128.- FLOR DE HARINA


Pedro dice:

–                       Maestro, debemos llegar al poblado lo más pronto posible.

Los apóstoles preguntan:

–                       ¿Por qué? Todavía falta tiempo para el crepúsculo.

Pedro declara:

–                       No estoy pensando ni en el crepúsculo, ni en el sábado. Pienso en que no pasará ni una hora, antes de que azote una furiosa tempestad. ¿Veis aquellas nubes negras? Y… ¿Estas blancas de acá?… Un viento alto empuja a éstas. Uno inferior a aquellas que están preñadas de granizo… Cuando choquen con las blancas cargadas de rayos, sentiréis la música que tocarán. ¡Ea, pronto!  Soy pescador y leo en los cielos…

Jesús es el primero en obedecer y corren hacia las casas de la llanura…

En el puente encuentran a Judas que grita:

–                       ¡Maestro mío! ¡Cuánto he sufrido sin Ti! ¡Bendito sea Dios que premió mi constancia en esperarte aquí! ¿Qué tal te fue en Cesárea?

–                       La paz sea contigo, Judas.  –responde lacónicamente Jesús.- Hablaremos después. Vente que la tempestad se nos echa encima…

Y después del chaparrón que duró casi toda la noche, al día siguiente la atmósfera está diáfana y la tierra empapada.

Las últimas gotas de agua que quedaron prendidas entre el follaje o suspendidas en los zarcillos que brillan como diamantes puestos al sol. Las frutas lavadas lucen sus colores esplendorosos.

Pedro dice pisando fuerte:

–                       ¡Qué bien se camina hoy!

Tadeo agrega:

–                       ¡Mira qué hermoso está el Cielo!

Zelote añade:

–                       ¡Y esas manzanas! ¡Mira ese racimo que no entiendo cómo no se cae! ¡Parecen cubiertas de cera!

Y alegres caminan contemplando la belleza de la cosas. Hasta que Tadeo al que sigue Tomás y luego los demás; entona un Salmo en el que se celebran las glorias de la Creación.

Jesús sonríe al oírlos cantar contentos. Y une su hermosa voz de tenor al coro. Pero Iscariote, mientras los demás siguen cantando, se le acerca…

Judas dice:

–                       Maestro, mientras van distraídos y ocupados con su canto, dime ¿Qué hiciste en Cesárea? Todavía no me lo has contado… Y es la primera oportunidad que tenemos de hablar juntos. No pude preguntarte antes…

Jesús contesta:

–                       ¿Te interesa mucho?… En Cesárea hice lo que hago siempre: hablar del Reino de Dios y de la Ley…

–                       ¿A quién?

–                       A los ciudadanos. En los mercados…

–                       ¿A los romanos no? ¿Es verdad que no los viste?

–                       Pero, ¿Cómo es posible estar en Cesárea, sede del Procónsul y no ver romanos?

A Judas le es imposible disimular su ansiedad y pregunta:

–                       Lo sé… Quiero decir, ¿Les hablaste a ellos?

–                       Repito: ¿Te interesa mucho?

–                       No, Maestro. Es una simple curiosidad.

–                       Pues bien. Hablé a las romanas.

–                       También a Claudia, ¿Qué te dijo?

–                       Nada, porque no fue. Pero me hizo entender que no desea que se sepa que tiene contacto con nosotros…  

Jesús recalca mucho lo que ha dicho…

Y observa la cara de Judas que por más desvergonzado que sea, cambia de color. Primero se pone rojo y luego cenizo.

Pero se recupera pronto:

–                       ¿No quiere? ¿No piensa más en Ti? ¡Es una loca!

Jesús rebate:

–                       No. No es una loca. Es una mujer equilibrada. Sabe distinguir y reconocer su deber de romana y su deber para consigo misma. Y si a sí misma, a su corazón, procura luz y tranquilidad viniendo a la Luz y a la Pureza; pues es una criatura que instintivamente busca la Verdad y no se conforma con la mentira del paganismo. No quiere por otra parte, causar daño a su patria con ideas nocivas que podrían serlo, si se cree que ella está a favor de un posible competidor de Roma…

–                       ¡Oh! ¡Pero Tú eres rey del espíritu!…

–                       Pero hay entre vosotros quién sabiéndolo, no quiere aceptarlo. ¿Puedes negarlo?

Judas se pone rojo y luego pálido. No puede mentir.

–                       No pero el demasiado amor que…

Jesús puntualiza:

–                       Con mayor razón quién no me conoce. Esto es Roma; puede tener miedo de Mí, como de un competidor. Claudia obra rectamente para con Dios y para con su patria. Yo admiro los espíritus fieles y justos que no son tercos. Querría que mis apóstoles mereciesen la alabanza que tributo a la pagana.

Judas no sabe qué decir. Está por separarse del Maestro, pero la curiosidad lo aguijonea un poco más. Más que curiosidad, el deseo de saber hasta qué punto sabe el Maestro…

–                       ¿Me buscaron?

–                       Ni a ti, ni a ningún apóstol.

–                       ¿Entonces de qué hablaron?

–                       De la vida. De su poeta Virgilio.

–                       Pero, ¿Por qué hablasteis de eso? ¿Qué tenía que ver? Charlas inútiles…

–                       No. Me sirvió para hacerles ver que el hombre casto, tiene una inteligencia luminosa y un corazón honesto. Cosa interesante no solo para ellas…

–                       Tienes razón. No te quito más el tiempo, Maestro.  –y parte a la carrera para alcanzar a los demás…

Jesús camina despacio y se une a ellos. Al divisar un lugar en que hay cuatro caminos, Jesús se detiene y dice:

–                       Separémonos. Vengan conmigo Tomás, Simón y mis hermanos. Los otros vayan al lago y allá espérenme.

Judas dice:

–                       Gracias, maestro. No me atrevía a pedírtelo. Te me has adelantado. Estoy muy cansado y me quedaré en Tiberíades, si Tú me lo permites…

Santiago de Zebedeo añade:

–                       En casa de un amigo…

Judas abre tamaños ojos, pero no protesta nada.

Jesús contesta:

–                       Me basta con que el sábado estés en Cafarnaúm, con tus compañeros. Venid para que os de el beso de despedida a vosotros que no venís conmigo…

Los besa cariñosamente, dando a cada uno un consejo en voz baja…

Jesús los bendice y todos se despiden, tomando cada quién su camino…

Tres días después…

En Nazareth, han llegado a la casa de María. Cuando se abre la puerta y se deja ver el dulce rostro de la Virgen…

Jesús abre sus brazos para estrecharla y exclama:

–                       ¡Mamá!

María contesta dichosísima:

–                       ¡Hijo mío, Bendito! ¡Entra! ¡Y la paz y el amor esté contigo!

–                       ¡Y también con mi Mamá y con la casa y con quién en ella esté!   -dice Jesús entrando con sus cuatro apóstoles.

María de Alfeo y Mirta con Noemí, están haciendo el pan y lavando la ropa.

–                       Allí está vuestra madre.  –dice María a Judas Tadeo y a Santiago, señalándoles a María de Alfeo; después de haber saludado a los apóstoles, que se retiran discretamente, para dejar solos a la Madre y al Hijo.

–                       Heme aquí de nuevo Mamá. Estaremos juntos por un poco de tiempo… ¡Qué dulce es regresar a la casa y sobre todo a dónde estás, después de haber estado entre los hombres!…

–                       Que siempre te conocen más y por haberte conocido, se dividen en dos ramas: la de los que te aman. Y la de los que te odian. Y la rama más gruesa es esta última…

–                       El Mal presiente que va a ser derrotado y está furioso… Y vuelve a otros furiosos. ¿Cómo está la niña?

–                       Un poco mejor. Estuvo a punto de morir. Pero las palabras que repetía en medio de su delirio corresponden en cierta forma, a las que dice ahora que ya no está. Estaríamos mintiendo si asegurásemos que no hemos reconstruido su historia… ¡Infeliz!

–                       Es cierto. Pero la Providencia veló por ella.

–                       ¿Y ahora?

–                       Ahora… Áurea no me pertenece. Su alma es mía… Su cuerpo es de Valeria. Por ahora permanecerá aquí, mientras olvida.

–                       Mirta la quiere.

–                       Lo sé… Pero no tengo el permiso de la romana, para obrar con todo derecho sobre ella. Cuando ella la busque…

–                       Iré en tu lugar, Hijo mío. No está bien que vayas Tú… Deja que lo haga tu Mamá. A nosotras las mujeres; seres de ningún valor en Israel, no se nos observa tanto si hablamos con los gentiles.

Tu Mamá es desconocida para el mundo. Nadie se fijará en la campesina hebrea que envuelta en su manto, va por las calles de Tiberíades y llama a la puerta de una dama romana…

–                       Podrías ir a la casa de Juana y hablar allí con la dama.

–                       Así lo haré Hijo mío y que tu corazón descanse. Estás muy afligido, Jesús mío. Lo comprendo. ¡Y cuánto quisiera hacer por Ti!…

–                       ¡Oh, que si lo haces Mamá! Gracias por todo lo que haces.

–                       ¡Oh! Es muy poco lo que te ayudo, Hijo mío, porque no logro alcanzar que te amen. No logro darte alegría… Cuando se te permite gozar de ella un poco. ¿Yo que soy? Una pobrecita discípula…

–                       ¡Mamá! ¡Mamá! ¡No digas eso! Mis fuerzas nacen de tus oraciones. Mi corazón descansa pensando en ti. Y ahora encuentra consuelo al apoyar mi cabeza sobre tu corazón… ¡Oh, Mamita hermosa!

Jesús está sentado sobre la banca de la pared y atrae a Sí a su Madre. Que le acaricia los cabellos con suavidad…

Después de un momento de filial intimidad, sale con su Madre al huerto. Saluda a las discípulas en el dintel de la habitación donde está Áurea y…

Jesús pregunta:

–                       ¿Está durmiendo la niña?

María de Alfeo contesta:

–                       Sí. La fiebre la consume y la debilita. Si sigue así, morirá. Su cuerpo no puede resistir y su memoria se ve turbada con los recuerdos.

Mirta afirma:

–                       Sí. Y no reacciona. Porque dice que quiere morir, para ya no ver más romanos…

Noemí dice:

–                       Es un dolor para nosotros que ya la amamos…

Jesús dice:

–                       No temáis.

Y dirigiéndose a la habitación,  levanta la cortina. Mira a la niña que delira por la fiebre, en su lecho de enferma.

Con voz llena de piedad, dice:

–            ¡Áurea! ¡Ven! ¡Aquí está tu Salvador!

Áurea se sienta sobre el lecho, lo ve y con un grito baja hacia la puerta, se postra a sus pies diciendo:

–                       ¡Señor! ¡Ahora sí que me has librado!

–                       ¡Está curada! ¿Lo veis? No podía morir, porque antes tenía que conocer la Verdad.  –y a ella le dice- levántate y vive tranquila.

Le pone la mano sobre la cabeza. Áurea está sana y parece un ángel, con sus ojos brillantes y la alegría que irradia…

Jesús dice:

–            ¡Hasta pronto! Os dejamos en vuestros quehaceres…

Y Jesús se retira al taller, seguido por sus cuatro apóstoles.

Más tarde… el brasero del taller está prendido y el olor a cola que hierve en un recipiente se mezcla con la del aserrín y el de las virutas que caen sobre el suelo.

Jesús trabaja con ahínco, sirviéndose de la sierra y del cepillo, para confeccionar patas de silla, cajones y reparar la artesa, uno de los telares de María, dos taburetes, la escalera del huerto, un pequeño baúl y la puerta del horno, que parece que la royeron en su base los ratones. Jesús trabaja en reparar lo que el tiempo y el uso han acabado.

Tomás por su parte, con su equipo de pequeños instrumentos de orfebre. En una mesa, trabaja hábilmente en unas láminas de plata.

El golpe de su martillito sobre el punzón, saca sonidos argentinos y complementa el ruido que hace Jesús al trabajar la madera. Cuando no habla, se pone a chiflar quedito, levanta sus ojos y piensa. Se queda absorto mirando las paredes ahumadas del taller de carpintería.

Jesús lo nota y dice:

–                       ¿Estás sacando inspiración de esa pared negra, Tomás? El largo trabajo de un justo la dejó así. Pero no entiendo que inspiración pueda tener para un orfebre…

Tomás contesta:

–                       El orfebre es un poeta que trasmite al metal, las bellezas de la naturaleza. Pero nuestra obra artística y bella, no se compara con la tuya, humilde y santa. Porque la nuestra sirva para la vanidad de los ricos; mientras que la tuya sirve para la santidad del hogar y utilidad de los pobres.

–                       Dices bien, Tomás.  –dice Zelote, asomándose al dintel de la puerta que da al huerto y trae un bote con pintura en la mano.

Jesús y Tomás lo miran sonrientes.

–                       ¡Claro que digo bien! Pero quiero que por lo menos una vez, el trabajo de un orfebre sirva para adornar algo muy santo…

–                       ¿Cuál? ¿Qué?

–                       Es un secreto… Tanto he amado esta idea, que desde que estuvimos en Roma. Siempre traigo conmigo un pequeño equipo de orfebre, en espera del momento preciso… ¿Y tú trabajo Simón?

–                       ¡Oh! Yo no soy un buen artífice como tú. Es la primera vez que tomo la brocha en la mano y las brochadas no están parejas, aunque pongo toda mi buena voluntad. He dado la primera mano y te aseguro que mi impericia tiene muerta de risa a Áurea… Me siento feliz de que vuelve a nacer a la vida y es lo que se necesita para borrar el pasado. Y que se convierta en un nuevo ser para Ti, Maestro…

Tomás advierte:

–                       Pero tal vez Valeria no quiera cederla.

Zelote exclama:

–                       ¡Qué le importa a ella tenerla o no tenerla! Si la tuviese sería solo para dejarla perdida en el mundo. Y lo mejor es que la niña se salve. Sobre todo en su alma. ¿No es verdad, Maestro?

Jesús contesta:

–                       Así es. Hay que rogar mucho para lograrlo. La criatura es sencilla y buena. Si se le educa en la verdad podría llegar a servir mucho. Instintivamente se dirige a la Luz.

Tomás dice:

–                       Como no tiene consuelos en la tierra, busca los el Cielo. ¡Pobrecita! Si llego a ser digno de predicarte alguna vez, tendré un amor especial por los esclavos. ¡Pobres infelices!…

Jesús confirma:

–                       Lo harás bien, Tomás.

Zelote pregunta:

–                       Está bien. ¿Pero cómo te acercarás a ellos?

–                       ¡Oh! Seré orfebre para las damas… Y maestro para sus esclavos. Un orfebre entra en las casas o a la suya llegan los ricos. Y trabajaré dos metales: el de la tierra para los ricos. El del espíritu para los esclavos.

–                       Dios te bendiga por estas ideas. Persevera en ellas.-dice Jesús.

–                       Sí, Maestro.

Zelote invita:

–                       Ven conmigo, Maestro. A ver mí trabajo.

Jesús dejas sus instrumentos y sale con él. Llegan a la escalera del huerto y enseña a Zelote como debe pintarla para que le quede bien.

–                       ¡Así! ¡Así!  -Jesús, inclinado al pie de la escalera, habla y trabaja al mismo tiempo…

Tomás deja sus punzones y se acerca a escuchar, pues Jesús habla de la parábola de la madera barnizada, comparándola con el alma y las virtudes que la hacen bella…

Al final Zelote exclama:

–                       ¡Qué parábola tan hermosa  nos has dicho! Quiero escribirla para dársela a Marziam.

Áurea reclama con un grito:

–                       ¡Y también para mí!  – hace unos minutos está descalza en el umbral que da al huerto.

Jesús pregunta:

–                       ¡Áurea! ¿Estabas escuchando?

–                       Te escuché. ¡Es muy bello! ¿Hice mal?

–                       No.

–                       Tu Mamá me mandó a decirte que dentro de poco es la hora de comer y ya van a sacar el pan del horno. Aprendí a hacerlo… ¡Qué bello! También he aprendido a blanquear la tela. Y en ambos casos tu Mamá me ha recitado hermosas parábolas.

–                       ¿Ah, sí? ¿Qué dijo?

–                       Que soy como harina todavía con tamiz. Pero tú bondad me limpia y tu Gracia trabaja en mí. Tu apostolado me forma, tu amor me cuece. Y así de una harina sucia, mezclada con otros elementos. Si te dejo que Tú trabajes en mí, terminaré por ser harina de ofrenda y pan de sacrificio, buena para el altar.

Y que en la tela que antes era oscura, llena de aceite y tosca; después de que se le echo tanta hierba borit. Después de restregarse, se ha limpiado y se vuelve suave. El sol enviarás sus rayos y quedará blanca… Y dijo que pasará lo mismo conmigo, si dejo que el sol de Dios con sus rayos y acepto que me limpie. Que me sujete a mortificaciones para llegar a ser digna del Rey de reyes. De ti, mi Señor. ¡Qué cosas tan hermosas estoy aprendiendo! Parece un sueño… ¡Todo es hermoso aquí!… ¡No me despaches, Señor!

–                       ¿No te irías gustosa con Mirtha y Noemí?

–                       Preferiría estar aquí. Pero, también con ellas. Pero no con los romanos. Con los romanos no,  Señor.

–                       Ruega, niña. ¿Has aprendido la Oración?

–                       ¡Oh, sí! Es tan hermoso decir: ‘¡Padre mío…!’ Y pensar en el Cielo. Pero la Voluntad de Dios me causa un poco de miedo. Porque no sé qué es lo que Dios quiere. Y no sé si Dios desea lo que yo quiero…

–                       Dios quiere tu bien…

–                       ¡Ah, sí! Tú lo dices y ya no tengo miedo. Presiento que me quedaré en Israel para conocer siempre más a este Padre mío. Y ser la primera discípula de Galilea. ¡Oh, Señor mío!

–                       Tu fe, porque es buena, será escuchada. Vamos.

La niña se va con María y se oyen sus risas… María le habla con mucha dulzura. Tomás dice:

–                       La niña aprende pronto.

Jesús contesta:

–                       Es buena y tiene voluntad.

Zelote agrega:

–                       Y tu Mamá, ¡Es una Maestra irresistible! Ni siquiera Satanás se atrevería a resistirla…

Jesús suspira y no dice nada.

–                       ¿Por qué suspiras así, Maestro? ¿No estuve en lo cierto?

–                       Sí. Pero hay ciertos hombres que son más resistentes que Satanás; el cual por lo menos huye de la presencia de María. Hay hombres que estando cerca de Ella y aunque Ella les enseña, no cambian su ser en algo bueno.

Y entran en la casa…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

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