Archivos diarios: 6/12/12

141.- SEGUNDA TRAMPA


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Jesús con Juan, llega hasta una casa vieja que a la vez es una bodega y un almacén. La puerta es alta y estrecha. En ella hay tres escalones que los años han consumido. Es la casa de José de Séforis…

Juan llama y espera.

La puerta se abre con mucho ruido de cerrojos.

Una anciana saluda:

–                       ¡Oh, Juan! Dios sea contigo.

Juan contesta:

–                       No vengo solo, María, el Maestro viene conmigo.

–                       La paz sea contigo también, honra de Galilea. Entrad. Voy a llamar a José.

Se quedan solos en el vestíbulo y una carita morena se asoma por detrás de la cortina que separa la habitación de un corredor y curiosea temerosa.

Jesús pregunta a Juan:

–                       ¿Quién es este niño?

–                       No lo sé, Señor. Antes no estaba. Desde que estoy contigo, no he vuelto con mi padre aquí. –se vuelve al niño y lo llama- Ven niño.

Se acerca un niño como de cuatro años.

Juan le pregunta:

–                       ¿Quién eres?

El chiquillo contesta:

–                       No te lo digo.

–                       ¿Por qué?

–                       No quiero oír que me digan palabras feas. Si las dices te responderé y a José no le gusta.

Juan se echa a reír con el razonamiento del pequeñuelo:

–                       Esto sí que es raro. Maestro, ¿Qué piensas?

También Jesús sonríe y atrae hacia Sí al pequeño…

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Lo mira fijamente y le pregunta:

–                       ¿Sabes quién Soy Yo?

–                       Sí que lo sé. Eres el Mesías de quién será todo el mundo y entonces no se dirán más palabras feas a los niños como yo.

–                       ¿No eres israelita, verdad?

–                       Estoy circuncidado… Y me dolió mucho… Y también es muy doloroso sentir que nadie…   -llora sin la valentía que hace poco tenía.

Juan lo mira extrañado.

Jesús toma al niño y lo pone sobre sus rodillas.

Le pregunta:

–                       Te quiero mucho. Jesús quiere mucho a todos los niños. Y sobre todo a los huérfanos. ¿Cómo te llamas?

–                       También yo soy así.  –la vocecita se convierte en un murmullo- Soy romano… Me llamo Marcial.  Así me llamaba mi mamá…–y llora desconsolado.

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–                       También Yo te llamaré Marcial, como tu mamá. Es una cosa buena la que ha hecho José, debes quererlo mucho…

–                       Sí, pero menos que a Tí, El dice siempre: “Si un día encuentras a Jesús de Nazareth, al Mesías, ámalo con todo tu ser, porque gracias a Él fuiste salvado del error.”  María dijo desde allá a la criada, que había llegado el Mesías y vine a ver quién me había salvado.

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–                       José debió ponerte otro nombre. ¿Cómo te llamas ahora?

–                       Tengo un nombre feo, no me gusta. Me llamo Manasés.  –y el niño dice esto con una cara tan desconsolada que Jesús y Juan no pueden menos que sonreír.

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Jesús trata de consolarlo:

–                       Manasés es un nombre que tiene un significado muy tierno para nosotros. Quiere decir: ‘El Señor me ha hecho olvidar todos los dolores’ José te lo puso pensando que le harías olvidar todos sus dolores. Es un hombre bueno.

–                       María también es buena y ahorita me está haciendo mis tortas de miel. Voy a ver si están cocidas y te traigo una.

Y se baja de las rodillas de Jesús y corre hacia la cocina.

José entra en la habitación y saluda a sus huéspedes.

Se arrodilla a los pies de Jesús y  luego dice:

–            Perdóname que te haya hecho esperar. El viernes es siempre un gran día. ¿Cómo estás Juan? ¿Tienes noticias de tu padre?

Juan contesta:

–                       No. Desde los Tabernáculos no lo veo.

–                       Está bien, lo mismo que Salomé. Esta mañana lo vi, con la última carga de pescado. También puedo decirte a ti Maestro,  que tus familiares están bien en Nazareth.

Jesús dice:

–                       Gracias. Tú haces mucho más de  lo que enseño. Ya vi al niño.

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–                       ¡Lo viste!…  Mira, el niño no es un niño hebreo. Es hijo de romanos. De dos libertos de un romano que vivía en Cesárea Marítima. Cuando se fue, lo olvidó y el niño se quedó solo. Los hebreos no lo recogieron. Los romanos… Tú sabes lo que son ellos… ¡El niño andaba pidiendo limosna! ¡Lo he hecho circuncidar! Y le cambié el nombre. Pero, ¡No quiero que se muestre a los demás, ni que recuerde su pasado!

Jesús pregunta dulcemente:

–                       ¿Por qué, José? El niño sufre por esto y… Se comprende.

–                       No quiero ser criticado por haber acogido a un…

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–                       Un inocente. No es más que eso, José. ¿Por qué temes al juicio de los hombres, cuando el  Juicio más alto, el Divino, sanciona tu actitud como santa? ¿Por qué no dices: ‘Si, el niño es romano; pero yo no siento repugnancia por él? Porque es hijo del Creador, como lo somos todos’ La verdadera circuncisión está por llegar y se verificará en el corazón de los hombres. Ten valor en hacer el bien, José. Serás grande. Muy grande…

Toquidos en el portón de la calle interrumpen la conversación.

Llegan los apóstoles…

Pedro entra y tiene el mismo aire de abatimiento que tenía en el Jordán, cuando pasaron Betabara. Se deja caer como exhausto sobre el primer asiento que encuentra, con la cabeza entre las manos.

Los demás, si no están tan abatidos; si se ven como perdidos. En los ojos de Marziam, hay señales de llanto.

Isaac se acerca a Jesús y le toma la mano, para acariciarla…

El pastor discípulo dice:

–                       Siempre como aquella noche de la matanza en Belén… Y a salvo otra vez. ¡Oh, Señor mío! ¿Hasta cuando te podrás salvar?

Este grito abre las bocas y todos hablan sin orden; contando las injurias, los maltratos, el miedo por…

Otro toquido en la puerta.

Judas exclama:

–                       ¡Ay de mí! ¿Nos habrán seguido?

José de Séforis va a mirar y…

Exclama admirado:

–                       ¡José el anciano! ¡Qué honor!

Y abre la puerta para dejar entrar al más influyente en el Templo después de Gamaliel…

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José de Arimatea dice a Jesús:

–                       La paz sea contigo, Maestro. Estuve…  y vi… Mannaém me encontró cuando salía del Templo, con el alma entristecida… ¡Oh! ¡Y no poder intervenir! No poder hacerlo para seguir siéndote más útil. Y… ¡Oh! ¿Estás aquí también tú, Judas de Keriot?…  Habrías podido hacerlo tú, que eres amigo de tantos. ¿No te sientes obligado tú que eres su apóstol?

Judas contesta lacónico:

–                       Tú eres discípulo suyo.

–                       No. Si lo fuera lo seguiría como los demás. Soy un amigo suyo.

–                       Es la misma cosa.

–                       No. También Lázaro es su amigo, pero no vas a decir que sea su discípulo…

–                       En su interior sí.

–                       Los que no son discípulos de Satanás. Lo son de su Palabra, porque reconocen que es la Palabra de Sabiduría.

El breve encuentro entre José y Judas de Keriot se agota.

Otra llamada a la puerta y los dos José se dirigen a abrir…

José de Arimatea se inclina para decir algo al oído a José de Séforis, que muestra una viva sorpresa y por un instante se vuelve a mirar a los apóstoles. Luego abre la puerta.

Entran Nicodemo y Mannaém. Les siguen todos los pastores-discípulos que hay en Jerusalén. Y varias discípulas.

También el sacerdote Juan con otro anciano. Todos muestran una honda preocupación.

Nique pregunta:

–                       Maestro, ¿Qué pasó? La ciudad parece un avispero. Los que te aman corren a buscarte donde suponen que estás. Yo misma fui a la casa de Lázaro. ¡Es demasiado! ¿Cómo te salvaste?

Jesús contesta:

–                       La Providencia que siempre vela por Mí. No lloren… Bendigan al Eterno y robustezcan su corazón.

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–                       Pero no debes ir más al Templo, Maestro. ¡Por mucho tiempo no debes subir! ¡No debes subir!

Todos están conformes con esto y sus voces resuenan en las gruesas paredes de la vieja casa, como el eco de un aviso suplicante.

El pequeño Marcial, el niño romano que estaba escondido; al oír esto, curioso  saca su cabecita entre los pliegues de la cortina y corre hacia Jesús. Le echa los brazos al cuello y lo besa.

Jesús lo estrecha con un brazo, atrayéndolo hacia Sí, Mientras responde a los que le dicen lo que debe hacerse.

–                       No. No me muevo de aquí. Id a decir a Lázaro que me espera, que no puedo ir. Yo, Galileo y amigo desde hace años de la familia me quedo aquí, hasta el crepúsculo de mañana. Y luego… ya veré a dónde ir.

Pedro dice llorando:

–                       Siempre dices lo mismo y luego regresas allá. Pero no te dejaremos ir más. Al menos yo. Creí en realidad que estabas perdido…

El anciano que está con el sacerdote Juan exclama:

–                       Jamás se ha visto cosa semejante. ¡Basta! Está decidido. Si no me rechazas…  Soy muy viejo para el Altar. Pero para morir por Ti tengo fuerzas todavía. Moriré fuera del sagrado recinto, al que he consagrado toda mi vida. ¡Pero Tú me abrirás un lugar más santo!

¡Oh, no puedo ver más la abominación! ¿Porqué mis viejos ojos tenían que ver estas cosas? ¡La Abominación que vio el Profeta, está ya dentro de los muros y va a sumergir a la ciudad! ¡La santidad del Señor esta bajo una costra de fango! ¡Pero si la Víctima es pura;  los sacrificadores son unos seres inmundos!

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¡Anatema sobre nosotros! ¡El Señor verá sobre el Monte la Abominación de su Pueblo!… ¡Ah!…  –y se tira al suelo, cubriéndose el rostro con un llanto desgarrador.

El sacerdote Juan, dice:

–                       Lo he traído. Hace tiempo que quería. Pero hoy, después de lo que vio, ya nadie pudo contenerlo. El viejo Natán, se ve con frecuencia revestido con el espíritu profético. Acepta a mi amigo, Señor.

Jesús dice:

–                       No rechazo a nadie. Levántate sacerdote y levanta el espíritu. En lo alto no hay fango. Y a quién sabe estar en lo alto, el fango no lo toca.

El sacerdote Natán  antes de levantarse lleno de adoración, toma la punta del vestido de Jesús y lo besa.

Jesús habla con todos. Les da instrucciones, los bendice. Y los despide de uno por uno. Todos se van yendo en pequeños grupos.

Y solo cuando la habitación queda vacía, se nota la ausencia de Judas de Keriot. Muchos se sorprenden de que haya salido sin orden alguna.

Jesús, para impedir comentarios, dice:

–                       Habrá ido a hacer algunas compras para nosotros.  –y continúa hablando a José de Arimatea y a Nicodemo.

Nicodemo pregunta:

–                       ¿Quién es este niño?

Jesús contesta.

–                       Es marcial. Un hijo que José ha adoptado por hijo.

–                       No lo sabía.

–                       Casi nadie lo sabe.

José de Arimatea observa:

–                       Es muy humilde este hombre. Otro cualquiera lo hubiera publicado.

Jesús dice:

–            ¿Lo crees? Vete Marcial. Lleva a Marziam a enseñarle la casa.

Marcial toma de la mano a Marziam y lo lleva hacia el interior…  Y  luego que se han ido…

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Jesús continúa diciendo:

–                       ¡Está equivocado, José! ¡Cuán difícil es juzgar con rectitud!

Nicodemo y José dicen al mismo tiempo:

–                       ¡Pero Señor! acoger a un huérfano, porque sin duda lo es.

–                       Y no vanagloriarse de ello, es sin duda humildad.

Jesús aclara:

–                       El niño no es de Israel, como su nombre lo dice…

Jose y Nicodemo:

–                       ¡Ah! ¡Comprendo!

–                       Entonces está bien que se quede oculto…

Jesús:

–                       Ya se le circuncidó.

José:

–                       No importa. Tú sabes.

–                       ¡Cómo se ve que todos sois Israel, aún en los mejores! ¡Cómo se ve que aún al hacer el bien, no comprendéis y no sabéis ser perfectos! Uno solo es el Padre de los Cielos y toda criatura es hijo suyo. No os avergoncéis de hacerlo en el que no pertenezca a vuestra raza. La carne es para el sepulcro, el alma para Dios.

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Silencio.

Luego José de Arimatea se levanta y dice:

–                       Me voy Maestro. Ven mañana a mi casa.

–                       No. Es mejor que no vaya.

Nicodemo también se despide y los dos se van.

Santiago de Zebedeo exclama:

–                       ¡Quisiera saber a donde ha ido Judas! ¡Podría decir que se fue a donde hay pobres, pero aquí está la bolsa!

Jesús dice:

–                       No os preocupéis, ya vendrá.

Después de un rato, regresa Judas… gallardo, sonriente, franco.

Judas explica:

–                       Maestro, quise ir a ver… La tempestad está calmada. Acompañé a las mujeres… ¡Tan miedosas todas! No te dije nada porque me lo hubieras prohibido. Pero yo quería comprobar por mí mismo si hay algún peligro. Nadie piensa más en lo que pasó. El sábado vacía las calles.

Jesús contesta:

–                       Está bien. Ahora estamos aquí y mañana…

Los apóstoles gritan:

–                       ¡Cuidado con ir al Templo!

–                       No. Iré a nuestra sinagoga. A la de los fieles galileos.

Al día siguiente…

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Jesús sale con sus apóstoles y con José de Séforis, en dirección a la sinagoga. No ha dado  más que unos cuantos pasos por la calle principal, después de haber dado vuelta en la callecita donde vive José; que Judas de Keriot le llama la atención, para que vea a un joven que avanza en su dirección…

Tocando las paredes con un bastón, levantando su cara sin ojos hacia lo alto, a la manera como suelen hacerlo los ciegos. Sus vestidos son pobres pero limpios.

Parece ser muy conocido en Jerusalén porque muchos le dicen:

–                       Oye. Hoy te equivocaste de camino.

–                       Los caminos del Moria ya los dejaste atrás.

–                       Estás ahora en Bezetha.

El joven declara:

–                       Hoy no pido limosna de dinero.  –responde con una sonrisa y continúa caminando hacia el norte de la ciudad.

Judas dice:

–                       Míralo Maestro. Tiene los párpados pegados. Creo que ni siquiera tiene ojos. La frente se une con las mejillas sin hueco alguno. Ha nacido infeliz y así morirá, sin haber visto ni siquiera una vez, la luz del día. Ni la cara de un hombre. Dime pues Maestro. Si nació así, ¿Quién tiene la culpa? ¿Cómo pudo haber pecado antes de nacer? ¿Acaso habrán pecado sus padres y Dios los castigó haciendo que él naciese ciego?

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Los demás se estrechan a Jesús para oír su respuesta y acelerando el paso, vienen dos Jerosolimitanos que han seguido al ciego.

Con ellos viene José de Arimatea, que no se acerca. Sube a las gradas de un portón y vuelve su mirada tratando de observar a todos.

Jesús responde y sus palabras resuenan claras en el silencio que le rodea:

–                       Ni él, ni sus padres pecaron. La pobreza frecuentemente es un freno para pecar. Si él nació así, es para que una vez más se muestren en él, el poder y las obras de Dios. Ve y tráeme al ciego aquí.

Judas se vuelve hacia el otro apóstol joven:

–                       Ve tú, Andrés. Prefiero quedarme aquí y ver lo que hace el Maestro.

Señalando a Jesús que se ha inclinado sobre el camino polvoriento, ha escupido sobre un puñado de tierra y con el dedo está mezclando su saliva, formando de esta forma,  una bolita de lodo.

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Mientras Andrés, siempre condescendiente, se va a traer al ciego.

Judas dice a Pedro y a Mateo:

–                       Venid aquí vosotros que sois de menos estatura y veréis mejor.

Se pone detrás de todos y pareciera querer ocultarse entre los hijos de Alfeo y Bartolomé, que son los más altos.

Andrés regresa trayendo de la mano al ciego, que no cesa de decir:

–                       No quiero dinero. Déjame ir. Sé en donde está a quién llaman Jesús. Voy a pedirle…

Andrés se detiene ante el Maestro y dice:

–                       Este es Jesús. El que está delante de ti…

Contrariamente a lo que suele hacer, Jesús no le pregunta nada al ciego. Le pone inmediatamente el poco de lodo que tiene entre los dedos, sobre los párpados cerrados…

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Luego Jesús le manda:

–                       Ahora ve lo más pronto que puedas a la cisterna de Siloé, sin detenerte a hablar con nadie.

El ciego, con los párpados enlodados, se queda perplejo por un instante, pareciera querer decir algo, pero cierra sus labios y obedece.

Sus primeros pasos son lentos, como de quién se siente dudoso o desilusionado. Luego se da prisa, tocando con su bastón el muro. Cada vez va más rápido… Parece como si alguien lo guiara…

Los dos Jerosolimitanos se hechan a reír con sarcasmo, sacuden la cabeza y se van. José de Arimatea de manera sorprendente lo sigue sin saludar siquiera al Maestro y regresa al Templo, de donde venía. De este modo el ciego, los dos y José de Arimatea se dirigen al sur de la ciudad.

Jesús continúa su camino a la sinagoga…

En la fuente de Siloé, José se detiene semioculto por unos bojes que rodean el huerto.

Los otros dos siguen al ciego hasta la fuente y lo miran cuando se acerca cauteloso al estanque y tomando agua, se lava por tres veces.

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La última, aprieta su cara con las dos manos y deja caer el bastón. Pega un grito como de dolor… Luego aparta lentamente las manos…

Y su grito se transforma en uno de júbilo:

–                       ¡Oh, Altísimo! ¡Yo veo!  -Y se hecha en tierra, vencido por la emoción y con las manos apretadas a las sienes, grita-  ¡Veo! ¡Veo! ¡Esta es la tierra! ¡Ésta, la luz! ¡Ésta, la hierba de la que solo conocía su frescura!  -va hacia el arroyo. Lo mira correr-  ¡Y ésta el agua!… ¡Así la sentía entre los dedos, (mete la mano) fría! Que no puede apresarse, pero no la conocía… ¡Qué bella! ¡Qué bello! ¡Qué bello es todo!

Levanta su cara y ve un árbol… se acerca. Lo toca.

Extiende su mano y toma una ramita, la mira.  Ríe, ríe. Se pone una mano sobre la frente y mira el firmamento, el sol. Y las lágrimas bajan de sus virginales párpados abiertos, para contemplar el mundo.

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Baja los ojos a la hierba, donde se balancea el tallo de una flor. Y se ve a sí mismo reflejado en el agua que corre del manantial…

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Se mira y dice:

–                       ¡Así soy!

Y admirado contempla una tórtola que ha venido a beber un poco más allá, a una cabra que arranca las hojas de un rosal silvestre.

Y a una mujer que viene a la fuente con su hijito en el pecho. Aquella mujer le recuerda a su madre, cuya cara todavía no conoce.

Y levantando los brazos al Cielo, grita:

–                       Te bendigo, ¡Oh Altísimo! Por la Luz, por mi madre y por Jesús.

DIOS PADRE CREADOR

Y corre dejando tirado su bastón, que ya no necesita.

Los dos que lo siguieron, no esperaron a ver todo esto. Apenas vieron que el joven ve, se fueron ligeros a la ciudad.

José por su parte, se queda hasta el final y cuando el ex-ciego pasa rápido delante de él y entra en las callejuelas del suburbio de Ofel. Sale de su lugar y se dirige a la ciudad, muy pensativo…

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA