161.- RESURRECCIÓN DE LÁZARO


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Jesús se acerca a Bethania. Los apóstoles exhaustos, a duras penas lo siguen pues Él camina rápido como si el Amor lo prendiese en alas de fuego. Una sonrisa brillante ilumina su rostro.

El sol de mediodía da tibieza con sus rayos en este martes tan especial.

Un chiquillo lo ve. Da un grito y deja la jarra con la que iba a la fuente por agua. Y corre al poblado.

Jesús toma un atajo para pasar por detrás del caserío y llegar a la casa de Lázaro sin llamar la atención.

Casi han llegado a la mitad del camino cuando el rapazuelo los alcanza. Los pasa corriendo y luego se detiene… Mira pensativo a Jesús que mientras lo acaricia…

Jesús le dice:

–                       La paz sea contigo, pequeño Marcos. ¿Huiste de miedo?

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Marcos contesta:

–                       No, Señor. Yo no tengo miedo. Como hace muchos días Martha y María enviaron a sus criados para ver si venías, ahora que te vi., corrí a anunciárselo…

–                       Hiciste bien. las hermanas preparan su corazón, para verme.

–                       No, Señor. Las hermanas no saben nada. ‘Ellos’ no quisieron que lo dijese. Cuando llegué al jardín dije: “El Rabí está aquí” y ellos me dijeron: ‘Eres un mentiroso o un tonto. Él no viene porque ya no puede hacer el milagro.’ Y como insistí en que sí eras Tú, me pegaron.

Y me echaron fuera diciendo: ‘Esto es para purificarte por haber visto un demonio’ Y yo te he estado viendo para convencerme si te habías convertido en demonio, pero… Eres siempre mi hermoso Jesús.

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Jesús se inclina y lo besa en los cachetes colorados en donde le pegaron y el niño se pone feliz.

Tadeo pregunta:

–                       Dime Marcos, ¿Quién te arrojó fuera? ¿Los criados de Lázaro?…

Marcos contesta:

–                       No. Los judíos. Vienen todos los días. Llegan temprano y se van tarde. ¡Hay muchos! Se portan como si fueran los dueños y maltratan a todos…

Continúan caminando lentamente y Jesús lleva de la mano al niño. Entran en el jardín…

Y se levanta un murmullo…

–                       ¡El Maestro!

Y se propaga como una ola.

Jesús avanza y todos se abren a un lado para dejarlo pasar. Y como nadie lo saluda, tampoco Él saluda a nadie.

Muchos de los reunidos lo miran con odio, con ira. Solo unos cuantos que lo siguen en secreto como Nicodemo y otros, no lo miran así. Pero son presas del respeto humano que les impide mostrarse como amigos. Lo único cierto es que ni amigos, ni imparciales, ni enemigos, lo saludan.

Jesús avanza en silencio. Majestuoso. Sin preocuparle la gente que lo rodea…

Martha sale de la casa, acompañada de Sadoc y de Elquías. Ve a Jesús y corre hacia Él. Se arroja a sus pies.

Se los besa y llorando dice:

–                       La paz sea contigo, Maestro.

Jesús responde:

–                       La paz sea contigo.  – y la bendice.

–                       Para tu sierva ya no hay paz. ¡Lázaro ha muerto! Si hubieras estado aquí, no hubiera pasado eso. ¿Por qué no viniste antes, Maestro?  -su voz tiene un cierto tono de reproche.

Los fariseos lo miran burlones.

Jesús está muy pálido y triste al oír a Martha.

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Ésta se seca la cara y dice:

–                       Pero aún ahora abrigo la esperanza, porque yo sé que cualquier cosa que pidas al Padre, Él te lo concederá.

Es una profesión dolorosa, heroica de Fe. Que brota con voz temblorosa, con el ansia en la mirada. Con la última esperanza que se estremece en su corazón.

Jesús dice:

–                       Tu hermano resucitará. Levántate, Martha.

Ella se levanta, pero sigue inclinada en señal de reverencia…

Y dice:

–                       Lo sé, Maestro. Resucitará en el último día.

–                       Yo Soy la Resurrección y la Vida. Quién cree en Mí, aunque haya muerto, vivirá. Quien cree y vive en Mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?

Jesús que había empezado hablando en voz baja solo a Martha, ha levantado la Voz  y proclama su poder de Dios. El hermoso timbre de su voz es como una campanilla de oro que resonase en el jardín…

Un temblor como de espanto, sacude a los presentes. Algunos se miran de soslayo y mueven la cabeza.

Martha se yergue y dice con voz clara:

–                       Sí Señor. Yo creo en esto. Creo que Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios Vivo. Y que ha venido al Mundo y que todo lo que quieres, lo puedes. Creo. Voy a llamar a María.  –y corre ligera hacia la casa.

Jesús se acerca a la fuente y se queda contemplando como se mueven los peces en el agua que el sol hiere.

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Los judíos lo observan e involuntariamente se han agrupado….

Frente a Jesús están sus enemigos, unidos por el Odio.

A un lado los apóstoles, a los que se han unido los judíos que no lo odian.

María sale y corre a sus pies, mientras llora fuerte y grita:

–                       ¡Rabonní!

Jesús le contesta:

–                       La paz sea contigo, María. ¡Levántate! ¡Mírame!…  ¿Por qué lloras igual que el que no tiene esperanza? ¿No te dije que debías esperar más allá de lo posible, para ver la Gloria de Dios? ¿Acaso tu Maestro ha cambiado para que te angusties así?

Pero María no escucha las palabras que la quieren preparar a la alegría que tanto ha esperado después de tanta amargura…

Magdalena grita:

–                       ¡Oh, Señor! ¿Por qué no viniste antes? Si hubieras estado aquí, Lázaro no hubiera muerto. ¿Por qué lo hiciste, Señor?  ¡Los que te odian se alegran de  lo que está pasando!

En la voz de María no hay reproche sino angustia….  La de la discípula que no puede ver disminuida la estima de su Maestro, amado.

Jesús dice:

–                       No llores, María. También tu Maestro sufre por la muerte del amigo fiel… Por haber tenido que dejar que muriera…

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Qué miradas de alegría envenenada, brillan en los ojos de los enemigos de Jesús!…  Lo creen vencido y se regocijan….

Mientras tanto en las caras de sus amigos, la tristeza aumenta…

Con voz más fuerte, Jesús dice:

–                       Yo te ordeno: ¡No llores! ¡Levántate y mírame! ¿Crees que Yo que tanto te he amado, lo haya hecho sin motivo alguno?…  ¿Crees que te haya causado este dolor inútilmente? Ven. Vamos a donde está Lázaro. ¿Dónde lo enterrasteis?

Se dirigen al lugar del sepulcro que está en los confines del huerto…

Jesús pasa ante Gamaliel, pero ninguno de los dos se saluda.

Gamaliel se une a los fariseos más estrictos, que están a unos cuantos metros de la entrada del sepulcro…

Jesús mira la pesada piedra con que está sellada la tumba. Y que es el obstáculo entre Él y su amigo difunto…

Y llora.

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El llanto de las hermanas aumenta y también lloran los amigos íntimos y los familiares. Luego…

Jesús se seca el llanto y ordena:

–                       Quitad la piedra.

Todos reaccionan con estupor y un murmullo recorre la multitud…

Algunos fariseos dicen:

–                       ¡Está loco!

Nadie cumple lo que Jesús ordena. Ni siquiera sus más fieles.

Jesús repite en voz más alta su orden y la gente se estremece de temor, en medio de dos sentimientos contrarios: el de huir y el de acercarse más, sin importarles el hedor del sepulcro.

Martha dice:

–                       No es posible, Maestro. Hace cuatro días que está allá abajo. Tu sabes como murió, solo nuestro amor pudo cuidarlo. Ahora hiede horrible pese a los aromas, ¿Qué quieres ver? ¿Su podredumbre?

–                       ¿No te he dicho que si creyeres, verás la Gloria de Dios? Quitad la piedra. ¡Lo ordeno!

Es la orden de un Dios.

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Se escucha un ¡Oh! En todos los pechos. El color huye de todas las caras. Algunos tiemblan de miedo.

Martha hace una señal a Maximino, el cual manda a los siervos que vayan a traer los instrumentos necesarios, para mover la pesada piedra. Así lo hacen y regresan con picos y fuertes palancas. Hacen rodar la piedra a un lado…  Y un hedor horrible sale de adentro; tan penetrante, que los hace retroceder a todos.

Jesús levanta sus ojos al Cielo.

Abre los brazos en forma de Cruz y ora con fuerte voz:

–                       Padre, te doy gracias por haberme escuchado. Sé que siempre me escuchas. Pero lo dije por estos que están aquí presentes. Por el pueblo que me rodea, pero que creen en Ti, en Mí y para que crean que me has enviado.

Jesús parece transfigurado como si estuviera en éxtasis, mientras ora adorando en silencio. Su cuerpo parece despedir luz… Así permanece por unos instantes… Luego vuelve a ser el Hombre, pero con una majestad impresionante.

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Se adelanta al umbral del sepulcro. Extiende sus brazos, que hasta ahora había mantenido abiertos en forma de cruz, hacia delante, en dirección al sepulcro. Sus ojos brillan con un fuego azul… El brillar del Milagro Inminente.

Con voz tan poderosa como no lo había hecho antes, grita:

–                       ¡Lázaro, sal fuera!

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La voz repercute en la concavidad sepulcral… Retumba dentro, sale, se extiende por el jardín y rebota en un eco que repite: ¡Afuera!… ¡Afuera!… ¡Afuera!…

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Todos se estremecen.

La curiosidad da lugar al miedo. Palidecen. Los ojos se agrandan. Las bocas se abren por el estupor…

Martha mira fascinada a Jesús.

María cae de rodillas a un lado de Jesús, en el umbral del sepulcro y tiembla por la emoción…

Una figura blanca emerge lentamente del fondo de la caverna…

Primero es una línea convexa, luego se hace ovalada… Y el que estuvo muerto, envuelto en sus vendas; avanza despacio. Cada vez más visible, parece un fantasma que se materializa en forma cada vez más impresionante.

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Jesús retrocede…

Retrocede al mismo tiempo que la forma blanca avanza. La distancia entre ambos es siempre la misma…

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María está paralizada por la alegría…

Lázaro ha llegado al umbral y se detiene. Yerto y mudo. Semejante a una estatua  de yeso. Es una figura larga. Delgada arriba. Delgada en las piernas. Ancha en el tronco. Macabra como la muerte misma.

Un espectro blanco de vendas que tiene por fondo, la concavidad oscura del sepulcro. Y bajo la luz del sol de mediodía que da sobre las vendas, destila podredumbre…

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Jesús ordena:

–                       Quitadle las vendas y dejad que camine. Dadle vestidos y comida. ¡Aquí! ¡Pronto! Traed un vestido. Vestidlo en la presencia de todos y dadle de comer.

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No se vuelve a mirar a nadie. Sus ojos miran solo a Lázaro.

A María que está cerca del resucitado, sin preocuparse de la repugnancia que todos experimentan al ver las vendas.

A Martha que jadea como si se le fuera a salir el corazón. Que no sabe si gritar o llorar de alegría…

Los siervos se apresuran a cumplir las órdenes.

Y mientras unos corren a traer lo ordenado, otros se arremangan las mangas, sueltan las vendas y cuidan de no tocar la podredumbre que cae…

Traen vestidos, agua caliente, palanganas, perfumes, tazones con leche, vino, frutas y hogazas con miel.

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Las vendas de lino, estrechas y larguísimas, se desenrollan como la cinta de una gran bobina y se juntan en el suelo. Son retiradas con palos. Han empezado por la cabeza. Quitan el sudario, las vendas y aparece la cara palidísima, flaquísima de Lázaro…

Tiene los ojos cerrados. Los cabellos y la barba pegajosos de ungüentos y podredumbre. Parece una gran crisálida. Cuando la figura humana emerge desnuda de la cintura para arriba, se ve la espalda huesuda, los brazos flaquísimos. Las costillas apenas protegidas por la piel. El vientre sumido… y conforme las vendas van cayendo y dejando el tronco libre, lo van lavando de la porquería y del bálsamo. Cambian constantemente el agua. Hasta que la piel se ve clara y limpia.

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Cuando limpian la cara de Lázaro y ya puede ver, mira a Jesús. Se olvida de lo que le rodea. Y con una sonrisa amorosa y un llanto contenido en sus profundos ojos, mira a Jesús y le sonríe…

Él también le sonríe y una lágrima se asoma en los hermosos ojos de color zafiro. Con la mirada, Jesús le hace una señal hacia lo alto.

Lázaro comprende y mueve sus labios en una plegaria silenciosa…

Martha piensa que quiere decir algo y le pregunta:

–                       ¿Qué quieres decirme, Lázaro mío?

Lázaro contesta:

–                       Nada, Martha. Daba gracias al Altísimo.

Su voz se oye fuerte y segura.

La gente lanza un ¡Oh! De asombro.

Ya que lo han limpiado hasta la cadera, le ponen una túnica corta. Hacen que se siente, para quitarle las vendas de las piernas y lavárselas…

Al verlas, Martha y María gritan señalándolas. Las piernas están cicatrizadas. Donde un tiempo hubo gangrena, sólo se ven las cicatrices de color rojizo…

Jesús sonríe a Lázaro.

Un Lázaro que se mira las piernas curadas y luego sigue mirando a Jesús. Parece que no se saciara de mirarlo…

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Los judíos, fariseos, saduceos, escribas y rabinos, se adelantan cautelosos para no mancharse sus vestiduras. Miran de cerca de Lázaro. Miran de cerca de Jesús.

Jesús y Lázaro… Ellos no se preocupan de nadie…  Se miran mutuamente.

Los siervos ponen las sandalias a Lázaro.

Éste se pone de pie. Ágil, seguro. Toma la vestidura que María le alarga, se la pone y se la ciñe a la cintura. Se ajusta los pliegues. Se lava las manos y los brazos hasta el codo. Y luego, con el agua limpia se lava la cara, hasta que siente que ya no tiene nada. Se seca los cabellos y la cara. Da la toalla al siervo y se dirige a donde está Jesús. Se postra. Le besa los pies y lo adora.

Jesús se inclina. Lo levanta y lo estrecha contra su pecho.

Le dice:

–                       Bienvenido, amigo mío. La paz y la alegría sean contigo. Vine para realizar tu feliz suerte. Levanta tu cara para darte el beso de saludo.

Jesús lo besa en las mejillas.

Y mientras los familiares y amigos lo saludan, Jesús va con los criados que tienen la comida.

Toma una hogaza con miel, una manzana, un vaso con vino. Los ofrece y los bendice. Y luego los da a Lázaro.

Éste los come con mucho apetito.

Jesús que parece no estar viendo más que a Lázaro, demuestra que no pierde un detalle de lo que sucede a su alrededor…

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 Sadoc, Elquías, Cananías, Félix,  Doras y otros sinedristas; están realmente furiosos y a punto de irse…

Jesús dice en voz alta:

–                       Espera un momento, Sadoc. Tengo que decirte una palabra a ti a los tuyos…

Todos se paran con aire de delincuentes…

José de Arimatea se sobresalta de miedo.  Sabe de lo que son capaces, los buitres del templo… Y hace señal a Zelote de que detenga a Jesús.

Pero es inútil. Porque Él se dirige al grupo y los apostrofa:

–                       ¿Te basta lo que has visto, Sadoc? Un día me dijiste que para creer teníais necesidad tú y tus iguales de ver rehacerse un cadáver corrompido. ¿Estás satisfecho con la podredumbre que viste? ¿Eres capaz de negar que Lázaro estuvo muerto, que ahora vive, que está sano como hacía muchos años no lo había estado?

Nadie contesta.

Y Jesús continúa:

Lo sé. Vinisteis a probar a éstas. A causarles más dolor y a sembrarles la duda. Vinisteis a buscarme esperando encontrarme escondido en la habitación del agonizante. Vinisteis no porque os hubieran movido el amor y el deseo de honrar al difunto. Sino para aseguraros de que Lázaro estaba realmente muerto.

Y habéis seguido viniendo para regocijaros, cuanto más el tiempo pasaba. Si las cosas hubieran salido como esperabais, lo que creíais ya seguro, hubierais tenido razón en alegraros. El amigo que cura todos; pero no cura al suyo. El Maestro que premia la Fe de todos, pero no la de sus amigos de Bethania. El Mesías impotente ante la realidad de una muerte. Esto era el incentivo de vuestra alegría… Pero ved que Dios os dado la respuesta. Ningún profeta había podido jamás juntar lo que estaba deshecho, además de muerto. Dios lo ha hecho.

Jesús extiende su mano señalando a Lázaro…

Y declara victorioso:

–                        He ahí el testimonio viviente de lo que Soy… 

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     Un día, Dios tomó un poco de lodo. Le dio forma, sopló en Él y se convirtió en hombre.

Fui Yo quien dije:Hágase el hombre según nuestra imagen y semejanza” Porque yo Soy el Verbo del Padre.

Hoy, Yo el Verbo dije: a lo que era menos que lodo. A la corrupción: ‘Vive’ y la corrupción volvió a convertirse en carne.

En carne perfecta, viva, palpitante. Os está viendo. Allí está….

Y a la carne junté el alma, que hace unos días estaba en el Seno de Abraham. Lo volví a llamar porque quise. Porque todo lo puedo Yo, el Viviente. Yo, el Rey de reyes a quien están sujetas todas las creaturas y las cosas. ¿Qué respondéis? …

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Cual un Juez, como Dios que Es; está delante de ellos…  derecho, alto y majestuoso.

Jesús insiste:

–                       ¿No os basta esto para creer? ¿Para aceptar lo que no puede desmentirse?

Sadoc replica agriamente:

–                       Has cumplido solo una parte de la promesa. Esto no es la señal de Jonás…

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–                       También esa se os dará. Lo he prometido y lo mantengo. Hay otro aquí presente que espera otra señal y la tendrá. Y cómo es recto la aceptará. Vosotros no. Vosotros permaneceréis en lo que sois.

Jesús da media vuelta y ve a Simón Boeto el sinedrista, el hijo de Eliana. Lo mira fijamente, se le acerca…

Y le dice en voz baja:

–                       ¡Es bueno para Ti que Lázaro no recuerde su estadía entre los muertos! ¿Qué hiciste de tu padre Caín?…    

Simón huye con un grito de miedo, que luego se transforma en un aullido… De maldición:

–                       ¡Maldito seas, Nazareno!

Jesús responde:

–                       Tu maldición ha llegado al Cielo y de allá el Altísimo te la lanza. Estás marcado con la señal. ¡Desgraciado! …

El grupo lo mira casi aterrorizado.

Jesús mira a Gamaliel que se dirige hacia la salida y sin detenerse le dice:

–                       ¡Prepárate! ¡Oh! ¡Rabí!…  ¡Pronto tendrás la señal! ¡Nunca miento!…

Los judíos están atolondrados por lo sucedido y por la ira. Miran con Odio infinito a Jesús. Hablan y discuten entre sí. Al alejarse saboreando la dura derrota que ya no son capaces de ocultar bajo una apariencia hipócrita de amistad y el objeto de su presencia.

Y se van sin despedirse, ni de Lázaro, ni de sus hermanas.

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Solo se quedan algunos que han sido conquistados por el portentoso milagro. Éstos se acercan a Jesús y lo adoran…

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Un rato después se despiden.

Lázaro, rodeado por sus más íntimos, entra en la casa.

Poco a poco todos se van.

Jesús mira a su alrededor. Ha quedado solo, en medio del inmenso jardín. Ve que salen humo y llamas en el fondo, en dirección al sepulcro. Se sienta en una banca de piedra y su rostro se nubla…

Mientras dice:

–                       Arde la podredumbre que el fuego destruye. La podredumbre de la muerte… pero la de los corazones. La de ‘esos’ corazones ningún fuego la destruirá… ¡Oh! Ni siquiera el Fuego del Infierno.

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Será eterna… ¡Qué horror! Más que la muerte. Más que la corrupción. Y… ¿Quién te salvará? ¡Oh, linaje humano! ¿Si tanto te gusta la corrupción? La amas. Y Yo… Yo he arrancado del sepulcro a un hombre con una palabra…

Y con un mar de ellas… Con un océano de dolor; no podré arrancar al hombre del Pecado… a los hombres. A millones de hombres… 

Totalmente abatido, se cubre el rostro con las manos…

Pasa un siervo y lo ve. Corre adentro de la casa. Luego sale María y se acerca ligera… lo contempla y…

Magdalena le dice quedito:

–                       Rabboní. ¿Lloras, Maestro? ¿Por qué?

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Jesús la mira. No responde. Se levanta y camina hacia la casa.

María lo acompaña.

Martha los recibe llena de alegría y dice a Jesús:

–                       Lázaro fue a bañarse para limpiarse bien. ¡Oh, Maestro!…

Se postra y lo adora con todo su ser…Nota su tristeza y…

Martha le pregunta:

–                       ¿Estás triste Señor? ¿No estás feliz de que Lázaro?… –Le llega una sospecha- ¡Oh! ¡Estás irritado contra mí! ¡Pequé!… ¡Es verdad!

María confirma:

–                       Pecamos hermana.

Martha la defiende:

–                       No. Tú no. Maestro, María no pecó. María supo obedecer. Yo fui la que te desobedecí. Te mandé llamar porqué… Porque no podía soportar, que insinuasen que no eres el Mesías. Perdóname, Jesús.

Jesús pregunta:

–                       ¿Y tú no hablas María?

–                       Maestro, yo…

María se angustia y dice a su hermana:

–                       ¡Martha!…  Jura aquí ante el Maestro que jamás dirás a Lázaro, lo que dijo en su delirio.  –luego se vuelve a Jesús-  ¡Oh, Dios mío! ¡Cuánto me has amado, Tú que me perdonaste!…  Tú Dios puro. Tú… Mi hermano que me ama tanto, pero es solo un hombre…  ¡En el fondo de su corazón no ha perdonado! No ha olvidado mi pasado. Y cuando la agonía debilitaba sus fuerzas y entorpecía su bondad, él gritó su dolor y su desdén contra mí… ¡Oh!…

Y María llora inconsolable…

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Jesús le dice:

–                       No llores María. Dios te ha perdonado y ha olvidado… El alma de Lázaro ha querido perdonar y olvidar. El hombre no ha podido olvidar y por eso…

–                       No estoy enojada, Señor. Esto me sirvió para amarte mucho más y amar mucho más a Lázaro…

–                       Pobre María. Conozco tu corazón. Has merecido el milagro y que te confirme en esperar y creer.

–                       Maestro, mío. Esperaré y creeré siempre. No dudaré jamás. Viviré de Fe; porque me has dado la capacidad de creer en lo increíble y comprobar lo imposible…

–                       ¿Y tú Martha? ¿Has aprendido? No. Todavía no…  Eres mi Martha pero no me adoras completamente. ¿Por qué te entregas a la actividad y no a la contemplación? No supiste obedecer, porque no supiste creer y esperar. Porque no has sabido amar totalmente… Yo te perdono. Te absuelvo, Martha. Sed felices y gozad de la paz. Perdonad a quienes os ofendieron. Ya viene Lázaro. Oigo su voz…

Lázaro entra. Trae la barba rasurada. Los cabellos peinados y perfumados. Su apariencia es impecable, como siempre. Se adelanta y se arrodilla adorando a Jesús, que le pone las manos sobre la cabeza…

Y sonriente le dice:

–                       La prueba ha sido superada, amigo mío. La superasteis tú y tus hermanas. Sed ahora felices y fuertes, para servir al Señor. ¿Qué es lo que recuerdas de tus últimas horas?

Lázaro responde:

–                       Un gran deseo de verte y gran paz. Con el amor de mis hermanas.

–                       ¿Qué fue lo que más te dolía dejar al morir?

–                       A Ti, Señor. A mis hermanas. A Ti, porque no podía servirte. A ellas, porque me han brindado toda clase de alegrías. La enfermedad fue muy dolorosa y espero haber expiado las culpas del viejo Lázaro.

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Y haber resucitado purificado, para ser digno de Dios. Tú, María y yo; los dos resucitados para servir al Señor. Y entre los dos, Martha, que siempre ha sido la paz de nuestro hogar.

–                       ¿Lo oyes, María? Lázaro habla sabia y verazmente. Ahora me retiro y os dejo con vuestra alegría…

Los tres hermanos suplican:

–                       No, Señor.

–                        Quédate aquí con nosotros.

–                        Quédate en Bethania. Será bello…

Jesús responde:

–                       Me quedaré, Martha. No estés triste. No me causaste ningún dolor. No estoy triste por causa vuestra. Sino porque quienes no quieren redimirse, cada vez odian más. Pues bien. Perdonemos…

Lázaro dice con su gran sonrisa llena de amor:

–                       Perdonemos, Señor.

 

HERMANO EN CRISTO JESUS:

 

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

 

 

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