168.- EL DESTIERRO EN EFRAÍM

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A la mañana siguiente…

Es sábado. Los apóstoles están en el huerto de la casa y Jesús dice:

–                       Vengan. Vamos al arroyo. Celebraremos el sábado como lo hacen los hebreos  cuando están en lugares en donde no hay sinagogas.

Y toma de la mano a los niños. El más pequeño le pide que lo abrace como ayer.

Bartolomé propone:

–                       Dame al niño, Maestro. Tú debes estar todavía cansado de ayer.

Y cuando trata de tomar al niño, éste se prende al cuello de Jesús.

Judas exclama:

–                       Es testarudo como buen judío.

Bartolomé, que ha tomado de la mano al más grande y lo acaricia paternalmente, replica:

–                       No es verdad. Tiene miedo. Tú de hijos no sabes nada. Los pequeños así son. Cuando algo les pasa, buscan refugio en el primero que les sonríe.

Y se van siguiendo el curso del arroyo. Sus riberas son hermosas están tapizadas de florecillas. El agua es cristalina y corre entre las piedras. Se encuentran dos tórtolas bañándose y las ven cuando levantan e vuelo llevando en su pico una vedija para llevarla a su nido…

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El niño mayor dice:

–            Es para su nido.  Han de tener polluelos…

Baja la cabeza y llora quedamente.  Bartolomé lo toma en sus brazos, comprendiendo que hay una herida, que volvieron a abrir las tortolillas. Él, que tiene corazón de buen padre, suspira.

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El niño llora sobre su hombro. Y los otros dos niños al verlo se unen al llanto, llamando a su padre.

Iscariote observa:

–                       ¡Hoy será esto nuestra oración sabatina!  Mejor los hubieras dejado en la casa.

Pedro toma en sus brazos al mediano y dice:

–                       También yo tengo ganas de hacerlo. Son cosas que provocan llanto…

Zelote confirma:

–                       Son cosas que hacen llorar. Es verdad.

Judas dice con fastidio:

–                       El único que puede  consolar es el Maestro y no lo ha hecho.

Varios dicen al mismo tiempo:

–                       ¿No lo hizo? ¡Y qué más podía haber hecho! Convenció a los ladrones. Trajo cargando a los niños desde lejos. Ha hecho que se avise a sus familiares…

Judas exclama:

–                       Esas son cosas sin importancia. Él, que manda sobre la muerte pudo; debió bajar al redil y resucitar al pastor. ¡Lo hizo con Lázaro, que no le hace falta a nadie!..     Aquí se trata de un padre, viudo por añadidura. De niños que se quedan solos… ¡A éste es al que debió resucitársele! No te comprendo, Maestro.

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Pedro replica:

–                       ¡Y nosotros no comprendemos porqué eres tan irrespetuoso!

Jesús interviene:

–                       ¡Paz! ¡Paz! Judas no comprende. No es el único en no comprender las razones de Dios y las consecuencias del pecado. Tampoco tú comprendes porqué los inocentes deben sufrir, Simón de Jonás. No juzguéis a Judas que no comprende, por qué no resucité al padre de éstos. Si Judas reflexionara, él que siempre me echa en cara que vaya solo y lejos, comprendería que no podía ir… Porque el redil está en la llanura de Jericó. ¿Qué habríais dicho si hubiera estado ausente por tres días?

Judas insiste:

–                       Pudiste ordenar por tu voluntad que se resucitase el muerto.

–                       ¿Eres más empecinado que los escribas y los fariseos, que pidieron la prueba de un muerto corrompido, para aceptar que Yo realmente resucito a los muertos?

–                       Ellos la pidieron porque te odian. Yo te amo y quisiera verte pisotear a todos tus enemigos.

–                       Tu viejo y desordenado sentimiento de amor. No has sabido arrancar de tu corazón las viejas plantas, para sembrar nuevas. Al contrario; has robustecido tus ideas equivocadas. Muchos participan de tu error y no se transforman; porque no responden con una voluntad heroica a la ayuda de Dios y se negarán a morir…

–                       Estos como yo, también son tus discípulos. ¿Acaso ya arrancaron las viejas plantas?

–                       Por lo menos las han podado o injertado. Ni siquiera te has puesto a meditar si tus viejas plantas tienen necesidad de injerto. De ser podadas  o arrancadas. Eres un jardinero tonto, Judas.

–                       En lo que se refiere a mi alma. Porque de jardines sí sé.

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–                       Es verdad. Eres experto en lo que es terrenal. Yo quisiera que también lo fueras en las cosas del Cielo.

–                       ¡Tú Luz debería obrar en nosotros toda clase de prodigios!  ¿Acaso no es buena? Si hace fértil al Mal y lo robustece; es porque no es buena. Y es por su culpa que uno no se hace bueno.

Tomás protesta:

–                       Eso dilo por ti, amigo…  No veo que el Maestro me haya hecho más fuertes las malas inclinaciones.

Varios confirman:

–                       Tampoco yo.

–                       Ni yo.

Mateo le grita:

–                       Su poder me libró del mal y me hizo nuevo. ¿Por qué hablas así?… ¿No reflexionas lo que dices?

Pedro está a punto de hablar… Pero prefiere irse, llevando al niño en sus brazos. Imitando el balanceo de una barca para hacerlo reír. Al pasar toma por un brazo a Tadeo y lo lleva consigo. Y los invita a todos a ir hacia una cascada que está rodeada de flores y tiene una bella caída de agua. Los demás se le unen.

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Jesús se queda atrás, hablando con Judas…

Pedro pregunta a su hermano:

–                       ¿Pero todavía no acaba ése?

Andrés responde:

–                       El Maestro le está trabajando el corazón.

–                       ¡Eh! Es más fácil que yo haga producir higos en esta planta –Pedro toma un lirio de agua y lo muestra agregando-  a que en el corazón de Judas, pueda nacer la justicia.

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Mateo agrega:

–                       Y en su inteligencia.

Tadeo añade:

–                       Es un necio porque lo quiere y en lo que quiere.

Juan explica.

–                       Está enojado porque no lo mandan a evangelizar. Lo sé.

Pedro exclama.

–                       Por lo que a mí se refiere, si quiere ir en mi lugar… Yo no tengo ganas de andar de un lado para otro…

Santiago de Alfeo dice.

–                       Ninguno de nosotros lo quiere. Pero él sí. Mi hermano no lo quiere enviar. Se lo dije esta mañana, porque comprendo el malhumor de Judas y la razón. Pero Jesús me respondió: “Como es un corazón enfermo, lo tengo cerca de Mí. Los que sufren y los débiles tienen necesidad del Médico y de quién los sostenga.”  

Pedro dice:

–                       ¡Ea! ¡Niños! Venid muchachos. Cortemos cañas y hagamos barquitas con ellas. En lugar de pescados las llenaremos de flores… Aquí haremos el puerto…

Y chicos y grandes se ponen a jugar.

Pedro, con una paciencia sorprendente, consigue que sus caritas se alegren…  Hace un puerto y hace barquitas con cañas. Y con arena húmeda hace las casuchas. Lo único que se ha propuesto, es que los niños se alegren.

Luego el sienta y entre dientes murmura:

–            ¡Pobres creaturas!

Jesús llega y dice:

–                       Bueno. Aquí estoy. Hablemos ahora de Dios… Porque hablar de Él es prepararse para la Misión…- y entona algunos salmos en hebreo, a los que los apóstoles se unen. ..

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Los salmos terminan. Los apóstoles hablan entre sí.

Bartolomé dice:

–                       Cuando el corazón está turbado, Dios no habla.

Jesús responde:

–                       Pero las arpas son necesarias para tranquilizar a un corazón. Basta con tener caridad, que es el arpa espiritual y que produce melodías paradisíacas. Cuando un alma vive en la caridad, su corazón está tranquilo… Oye la voz de Dios y la comprende.

El niño mediano pregunta:

–                       ¿A dónde fue mi mamá?  ¿Arriba o abajo?

Mateo pregunta.

–                       ¿Qué quieres decir?

–                       ¿En dónde está? ¿Ha ido al río del Paraíso Eterno?

–                       Así lo esperamos, niño. Si ella fue buena…

Judas de Keriot responde con desprecio:

–                       ¡Era samaritana!…

El niño mayor  se angustia y dice:

–                       ¿Entonces para nosotros no hay Paraíso porque somos samaritanos? Entonces… ¿No tendremos a Dios con nosotros? Él lo ha llamado ‘Padre de todos’.

El mediano dice:

–                        A mí que soy huérfano me gusta pensar que todavía tengo padre… Pero si para nosotros no hay…  -y baja su cabecita afligido.

Jesús o consuela…

–                       Dios es Padre de todos, hijo mío. Para Mí no hay diferencia entre el espíritu de un judío y de un samaritano. Y dentro de poco ya no habrá divisiones entre Samaría y Judea. Porque el Mesías tendrá un solo pueblo que llevará su Nombre: Cristianos.  Y en el que estará en todos los que lo hayan amado.

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–                       Yo te amo, Señor. ¿Y me llevas a donde está mi mamá?

Jesús sonríe y lo besa… El niño se tranquiliza.

Jesús dice:

–                       Ahora vámonos. Hemos hablado de Dios y el sábado ha sido santificado…

Se ponen de pie y entonan unos salmos. Algunas personas de Efraím que escuchan los cantos se acercan y lo saludan:

–                       ¿Preferiste venir aquí, más bien que a nuestra sinagoga? ¿No nos amas?

Jesús responde:

–                       Ninguno de vosotros me invitó. Por eso vine aquí con mis apóstoles y estos tres niños…

–                       Tienes razón. Pero pensábamos que tu discípulo te habría comunicado nuestra invitación.

Jesús mira a los dos apóstoles que se quedaron con Él…

Judas dice:

–                       Me olvidé de decírtelo ayer. Y hoy por causa de los tres pequeños, lo volví a olvidar…

Jesús se va con los de Efraím. Y lo siguen los apóstoles…

Por la noche, Jesús está solo en su habitación. Sentado sobre la cama… Piensa u ora. Levanta su cara hacia el umbral de su habitación y ve a Pedro…

Jesús pregunta:

–                       ¿Tú? Ven. ¿Qué se te ofrece? Tenías que estar acostado, porque mañana te espera una larga caminata.  –y le invita a sentarse en el borde de la cama.

Pedro dice:

–                       Maestro. Vine a decirte que quisiera que me tuvieras contigo. No tengo ganas de ir de aquí para allá, cuando nos estás con nosotros.  Me siento incapaz de obrar. Dame gusto, Señor.

Pedro habla con vehemencia. Pero con los ojos clavados en el piso.

Jesús lo incita:

–                       Mírame, Simón. Sé sincero. No es murmurar decir a tu Maestro la otra parte de tu pensamiento.

–                       ¡Oh, Maestro! ¡Veo que sabes todas las cosas y comprendo que no es   murmurar, si te pido que envíes a Judas en mi lugar, porque él se siente muy mal, si no va! Te lo digo, no porque sea envidioso y que yo me escandalice de él; sino para que esté en paz… Y para que también Tú lo estés. Pues debe de ser muy pesado para Ti tener siempre cerca, a ese viento de tempestad…

–                       ¿Se ha quejado Judas?

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–                       Sí. Ha dicho que cada palabra tuya es una bofetada para él. Hasta lo que dijiste por los niños… dice que a propósito dijiste por él, que Eva se había acercado al árbol… Porque le gustaba esa cosa que brillaba, como una corona de rey. Realmente yo no había reparado en semejante comparación. Bueno… Yo soy un ignorante.

Bartolomé y Zelote dijeron que Judas recibió un buen golpe, porque anda ciego detrás de todo lo que brilla y atrae su vanagloria. Ha de ser así. Porque ellos son hombres de saber. Sé bueno con tus pobres apóstoles, Maestro. Da contento a Judas de ir y a mí, el de quedarme contigo. Lo viste. Yo solo soy capaz de hacer que los niños se diviertan… Y de comportarme como un niño contigo.

Pedro abraza a Jesús, a quién ama con todas sus fuerzas.

Jesús contesta:

–                       No puedo darte gusto. No insistas…  Tú por lo que eres irás a misión. Él, por lo que es, se queda aquí. También Santiago me habló de ello y aunque lo quiero mucho, le dije que “No”

Ni aunque me suplicase mi Madre, cedería. No es un castigo, sino una medicina. Judas debe tomarla. Si no le sirve a su espíritu, sirve al mío, porque no podré reprocharme el haber dejado de hacer todo lo posible porque se santificase. 

Jesús habla clara y firmemente.

Pedro deja caer sus brazos y baja la cabeza suspirando.

–                       No te aflijas Simón. Nosotros tendremos una eternidad para estar juntos y amarnos. Pero tenías otras cosas que comunicarme…

–                       Ya es tarde Maestro y Tú debes dormir.

–                       Tú más que Yo Simón. Debes partir al alba.

–                       ¡Oh! Para mí estar contigo, me da más descanso que estar en la cama.

–                       Habla, pues sabes bien que duermo poco…

Y Jesús sigue hablando y dando instrucciones a su primer Pontífice…

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Varios sábados después…

Los apóstoles están de regreso en la casa de María de Jacob. Los niños están cerca de la hoguera.

Moviendo la cabeza y riendo con sarcasmo, Judas dice:

–                       Una semana más y los parientes no han venido.  –y luego pregunta a Pedro-   ¿Seguisteis los dos caminos de Siquem?

Santiago de Alfeo responde:

–                       Sí. Pero fue inútil. Los ladrones no van por los caminos más transitados. Sobre todo ahora que los piquetes romanos los recorren.

Iscariote insiste:

–                       ¿Entonces por qué los recorristeis?

Pedro contesta:

–                       Para nosotros era lo mismo recorrer unos que otros.

–                       ¿Nadie supo deciros algo?

–                       No preguntamos.

–                       ¿Entonces como podíais saber que habían pasado o no? Por lo menos los amigos ya nos deberían haber encontrado. Pero nadie ha venido desde que estamos aquí.   –y ríe con sarcasmo.

Santiago de Alfeo responde con calma:

–                       Ignoramos  por qué no haya venido nadie. El Maestro lo sabe. Nosotros no. Nadie puede ir al lugar donde está otro, si no se dejan señales para que llegue. No sabemos si nuestro hermano lo ha dicho a sus amigos.

–                       ¡Oh! ¿Puedes creer o hacer que otros crean que por lo menos no se lo dijo a Lázaro o a Nique?

Jesús no habla. Toma a un niño de la mano y sale…

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–                       Yo no creo nada. Aun siendo como dices, no puedes juzgar  la razón por la cual nuestros amigos no han venido.

–                       Es fácil de comprender. Nadie quiere tener dificultades con el Sanedrín. Ni tampoco tenerlas quién es rico y poderoso. Eso es todo… Nosotros somos los únicos que nos exponemos al peligro.

Santiago de Alfeo le recuerda:

–                       Sé justo Judas. El Maestro no obligó a ninguno de nosotros a quedarnos con Él. ¿Por qué te quedaste si le tienes miedo al Sanedrín?

Santiago de Zebedeo irrumpe:

–                       Puedes irte cuando quieras. Nadie te tiene encadenado…

Pedro da un golpe sobre la mesa y dice despacio pero con firmeza:

–                       ¡Eso no! Aquí estamos y aquí nos quedamos todos. Eso se hubiera hecho antes.  Ahora no. Si el Maestro no se opone, me opongo yo.

Judas pregunta airado:

–                       ¿Y por qué? ¿Quién eres tú, para mandar en lugar del Maestro?

–                       Un hombre que razona no como Dios, como hace Él, sino como lo hace un hombre.

Judas se turba:

–                       ¿Sospechas de mí?  ¿Crees que soy un traidor?

–                       Tú lo has dicho. No quisiera ni pensarlo… pero eres tan… despreocupado Judas. Y tan voluble. Tienes demasiados amigos. Te gusta mucho alardear de todo. No serías capaz de guardar silencio. Ni para atacar a algún enemigo, ni para demostrar que eres un apóstol ¡Tú hablarías! Es por eso que debes estar aquí. Así no le haces mal a nadie y no te creas remordimientos.

–                       Dios no fuerza la libertad del hombre. ¿Y quieres hacerlo tú?

–                       Sí. Pero en una palabra, ¿Te hace falta algo? ¿Te falta el pan? ¿Te hace daño el aire? ¿Te hace algún mal la gente? Nada de eso. La casa es buena, aunque no rica. El aire es bueno, comida no falta, la gente te honra. Entonces…  ¿Por qué estás intranquilo, como si estuvieses en una galera?

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–                       “¡Hay dos naciones que me exasperan y una tercera que ni siquiera merece llamarse tal! Son los que moran en la montaña de Seir, los filisteos. Y también ese estúpido pueblo que vive en Siquem” te respondo con las palabras del Sabio. Tengo razón para pensar así. Mira si es que esta gente nos quiere.

–                       ¡Uhm! Viéndolo bien, no me parece que sean peores que tu gente o la mía. Nos han apedreado tanto en Judea, como en Galilea. Pero más allá, que acá. Y más en el Templo de Judea que en cualquier otro lugar. No recuerdo que se nos haya maltratado, ni en tierras filisteas, ni aquí, ni allá…

–                       ¿Cuál allá? No hemos ido más lejos. Aun cuando debimos ir a otra parte; yo no habría ido y nunca iré. ¡No quiero contaminarme!

En la cocina, sólo están Pedro, Bartolomé, Zelote, Santiago de Alfeo y Felipe. Los demás se salieron, uno después del otro. Una fuga meritoria, porque así no se falta a la caridad.

Simón Zelote dice con calma:

–                       ¿Contaminarte? No es esto lo que te molesta, Judas de Keriot. No quieres enemistarte con los del Templo. Esto es realmente lo que te duele.

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Judas trata de justificarse:

–                       No. No es eso. Es que no me gusta perder mi tiempo y dar la sabiduría a los necios. Mira, ¿De qué nos sirvió haber tomado a Ermasteo? Se fue y ya no regresó. ¿Lo ves? Es un renegado…

–                       Como no sé la razón. No puedo juzgarlo. Pero te pregunto, ¿Es el único que ha abandonado al Maestro y que se ha convertido en su enemigo? ¿acaso no hay renegados entre judíos y galileos? ¿Puedes negarlo?

–                       Es verdad. Bueno. Yo me encuentro mal aquí. ¡Si se supiera que estamos aquí! ¡Si se supiese que tratamos con los samaritanos, hasta entrar en sus sinagogas en el sábado! Él quiere hacerlo. ¡Ay si se supiese! ¡La acusación sería justificada!…

Bartolomé dice:

–                       Y quieres insinuar que el Maestro sería condenado. Él ya lo está. Lo está aún antes de que se sepa. Está condenado, aún después de haber resucitado a un judío en Judea. Se le odia y se le acusa de ser samaritano, amigo de publicanos y de prostitutas. Lo ha sido siempre. Y tú, mejor que nadie, lo sabes.

Judas replica muy angustiado:

–                       ¿Qué insinúas, Nathanael? ¿Qué es lo que quieres decir? ¿Yo que tengo que ver en todo esto? ¿Qué cosa puedo saber?

Pedro responde:

–                       Te pareces a un  ratón rodeado de enemigos. No eres un ratón y tampoco tenemos palos para aprehenderte y matarte. ¿Por qué te espantas Tanto? Si tu conciencia está tranquila, ¿Por qué te perturbas con palabras que no tienen ningún sentido? Bartolomé no ha dicho nada para que te sientas tan intranquilo.

Todos nosotros sabemos y somos testigos de que Él sólo busca en el samaritano, el publicano, el pecador y la prostituta a sus almas.

Y se preocupa de éstas y tan solo por éstas. Y solo el Altísimo sabe cuán grande es el esfuerzo que el Purísimo hace, para acercarse a lo que nosotros los humanos llamamos ‘suciedad’

DIOS PADRE CREADOR

¡Todavía no comprendes a Jesús, ni lo conoces muchacho! ¡Lo comprendes menos que los samaritanos, filisteos, fenicios y gentiles!   -Hay un dejo de tristeza sus últimas palabras.

Judas no responde y los demás no añaden ninguna otra cosa.

Entra la anciana María diciendo:

–                       En la calle están los de la ciudad. Dicen que es la hora de la Oración del Sábado y que el Maestro prometió hablar.

Pedro responde:

–                       Voy a avisarle. Di a los de Efraím que pronto vamos.  –y va al huerto a avisar a Jesús.

Zelote dice a Judas:

–                       Si no quieres venir. Vete antes de que se vea que no quieres venir.

Judas replica:

–                       Voy. ¡Aquí no se puede hablar! Parece como si yo fuese un gran pecador. Todo lo que digo se entiende de mal modo.

Con la entrada de Jesús en la cocina, se acaba la discusión.

Y todos van a la sinagoga…

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

                     ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

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