Archivos diarios: 9/12/12

147.- OVEJA DESCARRIADA

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Los Once han emprendido el camino a Tecua…

Once caras pensativas… Mohínas, en torno al rostro triste de Jesús. Ya casi para llegar…

Jesús dice:

–                       Id a ver a ese pobre mendigo, que no sabe por dónde va el camino. La ciudad está a la vista. Con el óbolo podrá procurarse pan.

Pedro objeta:

–                       Señor, no podemos hacerlo porque Judas se fue con la bolsa…

–                       No importa. Tenemos un poco de pan…Somos fuertes y jóvenes. Démoslo al viejo, para que no se caiga por el camino.

Los apóstoles buscan en las bolsas. Sacan unos pedazos de pan y se los dan al viejecillo, que los mira sorprendido…

Jesús le dice:

–                       ¡Come! ¡Come!  – para darle valor.

Y  mientras le da a beber de su cantimplora, le pregunta a donde va.

El anciano le responde.

–                       A Tecua. Mañana hay un gran mercado. Pero desde ayer no comía.

–                       ¿Estás solo?

–                       Peor que si lo fuera… Mi hijo me arrojó…  -y el corazón desgarrado de dolor se oye en la voz del viejo.

Empieza a llorar y con sus lágrimas moja su pan…

Jesús trata de consolarlo:

–                       Dios te abrirá las Puertas del Reino, si sabes creer en su Misericordia.

–                       Y en la del Mesías…  Pero mi hijo no tendrá al Mesías. No puede tenerlo. Lo odia. Y odia a su padre porque ama al Mesías.

–                       ¿Por eso te echó fuera?

–                       Por eso. Y para no perder la amistad de algunos que persiguen al Mesías. Quiso demostrar que su odio, supera el de aquellos…  De modo que ahoga aun la voz de la sangre.

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Todos exclaman:

–                       ¡Horror!

El anciano contesta con fuerza:

–                       Mayor sería, si yo tuviera los mismos sentimientos de mi hijo…

Tomás pregunta:

–                       ¿Quién es?…  Por lo que alcanzo a comprender, se trata de uno que tiene autoridad y voz…

El anciano protesta:

–                       Óyeme… Un padre no diría el nombre de su hijo culpable, para que se le desprecie… Puedo decir que tengo hambre y frío. Yo que con mucho trabajo aumenté el patrimonio familiar, para que mi hijo fuese feliz… Pero no puedo decir más… Ten en cuenta que soy de Judea y él también. Y que aunque somos iguales por raza, somos muy diferentes en el pensamiento. Lo demás no sirve para nada…

Jesús le pregunta con dulzura:

–                       ¿No pides a Dios algo, tú que eres un justo?

–                       Que toque el corazón de mi hijo, para que pueda creer en lo que yo creo…

–                       ¿Pero para ti en especial, no pides nada?

–                       Sólo encontrar al que para mí, es el Hijo de Dios. Venerarlo… Y luego morir.

–                       Pero si te mueres no lo podrás ver. Estarás en el Limbo…

–                       Será por poco tiempo… Tú eres un Rabí, ¿No es verdad? Veo muy poco. La edad, las lágrimas, el hambre… Pero distingo los flecos de tu cintura. Si eres un buen rabino, lo que me parece… Debes comprender que el tiempo ha llegado.

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Quiero decir: el tiempo del que habló Isaías… Está por llegar la Hora en que el Cordero tomará sobre Sí, todos los pecados del mundo… Cargará con todos nuestros males y dolores. Y por esto será muerto e inmolado. Para que seamos sanados y estemos en paz con el Eterno. Entonces también habrá paz para los espíritus… Lo espero confiando en la misericordia de Dios.

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–                       ¿Has visto alguna vez al Maestro?

–                       No. Lo oí hablar en el Templo, durante las fiestas. Soy pequeño de estatura y más me hace la edad. Veo poco… pero si estoy entre la gente no veo nada porque los de adelante me estorban. Y si me quedo lejos, es igual. No veo…  ¡Oh, pero quisiera verlo! ¡Por lo menos una vez!…

–                       Lo verás, padre. Dios te dará gusto. ¿Tienes a donde ir en Tecua?

–                       No. Me quedaré bajo un pórtico o un portón. Ya me acostumbré…

–                       Ven conmigo. Conozco a un buen israelita… Te acogerá en el Nombre de Jesús, el Maestro Galileo.

–                       Tú también eres Galileo. Se conoce en tu forma de hablar.

–                       Sí… ¿Estás cansado? Ya casi llegamos a las primeras casas. Pronto descansarás…

Jesús se inclina a decir algo a Pedro, que se separa y trasmite a los demás lo que Jesús le dijo…

Luego Jesús, con los hijos de Alfeo y Juan apresura el paso para entrar en la ciudad.

Jesús camina despacio. Llevando el mismo paso que el pobre viejo agotado y que no habla más…

La ciudad parece vacía… Es el medio día y casi todos están en casa, almorzando.

Enseguida aparece Pedro y dice a Jesús:

–                        Arreglado, Señor. Simón lo hospeda porque Tú lo traes. Y te da las gracias que te acordaras de él…

Jesús exclama:

–                       ¡Bendigamos al Señor! Todavía hay justos en Israel… Este anciano es uno de ellos y Simón el otro… ¡Sí!…  Todavía hay buenos, misericordiosos y fieles al Señor. Esto nos paga las muchas amarguras y nos hace confiar que la justicia divina, se ablandará por esos justos…

Pedro dice un tanto incrédulo:

–                       Pero, ¿Qué un hijo arroje a su padre de la casa para no perder la amistad de un Fariseo poderoso?…

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Felipe agrega:

–                       ¡A tanto llega el odio que te tienen! Me siento irritado…

Jesús responde:

–                       Veréis cosas mucho peores.

Bartolomé interviene:

–                       ¿Más? ¿Y qué cosa hay peor, que un padre que es arrojado porque no te odia? El pecado de ese hombre es muy grande…

–                       Más grande será el pecado de un pueblo contra su Dios… Pero esperemos al viejo… Viene detrás de Mateo y Andrés.

Varios preguntan:

–                       ¿Quién será su hijo?

–                       ¡Un Fariseo!

–                       ¡Un sinedrista!

–                       ¡Un escriba!

–                       ¡Un rabino!

Los pareceres son diversos.

Jesús dice:

–                       Un desgraciado. No investiguéis… Hoy le pegó a su padre. Mañana me pegará a Mí… Ved pues, que el pecado de Judas al separarse de Mí, como un hijo díscolo, no es nada en su comparación… Sin embargo Yo rogaré por este hijo ingrato. Por esta oveja descarriada…  Por este hebreo que ofende a Dios, para que se arrepienta. Haced lo mismo vosotros…

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El anciano ha llegado junto a ellos.

Jesús lo llama:

–                       Ven padre…  ¿Cómo te llamas?

–                       Eliana… ¡Jamás he sido un hombre feliz!… Mi padre murió antes de que yo naciera y mi madre, al parirme… Mi abuela me crió y me puso el nombre de mi padre y de mi madre,  juntos.

Felipe, que no puede comprender un pecado semejante, dice:

–                       En realidad que eres un Elí. Y tu hijo es semejante a Finnes.

El anciano contesta:

–                       Dios no lo quiera… Finnes murió pecador y murió cuando el Arca fue hecha prisionera. Eso sería una desgracia para su alma y para todo Israel…

Jesús, antes de llamar a la puerta de la casa a la que llegaron, dice:

–                       Óyeme. En esta casa tengo amigos y hacen lo que Yo quiera… Es de un hombre llamado Simón, hombre justo ante la presencia de Dios y de los hombres. Te hospedará él por amor a Mí, si es que quieres…

–                       ¿Podré tener libertad en todo? Invocaré las bendiciones del Cielo sobre quién me dará pan y refugio, por caridad. Pero yo quiero trabajar… No es vergüenza ser un criado. Vergüenza es cometer pecado…

Jesús dice sonriendo:

–                       Lo diremos a Simón.

Y mira al anciano con infinita compasión… Un hombre mayor, reducido a nada por los esfuerzos y el dolor moral…

Se abre la puerta.

Un hombre como de cincuenta años, les da la bienvenida:

–                       Entra, Maestro. La paz se contigo y con quién viene contigo. ¿Dónde está el hermano que me traes?… Para darle el beso de paz y el de bienvenida.

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Jesús contesta:

–                       Es éste…  El Señor te lo pague.

Simón de Tecua dice:

–                       Sí que me recompensa al tenerte como Huésped…  Quien te recibe, recibe a Dios. No te esperaba y no puedo honrarte como quisiera…  Pero sé que piensas quedarte unos cuantos días. Siempre estaré pronto a hospedarte como conviene.

Entran a una sala donde están listas la aljofainas de agua caliente para las abluciones.

El anciano se queda junto a la puerta, cohibido. Pero el dueño de la casa lo toma de la mano y lo lleva a que se siente… Quiere quitarle las sandalias por sí mismo. Servirle como si fuese un rey y ponerle sandalias nuevas…

Pero él objeta:

–                       ¿Por qué? ¿Pero por qué? Vine a servir. ¿Y tú me sirves?  No es justo…

–                       Lo es. No puedo seguir al Rabí, porque debo estar aquí…  Pero como el último discípulo del Maestro Santo, me industrio en poner en práctica sus palabras…

–                       Tú lo conoces bien…  Verdaderamente lo conoces, porque eres bueno. Muchos lo conocen en Israel, ¿Pero con qué? Con los ojos y con el Odio.  Por eso no lo conocen. Una mujer sólo se conoce, cuando sobre ella se sabe todo y se la posee totalmente… Es lo mismo con Jesús de Nazareth. No lo conozco con los ojos, pero lo conozco mejor que otros…  Porque creo que en Él está la Sabiduría… Tú sí lo conoces de vista y por su Doctrina.

Simón mira a Jesús, pero no dice nada.

El viejecillo continúa:

–                       A este Rabí le dije que quiero trabajar…

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–                       Así se hará. te buscaremos trabajo. Por ahora ven a la mesa, Maestro. Dentro de poco vendrán tus discípulos. ¿Podemos sentarlos a la mesa o quieres esperarlos?

Jesús dice:

–            Quisiera esperarlos. Pero si tienes algún trabajo…

–                       ¡Oh, Maestro! ¡Bien sabes que obedecer el menor de tus deseos, me causa

–                       alegría!

El anciano al oír esto, tiene la primer sospecha de Quién sea el Hombre que lo socorrió por el camino. Lo mira… Lo mira una y otra vez…  Y luego mira a sus compañeros atentamente…  Mira a su alrededor…

Entran los hijos de Alfeo, con Juan.

Jesús los llama por su nombre…

El anciano exclama:

–                       ¡Oh, Dios Altísimo! ¿Entonces…? ¡Entonces eres Tú!

Y se arroja por tierra, adorándolo.

Su admiración no es inferior a la de los demás… ¡Es muy extraño su modo de reconocer al Maestro!

Tanto que Pedro pregunta:

–                       ¿Qué cosa hay en especial en estos nombres, tan comunes en Israel, para hacerte comprender que estás enfrente del Mesías?

–                       Porque conozco a Judas. Siempre va a la casa de mi hijo y… -el anciano se detiene bruscamente  …

Está totalmente perplejo por haber nombrado a su hijo.

Tadeo se levanta y se pone delante de él… Como también es alto, se inclina para que le vea la cara.

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Y le dice:

–                       Pero yo nunca te había visto.

–                       Tampoco yo te conozco. Pero un tal Judas de Simón, discípulo del Mesías, frecuentemente va a la casa de mi hijo. Y lo he oído mencionar a un tal Juan, Santiago, Simón amigo de Lázaro de Bethania y de otras muchas cosas… ¡Oír tres nombres que son los de los discípulos, más íntimos del Maestro! ¡Y Él tan Bueno!… ¡He comprendido!…  ¿Dónde está el otro Judas?

Jesús contesta:

–                       No está. Es verdad. Has comprendido… Soy Yo, padre. El Señor es Bueno. Deseabas verme y me has visto. Bendigamos la misericordia de Dios.

El anciano se cohíbe e intenta retirarse…

Jesús lo llama:

–                        ¡No te retires Eliana! Estabas cerca de Mí, cuando era para ti un Viajero y nada más. ¿Por qué quieres separarte de Mí, ahora que sabes que Soy la Meta…? ¡No sabes cuánto consuelo me ha dado tu corazón! No puedes siquiera imaginarlo. Soy Yo y no tú, el que más ha recibido…

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Cuando tres cuartas partes de Israel y más, me odian hasta el crimen… Cuando los débiles se alejan de mi camino. Cuando los cardos de la ingratitud, del rencor, de la calumnia, me hieren por todas partes. Cuando no puedo encontrar alivio en el pensamiento de que mi Sacrificio, será salvación para Israel…  Encontrar a uno como Tú… ¡Oh, Padre Santísimo!…  Es encontrar una recompensa en el dolor. No sabes… Ninguno de vosotros sabe, las tristezas cada vez más profundas del Hijo del Hombre… Tengo sed de amor… Y muchos corazones son manantiales secos, a los que inútilmente me acerco… Pero esperemos…

Y llevando junto a Sí al anciano, entra en la sala donde las mesas ya están preparadas…

Al día siguiente, en la parte posterior de la casa de Simón de Tecua que da hacia la plaza central de la ciudad, en los días de mercado como hoy; se abre en tres lugares el grueso cancel. Muchos vendedores entran con sus mostradores y llenan los portales que hay en los tres lados.

Este enorme patio ha sido acondicionado para que dé una utilidad financiera, porque Simón pasa pidiendo a cada mercader, el alquiler del lugar que ocupa. Va acompañado por Eliana muy bien vestido y arreglado.

Y lo presenta con cada uno:

–                       Ved…  De hoy en adelante, pagaréis a éste, la cantidad determinada.

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Luego que Simón de Tecua termina los tres pórticos, dice a Eliana:

–                       Este es tu trabajo. Aquí dentro, con el albergue y los establos. No es difícil, ni penoso…  Pero muestra la estima que te tengo. He despedido a tres, uno después del otro, porque no fueron honrados. Pero tú me gustas. Además, Él te trajo. Y el Maestro conoce los corazones. Vamos a donde está a decirle que si quiere, la hora es propicia para que hable.

Y se van.

Más tarde…

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Jesús está concluyendo su predicación:

–                       … Os bendigo, ciudadanos de Tecua, ciudad a la orilla del desierto, pero oasis de paz, para el Perseguido Hijo el Hombre. Quede mi bendición en vuestros corazones. En vuestras casas.  Ahora y siempre.

Los bendice y difícilmente se abre paso entre la gente que lo sigue y le  pide que se quede con ellos, olvidada de su comercio y de todo lo demás. Enfermos curados lo bendicen. Corazones consolados le dan las gracias.

Mendigos lo despiden con:

–                       ‘Viviente Maná de Dios.’

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Eliana está a su lado y lo sigue hasta los límites de la ciudad. No quiere dejar a su Salvador. Pero tiene que hacerlo y le besa los pies con lágrimas y palabras de agradecimiento…

Jesús le dice:

–                       Levántate Eliana. Te voy a dar el beso. Un beso de hijo a padre y que te compense de todo… A ti te aplico las palabras del Profeta: ‘Tú que lloras. No llorarás más, porque el Misericordioso ha tenido piedad de ti.’ No tendrás muchas comodidades. No he podido hacer más… Si uno solo, a Ti te echó fuera. A Mí, todos los poderosos de un pueblo me arrojan y es mucho si encuentro que comer y refugio para Mí y para mis apóstoles.

Pero tus ojos han visto lo que deseabas. Tus oídos han escuchado mis palabras, así como tu corazón siente ahora mi amor. Vete y quédate en paz porque eres un mártir de la Justicia. Uno de los precursores de todos aquellos, que serán perseguidos por mi causa. ¡No llores, padre!   -Y lo besa en su blanca cabeza.

El anciano le devuelve el beso en la mejilla.

Y en su oído le murmura:

–                       Desconfía del otro Judas. No quiero ensuciar mi lengua… Sólo te digo: ‘Desconfía’ No tiene buenas intenciones de parte de mi hijo. Acuérdate de nosotros en tus oraciones.

Aunque Eliana no lo dijo, Jesús conoce el nombre de su hijo…

Desgraciadamente Simón Boeto, es el compinche de Elquías y los que encabezan la conjura para matar a Jesús…

Jesús contesta:

–                       Está bien. Pero no pienses más en el pasado. Pronto todo se acabará y nadie podrá hacerte más daño. Adiós Eliana, el Señor está contigo…

Se separan.

Pedro empieza a caminar fatigosamente al lado de Jesús porque no puede seguir con su paso corto, el largo de Jesús.

Y le pregunta:

–                       Maestro, ¿Qué te dijo en voz baja?

Jesús contesta elusivo:

–                       ¡Pobre viejo!  ¿Qué crees que me haya dicho, que no supiera Yo?

–                       Te dijo algo de su hijo, ¿No es verdad? ¿Te dijo quién es?

–                       No, Pedro. Te  lo aseguro. Se reservó el nombre…

–                       ¿Pero Tú lo conoces?

–                       Lo conozco, pero no te lo diré.

Un largo silencio.

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Luego, intranquila es la pregunta de Pedro y su confesión:

–                       Maestro, ¿Qué es lo que va hacer Iscariote a la casa de un hombre tan malo, como lo es el hijo de Eliana? ¡Tengo miedo Maestro! Ese no tiene buenos amigos. No es franco. En él no hay la fuerza para resistir al Mal. Tengo miedo Maestro. ¿Por qué? ¿Por qué Judas va a las casas de esos y a escondidas?   -y en la cara de Pedro se dibuja una preocupación angustiosa.

Jesús lo mira, pero no responde.

En realidad, ¿Qué puede responder? ¿Qué puede decir para no mentir y para no lanzar al fiel Pedro contra el infiel Judas?…

Prefiere que Pedro, prosiga hablando:

–                       ¿No dices nada? Desde ayer que el viejo creyó reconocer entre nosotros a Judas, no tengo paz. Me pasa lo mismo que aquel día que hablaste con la mujer del Saduceo. ¿Recuerdas?…  ¿Recuerdas mis sospechas?

Jesús responde:

–                       Recuerdo. ¿Y recuerdas las palabras que te dije?…

–                       Sí, Maestro.

–                       No hay más que añadir, Simón. Las acciones del hombre tienen apariencia diversa de la realidad. Pero Yo estoy contento de haber provisto las necesidades del anciano. Simón es bueno. Tiene muchos nietos. Elí ama a los niños… Y los niños hacen olvidar muchas penas…

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Con su habitual destreza, Jesús cambia de tema para no responder preguntas peligrosas. Al hablarle de los niños, Jesús ha apartado de Pedro, el pensamiento de Judas.

Y siguen caminando…

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

146.- EL BUEN PASTOR

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Jesús entra en la ciudad por la Puerta de Herodes. La atraviesa dirigiéndose al suburbio de Ofel.

Iscariote pregunta:

–                       ¿Vamos al Templo?

Jesús contesta:

–                       Me detendré sólo el tiempo necesario para orar.

–                       Te entretendrán.

–                       No. Entraremos por las puertas del Norte y saldremos por las del Sur. De modo que no tendrán tiempo para hacerme ningún mal. A no ser haya detrás de mi espalda, quién me vigile y lo diga.

Nadie replica y Jesús sigue hacia el Templo, que se ve fantasmal a la luz verde amarillenta de un amanecer plomizo. Pues ya se acerca el tiempo invernal y el sol trata de abrirse paso, a través de la espesa niebla.

El alegre amanecer no es más que un reflejo con matices de verde plomizo que hacen ver al Templo, aún más lúgubre.

Jesús lo mira fijamente al ir hacia la muralla. Mira las caras de los viajeros envueltos en sus mantos, caminando en silencio un poco inclinados para defenderse del viento frío de la mañana. Algunos saludan al Maestro sin detenerse.  La hora y el clima helado, ayudan a Jesús a andar sin obstáculos.

Llegan a la muralla. Entran al recinto del Templo. Caminan al Atrio de los Israelitas. Oran. Mientras el sonido de las trompetas de plata, anuncia algo importante. El olor del incienso es muy fuerte.

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Los cambistas y vendedores que son los primeros que acuden al Templo, porque trabajan en él, también son los primeros en darse cuenta de su Presencia. Nunca olvidarán la forma en que lo conocieron…  Su sorpresa es tal, que no saben qué hacer…

Y dicen con admiración:

–                       ¡Ha regresado!

–                       No fue a Galilea como decían.

–                       ¿Dónde se habrá escondido, que no lo encontraron?

–                       Quiere desafiarlos.

–                       ¡Qué necio!

–                       ¡Qué Santo!

Y así, según el corazón de cada quién.

Jesús sale fuera del Templo y baja por el camino que lleva a Ofel. En el cruce de una calle se encuentra con el ciego que hace poco curó, cargado con cestos de olorosas manzanas. Bartolmai va muy alegre, chanceándose con otros jóvenes que también van cargados, pero en dirección contraria.

Tal vez para el joven que nunca ha visto el rostro de Jesús, el encuentro hubiera pasado inadvertido. Pero Jesús conoce su cara y su nombre…

Y lo llama:

–                    Bartolmai…

Bartolmai se vuelve y mira interrogante al hombre alto y majestuoso, pese a su humilde vestidura, que lo llama por su nombre y le ordena:

–                       Ven aquí.

El joven se acerca sin poner en el suelo su carga. Mira a Jesús, pensando que quiere comprarle manzanas…

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Bartolmai le dice:

–                       Mi amo ya las vendió. Pero todavía tengo, si quieres. Son bellas y sabrosas. Llegaron ayer de las huertas de Sarón. Si compras muchas, podrás obtener un descuento, porque…

Jesús sonríe levantando su mano, para indicar al joven que no hable tanto.

Y le dice:

–                       No te he llamado porque quiera comprar manzanas. Sino para alegrarme contigo y bendecir contigo al Altísimo, que tuvo misericordia de ti…

Bartolmai pone en el suelo su cesto de manzanas y exclama:

–                       ¡Es verdad! A cada momento lo hago. Porque veo la luz y porque puedo trabajar, ayudando de este modo a mis padres. He encontrado un buen patrón. No es hebreo, pero es bueno. Los hebreos no me quisieron… porque saben que me han echado fuera de la sinagoga.

–                       ¿Te echaron fuera? ¿Por qué? ¿Qué hiciste?

–                       Yo nada. Te lo aseguro. El Señor lo hizo. En sábado me hizo encontrar a ese Hombre que dicen que es el Mesías y él me curó, como puedes ver. Me dio unos ojos nuevos. Por esto me echaron fuera.

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Jesús sonríe de manera enigmática y dice para probarlo:

–                       Entonces el que te curó, no te hizo un buen favor del todo.

Bartolmai protesta:

–                       No hables así. ¡Blasfemas! Primero Él me demostró que Dios me ama, pues me dio la vista. Tú no sabes qué cosa es realmente ‘ver’ porque siempre has visto. Pero quien nunca ha visto… ¡Oh!… Significa… Con la vista se tienen todas las cosas. Te aseguro que cuando vi allí en Siloé. Me eché a reír y a llorar, pero de alegría, ¡Eh! Lloré como nunca había llorado en mi desventura. Porque comprendí cuán grande había sido ella y cuán Bueno conmigo el Altísimo. Ahora puedo ganarme la vida y con un trabajo honrado. Y además… espero poder encontrar al hombre que dicen que es el Mesías y al discípulo suyo que me…

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–                       ¿Y qué harías?

–                       Lo bendeciría. A Él y a su discípulo. Y diría al Maestro que ha venido de Dios, le rogaría que me tomare por su siervo…

–                       ¿Cómo? Por su causa estás condenado al Anatema. Difícilmente encontraste trabajo. Todavía se te puede castigar y ¿Quieres estar a su servicio? ¿No sabes que se persigue a todos los que siguen Al que te curó?

–                       ¡Lo sé! Se dice entre nosotros que Él es el Hijo de Dios. Aun cuando los de allá arriba…  -señala al Templo…

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                            No quieren que se diga esto. ¿Y por servirle, no vale la pena dejar todo?

–                       ¿Crees pues en el Hijo de Dios y que está en Palestina?

–                       Creo. Quisiera conocerlo para creer en Él, no solo por lo que sé; sino con todo mi ser. Si sabes quién sea y donde se encuentre, dímelo. Para ir a donde está, verlo, creer completamente en Él y servirlo.

–                       Lo has visto ya. Y no hay necesidad de que vayas a donde está. El que en estos momentos te habla y ves, es el Hijo de Dios.

Jesús hace algo insólito… Se ha transfigurado haciéndose bellísimo… Y resplandeciente como está en el Cielo, para premiar al humilde joven  y confirmarlo en su Fe.

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Y Bartolmai contempla por un instante la gloria de Dios. Es Dios. Con todo el  poder y el esplendor, de Dios Todopoderoso. ¡Jesús es Dios…!

Bartolmai cae en tierra, adorándolo.

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Jesús le dice:

–                       Levántate. He venido al Mundo para traer la Luz, para que conozcan a Dios. Y para probar a los hombres y juzgarlos. Este tiempo en que estoy, es para escoger, elegir, seleccionar. He venido para que los puros de corazón e intención; los que prefieren las riquezas espirituales a las materiales, porque las saben valorar, encuentren lo que su corazón anhela. Y los que eran ciegos vean y crean. Y conozcan a Dios.  Y los que creen ver se cieguen.

Lo interrumpen algunos Fariseos que han llegado por la calle principal y se han acercado sin hacer ruido, por detrás de los apóstoles.

Con reproche le dicen:

–                       Entonces odias a la mayor parte de los hombres y no eres bueno, como afirmas serlo. Si lo fueras tratarías de que todos viesen y que el que ve no se cegase.

Jesús se vuelve y los mira. ¡Ya no tiene la belleza de Transfigurado!

Los mira con dureza. Fijamente, con sus ojos de zafiro. Ve a sus seguidores y su voz ya no tiene la nota de alegría, que la hace más hermosa todavía.

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Como si fuera de bronce con tono seco y cortante, dice enérgico:

–                       Yo no Soy el que no quiero que vean la Verdad a los que actualmente la combaten. Sino que son ellos los que levantan obstáculos ante sus ojos para no ver. Se hacen ciegos por su propia voluntad. El Padre me ha enviado para que con esta división se sepa los que son los hijos de la Luz y los hijos de las Tinieblas. Los primeros son los que quieren ver y oír y los segundos, los que por su voluntad, quieren ser ciegos y sordos.

–                       ¿Acaso nos encontramos entre estos ciegos?

–                       Si lo fuerais y trataseis de ver, no tendríais ninguna culpa. Pero la tenéis porque decís: ‘nosotros vemos’ Y no queréis ver. Vuestro pecado queda porque no tratáis e ver, pese a que seáis ciegos.

–                       ¿Y qué debemos ver?

–                       El Camino. La Verdad y la   Vida. Yo Soy el Buen Pastor. Mis ovejas me conocen…

JESUS APACIENTA UNA OVEJA, ESTILO CLASI, CON VARIOS COLORES

     …El Mesías no es rey de pueblos, sino de corazones. El Mesías será Rey del Mundo. Rey de reyes. Y su Reino no tendrá límites, ni fronteras. Tanto en el tiempo como en el espacio. Abrid los ojos y aceptad la Verdad.

–                       No hemos entendido nada de lo que deliras. Dices palabras sin sentido. Habla y responde sin parábolas, ¿Eres o no, el Mesías?

Jesús responde en un larguísimo discurso que afirma la Naturaleza y la Doctrina de Jesús.

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Al terminar, dice a Bartolmai, que no se ha movido de su lugar con sus cestas de olorosas manzanas.

–                       Te has olvidado de todo por Mí… Ahora te van a castigar y perderás tu trabajo. ¿Lo ves? Siempre te acarreo algún dolor. Por causa mía, perdiste la sinagoga y ahora perderás al amo…

Bartolmai contesta decidido:

–                       ¿Y qué me importa todo esto, si te tengo a Ti? Para mí, sólo vales Tú. Si me lo permites, dejo todo por seguirte. Permite solo que lleve esta fruta a quién la compró. Y luego estoy contigo.

Jesús contesta:

–                       Vamos juntos. Luego iremos a ver a tu padre, porque lo tienes todavía y debes honrarlo pidiéndole su bendición.

–                       Sí, Señor. todo lo que quieras. Pero enséñame, porque no sé nada. Ni siquiera leer y escribir, porque era ciego.

–                       No te preocupes por esto. La buena voluntad será tu escuela.

Y se encaminan hacia la calle principal, mientras que la multitud discute:

–                       ¿Es Jesús de Nazareth un poseído del Demonio o un Santo?

No se ponen de acuerdo.

Mientras tanto, Jesús se aleja…

Más tarde,  cuando se encuentra con los discípulos pastores: Leví, José, Matías y Juan. Les confía a Bartolmai el nuevo discípulo.

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Esto sucede cerca de Bethania.

Después que se van dice a sus apóstoles:

–                       Ahora vamos a esperar aquí a Judas de Simón.

Varios dicen sorprendidos:

–                       ¡Ah! ¡Te diste cuenta de que se fue! Creíamos que no te habías fijado en ello. Había mucha gente y has estado hablando siempre. Primero con el joven, luego con los pastores y…

–                       Lo noté desde el momento en que se fue. Nada se me oculta… Por esto entré en las casas amigas y les dije que enviasen a Judas a Bethania, si es que me buscaba…

Tadeo refunfuña entre dientes:

–                       Dios quiera que no.

Jesús lo mira, pero aparenta no dar importancia a sus palabras.

Al ver que todos son del mismo parecer que Tadeo,  pues sus caras hablan mejor que sus palabras, dice:

–                       Nos hará bien descansar en espera de su regreso. Nos hace falta. Luego iremos a Tecua y a Jericó. Hace frío, pese al sol.

Pedro dice con un cierto tono:

–                       Vamos pues.

Tomás pregunta:

–                       ¿No estás contento de ir a casa de Lázaro?

–                       Lo estoy.

–                       Lo dices de tal manera…

–                       No lo digo por Lázaro, sino por Judas.

Jesús le advierte:

–                       Eres un pecador, Pedro.

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Pedro pregunta encolerizado:

–                       Los soy. Pero él, Judas de Keriot que se va… ¡Es un descarado! ¡Un tormento!  ¿O acaso no?

–                       Sí. Pero si él lo es; no debes serlo tú. Ninguno de nosotros debe serlo. Acordaos de que Dios nos pedirá cuentas. Porque antes que a vosotros, a Mí me lo ha confiado. Y nos pedirá cuenta de lo que hicimos por redimirlo.

Tadeo pregunta:

–                       ¿Y crees que lo lograrás hermano? No puedo creerlo. Si creo que conozcas lo pasado, lo presente, lo futuro… Y por esto no puedes engañarte respecto a él. Y es mejor que no diga lo demás…

–                       El saber callar es una gran virtud. Pero ten en cuenta que prever el futuro de un corazón, no libra a nadie de perseverar hasta el fin, para arrancar a un corazón de la ruina. Muchas veces Dios acepta el sacrificio de un corazón que se sobrepone a la náusea que experimenta. A sus antipatías y rencores, aún justificados; para sacar a un alma del pantano en que está sumergido. Muchas veces Dios espera que una creatura, haga un sacrificio; diga una plegaria, para firmar o no la condenación de un alma. Jamás es tarde para buscar y esperar salvar a un alma. Las pruebas os las daré. Aún en el umbral mismo de la muerte…

Nadie replica.

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Dos semanas después…

Se oyen las fuertes voces de los apóstoles. Se oyen todas, menos la del discípulo rebelde.

Jesús escucha y suspira… Han emprendido de nuevo el camino. Once caras pensativas en torno al rostro triste de Jesús, que camina adelante. Detrás, los once apóstoles silenciosos, taciturnos, conversando con ellos mismos.

Los dos últimos son Tomás que parece sumergido en la contemplación de una ramita de sauce, cuyas hojas han caído, una detrás de la otra. Y Judas Tadeo, que mira fijamente hacia delante… Y luego, como si se hubieran puesto de acuerdo, intercambian una mirada llena de tristeza y de bondad.

Tomás dice:

–                       Así es amigo. ¡Así es!

Tadeo confirma:

–                       Así es. Sufro mucho, también porque es mi pariente.

–                       Comprendo. En tu corazón hay aflicción porque lo amas. Pero en el mío hay un remordimiento que me atormenta. Y es peor aún…

–                       ¿Un remordimiento tuyo? Jamás has tenido motivo de ello. Eres bueno y fiel. Jesús está contento contigo. Y nosotros no hemos recibido de ti, ningún escándalo. ¿Qué razón hay para que tengas remordimiento?

–                       Un recuerdo. El recuerdo del día en que decidí seguir al nuevo Rabí, que se había dejado ver en el Templo… Mientras arrojaba con gran majestad a los mercaderes del primer patio…

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Judas y yo estábamos cerca. Él había dejado su grupo, pues era discípulo de Sadoc, el escriba de Oro. Y estábamos juntos. Admiramos el gesto y las palabras del Maestro. Se decidió que lo buscaríamos…

Yo estaba más decidido que Judas y casi lo arrastré.  Él se oponía. Pero… Mi remordimiento, es haber insistido en que viniera. Le traje a Jesús un dolor continuo. Yo sabía que muchos querían a Judas y pensé que podía ser útil. Fui un necio, igual que todos los demás, que piensan en un rey superior a David y a Salomón. Pero siempre un rey.

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Un Rey como él dice que jamás lo será. Había luchado porque entre sus discípulos estuviese éste, que podía serle de ayuda.  Así lo esperé…  Pero ahora comprendo y cada vez mejor, el recto modo de obrar de Jesús; que no quiso recibirlo inmediatamente. Más bien, hasta le prohibió que lo buscase. ¡Un remordimiento, te lo aseguro! ¡Oh! ¡Un Remordimiento! ¡Judas no es bueno!

–                         No lo es. Pero no debes crearte remordimientos. No lo hiciste por malicia y por lo tanto no hay culpa. Te lo aseguro.

–                       ¿De veras? ¿O lo dices por consolarme?

–                       Lo digo porque es la verdad. No pienses más en el pasado, Tomás. No puedes borrarlo.

–                       ¡Dices bien! ¡Pero mira! Si por causa mía, el Maestro sufriese algo… Tengo en el corazón ansias y sospechas…  Hago mal,  porque juzgo al compañero y no con caridad. Soy un pecador porque debería creer las palabras del Maestro… Excusa a Judas… Tú… ¿Crees a tu hermano?

–                       En todo, menos en esto. Pero no te aflijas, todos pensamos lo mismo. También Pedro que se muere de dolor, se esfuerza en pensar siempre bien de él. Jesús ve la necesidad de intentarlo todo para que se haga bueno.

–                       ¿No crees que desde ahora, sirve ya a dos patrones?

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–                       Esto es seguro.

–                       ¿No crees que se incline por los más numerosos y llegue a hacer un gran daño al Maestro?

–                       No. No lo amo a él… Pero no puedo pensar que… Judas es un convenenciero. Pero…

Los dos se dan cuenta de que han venido caminando muy despacio y se han separado de sus compañeros.

Y corren ligero para alcanzarlos…

Jesús pregunta:

–                       ¿De qué veníais hablando?

Los dos se miran. ¿Confesar?…  ¿No hacerlo?…

Gana la sinceridad y dicen al mismo tiempo:

–                       ¡¡De Judas!!

Jesús contesta:

–                       Lo sabía. Pero quise conocer vuestra sinceridad. Me hubierais causado un dolor, si hubieseis mentido… No volváis a hacerlo. Yo os digo que dejéis de pensar en él. Y que os preocupéis de su espíritu. Lo animal que hay en él… Su monstruo, no debe llamar vuestra atención y vuestros juicios.

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 Amadlo. Amad con compasión y con fuerza su corazón. ¿No sabéis que aprendéis más por medio de Judas, que de cualquier otra persona? Encontraréis muchos Judas de Keriot en vuestro ministerio apostólico. Para ser maestros y aprender, debéis pasar por esta escuela…

Él con sus defectos os muestra lo que es el hombre. Yo os muestro lo que debería ser el hombre. Vosotros, conociendo bien a uno y a otro; deberéis de tratar que el primero se cambie en el segundo. Que mi paciencia sea vuestra norma.

Mateo dice:

–                       Señor. fui un gran pecador y no cabe duda de que seré un ejemplo. Pero yo quisiera que Judas, que no es un pecador como yo lo fui; fuese un convertido, como  lo soy.  ¿Es soberbia decirlo?

–                       No Mateo, no lo es. Das honor a dos verdades al decirlo. La primera es que lo que suele decirse: ‘La buena voluntad del hombre, obra milagros.’ Es real. La segunda es que Dios te ha amado infinitamente y te eligió porque conocía tu capacidad de heroísmo. Eres el fruto de dos fuerzas: tu voluntad y el amor de Dios. Pongo en primer lugar tu voluntad; porque sin ella, vano habría sido el amor de Dios. Vano, inerte…

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Santiago de Alfeo pregunta:

–                       ¿Y no podría Dios convertir sin nuestra voluntad?

–                       Sí. Pero siempre sería necesaria la voluntad del hombre para persistir en la conversión que milagrosamente se obtuvo.

Felipe dice impetuoso:

–                       En Judas nunca ha existido, ni existe esta voluntad. Ni siquiera antes de conocerte. Ni ahora…

Unos ríen y otros se callan apesadumbrados.

Jesús es el único que defiende al apóstol ausente:

–                       ¡No digáis eso! ¡La tuvo y la tiene! Pero la mala ley de la carne se sobrepone a ella en determinados momentos… Es un enfermo. Un pobre hermano enfermo. Haced con vuestro hermano espiritualmente débil; lo que haríais con un hermano carnal enfermo.

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No diré ni una sola palabra de reproche. No sois más que Yo. Vuestro amor perseverante será el reproche más fuerte, que podáis hacerle y contra el que no podrá reaccionar. Dejaré en Tecua a Mateo y a Felipe, para que esperen a Judas. El primero que se acuerde de que fue un pecador y el segundo de que es padre…

Los dos contestan al mismo tiempo:

–                       Sí Maestro.

–                       Lo recordaremos.

Jesús agrega:

–                       Si todavía no nos hubiera alcanzado, dejaré en Jericó a Andrés y a Juan.  Y que se acuerden ellos que no todos han recibido de Dios, los mismos dones…  

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA

145.- EL ALMA MENOS FORMADA

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Después de bajar del monte, llegan a lo que queda  de las ruinas de una ciudad destruida por la guerra, porque entre los restos de las casas, se ven señales de fuego. En el centro, hay una casa derrumbada, pero con sus paredes en pie. Llena de árboles que han crecido donde antes hubo habitaciones…

Jesús contempla con los brazos cruzados sobre el pecho. Su rostro se ve preocupado y triste…

Cleofás de Emaús dice:

–                       ¿Por qué te has detenido aquí, Maestro? Se ve que el paraje te causa aflicción. No lo mires. Lamento haberte hecho pasar por aquí, pero era el camino más corto.

Jesús contesta:

–                       ¡Oh, no miro lo que estáis viendo!

–                       ¿Qué ves Señor? ¿Acaso vuelves a ver el pasado? No cabe duda de que esa guerra, fue muy dolorosa. Este es el sistema de Roma…

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–                       Y esto debería hacer reflexionar a uno. Ved. Esto fue una ciudad no muy grande, pero sí muy bella. Abundó más en casas ricas que en pobres. De los ricos, eran estos lugares ahora cubiertos de breñas. Ricos fueron estos campos que ahora tapizan las zarzas y las ortigas. En aquellos días fueron campos fértiles, cargados de mieses. Sus casas eran muy bellas. Los jardines estaban llenos de flores. En sus fuentes se bañaban las palomas y jugaban los niños. Sus habitantes eran felices. Pero la felicidad no los hizo justos. Se olvidaron del Señor y de sus palabras… Y perdieron su Protección… Esta es la razón. Al mirar veo caras… muchas de las cuales, todavía no nacen. Y veo ruinas. Ruinas. Zarzas, hierbas selváticas que cubren las tierras de mi Patria…

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Y esto porque no se ha querido acoger al Señor. Oigo los gemidos apagados de los niños, más infelices que esos pajarillos a los que Dios ayuda para vivir aún. Mientras que esos pequeñuelos no la tendrán, porque sujetos al castigo general; desmayados sobre el seco pecho materno, mueren de hambre y de dolor. De un terror jamás imaginado.

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Oigo los lamentos de las esposas que buscan a su esposo. De las doncellas capturadas para servir de placer al vencedor. De hombres que arrastran las cadenas, después de que probaron y saborearon lo amargo de la guerra. De los viejos que vivieron para ver cumplida la profecía de Daniel.

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Oigo la voz incansable de Isaías, en medio del silbido de este viento que sopla entre las ruinas: “El Señor hablará con lenguaje de bárbaros, con lenguas extrañas, a este pueblo a quién he dicho: aquí está mi descanso. Dad reposo al cansado. Esto es mi alivio.”

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Pero no han querido escuchar. No. No han querido. Y el Señor no puede encontrar reposo entre su pueblo. Él cansado, quien se ha fatigado en recorrer sus calles para enseñar, curar, convertir, consolar… No encuentra reposo, sino persecución. No encuentra alivio, sino asechanzas y traición. El Hijo con el Padre es una sola cosa.

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Verdad os ha enseñado que un vaso de agua dado a cualquiera, tendrá recompensa. Porque cualquier acto misericordioso, que se hace al hermano, se le hace a Dios Mismo. ¿Cuál no será el castigo para los que quitan la piedra del camino, para que no sirva de almohada a la cabeza del Hijo del hombre?…

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¿Para los que le estorban para que no beba de las aguas que dejó el Creador? ¿Para los que le quitan las frutas que se quedaron en las ramas y las espigas de trigo que se dan a los palomos? ¿Y tienen ya listo el lazo, para arrebatarle la vida?…

¡Pobre Israel que has perdido en ti la justicia y la misericordia de Dios!

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¡Desgraciado de Ti Israel! Así como estos campos en los que ya no hay trigo, así será Israel. Y la Tierra que no quiso al Señor, no tendrá pan para sus hijos. Y los hijos suyos que no quisieron acoger al cansado; serán perseguidos, atrapados, llevados como galeotes al remo.

Charlton Heston 1924 - 2008

Como esclavos serán tratados, por los que desprecian como inferiores. Dios arrasará este pueblo soberbio, bajo el peso de su Justicia y lo sofocará con la fuerza de su juicio…

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     ¡Esto es lo que estoy viendo en estas ruinas! ¡Ruinas! ¡Ruinas! ¡Ruinas por todas partes! Al norte, al sur, al oriente, al poniente y sobre todo en el centro…  En el corazón donde su ciudad culpable, se convertirá en fosa pestilente… El Templo será quemado y desaparecerá…

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Lentas lágrimas resbalan por el rostro pálido de Jesús, que levanta el manto para cubrírselo, dejando solo descubiertos sus ojos, espantados ante la terrible visión…

Se pone en camino y con Él los que le acompañan.

Y que comentan en voz baja helados por el espanto, todos los vaticinios escuchados de los labios de su Maestro…

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La semana siguiente…

Jesús va a una cisterna, donde hay mucha gente. Unos se apresuran a sacar agua suficiente porque se acerca el sábado.

En medio de ellos están los ocho apóstoles que predicaron al Maestro y que lo hicieron con éxito, porque cuando llega Jesús, se oye un murmullo que se transforma en un grito unánime:

–                       ¡Hosanna! ¡Hosanna! ¡Entre nosotros está el Hijo de David! ¡Bendita la Sabiduría que llega a donde fue invocada!

Jesús contesta:

–                            Benditos vosotros que sabéis acogerla. ¡Paz! ¡Paz y bendición!

E inmediatamente se dirige a los enfermos y los cura.

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Una madre le presenta a un niño como de dos años, mudo. Y Jesús hace algo inusual, le da un beso en la boca. ¡Un beso de Dios!…

Al separar sus labios de los del niño, éste comienza a gritar:

–                       ¡Jesús! ¡María!  -y se hecha en sus brazos apretándolo por el cuello.  Hasta que Jesús lo devuelve a su madre.

Ella dice:

–                       Señor, es mi primogénito. Mi esposo y yo lo consagramos desde antes que naciera, para ser levita… Podrá serlo ahora que ya no tiene ningún defecto. No pedí para él el uso de la palabra para que me llame madre y me diga que me ama. Sus ojos y sus besos me lo decían ya. Pedí el milagro para que cual cordero sin mancha, pudiera ser ofrecido al Señor y alabase su Nombre. Dentro de poco tiempo deberé entregarlo al Templo, para que sirva al Señor.

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Jesús le responde:

–                       El Señor oía las palabras de tu corazón. Bueno fue tu deseo y el Altísimo lo acogió. Ahora procura que tu hijo se instruya en la Alabanza perfecta, para que sea perfecto cuando sirva al Señor.

–                       Sí, Rabí. Pero, ¿Qué debo hacer?

–                       Haz que ame al Señor Dios con todo su ser. Y espontáneamente florecerá en su corazón la alabanza perfecta. Y será perfecto en el servicio de Dios.

–                       Has dicho bien Rabí. La sabiduría está en tus labios. Háblanos a todos nosotros. Te lo ruego.

Y Jesús va la sinagoga y complace su petición…

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Tres días después…

Jesús, los Doce y Esteban, envueltos en sus mantos, descienden por el camino que lleva a la planicie. El viento húmedo y frío, peina los árboles de la colina y juguetea en el Cielo, con nubes amarillentas.

Todos conversan entre sí, mientras Jesús absorto en  uno de sus silencios, está lejano de lo que lo rodea.

Y sigue así hasta llegar a un cruce, dónde dice:

–                       Vayamos por acá. Iremos a Nobe.

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Iscariote pregunta:

–                       ¿Cómo? ¿No regresas a Jerusalén?

–                       Nobe y Jerusalén son casi una misma cosa, para el que está acostumbrado a caminar. Prefiero estar en Nobe. ¿Te desagrada?

–                       No, Maestro. Me da  lo mismo. Más bien me desagrada que Tú, en un lugar tan favorable, hayas hecho tan poca figura. Hablaste más en Beterón, que ciertamente no te ama.  Según mi parecer deberías procurar atraerte cada vez más a Ti, las ciudades que ves que te quieren, hacer que te sirvan… para contrarrestar a las ciudades en donde dominan quienes son enemigos tuyos. ¿Comprendes el valor que tienen las ciudades cercanas a Jerusalén, si están de tu parte? Generalmente los reyes son proclamados en las ciudades que les son más fieles y una vez proclamados, las otras no tienen más que resignarse…

Felipe dice:

–                       Cuando no se rebelan. Que si lo hacen vienen las luchas fratricidas. No creo que el Mesías quiera iniciar su Reino con una guerra intestina.

Jesús  dice.

–                       Yo querría que ese Reino empezase en vuestros corazones, con un juicio recto de las cosas. ¿Cuándo comprenderéis?…

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Presintiendo que está por llegar un reproche, Iscariote vuelve a preguntar:

–                       ¿Porque acá hablaste tan poco?

–                       Preferí escuchar y descansar. ¿No comprendéis que Yo también necesito un descanso?

Bartolomé pregunta afligido:

–                       Pudimos detenernos. Si estabas tan cansado, ¿Para qué te has puesto otra vez en camino?

–                       No estoy cansado en el cuerpo. No necesito descansar para darle alivio. Es mi corazón el que está cansado, el que tiene necesidad de reposo. Y éste lo encuentro donde hay amor. ¿Creéis que sea insensible al rencor? ¿Qué no me duela cuando se me arroja? ¿Creéis que las conjuras que se traman contra mí, me dejan indiferente? ¿Qué las traiciones de quién se finge ser amigo mío, pero no es más que un espía de mis enemigos, que pusieron a mi lado para…?

Se levanta una ola de protestas…

Varios dicen:

–           Maestro, nos apenas con estas palabras.

–             ¡Dudas de nosotros!

Y el que mejor lo hace es Judas que protesta con un enojo afligido, mayor que el de todos los demás, diciendo:

–                       ¡Esto jamás será, Señor! ¡Ni siquiera debes sospecharlo! Al hablar así nos ofendes…

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Santiago de Zebedeo exclama impulsivo:

–                       Hasta la vista, Maestro. Regreso a Cafarnaúm, con el corazón hecho pedazos. Pero me voy. Y si no basta Cafarnaúm, me iré con los pescadores de Tiro y de Sidón.  Me iré hasta Cintium. Me iré  lo más lejos que se pueda, para que no puedas pensar que yo te traiciono. ¡Bendíceme por última vez!

Jesús le dice:

–                       Cálmate apóstol mío. Son muchos los que se llaman mis amigos. No sois vosotros los únicos. Te causaron dolor mis palabras lo mismo que a vosotros. Pero, ¿En qué corazones debo depositar mis aflicciones, sino es en los de mis amados apóstoles? Extraño la unión con mi Padre Celestial, al que dejé para unir a los hombres y anhelo una gota del amor que dejé, por amor de los hombres: el amor de mi Madre.

¡Oh, la amarga ola y el peso inhumano desbordan mi corazón! ¡Oprimen el corazón del Hijo del hombre!  ¡Mi Pasión! ¡Mi hora! Se acerca cada vez más. Ayudadme a soportarla, a realizarla… ¡Por qué es muy, muy dolorosa!

Los apóstoles se miran conmovidos ante el dolor profundo que desborda en las palabras del Maestro y lo único que saben hacer es estrecharse contra Él, acariciarlo y… el beso simultáneo que le dan, Judas a la derecha y Juan a la izquierda. Jesús baja sus párpados, velando sus ojos…

Siguen caminando y Jesús puede terminar ahora su pensamiento que le interrumpieron:

–                       En medio de tantas angustias, mi corazón busca lugares donde encontrar amor y descanso. ¿Creéis acaso que me guste estar siempre corrigiendo, censurando, reprendiendo? Es mucho más dulce decir: ‘has comprendido la sabiduría. Sigue tu camino y sé santo’ Cuando el Padre me permite encontrar un lugar de paz. Me alegro y bendigo a mi Padre. Pero no he venido para esto. Vine para convertir al Señor, los lugares culpables y alejados de Él. Pensad que podría estar en Bethania y no lo estoy.

Judas dice:

–                       Para no causar daño a Lázaro también.

–                       No, Judas de Simón. Hasta las piedras saben que Lázaro es mi amigo. Por esto sería inútil que pusiese frenos a mis deseos de consuelo. Es por…

–                       Por las hermanas de Lázaro. Sobre todo por María.

–                       Tampoco, Judas de Simón. Hasta las piedras saben que no me turba la lujuria de la carne. Ten en cuenta que entre las muchas acusaciones que se me han hecho, la primera que cayó fue ésta, porque aún mis enemigos más encarnizados han comprendido que sostenerla, es lo mismo que desenmascarar su costumbre de decir mentiras. Nadie entre las personas de buen sentido, puede creer que Yo sea un sensual.

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Solamente pueden sentir atractivo por la sensualidad, los que no se alimentan de lo sobrenatural y aborrecen el sacrificio. ¿Qué atracción puede ejercer el placer de una hora, para quién se ha entregado al sacrificio, para quién es víctima? Todo el placer de las almas víctimas está en el espíritu y el cuerpo no es más que un vestido. ¿Crees que los vestidos que traemos encima tengan sentimientos?

De igual modo es la carne, para los que viven del espíritu: un vestido, nada más. El hombre espiritual es el verdadero superhombre, porque no es esclavo de los sentidos. Pero el hombre material es un ser que no vale, teniendo en cuenta la dignidad humana, porque tiene en común con los animales muchos apetitos. Y es aún inferior a ellos, porque les supera al convertir su instinto en un vicio degradante.

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Conturbado, Judas se muerde los labios y dice:

–                       Es verdad. Pero por otra parte, ¿Qué daño puedes hacer a Lázaro? Dentro de poco tiempo la muerte lo habrá arrancado de todo peligro de venganza… ¿Por qué entonces no vas a Bethania, más frecuentemente?

–                       Porque no vine a gozar, sino a convertir.  Ya te lo he dicho…

–                       Bueno… ¿No es verdad que sientes gusto en estar con tus hermanos?

–                       Sí. Pero también es verdad que no soy parcial con ellos. Cuando hay que repartirse en las casas, no se quedan conmigo, sino con vosotros. Y esto para demostraros que a los ojos y al corazón de quien se ha entregado a la Redención; la carne y la sangre no tienen valor, sino solo la formación de los corazones y su redención. Ahora iremos a Nobe y volveremos a dividirnos para el descanso. Conmigo os quedaréis tú, Mateo, Felipe y Bartolomé.

–                       ¿Somos acaso los menos formados? ¿Sobre todo yo, a quien siempre tienes cerca de Ti?

–                       Tú lo has dicho, Judas de Simón.

Judas replica con un enojo mal reprimido:

–                       Gracias, Maestro. Ya lo había entendido.

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–                       Y si lo has comprendido, ¿Por qué no te esfuerzas en formarte? ¿Crees acaso que pueda mentir, para no mortificarte? Del resto, estamos entre hermanos y  por eso las faltas de uno, no deben ser objeto de burla. Como tampoco de abatimiento el que se reprenda a otro frente a los demás. Porque mutuamente se conocen. Nadie es perfecto, os lo aseguro. Pero aún las imperfecciones recíprocas, que causan aflicción al verse y soportarse; deben de ser motivo para mejoramiento de uno mismo. Para no aumentar la mutua desavenencia. Créeme Judas que si Yo te trato por lo que eres. Nadie, ni siquiera tú misma madre, te ama como Yo. Ni se esfuerza en hacerte bueno, como tú Jesús.

–                       Pero entretanto me regañas y me humillas hasta en la presencia de un discípulo.

–                       ¿Es la primera vez que te llamo al recto camino?

Judas se calla.

Jesús dice con imperio:

–                       ¡Respóndeme!

–                       No.

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–                       ¿Y cuántas veces lo he hecho en público? ¿Puedes asegurar que te he puesto en vergüenza? ¿Más bien no te he encubierto y defendido? Habla…

–                       Me has defendido. Es la verdad. Pero ahora…

–                       Pero ahora es por tu bien. Dice el Proverbio: “Quien acaricia a un hijo culpable, deberá vendar después sus heridas” Y otro: “El caballo no domado se hace intratable. Y el hijo abandonado a sí mismo, se hace testarudo”

Judas pregunta mostrando en su cara el arrepentimiento:

–                       Pero, ¿Acaso soy tu hijo?

–                       Si te hubiese engendrado, no lo serías más. Me arrancaría las entrañas para darte mi corazón y para hacerte como lo querría…

Judas tiene un arranque de angustia y grita:

–                       ¡Aaah! ¡No soy digno de Ti! ¡Soy un demonio y no te merezco! ¡Eres muy Bueno!  ¡Sálvame, Jesús!

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Judas ha tenido uno de esos impulsos…sinceros. Verdaderamente sinceros. Se hecha en los brazos de Jesús llorando. Lágrimas que provoca su corazón, conturbado por tantas cosas malas y por el remordimiento de haber causado dolor a quién lo ama.

Después de consolarlo, Jesús le dice:

–                       Nobe y Jerusalén son una misma cosa, para quién está acostumbrado a caminar. Vamos…

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA