Archivos diarios: 5/12/12

140.- ESCAPE DEL TEMPLO


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Jesús y los suyos atraviesan Getsemaní en dirección al templo de Jerusalén.

Cuando llegan al recinto, Zelote pregunta:

–                       Maestro, hemos llegado al Templo. ¿Vamos a entrar?

Los apóstoles y los discípulos, le hacen la observación de que es imprudente hacerlo…

Él responde:

–                       ¿Con qué derecho me pueden impedir que entre? ¿Acaso estoy sentenciado? No. Todavía no lo estoy…  Subo pues al altar de Dios, como cualquier otro israelita que teme al Señor.

Judas dice:

–                       Pero tienes intención de hablar…

–                       Yo, Maestro; hablo donde los maestros hablan. ¡No tengáis miedo!… No ha llegado mi hora. Cuando llegue os lo diré, para que fortifiquéis vuestro corazón.

–                       No la dirás.

–                       ¿Por qué, Judas?

–                       Porque no la podrás saber. Ninguna señal te la hará conocer. No hay signo alguno. Ya hace casi tres años que estoy contigo y siempre he visto que te amenazan y te persiguen. Y en ese entonces, estabas solo…  Ahora tienes detrás de Ti al pueblo que te ama y al que temen los Fariseos… Eres pues más fuerte. ¿Cómo puedes comprender cuando llegue la hora?

–                       Por lo que leo en los corazones de los hombres…

Judas se queda estupefacto…

Y luego dice:

–                       Tampoco lo podrás decir, porque… Tú no quieres ayudarte de nosotros, porque desconfías de nuestro valor…

Santiago de Zebedeo interrumpe:

–                       Cállate, para no afligirnos.

Judas insiste:

–                       Puede serlo, pero no hay duda de que no lo dirás.

Jesús responde:

–                       Os lo diré… Y mientras no os lo diga, no os espantéis de la violencia y el odio que viereis que se levanta contra Mí. No tienen consecuencia alguna…  Seguid adelante. Yo me quedo aquí a esperar a Mannaém y a Marziam.

De mala gana, los Doce y los demás siguen adelante.

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En la Torre Antonia, algunos legionarios que están firmes junto a la fortaleza, lo señalan y discuten algo entre sí…

Y luego uno, mientras corre hacia Él,  en voz alta dice:

–                       Voy a decírselo. –y cuando llega-  Salve Maestro. ¿Vas a hablar también hoy allá adentro?

Jesús responde:

–                       La Luz te ilumine. Hablaré.

–                       Entonces… Ten cuidado. Uno que sabe nos ha dado la alarma y una que te admira ha dado órdenes de estar atentos. Nosotros estaremos cerca del subterráneo oriental. ¿Sabes la entrada?

–                       Me parece que sí. Pero está cerrada de una y otra parte.

–                       ¿De veras?  -el legionario se sonríe por un instante.

Sus ojos y dientes brillan a la sombra de su yelmo, haciéndolo verse más joven.

Luego, irguiéndose, saluda:

–                         Salve, Maestro. Acuérdate de Quinto Félix.

–                       Lo haré. Que la luz te ilumine.

En ese momento llegan junto a Él, Mannaém que viene vestido muy sencillo en un color café oscuro y Marziam…

Y los dos dicen al mismo tiempo:

–                       Maestro. ¿Nos tardamos?

–                       ¿Había muchos leprosos?

Jesús contesta:

–                       No. Os disteis prisa. Vamos, los otros nos están esperando. Mannaém, ¿Fuiste tú el que habló con los romanos?

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Mannaém contesta:

–                       ¿De qué Señor? No he hablado con nadie. No sabría… Las romanas no están en Jerusalén.

Al pasar por la puerta de la muralla, como por casualidad, está allí el levita Zacarías.

Se acerca a Jesús y le dice:

–                       La paz sea contigo, Maestro. Quiero decirte… Trataré de estar siempre donde estés, aquí dentro. No me pierdas de vista… Si ves tumulto y ves que me voy, trata de seguirme siempre. ¡Te odian mucho! No puedo hacer otra cosa… ¡Compréndeme!…

–                       Dios te lo pague y te bendiga por la piedad que tienes por su Verbo. Haré lo que dices. No tengas miedo de que alguien sepa que me amas.

Se separan y Mannaém susurra:

–                       Tal vez fue él, el que advirtió a los romanos. Como está allí dentro… puede ser que al saberlo…

Van a orar, pasando entre la gente que los mira con sentimientos desiguales y que sigue a Jesús. Después de que terminan de orar, va al Patio de los Israelitas. Fuera de la segunda valla, Jesús quiere detenerse, pero un grupo en que hay escribas, fariseos y sacerdotes, lo rodea…

Uno de los magistrados del Templo, habla en nombre de todos:

–                       ¿Estás aquí todavía? ¿No comprendes que no te queremos? ¿No tienes miedo ni siquiera al peligro que te amenaza? ¡Lárgate! Agradece que te hayamos permitido entrar para orar…  Pero no te permitimos que enseñes más tu Doctrina.

Se levanta un coro:

–                       ¡Sí, lárgate!

–                       ¡Lárgate de aquí, Blasfemo!

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Jesús declara:

–                       Me iré como lo deseáis y no solo fuera de estas murallas…  Me iré. Ya me estoy yendo lejos a donde no podréis llegar. Llegará el tiempo en qué me buscaréis también vosotros y no solo porque me queríais perseguir; sino por un supersticioso terror de que se os castigue por haberme arrojado…  Por un ansia supersticiosa de que se os perdone vuestro pecado, para que podáis alcanzar misericordia.

Este es el momento en que podéis haceros Amigo al Altísimo. Cuando pase, cualquier modo de reparar, será inútil. No me tendréis más y moriréis en vuestro pecado. Aún cuando recorrierais toda la Tierra y lograseis llegar a las estrellas, no me encontraréis jamás… Porque a donde voy, no podréis ir. Ya os lo he dicho. Dios viene y pasa.

Quién es sabio, lo acoge con sus dones que le da al pasar. Quién es necio lo deja ir y no lo encontrará otra vez. Vosotros sois de este mundo. Yo no pertenezco a él. Por eso, una vez que haya regresado a la mansión de mi  Padre, no me encontraréis más. Y moriréis en vuestros pecados, porque ni siquiera sabréis llegar espiritualmente hasta Mí, con la Fe.

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Varios dicen:

–                       ¿Te quieres matar insensato?

–                       Es claro que al Infierno no podremos ir.

–                       El Infierno es de los condenados y de los malditos.

–                       Y nosotros somos los hijos benditos del Altísimo.

Otros aprueban:

–                       No cabe duda de que se quiere matar; porque ha dicho que a donde va, no podremos ir.

–                       Comprende que no puede ser descubierto y que no logró presentar la prueba.

–                       Por esto se quita de en medio sin esperar a ser sorprendido, cual falso Mesías como el otro Galileo.

Los menos torvos dicen:

–                       ¿Y si fuese en realidad el Mesías y volviese a Aquel que lo envió?

–                       ¿A dónde?

–                        ¿Al Cielo?

–                       No está Abraham, ¿Y quieres que Él vaya allá?

–                       Antes debe venir el Mesías.

–                       Elías fue arrebatado en un carro de fuego…

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La discusión sigue mientras otros miembros del Templo persiguen a Jesús a través de los pórticos exteriores; como una jauría de perros persigue a la presa que han olfateado.

Algunos que en realidad tienen en su corazón un deseo bueno, le hacen la angustiosa pregunta que muchas veces le han hecho:

–                       ¿Quién Eres Tú?

–                       ¡Dínoslo para saber a qué atenernos!

–                       ¡Dinos la Verdad en nombre del Altísimo!

Jesús dice:

–                       Yo soy la Verdad misma y no miento. Soy el que dije ser desde el primer día que hablé a las turbas, por toda la Palestina. Soy el que os he dicho, junto al Santo de los santos, cuyos rayos no temo, porque digo la verdad. Y nadie me lo podrá impedir hasta que anuncie al Mundo, lo que oí de mi Padre.

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Sus enemigos, con los puños cerrados, le gritan con Odio:

–                       ¡Y todavía sigues blasfemando!

–                       ¿Y continúas llamándote el Hijo de Dios?

Los apóstoles, los discípulos y otros de buen corazón los rechazan, formando una barrera de protección a su alrededor.

El levita Zacarías se mueve poco a poco, pero de forma discreta, cerca de Mannaém y de los hijos de Alfeo.

Están ya junto a los límites del Patio de los Gentiles, porque avanzan lentamente en medio de grupos contrarios.

Jesús se detiene en su lugar acostumbrado, junto a la columna de la parte oriental. Desde el lugar en donde está, ni aún los paganos pueden arrojar a un verdadero israelita, sin excitar a la multitud; cosa que los enemigos quieren evitar.

Desde allí empieza a hablar otra vez, respondiendo a sus ofensores. Reafirma una vez más su Identidad Divina y Humana y su Misión de Redentor.

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Cita a los Profetas y dice:

–                       … Cuando hubiereis levantado al Hijo del Hombre…

Lo interrumpen:

–                       ¡Y quién quieres que te suba en alto!

–                       Miserable aquel país que tiene por rey a un charlatán, a un blasfemo, enemigo de Dios.

–                       Ninguno de nosotros te pondrá en alto, puedes estar seguro.

–                       Y pudiste comprobarlo con lo poco que te queda de inteligencia, el día en que fuiste tentado.

–                       ¡Tú sabes que nunca podremos hacerte nuestro Rey!

Jesús responde con calma:

–                       Lo sé. No me pondréis sobre un trono, pero sí me levantaréis en alto. Creeréis rebajarme al ponerme en alto; pero será todo lo contrario. No tan solo en Palestina, sino en todas partes. Lo seré, no solo por una generación, sino hasta que dure la Tierra… Y cada vez más la sombra del pabellón de mi trono se extenderá por toda la tierra, hasta que la cubra. Sólo entonces regresaré y me veréis. ¡Sí que me veréis!

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Todos los fariseos  se alborotan y sus palabras suenan como el chasquido de un látigo:

–                       ¡Pero escuchad las palabras de este loco!

–                       ¡Lo levantaremos en alto rebajándolo y lo rebajaremos levantándolo!

–                       ¡Es un loco!

–                       ¡Loco!

–                       ¡Y la sombra de su trono por toda la tierra!

–                       ¡Más grande que Ciro!

–                       ¡Más que Alejandro!

–                       ¡Más que César!

–                       ¿Dónde pones al César?

–                       ¿Crees que te va a permitir que te apoderes del Imperio de Roma? Y su trono durará mientras dure el Mundo…

–                       ¡Ja, ja, ja!

Jesús los deja que hablen.

Levanta su voz para hacerse oír entre el clamor semejante a un mar tempestuoso, que aumenta con los que lo zahieren y  los que lo defienden…

Y con voz sonora y poderosa,  cual si fuera una trompeta; empieza un largo discurso sobre las profecías que lo anunciaron y dibujaron la figura del Redentor…

Jesús finaliza profetizando:

–                       … Cuando hubiereis levantado al Hijo del Hombre, entonces comprenderéis Quién Soy Yo… Y lo que lloró Jeremías en sus profecías y lamentaciones, se cumplirá al pie de la letra. Meditad esas palabras y temblad… Y si no queréis creer a mis palabras porque el viejo Israel os sofoca, creed al menos al viejo Israel. A él, los profetas le dicen a gritos los peligros y desgracias que llegarán a la Ciudad Santa y sobre toda muestra patria, si no se convierte al Dios suyo y no sigue al Salvador.

En siglos pasados la mano de Dios se dejó sentir sobre este pueblo. Pero nada serán el pasado y el presente, respecto al futuro tremendo que lo espera por no haber querido aceptar el mandato de Dios.

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No se puede parangonar, ni por su rigor, ni por su duración, lo que espera a Israel que rechaza al Mesías…  Os lo digo al tender mi mirada a través de los siglos:

Cual planta arrancada y arrojada a un río turbulento. Así será la raza hebrea castigada por el anatema divino. Obstinadamente tratará de asirse de las riberas, en este o en aquel punto.

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Y vigorosa como es, echará retoños y raíces; pero cuando creyere haber encontrado un lugar en donde pueda estar, la violencia de la corriente la volverá a arrancar.

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La destrozará con vástagos y raíces y avanzará más allá, para sufrir, para echar raíces; para que de nuevo sea arrancada y dispersa.

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     Y nada podrá darle paz, porque la corriente que la persigue es la Ira Santa de Dios y el Desprecio de los Pueblos.

Sólo si desemboca en un Mar de Sangre viva y santificante, podrá encontrar paz.

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Pero huirá de esa sangre porque no obstante que Ella la invite, le parecerá oír la voz de la sangre de Abel contra sí: el Caín que oirá la voz del Abel Celestial.

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Otro rumor se propaga por el extenso recinto, como fragor de olas. Pero no se oyen las voces ásperas de los escribas y fariseos. Ni de los demás enemigos de Jesús. Él aprovecha este momento para tratar de irse…

Sin embargo algunos le dicen:

–                       Maestro. Óyenos. No todos somos como esos…  -y señalan a sus enemigos- No podemos oírte bien, porque tu Voz es una contra cientos que dicen lo contrario.

–                       Lo que ellos dicen, es lo que hemos oído de labios de nuestros padres, desde nuestra infancia.

–                       Pero tus palabras nos inducen a creer.

–                       ¿Cómo  hacemos para creer completamente y para tener vida?

–                        Estamos como ligados al pensamiento del pasado…

Jesús responde:

–                       Si os afirmáis en mi Palabra, como si nacierais ahora de nuevo, creeréis completamente y seréis mis discípulos. Pero es necesario que os despojéis del pasado y aceptéis mi Doctrina. Ella no cancela todo el pasado, antes bien, mantiene y revigoriza lo que hay de santo y sobrenatural; poniendo la perfección de mi Doctrina, en donde están las doctrinas humanas, siempre imperfectas. Si viniereis a Mí conoceréis la Verdad y la Verdad os hará libres…

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Libres de la esclavitud del Pecado y de Satanás. Yo romperé vuestras cadenas… Sé que sois posteridad de Abraham. Pero el que entre vosotros trata de matarme, no honra a Abraham, sino a Satanás que es su padre y le sirve como un fiel esclavo.

¿Por qué? Porque rechaza mi Palabra y ella no puede penetrar en muchos de vosotros. Dios no hace violencia al hombre para que crea. No se la hace para que me acepte. Me manda para que Yo os indique su Voluntad. Y hago lo que Él quiere. Pero quienes de vosotros me perseguís, hacéis lo que habéis aprendido de vuestro padre y lo que os sugiere.

Como un paroxismo que se desata después de una ira mal contenida, se revuelven los judíos, fariseos y escribas. Y se despierta su violencia…

Se entremeten como una cuña, en el círculo compacto que rodea a Jesús y tratan de acercársele…

Gritan llenos de ira y de Odio:

–                       Nuestro padre es Abraham.

–                       No tenemos ningún otro padre…

–                       Abraham obedeció.

Jesús contesta:

–                        Abraham creyó y obedeció a Dios, aún en las cosas más difíciles de creerse y penosas de realizarse… Y le sacrificó a su hijo amado…

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Lo interrumpen furiosos:

–                       No lo sacrificó.

Jesús continúa:

–                       Le sacrificó a su hijo amado, porque en verdad su corazón ya lo había sacrificado durante el camino, durante el camino. El ángel detuvo aquella obediencia, cuando ya su corazón de padre se disponía a hendir el cuchillo en el corazón de su hijo. El iba a matar a su hijo, para honrar a Dios. Vosotros le matáis a Dios el Hijo, para honrar a Satanás…

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Si reconociereis a Dios por vuestro Padre en espíritu y en verdad. Me amaríais, porque del Padre procedo y vengo… Los deseos del demonio son Pecado y Violencia y como lo tenéis por padre, los aceptáis… Desde el Principio fue un homicida. En todos los siglos, sus obras han atormentado el hombre, sus señales y frutos están ante la inteligencia de los seres humanos.

Y pese a que miente y a que trae la ruina, le escucháis, no me creéis y me llamáis pecador… Dios en el corazón de los hombres está gritando: “Él es Inocente” Los que me acusáis estáis más convencidos de ello, que éstos que no saben a quién dar la razón, si a Mí o a vosotros. Pero sólo el que es de Dios, escucha las palabras que son de Dios. Vosotros no las escucháis, porque no sois de Dios.

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Elquías, Sadoc, Nahúm, Doras y Simón Boeto encabezan el grupo farisaico, que se defiende con rabia:

–                       ¡Ah! ¡Ahora vemos claramente que por tu boca habla el demonio que está en Tí!

–                       Tú mismo lo has dicho: ‘él es un mentiroso’

–                       Lo que acabas de decir no es más que mentira.

–                       Abraham murió y también los profetas.

–                       Pero tú has dicho que quien observare tu Palabra, no verá la muerte jamás.

–                        ¿Tú no vas a morir nunca?

Jesús responde:

–                       No moriré sino como hombre, para resucitar en el tiempo de gracia, pero como Verbo, no moriré. La Palabra es Vida y no muere. Y quien acogiere la Palabra, tendrá la Vida en sí y no morirá jamás; sino que resucitará en Dios, porque Yo lo resucitaré.

Aunque pareciera increíble, la ira y el odio aumentan en un grado todavía más  colosal y aúllan:

–                       ¡Blasfemo!

–                       ¡Loco!

–                       ¡Demonio!

–                       ¿Eres más que nuestro padre Abraham que murió y que los profetas?

–                       ¿Quién pretendes ser?

Jesús responde:

–                       El Principio, que os hablo.

Se sucede una confusión inaudita.

Entretanto el levita Zacarías, empuja poco a poco a Jesús, hacia un ángulo del portal… Ayudado por Mannaém, los hijos de Alfeo y por otros que ni siquiera saben lo que están haciendo.

Jesús, apoyado contra el muro y con la protección de los más fieles delante de Él,  al calmarse un poco la confusión…

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Con su vigorosa y hermosa Voz de tenor, dice:

–                       Si Yo me glorifico por Mí Mismo, mi gloria no tiene valor. Pero quién me glorifica es mi Padre, a quién llamáis vuestro Dios. El Hijo del Hombre no debe mentir; aún cuando el decir la verdad fuere causa de su muerte… Como Dios y como Hombre, Yo conozco a Dios. Y como Hombre, Yo guardo sus palabras las Observo. ¡Oh, Israel reflexiona! Yo Soy Aquel en quién se cumplen las promesas. Reconóceme por lo que Soy. Abraham vuestro padre suspiró por ver mi día. Lo vio proféticamente por un favor de Dios y saltó de gozo. Vosotros que en realidad lo estáis viviendo…

Los enemigos de Jesús lo miran con desprecio. Como una ola maligna, sus carcajadas se propagan a través de todo el recinto…

Y le dicen:

–                       Pero, ¡Cállate! ¿Aún no tienes cincuenta años y dices que Abraham te vio y que Tú lo viste?

–                       En verdad, e verdad os digo que antes que Abraham naciera, Yo Existo.

Caifás, el Sumo Sacerdote avanza y todos se hacen a un lado con respeto…

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 Lleno de ira y de odio le grita:

–                       ¡¿Yo existo?! ¡Sólo Dios puede decir que existe, porque es Eterno! ¡No Tú,  blasfemo!  ¡Yo Existo! ¡Blasfemia! ¿Acaso Eres Dios Tú, para decirlo?

Con su voz que parece un trueno, Jesús responde:

–                       ¡Tú lo has dicho!

Todo se convierte en armas, en manos de quién odia.

Mientras que el Sumo sacerdote escandalizado, se entrega a gestos de horror y arranca el capucho de su cabeza, se mesa la cabellera y la barba. Se suelta las fibias de oro que detienen su vestido al cuello, como si se sintiese morir de horror…

Todos los demás miembros del Templo, lanzan contra el Maestro piedras que principalmente caen sobre la multitud que lo rodea y que impreca…

Zacarías el levita da un fuerte empujón a Jesús, único medio para hacerlo llegar a donde está el posticum: una puertecilla baja, escondida en la muralla del pórtico y que está pronta a abrirse, para el que sabe hacerlo.

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Lo empuja junto con los dos hijos de Alfeo, Juan, Mannaém y Tomás.

Los demás se quedan afuera en medio de la confusión.

El rumor llega hasta la galería, entre las dos poderosas murallas de piedra y que da la vuelta completa al Pórtico. Donde se percibe la humedad y unas estrechas y estratégicas aberturas, que dejan penetrar el aire y una poca de luz, que hace menos tenebroso el lugar.

Tomás pregunta:

–                       ¿Y qué vamos a hacer aquí?

Tadeo responde:

–                       ¡Cállate!…  Me dijo Zacarías que vendrá y que nos estuviéramos callados y quietos.

–                       Pero, ¿Puede uno fiarse?

Jesús dice para tranquilizarlos:

–                       No temáis. El levita es bueno.

Afuera el tumulto se dispersa. Pasa el tiempo…

Un sordo rumor de pasos y una lucecilla que tiembla y que sale de la espesa oscuridad.

Entonces se escucha una voz que tiene miedo de que la oigan y que a la vez quiere hacerse oír:

–                       ¿Estás ahí, Maestro?

Jesús contesta:

–                       Sí, Zacarías.

–                       ¡Yeové sea alabado! ¿Te hice esperar mucho?  Tuve que esperar a que fuesen todos a las demás entradas… Ven Maestro. Tus apóstoles… Alcancé a decir a Simón que fuesen todos a Bethesda y que esperasen allí. Hay poca luz, pero el camino es seguro. De aquí se baja a las cisternas…

 

Y se sale por el Cedrón. Camino antiguo, no siempre destinado para un buen uso, pero ahora sí… Y esto lo santifica…

Siguen bajando en medio de una sombra que interrumpe la llama danzante de la tea, hasta que se ve allá lejos en el fondo, la claridad… La claridad de lo verde que se ve a lo lejos. La galería termina con una reja que es como una puerta por lo maciza y bien fija que está.

Mientras mueve los goznes y abre la reja lo suficiente para que salgan, Zacarías dice:

–                       Maestro estás salvado. Puedes irte. Pero escúchame: No vengas por algún tiempo. No podría siempre servirte sin que lo notasen. Y… olvidad todos este camino y a mí que os traje por él. Olvidad esto… Os lo pido por favor.

Jesús lo tranquiliza:

–                       No tengas miedo. Ninguno de nosotros hablará. Que Dios te acompañe por la piedad que tuviste con nosotros.

Jesús levanta su mano y la pone sobre la cabeza inclinada del joven.

Sale seguido por sus primos y por los demás.

Se encuentra en un claro lleno de zarzas enfrente del Monte de los Olivos.

Cuando avanzan un poco, la puerta queda invisible por unos matorrales. Una vereda para cabras se dirige entre la maleza, hasta el torrente.

Jesús mira a su alrededor  y reconoce el lugar.

Luego dice:

–                       Vamos. Luego subiremos hasta la altura de la Puerta de las Ovejas. Yo y mis hermanos iremos a la casa de José de Séforis. Vosotros iréis a Bethesda a llamar a los demás y os reuniréis conmigo. Iremos a Nobe, mañana por la tarde, después del crepúsculo.

Mannaém, tú irás por Nicodemo y por José de Arimatea. Y los llevarás a la casa de José de Séforis para que se reúnan conmigo. Sed prudentes en vuestras palabras por amor al levita que nos puso a salvo.

Luego se separan y a pasos largos se dirige por un sendero…

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA,CONOCELA