Archivos diarios: 18/12/12

167.- SACERDOCIO DEL DOLOR


crepusculo

Los últimos rayos del día caen sobre el poblado, cuando llega Jesús con los apóstoles.

Los recibe una viejecita de ojos tiernos y llenos de melancolía.

Jesús la saluda:

–                       La paz sea contigo. No te daré mucha molestia.

María de Jacob contesta:

–                       Yo quisiera que caminases sobre mi corazón, para que al entrar a mi casa tus pies encontrasen todo delicado. Entra Señor y que Dios entre contigo.

Entran todos.

La casa es amplia como un hotel y vacía, como si nadie viviese en ella. Tuvo diez hijos y en su vejez, no le queda ninguno. Ella prepara las habitaciones que por tanto tiempo han estado cerradas.

El destierro a los confines de Judea, ha comenzado…

Al día siguiente, los apóstoles se organizan para la limpieza y las labores en la casa. Pedro y Santiago de Zebedeo regresan del arroyo con agua. Juan ha ido al bosque por la leña… Hace tiempo que no llueve y arde muy rápido.

Pedro dice:

–                       Bueno. Pese a que es muy temprano, nos han visto en el arroyo y en el bosque. Y pensar que yo fui allá, para no ir al manantial…

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Jesús pregunta:

–                       ¿Por qué Simón de Jonás?

–                       Porque en la fuente siempre hay gente que podría reconocernos y venir aquí…

–                       Hoy o mañana se enterarían. Porque vamos a quedarnos aquí…

Varios protestan:

–                       ¿Aquí?

–                       Pensábamos que solo estábamos de paso…

Jesús aclara:

–                       No es un lugar de paso. Nos quedaremos aquí por algún tiempo. De aquí solo partiremos cuando vayamos a Jerusalén para la Pascua…

Felipe comenta:

–                       ¡Oh! Yo pensé que cuando hablaste de lobos y de carniceros, te referías a esta región. Como es un lugar donde transitan pocos judíos y fariseos…

Varios apoyan:

–                       También nosotros pensamos lo mismo.

–                       Entendisteis mal. Esta no es la región de lobos y carniceros. Aun cuando en sus montes haya lobos de verdad. No me refería…

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Judas dice un poco irónico:

–                       ¡Acabáramos! Se comprende que para Ti que te llamas Cordero, los hombres sean los lobos. No somos unos tontos de remate…

Jesús contesta:

–                       No lo sois. Sólo que no queréis comprender mi Naturaleza, mi Misión y el dolor que me causáis por no trabajar con todas vuestra fuerzas en prepararos para el porvenir. Lo digo y lo enseño con mi ejemplo. Pero vosotros rechazáis lo que turba vuestro modo humano, haciéndoos oír presagios de dolor o que os exige esfuerzos contra vuestro modo de pensar.

Ahora os dividiré en dos grupos de cinco e iréis bajo la guía del jefe de cada grupo a las regiones cercanas, como cuando os enviaba las primeras veces. Acordaos de todo lo que os dije en aquella ocasión y ponedlo en práctica. Habrá solo una excepción: que ahora anunciaréis como próximo el día del Señor para que todos lo esperen.

Id llenos de caridad y de prudencia, libres de todo prejuicio. Sed buenos con los que inocentemente pagan las culpas de sus padres y los que los demás desprecian. Pedro será la cabeza Judas de Alfeo, Tomás, Felipe y Mateo. Santiago de Alfeo lo será del de Andrés, Bartolomé, Zelote y Santiago de Zebedeo.

Judas de Keriot y Juan, se quedan conmigo. Y así se hará desde mañana. Hoy vamos a descansar y a prepararnos. El sábado lo pasaremos juntos. Procurad estar aquí antes, pues volveréis a partir el domingo. Será el día en que mostremos nuestro amor mutuo. Ahora cada quién siga con vuestros quehaceres.

Se queda solo y Él se retira a una habitación en el fondo del corredor.

La casa resuena con pasos y voces, aun cuando cada quién está en su propia habitación.

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La viejecita se encarga de hacer el pan y llora de felicidad al ver su casa llena, como cuando vivían sus hijos…

Jesús, pasado algún tiempo sale y sube a la terraza. Meditando se pasea y de vez en cuando, contempla lo que lo rodea.

Se le acercan Pedro y Judas de Keriot, con caras no muy alegres.

Jesús les dice:

–                       Venid aquí y mirad que bello panorama.

Conversan alabando lo que sus ojos contemplan. Al ver el largo espacio cubierto de viñedos, de olivos, de almendros y de huertos frutales…

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Judas exclama:

–                       Parece como si estuviera yo en mi ciudad.

Pedro dice:

–                       Aquí, el arroyo está en lo alto y la ciudad abajo. Abundan los viñedos. ¡Qué bello!

Judas pide:

–                       No me gusta estar aquí. ¿Por qué no me dejas ir con los otros?

Jesús deja de mirar el paisaje y pregunta:

–                       ¿No te gusta estar conmigo?

–                       Contigo, sí. Pero no con esos de Efraím. ¡No soporto a los samaritanos!

Pedro dice con tono de reproche:

–                       ¡Qué bonito razonamiento! ¿Y a poco nosotros que iremos por Samaría o por la Decápolis, vamos a ir entre gente santa?

Judas no responde.

Jesús dice calmadamente:

–                       ¿Qué te importa quién esté cercano a ti, si sabes amar todo a través de Mí? Ámame en el prójimo y todos los lugares te serán iguales.

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Judas no le responde ni siquiera a Él.

Pedro suspira y dice:

–                       ¡Y pensar que tengo que ir!… ¡Tanto que me gustaría estar aquí! ¡Tanto!… pero tengo miedo a ser el jefe…

Jesús lo conforta:

–                       La obediencia hará que todo salga bien. lo que hagáis me agradará.

–                       Entonces… Si a ti te agrada a mí también. Pero mira, el sinagogo, los principales del lugar y su gente, han venido a darte la bienvenida y quieren que hables en su sinagoga. Nos abren sus corazones, sus hogares y te quieren oír.

–                       Vayamos a su encuentro. –dice Jesús.

El viernes siguiente, los diez cansados y polvorientos, regresan a casa. En cuanto la mujer abre la puerta,  preguntan:

–                       ¿Dónde está el Maestro?

María la anciana, contesta:

–                       Creo que está en el bosque. Siempre va a orar allí. Salió muy de mañana y aún no ha regresado…

Pedro grita exasperado:

–                       ¿Y nadie ha ido a buscarlo? ¿Qué están haciendo esos dos?

–                       No te excites. Entre nosotros está seguro, como si estuviera en casa.

–                       ¡Seguro, seguro! ¿Os acordáis del Bautista? ¿Estuvo seguro?

–                       No porque no podía leer el corazón de quién le hablaba. Si el Altísimo permitió que sucediese esto al Bautista, de seguro que no lo permitirá con su Mesías. Mejor que yo que soy mujer y samaritana, debes de creerlo tú.

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–                       ¿Dónde están Judas y Juan?

–                       Judas en la fuente. Juan fue a traer leña. Se acabó el agua y la leña, porque lavé vuestros vestidos para que os los llevéis limpios cuando partáis.

Tomás le pone una mano en su espalda flaca y encorvada y la acaricia…

Luego dice:

–                       Dios te lo pague, madre. Te molestas mucho por nosotros…

Ella sonríe mientras una lágrima asoma a sus ojos:

–                       ¡Oh! No es ninguna molestia. Es como si tuviera de nuevo a mis hijos…

Más tarde, Juan regresa cargado de leña y su sonrisa dulce, franca, juvenil, parece llenar de luz el corredor. Su voz resuena alegre al saludar a los compañeros. Todos lo quieren mucho. Aún Judas de Keriot… a veces. Pues con frecuencia se burla de él, lo envidia mucho y emplea palabras duras con él.

Lo ayudan a descargar su fardo y le preguntan qué en donde está Jesús.

También Juan se alarma por su tardanza, pero confiando en Dios, más que los otros…

Juan dice:

–                       Su Padre, lo preservará del Mal. Debemos creer en el Señor.  –y agrega- Venid. Estáis cansados y polvorientos. Ya tenemos preparada la comida y agua caliente. Los estábamos esperando. Venid, venid.

Cuando llega Judas con sus botes llenos de agua…

–                       La paz sea con vosotros. ¿Os fue bien en el viaje?

Al saludarlos, en su voz no hay amor. Hay un cierto dejo de burla y mucho descontento.

Mateo contesta:

–                       Sí. Comenzamos por la Decápolis.

Con muchísima ironía, Judas replica:

–                       ¿Por temor a que os apedreasen o a que os contaminaseis?

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Bartolomé responde:

–                       Ni por una, ni por otra cosa. Sino por prudencia de principiantes. Fui yo quien lo propuse. Que aunque no tengo nada que reprocharte, he encanecido con los pergaminos…

Judas no replica. Va a la cocina, donde comen los demás.

Pedro ve a Judas que sale y mueve la cabeza pero no dice nada.

Tadeo toma de la manga a Juan y le pregunta:

–                       ¿Cómo se ha portado en estos días? ¿Ha estado siempre inquieto? Sé franco…

Juan contesta:

–                       Lo soy Judas. Pero te aseguro que no causó ningún dolor. El Maestro casi siempre está separado. Yo estoy con la viejecita que es muy buena. Oigo al que viene a buscar al Maestro y yo se lo comunico. Judas va por el poblado. Se ha hecho amigos… ¡Qué queréis! Él es así… No sabe estar tranquilo como lo estaríamos nosotros.  –dice Juan con un suspiro.

Tadeo responde:

–                       A mí no me importa lo que haga. Me basta con que no cause ninguna aflicción.

–                       No  la ha causado. No molesta. Pero, ved al Maestro. Oigo su voz… Está hablando con alguien…

Y efectivamente, se oye la voz de Jesús y todos corren…

Jesús avanza entre las penumbras que caen, con dos niños en brazos y otro asido a su vestido. Y los consuela para que no  lloren.

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María de Jacob lo recibe:

–                       Que Dios te bendiga, Maestro. ¿De dónde regresas tan tarde?

Al entrar, Jesús responde:

–                       De con los ladrones. También yo he capturado a una presa. Caminé después del crepúsculo, pero espero que mi Padre me absolverá. Porque hice un acto de misericordia… Juan, Simón, tomad. Tengo los brazos que se me caen… Estoy cansadísimo…

Se sienta. Y sonríe cansado, pero feliz… Todos lo llenan de preguntas hechas al mismo tiempo.

Jesús explica:

–                       Fui en dirección a Jericó, por el camino que nos enseñaron. Llegué a tiempo para ayudar a estos pequeñuelos. Dadles de comer. Tenían miedo de los ladrones y Yo no llevaba alimentos conmigo. ¡Si hubiera encontrado por lo menos algún pastor! La proximidad del sábado dejó  desiertos los pastizales…

Judas observa cortante:

–                       Se comprende. Desde hace algún tiempo, somos los únicos que no respetamos el sábado…

–                       ¿Por qué dices eso? ¿Qué insinúas?

–                       Quiero decir que ya son dos los sábados que trabajamos después de la caída del sol.

–                       Judas. Tú sabes por qué tuvimos que caminar el sábado. El pecado no  siempre es de quién lo comete, sino también de quién obliga a alguien a que lo cometa. Y hoy… lo sé. Quieres decir que también hoy he violado el sábado. Te respondo que si el precepto del descanso sabático es grande. Mucho mayor lo es el del amor. No estoy obligado a justificarme contigo. Pero lo hago, para enseñarte la mansedumbre y la humildad.

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Y la gran verdad que ante la necesidad santa se debe aplicar la Ley, con libertad de espíritu… Fui  a evangelizar a los montes de Adomín porque allá también hay gente miserable, con lepra en el alma. Y esperaba regresar antes de la puesta del sol.

Unos ladrones encontraron a tres niños que lloraban a la entrada de un redil pobre de la llanura. Habían bajado a robar ovejas y decididos a matar, si el pastor se resistía.

En el invierno el hambre es dura en los montes. Y cuando la sufren corazones crueles, hace a los hombres más feroces que los lobos. Estos niños estaban ahí con un pastorcito, un poquito más grande que ellos y muerto del susto. Su padre murió repentinamente en la noche. Estaba  frío sobre la paja, cerca de las ovejas. Y de este modo los ladrones, en lugar de cometer un homicidio, encontraron a un muerto y a cuatro niños que lloraban…

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Los encontré cuando discutían sobre lo que tenían que hacer; pues habían dejado al muerto y traían consigo a los niños y a las ovejas. Y como aún en los más perversos suele haber algo de piedad, tomaron también consigo a los niños. Los más duros querían matar al pastorcillo de diez años; porque era un testigo peligroso. Los menos crueles, querían quedarse y  quedarse con  el ganado y devolverlo con amenazas. Pero todos querían quedarse con los niños.

–                       ¿Para qué? ¿Tienen familia?

–                       No. Su madre murió. Por eso su padre se los llevó en el invierno a los pastizales. Les hablé a los ladrones… Os aseguro que me comprendieron mejor que otros. Me dejaron a los niños y acompañarán al pastorcito a Siquem, a buscar a los hermanos de su madre. Estos niños estarán con nosotros, hasta que lleguen sus parientes…

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Judas pregunta riéndose:

–                       ¿Y le crees a los ladrones?

Jesús responde:

–                       Estoy seguro de que no dañarán al pastorcito. Son infelices. No debemos juzgar el motivo, sino tratar de salvarlos. Una acción buena puede ser el principio de su salvación.

Los niños comen con avidez lo que la anciana les ha servido: sopa y leche.

Jesús va a su alforja y saca un vestido y un manto…  Los valora y dice a la anciana María:

–                       Cuando se acabe el sábado haz con esto, tres vestidos pequeños…

Pedro protesta:

–                       Pero Señor, sólo tienes tres mudas. Si reglas una, ¿Con qué te quedas?…

–                       No te preocupes. Me quedan dos y son suficientes para el Hijo del hombre. María toma… Mañana después de que se ponga el sol, comenzarás tu trabajo y el Perseguido tendrá la alegría de haber socorrido al pobre, cuyas tribulaciones comprende.

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Pedro dice:

–                       ¡Cuánto dolor! Que nosotros suframos es justo. ¿Pero los inocentes?…

Judas sentencia:

–                       Eres un pecador, Simón. Reprochas a Dios.

–                       Seré un pecador, pero no reprocho nada a Dios. Maestro, ¿Por qué deben sufrir los pequeñitos? Ellos no han pecado.

Iscariote replica:

–                       Todos tienen pecados. Por lo menos el de origen.

Pedro no le contesta. Espera la respuesta de Jesús…

Jesús contesta:

–                       Simón. El dolor es la consecuencia de la culpa.

–                       Está bien. Entonces cuando quites la culpa, los niños no sufrirán más.

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–                       Sufrirán. No te admires de ello, Simón. Siempre habrá dolor y muerte sobre la tierra. Hasta los más puros sufren y sufrirán. Más bien, serán los que sufran por todos. Serán las hostias aceptables al Señor.  hostias

–                       ¿Por qué? No lo comprendo…

–                       Hay muchas cosas en la tierra que no se comprenden. Cuando la Gracia haya sido restituida a los hombres, hará que los más santos conozcan mejor las verdades escondidas…  Entonces se verá que los más santos querrán ser víctimas, porque habrán comprendido la Fuerza del Dolor…

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–                       ¿Entonces está bien que diga al que sufre, que el dolor no es un castigo, sino una gracia?

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–                       Lo puedes decir. Es la verdad. El dolor no es un castigo cuando se acepta y se hace uso de él rectamente. El dolor es como un sacerdocio al alcance de todos. Un sacerdocio que da un gran poder sobre el Corazón de Dios.

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Un gran mérito. Nacido con el pecado, sabe aplacar la justicia. Porque Dios sabe emplear para el bien, cuanto el odio ha hecho para causar dolor. Yo no he querido otro medio para borrar la culpa. Porque no hay un medio mayor que este…

–                       Entonces cuando suframos…

–                       Hay que ofrecer todo a Dios. Él nos dará la fuerza para soportarlo.- Jesús se vuelve hacia la mujer y agrega- María, el niño se está durmiendo, ¿Te lo llevas contigo?

María de Jacob contesta:

–                       Sí, Maestro. Mi lecho es grande ahora que duermo sola. También los otros están por dormirse y olvidar el dolor. Me los llevaré a la cama.

Toma al pequeñuelo de las rodillas de Jesús y se va seguida por Pedro y Felipe que llevan a los otros dos niños, para acostarlos en la cama…

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                       HERMANO EN CRISTO JESUS:

                       ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

166.- EL PASTOR PERSEGUIDO


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Los apóstoles no hablan. Caminan pensativos. La partida imprevista los ha desorientado. ¡Se sentían tan seguros ya! Están abrumados por la desilusión y la comprobación de lo que es el mundo y los hombres…

Jesús por su parte, aunque no sonríe; no camina triste, ni abatido. Va con la frente levantada en lo alto, delante de todos. Sin altivez y sin miedo. Camina como quien sabe a dónde va y lo que debe hacer. Camina como un valiente. Como un héroe a quien nada perturba, ni amedrenta.

Cuando Jesús se separa del camino principal y toma un camino secundario que lleva hacia el norte, los apóstoles se miran entre sí y comprenden que no van a Galilea, sino a Samaría. Pero no preguntan.

Llegan a una arboleda que hay en la colina y Jesús dice:

–                       Detengámonos aquí y comamos. Ya es mediodía.

Se acercan a un arroyo que lleva poca agua. Se sientan en unas piedras grandes que hay en la orilla y que están a la sombra de unos enormes sauces.

Jesús ofrece y bendice la comida.

Todos comen en silencio y pensativos.

La voz de Jesús los saca de sus meditaciones.

–                       ¿No me preguntáis a dónde vamos? La preocupación del mañana os ha dejado mudos. ¿O ya no soy vuestro Maestro?

Los doce levantan la cabeza. Son doce caras afligidas y atolondradas que miran el rostro impasible de Jesús y se oye solo un:

–                        ¡Oh!

Pedro habla en nombre de todos.

–                       Maestro, Tú sabes que para nosotros Tú no has cambiado. Sin embargo desde ayer estamos como si hubiéramos recibido un fuerte golpe en la cabeza. Todo nos parece un sueño. Y Tú… Vemos y sabemos que eres Tú. Pero nos parece como si te hubieses alejado de nosotros. Así nos sentimos desde que hablaste con tu Padre, antes de llamar a Lázaro.

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Desde que lo sacaste del sepulcro y lo resucitaste con la fuerza de tu Voluntad y tu Poder. Casi nos da miedo. Lo digo por mí… Luego nosotros… esta partida tan repentina como misteriosa.

Jesús pregunta:

–                       ¿Tenéis doble miedo? ¿Sentís el peligro que se os viene encima? ¿Creéis no tener fuerza suficiente para enfrentaros y superar la última prueba? Decidlo francamente. Todavía estamos en la Judea. Estamos cerca de los caminos que llevan a Galilea. Cualquiera de vosotros se puede ir si quiere. Y está a tiempo para no ser objeto del Odio del Sanedrín…

Los apóstoles al oír esto se turban. El que estaba tumbado sobre la hierba, se endereza. El que estaba sentado se pone de pie.  Luego se ponen alerta y…

Jesús continúa:

–                       Porque desde ahora Soy un hombre perseguido según la Ley. Tenedlo en cuenta. A esta hora va a leerse en todas las sinagogas, el bando de que soy el Gran Pecador. Y de que cualquiera que sepa dónde estoy, tiene la obligación de denunciarme al Sanedrín para que me cautive…

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Los apóstoles gritan. Algunos maldicen al Sanedrín. Otros invocan la justicia divina. Otros lloran. Otros se quedan como estatuas…

Jesús dice:

–                       Callaos. Escuchad: nunca os he engañado. He amado vuestra compañía, como si fuerais mis hijos. no os he escondido ni siquiera mi última hora. Mis peligros… Mi Pasión. Se trataba de cosas mías. Ahora tenéis que pensar en vuestra seguridad y en la de vuestras familias…

Os ruego que lo hagáis con libertad completa. No penséis esto a través del amor que me tenéis. Por el hecho de que os haya elegido. Y como os dejo libres de cualquier obligación para con Dios y para con su Mesías, imaginaos que es la primera vez que os encuentro y que después de haberme escuchado; decidiréis si os conviene o no, seguir al Desconocido, cuyas palabras os han conmovido.

Imaginaos que es la primera vez que me oís y que me veis. Y que os digo: “Ved bien que soy un Perseguido, que me odian. Que el que me ama y me sigue, es perseguido y odiado como Yo, en su propia persona, intereses, afectos. Ved bien que la Persecución, puede llevar a la muerte y a la confiscación de los bienes familiares.”

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Pensadlo bien y decidid. Os seguiré amando siempre, aunque me digáis: “Maestro, ya no  puedo seguirte…” Medirse y medir, es siempre una sabia providencia en las cosas pequeñas o en las grandes. Os amo a todos. Sé que mis discípulos puestos a prueba sin estar suficientemente preparados, tanto en el saber cómo en la reflexión; podrían no triunfar, como buenos atletas en el estadio. Repito: Reflexionad.

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Los verdugos se contentarán con capturarme. No os escandalicéis de vuestra debilidad. Os dejo en plena libertad de decidir entre vosotros. Voy a ir allá, entre aquel matorral, a orar. Uno por uno, vendrá a decirme lo que piense. Cualquiera que sea vuestra decisión… La bendeciré. Os amaré teniendo en cuenta el amor que me habéis dado.

Jesús se levanta y se va.

Los apóstoles quedan espantados, perplejos; conmovidos. Al principio, nadie se atreve a hablar.

Pedro es el primero en tomar la palabra:

–                       ¡Qué me trague el Infierno si lo abandono! ¡Estoy seguro de mí! ¡Aunque me atacasen todos los demonios que hay en la Genhna, con Leviatán al frente! ¡No me separaré de El por temor!

Felipe dice:

–                       Tampoco yo. ¿Voy a ser inferior a mis hijas?

Judas de Keriot afirma:

–                       Yo estoy seguro de que no le harán nada. El sanedrín amenaza. Pero lo hace para hacernos ver que todavía vive. Es el primero en saber que nada vale, si Roma no quiere. ¡Sus amenazas!…  ¡Es Roma la que condena!

Andrés le hace notar:

–                       Pero en cosas religiosas, el Sanedrín es el Sanedrín.

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Al escucharlo, le empieza a hervir la sangre al impulsivo Pedro y le replica en tono amenazador:

–                       ¿Tienes miedo hermano? Ten en cuenta que en nuestra familia jamás ha habido bellacos.

Andrés replica:

–                       No tengo miedo y espero poder demostrarlo. Tan solo respondí a Judas.

Judas de Keriot confirma:

–                       Tienes razón. El error del Sanedrín está en querer usar el arma política, para no decir y que no se le diga que levantó su mano contra el Mesías. Estoy seguro de ello. Les gustaría hacer caer al Mesías en Pecado. Y hasta lo han intentado, para hacerlo odioso a las multitudes. ¡Pero matarlo!…

¡Eh no! ¡Tienen demasiado miedo! Un miedo que no tiene comparación, porque lo llevan dentro. ¡Saben muy bien, que Él es el Mesías! Y tanto lo saben, que sienten que para ellos ha llegado el fin; porque vienen los tiempos nuevos.

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Quieren destruirlo. Pero, ¿Destruirlo ellos? No. Eso no puede ser posible. Por eso buscan una razón política; para que sea el Procónsul… Para que sea Roma, quien acabe con Él. Pero el Mesías no hace sombra a Roma y Roma no le hará ningún mal. El Sanedrín aúlla en vano.

Pedro pregunta:

–                       ¿Entonces tú te quedas con Él?

Judas contesta decidido:

–                       ¡Claro! ¡Más que todos!

Zelote dice:

–                       Yo no pierdo o gano nada, quedándome o yéndome. Tan solo tengo la obligación de amarlo y lo haré.

Bartolomé proclama:

–                       Yo lo reconozco como el Mesías y por esto lo sigo.

Santiago de Zebedeo afirma:

–                       También yo. Lo creí, desde el momento en que Juan Bautista me lo señaló.

Tadeo dice:

–                       Nosotros somos sus hermanos. A la Fe hemos juntado el amor de la sangre. ¿No es verdad Santiago?

Santiago de Alfeo responde:

–                       Desde hace años, Él es mi sol. Sigo su trayectoria. Si cae en el abismo que le habrán abierto sus enemigos, lo seguiré.

Mateo dice:

–                       ¿Y yo? ¿Puedo olvidar que me redimió?

Tomás exclama:

–                       Mi padre me maldeciría siete veces siete, si lo abandonase. Por otra parte, tan solo por el amor a María, yo no me separaría jamás de Jesús.

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Juan no habla. Está con la cabeza inclinada, abatido.

Los demás toman esta actitud como debilidad y le preguntan:

–                       ¿Y tú? ¿Eres el único en quererte ir?

Levanta su cara tan franca en sus gestos como en su mirada y clavando sus ojos azules en ellos dice:

–                       Yo estaba rogando por todos vosotros. Queremos hacer. Decidir por nuestras propias fuerzas… Y no nos damos cuenta de que al hacerlo así, dudamos de las palabras del Maestro. Si Él asegura que no estamos preparados, estará en los cierto. Si no lo hemos logrado en tres años, ¿Vamos a lograrlo en pocos meses?…  

Todos lo atacan como regañándolo:

–                       ¿Qué estás diciendo?

–                       ¿En pocos meses?

–                       ¿Qué sabes tú?

–                       ¿Eres profeta?

Juan contesta:

–                       No soy nada.

Judas de Keriot grita con rabia:

–                       ¡Y entonces!… ¿Qué sabes tú? ¿Él te lo dijo acaso? Tú no ignoras sus secretos…

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Juan le responde:

–                       Amigo. No me odies si comprendo que la tranquilidad se está acabando. ¿Cuándo será? No lo sé. Pero sí llegará el fin. Él lo dice. ¡Cuántas veces lo ha dicho!…  ¿Acaso no escuchamos? No queremos creer. El Odio de los otros, son la señal de que sus palabras son verdaderas…

Y por eso prefiero orar; porque no hay otra cosa que hacer. Pedir a Dios que nos haga fuertes. ¿No te acuerdas Judas que Él nos dijo que Él había orado a su Padre, para tener fuerzas en las Tentaciones? La fuerza viene de Dios. Yo imito a mi Maestro, como es razonable hacerlo…

Pedro le pregunta:

–                       ¿Entonces te quedas?

–                       ¿Y adonde quieres que yo vaya, si no me quedo con Él, que es mi vida y mi todo? Como solo soy un pobre jovencillo, el más necesitado de todos. Todo lo pido a Dios, Padre de Jesús y nuestro…

Pedro declara:

–                       Dicho está. Nos quedamos todos. Vamos a donde está. Ha de estar triste. Nuestra fidelidad lo contentará.

Jesús está orando de rodillas, con el rostro inclinado sobre la hierba. Se yergue al oír el ruido de las pisadas. Y mira a los Doce con una mirada seria y un poco triste.

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Pedro dice:

–                       Alégrate Maestro. Ninguno de nosotros te abandona.

Jesús advierte:

–                       Tomasteis muy pronto vuestra decisión…

Pedro reitera:

–                       Las horas y los siglos, no cambiarán nuestra decisión.

Iscariote proclama:

–                       Ni las amenazas nuestro amor.

Jesús los mira de uno por uno. Una mirada larga, profunda; que los Doce sostienen sin vacilaciones.

Su mirada se detiene de una manera muy especial en Judas, que lo mira a su vez, con más seguridad que todos los demás.

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Jesús abre sus brazos con un acto de resignación y dice:

–                       Vámonos. Todos vosotros habéis sellado vuestro destino.

Regresa a tomar su alforja y ordena:

–                       Tomemos el camino que nos indicaron que lleva a Efraím.

La sorpresa no tiene límites…

Y todos preguntan:

–                       ¿A Samaría?

–                       A los confines de Samaría. Juan también fue a esos  lugares, para vivir predicando al Mesías, hasta que llegase su hora.

Santiago de Zebedeo objeta:

–                       Sin embargo no se salvó.

–                       No busco salvarme, sino salvar. Y salvaré en la Hora Señalada. El Pastor Perseguido va a donde están las ovejas más infelices…

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Y con paso rápido se ponen en camino. Cuando llegan al arroyo que corre de Efraím al Jordán, Jesús llama a Pedro y a Bartolomé…

Les da una bolsa diciendo:

–                       Adelantaos y buscad a María de Jacob. Recuerdo que Malaquías me dijo que era la más pobre del lugar, pese a su gran casa. Ahí nos hospedaremos. Dadle suficiente dinero para que nos hospede sin molestias. Conocéis la casa. Tiene cuatro granados. Está cerca del puente que da al arroyo.

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Pedro y Bartolomé contestan:

–                       Los conocemos, Maestro.

–                       Haremos como ordenas.

Y rápidos se van.

Jesús los sigue lentamente junto con los demás…

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA