Archivos diarios: 14/12/12

160.- CONTRA TODA ESPERANZA


ROMA IMPERIAL

A la hora sexta, (12.00P.M.) el camino de Bethania está lleno de gente. Poncio Pilatos y el gobernador de Siria, con un cortejo de dignatarios de diferentes países, todos van al entierro de su ciudadano más célebre.

El Sanedrín completo, está presente.

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Martha y María están agotadas recibiendo las condolencias. Escuchan las palabras de los visitantes. Lloran con los verdaderos amigos. Se inclinan ante los poderosos sinedristas que han venido más por ostentación, que por honrar al difunto. Y responden con cortesía a todas las preguntas.

Uno de los fariseos más crueles…

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El viejo Cananías, dice con escarnio:

–                       ¡Qué te parece María! ¡Vuestro maestro es el único ausente de los muchos amigos de tu hermano!

Y se escuchan las voces de todos los demás sinedristas:

–                       ¡Bonita amistad!

–                       ¡Tanto amor mientras Lázaro estuvo bien!

–                       ¡Indiferencia, cuando era la hora de demostrarlo!

–                       Todos han sido objetos de algún milagro, menos éste.

–                       ¿Qué dices a esto?

–                       ¡Qué bien te engañó!

–                       ¡Qué bien se comportó el hermoso Rabí de Galilea!

–                       ¡Je, je! ¿No decías que te ordenó que esperaras más allá de lo posible?

–                       ¿Y acaso no has esperado?

–                       ¿Sirve para algo esperar en Él?

–                       Dijiste que esperabas la vida.

–                       ¡Me lo imagino! ¡Él se llama la Vida!

–                       ¡Je, je, je! Pero allí dentro está tu hermano muerto.

–                       Y está lista y abierta la entrada al sepulcro.

–                       Mientras tanto, el Rabí está ausente. ¡Je, je, je!

Doras dice con burla:

–                       Él sabe dar muerte, pero no vida.

Realmente son una bandada de buitres alrededor de su presa…

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Martha se cubre la cara con las manos y llora con amargo dolor…

La realidad se impone. Su esperanza está fallida. El Rabí está ausente. No ha venido siquiera a consolarla y podía haberlo hecho.

María también llora. La realidad la tiene ante sus ojos. Ha creído…  Ha esperado más allá de lo posible… y nada ha sucedido.

Ya es viernes y todo tiene que terminarse a tiempo, para que los huéspedes puedan observar la ley del sábado que dentro de poco empezará…

María llora…Ha esperado mucho, siempre…  Todo lo puso en esta esperanza y se ha llevado un chasco…

Cananías y sus compinches insisten:

–                       ¿No me respondes?

–                       ¿Te persuades ahora de que es un impostor, que se aprovechó de vosotras y que os escarneció?

–                       ¡Pobres e ilusas mujeres!

Y todos mueven la cabeza.

Maximino se acerca:

–                       Es hora. Dad las órdenes.

Martha cae al suelo y empiezan los lamentos…

María, presa de la angustia, se aprieta las manos…

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Finalmente, Magdalena suplica:

–                       Un poco más. Un poco más. Mandad criados por los caminos a ver si ya viene…

Sadoc ríe burlón:

–                       Pero, ¿Todavía esperas, infeliz? ¿Quieres algo más para persuadirte de que os traicionó? ¿Qué os engañó, que se burló de vosotras, que os ha escarnecido?…

¡Es demasiado! Con la cara bañada en lágrimas, llena de dolor, pero siempre fiel en medio del círculo de huéspedes que están reunidos para ver salir el cadáver…

María grita:

–                       Si a Jesús de Nazareth, le ha parecido que está bien… ¡Está perfectamente bien! Su amor por todos  nosotros los de Bethania, es grande.

Todo es para la gloria de Dios y suya. Él afirmó que de esto vendría gloria al Señor; para que resplandezca completamente el poder de su Verbo. Vamos Maximino. El sepulcro no es un obstáculo al Poder de Dios.

Se hace a un lado y da la señal.

El cadáver envuelto en vendas sale de la habitación. Atraviesa el jardín flanqueado por la gente, entre lamentos.

María intenta ir detrás pero vacila. Cuando todos se dirigen al sepulcro ella también va y alcanza a ver como el cadáver desaparece dentro del sepulcro, que está excavado hacia abajo, en el terreno rocoso.

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Los siervos ponen la piedra sellando el sepulcro, porque el sol comienza a bajar y baja más aprisa en invierno.

María grita con profundo dolor. Pronuncia el nombre de Lázaro y luego el de Jesús. Parece como si le arrancaran el corazón. Los sigue repitiendo hasta que escucha el ruido de la roca puesta para sellar la entrada de la tumba…

Se desmaya y los siervos la llevan dentro de la casa.

Maximino se queda a despedir a los asistentes. Todos le dicen que regresarán diariamente para los pésames…

Lentamente se van. Los últimos son José, Nicodemo, Eleazar, Juan, Joaquín y Josué y en el cancel se encuentran a Sadoc que junto con Uriel y Elquías, están riendo maliciosamente y llenos de felicidad.

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Sadoc dice:

–                       ¡Su apuesta!…

Y los demás confirman:

–                       ¡Y pensar que tuvimos miedo de ella!

–                       ¡Oh! ¡Está bien muerto!

–                       ¡Cómo apestaba pese a los perfumes!

–                       ¡No hay duda! ¡No la hay!

–                       No era necesario quitar el sudario.

–                       Creo que ya estaba lleno de gusanos.

José los mira con severidad. Y su dura mirada les trunca la sonrisa y las burlas…

Todos se apresuran a regresar a la ciudad, antes del crepúsculo.

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Y transcurre el sábado…

El domingo por la noche en el huerto de la casa de Salomón: Los árboles, los perfiles de las casas que están al otro lado del camino, el camino mismo que se adentra en el bosque y el río… Van desapareciendo lentamente entre las sombras que se hacen cada vez más oscuras conforme la luz se desvanece…

En el firmamento palpitan las estrellas y la luna baña con su luz plateada todo lo que sus rayos tocan.

Jesús y los apóstoles están alrededor de la mesa empezando la cena.

Jesús, después de ofrecer y bendecir, distribuye el pescado. Parece como si fuera un padre entre sus hijos; aun cuando Bartolomé, Zelote y Felipe, parecen padres de Él.

Mateo y Pedro pueden pasar como sus hermanos mayores. Todos los demás son más jóvenes.

Comen hablando de lo sucedido en el día.

Juan se ríe de buena gana por lo enojado que se puso Pedro con un pastor que insistía en que Jesús fuera a bendecirle su ganado.

Pedro explica:

–                       No hay porqué reírse. El asunto no tiene nada de gracioso. Mientras él me dijo: ‘tengo mis ovejas enfermas y si se mueren estoy arruinado’ Lo compadecí. Es como si a nuestra barca la acabase la polilla. No se puede pescar, ni tampoco comer. Y todos tenemos el derecho a comer.

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Pero cuando dijo: ‘Las quiero ver curadas porque quiero hacerme rico y llamar la atención de la gente, por la dote que le daré a Esther. Y por la casa que me haré’ Entonces me enojé y le dije: ¿Y para esto has venido desde tan lejos? ¿No piensas en otra cosa más que en la dote, en riquezas y en tus ovejas? ¿No tienes un alma? Me respondió: ‘Para el alma hay tiempo. Ahora me urgen las ovejas y las bodas, porque es un buen partido y Esther empieza a envejecer.’

Entonces, si no me hubiera acordado de que Jesús dice que debemos ser misericordiosos con todos, me las hubiera pagado. Le dije unas cuantas palabras, como cuando empieza a bramar la tempestad…

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Santiago de Zebedeo observa:

–                       Y parecía que no querías terminar, pues ni siquiera respirabas. Las venas del cuello se te hincharon y parecían dos bastoncitos…

Tomás añade:

–                       El pastor se alejaba y tú seguías predicando. Menos mal que dices que no sabes hablar a la gente.  –y lo abraza diciendo- ¡Pobre Simón, qué furioso te pusiste!

Pedro replica:

–                       ¿Pero no tenía yo razón? ¿Qué es el Maestro? ¿El constructor de fortunas de todos los imbéciles de Israel? ¿El Paraninfo de las bodas de otros?

Mateo bonachonamente lo reprende:

–                       No te enojes, Simón. El pescado te va a hacer daño si lo comes con ese veneno.

Pedro responde:

–                       Tienes razón. Me parece gustar todo el sabor que tienen los banquetes de los fariseos, cuando como pan con miedo y carne con ira.

Todos se ríen.

Jesús sonríe y calla.

Terminan de cenar y Jesús dice:

–                       Y sin embargo hay que partir.

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Pedro pregunta:

–                       ¿A dónde Señor? ¿Con el hombre de las ovejas?

Jesús responde:

–                       No, Simón. A la casa de Lázaro. Regresamos a Judea.

Pedro exclama:

–                       Maestro, recuerda que los judíos te odian.

Santiago de Alfeo advierte:

–                       Hace poco querían apedrearte.

Mateo protesta.

–                       Pero, Maestro. ¡Esto es una imprudencia!

Judas de Keriot pregunta:

–                       No somos nada. ¿Verdad?

Tadeo dice:

–                       ¡Oh! ¡Maestro y hermano mío! Te conjuro en nombre de tu Madre y en nombre de la Divinidad que hay en Ti, que no permitas que los satanaces pongan su mano sobre tu persona, para impedirte hablar. Estás solo. Demasiado solo contra todo un mundo que te odia  y que en la tierra es poderoso…

Juan exclama:

–                       ¡Maestro! ¡Cuida tu vida! ¿Qué sería de mí, de todos; si no te tenemos más?  -y tiene los ojos agrandados de un niño que tiene miedo y sufre.

Todos opinan que Jesús no debe estar cerca de Jerusalén y el amor los impele a impedir que se regrese a Bethania…

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Jesús dice.

–                       ¡Calma! ¡Calma! Sé lo que hago porque la Luz está en Mí. Tened en cuenta que mientras no llegue la hora de las tinieblas, nada me puede pasar. Cuando llegue esa hora; nada me podrá salvar de las manos de los judíos.

Ni siquiera los ejércitos e César. Porque lo que está escrito debe cumplirse y las Fuerzas del Mal ya están trabajando para cumplir su obra. Dejadme hacer lo que quiero: Hacer el bien mientras tengo las manos libres.

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Llegará la hora en que no podré mover un dedo, ni decir una palabra para hacer un milagro. El mundo se encontrará sin mi fuerza, lo que será una hora horrible y de castigo para el hombre. No para mí…  Para el hombre que no habrá querido amar. Hora que se repetirá por voluntad del hombre que habrá rechazado a la Divinidad hasta convertirse en un sin-Dios.

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Hora que vendrá cuando esté próximo el Fin del Mundo. La falta de fe activa, hará que no pueda hacer milagros.

No porque me falte el Poder, sino porque no se puede otorgar ningún milagro donde no hay Fe, ni voluntad de conseguirlo. Ahora todavía puedo hacer milagros y dar Gloria a Dios…

Vamos pues a casa de nuestro amigo Lázaro, que duerme. Vamos a despertarlo de su sueño, para que esté listo y pronto para servir a su Maestro.

Varios dicen:

–                       Si está dormido está bien.

–                       Terminará por curarse.

–                       El sueño es un buen remedio.

–                       ¿Para qué despertarlo?

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Jesús aclara:

–                       Lázaro ha muerto. Esperé a que muriera para ir allá…  No por sus hermanas, ni por él. Sino por causa vuestra. Para que creáis. Para que crezcáis en la   Fe. Vamos a la casa de Lázaro.

Tomás dice con tono fatalista:

–                       ¡Está bien! ¡Vamos pues! Moriremos todos como él. Y como Tú, que también quieres morir.

–                       ¡Tomás! ¡Tomás! Y todos los que estáis murmurando y protestando… Quien quiera seguirme no debe tener ansias por la vida, ni miedo a perderla. Os voy a decir cómo se conquista el Cielo. ¿Pero cómo podréis imitarme, si tenéis miedo de ir a Judea, vosotros a quienes no pasará nada? Sois libres de abandonarme…

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Pero si queréis quedaros, debéis aprender a desafiar al mundo, sus críticas, sus asechanzas, sus burlas, sus tormentos, para conquistar mi Reino.

Vamos pues a sacar de la muerte a Lázaro que ya tiene tres días durmiendo en el sepulcro, habiendo muerto la noche del jueves, cuando vino el criado de Bethania.

Habrá mucha gente. Los corazones quedarán conturbados. Lo prometí y mantengo mi palabra…

Santiago de Alfeo, pregunta temeroso:

–                       ¿A quién?

–                       A quién me odia y a quién me ama de un modo absoluto.  ¿No recordáis la disputa con los escribas en Cedes?…  Tuvieron la arrogancia de llamarme mentiroso, porque resucité a una hija apenas muerta y a un difunto de un día. Dijeron: “Pero no ha logrado rehacer a uno que esté ya descompuesto….

Y es verdad que solo Dios puede sacar del fango a un hombre. Y de la corrupción, rehacer un cuerpo.” Lo haré.

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En el mes de Casleu recordé a los escribas este desafío. Esto para quien me odia. Por otra parte a las hermanas les prometí absolutamente que premiaría su Fe, si continuaban esperando aún contra lo posible.

Las he probado en muchas cosas y han sufrido mucho. Soy el único que conozco sus sufrimientos en estos días. Y su perfecto amor.

En verdad os digo que merecen un gran premio, porque les angustia menos el no ver a su hermano resucitado, que el que me escarnezcan.

Vosotros creíais que Yo estaba absorto, cansado y triste… Estaba con ellas con mi espíritu. Oía sus gemidos y contaba sus lágrimas. ¡Pobres hermanas!

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¿Lloras, Simón? Sí. Tú y yo somos los más grandes amigos de Lázaro. Lloras de dolor por Martha y María. Por la muerte del amigo y también por la alegría de saber que pronto volveremos a verlo. Vamos a preparar las alforjas…

Zelote exclama:

–                       ¡Ya tiene varios días muerto!

Tomás grita:

–                       ¡Esto es un milagro!

Andrés:

–                       ¡Quiero ver que inventarán ahora, para seguir dudando!

Judas pregunta:

–                       ¿Cuándo vino el criado?

Pedro responde:

–                       La noche anterior al viernes.

–                       ¿Sí? ¿Y por qué no lo habías dicho?

–                       Porque el Maestro ordenó que no dijese nada.

–                       Así pues… Cuando lleguemos, ¿Serán ya cuatro días que esté en el sepulcro?

–                       Así es. Viernes tarde, un día. Sábado tarde, dos días. Esta tarde tres días. Mañana, cuatro… Bethania, cuatro días y medio…

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Mateo y los demás exclaman:

–                       ¡Poder Eterno!

–                       ¡Va a estar hecho pedazos!

–                       Estará…

–                       Deshecho por la corrupción…

–                       Quiero ver esto también y luego…

Santiago de Alfeo pregunta:

–                       ¿Luego qué Simón Pedro?

Pedro contesta muy ceremonioso:

–                       Y luego si Israel no se convierte, ni siquiera Yeové con sus rayos podrá convertirlo.

Sigue un largo silencio…

Luego se ponen a arreglar todo para la partida…

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

159.- UNA FE ABSOLUTA


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Antes de que el crepúsculo del ocaso, ilumine con sus luces maravillosas…  En el jardín de la casa de Lázaro; cuando el médico griego se ha ido…

Martha dice:

–                       ¿Qué hacemos María?

Magdalena responde:

–                       Obedezcamos al Maestro. Él nos dijo que lo mandásemos llamar después de la muerte y así lo haremos…

–                       Pero una vez que haya muerto, ¿De qué sirve tener aquí al  Maestro? Para nuestro corazón será un consuelo, ¡Pero para Lázaro!… Voy a enviar a un siervo a decirle que venga.

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María replica decidida:

–                       ¡No!…  Echarías a perder el milagro…  Él ordenó que supiésemos esperar y creer contra todo lo imposible. Y si lo hacemos así, veremos el milagro. Estoy segura…  Si no lo hacemos, Dios nos dejará con nuestra presunción, porque queremos hacer las cosas mejor que Él y no nos concederá nada.

Martha llora desesperada:

–                       ¿Pero no estás viendo cuanto sufre Lázaro? ¡No tienes corazón!…

–                       ¡Cállate!  -María la sujeta con fuerza y la sacude-  Lo amo y sé dominarme mejor que tú.  Mi corazón se despedaza, pero obedece…

–                       Nuestra madre antes de morir, me hizo prometerle que yo sería para Lázaro, una madre. Si ella estuviese aquí…

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–                       Obedecería al Maestro, porque fue una mujer buena.  Es inútil que trates de conmoverme. Dime claramente si quieres que fui yo quien mató a mi madre, por las aflicciones que le causé. Y te responderé: ‘Tienes razón’ Pero si quieres que te diga que está bien, que mandes llamar al Maestro, te respondo: ¡No! Y siempre te diré: ‘No’ Tú escuchas al maestro y pareces muy atenta mientras habla. Y luego te olvidas de lo que dijo…

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¿No ha afirmado siempre que amar y obedecer, nos hace hijos de Dios y herederos de su Reino? ¡Oh! En realidad es necesario ser absolutos como lo fui yo también en el mal, para poder saber y querer ser absolutos en el bien; en la obediencia, en la esperanza, en la Fe, en el amor…

–                       Pero permites que los judíos se burlen y hagan insinuaciones sobre el Maestro. El otro día los oíste…

–                       ¡Oh! ¿Todavía estás acordándote del revoloteo de esos buitres? Déjalos que escupan lo que traen dentro. ¡Qué te importa el Mundo!…  ¿Qué es este mundo en comparación a Dios?

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–                       Por lo menos hagámoslo saber al Maestro. Mandémosle decir que está agonizando sin agregar más…

–                       Como si Él tuviese necesidad de que se lo digamos. Él dijo: ‘Cuando haya muerto, hacédmelo saber’ ¡Y así lo haremos! No antes.

Martha llora desconsolada:

–                       Nadie se compadece de mi dolor. Y tú menos que nadie…

María grita:

–                       ¡Martha, no me chantajees!…  Deja de lagrimear así. No lo puedo soportar.

En su angustia se muerde los labios-  ¡Vamos a la casa!

En eso llegan los criados. Lázaro ha tenido otra crisis. Y corren hacia dentro…

Martha se retrasa y ordena a un criado:

–                       Ven conmigo.

El siervo la sigue al emparrado de los jazmines. Ella le habla segura y le da instrucciones precisas.

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Finaliza diciendo:

–                       Trata de hablar con Él. Solo con Él. Dile que tus patronas te mandan a decirle que Lázaro está muy enfermo. Que está por morir y que no resistimos más. Que venga inmediatamente por piedad,  ¿Has entendido bien?

–                       Sí, patrona.

–                       Después regresa pronto para que nadie note tu ausencia. Lleva una lámpara contigo para la oscuridad. Ve, corre, galopa, mata el caballo, pero regresa pronto con la respuesta del Maestro.

–                       Así lo haré, patrona.

El siervo se va y Martha entra en la habitación de Lázaro. Éste está en coma y próximo a la muerte. El agonizante tiene reflejos sin coordinación, independientes de la voluntad y la inteligencia que provienen del sufrimiento del cuerpo, del que mana sudor y temblores que sacuden los miembros esqueléticos y hacen que se contraiga. Y así llega la noche…

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Martha tiene las manos sobre el pecho. Levanta sus ojos con un gesto mudo, llenos de súplica y de confianza. Una sonrisa ilumina su cara. Los demás la miran sorprendidos…

María le dice:

–                       No veo porqué ahora que ya casi anocheció, debas estar contenta…

Y la mira detenidamente, con sospecha…

Martha no responde y sigue con la misma actitud.

Nicomedes entra a examinar al enfermo…

Cuando termina de hacerlo, dictamina:

–                       No puede negarse que no haya recobrado vigor. Está mejor que la última vez que lo vi. Pero no os hagáis ilusiones. No es más que la mejoría ficticia de la muerte. Estoy seguro de ello, como lo estaba antes. He regresado para hacérsela menos penosa. Y para ver el milagro… ¿Habéis hecho lo que os dije?

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Martha dice apresurada:

–                       Sí. Sí, Nicomedes.

Entonces Lázaro habla con voz imperiosa:

–                       ¡Martha! ¡María! ¿Dónde estáis?  Quiero levantarme. Vestirme. Decir al Maestro que estoy curado. ¡Debo ir a donde está el Maestro, a decirle que estoy curado! Un carro… ¡Pronto! Denme un caballo veloz…

Lázaro está sentado en el lecho, encendido de fiebre y trata de bajarse de la cama…

Maximino grita:

–                       ¡Está delirando!…

Lázaro continúa:

–                       “Vuestro perdón hará más que todo.” Él me lo prometió: ‘Ella será tu alegría’ y aquel día en que yo estaba enojado porque trajo hasta aquí su desfachatez, ¡Cerca del Santo!… ¡Qué palabras dijo para invitarla! La sabiduría y la caridad se unieron para mover su corazón… Además él vio que me ofrecía por ella, para su redención. ¡Quiero vivir para gozar junto con ella de su arrepentimiento! ¡Quiero con ella alabar al Señor!

Ríos de lágrimas, afrentas, amarguras. ¡Todo entró en Mí y me arrancó la vida por su causa!… ¡He ahí el fuego! Regresa con el recuerdo…  María de Teófilo y de Euqueria, mi hermana: la prostituta.

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Podía ser reina y se convirtió en fango que aún el cerdo pisotea. ¡Y mi madre que muere! Ya no poder ir más entre la gente sin tener que soportar sus burlas, ¡Por causa suya! ¿Dónde estás perversa? ¿Acaso te faltaba el pan, para venderte como lo hiciste? ¿Qué leche bebiste de la nodriza? ¿Lujuria?…  ¿Qué te enseñó la madre? ¿El pecado?…  ¡Largo! ¡Largo! ¡Deshonra de nuestra casa!…

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Lázaro parece un demente. Su voz es como un aullido desgarrador…

María, echada cual harapo en la tierra, llora ante la inexorable acusación del agonizante…

Que continúa implacable:

–                       Uno, dos, diez amantes. El oprobio de Israel pasaba de unos brazos a otros.  Su madre moría y ella se revolcaba gozosa en sus sucios amores. ¡Como una bestia!…

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¡Como un vampiro acabaste con la vida de tu madre! ¡Destruiste nuestra alegría! ¡Martha se ha sacrificado por ti! La hermana de una daifa no se casa. Yo… ¡Ah, yo! Lázaro, caballero hijo de Teófilo… ¡Los pilluelos de Ofel, me arrojaban sus salivazos!

“¡He ahí al cómplice de una adúltera y de una inmunda!” Me acusaban escribas y fariseos, sacudiéndose sus vestidos, para dar a entender que apartaban de sí el pecado, con el que yo estaba manchado a su contacto.

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“¡He ahí al pecador! ¡El que no castiga al culpable, se hace reo de su pecado!”  Me gritaban los rabinos cuando yo subía al Templo y sudaba bajo el fuego de las miradas de los sacerdotes… ¡El Fuego!

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 ¡Tú! Tú arrojabas el fuego que te consumía por dentro. ¡Porque eres un demonio, María! Porque eres una sucia. Eres anatema. Tu fuego prendía en todos porque era de muchos. Y había para los lujuriosos que parecían pescados atrapados en la red, cuando pasabas… ¿Por qué no te maté? En la Gehena arderé por haber dejado que destruyeses tantas familias y dieses tantos escándalos….

¿Quién fue el que enseñó?: “Ay de aquel por quien viene el escándalo” ¿Quién fue? ¡Ah!… ¡El Maestro! Quiero al maestro para que me perdone. Quiero decirle que no podía matarla porque la amaba… María era el sol de nuestro hogar. ¡No quiero vivir! Sino que me perdone, por dejar que viviera la escandalosa. Estoy ya en las llamas…

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¡Es el fuego de María! Me quema. En todos prendía… A unos para encender en ellos la lujuria. En otros el odio contra nuestra casa. Y en mí… ¡En mí para que mi cuerpo arda!… ¡Oh!

El Maestro no viene. Mi casa es un estercolero. Soy el más befado de todos. ¿Dónde está ella? ¡Ah! ¡Ahí está! La mujer de Israel. La hija de una santa, parece una hetaira pagana.

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Semidesnuda, ebria, necia… y a su alrededor… sobre el cuerpo desnudo de mi hermana, las miradas de sus amantes que sobre él se clavan… y ella ríe satisfecha al saberse admirada y deseada de tal forma.

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¡Oh! ¿Tienes el valor de presentarte ante mí, que muero deshonrado porque me has destruido? ¿Ante mí, que he ofrecido mi vida, como rescate de tu alma? Morir, sufrir no es nada. Con tal de que se salve, quiero morir diez, cien veces… ¡Oh, Altísimo Señor! ¡Morir todas las veces que quieras! ¡Soportar todos los dolores pero que se salve María!… Alegrarme con ella por una hora, ¡Pero que vuelva a ser pura!

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¡Limpia como era en su niñez! Gloriarme de ella, la flor de oro de mi casa. La airosa gacela de ojos suaves, el ruiseñor del anochecer, la amorosa paloma… ¡Quiero al Maestro para decirle que amo a María! ¡Ven María! ¡Tu hermano sufre mucho por ti! ¡Si te redimes, mi dolor se suaviza! ¡Oh! ¡Buscad a María! ¡Me muero! ¡Aire!… ¡Alumbrad!… ¡Me sofoco!…

El médico hace un gesto y dice:

–                       Es el fin. Después del delirio viene el sopor y luego la muerte.

María llorosa ha repetido varias veces:

–                       ¡Haced que se calle!…

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El agonizante sufre muchísimo. Tiene los ojos cerrados. Se contrae. Respira penosamente.

El tiempo pasa…

De repente Lázaro se contorsiona, se dobla, se suelta. Lanza el último respiro… Las hermanas gritan…

El médico dice:

–                       Ha muerto. Cuanto antes preparad el entierro, porque ya está descompuesto.

Cierra los párpados del difunto…

Maximino pregunta:

–                       Habrá que enterrarlo mañana antes del atardecer, porque sigue el sábado. ¿Dijisteis que el Maestro dijo que le tributasen los máximos honores?…

Martha responde:

–                       Así es. Encárgate de todo. Yo ya no puedo más.

Pasan las horas y el cadáver es preparado.

Cuando Martha lo ve, grita con un tono de reproche:

–                       ¿Por qué lo han cubierto así?

Maximino contesta con un tono de disculpa:

–                       Patrona… era un hedor horrible… Y al moverlo le salió sangre podrida por la nariz…

Las hermanas llorando, lo velan hasta el amanecer.

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Entonces llega el criado que Martha envió con Jesús.

Martha pregunta:

–                       ¿Dijo que vendría?

El siervo contesta:

–                       No patrona. Dijo: “Diles que estén tranquilas. No es una enfermedad mortal. Sino que es para la Gloria de Dios. Para que se manifieste su poder y sea glorificado en su Hijo. Diles que iré y que tengan Fe”

María pregunta:

–                       ¿Así dijo? ¿De veras? ¿Estás seguro?

–                       Patrona, yo me vine repitiendo estas palabras por todo el camino. Yo le dije: ‘Maestro, está muy grave. La gangrena le está haciendo caer la carne a pedazos y ya no come.’

Y Él me contestó: “No importa. Las cosas son como digo”

‘Pero, ¿Vas a ir?’

“Iré. Diles que iré y que tengan Fe. Una fe completa, ¿Entendiste? Te repito: una Fe absoluta. Vete. La paz sea contigo y con quién te envió.”

Y eso es todo, patrona.

María dice:

–                       Está bien. Estás cansado y ya es tarde… Cómo puedes ver, ya no hay nada que hacer.

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

 

158.- DONDE VUELAN LOS BUITRES…


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Cuando Jesús y Juan van por el camino, un jinete que va al galope los alcanza. Se detiene junto a un puentecillo, porque lo estorba una recua de asnos. Se voltea y los mira…  Hace un gesto de sorpresa. Baja de su silla y llevando al caballo por las riendas, regresa hasta donde están…

El jinete dice:

–                       ¡Maestro! ¿Qué haces aquí? Y solo con Juan.  –pregunta echando hacia atrás su capucho y dejando al descubierto su cara ligeramente morena y varonil.

Jesús contesta:

–                       La paz sea contigo, Mannaém. Quiero pasar el río. ¿Y tú a dónde vas?

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Mannaém explica:

–                       A Maqueronte. Ven conmigo. Iba al galope para llegar al albergue que hay en el camino de las caravanas. O si te parece, levantaré la tienda bajo los árboles del río. Traigo todo lo necesario en la silla.

–                       Es mejor así. Pero tú has de preferir ir al albergue.

–                       Te prefiero a Ti, mi Señor. Vamos pues. Conozco estas riberas como si fueran los corredores de mi casa. A los pies del collado de Gálgala, hay un bosque donde no soplan vientos. También hay muchas ramas para hacer fogatas. Allí estaremos bien.

Ligeros caminan hacia el lugar señalado. Cuando llegan al límite del bosque…

Mannaém dice:

–                       Voy a aquella casa. Me conocen. Pediré leche y paja para nosotros.

Pronto regresa seguido de dos hombres que llevan sendos manojos de paja sobre la espalda y una cubeta llena de leche.

Entran en el bosque sin hablar.

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Mannaém les dice que dejen la paja en el suelo y que se vayan. Luego enciende una hoguera. El fuego alegra y calienta.

Juan trae piedras y las pone cerca del fuego y pone la cubeta para que se caliente la leche.

Mannaém desensilla el caballo. Extiende la manta de lana suave de camello, la fija con estacas. Teniendo como respaldo el grueso tronco de un viejo árbol, tiende sobre la hierba una piel de oveja que traía en la silla…

Pone ésta también y dice:

–                       Maestro, ven. Un refugio de un jinete en el desierto, pero protege del rocío y de la humedad del suelo. A nosotros nos bastará la paja… Te lo aseguro Maestro que los tapetes preciosos, los baldaquines y los sillones del palacio; me parece que no tienen nada de bello en comparación de este trono tuyo, en esta tienda y en esta paja. Los suculentos platillos no se comparan con la leche y el pan, que juntos tomaremos aquí. ¡Me siento muy feliz, Maestro!

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Jesús responde:

–                       También Yo Mannaém. Y lo mismo Juan. La Providencia nos ha unido esta noche para que mutuamente nos alegremos.

–                       Esta noche, mañana y pasado mañana. Hasta no dejarte seguro entre tus apóstoles. Porque me imagino que te vas a reunir con ellos…

–                       Sí. Me esperan en la casa de Salomón.

Mannaém lo mira y luego dice:

–                       Pasé por Jerusalén y supe… Por Bethania y comprendí por qué no te detuviste ahí. Haces bien en irte a otras partes. Jerusalén es un cuerpo lleno de veneno y podredumbre. Más de  la que destruye a Lázaro…

–                       ¿Lo viste?

–                       Sí. Afligido por los dolores de su cuerpo y por las penas de su corazón que sufre por Ti.  Lázaro está muy desolado y está muriendo… También yo quisiera morir, antes que ver el Pecado de nuestros compatriotas…

Mientras alimenta el fuego, Juan pregunta:

–                       ¿Había excitación en la ciudad?

–                       Mucha. Está dividida en dos bandos. Se dice que pronto vendrá a Jerusalén el Procónsul. Antes de lo acostumbrado. Si es así, con seguridad  lo imitará Herodes…

Y esto es para mí un bien, porque así podré estar cerca de Ti… Con un buen caballo árabe, en poco tiempo se va de la ciudad al río. Si es que te quedas allá…

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Jesús dice:

–                       Sí. Allí me quedaré al menos por ahora…

Juan saca la leche caliente.

Jesús ofrece y bendice los alimentos. Cada quién moja su pan en la leche.

Mannaém ofrece dátiles dulces como la miel.

Juan pregunta sorprendido:

–                       ¿Pero dónde tenías tantas cosas?

Mannaém responde con una sonrisa en su hermoso rostro:

–                       La silla de un jinete es un pequeño mercado, Juan. Hay de todo para él y para el animal.  –piensa un momento y luego pregunta-  ¿Maestro, es lícito amar a los animales que nos sirven y que muchas veces son más fieles que el hombre?

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Jesús contesta:

–                       ¿Por qué esta pregunta?

–                       Porque hace poco se burlaron de mí algunos y me reprocharon, cuando me vieron cubrir con la manta que nos sirve ahora de tienda, a mi caballo sudado por la carrera.

–                       ¿No te dijeron algo más?

Mannaém mira cohibido a Jesús…

Y no responde.

Jesús dice:

–                       Habla con sinceridad. No es murmurar ni ofenderme, si me cuentas lo que te dijeron, para lanzar un nuevo puñado de lodo contra Mí…

–                       Maestro, Tú lo sabes todo. en realidad lo sabes y es inútil querer ocultarte nuestros pensamientos o los de otros. Sí…  Me dijeron: “Se ve que eres discípulo de ese samaritano. Eres un pagano como Él, que viola hasta el sábado para contraer la inmundicia y tú tocando animales inmundos.”

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Juan exclama:

–                       ¡Ah! ¡Sin duda fue Ismael!

Mannaém confirma:

–                       Así es. Él y otros con él. Les repliqué: “Comprendería que me llaméis inmundo porque vivo en la corte de Antipas y no porque cuido de un animal al que Dios creó.” En el grupo también había algunos herodianos. Y lo más sorprendente es que antes no se podían ver y ahora andan muy unidos. Y éstos me respondieron: “Nosotros no juzgamos las acciones de Antipas, sino las tuyas. También Juan el Bautista estuvo en Maqueronte, tenía trato con el rey y siempre permaneció justo.

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Tú por el contrario, eres un idólatra…” comenzó a apiñarse gente y me controlé, para no incitarla. Hace tiempo que algunos de tus falsos seguidores, la incitan a que se oponga contra quién te hospeda. Y hay otros que se imponen diciendo que son tus discípulos y que Tú los enviaste…

Juan pregunta inquieto:

–                       ¡Es demasiado! ¿Maestro, a dónde llegaremos?

Jesús contesta:

–                       No más allá de donde podrán llegar. Fuera de ese límite Yo caminaré solo y resplandecerá mi Luz. Y nadie podrá dudar de que Yo Soy el Hijo de Dios. Acercaos y escuchad. Primero echad más leña…

Agregan leña a la hoguera y los dos felices, se tiran sobre la gruesa piel de oveja, extendida a los pies de Jesús, que está sentado en la silla escarlata. Parecen dos niños junto a su papá.

Jesús habla extensamente de la Creación de los animales…

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De las plantas y del amor que se debe tener al Creador y a sus creaturas…

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Y finaliza diciendo:

–                       Tranquilízate pues, Mannaém. No es pecado el que hayas tenido compasión de tu caballo sudado que te sirvió. Pecado son las lágrimas que se hace derramar a sus semejantes y los amores desenfrenados que son ofensa ante Dios, digno de que el hombre lo ame solo a Él.

–                       ¿Peco por estar con Antipas?

–                       ¿Con qué fin estás? ¿Para gozar?

–                       No Maestro. Para velar por Ti y lo sabes…  Por este motivo iba ahora. Sé que han enviado mensajeros a Herodes, para incitarlo contra Ti.

–                       Entonces no es pecado. ¿No te gustaría estar mejor conmigo, compartiendo la pobreza de mi vida?

–                       ¿Y me lo preguntas? Tú sabes lo que hay en mi corazón. ¡Oh! ¡Si no fuera porque hay que escuchar los silbidos de las serpientes en su madriguera, yo estaría contigo! He comprendido en qué consiste tu Misión y ya no me apartaré de la justicia.

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–                       ¿Lo ves? Nada es inútil. Alabemos al Señor por sus obras que son una continua misericordia.

Jesús ora y se preparan para descansar, prometiendo que vigilarán por turno el fuego y el animal.

Jesús y Mannaém se acuestan sobre la paja y se envuelven en sus mantos.

Juan vela junto a la hoguera…

Al día siguiente…

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Un pomposo grupo de jinetes entra en Bethania, llamando la atención de todos los habitantes del pequeño poblado y levantando una ola de comentarios.

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–                       ¿Habéis visto?

–                       Los fariseos más notables.

–                       Casi todos los sinedristas.

–                       Van a la casa de Lázaro.

–                       Ha de estar ya muriendo.

–                       No puedo comprender por qué el Rabí no está aquí…

–                       ¿Y cómo quieres, si los de Jerusalén lo buscan para matarlo?

–                       Tienes razón. Yo creo que esas víboras vinieron para ver si está aquí.

–                       Alabado sea Dios que no está.

Aunque Martha está muerta de cansancio, no pierde su señorío al recibir visitas. Los lleva a un salón y ordena que les sirvan bebidas refrescantes, vinos exquisitos, frutas, dátiles, miel, etc.

Ella personalmente le ofrece al escriba Cananías, leche caliente con miel, mientras le dice:

–                       Esto te servirá para la tos. Te has molestado en venir, enfermo cómo estás y en un día tan frío. Estoy emocionada de veros tan bondadosos.

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Cananías responde:

–                       Es nuestro deber, Martha. Euqueria tu madre, fue de nuestra estirpe. Una verdadera mujer judía que nos honró a todos

Martha replica:

–                       Me llega al corazón la honra en que tenéis el recuerdo de mi madre. Referiré estas palabras a Lázaro.

Elquías, el maestro de la hipocresía, dice:

–                       Queremos saludarlo, ¡Un amigo tan bueno!

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–                       ¿Saludarlo? ¡No es posible! Está demasiado agotado…

–                       ¡Oh! ¡No lo molestaremos!

–                       No puedo permitirlo. De veras que no puedo. Nicomedes no quiere que se le moleste en lo más mínimo.

–                       Una mirada al amigo que está por morir, no lo puede molestar, Martha. ¡Sería muy triste que no se le pudiese saludar…!

Martha no sabe qué hacer. Mira a la puerta esperando una ayuda que no llega…  Los judíos ven su titubeo y…

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Sadoc el escriba, insinúa:

–                       Parece que nuestra venida te ha desagradado.

Martha lo niega:

–                       ¡No! ¡No! ¡En verdad! Tened en cuenta mi dolor. Hace meses que estoy junto a alguien que agoniza… Y no sé…

Elquías dice con tono significativo:

–                        ¿No nos estarás ocultando algo, verdad? Por eso no quieres que veamos a Lázaro. Y no nos dejas entrar a su habitación…

María aparece en el umbral diciendo:

–                       No hay nada que ocultar en la recámara de nuestro hermano.  No hay nada escondido. En ella solo está uno que agoniza… Tú Elquías y todos vosotros, sois un recuerdo que no agrada a Lázaro.

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Martha grita suplicante:

–                       ¡María!  – tratando de contenerla.

–                       No, hermana. Déjame hablar.  –se dirige a los demás-  Para quitaros cualquier duda, venga conmigo uno de vosotros… Si es que la vista de un agonizante no les desagrada y el hedor de su cuerpo, no le provoca náuseas.

Un herodiano pregunta con ironía:

–                       ¿Acaso no eres tú un recuerdo que causa dolor?  – poniéndose frente a María.

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María olvida su cansancio y con gesto majestuoso responde:

–                       Sí. También yo soy un recuerdo. Pero ya no causo dolor, como tú dices. Soy el recuerdo de la misericordia de Dios. Y al verme Lázaro está en paz, porque sabe que entrega su alma en las manos de la Misericordia Infinita.

–                       ¡Ja, ja, ja! ¡Tu virtud!… ¡Sólo al que no te conoce puedes mostrarla…!  -Y le hace un gesto provocativo… e invitador.

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–                       No vas a ser tú a quien se la muestre… Uno se convierte en lo que practica. En otro tiempo iba contigo y era como tú. Ahora voy con el santo y me he hecho honesta.

–                       Cosa destruida no se reconstruye, María.

–                       Tienes razón. Tú y todos vosotros. No podéis rehacer lo destruido. Tú que causas asco. Vosotros, que cuando sufría mi hermano lo habéis ofendido y ahora por un fin avieso, queréis hacer gala de que sois sus amigos.

Un fariseo exclama:

–                       ¡Vaya que eres audaz, mujer! Puede ser que el Rabí te haya arrojado muchos demonios, pero no te hizo mansa.

–                       Así es, Jonathás ben Anna… No me hizo débil, sino más fuerte de lo que puede ser un honesto. De lo que quiere ser, el que quiere volver al buen camino. Del que ha roto sus antiguas cadenas, para rehacer una nueva vida. ¡Ea! ¿Quién viene a ver a Lázaro?   -su tono es una orden.

Y a todos los domina con su valor intrépido.

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Martha está angustiada…

Elquías, con un suspiro hipócrita, dice:

–                       Iré yo.

Y se va con ella, a la habitación del enfermo.

Los demás le dicen a Martha:

–                       ¡Tu hermana!…

–                       Siempre con ese carácter.

–                       No debería…

–                       Tiene necesidad de que mucho se le perdone…

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Martha reacciona al latigazo de las palabras llenas de ironía:

–                       Dios la ha perdonado y con eso es más que suficiente. La vida que lleva ahora, es un ejemplo para todos…  -sus fuerzas se le acaban y termina el arrebato llorando-  ¡Sois unos crueles! ¡Con ella! ¡Conmigo! No tenéis compasión, ni del dolor pasado, ni del actual… ¿Para qué vinisteis? ¿Para ofender y causar dolores?…

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Sadoc dice con muy mala intención:

–                       Hemos venido a saludar al gran judío que muere. Y a daros un buen consejo: Mandad llamar al Maestro. Ayer también vinieron siete leprosos, a alabar al Señor, diciendo que los había curado. Llamadlo también para Lázaro…

Martha grita fuera de sí:

–                       ¡Mi hermano no está leproso!

Ismael ben Fabi dice:

–                       ¿No sabes dónde está? Si quieres te lo buscamos…

Magdalena regresa con Elquías… Aparece en la puerta de la sala en ese preciso instante…

Y grita:

–                       ¡No! ¡No es necesario! El Maestro dijo que debemos esperar contra lo imposible y solo en Dios. ¡Y así lo haremos!

Elquías se separa de ella y empieza a cuchichear con tres fariseos…

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Sadoc dice con ironía:

–                       Si está agonizando…

María replica:

–                       ¡Y qué! ¡Que se muera! No voy a oponerme al decreto de Dios y no desobedeceré al Rabí…

El herodiano le pregunta con sorna:

–                       ¿Y qué puedes esperar después de la muerte, pedazo de tonta?

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–                       ¿Qué cosa? ¡La vida!  -su voz es un grito de fe absoluta.

–                       ¿La vida? ¡Ja, ja, ja! Sé sincera. Sabes muy bien que ante una verdadera muerte, su poder es nulo. Y cómo eres una necia, amándolo; por eso no quieres que se llegue a saber.

Magdalena replica como un terrible ángel airado:

–                       ¡Largaos de aquí todos! ¡Afuera todos! En esta casa no hay lugar para los que odian a Jesús. ¡Afuera todos! ¡O haré que os echen como una banda de harapos inmundos!

Todos levantan con soberbia herida la cabeza y sueltan risitas llenas de veneno e hipocresía…

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Elquías dice:

–                      ¡Aunque el Nazareno te sacó siete demonios, no te quitó la audacia! ¡Eres demasiado atrevida!… ¡Ten cuidado cómo nos hablas!… Aunque entendemos que estés alterada por el cansancio de cuidar a Lázaro.  Regresaremos después…

Todos se van.

Más tarde, las dos hermanas acompañan a un anciano romano de porte majestuoso. Salen al jardín…

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Y María pregunta.

–                       ¿Qué pasa con nuestro hermano, Nicomedes? Lo vemos muy enfermo. Habla…

Nicomedes contesta.

–                       Vos sabéis que no os engaño. He hecho todo lo posible y vosotras lo habéis comprobado. Pero todo ha sido inútil. La enfermedad se ha extendido por todo su cuerpo. Lázaro está agonizando. ¿Por qué no llamáis al Galileo? Es vuestro amigo… Él puede. Porque todo lo puede. He examinado a personas que tenían enfermedades mortales y fueron curadas.

Una fuerza extraña sale de Él. Un fluido misterioso que reanima, que junta las reacciones dispersas y hace que se curen. No sé… También yo lo he seguido mezclado entre la multitud y he visto cosas maravillosas. Llamadlo…

Soy un pagano pero honro al Taumaturgo Misterioso de vuestro pueblo. Sería yo muy feliz de que Él pudiese lo que yo no…

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María replica:

–                       Él es Dios, Nicomedes. Por eso puede todo. La fuerza que dices que fluye de Él, es su Voluntad de Dios.

–                       No me burlo de vuestra fe. Más bien la espoleo para que llegue hasta lo imposible. Por otra parte… Es sabido que los dioses algunas veces han bajado a la tierra. Yo nunca hubiera creído… Pero como hombre y médico honrado que soy, debo afirmar que es verdad. Porque el Galileo hace curaciones que solo un dios puede hacer.

María insiste:

–                       No un dios, Nicomedes. El Verdadero Dios.

–                       Está bien. como quieras. Yo creeré en Él y me haré su seguidor si viere que Lázaro… resucita. Porque en su caso no se trata ya de curación, sino de resurrección. La barca de Caronte ya lo está esperando…

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Llamadlo pues y con urgencia. Porque si no me he vuelto un tonto, al máximo dentro de tres ocasos a partir de hoy,  habrá muerto.

Martha dice:

–                       No sabemos dónde está.

Nicomedes dice:

–                       Yo lo sé. Me lo dijo un discípulo suyo que iba a alcanzarlo y al que acompañaban unos enfermos, dos de los cuales eran pacientes míos. Está al otro lado del Jordán, cerca del vado.

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María exclama:

–                       ¡En la casa de Salomón!

–                       ¿Está muy lejos?

–                       No, Nicomedes.

–                       Entonces mandad un siervo y decidle que venga. Más tarde regreso y me quedaré para ver su poder en Lázaro. Animaos mutuamente.

El médico se despide y sube a su caballo.

Alexander

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

157.- PROVIDENCIA DE LA PROVIDENCIA


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Mientras el sol va bajando lentamente, el cielo se pinta de cobalto acompañando con mucho frío, el anochecer invernal… Y las primeras estrellas comienzan a asomarse.

Jesús apresura el paso y va directo a la ruina de la Torre de David. Entra en la gruta donde nació.

Juan cauteloso, entra en los establos que están a un lado.

Juan está contento y habla consigo mismo:

–                       Al menos aquí lo oiré… ¡Aquí nació! ¡Aquí viene a llorar su dolor!  -entre suspiros, continúa-  ¡Ah, Dios Eterno! ¡Salva a tu Mesías! Me tiembla el corazón, ¡Oh! Dios ¡Altísimo! Porque Él se aísla siempre, antes de emprender grandes cosas. ¡Oh! ¡Todo lo que dice lo tengo dentro!… Soy un muchacho tonto y poco es lo que comprendo. ¡Oh, Padre Nuestro! Pero yo tengo miedo. ¡Mucho miedo!…

Porque habla de muerte. De una muerte dolorosa. De traición…  De cosas terribles… ¡Tengo miedo, Dios mío! Da fuerzas a mi corazón, Eterno Señor. Fortifica mi corazón de muchachillo, como sin duda robusteces el de tu Hijo, para los futuros acontecimientos… ¡Oh que lo presiento! Para eso ha venido aquí. Para sentirte más que nunca y robustecerse con tu amor. Yo lo imito, ¡Oh, Padre Santísimo! Ámame y haz que te ame para tener la fuerza de padecer todo sin cobardía, para consuelo de tu Hijo.

DIOS PADRE CREADOR

Juan ora largamente. De pie, con los brazos en alto. Después sube al pesebre y se acurruca entre el heno, envuelto con su manto. Cansado, se queda dormido. Su respiración y el chasquido del arroyo, son los únicos rumores en esta noche de Diciembre.

Los discípulos pastores con Leví por delante, llegan y se asoman en la Gruta de Jesús. Luego se retiran silenciosos.

Simeón propone:

–                       ¿Porqué no quedarnos en el umbral de su Gruta, para verlo de vez en cuando? Por muchos años hemos estado bajo el rocío a la luz de las estrellas; cuidando los rebaños. ¿Y no podemos hacerlo para cuidar al Cordero de Dios? ¡Nosotros que fuimos los primeros en adorarlo en su primera noche!

Matías responde:

–                       Tienes razón. Pero, ¿Qué viste al asomarte? ¿Acaso al Hombre? ¡No! Sin querer hemos atravesado el umbral; al atravesar el triple velo que protege el Misterio.

Y hemos visto lo que ni siquiera el sacerdote ve al entrar en el Lugar Santísimo. En el Santo de los santos. ¡Hemos visto los inefables amores de Dios con Dios!

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No nos es lícito espiarlos otra vez. La Potencia de Dios podría castigar nuestras pupilas atrevidas; ¡Que han visto el éxtasis del Hijo de Dios!  ¡Oh! ¡Contentémonos con lo que tuvimos! Quisimos venir aquí, para pasar la noche en Oración, antes de irnos a nuestra misión. Orar y recordar aquella noche lejana…

En vez de eso, hemos contemplado el amor de Dios… ¡Oh! ¡Cuánto nos ha amado el Altísimo, al darnos la alegría de contemplar al Infante, de haber sufrido por Él y de anunciarlo…! ¡Cómo discípulos del Niño Dios y del Hombre Dios!  Ahora nos ha concedido este Misterio… ¡Bendigamos al Padre Santísimo y no deseemos más!…

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Los pastores responden:

–                       Hablas sabiamente.

–                       Te obedecemos.

Simeón pregunta:

–                       Pero qué penoso…  ¡Qué duro es resistir no verlo otra vez, estando tan cerca!  ¿Estará todavía como antes?

Todos comentan:

–                       ¡Quién sabe!

–                       ¡Cómo brillaba su rostro!

–                       ¡Más que la luna en una noche serena!

–                       ¡En su boca había una sonrisa divina!

–                       ¡De sus ojos descendían lágrimas!

–                       ¡Todo en Él era una plegaria!

–                       ¿Qué habrá estado viendo?

–                       ¡A su Eterno Padre!

–                       ¡Más que verlo, estaba con Él!

Leví dice extasiado también:

–                       ¡Y se amaban! ¡Ah!…

–                       ¡Maestro Santo! Más que la tierra ardiente de sed, Él tiene necesidad de sentirse amado; inundado del Amor de Dios. ¡Hay tanto Odio a su alrededor!

Matías, de pie, con los brazos extendidos, exclama:

–                       ¡Pero también amor! Yo quisiera… Lo haré. ¡El Altísimo me oye!  Me ofrezco y digo: “Señor, Dios Altísimo. Dios y Padre de tu Pueblo, que aceptas y consagras los corazones y los altares. E inmolas a las víctimas que te aguardan. Descienda como Fuego tu Voluntad y me consuma ahora víctima con tu Mesías, con el Mesías y por el Mesías; tu Hijo; mi Dios y Maestro. A Ti me encomiendo. Escucha mi plegaria.

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Todos se ponen a orar y las horas pasan lentamente.

El frío, que es más duro al amanecer, es un estimulante para combatir el sueño. Se ponen de pie y prenden unas ramas, intentando calentar los cuerpos que tiritan.

Leví, castañeteando de frío, pregunta:

–                       ¿Cómo la pasará Él, que no piensa hacer fuego?

Elías añade:

–                       ¿Tendrá comida?

Simeón:

–                       No tenemos más que nuestro Amor y un poco de alimentos. Y hoy es sábado.

José propone:

–                       ¿Saben qué? Pongamos todo muestro alimento en la entrada de la gruta y vámonos. Seremos la Providencia del Hijo que todo nos provee.

Daniel:

–                       Un pedazo de pan no nos faltará, antes de que llegue la tarde…

Benjamín:

–                       Sí. Hagamos una buena fogata para calentarnos. Luego le llevamos todo allá. Y nos alejaremos antes de que Él salga y nos vea…

Así lo hacen. Abren sus alforjas, sacan pan queso y manzanas. Y ponen todo a la entrada de la gruta, junto con un montón de leña. Luego se retiran y se van…

Es una mañana fría pero serena de invierno.  La helada ha blanqueado la hierba y hace parecer las ramas secas en preciosos joyeles cubiertos de perlas y diamantes…

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Juan sale de su cueva. Se ve muy pálido en su vestido color nuez y camina inseguro… Va al arroyuelo y bebe agua, usando las manos como taza… Se siente mareado y vacilante, camina hacia la gruta de Jesús.

Y en la entrada cae de rodillas diciendo:

–                       ¡Jesús Señor mío, ten piedad de Mí!

Jesús sale pronto:

–                       Juan, ¿Qué estás haciendo aquí? ¿Qué te pasa?

–                       ¡Oh, Señor mío! ¡Tengo hambre! ¡Hace dos días que no como nada! Tengo hambre y frío…

Jesús lo ayuda a levantarse y dice:

–                       ¡Ven!

Juan dice llorando:

–                       ¡No me castigues, Señor si te desobedecí!

Jesús sonríe y responde:

–                       Ya estás castigado. Estás como uno que se está muriendo. Siéntate aquí sobre esta piedra. Voy a hacer fuego y te daré de comer.

Jesús lo hace.

Calienta el pan con el queso y pone las manzanas entre las cenizas. Luego los da a su apóstol, diciendo:

–                       Come ahora y deja de llorar. Quisiera darte un poco de vino, pero no tengo. Anteayer al amanecer, encontré leña y alimentos. No había vino. Por eso no puedo dártelo.

Juan contesta:

–                       Me siento mejor Señor. No te aflijas. Te desobedecí y me separé de los compañeros. Respondí de mala manera a Judas de Keriot, que me advirtió que iba a cometer un pecado. Le contesté: “Ayer tú lo hiciste por tener noticias de tu madre. Ahora yo lo hago por estar con el Maestro, velar por Él  y defenderlo.” Fui un presumido. ¡Yo, pobre tonto; defenderte! Y luego quise imitarte. Me dije: ‘Sin duda que Él está en Oración y Ayuno. Haré lo que hace y por su misma intención.’ Y todo lo contrario…

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El llanto se convierte en sollozo, mientras la confesión de la debilidad humana de la materia que sofocó la voluntad del espíritu, sale de los labios de Juan:

–                       … Y todo lo contrario. Estuve durmiendo. Cuando amaneció me desperté y te vi lavarte en el río y volver aquí. ¡Comprendí que podían haberte capturado y yo no habría estado pronto para defenderte!

Luego quise hacer penitencia y ayunar, pero no fui capaz de hacerlo. Ayer tuve mucha hambre. Anoche no dormí nada por el hambre y por el frío… Y esta mañana ya no pude resistir más… ¡Soy un siervo necio y vil! Castígame, Señor…

Jesús mueve la cabeza y dice:

–                       ¡Pobre muchacho! Quisiera que todo el mundo tuviera estas culpas. Levántate y escúchame. Y tu corazón volverá a la paz. ¿Desobedeciste también a Simón de Jonás?

–                       No, Maestro. Nos dijiste que estuviésemos sujetos a Él. Cuando le dije lo que quería hacer, porque mi corazón no estaba tranquilo al verte partir solo, él me respondió: “Vete y que Dios vaya contigo” Los otros protestaron y Judas  más que los demás.  Me recordaron la obediencia y reprocharon a Pedro.

–                       ¿Reprocharon? Sé sincero Juan.

–                       Solo fue Judas quién le reprochó y quien me trató mal. Pedro me bendijo y dijo: ‘El Maestro perdonará, porque esto es por amor.’ Y me mandó detrás de Ti.

–                       Entonces de esta culpa, no tengo porqué absolverte.

–                       ¿Por qué es demasiado grave?

–                       No. Porque no existe.

–                       Siéntate otra vez aquí al lado de tu Maestro y escucha la lección…

002

Y Jesús le habla de la penitencia, de la tentación, del pecado y de la perfección…

Cuando termina, Jesús dice:

–                       Vámonos. Tomaremos el camino que lleva al Jordán, para evitar entrar en Jerusalén.

Y se van…

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HERMANO EN CRISTO JESUS:               

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA