Archivos diarios: 28/11/12

131.- JUICIO INFANTIL


La tarde declina y el sol ya no está tan abrasador. Jesús y los once apóstoles bajan por la pendiente, hacia la llanura de Esdrelón, acompañados por  el pastor Isaac y Marziam. Los apóstoles van callados y pensativos…

El jovencito está muy contento porque el Maestro lo lleva hacia las tierras de Yocana, para visitar a su abuelo.

Marziam dice:

–           Me alegro tanto de no haberme comido la miel que me dio mi madre Porfiria, porque tenía la esperanza de que el Señor alegrara mi corazón y me permitiera volver a ver a mi viejo padre.  Nos sé porqué, pero desde hace algunos días lo recuerdo constantemente y siento como si me llamase. Se lo dije a Porfiria y ella me contestó: ‘Lo mismo me sucede a mí, cuando Simón está lejos’. Lo extraño es que antes, esto nunca me había pasado.

Pedro contesta:

–           Porque antes eras un niño; ahora eres un hombrecito  y tu mente ha madurado.

–           Traigo también dos quesos, frutas y unos racimos de uvas. Es lo poco mío que he traído para llevárselo a mi amado padre.  También una túnica de cáñamo y un vestido. Porfiria quería emplear el material para mí; pero le dije: ‘Si me amas, hazlos para mi abuelo. Siempre anda harapiento, trabajando muy acalorado con sus vestiduras de lana.’ Ahora se sentirá fresco.

Y mientras tú te has quedado sin vestiduras frescas y sudas como una esponja con tus vestidos de lana.

–           ¡Oh, eso no importa! Muchas veces cuando estaba yo en el bosque, mi abuelo se quedó sin comer porque me daba su comida… ¡Hasta ahora puedo darle yo alguna cosa! ¡Cómo quisiera ahorrar lo suficiente, para poder liberarlo!

Andrés pregunta:

–           ¿Cuánto has ahorrado hasta ahora?

Marziam contesta:

–           Poco. Con los pescados vendidos, he logrado ahorrar ciento diez didracmas. Pero dentro de poco venderé los corderos y entonces… ¡Oh! Si lo pudiese hacer antes de que llegue, los fríos vientos del invierno…

Nathanael pregunta a Pedro:

–           ¿Te lo llevarías a tu casa?

Pedro confirma:

–           Sí. No nos moriremos de hambre si ese pobre viejo toma un bocado de nuestro plato…

–           Y además… Puede trabajar en alguna cosilla… Ir a Betsaida. ¿Verdad Felipe?

Felipe contesta:

–           Cierto… Te ayudaremos Simón. Y haremos felices a nuestro buen Marziam y al viejo.

Tadeo dice:

–           Esperemos que no esté Yocana.

Isaac concluye:

–           Me adelanto a decírselo…

Rápidos caminan bajo los rayos de la luna y en un determinado punto, Isaac se separa y apresura más el paso. Los demás lo siguen lentamente. Hay un gran silencio en la llanura, pues hasta los ruiseñores están callados.

Avanzan hasta encontrarse con dos figuras oscuras, que corren hacia ellos.

Juan dice:

–           Uno es Isaac sin duda. El otro tal vez sea Miqueas o el mayordomo… No alcanzo a distinguir.

En realidad el otro es el intendente que viene junto con Isaac y se ve muy consternado. Se Acerca a Jesús.

Y le dice:

–           Maestro… Marziam… Pobre hijo… Venid pronto… – se vuelve hacia el jovencito- Abel, tu padre está muy enfermo… muy…

Marziam grita lleno de dolor:

–           ¡Ah, Señor!

Jesús lo toma de la mano y dice:

–           ¡Vamos! ¡Vamos!… Ten valor Marziam…  –y volviéndose a los apóstoles agrega- ¡Seguidnos!

El mayordomo dice alejándose:

–           Sí. Pero hacedlo despacio…  Tomad en cuenta que está Yocana.

Llegan hasta la casa de Miqueas y al verlo, comprenden que el pobre anciano está agonizando…

Marziam se inclina sobre el camastro y en voz alta le dice:

–           ¡Papá! ¡Papá! ¡Soy Marziam! ¿Me oyes? ¡He venido a verte! ¡Soy Yabé! ¡Tú Yabé!…

El moribundo continúa ausente… Su cuerpo está flojo, con el color cenizo… Su cara muy pálida y en los ojos, el velo de la muerte…

Marziam se vuelve angustiado hacia Jesús:

–           ¡Oh, Señor! ¡No me oye y no me reconoce!… Ven aquí… ¡Cúralo! Haz que me vea y que me hable… –Marziam se dobla sobre sí mismo por el inmenso dolor y pregunta-  ¿Acaso tengo qué ver que todos los míos mueran así, sin que me den el último adiós?

Jesús se acerca. Se inclina sobre el agonizante y le pone una mano sobre la cabeza diciendo:

–           Hijo de mi Padre, óyeme…

Como alguien que despierta de un profundo sueño, el anciano aspira profundo…

Abre sus ojos ya vidriados que miran con vaguedad las dos caras que tiene frente a sí… Intenta hablar; pero parece como si tuviera la lengua pegada y aunque hace el esfuerzo, no puede… Finalmente sonríe… Comprende lo que está sucediendo y trata de buscar las dos manos de los seres más amados para él en este mundo: la de Jesús primero y luego la de su nieto… Cuándo las encuentra trata de llevarlas a sus labios resecos, para besarlas.

Marziam, entrecortado por los sollozos, dice:

–           Padre… vine… ¡Tanto que pedí por venir!…  Te quería decir que pronto vendré por ti… Pagaré para liberarte y para que vivas conmigo… En la casa de Simón y de Porfiria que son muy buenos… Muy buenos con tu Yabé…  y con todos… Con todos están llenos de amor…

El pobre siervo moribundo logra soltar la lengua y con mucho esfuerzo dice:

–           Dios los recompense… pero ya es tarde… Voy con Abraham… Donde no sufriré más…  –mira a Jesús y pregunta con ansiedad-  ¿Verdad Señor que es así?…

Jesús contesta con dulzura:

–           Así es. ¡Está en paz! –luego se yergue con la majestad de Dios y con infinita autoridad declara- Yo con mi poder de Juez y Salvador, ¡Te absuelvo de todo cuanto en la vida hayas podido haber hecho de mal o del bien que hayas omitido hacer! ¡Y de tus reacciones contra la caridad y contra quién te ha odiado! De todo te perdono hijo… ¡Vete en paz!…

Jesús ha levantado la mano en alto y luego ha extendido sus dos brazos, como si estuviese ante un altar y Él cómo Sumo Sacerdote, las extendiese para consagrar a su víctima…

Marziam llora, mientras el anciano sonríe dulcemente y murmura:

–           En paz y con tu ayuda me duermo… – y se reclina.

Marziam grita:

–           ¡Padre! ¡Papá!… ¡Oh! ¡Se muere, se muere! Démosle un poco de miel… Tiene la boca seca… está frío… la miel da calor… –y trata de buscar con la mano que le soltó su abuelo en la alforja, pues tiene la otra ocupada en sostenerle la cabeza.

En el umbral, los apóstoles se han quedado mudos.

El drama de la muerte, no es fácil de asimilar…

Jesús dice:

–           Hazlo, Marziam. Yo lo sostengo… –y dirigiéndose a Pedro agrega- Simón de Jonás, ven aquí…

Pedro está muy conmovido y se acerca…

Marziam intenta dar un poco de miel a su abuelo, mete un dedo en el frasco… lo saca lleno de miel que pone con mucha ternura en los pálidos labios de su abuelo, que abre sus ojos y lo mira…

Le envía una última sonrisa, diciendo:

–           Está sabrosa…

Marziam, con el rostro bañado de lágrimas, consigue decir:

–           Dios hizo que las abejas la hicieran para ti…  Y Porfiria te hizo los vestidos de cáñamo fresco y hay uno de algodón…

El anciano levanta una mano vacilante e intenta ponerla sobre la cabeza inclinada sobre él…

Luego, con una radiante sonrisa dice:

–           Eres bueno. Más que la miel… El que seas bueno… que lo seas… me consuela… Pero tú miel ya no me sirve más…. ni tampoco los vestidos frescos… guárdalos…  Que sean para ti… Te los doy con mi bendición…

Marziam cae de rodillas. Llora con la cabeza apoyada en la orilla del camastro…

Su voz es un grito ahogado:

–           ¡Me quedo sólo! ¡Siempre sólo! ¿Por qué me siento tan sólo?…

Pedro da la vuelta alrededor del lecho. Acaricia los cabellos de Marziam y con voz áspera y llena de emoción, exclama:

–           ¡No! ¡Sólo, no!… Te quiero mucho. Porfiria te quiere mucho… Los discípulos y muchos hermanos… Y además… También está Jesús… ¡Jesús que te quiere muchísimo!… ¡No llores hijo mío!…

Marziam recupera el equilibrio en su inmenso dolor y exclama:

–           ¡Tú hijo!… ¡Sí!… soy feliz… ¡Señor! Señor…

El abuelo de Marziam lanza sus últimos estertores… y siente que el fin ha llegado…

Jesús le pasa el brazo bajo los hombros para sostenerlo junto a Sí… Lo levanta y lentamente recita:

–           Levanto mis ojos a los montes, de dónde me vendrá el auxilio…

Y continúa con todo el Salmo 120. Cuando termina, mira al anciano que muere plácidamente entre sus brazos.  Empieza a recitar el Salmo 121, pero solamente llega hasta el versículo cuarto y se interrumpe diciendo: ‘Vete en paz, alma justa.’  Lo reclina despacio y  muy cuidadosamente… Y le cierra los párpados.

Es una muerte muy tranquila de la que nadie, excepto Jesús; se ha dado cabal cuenta. Pero lo notan por la acción del Maestro y se forma inmediatamente una algarabía. Jesús ordena que se callen. Y da la vuelta al lecho; se acerca a Marziam…

El jovencito llora con la cabeza inclinada sobre su abuelo y no se ha dado cuenta de nada…

Jesús se inclina y lo abraza.

Tratando de levantarlo le dice con mucha compasión:

–           Marziam… Ya está en paz. No sufre más. La mayor gracia que Dios le concedió, es la muerte… Y en los brazos del Señor… No llores, hijo querido. Míralo qué tranquilo está… Qué sereno… Pocos en Israel han logrado el premio que éste justo obtuvo, al morir sobre el pecho del Salvador. Ven aquí entre mis brazos… ¡No estás solo! Está Dios y eso es todo. Él te ama en lugar de todo el mundo…

Es muy dolorosa esta escena, pero Marziam encuentra las fuerzas para decir:

–           Muchas gracias Señor, por haber venido. También tú, Simón por haberme traído.  A todos… A todos gracias… Por lo que me disteis para él… Ya no sirve más…  Pero los vestidos, sí. Somos pobres. No podemos embalsamarlo. –su voz se corta con un sollozo- ¡Oh, padre mío!… Ni siquiera te puedo ofrecer un sepulcro…  Pero si tenéis confianza en mí… Haced los gastos y para Octubre os daré el dinero que haya obtenido por los corderos y los pescados…

Pedro exclama:

–           ¡No! Todavía tienes un padre… Recuerda. Yo me encargo de ello.  Aunque tenga que vender una barca, tributaremos al abuelo todos los honores. Lo que necesitamos saber, es quién anticipa y quién da el sepulcro…

El mayordomo de Yocana dice:

–           En Jezrael hay discípulos entre la población. No nos negarán nada. Voy inmediatamente y para eso de las nueve regresaré…

Jesús dice:

–           Bien. Pero, ¿Y el fariseo?

–           No os preocupéis. Le voy a avisar que hay un muerto… Y por no contaminarse, no saldrá de la casa. Me voy…

Mientras Marziam llora inclinado sobre el cadáver de su abuelo y lo acaricia… Jesús en voz baja, habla con los apóstoles e Isaac. Miqueas y los demás van y vienen haciendo los preparativos de los últimos honores que rendirán a su compañero muerto.

La semana siguiente…

Es sábado y la gente está reunida en la sinagoga de Cafarnaúm. Jesús está hablando y Jairo está a su lado muy atento…

Los apóstoles están en grupo, cerca de la puerta que da al jardín, a un lado de Jesús. Al parecer ya hubo un choque entre los Fariseos y Jesús, pues el pueblo está inquieto… Pero Jesús exhorta a la paz, al perdón, diciendo que en corazones turbados, no puede penetrar con fruto la Palabra de Dios.

Alguien entre la gente, grita:

–                       No podemos tolerar que te insulten.

Jesús dice:

–                       Dejádselo a mi Padre y vuestro. Imitadme a Mí. Tolerad. Perdonad. Respondiendo insulto con insulto, no se persuade a los contrarios.

Iscariote protesta:

–                       Pero tampoco con una mansedumbre perpetua. ¡Te dejas pisotear!…

–                       Tú, apóstol mío; no des escándalo con tu ira y con tu crítica.

Alguien defiende:

–                       No. Tu apóstol tiene razón. Sus palabras son justas…

Jesús confirma:

–                       No es justo un corazón que las medita. Ni el del que las escucha. Quien quiera ser mi discípulo debe imitarme. Yo tolero y perdono. Soy bondadoso, humilde, pacífico. Los iracundos no pueden estar conmigo; porque son los hijos del siglo y de sus pasiones. En el Libro cuarto de los Reyes…

Y Jesús habla largamente de la crueldad  y de sus consecuencias…

Cuando termina, salen de la sinagoga. Se dirigen a la casa de José, donde Iscariote dice que han dejado a Samuel.

Cuando entran lo encuentran hecho un ovillo, en un rincón.

Jesús ordena:

–                       Ven aquí.

Samuel exclama:

–                       ¡No me maldigas!

–                       Para hacerlo no hubiera sido necesario que te llamara que vinieras aquí. ¿No tienes nada que decirme?

Jesús se muestra severo. Pero al mismo tiempo lo anima.

El hombre lo mira. Luego estalla en lágrimas. Y grita arrojándose a los pies de Jesús:

–                       Si Tú no me perdonas, no tendré paz.

–                       Cuando te dije que fueras bueno, ¿Por qué no lo hiciste? Ya es tarde ahora para reparar. Tu madre ha muerto.

–                       ¡Ah, no me lo digas! ¡Eres cruel!

–                       No. Soy la Verdad. Verdad te decía cuando te anunciaba que matarías a tu madre. Entonces te burlabas de Mí. ¿Por qué me buscas ahora? Tu madre ha muerto. Continuaste pecando aun cuando sabías lo que estabas haciendo. Yo te lo advertí. Tu culpa es mayor, ya que pecaste a propósito rechazando la Palabra y el Amor. ¿Por qué te lamentas ahora porque no tienes paz?

–                       ¡Señor! ¡Señor! ¡Ten compasión! Yo era un necio y me curaste. Tengo esperanza en Ti. Antes desesperaba de todo. No me mates mi esperanza…

–                       ¿Y por qué desesperabas?

–                       Porque hice que se muriera mi madre de dolor. Aún la tarde que estaba agonizando, no tuve piedad. ¡La maté, Señor! ¡La maté! En esa noche murió… Y lo único que me recomendó fue que fuese bueno. ¡Yo la maté!…

–                       Hace años que la mataste, Samuel. Cuando dejaste de ser un hombre justo. ¡Pobre Esther! ¡Cuántas veces la vi llorar!… No debería perdonarte. Pero dos madres han rogado por ti y tu arrepentimiento es sincero. Por eso te perdono.

Borra del corazón de tus conciudadanos con una vida intachable el recuerdo de lo que fuiste. Y trata de volver a amar a tu madre. Pero acuérdate bien de que tu pecado fue muy grande y por lo tanto tu vida debe ser buena, para borrar la deuda.

–                       ¡Oh! Eres bueno. No como ese de los tuyos que acaba de salir y ¡Que fue a Nazareth sólo para infundirme terror!…Amenazándome por mis pecados…

Jesús voltea y de los apóstoles solo falta Iscariote. Y comprende que fue él, el que se portó mal con Samuel.

Para no criticar a Judas como apóstol, dice:

–                       Cualquier hombre no puede sino mostrarse severo con tu pecado. Cuando se comete el mal sería necesario pensar que los hombres juzgan… Pero no le guardes rencor. ¡Vamos! Levántate. Aquí estás entre personas de buen corazón y hay júbilo porque has cambiado. Te encuentras entre hermanos que no te desprecian; porque cualquier hombre puede pecar; pero es ruin cuando persiste en seguir pecando.

–                       Te bendigo Señor. No sé cómo agradecértelo. Ha regresado la paz a mí.  –Y llora con un llanto tranquilo y silencioso.

–                       Da gracias a mi Madre. Si estás perdonado y curado es gracias a Ella. Comeremos juntos…

Y Jesús sale, dejándolo con María.

Cuando está afuera, un picarillo lloriquea pegado a sus rodillas.

–                       ¿Por qué estas llorando Alfeo?  -pregunta Jesús inclinándose para besarlo.

El niño no contesta nada. Sólo hay lloriqueos más fuertes.

Iscariote dice de mal humor:

–                       Vio la fruta y la quiere.

–                       Pobrecito. Tiene razón. No conviene hacer que los niños vean las cosas y no darles.  –dice María de Alfeo tomando unas uvas que hay en el cesto de la mesa.

El niño protesta:

–                       No quiero uvas.  –y llora más fuerte.

–                       Quiere agua con miel.  –dice Tomás. Y le ofrece- A los niños les gusta y les hace bien. A mis sobrinos también les gusta…

–                       No quiero tu agua.   –Y el llanto aumenta en tono y en intensidad.

Tadeo pregunta serio y secamente:

–                       ¿Entonces qué quieres?

Judas de Keriot sentencia:

–                       Lo que quiere es un par de nalgadas.

Mateo protesta:

–                       ¿Por qué? ¡Pobre niño!

Judas apunta con altanería:

–                       Porque es un fastidioso.

Tomás dice calmado:

–                       Bueno… Si a todos los fastidiosos hubiera que tomarlos a bofetones. No alcanzaría la vida…

María Salomé dice:

–                       Tal vez está enfermo.

María de Alfeo pregunta:

–                       ¿Qué te pasa, pequeñín? ¿Te duele algo?

Tadeo exclama:

–                       ¡Oh, mamá! ¡Es solo un capricho!… ¿No lo estás viendo? Echarías a perder a todos.

–                       No te eché a perder a Ti, Judas mío. Y te he querido mucho. No decías eso cuando te defendía de la severidad de Alfeo…

–                       Es verdad, mamá. Dije algo sin razón alguna.

–                       No te preocupes hijo, pero si quieres ser apóstol; trata de tener entrañas de madre para con los creyentes. Son como niños, ¿Sabes? Y se necesita una paciencia amorosa con ellos….

Jesús aplaude:

–                       ¡Bien dicho, María!

Judas de Keriot gruñe:

–                       Vamos a terminar con que las mujeres nos enseñen… Sólo faltan las paganas…

Jesús dice.

–                       Sin duda os aventajan muchísimo, si os quedáis en lo que sois. Y sobre todo tú, Judas. Ciertamente todos te ganarán: los niños, los mendigos, los ignorantes, las mujeres, los gentiles…

Judas responde nerviosamente y echándose a reír:

–                       ¿Quieres decir que soy el Aborto del Mundo? ¡Dilo de una vez y termínalo!

El niño llora a todo lo que da…

Iscariote desahoga su rabia en él. Lo sacude para arrancarlo de las rodillas de Jesús y dice:

–                       Pero dilo ya, ¿Qué quieres?  ¿Qué es lo que te pasa?

Una mujer dice:

–                       ¡Ah, pobre niño! Desde que su madre se volvió a casar, los hijos del primer marido son como mendigos. Como si no los hubiese parido ella… Los manda cual pordioseros y no les da de comer ni un pedazo de pan. ¡Ojala hubiese alguien que adoptase a estos tres pequeñines abandonados!…

La Virgen María abraza al niño y éste se consuela al punto.

La viuda de Afeq se adelanta y se arrodilla.

–                       ¿Y no vendrás a mi casa, Señor? En Afeq también hay hijos de Dios esperando tu Palabra.

Iscariote trata de rechazar su petición y dice cortante:

–                       El camino es áspero y no hay mucho tiempo, vienen con nosotros  mujeres. No insistas mujer.

Ella contesta:

–                       Es que… yo podría cuidar de este niño. Y quiero mostrarle que tengo que ofrecerle pues no tengo hijos.

Iscariote contesta de mal modo:

–                       Pero tiene su mamá. ¿Comprendes?

Jesús pregunta a la mujer:

–                       ¿Conoces algún camino corto entre Gamala y Afeq?

–                       ¡Oh, sí! Por los montes y es bueno entre los bosques.

–                       Iré para consolarte, pero no puedo darte al niño porque tiene su mamá. Pero te prometo que si Dios quiere que el inocente encuentre amor y lo tenga; me acordaré de ti.

–                       Gracias, Maestro. Eres bueno.  –dice la viuda.

Y voltea a mirar a Judas como si le dijese: ‘Y tú eres malo.’

El niño, por el instinto de imitación propia de los niños, se acerca a Jesús y se agarra de sus rodillas diciendo:

–                       Gracias, Maestro. Tú eres bueno.  –pero la cosa no termina aquí…

Y da un puntapié a Iscariote, para que no haya ningún error.

Y enojado agrega:

 –          ¡Y tú eres malo!

La carcajada de Tomás truena por los aires y arrastra la de los demás…

Mientras dice:

–                       ¡Pobre Judas! Puedes estar seguro de que los niños no te quieren. Cada uno de éstos te juzga y su juicio siempre te es desfavorable…

Judas pierde el control y su ira se desborda sin tener en cuenta, que lo que dijo el niño no es para tanto…

Lo arranca de las rodillas de Jesús y dice furioso:

–                       Esto sucede cuando lo serio se convierte en payasada… No es digno de nosotros, ni tampoco de provecho el que traigamos una cola de mujeres y de bastardos…

Bartolomé protesta enérgicamente:

–                       Eso sí que no. Tú conociste muy bien a su padre. Fue esposo legítimo y un varón justo.

–                       ¿Y qué? ¿Acaso éste no es un perro sin dueño y un futuro ladrón?

Jesús ordena.

–                       ¡Basta!… Ven Alfeo, no llores. Ven conmigo.

La aflicción del niño es muy grande… Sale a flote todo el dolor que tiene como huérfano. Como uno a quién su misma madre no ama… Llora. Su llanto es el triste lamento que grita por su padre muerto. Por su madre…

Jesús lo toma entre sus brazos. Lo besa y lo mima. Lo consuela… Y el llanto cesa poco a poco.

Jesús le dice:

–                       Estoy Yo Alfeo. Yo en lugar de todos… Soy como tu padre; como tu madre… No llores. Tu papá está junto a Mí y te besa junto conmigo. Los ángeles te cuidan como si fuesen otras tantas madres. Todo el amor; si eres bueno e inocente, lo tendrás…

Se oye la voz ronca de un seguidor:

–                       El Maestro es bueno y atrae. Pero sus discípulos, no. Mejor me voy…

Entonces se oye la voz enérgica de Zelote, que dice a Judas de Keriot:

–                       ¿Ves lo que has hecho?…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA