.

–                     ¡Oh! ¡No es por Mí! Es el pantano de las almas muertas, el que me causa fatiga.  –dos lágrimas cubren sus bellos ojos.

–                     ¡No llores, Maestro! Nosotros refunfuñamos pero te queremos mucho. Si pudiéramos encontrar a los que te denigran, nos la pagarían.

–                     Tendréis que perdonar como Yo. Pero dejadme llorar. También soy Hombre. ¡Me causa aflicción el verme traicionado, renegado, abandonado!

–                     ¡Míranos! ¡Míranos! Somos pocos, pero buenos. Ninguno de nosotros te traicionará, ni te abandonará, ¡Créelo, Maestro!

Judas de Keriot exclama:

–                     ¡Ni siquiera menciones esas cosas! ¡Ofendes nuestros sentimientos pensando que podemos traicionarte!

Jesús está muy afligido. No responde. Pero despacio, caen abundantes lágrimas, por sus pálidas mejillas.

Los montes están cerca.

Pedro pregunta:

–                     ¿Subimos allá o damos vueltas por las faldas?

Jesús contesta:

–                     Comienza a atardecer. Tratemos de llegar a algún poblado.

Tadeo, que tiene muy buena vista, escudriña las pendientes.

Se acerca a Jesús y dice:

–                     Hay cuevas en el monte. ¿Las ves? Podemos refugiarnos en ellas, mejor que quedarnos dentro del lodo.

Andrés añade:

–                     Podemos prender fuego.

Judas pregunta irónico:

–                     ¿Con leña mojada?

Nadie le replica.

La oscuridad baja rápida. Deciden meterse en una cueva grande para escapar de otro violento chubasco.

Parece un lugar que sirve de refugio a los pastores. Encuentran paja; petates y una especie de horno. También ramas de Enebro.

Tomás las junta y prende una hoguera.

Humo y olor a resina suben, pero el calor que despiden agrada a todos.

Lo rodean y comen pan y queso.

Mateo, que sigue ronco y resfriado dice:

–                     Pudimos haber llegado a alguna población.

Pedro dice:

–                     Óyeme. ¿Para qué nos suceda lo mismo que hace tres días? De aquí nadie nos echa. ¡Hay bastante leña! Esto parece un redil. –revisa el lugar y agrega- Nos turnaremos para dormir y mantener vivo el fuego, ¡Cómo nos ha ayudado Dios!

Judas refunfuña entre dientes:

–          ¡Valiente séquito de bobos mojados estamos hechos! Estamos  progresando…

Y ahora vamos a vivir en cuevas…

Pedro se vuelve un poco disgustado:

–                     Respecto a la gruta de Belén, donde nació el Señor; esto es un palacio. Y si Él nació allá, nosotros podemos pasar una noche aquí.

Juan dice:

–                     Es mejor que la de Arbela. Allá no había otra cosa más que nuestro corazón. – Y se sumerge en sus recuerdos…

Zelote agrega secamente:

–                     Y es mejor que en la que estuvo el Señor, antes de su predicación. –Mirando a Iscariote como diciéndole que se calle la boca.

Jesús habla:

–                     Y sin duda es más acogedora y más cómoda que aquella en la que hice penitencia por ti, Judas de Simón; en el pasado Tebet.

Judas dice un poco altanero:

–                     ¿Penitencia por mí? ¿Por qué? ¡No había necesidad!

–                     En verdad te digo que Yo y tú deberíamos pasar la vida haciendo penitencia, para que te veas libre de lo que pesa sobre ti. ¡Y aun así no bastaría!…

Las palabras de Jesús. Calmadas, tranquilas, caen como un rayo en un día sereno. Judas baja la cabeza y se va a un rincón. No se atreve a reaccionar.

Jesús ordena:

–                     Yo velaré y me preocuparé del fuego. Vosotros dormid.

Pasan los minutos y el chasquido de la leña se une a la respiración pesada de los Doce, que están muy cansados. Que se han acostado fatigados, sobre las bancas y la paja. Jesús los cuida como una madre cuida a sus hijos. Y llora al ver esas caras.

Unas herméticas. Otras, serenas. Otras reflejan el malhumor. Mira a Iscariote que parece refunfuñar con sus puños cerrados. Mira a Juan que duerme con una mano bajo su mejilla, como si fuera un niño pequeño. Mira la cara fiel de Pedro. La adusta de Bartolomé. La cacariza de Zelote. La aristocrática de su primo, Judas Tadeo.

Se detiene por un tiempo, mirando la de Santiago de Alfeo, que se parece tanto a la de José de Nazareth, su padre putativo.

Se sonríe al oír los monólogos de Tomás y de Andrés, que parecen hablar con el Maestro. Cubre bien a Mateo, que respira fatigosamente. Le pone más paja que extiende sobre sus pies, después de haberla calentado al fuego.

Sonríe al oír que Santiago de Zebedeo, dice: ‘¡Creed en el Maestro y tendréis la Vida!…’ y que continúa lanzando su sermón en sueños…

Se inclina a levantar la bolsa de Felipe, que guarda recuerdos amados y se la pone cerca de la cabeza… en los intervalos medita y ora…

El primero en despertar es Zelote. Ve a Jesús que todavía está cerca del fuego. Y al ver que el montón de leña, casi se ha acabado…

Comprende que el tiempo ha pasado. Baja de su banca y de puntillas se acerca a Jesús.

Y dice despacio:

–                     Maestro, ¿No vas a dormir? Ahora yo velo.

–                     Es ya el alba, Simón. Hace poco que salí y vi que el cielo clarea.

–                     ¡Oh! ¿Por qué no nos llamaste? ¡Debes estar muy cansado!

–                     ¡Oh, Simón! Tenía muchas cosas en qué pensar… Y porqué orar. –y apoya su cabeza sobre el pecho de su discípulo.

Zelote se la acaricia y pregunta:

–                     ¿En qué pensabas, Maestro? No tienes necesidad de ello. Sabes todo.

–                     Pensaba en lo que debo de hacer. Me encuentro desarmado ante el mundo astuto. Porque no tengo su malicia, ni la astucia de Satanás. El mundo me gana… Me siento cansado.

–                     Y lleno de aflicciones. Nosotros también somos culpables. Perdóname a mí y a mis compañeros, Maestro. No somos dignos de que sufras por nosotros. Lo digo en nombre de todos…

–                     Os amo mucho… Sufro mucho… ¿Por qué tan frecuentemente no me comprendéis?

La plática de ambos despierta a Juan, que es el que está más cerca. Abre sus ojos, mira asombrado a su alrededor, recuerda bien lo que pasó, se levanta y se acerca.

Oye las palabras de Jesús:

–                     Todo el odio y la incomprensión serían nada, si tuviera vuestro amor. Si me comprendieseis… ¡Pero es todo lo contrario! No lo hacéis… Esto es mi primer tormento. ¡Y cuán pesado es! Pero no tenéis la culpa. Sois hombres…

Os dolerá el no haberme comprendido, cuando ya no podréis repararlo. Por esta razón y porque expiaréis la superficialidad de ahora; la mezquindad de estos momentos. Os perdono de antemano y digo: “¡Padre perdónalos, porque no saben lo que hacen, ni el dolor que me causan!”

Juan da la vuelta y cae de rodillas. Se abraza a las piernas de Jesús y casi llorando dice:

–                     ¡Oh, Maestro mío!

Zelote que continúa teniendo la cabeza de Jesús sobre su pecho, se inclina a besar sus cabellos y le dice:

–                     ¡Te amamos mucho! Tomaremos de Ti la fuerza suficiente para defenderte. Para defendernos. Para triunfar…  Nos duele muchísimo el verte como cualquiera de nosotros; sujeto a la intemperie, a la miseria, a la desgracia, a las necesidades de la vida… Somos unos necios. Pero las cosas son así.

Para nosotros eres el Rey, el Vencedor, Dios. No logramos comprender la sublimidad de tu Abnegación, por amor a nosotros. Porque eres el único que sabe amarnos y nosotros…

Juan añade:

–                     Así es, Maestro. Simón dice bien. No sabemos amar como Dios ama. Como lo haces Tú… Y lo que es bondad infinita, amor infinito, lo tomamos como debilidad y nos aprovechamos de ella. Aumenta nuestro amor. Aumenta tu Amor, Tú que eres su fuente… Haz que se derrame en nosotros como un río. Satúranos de él. No es necesaria la sabiduría, ni el valor, ni la austeridad, para ser perfectos cómo quieres. Basta con que amemos, Señor. Confieso en nombre de mis compañeros que no sabemos amar.

–                     Vosotros dos que me comprendéis os acusáis. Sois humildes. La humildad es amor. Los demás no tienen más que un obstaculillo para que sean como vosotros. Y Yo lo abatiré. Porque en verdad soy Rey, Vencedor y Dios. ¡Para siempre!

Ahora soy el Hombre. Mi frente se inclina bajo el suplicio de mi corona. Siempre ha sido una corona torturadora haber sido el Hombre. Gracias amigos míos. Me habéis consolado. El hombre tiene una ventaja y es el tener una Madre que lo ama y amigos sinceros. Vamos a despertar a sus compañeros. Ya no llueve. Los mantos están secos. Han descansado. Comeréis y partiremos.

Poco a poco su voz sube de tono, hasta que el ‘partiremos’ se convierte en una orden.

Todos se levantan y se duelen de haber dormido, mientras Jesús velaba.

Después de comer apagan el fuego; toman sus mantos y salen a la vereda húmeda. Las luces del alba y la luz de la luna, iluminan tenuemente el camino. La luz no es gran cosa, porque el sol no ha salido todavía; pero es suficiente para ver.

Andrés y los dos hijos de Alfeo van adelante. De pronto, se detiene. Miran. Y retroceden corriendo.

Llegan junto a Jesús y dicen:

–                     ¡Hay una mujer atravesada en el camino! ¡Parece que está muerta! ¡Está tirada sobre el camino!

Los apóstoles comentan:

–                     ¡Qué fastidio!

–                     ¡Empezamos mal!

–                     ¿Cómo vamos a hacer?

–                     ¡Ahora habrá que purificarse!

Son los primeros refunfuños del día.

Tomás dice a Iscariote:

–                     Vamos nosotros a ver si está muerta o no.

Judas rezonga:

–                     ¡Ni por chiste, voy contigo!

Zelote contesta:

–                     Yo voy contigo.

Se acercan. Se inclinan y Tomás vuelve gritando.

Santiago de Zebedeo dice.

–                     Tal vez la asesinaron.

Felipe agrega:

–                     O bien murió de frío.

Tomás llega y con su fuerte voz anuncia:

–                     ¡Tiene las vestiduras de los leprosos!…

Y por la cara que pone, parece como si hubiera visto el diablo.

Judas pregunta:

–                     ¿Pero está muerta?

–                     ¿Quién lo sabe? ¡Me regresé al punto!

Zelote después de mirarla atentamente, regresa donde está Jesús y dice:

–                     Maestro, una hermana leprosa. No sé si está muerta. No podría afirmarlo. Me parece que todavía late su corazón.

Varios gritan haciéndose a un lado:

–                     ¡¡¿¿La tocaste??!!!

–                     Sí. Desde que estoy con Jesús, no tengo ningún  miedo a la lepra. Y siento compasión porque sé lo que significa ser leproso. Tal vez alguien le pegó en la cabeza, porque está sangrando. Tal vez bajó en busca de comida. Es algo horrible, tenedlo en cuenta; morir de hambre y tener que desafiar a los hombres, para conseguir un mendrugo de pan.

–                     ¿Está flaca?

–                     No. Y hasta me admiro de que pueda vivir entre leprosos. No tiene ninguna escama, ni gangrena, ni llaga alguna. Tal vez no hace mucho que está enferma. Ven, Maestro; te lo ruego. ¡Ten piedad de la hermana leprosa, como la tuviste por mí!

Jesús dice a Judas:

–                     Vamos. Dame pan, queso y el poco vino que queda.

Judas grita aterrorizado:

–                     ¡No vas a hacer que beba donde bebimos nosotros!

Jesús responde:

–                     No tengas miedo. Beberá en mi mano. Ven Simón…

Se acercan. La curiosidad empuja a todos. Sin preocuparse por nada, suben por la cuesta para poder ver mejor.

Ven que Jesús se inclina. Que la toma por las axilas y que la hace que se recline contra una piedra. La cabeza le cuelga como si estuviera muerta.

Jesús dice:

–                     Simón, levántale la cabeza, para poder echarle alguna gota de vino.

Zelote obedece sin miedo alguno.

Jesús le echa sobre los pálidos labios semiabiertos, unas gotas de vino.

Y dice

–                     ¡Está congelada! ¡Pobrecita! ¡Está completamente mojada!

Andrés aconseja compadecido:

Si no es leprosa, la podríamos llevar a donde estuvimos.

Judas exclama:

–                     ¡Faltaría eso!

Tomás objeta:

–                     ¿Pero si no es leprosa? ¡No tiene ninguna señal!

Judas declara:

–                     ¡Tiene los vestidos y con eso basta!

El vino hace sus efectos. La mujer da un suspiro.

Jesús le echa más vino al ver que lo traga. La mujer abre los ojos espantada, al ver a los hombres.

Trata de huir gritando:

–                     ¡Estoy infectada! ¡Estoy infectada!

Pero las fuerzas no le ayudan. Se cubre la cara con las manos gimiendo:

–                     ¡No me lapidéis! ¡Bajé porque tenía hambre!… ¡Hace tres días que nadie me arrojaba ni un mendrugo!…

Jesús echa vino en la concavidad de su mano y dice:

–                     Aquí hay pan y queso. Come. No tengas miedo. Bebe un poco de vino de mi mano.

–                     ¿No tienes miedo?

Jesús responde con ternura:

–                     No. – Y sonríe al ponerse de pie, pero sin separarse de la mujer, que come ávidamente.

Después que ha calmado un poco su hambre, mira a su alrededor y dice:

–                     Uno… dos… tres… trece… Pero, ¿Qué?… ¡Oh!… ¿Quién es el Nazareno? ¡Tú!… ¿Verdad?… ¡Sólo Tú puedes compadecerte de una leprosa!   – la mujer fatigosamente se pone de rodillas.

–                     Soy Yo. ¿Qué quieres?… ¿Curarte?

–                     También. Pero antes debo decirte una cosa… Había oído hablar de Ti. Algunos que hace tiempo pasaron por aquí, me hablaron el otoño pasado. Pero para un leproso, cada día es un año. Quería verte. Dicen que estoy leprosa, pero no tengo más que una llaga en el pecho y me la contagió mi marido cuando se casó conmigo.

Yo era virgen y estaba sana y él no. Pero es uno de los grandes y puede todo. Hasta se atrevió a decir que cuando me tomó por esposa, yo estaba enferma y me repudió para poder unirse a otra mujer que ambicionaba. Me denunció como leprosa. Ayer por la tarde, pasó un hombre gritando que venías y que te echasen fuera. Yo había bajado a hurgar en los basureros, para encontrar algo que comer…

Yo que en otros tiempos, fui una ‘señora’; hubiera disputado a cualquier pollo la comida pestilente… -llora amargamente- Tenía ansias de encontrarte, para decirte que huyeras; que tuvieras compasión de mí… Yo tenía hambre, frío, miedo. Caí donde me encontraste, Señor. No estoy leprosa. Pero esta llaga que tengo, me impide regresar entre los vivos.

No quiero volver a ser la Rosa de Jericó, como cuando vivía mi padre. Pero quisiera al menos vivir entre los hombres y seguirte. Con quienes hablé en octubre, me dijeron que tenías discípulas y que te acompañan. Pero sálvate Tú primero. ¡No mueras! ¡Tú eres bueno!

–                     No moriré hasta cuando llegue mi hora. Ve a aquella roca. Hay una gruta segura. Descansa y luego ve a ver al sacerdote.

La mujer se estremece:

–                     ¿Por qué Señor? –la mujer tiembla de ansias.

Jesús sonríe y dice:

–                     Vuelve la Rosa de Jericó que florece en el desierto. Que sigue viviendo aun cuando parezca marchita. Tu fe te ha salvado.

La mujer se abre un poco el vestido para verse su pecho…

Y luego grita:

–                     ¡Ya no tengo nada! ¡Oh, Señor! ¡Dios mío!…  –y  se postra en el suelo.

Jesús ordena:

–                     Dadle pan y alimentos. Mateo, dale un par de tus sandalias. Yo le daré un manto para que pueda presentarse ante el sacerdote. Judas, dale algo de dinero para los gastos de su purificación. La esperaremos en Getsemaní, para que vaya con Elisa. Me había pedido una hija.

La mujer dice:

–                     No, Señor. No tengo necesidad de descansar. Me voy al punto.

–                     Baja al río entonces. Lávate y ponte este manto…

Zelote dice:

–                     Señor. Yo doy el mío a la hermana leprosa. Permíteme que lo haga y la llevaré con Elisa. Una segunda vez me veo curado, al verme reflejado en ella, que es feliz.

–                     Haz como quieras. Dale lo que necesite. Mujer, escucha bien: Irás a purificarte y luego irás a Bethania y preguntarás por Lázaro. Le dirás que te de hospedaje hasta que Yo llegue. Vete en paz.

Ella pregunta:

–                     ¿Señor, cuando podré besarte los pies?

–                     Muy pronto. Vete…  Pero recuerda que solo el pecado me causa asco. Y perdona a tu esposo; porque por su medio me encontraste.

–                     Es verdad. Lo perdono. Me voy… ¡Señor! ¡No te detengas aquí, porque te odian! Piensa que he caminado cansadísima, para venir a decírtelo. Y que si no te hubiera encontrado; otros me habrían encontrado y me habrían matado a pedradas, como a una sierpe.

–                     Lo tendré presente. Vete, mujer. Quema tu vestido. Acompáñala Simón. Nosotros vamos adelante. Nos alcanzaréis en el puente.

Se separan.

Judas dice fastidiado:

–                     Y ahora hay que purificarse. Todos estamos impuros.

Jesús afirma:

–                     No era lepra, Judas de Simón. Yo te lo aseguro.

–                     No importa. ¡Yo me purificaré! No quiero ninguna impureza en mí.

Pedro exclama:

–                     ¡Qué cándido lirio! Si el Señor no siente que tenga alguna impureza, ¿La sientes tú?

Tadeo dice:

–                     ¿Y por una que Él afirma que no es leprosa?

Andrés pregunta:

–                     ¿Qué tenía, Maestro? ¿Viste la llaga?

Jesús contesta:

–                     Sí. Era un fruto de la lujuria del hombre. Pero no era lepra. Si su marido hubiera sido un hombre recto, no la hubiera arrojado. Porque el enfermo era él…

Pero de todo se aprovechan los lujuriosos, con tal de saciar su hambre. –y volviéndose hacia su apóstol, dice con severidad- Tú, Judas. Si quieres vete también.

Nos encontraremos en Getsemaní. ¡Purifícate! ¡Purifícate! Y recuerda que la primera de las purificaciones, es la sinceridad. Eres un hipócrita. ¡Recuérdalo! ¡Y vete!

Judas reacciona muy rápido y dice:

–                     ¡No! ¡Me quedo! Si tú lo dices lo creo. Pues no estoy impuro y me quedo contigo. Lo que tratas de decirme es que soy un lujurioso y que aprovechaba la ocasión para… Me quedo y te demuestro que eres el único ser a quién amo.

Jesús lo mira fijamente,  con una mirada indefinible…

Pero ya no dice nada.

Y luego rápidos bajan.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

 

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