Archivos diarios: 7/12/12

143.- LA CORREDENTORA


31caminantes

Judas se acerca  a Jesús:

–                       Maestro, necesitamos que alguien compre lo que el hombre de Petra nos dio. Ya no tengo ni un céntimo.

Jesús contesta:

–                       Tenemos suficientes víveres. No nos hace falta nada.

–                       Como quieras, pero sería mejor que me enviases delante de Ti. Podré…

–                       No es necesario.

–                       Maestro, ¡Eso significa desconfianza!… ¿Por qué no nos mandas como antes, de dos en dos?

–                       Porque os amo y pienso en vuestro bien.

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–                       ¡Pero no lo está que permanezcamos tan desconocidos! Pensarán que somos indignos. Incapaces. Antes nos dejabas ir a predicar. Hacíamos milagros. Éramos conocidos…

–                       ¿Te duele, no poder hacer más milagros? ¿Te hacía bien separarte de Mí? Eres el único que se lamenta de no poder ir solo, Judas…

Judas dice con firmeza:

–                       Maestro, bien sabes que te amo.

–                       Lo sé. Y para que tu corazón no se desvíe te tengo cerca de Mí. Eres el que recoges todo y distribuyes… El que vendes y cambias todo en favor de los pobres. Es suficiente… aún más, es mucho. Mira a tus compañeros. Ninguno de ellos pide lo que tú…

–                       Pero lo has concedido a los discípulos. ¡Es una injusticia esta diferencia!

–                       Judas. Eres el único en llamarme injusto. Te perdono. Adelántate y mándame a  Andrés.

Jesús disminuye el  paso para esperar a Andrés y hablarle aparte.

El apóstol se sonríe y se inclina a besar las manos de su Maestro. Jesús habla con él y luego se va adelante.

Jesús se queda atrás. Es el último de todos. Y con la cabeza muy inclinada, continúa secándose el rostro, con la punta del manto como si sudase. Pero son lágrimas y no gotas de sudor, las que le corren por las pálidas mejillas.

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Al día siguiente, Jesús en Nobe divide en grupos de cuatro a los apóstoles, para que vayan a las casas.

Con Santiago de Zebedeo, que hace de cabeza, van Mateo, Judas Tadeo y Felipe. Con Bartolomé que es el jefe, están Santiago de Alfeo, Andrés y Tomás.  Con Jesús se quedan, Pedro, Juan, Judas de Keriot y Simón zelote.

Jesús dice:

–                       Id después de la cena a donde os prometieron hospedaros. Y mañana regresaréis aquí y os diré lo que tenéis que hacer. Estaremos juntos a la hora de las comidas. El mundo tiene sus ojos puestos sobre nosotros para calumniarnos y observarnos. Y también para venerarnos. Debéis predicar mi Doctrina de modo que de vosotros se respire como perfume, vuestra rectitud. Pongo mi confianza en vosotros. No agreguéis a mi dolor que ya es mucho, otro dolor que venga de vosotros.

Bartolomé contesta:

–                       No te preocupes, Maestro. De nosotros no recibirás ningún dolor, a no ser que Satanás nos revuelque a todos.

Entra Anastásica, que está ayudando en la cocina a Elisa y anuncia:

–                       La cena está lista, Maestro. Baja mientras está caliente. Te hará mucho bien.

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Jesús contesta:

–                       Gracias Anastásica… Vamos.

Jesús se levanta y baja con todos a la cocina.

El viejo Juan, está cerca del fuego.

Elisa, al ver entrar a Jesús, le dirige una mirada maternal y le sirve en un gran tazón, trigo cocido con leche y miel.

Y le dice:

–                       Mira. Me acordé que María de Cleofás me dijo que te gustaba esto. Guardé la mejor miel para hacértelo.

Jesús contesta:

–                       Gracias Elisa. La mujer siempre es madre y sabe hacer estas cosas. ¡Cuándo ella comprende esto!… el hombre tiene fuerzas. Nosotros los de Israel estamos acostumbrados a ver en la mujer a un ser inferior. Y no está bien. si está sujeta al hombre y ha sido castigada más por el Pecado de Eva…

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Os aseguro que en el corazón de la mujer existe una gran fuerza. En su corazón. Así como los varones la tienen en su mente. Os aseguro también que la posición de la mujer va a cambiar, como cambiarán muchas otras cosas. Y será justo. Porque así como Yo por todos los hombres obtendré gracia y redención; así también una Mujer las obtendrá para ellas, de una manera especial.

Judas pregunta riéndose:

–                       ¿Una mujer? ¿Y cómo quieres que redima una mujer?

–                       En verdad te digo que Ella, también está redimiendo. ¿Sabes lo que es redimir?

–                       ¡Qué si lo sé! Es librar del pecado.

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–                       Así es. La mujer tiene en sí. Lo que vence al Adversario. Y por lo tanto redime desde que existe. Es una redención que se realiza, aunque oculta. Pero pronto se dejará ver a los ojos del mundo. Y las mujeres cobrarán fuerzas en Ella.

–                       Que tú redimas está bien. Pero que una mujer lo pueda… No lo acepto,  Maestro.

–                       ¿No recuerdas a Tobías? ¿No recuerdas su cántico?

–                       Sí. Pero habla de Jerusalén.

–                       ¿Existe acaso en Jerusalén un tabernáculo en que esté Dios? ¿Puede  Dios desde su Gloria presenciar los pecados que se cometen, entre las murallas del Templo? Era necesario otro tabernáculo que fuese santo. Que fuese estrella que conduce de nuevo al Altísimo a los extraviados.

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Y esto se realiza en la Corredentora que por siglos; se alegrará con ser la Madre de los Redimidos. El verdadero cántico de la Corredentora… Y lo cantan ya en el Cielo los ángeles que la ven… La nueva y Celestial Jerusalén tiene principio en Ella. ¡Oh! ¡Es verdad! El Mundo lo ignora -y Jesús se sumerge en sus pensamientos…

Judas de Keriot se vuelve a su compañero sentado a su lado y pregunta:

–                       Felipe, ¿De quién está hablando?

Antes de que Felipe pueda responder…

Elisa, que está poniendo en la mesa el queso y las aceitunas negras; con cierto tono de dureza dice:

–                       Habla de su Madre. ¿No lo comprendes?

Judas replica:

–                       Nunca había sabido que los Profetas la hubieran señalado como mártir… hablan solo del Redentor y…

Elisa pondera:

–                       ¿Y piensas que sólo se puede ser mártir en el cuerpo? ¿No sabes que esto no es nada para una madre, cuando ve morir a su hijo? Tu inteligencia, no me refiero a tu corazón en el que no sé qué haya… Repito, tu inteligencia de la que tanto te glorías, ¿No te ha enseñado que una madre se sujetaría mil veces a la tortura y a la muerte; con tal de no oír un suspiro de su hijo?

MARIA DE SIMON

Oye, tú eres un hombre que sabes mucho. Yo no sé otra cosa, más que ser mujer y madre. Pero te aseguro que eres más ignorante que yo, porque ni siquiera conoces el corazón de tu madre…

Judas se enoja:

–                       ¡Me ofendes!

–                       No. Soy vieja y te aconsejo… Haz que tu corazón sea inteligente y te evitará lágrimas y castigo. Procura hacerlo.

Los apóstoles, sobre todo Tadeo, Santiago de Zebedeo, Bartolomé y Zelote, se cruzan miradas furtivas y bajan la cabeza, para ocultar la sonrisilla que despunta en sus labios, por las palabras que Elisa dice a Judas de Keriot, que se cree perfecto.

Jesús, que continúa absorto, parece no oír nada.

Elisa se vuelve a Anastásica:

–                       Hija, vente. Mientras comen, vamos a preparar las otras camas.

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Y se van.

Se oye un golpe en la puerta.

Tomás se levanta a abrir y exclama:

–                       ¿Tú José? ¿Y con Nicodemo? ¡Entrad! ¡Entrad!

Jesús los recibe:

–                       La paz sea con vosotros. Sean bienvenidos.

José de Arimatea saluda:

–                       La paz sea contigo, Maestro. Y con los que estén en esta casa. Vamos a Rama. Nicodemo me invitó a ir allá y quisimos pasar a saludarte… Queremos saber si te siguen molestando, porque sabemos que fueron a buscarte a la casa de  José. Y te han buscado por todas partes, después de que curaste al ciego. Aunque es verdad que no han ido más allá de las murallas. No se atrevieron a mover una sola silla, para no profanar el sábado. Y con esto creen que son puros. Pero para buscarte y para seguir a Bartolmai, ¡Oh! ¡Han caminado más de lo permitido!

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Mateo pregunta:

–                       ¿Y cómo supieron si el Maestro no ha hecho nada en el camino?

Pedro agrega:

–                       Tampoco nosotros sabíamos si se había curado. Fuimos a la sinagoga y luego a saludar a Nique. Y al bajar el sol, nos vinimos para acá.

José explica:

–                       Vosotros lo ignorabais. Pero los enviados de los fariseos lo supieron. Vosotros no los visteis, pero yo sí los vi. Dos de ellos estuvieron presentes cuando el Maestro tocó los ojos del ciego. Hacía horas que estaban en espera.

Judas de Keriot pregunta con aire de inocencia:

–                       ¿Cómo es posible eso?

José le lanza una mirada inescrutable y cuestiona:

–                       ¿Y me lo preguntas a mí?

–                       Porque es algo raro te lo pregunto.

–                       Lo más raro es que desde hace tiempo, en donde quiera que está el Maestro haya espías.

–                       Los buitres vuelan a donde está la presa y  los lobos a donde está el ganado.

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José  completa:

–                       ¡Y los ladrones a donde el cómplice les dice que está la caravana! Dijiste bien…

–                       ¿Qué quieres insinuar?

–                       Nada. Tan solo completo tu proverbio, aplicándolo a los hombres. Pues Jesús es hombre y hombres son los que le asechan.

Varios dicen:

–                       Cuenta, José, cuenta.

–                       Si el Maestro quiere, por eso he venido.

Jesús dice:

–                       Habla.

José refiere minuciosamente todo lo que vio, omitiendo el hecho de que Judas fue el que dijo al ciego, donde estaba Jesús.

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Las reacciones son variadas según el corazón: unas de ira. Otras de dolor.

Judas de Keriot es el que aparenta estar más afligido e irritado contra todos. Sobre todo contra el ciego imprudente que vino a travesarse en el camino de Jesús en sábado, confiando en la bondad del Maestro.

Felipe dice sorprendido:

–                       ¡Tú fuiste quién se lo indicó! ¡Estaba yo cerca de ti y te oí…!

Judas observa:

–                       Indicar no quiere decir mandar hacer alguna cosa.

Tadeo interviene:

–                       ¡Oh, eso sí lo creo! Pues no me imagino que hubieras tenido la osadía, de haber dado órdenes al Maestro para que obrara…

–                       ¿Yooo?… Todo lo contrario. Se lo señalé para pedir una explicación.

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Tadeo replica:

–                       Está bien. pero algunas veces indicar, es también inclinar a hacer algo. Y esto fue lo que hiciste.

Judas asegura descaradamente:

–                       Tú lo has dicho, pero no es verdad.

José de Arimatea pregunta:

–                       ¿No es verdad? ¿Estás seguro? ¿Seguro como vives de que nunca dijiste cosa alguna al ciego acerca de Jesús? ¿De que no le aconsejaste que se acercase a Él? ¿Y mucho menos de haber insistido en que lo hiciera, antes de que Jesús dejase la ciudad?

Judas se defiende:

–                       No es verdad. ¿Quién ha podido hablar con ese hombre? Ciertamente que yo no. Día y noche estoy con el Maestro. Y si no con Él, con los compañeros…

Bartolomé dice:

–                       Creí que lo habías hecho ayer, cuando fuiste con las mujeres…

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–                       ¡Ayer! No emplee más de lo que emplea una golondrina en ir y volver. ¿Cómo podía haber ido a buscar al ciego, encontrarlo y hablarle en tan poco tiempo?

–                       Pudo ser que lo hayas encontrado…

–                       ¡Jamás lo he visto!

José de Arimatea recalca:

–                       Entonces ese hombre es un mentiroso; porque afirmó que tú le dijiste que viniese y le señalaste el lugar. Y lo que tenía que hacer. Le diste tu palabra de que Jesús te haría caso y…

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Judas lo interrumpe fuera de sí:

–                       ¡Basta! ¡Basta! Merece que nuevamente quede ciego, por todas las mentiras que dice. Yo lo puedo jurar por el Santo que no lo conozco sino de vista y que jamás le he hablado.

José lo mira severamente, con unos ojos que parecen atravesarlo y dice:

–                       No te preocupes. Que tu corazón esté tranquilo, Judas de Keriot. Tú que no temes a Dios, porque sabes que tus acciones son santas. Feliz de ti que no temes a nada.

–                       No tengo miedo alguno, porque estoy sin pecado.

Nicodemo lo mira y contesta:

–                       Todos pecamos, Judas. Y ojala sepamos arrepentirnos después de los primeros pecados… Y no aumentarlos ni en número, ni en perversidad.

Luego se dirige al Maestro y agrega:

–                       Lo más triste es que José de séforis fue amenazado con la expulsión de la sinagoga, si vuelve a hospedarte. Y que Bartolmai fue echado fuera de ella. Había ido con sus padres, pero los fariseos lo estaban esperando en la sinagoga. No lo dejaron entrar y le lanzaron el Anatema…

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Varios gritan:

–                       ¡Esto es demasiado!

–                       ¡Hasta cuando, Señor!…

Jesús dice:

–                       ¡Paz! ¡Paz! No hay nada. Bartolmai está en camino del reino. ¿Qué perdió, pues? Está en la luz. ¿Acaso no es hijo de Dios, más que antes? ¡Oh, no confundáis los valores! ¡Paz! ¡Paz! No iremos más a la casa de José.

Me desagrada que Isaac tenga instrucciones de llevar allá a mi Madre y a María de Alfeo. Hubiera sido solo por unas cuantas horas, porque ya se han tomado las providencias.  –Se vuelve al anciano Juan  y le pregunta:

–  ¿Padre tienes miedo del Sanedrín? Estás viendo lo que cuesta hospedar al hijo del hombre. Eres viejo. Eres un fiel israelita. Se te podría arrojar de la sinagoga en tus últimos sábados. ¿Podrías soportarlo?

Habla sinceramente y si tienes miedo, Yo me voy. Habrá una cueva todavía en los Montes de Israel, para el Hijo de Dios…

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El anciano Juan contesta:

–                       ¿Yo Señor? ¿De quién quieres que tenga miedo, sino de Dios? No temo al sepulcro que ya se me está abriendo y ya casi lo considero como un amigo. ¿Y quieres que tema yo a los hombres? Temería al juicio de Dios, si por temor a los hombres, te arrojase a Ti, el Mesías de Dios.

–                       Está bien. Eres un justo. Me quedaré aquí, cuando esté en las ciudades vecinas, como pienso hacerlo alguna vez más.

Nicodemo invita:

–                       Ven a rama. Ven a mi casa Señor.

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–                       ¿Y si te viene algún mal?

–                       ¿No te invitan acaso los fariseos con mala intención? ¿No podría yo hacerlo, para conocer mejor tu corazón?

Tomás suplica:

–                       Sí, maestro. Vamos a Rama. Mi padre se sentirá feliz si es que está en casa. Y si no, como sucede con frecuencia, encontrará bendición.

Jesús accede:

–                       Iremos primero a Rama. Mañana…

Nicodemo dice:

–                       Maestro, te dejamos. Afuera tenemos nuestros animales y esperamos llegar a Rama, antes de la segunda vigilia. Laguna alumbra los caminos como un pequeño farol. Adiós, Maestro. La paz sea contigo.

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José también se despide:

–                       La paz sea contigo, Maestro y escucha un buen consejo de José el Anciano. Sé un poco astuto. Mira a tu alrededor. Abre los ojos y cierra los labios. Haz lo que vas a hacer. Y nunca lo digas antes… No vengas a Jerusalén por algún tiempo. Y si vienes, no te estés en el Templo, más de lo necesario para orar. ¿Me entiendes? Adiós, Maestro. La paz sea contigo, Maestro.

José mira fijamente a Jesús y dice estas palabras despacio y con énfasis, en algunas frases. Su mirada es un aviso.

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Suben al huerto que la luna ilumina con su luz plateada. Desatan dos fuertes asnos de un nogal, suben sobre sus sillas y parten por el camino solitario y bañado por la luz de la luna…

Jesús entra en la cocina con los suyos.

Varios comentan:

–                       ¿Qué habrá querido decir en realidad?

–                       ¿Y cómo lograron saberlo?

–                       ¿Qué harán a José de Séforis?

Jesús concluye:

–                       Nada. Palabras. No más que palabras. No penséis más en ello. Son cosas que pasan sin consecuencia alguna. ¡Ea! Digamos la Oración y separémonos, para ir a descansar…

“Padre Nuestro…”

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

142.- EL JUICIO DE BARTOLMAI


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El suburbio de Ofel siempre lleno de ruido, está ahora en efervescencia.

Sus habitantes dicen:

–                       Os habréis equivocado con otro…

–                       Te digo que no. Le hablé: ¿Eres tú en realidad Sidonia, llamado Bartolmai? Y él me contestó: Lo soy. Quería preguntarle qué le había pasado, pero se fue a la carrera…

–                       ¿Dónde está ahora?

–                       Con seguridad en casa de su madre.

–                       ¿Quién lo ha visto?  -preguntan unos que acaban de llegar.

–                       ¡Yo! ¡Yo!  -responden varios.

–                       ¿Cómo sucedió?

–                       … Lo he visto correr sin el bastón y con dos ojos en la cara y me dije: ¡Oh! Así sería Bartolmai si…

–                       Te digo que todavía tiemblo de emoción. Al entrar a la casa gritó: ¡Madre te veo!

–                       Fue una gran alegría para sus padres. Ahora podrá ayudar a su padre a ganar el sustento diario…

–                       ¡Pobre de su madre! Se sintió mal del júbilo. Yo había ido a que me diera un poco de sal. Y…

–                       Vamos a oírlo…

José de Arimatea se encuentra en medio de toda esta algazara y sigue a esta gente hasta una casa que tal vez es la más pobre de todas y  a la que por otro vericueto, vienen los dos que habían seguido al ciego, acompañados de un escriba, un sacerdote y un fariseo.

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Se abren paso con garbo y tratan de entrar en la casa rodeada de gente. Pero es imposible aún para la autoridad judía y deben conformarse con escuchar las respuestas desde afuera.

Bartolmai, está apoyado sobre la mesa y responde a sus vecinos del barrio. Su madre, de pie junto a él, lo mira y llora secándose las lágrimas con su velo. Su padre, un hombre acabado en el trabajo, se restriega la barba con su mano temblorosa.

Bartolmai contesta:

–                       ¿Qué cómo se me abrieron los ojos? Ese hombre que se llama Jesús, me embadurnó los párpados con tierra mojada. Y me dijo: ‘Ve a lavarte en la fuente de Siloé’ Fui, me lavé. Se me abrieron los ojos y vi.

–                       Pero ¿Cómo hiciste para encontrar al rabí? Siempre andabas diciendo que eras un infeliz, porque nunca lo encontrabas ni siquiera cuando pasaba por aquí, para ir a la casa de Jonás en el Getsemaní. Y ahora que nadie sabe en donde esté…

–                       ¡Eh! Ayer por la tarde vino un discípulo suyo y me dio dos monedas diciéndome: ¿Por qué no tratas de ver? Le respondí: he tratado, pero no encuentro nunca a Jesús que hace los milagros. Lo ando buscando desde que curó a Analía mi vecina. Pero cuando voy a donde me dicen, Él ya no está.’ Entonces él me dijo: ‘Yo soy un apóstol suyo y Él hace lo que yo digo. Ven mañana a Bezetha y busca la casa de José el galileo, el que vende pescado seco. Cerca de la Puerta de Herodes y el Arco de la Plaza de la parte oriental. Y sabrás que antes o después Él pasará por allí y yo te señalaré al Maestro.’

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Yo le dije: ‘pero mañana es sábado…’ porque pensé que Él no haría nada en Sábado. Y él me respondió: ‘Si quieres curarte, es la oportunidad, porque después abandonará la ciudad y no lo encontrarás más.’ Yo le dije: ‘Sé que lo persiguen. Lo oí en las puertas del Templo a donde suelo ir a mendigar. Y por esto te digo que ahora que lo persiguen así, mucho menos me querrá curar en sábado, para no ser acusado.’  ‘Haz lo que te digo y en sábado verás el sol.’  –insistió él.

Yo fui. ¿Quién no hubiera ido? ¡Si lo decía un apóstol suyo! También me dijo: ‘yo soy al que más hace caso y he venido a propósito, porque me das compasión. Y porque quiero que brille su poder, ahora que lo han despreciado. Tú, ciego de nacimiento, lo harás brillar. Sé lo que digo. Ven mañana y verás.’

Fui y todavía no había llegado a la casa de José, cuando un hombre me tomó de la mano, pero no era la voz del que me había hablado el día anterior y me dijo: ‘Ven conmigo, hermano.’

Y yo no quería ir porque creí que me quería dar pan o dinero y le decía que me dejara en paz. Pero él me llevó frente a Jesús.

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     Yo no vi nada porque estaba ciego. Sentí dos dedos que me tocaban y me ponían tierra mojada, aquí y aquí. Y oí una voz que me decía: ‘Ve pronto a Siloé, lávate y no hables con nadie.’

Así lo hice, pero sentí desconsuelo, porque esperaba ver inmediatamente. Casi llegué a creer que se trataba de una burla de jóvenes sin corazón y ya no quería ir. Pero oí dentro de mí algo así como una voz que me dijo: ‘ten paciencia y obedece’ Fui pues a la fuente, me lavé y vi…

Bartolmai se detiene y se queda extático al volver a recordar la alegría que experimentó cuando por vez primera vio…

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Se oye una voz imperiosa:

–                       Decid a ese hombre que salga. Queremos interrogarlo.

Un amigo en voz baja le dice que son escribas y sacerdotes. El joven se abre paso y sale al umbral.

Nahúm pregunta:

–                       ¿Dónde está el que te curó?

Bartolmai responde:

–                       No lo sé.

–                       ¿Cómo que no lo sabes? Decías hace unos instantes que sabías. ¡No mientas a los doctores de la Ley y al sacerdote! ¡Ay de quien trata de engañar a los magistrados del pueblo!

–                       No engaño a nadie. Aquel discípulo me había dicho. ‘está en esa casa’ y era verdad, porque no estaba lejos de ella, cuando me tomaron y me llevaron a donde estaba. Pero en donde esté ahora, no lo sé. El discípulo me había dicho que partirían. Puede ser que haya salido ya por las Puertas…

–                       ¿A dónde se dirigía?

–                       ¡Yo que sé! Se irá a Galilea. Pues la manera en cómo lo tratan aquí…

Nahúm, Sadoc y Elquías:

–                       ¡Tonto irrespetuoso!

–                       ¡Ten cuidado en hablar así, hez del pueblo!

–                        Te pregunté qué porqué camino se iba.

Bartolmai se disculpa:

–                       ¿Y cómo queréis que lo sepa, si estaba ciego? ¿Puede un ciego decir a donde va alguien?

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–                       Está bien. Síguenos.

–                       ¿A dónde me queréis llevar?

–                       Con los fariseos principales.

–                       ¿Por qué? ¿Qué tienen que ver ellos conmigo? ¿Acaso me curaron para que les vaya a dar las gracias? Cuando era ciego y pedía limosna, jamás mis manos supieron lo que eran sus monedas. Jamás mis oídos oyeron una palabra suya de piedad y mi corazón nunca experimentó la menor prueba de su amor.

¿Qué debo decirles? No tengo a nadie más a quién dar las gracias, después de mi padre y mi madre que por muchos años me amaron a mí, que era un infeliz. Y a Jesús que me curó. Que me ha amado con su corazón, como mis padres lo han hecho. Yo no voy a donde están los fariseos.

Me quedo en mi casa con mi padre y mi madre. Quiero gozar viendo sus caras y ellos viendo mis ojos que acaban de nacer. Después de aquella primavera en que nací pero no vi la luz.

–                       ¡Déjate de charlatanerías! Ven y síguenos.

–                       ¡Qué no voy! ¡Qué no voy! ¿Acaso uno de vosotros secó una lágrima de mi madre que se moría por mi desgracia o de mi padre, que se moría de cansancio? Ahora voy a hacerlo con mi presencia ¿Y voy a dejarlos para seguiros?

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–                       Te lo ordenamos. No eres tú quién mandas; sino el Templo y los jefes del pueblo. Si la soberbia de haber sido curado ofusca tu inteligencia para recordar que somos los que mandamos, te lo recordamos nosotros. ¡Adelante! ¡Camina!

–                       Pero, ¿Por qué debo ir? ¿Qué queréis de mí?

–                       Que des testimonio de lo que pasó. Es sábado… Se ha hecho algo en sábado. Se le considera como pecado. Pecado tuyo y de ese Satanás.

–                       ¡Vosotros sois los satanaces! ¡Vosotros sois pecado! ¿Debo ir a acusar al que me curó? ¡Estáis borrachos! Iré al Templo a bendecir al Señor y no a otra cosa. Por tantos años he vivido en la oscuridad de la ceguera. Pero mi inteligencia ha estado siempre en la luz, en la Gracia de Dios y ella me dice que no debo hacer daño al único Santo que hay en Israel.

–                       ¡Basta! ¿No sabes que hay castigos para quién resisten a los magistrados?

–                       Yo no sé nada. Aquí estoy y aquí me quedo. No os conviene hacerme daño. Ved que todo Ofel está de mi parte.

Todos gritan:

–                       ¡Sí, sí!

–                       ¡Dejadlo chacales!

–                        Dios lo protege.

–                       ¡No lo toquéis!

–                       ¡Dios está con los pobres!

–                       ¡Dios está con nosotros!

–                       ¡Vosotros que matáis a otros de hambre, vosotros hipócritas!

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La gente aúlla y amenaza en una de esas clásicas manifestaciones populares espontáneas, que son la explosión de ira de los humildes, contra sus opresores. Y de amor para su protector.

Gritan:

–                       ¡Ay de vosotros si hacéis mal a nuestro Salvador!

–                       Al amigo de los pobres. Al Mesías tres veces Santo.

–                       ¡Ay de vosotros! No hemos tenido miedo a la rabia de Herodes, ni a la de los jefes extranjeros, cuando ha sido necesario.

–                       ¡No tenemos miedo a la vuestra, hienas viejas y desdentadas!

–                       ¡Chacales de uñas corvas!

–                       Roma no quiere tumultos y no oprime al Rabí, porque él es Paz.

–                       ¡Largaos! ¡Largaos de los lugares que oprimís con diezmos pesadísimos para sus fuerzas!

–                       ¡Y los queréis para saciar vuestra avaricia y hacer negocios sucios!

–                       ¡Largo! ¡Largo de aquí!

Y la gritería comienza a subir de punto…

José de Arimatea apoyado sobre una pared no muy alta, hasta ahora ha sido un atento pero inactivo espectador de los hechos. Con agilidad maravillosa para su edad y pese a tantos vestidos y mantos como lleva, sube sobre la pared…

Y José de Arimatea grita:

–                       ¡Silencio ciudadanos! ¡Escuchad a José el Anciano!

Una a una, todas las cabezas se vuelven a donde se oye la voz y al reconocerlo, los gritos de ira se cambian en gritos de júbilo:

–                       ¡Es José el Anciano!

–                       ¡Viva! ¡Paz y larga vida al justo!

–                       ¡Paz y bendición al bienhechor de los miserables!

–                       ¡Silencio que va a hablar!

–                       ¡Silencio!

El silencio llega despacio. Por algunos momentos se oye el ruido del Cedrón, más allá del suburbio.

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Todas las cabezas están vueltas hacia José. Olvidados de los cinco desafortunados e imprudentes que suscitaron el tumulto.

José dice:

–                       Ciudadanos de Jerusalén. Hombres de Ofel.  ¿Por qué queréis dejaros cegar de la sospecha y de la ira? ¿Por qué faltar al respeto y a las costumbres, vosotros que siempre habéis sido fieles a las leyes de los padres? ¿A quién teméis? ¿Teméis acaso que el templo sea un Moloc, que no devuelva lo que llega a él?

¿Acaso que vuestros jueces sean todos unos ciegos, más que vuestro amigo, ciegos en el corazón y sordos a la justicia? ¿No ha sido costumbre que un hecho prodigioso sea declarado, escrito y conservado por quién tiene obligación de cuidar las Crónicas de Israel? Aún por amor al Rabí que amáis, dejad que vaya el que ha sido favorecido con el milagro, a declarar lo que Él hizo.

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¿Dudáis todavía? Pues bien, Yo garantizo que ningún mal le sucederá a Bartolmai… Sabéis que no miento. Lo acompañaré como a un hijo, hasta allá arriba y os lo traeré después aquí. Tened confianza en mí y no hagáis del sábado un día de pecado al rebelaros contra vuestros jefes.

La gente se intercambia pareceres:

–                       Tiene razón.

–                       No se debe.

–                       Podemos creerle.

–                       Él es un hombre recto.

–                       En las deliberaciones buenas del Sanedrín, siempre está su voz.

Y termina gritando:

–                       ¡A ti si te creemos! Te confiamos a nuestro amigo.   –y volviéndose al joven-  Ve. No tengas miedo. Estarás seguro con José de Arimatea como si fuese tu padre o más.

Y abren paso para que el joven pueda ir a donde está José. Que ha bajado del pequeño muro…

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Y mientras pasa, le dicen:

–                       También nosotros vamos. ¡No tengas miedo!

José, con sus elegantes vestiduras, pone una mano sobre la espalda de Bartolmai y se ponen en camino. La túnica gris y pobre del joven, su pequeño manto contrasta con la rica vestidura roja y el elegante manto de color oscuro del viejo sinedrista.

Detrás de ellos, vienen los cinco y muchos de Ofel.

Atraviesan las calles principales, llamando la atención de muchos que señalan al ciego:

–                       ¡Ese es el ciego que mendigaba! Ahora ya ve. Y lo llevan al Templo. Vamos a oír.

Y la muchedumbre aumenta más…

Cuando llegan al Templo, José guía a Bartolmai a una sala donde hay muchos escribas y fariseos. Entran también los cinco y a los de Ofel les cierran la puerta en las narices.

José dice:

–                       Aquí está. Yo mismo lo he traído. Yo asistí a su encuentro con el Rabí y a su curación. Os puedo afirmar que fue del todo casual por parte del Rabí, como oiréis de él mismo. Fue invitado a ir a donde estaba el Rabí, por Judas de Keriot, a quién conocéis.Yo escuché y también estos dos, porque estaban presentes; como fue Judas el que tentó a Jesús de Nazareth a hacer el milagro. Ahora yo declaro que si hay alguien a quien deba castigarse, no será ni el ciego, ni el Rabí, sino el hombre de Keriot que, Dios sabe que no miento al decir lo que imagino, es el único responsable del hecho; porque a propósito lo buscó. Eso es todo. 

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Elquías contesta:

–                       Tus palabras no quitan la culpa al Rabí. Si un discípulo suyo pecó, no debería pecar Él. Pero pecó curando en sábado. Hizo una obra servil…

–                       Escupir en tierra no es hacer una obra servil. Tocar los ojos de otro tampoco. Yo también toco a un hombre y no creo haber cometido un pecado.

–                       Él realizó un milagro en sábado. En esto está el pecado.

–                       Honrar el sábado con un milagro, es gracia de Dios y de su bondad. Es su día. ¿No podrá el Omnipotente celebrarlo con un milagro que haga brillar su poder?

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–                       No estamos aquí para escucharte. Tú no eres el acusado. A éste es al que queremos interrogar.-se vuelve hacia el joven y ordena- Responde tú, ¿Cómo obtuviste la vista?

Bartolmai responde:

–                       Ya lo dije. Estos me escucharon. El discípulo de aquel Jesús, ayer me dijo: ‘Ven y haré que te cure’ fui. Sentí que me ponían lodo y oí una voz que me ordenaba que fuera a Siloé a lavarme. Lo hice y veo.

Elquías continúa:

–                       Pero ¿Sabes quién te curó?

–                       ¡Claro que lo sé! Fue Jesús. Ya lo he dicho.

–                       ¿Sabes exactamente quién es Jesús?

–                       Yo no sé nada. Soy un pobre y un ignorante. Hasta hace poco fui un ciego. Esto es lo que sé. Sé que Él me ha curado. Si ha podido hacerlo no cabe duda de que Dios está con él.

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Sadoc y Doras gritan furiosos:

–                       ¡No blasfemes!

–                       ¡Dios no puede estar en quien no observa el sábado!

José, los fariseos Eleazar, Juan y Joaquín, hacen notar:

–                       Tampoco un pecador puede hacer tales prodigios.

Sadoc los increpa:

–                       ¿También vosotros os habéis dejado engañar por ese poseso?

Eleazar apoyado por sus compañeros y José, dice con calma:

–                       No. Somos justos. Y decimos que si Dios no puede estar con quién obra en sábado, tampoco puede el hombre sin Dios, hacer que un ciego de nacimiento vea.

Elquías y los contrarios, objetan airados y de mal talante:

–                       ¿Y dónde metéis al Demonio?

Juan el fariseo replica:

–                       No puedo creer. Ni tampoco vosotros lo creéis, que el demonio pueda hacer obras con las que se alaba al Señor.

Sadoc pregunta:

–                       ¿Y quién lo alaba?

José argumenta:

–                       El Joven. Sus padres. Todo Ofel y yo con ellos. Y conmigo todos los que son justos y santamente temen a Dios.

Elquías y los suyos, se han quedado sin argumentos y se dirigen a Bartolmai:

–                       ¿Tú que dices del que te abrió los ojos?

–                       Para mí es un Profeta. Más grande que Elías que resucitó al hijo de la viuda de Sarepta. Porque Elías hizo volver el alma al cuerpo del niño.

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Pero este Jesús me ha dado lo que yo nunca había perdido, porque nunca lo había tenido: la vista. Si me ha hecho los ojos en un instante, sin nada; más que un poco de lodo; mientras que en nueve meses mi madre, con carne y sangre, no logró hacérmelos. Él debe ser tan grande como Dios, que con el lodo hizo al hombre.

Esto es demasiado para el grupo de Elquías.

Y gritan como energúmenos:

–                       ¡Lárgate!

–                       ¡Lárgate!

–                        ¡Lárgate!

–                       ¡Blasfemo!

–                        ¡Mentiroso!

Y echan fuera a Bartolmai, como si fuera un condenado.

Sadoc argumenta:

–                       El hombre miente. No puede ser verdadero. Todos están de acuerdo en que quien nace ciego, no puede curarse. Será uno que se asemeja a Bartolmai. Y que el Nazareno preparó. O bien, tal vez Bartolmai nunca ha estado ciego…

Ante esta sorprendente afirmación, José de Arimatea protesta:

–                       Que el odio ciegue a alguien, es cosa que se sabe desde Caín. Pero que haga estúpidos, es una cosa que no se había visto.  ¿Os parece que alguien llegue a la flor de la juventud fingiéndose ciego para… esperar un posible evento que meta ruido a un acontecimiento muy futuro? ¿O que los padres de Bartolmai no conozcan a su hijo o se presten a una patraña igual?

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Elquías replica:

–                       El dinero lo puede todo. Ellos son pobres.

Sadoc añade:

–                       El Nazareno es más que ellos.

José explica:

–                       ¡Mientes! Sumas de sátrapa pasan por sus manos. Pero no se detienen ni un instante en ellas. Esas sumas de dinero son para los pobres. Las emplea para hacer el bien, no para urdir mentiras.

Doras grita:

–                       ¡Cómo lo defiendes! ¡Y eres uno de los Ancianos!…

Eleazar apoya:

–                       José tiene razón. La verdad hay que decirla, cualquiera que sea el cargo que uno tenga.

Nahúm ordena:

–                       Corred a llamar al ciego. Traedlo nuevamente aquí.

Elquías aúlla:

–                       Que vayan otros a la casa de sus padres y que los traigan aquí.

Y abriendo la puerta y ordena a los que están afuera, que vayan por ellos. Tiene los labios llenos de espuma por la ira y el odio, que lo ahogan.

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Se le obedece al instante. El primero que regresa es Bartolmai; sorprendido y enojado.

Le ordenan que se quede en ángulo del salón y lo miran como una jauría de perros furiosos con su presa…

Después de algún tiempo, llegan los padres rodeados de gente.

Elquías ordena.

–                       Pasad. Los demás que se queden afuera.

Los dos entran espantados y ven a su hijo en el rincón. Sano. Pero como si estuviera arrestado…

La madre gime:

–                       ¡Hijo mío! ¡Hoy debería ser un día de fiesta para nosotros!

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Nahúm pregunta con aspereza:

–                       Escuchadnos. ¿Es vuestro hijo ese joven?

El anciano responde:

–                       ¡Claro que es nuestro hijo! ¿Quién queréis que sea, sino él?

–                       ¿Estáis seguros de ello?

El padre y la madre están tan atolondrados con la pregunta, que se miran antes de responder.

Nahúm furioso,  exige:

–                       ¡Responded!

El hombre contesta con humildad:

–                       Noble Fariseo, ¿Puedes pensar que un padre y una madre se engañen acerca de su hijo?

–                       Pero, ¿Podéis jurar que sí? ¿Qué por ninguna suma de dinero se os pidió que dijeseis, qué éste es vuestro hijo, cuando no es sino uno que se le asemeja?

–                       ¿Qué nos hayan pedido?… ¿Quién? ¿Jurar?  ¡Mil veces! ¡Por el altar y por el Nombre de Dios si te place!

La afirmación es tan clara, capaz de convencer aún al más obstinado. Pero los fariseos no quieren dar su brazo a torcer.

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Sadoc pregunta:

–                       ¿No nació ciego vuestro hijo?

La madre responde:

–                       Sí. Así nació. Con los párpados cerrados y adentro, nada. No tenía ojos.

Nahúm ríe con sarcasmo mientras dice:

–                       ¿Y cómo es entonces que ahora ve? ¿Qué tiene sus ojos marrones y sus párpados están abiertos? ¡No vais a querer afirmar que los ojos puedan nacer así, como flores en primavera y que un párpado se abra como el cáliz de una flor!…

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El padre responde:

–                       Sabemos que éste es verdaderamente nuestro hijo desde hace casi treinta años. Que nació ciego. ¿Cómo ve ahora? No lo sabemos. Ni sabemos quién le haya abierto los ojos. Por otra parte, preguntádselo a él. No es un tonto, ni un niño. Ya tiene sus años. Preguntadle a él y os responderá.

Uno de los dos que siguieron al ciego, grita:

–                       ¡Mentís! En vuestra casa, él os contó cómo fue curado y quién lo curó. ¿Por qué habéis dicho que no lo sabéis?

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–                       Estábamos tan atolondrados por la sorpresa que no nos habíamos dado cuenta bien.  –se excusan ambos.

Doras se vuelve hacia Bartolmai:

–                       Acércate. Y ¡Da gloria a Dios si puedes! ¿No sabes que quién te tocó los ojos es un pecador? ¿No lo sabías? Te lo decimos para que lo tengas en cuenta.

Bartolmai responde:

–                       ¡Bueno! Será como decís. Yo no sé si es pecador o no. Lo único que sé, es que antes estaba yo ciego y que ahora veo. ¡Y muy claro!

–                       ¿Qué cosa te hizo? ¿Cómo te abrió los ojos?

–                       Ya os lo he dicho y me escuchasteis. ¿Queréis oírlo nuevamente? ¿Para qué? ¿Tal vez queréis haceros sus discípulos?

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Varios exclaman airados:

–                       ¡Bruto! Sé tú discípulo de ese hombre.

–                       Nosotros lo somos de Moisés.

–                       Y sabemos referirte todo lo de Moisés y cómo Dios le habló.

–                       Pero de este Hombre no sabemos nada.

–                       Ni de Dónde venga. Ni Quién sea.

–                       Y ningún prodigio del cielo nos lo señala por profeta.

Bartolmai contesta feliz:

–                       ¡En esto está lo maravilloso! Que no sabéis de donde sea y decís que ningún prodigio os lo señala como a un hombre justo. Él me hizo unos ojos y me dio la vista.

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Y ningún israelita de entre nosotros, lo ha hecho jamás. Pero todos sabemos una cosa y es que Dios no escucha al pecador; sino al que le teme y hace su voluntad. Jamás se ha sabido que alguien en cualquier parte del mundo, haya abierto los ojos a un ciego de nacimiento; fuera de este Jesús que sí lo hizo. Si Él no fuese Dios, no  lo hubiera podido haber hecho.

Bartolmai hace énfasis en las últimas palabras y las dice muy despacio.

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Esto cae como un rayo, en medio de los energúmenos Fariseos, que le gritan:

–                       Naciste sumido en el pecado, deforme en el espíritu, mucho más de lo que fuiste en tu cuerpo.

–                       Y ¿Pretendes enseñarnos a nosotros?

–                       ¡Lárgate, maldito aborto!

–                       ¡Hazte Satanás con el que te seduce!

–                       ¡Largo!

–                       ¡Fuera!

–                       ¡Fuera, plebe estúpida y pecadora!

Y arrojan al joven y a sus padres, como si fueran tres leprosos.

Éstos se van ligeros, seguidos por sus amigos.

Fuera del recinto del Templo, Bartolmai se vuelve y grita:

–                       Decid lo que queráis. ¡A mí no me importa! La verdad es que veo y alabo por ello a Dios. ¡Vosotros sois unos satánicos!  Y no el Bueno que me ha curado…

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Su madre suplica:

–                       ¡Cállate hijo! ¡Cállate! ¡No nos vayan a hacer algún mal!…

–                       ¡Oh, mamita mía! ¿Te envenenó el aire de esa sala? ¿Tú que cuando yo sufría me enseñaste a alabar a Dios y ahora que te has encontrado con la alegría, no sabes darle las gracias? ¿Temes a los hombres?…  Si Dios me ha amado tanto y te ha amado, que nos concedió un milagro, ¿No podrá defendernos de un puñado de hombres?…

El padre dice:

–                       Tiene razón mujer. Vamos a nuestra sinagoga a alabar al Señor. Porque de este Templo nos han arrojado. Vámonos aprisa, antes de que termine el sábado…

Y apresurando el paso, se pierden entre las calles…

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA