126.- AMOR EQUIVOCADO


Desde la cima de las colinas, se ve la costa mediterránea. Las ciudades marítimas aparecen envueltas en la blancura de sus casas entre el verdor de la floresta y el azul del mar, en el que se refleja el azul del Cielo.

Acaba de amanecer y después de haberse pintado la aurora de color rosado, la tiñe después de azul  y la brisa matinal, sacude el rocío con las primeras caricias del sol y esparce el aroma de las flores y del mar.

La ciudad de Cesárea se ve recostada en la orilla. Hermosa como lo son todos aquellos lugares en que la exquisitez romana ha echado raíces. Termas y palacios de mármol blanquean como bloques de nieve aprisionada en los barrios más cercanos al mar.

A estos palacios hace guardia una torre blanca, alta, cuadrada, situada en dirección al puerto, que parece vigilarlo montando guardia.

Alrededor hay muchas casas más modestas de estilo hebreo con viñas y jardines colgantes sobre las terrazas y árboles de follaje cortado.

Cesárea está llena de extensos mercados que están llenos de todo género de artículos, destinados a las exigentes mesas romanas y de mercaderías traídas de todas partes del mundo.  Hay mucha gente en la parte sur de los mercados y sus cómodos pórticos. Son de todas las clases sociales y realizan sus compras con algarabía y disfrutando de todo lo que hay.

Un romano muy elegante a quién preceden unos diez esclavos cargados con bolsas y paquetes, se encuentra con otros dos patricios.

Hay saludos mutuos:

–                       ¡Salve, Ennio!

–                       ¡Salve, Floro Tulio Cornelio! ¡Salve, Marco Heracleo Flavio!

–                       ¿Cuándo regresaste?

–                       Anteayer al amanecer y rendido de cansancio.

El joven llamado Floro le dice con sorna:

–                       ¿En qué te has fatigado? ¿Desde cuándo te has puesto a sudar?

–                       No te burles, Floro Tulio Cornelio. Todavía ahora estoy sudando a causa de mis amigos.

El mayor, llamado Marco, le replica:

–                       ¿Por tus amigos? No te hemos pedido nada.

Ennio contesta:

–                       Pero mi corazón está pendiente de vosotros. ¡Qué duros sois conmigo, que me preocupo por vosotros! Ved esa hilera de esclavos cargados. Otras antes que ellos, ya se fueron. Y todo para honraros. Todo para vosotros.

Los amigos protestan ruidosamente:

–                       ¿Es esto lo que llamas trabajo?

–                       ¿Un banquete?…

–                       ¿Y por qué razón?

–                       ¡Pssst! ¡Qué gritería entre nobles patricios!

–                       Os parecéis a esta gente, sólo en que todos morimos…

–                       Orgías y descanso que son nuestros compañeros inseparables.

–                       Todavía me pregunto, ¿Por qué estamos aquí? ¿Qué es lo que debemos hacer?

–                       Una de las cosas que tenemos que hacer es morir de fastidio.

–                       Enseñar a vivir a estas lloronas, es otra cosa muy distinta.

–                       Y sembrar Roma en los sagrados senos de las hebreas, es algo más.

–                       Y gozar aquí como en cualquier otra parte de nuestras rentas, de nuestro poder al que todo se permite, es cosa muy diversa.

Los tres se entrelazan en  una conversación llena de intención y de picardías, de la que brota la carcajada abierta…

El joven Floro deja de reír y frunciendo el ceño, su expresión se oscurece y dice:

–                       Hace ya algunos meses que una sombra ha caído sobre la alegre corte de Pilatos. Las mujeres más hermosas, parecen castas vestales y sus maridos las secundan en su extravagancia; lo que roba demasiado placer a nuestras holganzas…

Ennio dice:

–                       Es cierto… Y todo por seguir el capricho de ese campesino Galileo… Pero pronto se les pasará…

Marco responde:

–                       Te engañas Ennio. Tengo entendido que también Claudia ha caído en sus redes. Y por eso… Una estrambótica moderación de costumbres se ha apoderado de su palacio. Parece que ha revivido la austera Roma Republicana…

–                       ¡Ufff! ¡Qué desgracia! ¿Desde cuándo?

Floro contesta:

–                       Desde el dulce Abril, propicio a los amores. Tú no sabes, estabas ausente. Nuestras damas regresaron tan fúnebres, como las plañideras de los sepulcros. Y nosotros los pobrecitos hombres, tenemos que buscar en otras partes, muchos consuelos… Que ni siquiera se nos permiten en presencia de las púdicas.

–                       Una razón más para que os socorra. Esta noche haré una gran cena… Una grandiosa orgía en mi casa. Estuve en Cintium y allí encontré delicias que estos apestosos tienen por inmundas: pavos, perdices, grullas de todas clases.  Jabalís pequeños para nuestros gustos refinados…

Vinos exquisitos de las colonias romanas; de mis posesiones y de las playas asoleadas de Aciri… Perfumados vinos de Quío y de la isla de la que Cintium es la piedra preciosa. Vinos generosos de Iberia, tan buenos para poner fuego en las venas, cuando llega la hora culminante…

–                       ¡Oh! ¡Será una gran fiesta para ahuyentar el fastidio de este destierro!…

–                       ¡Para convencernos de que todavía somos viriles!…

Marco pregunta:

–                       ¿También habrá mujeres?

–                       También. Y hermosas, más que una rosa. De todos colores y sabores. Me costó un tesoro conseguir todas estas mercancías, entre los que vienen mujeres bellas y blancas, como las azucenas…

¡Pero soy generoso con los amigos!… Aquí hice las últimas compras; que no hice antes, para que no se echaran a perder en el viaje. Después del banquete, el amor…

–                       ¿Tuviste buena navegación?

–                       Óptima. Venus Marina me fue propicia.

Por lo demás es a ella a quién dedico el rito de esta noche…

Los tres ríen alegremente gustando por anticipado sus sensuales fantasías…

Floro pregunta:

–                       ¿Por qué motivo esta fiesta extraordinaria?

–                       Por tres motivos: mi amado sobrino llevará en estos días la toga viril y debo festejar el acontecimiento. Dos, porque desobedecí al presagio que me dijo que Cesárea sería un lugar de tristeza y conviene destruir el encanto, con este rito dedicado a Venus…

El tercero os lo diré en voz baja: estoy de bodas…

Los dos amigos dicen al mismo tiempo:

–                       ¿Tú?

–                       ¡Eres un mentiroso!

Ennio hace un gesto de deleite anticipado y afirma:

–                       De veras. Está uno de bodas cuando se da el primer sorbo a un ánfora cerrada. Esta noche lo haré. La compré con doscientas monedas de oro.

Ni Venus hubiera sido capaz de parir tal preciosidad: es bella como la aurora.

Blanca y de cabellos rubios como el oro. Pura y hermosa como ninguna. ¡Es un botón! Un capullo cerrado. ¡Ah! ¡Y yo soy su dichoso dueño!…

Marco Heracleo dice bromeando:

–                       ¡Profanador! 

–                       No la hagas de censor, que eres igual que yo… Cuando se fue Valeriano todos nos moríamos de fastidio y de cansancio. Yo entro ahora en su lugar…

Los tesoros de nuestros antepasados para esto sirven. No seré un necio como él, para esperar a que ese capullo de Alhelí, se muera de nostalgia y se pierda con filosofías de esos enervados, que no saben gozar de la vida…

Floro exclama:

–                       ¡Bravo! Pero… la esclava de Valeriano era docta y…

Ennio lo interrumpe:

–                       ¡Y estaba loca con la lectura de sus filósofos! Pero, ¿Quién piensa en el alma y en la otra vida y en virtudes?… ¡Vivir es gozar!…

Y nosotros estamos vivos. Ayer eché al fuego, todos esos funestos rollos y bajo pena de muerte he ordenado a los esclavos, que no vuelvan a acordarse de míseros filósofos y galileos. Ese capullo tan solo me conocerá a mí…

–                       ¿Dónde la encontraste?

–                       Hubo alguien sagaz que compró esclavos después de las guerras gálicas. Los eligió con perfección y los usó tan solo como reproductores, alimentándolos bien y tratándolos mejor. Lo único que tenían que hacer era procrear flores nuevas de belleza… Y Gala es una de éstas. Ya es púber. El dueño me la vendió… Y yo la compré… ¡Ja, Ja, Ja!…

–                       ¡Libidinoso!

–                       Si no la compraba yo, otro la hubiera comprado… Por eso no debió haber sido mujer…

–                       Si te oyese…

Marco exclama:

–                       ¡Oh! ¡Míralo!

–                       ¿A quién?

–                       El Nazareno que ha embrujado a nuestras damas. Está detrás de ti…

Ennio se vuelve como si en la espalda tuviese un áspid. Mira a Jesús que camina despacio entre la gente que se agolpa a su alrededor… Gente pobre en la que hay también esclavos romanos.  Y con una sarcástica carcajada…

Enio pregunta:

–                       ¿Ese harapiento?…  Lo siguen mujeres depravadas. Pero vámonos antes de que nos embruje también a nosotros.  –y volviéndose a los esclavos- Vosotros váyanse ligeritos a casa. Habéis estado perdiendo el tiempo y allá esperan las especias y los perfumes. Daos prisa. Acordaos que está el látigo, si no está todo listo para el crepúsculo.

Los esclavos se van a la carrera. Y con toda lentitud, los siguen los tres patricios.

Jesús sigue caminando triste, porque oyó las últimas palabras de Ennio y mira con infinita compasión a los esclavos, que corren con su carga. Mira a su alrededor y busca caras de esclavos romanos…

Ve a algunos mezclados entre la gente, que tiemblan de miedo de que los vigilantes los sorprendan o que los hebreos los arrojen.

Deteniéndose les dice:

–                       ¿Entre vosotros no hay nadie de aquella casa?

Un esclavo contesta:

–                       No, Señor. Pero sí los conocemos…

Jesús dice a su apóstol:

–                       Mateo, dales buena limosna. La dividirán entre sus demás compañeros, para que sepan que hay quién los ama. Vosotros sabed y decidlo a los demás que con la vida termina el dolor para los que fueron buenos y honestos en sus cadenas…

(Les cuenta una parábola)… No desperdiciéis las dos monedas: el tiempo y el libre albedrío. Empleadlos en la justicia para que lleguéis a la derecha del Padre. Y si habéis faltado en algo, arrepentíos y tened fe en el amor misericordioso. La paz sea con vosotros.

Todos se van y los esclavos siguen allí…

Jesús les pregunta:

–                       ¿Todavía aquí, pobres amigos míos?  ¿No os castigarán?

Un anciano, el que parece ser el mayordomo entre ellos contesta:

–                       No, Señor. Si decimos que te escuchamos…  Nuestras dueñas te veneran.

Nosotros los de la casa de Claudia, Plautina, Livia y Valeria, nos encontramos bastante bien. Y te bendecimos porque nos has hecho más llevadera nuestra suerte. ¿A dónde vas a ir ahora, Señor? ¡Hace tanto tiempo que deseábamos verte!…

–                       A la casa del cordelero que está en el puerto. Pero esta noche me voy y vuestras dueñas irán a la fiesta…

–                       Lo diremos también. Hace muchos meses que nos dieron órdenes de que siguiéramos tus pasos.

–                       Está bien. también vosotros emplead el tiempo y el pensamiento, que siempre es libre, aun cuando el hombre esté encadenado.

Los esclavos se inclinan profundamente y se van al barrio de los romanos.

Jesús y los suyos se dirigen al puerto…

Más tarde…

Los trabajadores dan vueltas a su malacate y no se oye otro ruido al estirar el cáñamo.

Uno de ellos exclama:

–                       ¡Mujeres! ¿Y a estas horas? ¡Mirad!…

El sol fustiga sin piedad, en la pequeña plazoleta, pese a los cuatro gigantescos plátanos que están en cada ángulo de la plaza rectangular.

Un joven dice con mofa:

–                       Andarán buscando cordeles para amarrar a sus maridos…

–                       Puede ser que necesiten de cáñamo para sus trabajos.

–                       ¿Del nuestro, tan burdo, cuando pueden conseguir uno muy fino?

–                       El nuestro cuesta menos. ¿Ves? Son pobres…

–                       Pero no son hebreas. Mira que el manto es diferente. Así es.

–                        Acá en Cesárea Hay de todo un poco…

–                     Tal vez busquen al Rabbí… Estarán enfermas…

–                       Mira como vienen cubiertas y con este calor.

El cordelero que parece ser el capataz, dice:

–                       Con tal de que no sean leprosas… Miseria, sí. Pero lepra, no. No la quiero ni siquiera resignándome a la voluntad de Dios.

–                       ¿No has oído al Maestro? ‘Es menester aceptar todo lo que Dios nos manda’

–                       Pero la lepra no la manda Dios. La proporcionan el pecado, los vicios, el contagio…

La mujer llega y habla con uno de los trabajadores.

Y éste viene con el capataz:

–                       Simón, esta mujer desea algo, pero habla en una lengua extranjera. Háblale tú que has navegado…

Simón pregunta con voz ronca, en latin culto:

–                       ¿Qué quieres? – tratando de ver su cara, bajo el velo oscuro.

Ella responde en un griego clásico:

–                       Al Rey de Israel. Al Maestro.

–                       ¡Ah! Comprendí… ¿Sois leprosas?

–                       No.

–                       ¿Quién me lo puede asegurar?

–                       Él te lo puede decir. Pregúntaselo.

El hombre no sabe qué hacer.

Luego dice:

–                       Bien. Haré un acto de Fe y Dios me protegerá. Lo voy a llamar. Quedaos aquí.

Las cuatro mujeres no se mueven. Forman un grupo extraño y mudo.

Los cordeleros las miran con asombro y con temor.

El hombre va al almacén y toca a Jesús que duerme.

–                       Maestro, acá te buscan.

Jesús se despierta y se levanta al punto.

–                       ¿Quién?

–                       Mujeres griegas. Dicen que no son leprosas y que Tú lo puedes asegurar.

–                       Voy inmediatamente.  –dice Jesús amarrándose las correas de sus sandalias y abrochándose el cuello.

Se pone a la cintura la faja que se había quitado para poder dormir mejor y sale al encuentro de las mujeres.

Jesús las mira y dice:

–                       Simón, puedes estar tranquilo. Las mujeres no están enfermas. Y quiero escucharlas en paz.

Simón contesta:

–                       Vete a la habitación del fondo. Allí estarás solo y nadie te molestará.

Jesús dice a las mujeres:

–                       Venid.

Y entran en una bodega, donde guardan los utensilios de trabajo.

Jesús tiene un aspecto serio y pálido…

Y dice con una sonrisa de disculpa:

–                       No es un lugar apropiado para ustedes. Pero no dispongo de otra cosa.

Ellas se quitan el velo y el manto. Y se descubre que son Plautina, Livia, Valeria y la liberta Álbula Domitila.

Plautina responde:

–                       No vemos al lugar, sino Al que en estos momentos está en él.

Jesús sonríe y dice:

–                       Por esto entiendo que pese a todo, todavía me consideráis como a un hombre justo.

–                       Y más que eso. Y Claudia nos manda precisamente porque cree que eres más que un justo. Y no toma en cuenta lo que se oyó…  Pero quiere que Tú Mismo se lo digas, para venerarte con mayor razón.

–                       O para no hacerlo si me muestro a ella como quisieron pintarme. Pero decidle que  no hay nada de eso. No tengo miras humanas. Mi Ministerio y mi deseo es tan solo sobrenatural. Y nada más. Quiero, sí; reunir a todos los hombres en un solo reino. ¿A qué hombres? ¿A los que están hechos de carne y sangre? ¡No! Eso lo dejo, cosa corruptible a las monarquías que pasan; a los reinos que se tambalean.

Quiero reunir bajo mi único cetro, sólo los corazones de los hombres; espíritus inmortales en un reino inmortal. Cualquier otra versión la rechazo como contraria a mi voluntad. Quienquiera que sea que la haya dado. Y os ruego que creáis y que digáis a quien os envía, que la Verdad no tiene sino una sola palabra…

–                       Tu apóstol habló con mucha seguridad.

–                       Es un muchacho exaltado… Y como a tal hay que escucharlo.

Plautina dice enojada:

–                       Pero te hace daño. Regáñalo… Arrójalo de Ti…

–                       ¿Entonces dónde estaría mi misericordia? Él lo hace llevado de un amor equivocado. ¿No debo acaso compadecerlo?  ¿Y qué cambiará si lo arrojo de Mí? Haría doble mal: a sí y a Mí.

–                       Es para Ti, como una zancadilla.

–                       Es para Mí un infeliz a quién tengo que redimir…

Plautina cae de rodillas con los brazos extendidos:

–                       Maestro, mayor que cualquier otro: ¡Qué fácil es tenerte por Santo, cuando se siente tu corazón en tus palabras! ¡Qué fácil es amarte y seguirte debido a esta caridad tuya, que es mayor que tu inteligencia!

Jesús objeta:

–                       No mayor. Sino que es más asequible a vosotros… cuyo entendimiento está envuelto en muchos errores y no sois lo demasiado generosas para despojaros de ellos y aceptar la Verdad.

Livia dice:

–                       Tenéis razón. Eres tan adivino como sabio.

–                       La sabiduría, porque es una forma de santidad, da siempre luz en el juzgar. Bien se trate de cosas o bien de la advertencia previa a hechos futuros.

–                       Por esto vuestros profetas…

–                       Eran unos santos. Dios se comunicaba a ellos con una gran plenitud.

–                       ¿Eran santos porque eran de Israel?

–                       Por eso y porque fueron justos en sus acciones. Pues no todo Israel es y ha sido santo, pese a ser Israel. No es el pertenecer por casualidad a un pueblo o a una religión, lo que puede hacer santos a los hombres. Pueden ayudar a serlo y mucho, pero no son el factor absoluto de la santidad.

–                       ¿Cuál es ese factor?

–                       La voluntad del hombre. La voluntad que hace que las acciones del hombre sean santas, si es buena. Perversas, si es mala.

–                       Entonces entre nosotros puede ser que haya justos.

–                       Así es. Y no cabe duda de que entre vuestro antepasados hubo justos y los hay entre los que viven actualmente. Porque sería muy horrible que todo el mundo pagano, perteneciese a los demonios.

Quienes de entre vosotros se sienten atraídos hacia el Bien y la Verdad. Y huyen del vicio y de las malas acciones que envilecen al hombre; creedme que están ya en el sendero de la justicia.

–                       Entonces Claudia…

–                       Sí. Y vosotras también… Perseverad.

–                       Pero… ¿Si muriéramos antes de convertirnos a Tí?  ¿Para qué serviría el haber sido virtuosas?

–                       Dios es justo en el juzgar. Pero, ¿Por qué debéis dar la espalda al Dios Verdadero?

Las tres bajan la cabeza. Un silencio…

Y luego la confesión que dará la clave de la crueldad romana y su resistencia al cristianismo:

–                       Porque nos parece que al hacerlo, traicionaríamos a la patria. 

–                       Al revés. La serviríais. Pues la haríais moral y espiritualmente más grande. Porque sería fuerte con la posesión y protección de Dios; además de su ejército y sus riquezas. Roma la Urbe del Mundo; la Urbe de la Religión Universal… Pensadlo…

Un silencio.

Luego Livia, encendida como una llama dice:

–                       Maestro hace tiempo que buscábamos en las páginas de nuestro Virgilio algo referente a Ti, porque nadie mejor que él te presagió… ¡Cuánto hablamos aquel día con Diomedes el liberto griego, astrólogo a quién quiere mucho Claudia!

El sostuvo que esto sucedió porque los tiempos eran más cercanos y los astros lo decían con sus conjunciones… para apoyar su tesis adujo el hecho de los tres Sabios de los tres países de Oriente que vinieron a adorarte cuando eras un infante.

Y con ello provocaron la matanza de la que la misma Roma se horrorizó; pues cuando se supo, Augusto dijo Que Herodes era un cerdo sediento de sangre…’ Claudia exclamó: “¡Hace falta el Maestro! Nos diría la verdad y el destino de nuestro más grande poeta…

Querrías decirnos por Claudia… Algo que nos muestre que no estás irritado contra ella.

–                       He comprendido su reacción de romana. Y no le guardo ningún rencor. Decidle que esté tranquila. Y escuchad: Virgilio no fue grande solo como poeta. ¿No es así?

–                       ¡Oh, no! También lo fue como hombre. En medio de una sociedad que estaba corrompida y viciada, fue un faro de pureza espiritual. Nadie lo vio lujurioso, ni amante de orgías, ni de costumbres licenciosas. Sus escritos son castos y mucho más casto fue su corazón. Tanto es así que en los lugares donde vivió, se le llamó ‘La doncella’, para vergüenza de los viciosos y veneración de los buenos.

–                       ¿Y en el alma pura de un hombre casto, no habrá podido reflejarse Dios, aun cuando ese hombre fuese pagano? La Virtud Perfecta, ¿No habrá amado al virtuoso?  Y si se le concedió amar y ver la Verdad debido a la belleza pura de su corazón, ¿No podrá haber tenido un fulgor de profecía? ¿De una profecía que no es más que la Verdad que se descubre a quién merece conocerla como premio e incentivo para una virtud mayor?

–                       ¡Entonces profetizó de Ti!

–                       Su inteligencia prendida en la pureza y en el genio, logró ascender y conocer una página que se refiere a Mí y puede llamársele al poeta pagano y justo, un hombre dotado de espíritu profético y anterior a Mí, por premio de sus virtudes.

Valeria y Plautina preguntan:

–                       ¡Oh, nuestro Virgilio!

–                       ¿Y tendrá algún premio?

–                       Ya lo dije. Dios es justo. Pero vosotras no imitéis al poeta deteniéndoos hasta donde él llegó. Avanzad, porque la Verdad, no se os ha mostrado por intuición o en parte, sino completa y os ha hablado.

Plautina dice:

–                       Gracias, Maestro. Nos retiramos. Claudia nos dijo que te preguntásemos si te puede ser útil en asuntos morales.

–                       Y os mandó que me preguntaseis si soy un usurpador…

–                       ¡Oh, Maestro! ¿Cómo lo sabes?

–                       ¡Soy más que Virgilio y que los profetas!…

–                       ¡Es verdad! ¡Todo es verdad! ¿Podemos servirte?

–                       No necesito nada más que fe y amor. Pero hay una criatura que se encuentra en gran peligro y que esta noche tendrá el alma muerta. Claudia podría salvarla. 

–                       ¿El alma muerta?

–                       ¿De quién se trata?

Jesús dice:

–                       Un patricio vuestro da un banquete y…

Livia contesta:

–                       ¡Ah, sí! Ennio Casio. También mi marido fue invitado.

Valeria confirma con energía:

–                       También el mío. También nosotras…  Pero como Claudia se abstiene, también nosotras nos abstendremos. Habíamos decidido retirarnos inmediatamente después de la cena, si es que íbamos… Porque nuestras cenas terminan en orgías que ya no podemos soportar… Y con el enojo de que nuestros maridos no se ocupan de nosotras, nos salimos…

Jesús corrige:

–                       No por enojo, sino por piedad de su miseria moral…

–                       Es difícil, Maestro. Sabemos lo que pasa allí dentro…

–                       Yo también sé muchas cosas que suceden en los corazones y sin embargo perdono…

–                       Tú eres un Santo.

–                       Vosotras debéis serlo. Porque lo quiero y porque a ello os empuja vuestra voluntad…

–                       Maestro…

–                       Sí. ¿Podéis afirmar que sois felices como antes de conocerme? ¿Felices en la miserable y brutal felicidad; en la sensualidad de paganas que ignoran que no son solo un pedazo de carne, ahora que conocéis un poco a la Sabiduría?

–                       No, Maestro. Lo tenemos que decir claro. Estamos descontentas. Inquietas como quien busca un tesoro y no lo encuentra.

–                       Y está ante vosotros. Lo que os inquieta es el ansia de vuestros corazones por la Luz. El sentirse mal porque os tardáis en darles lo que os piden…

Un silencio.

Después Plautina dice:

–                       ¿Y qué podría hacer Claudia?

–                       Salvar a esa pobre criatura. Una niña que el romano compró para su placer. Una virgen que mañana no lo será más.

–                       Si la compró… Le pertenece.

–                       No es un mueble. Dentro de su cuerpo hay un alma…

Ellas objetan:

–                       Maestro.

–                       Nuestras leyes…

Jesús rebate:

–                       Mujeres: ¡La Ley de Dios!…

–                       Claudia no va a ir a la fiesta…

–                       No le digo que vaya. Os digo que le trasmitáis lo siguiente: “El Maestro para asegurarse de que Claudia no tiene nada contra Él, le pide que le ayude a favor de esta niña…”

Plautina, Valeria y Livia:

–                       Se lo diremos, pero no podrá hacer nada.

–                       Esclava adquirida…

–                       Objeto del que se puede disponer…

Jesús contesta:

–                       Mi religión enseñará que el esclavo tiene un alma semejante al César, mejor en muchos casos…  Y que esa alma pertenece a Dios. Y que quién la corrompe es maldito.  –Jesús lo dice con severidad y energía.

Las mujeres se sacuden a la voz severa de la orden. Se inclinan sin replicar y se ponen otra vez los velos y los mantos.

Se despiden:

–                       Lo trasmitiremos. Salve, Maestro.

–                       Hasta pronto.

Plautina, antes de salir dice:

–                       Para todos, éramos mujeres griegas. ¿Entendido?

–                       Entendido. Id tranquilas.

Jesús se queda solo bajo el portal y ellas se van por donde vinieron.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

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