Archivos diarios: 29/12/12

192.- SACRIFICIO DE AMOR


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Es un amanecer glorioso, en el que parece que toda la primavera cantara en los árboles, las flores, los pájaros y los olivos que cubren el monte por el que avanza el grupo apostólico para entrar a Jerusalén.

Llegan a una casa y Jesús entra bendiciendo a sus moradores que lo saludan con alegría. Hay ruido de cascabeles y panderetas.

Isaac entra y se postra ante su Señor y le dice que ya cumplió su encargo.

Jesús sale y señala al asno sobre el que nadie ha montado hasta ahora.

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Los peregrinos ricos extienden sobre el lomo del animal sus ricos mantos y uno dobla su rodilla, para que se apoye el Señor y monte.

Pedro camina del lado del Maestro e Isaac del otro lado, llevando las riendas del aún no domado animal, que sin embargo avanza calmadamente como si estuviera  acostumbrado. No patea, ni se espanta con las flores, ni con las ramas de olivo y las palmas que se agitan a su alrededor. Que se tiran al suelo como alfombra, ni con el alegre sonar de cascabeles y los gritos llenos de alegría…Que son cada vez más fuertes…

Gritos clamorosos de:

–                       ¡Hosanna al Hijo de David!

–                       ¡Bendito sea el que viene en el Nombre del Señor!

–                       ¡Hosanna en lo más alto de los Cielos!

–                       ¡Santo, Santo, Santo es el Señor!

–                       ¡Llenos están el Cielo y la Tierra de su Gloria!

–                       ¡Hosanna en el Cielo!

–                        ¡Bendito es el que viene en el Nombre del Señor!

–                       ¡Hosanna en el Cielo!

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Avanzar desde Betfagé, por entre calles estrechas y torcidas, no es fácil. Cuando salen del suburbio, el cortejo se ordena y no falta quién arroja su manto al suelo como si fuera una alfombra y muchos lo imitan. El centro de la calle se convierte una cinta multicolor; llena de ramas floridas de olivos, flores y hojas de palma. Resuenan los gritos en honor al Rey de Israel; del Hijo de David, de su Reino.

En la Puerta de las Ovejas los soldados de la guardia al escuchar el alboroto, salen a ver lo que pasa…

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No es ninguna sedición. Se apoyan en sus lanzas y se hacen a un lado entre admirados y burlones, ante el extraño cortejo de este Rey que viene montado sobre un asno. Un Rey hermoso como un Dios. Humilde como el más pobre de los hombres. Bueno y cariñoso… A quién rodean mujeres y niños…

Y hombres desarmados que gritan:

–                       ¡Paz! ¡Paz!

Antes de entrar en la ciudad, Jesús se detiene a la altura de los sepulcros de los leprosos de Inón y de Siloán. Se alza y levanta sus brazos gritando en dirección de aquellas pendientes rocosas, donde caras y cuerpos terroríficos, se asoman al oírlo.

Jesús grita:

–                       ¡Quién tenga Fe en Mí, pronuncie mi Nombre y alcance por medio de Él, la salud!

Bendice. Y continúa su camino…

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Luego dice a Judas de Keriot:

–                       Comprarás alimentos para los leprosos y con Simón, los traerás antes de que anochezca.

El cortejo entra en la ciudad, por la Puerta de Siloán y como un torrente se desparrama por sus calles. Pasa por el barrio de Ofel en el que cada terraza se ha convertido en una pequeña plaza llena de gente que grita hosannas y que arroja flores y perfumes hacia el Maestro.

El grito de la multitud parece aumentar y tomar fuerzas como si saliese de una bocina; porque los numerosos arcos de que está llena Jerusalén, la amplifican en un grito continuo…

Como el bramido del mar que va y viene, se rompe contra los arrecifes y las playas; para ser recogida por otra que lo multiplica…

–                       ¡Scialem, scialem melchitl! (Paz, paz oh Rey)

En un grito continuo, que se repite y sube y baja, como las olas. Es impresionante y aturde…

Un grupo de jóvenes trae copas de cobre con carbones encendidos e incienso de los que suben espirales de humo y ellos echan más incienso y resinas olorosas una y otra vez, mientras el grito continúa…

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¡Incienso, perfumes, gritos, palmas, flores, vestidos, colores, hosannas!… ¡Alabanzas y más alabanzas!… Es una euforia colectiva y adorante que aturde y pareciera dejar a uno atolondrado… Jesús avanza triunfante, rodeado por un pueblo que lo ama y lo aclama adorándolo como al Mesías: el Dios Encarnado y Rey del Universo…

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Por desgracia también están sus acérrimos enemigos y… ¡Esto es excedente para quién ya está demasiado celoso de Dios y de su Mesías!

Los fariseos gritan llenos de ira:

–                       ¡Haz que se callen esos locos!

–                       ¡Sólo a Dios se le lanzan hosannas!

–                       ¡Diles que se callen!

Jesús responde dulcemente:

–                       Aunque Yo se los mandase y me obedecieran, las piedras gritarían los prodigios del Verbo de Dios.

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Se dirigen hacia la casa de Analía. La terraza está adornada con las hojas nuevas de la vid. Analía está en el centro de un grupo de jovencitas vestidas de blanco, coronadas de rosas blancas y ramos de convalarias…

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Que como novias enamoradas, lanzan las blancas flores al paso de Jesús.

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Por un momento Jesús detiene al asno, levanta su mano para bendecir a las primicias de ese grupo, que lo ama hasta el punto de renunciar a cualquier otro amor terreno.

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Analía arroja una corona y grita:

–                       ¡He contemplado tu triunfo, Señor Mío!

1corona

Toma mi vida para tu glorificación universal. ¡Jesús!…  –es un saludo lleno de amor.

Mary Magdalene leaving the house feasting 1857 by Dante Gabriel Rossetti 1828-1882

Su grito es apagado por el  por el clamor de la gente que no se detiene. Es un río de entusiasmo de un pueblo delirante.

El cortejo sigue en dirección al Templo.

Más adelante se oye el grito de un hombre que trata de abrirse paso:

–                       Dejadme pasar. Una jovencita ha muerto repentinamente. Su madre quiere ver al Maestro. ¡Dejadme pasar! ¡Él ya la había salvado!

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La gente lo deja pasar y cuando llega hasta Jesús, le dice:

–                       Maestro. La hija de Elisa ha muerto. Te saludó con aquel grito y luego cayó hacia atrás, diciendo: ‘¡Soy feliz’!  Y expiró. Su corazón se rompió de gozo al verte triunfante. Su madre me pidió que te llamara.

Jesús responde:

–                       No ha muerto. Ha caído una flor… Y los ángeles de Dios la recogieron, para llevarla al Seno de Abraham. Pronto el lirio de la tierra se abrirá feliz en el Paraíso, olvidando para siempre el horror del mundo.

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Oye; dí a Elisa que no llore por la suerte de su hija. Dile que es una gran gracia de Dios y que dentro de seis días lo comprenderá. Bienaventurada ella, limpia de cuerpo y de alma, porque pronto verá a Dios. Murió de amor. De éxtasis, de gozo infinito. ¡Dichosa muerte!

Muchos no se han dado cuenta de lo que sucede y el cortejo sigue adelante. Da vuelta  a la muralla y llega hasta el Templo.

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Jesús baja del asno y con su vestido de color púrpura, entra majestuoso. Voltea hacia un grupo de fariseos y de escribas que lo miran desde el portal en el primer patio, donde ruge el acostumbrado griterío de cambistas y de vendedores de palomos y de corderos.

Al ver a Jesús, todos los compradores corren a su encuentro y solo se quedan los mercaderes.

En su bellísimo Rostro aparece la Ira.

Va al centro del Patio y grita:

–                       ¡Largo de la Casa de mi Padre! Este lugar no es para la usura, ni para el mercado. Está escrito: “Mi Casa será llamada, Casa de Oración…” ¿Cuántas veces diré que este lugar no debe tratarse como un lugar de Inmundicia; sino de Oración?

Los vendedores y cambistas recuerdan lo sucedido la última vez… Y se apresuran a obedecerlo.

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Jesús mira a los del Templo, que obedientes a las órdenes del Pontífice, no chistan…

Jesús va hacia los portales donde están reunidos todos los enfermos, que lo invocan a gritos.

Y les dice:

–                       ¿Qué queréis de Mí?

Se desborda un torrente de peticiones de salud y de bendición.

–                       ¡Creemos en Ti, Hijo de Dios!

Jesús responde:

–                       ¡Dios os escuche! Levantaos y dad gracias al Señor.

Jesús extiende sus manos y sana a todos los enfermos.

Se miran… y sanos, prorrumpen en gritos de júbilo que se mezclan con los gritos de los niños…

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Es un coro glorioso:

–                       ¡Gloria!

–                       ¡Gloria al Hijo de David!

–                       ¡Hosanna a Jesús de Nazareth!

–                       ¡Rey de Reyes y Señor de señores!

Algunos Fariseos, con fingida deferencia, le gritan:

–                       Maestro.

–                       ¿Estás oyendo?…

–                       ¡Estos niños dicen lo que no debe decirse!

–                       ¡Repréndelos!

–                       ¡Diles que se callen!

Jesús contesta:

–                       ¿Y por qué? ¿Acaso el Rey profeta; el rey de mi estirpe no ha dicho: “De la boca de los niños y de los que están mamando; has hecho que brotase una alabanza completa; para llenar de confusión a tus enemigos”?

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Y se dirige al Atrio de los Israelitas, para orar…

Luego que termina sale y se dirige hacia el Monte de los Olivos.

Los apóstoles están muy contentos.

El triunfo les ha dado confianza y han olvidado el peligro…

El Cedrón arrastra sus aguas con un rumor cantarín, al que une el canto de los pájaros y el de un par de ruiseñores.

La brisa suave, mueve las hojas de los árboles y acaricia los rostros alegres. Están muy sordos al aviso divino. Los hosannas han borrado TODO lo que Jesús les ha dicho de su memoria…

Felipe pregunta:

–                       ¿A dónde vamos ahora?

Jesús responde:

–                       Al campamento de los galileos. Quiero saludarlos.

Tadeo sugiere:

–                       Podrías hacerlo mañana.

–                       Lo mejor es hacer pronto lo que se puede. Vamos a donde están los galileos.

Iscariote pregunta:

–                       ¿Y esta noche? ¿Dónde dormiremos? ¿En la ciudad? ¿En qué lugar? ¿Dónde está tu Madre? ¿O en la casa de Juana?

Jesús contesta incierto:

–                       No sé. Ciertamente no en la ciudad. Tal vez en una tienda galilea…

–                       ¿Por qué?

–                       Porque soy Galileo y amo a mi región. Vamos.

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Y suben hacia dónde están los galileos acampados sobre el Monte de los Olivos, en dirección a Bethania. Sus tiendas brillan bajo el tibio sol de Abril.

Más tarde, en el anochecer del Domingo de Ramos.  Jesús está con los suyos en la quietud el huerto de los olivos. No hace frío. Todos están sentados en el pasto y sobre unos peñascos.

Jesús dice:

–                       Después del triunfo de esta mañana vuestro corazón ha cambiado. ¿Qué puedo decir? A lo humano entrasteis a la ciudad llenos de miedo, por las palabras que os había dicho. Temíais que dentro de los muros pudiesen atacaros y haceros prisioneros.

¿Os he engañado alguna vez? Desde el principio os hablé de persecución y de muerte. Y cuando alguno de vosotros, por exceso de admiración quiso verme como un pobre rey humano, al punto corregí el error y les dije: Yo soy rey del espíritu. Ofrezco privaciones, sacrificios y dolores. No otra cosa. Acá en la tierra no poseo otra cosa. Pero después de mi muerte y de la vuestra, si permaneciereis en mi Fe, os daré un Reino Eterno: el de los Cielos.

¿Os dije acaso algo diferente? Os imaginabais que era fácil seguirme  y os negabais a creer que a quién obraba tan portentosos milagros, al Hijo de Dios, alguien pudiese tocarlo. Tan robusta era vuestra fe humana en mi poder, que llegasteis a no creer en mis palabras diciendo: ‘No puedo creer que sea aprisionado, apresado y matado. El hombre nunca podrá tocarlo. Quien obra milagros, puede hacer otro en su favor.’

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No uno, sino muchos haré todavía; entre los cuales hay dos que sobrepasan a toda imaginación humana. Sólo los que crean en el Señor podrán admitirlos. Los demás…

En los siglos venideros dirán: ¡Imposible! También después de la muerte, seré objeto de contradicción. 

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     En una dulce mañana de primavera, desde un monte anuncié las Bienaventuranzas y a éstas añado otra: “Bienaventurados los que creen sin ver” ¡Bienaventurados los que creerán sin haber visto con sus ojos corporales! Serán en tal forma santos, que estando aún en la tierra verán ya a Dios. Al Dios escondido en el Misterio del Amor.

Pero después de tres años que estáis conmigo, no habéis llegado todavía a esta Fe. Creéis sólo en lo que veis. Así esta mañana, os dijisteis: ‘Él sigue triunfando y nosotros con Él. Israel lo ama.’ Y como pajarillos a los que les volviesen a nacer las plumas que se les habían caído, habéis levantado el vuelo ebrios de alegría…  Confiados y sin esa preocupación que mis palabras os habían creado en el corazón.

Nos os engañéis por lo que ha pasado esta mañana. Yo soy el Condenado coronado de rosas.

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¡Las rosas!… ¿Cuánto duran? ¿Qué queda de ellas cuando se les han caído los pétalos perfumados? Espinas… Espinas.

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Isaías lo dijo, Yo seré santificación para vosotros y con vosotros para el mundo. Pero también seré piedra de escándalo, de tropiezo, de lazo y de ruina para Israel y para la tierra.

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Santificaré a los que tengan buena voluntad. Y haré caer y reduciré a pedazos a los que mala, la tuvieren.

Los ángeles dijeron: “Paz a los hombres de buena voluntad.” Apenas había nacido ¡Oh, tierra! Tu Salvador…  Ahora va a la muerte tu Redentor. Pero para tener paz esto es, santificación y gloria, hay que tener buena voluntad.  Inútil es mi nacimiento. Inútil mi muerte, para los que no tienen esta buena voluntad.

Muchísimos caerán contra Mí, que he sido puesto como columna se sostén y no como trampa. Caerán por estar ebrios de soberbia, de lujuria, de avaricia. Y serán atrapados en las redes de sus pecados y entregados a Satanás.

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 Grabad estas palabras en vuestros corazones. Conservadlas cuidadosamente, para los futuros discípulos. Vamos. La Piedra se levanta. Otro paso hacia arriba, hacia adelante. Hacia el Monte… Debe brillar sobre la cima, porque es Sol, Luz. El Verdadero Templo debe ser contemplado por el mundo entero.

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Yo mismo lo edifico con la Piedra Viva de mi Carne Inmolada. Yo soy el cimiento y la cúspide…

Satanás… Judas, vámonos. Y acuérdate que no queda mucho tiempo. Y en la noche del Jueves debe ser entregado el Cordero… 

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

191.- LA ÚLTIMA LLAMADA


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Bajo el cielo de un hermoso amanecer de Abril, que canta sus alabanzas al creador; Jesús camina entre los huertos y los olivares en flor. Y los pétalos bañados de rocío brillan al contacto de los primeros rayos de la aurora que un viento perfumado, mece suavemente.

Las tiernas hojas de las vides y de todas las plantas, junto con el perfume de las flores y el cantar de los pajarillos, parecen saludarlo en un hosanna mañanero.

Lo acompañan los Doce.

Y Él en medio de ellos, les dice:

–                       Todo lo que ha sucedido es solo el comienzo de una cadena por la que será condenado el Hijo del Hombre. Debemos prepararnos tanto vosotros, como mi Madre, para hacer frente a la maldad humana.

El hombre jamás de improviso se hace experto en el bien, como en el Mal. Sube o se hunde gradualmente. Lo mismo sucede respecto al dolor. Por eso debemos robustecer el corazón. Todos. En el bien, en el mal o en el dolor. Y sin embargo, no hemos llegado a la cima. Todavía no la hemos tocado. ¡Es tan grande! Quiero ahora que conozcáis el sentido de las profecías, para que nada os quede oscuro.

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Os ruego que estéis conmigo lo más posible. Durante el día estaré con todos. Por la noche os suplico que no os alejéis de Mí. No quiero sentirme solo…

Jesús está muy triste.

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Los apóstoles lo ven y se angustian.

Se le acercan y Judas se porta como si fuera el más cariñoso de todos…

Jesús los acaricia y continúa:

–                       Quiero que conozcáis mejor al Mesías. En las profecías están dibujados mi amanecer y mi crepúsculo; mejor de lo que hubiera podido hacerlo un pintor. El alba y el anochecer son las dos fases que lo profetas mejor pintaron.

El Mesías que bajó del Cielo. El Justo que las nubes soltaron como lluvia bendita sobre la tierra. El Retoño hermoso va a ser entregado a la muerte. Va a ser despedazado como un cedro bajo el rayo.

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Hablemos de su muerte…

No suspiréis. No mováis la cabeza. No murmuréis en vuestros corazones. No maldigáis a los hombres. De nada sirve… Subiremos a Jerusalén. La Pascua ya está próxima.

Este mes será para vosotros el primero del año. Este mes será para el Mundo, el principio de una nueva Era. Jamás conocerá fin. Inútilmente de vez en cuando se tratará de poner otro mes en su lugar. Son muchos los que están a punto de alimentarse del Cordero.

Una multitud que no puede contarse y que asiste a un banquete sin límite de tiempo. Y no es necesario que haya fuego, porque no habrá sobras. Aquellas partes que serán ofrecidas o rechazadas por el Odio, serán consumidas por el fuego mismo de la Víctima, por su Amor.

Os amo, ¡Oh, Hombres! A vosotros Doce. Amigos míos en quienes están las Doce tribus de Israel y las trece veces del Linaje Humano. Todo lo he juntado en vosotros. Y todo en vosotros lo veo reunido. Todo…

Iscariote pregunta:

–                       Pero en las venas del cuerpo de Adán, están también las de Caín. Ninguno de nosotros ha levantado su mano contra su compañero. ¿Dónde está pues Abel?

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Jesús responde:

–                       Tú lo has dicho. En las venas del cuerpo, están también las de Caín. Yo soy Abel. Os amo aunque vosotros no me améis. El Amor apresura y realiza la obra de los sacrificadores.

Yo Soy el Cordero de Dios. El que es como el Padre no envejece en su Divinidad. Sólo hay una cosa que lo aniquila: la desilusión de haber venido en vano para muchos.

Cuando sepáis como fue matado y lo veáis transformado en un leproso cubierto de llagas, decid: “De esto no murió. Sino porque los que más amaba lo desconocieron y rechazaron por su demasiada tendencia hacia lo humano.”

El tiempo es como un relámpago en relación con la eternidad. Cuando llega la muerte, aún la vida más larga se reduce a nada. Y siempre es polvo el honor y el oro; para el hombre que tanto se fatigó y el sabor insensato que se tuvo por el fruto, se pierde. ¿Mujeres? ¿Dinero? ¿Poder? ¿Ciencia? ¿Qué queda de todo eso? Nada. Sólo la conciencia y el juicio de Dios ante él.

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Pues se presenta la pobre conciencia sin protección humana alguna, pero sí cargada con el peso de sus acciones, a lo largo de su existencia terrenal.

Por eso les digo: ‘Tomad mi Sangre y ponedla sobre vuestro corazón muerto’ Y Yo digo al Padre que espera: “Mira. No los rechaces. Porque rechazarías tu sangre.” Pero a mi Sangre debe unirse vuestro arrepentimiento.

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Sin éste que es amargo pero saludable, inútilmente habré muerto por vosotros.

Vosotros veis como en Mí no se da la tristeza del vencido, ni la vengativa del perverso. Sino sólo la ecuanimidad de quién ve a qué punto puede llegar la posesión de Satanás en el hombre. Vosotros estáis viendo como pudiendo reducir a cenizas con sólo una chispa de mi voluntad; por tres años he extendido mis manos como invitación amorosa a todos, sin descanso. Y todavía estas manos mías se extenderán para ser heridas.

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El Demonio más astuto se ha metido en el hombre más corrompido. Y como el veneno está oculto en el diente del áspid, así está encerrado en él creando un monstruo híbrido que es Satanás y hombre. A él le digo lo mismo que dije a Jerusalén: “¡Oh, sí en esta hora que se te ha concedido, supieses venir a tu Salvador!”

¡No hay amor mayor que el mío! ¡No hay poder mayor! El Mismo Padre asiente si afirmo ‘Quiero’ No sé decir otras palabras que de piedad para aquellos que han caído y que del Abismo me tienden sus brazos.

¡Oh, Alma del más Grande Pecador! Tu Salvador en los umbrales de la muerte se inclina sobre tu abismo y te invita a tomar su mano. No evitaré la muerte… Pero tú te salvarías. Tú a quién amo todavía…

El alma de tu amigo no se estremecería de horror al pensar que por causa tuya debe conocer el horror de la muerte. Y de ESTA muerte concreta…

Jesús oprimido… Calla.

Los apóstoles en voz baja se preguntan:

–                       ¿Pero de quién está hablando?

–                       ¿Quién es?

Judas miente desvergonzado:

–                       Ciertamente ha de ser uno de los falsos fariseos. Me imagino que ha de ser de José o Nicodemo. O tal vez Cusa y Mannaém. Tienen mucho que perder y bienes que proteger. Tal vez Herodes o el Sanedrín… ¡Él se fió mucho de ellos! ¿No os disteis cuenta de que tampoco ayer estuvieron presentes? No tienen el valor de estar con Él…

Jesús se adelanta y llega a donde están los discípulos. Han llegado hasta un otero  cercano a Jerusalén. Se sientan a descansar bajo la sombra de una arboleda.

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Después, Jesús se levanta y se dirige hacia la parte alta de la colina. Su alta estatura se dibuja clara en el vacío y le sirve de marco y parece aún mucho más alto. Cruza sus manos sobre su pecho, sobre su manto azul rey. Observa la ciudad que se extiende a sus pies. Con una mirada severa…

La ve en todos sus rincones. Sus elevaciones, sus casas, sus calles… Detiene su mirada sobre algunos lugares en específico… Y se pone a llorar sin estremecimiento alguno.

Lágrimas silenciosas le resbalan por sus mejillas y caen… Lágrimas envueltas en un silencio y tristeza como las que se deben llorar solo, sin esperanza de consuelo o de comprensión. Como las de quien debe llorar por un dolor que no puede ser evitado…  Y debe sufrirse completamente.

Santiago el  hermano de Juan, es el primero que nota ese llanto… Y lo dice a los demás. Que se miran mutuamente, sorprendidos.

Pedro y Juan se levantan y se le acercan. Los demás también hacen lo mismo.

Juan pregunta:

–                       Maestro, ¿Por qué estás llorando?

Y apoya su rubia cabeza sobre la espalda de Jesús.

Pedro le pone su mano en la cintura, como si quisiera abrazarlo y le pregunta:

–                       ¿Qué te hace sufrir? Dínoslo a nosotros que te amamos.

Jesús apoya su rostro sobre la cabeza de Juan y con el otro brazo, abraza la espalda de Pedro.

Tres amigos. Pero el llanto continúa.

Juan siente que le cae alguna lágrima, vuelve a preguntarle:

–                       ¿Por qué lloras Maestro? ¿Te hemos causado algún dolor?

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Todos esperan ansiosos la respuesta:

–                       No. No me habéis causado ningún dolor. Sois mis amigos. Y la amistad cuando es sincera, es bálsamo. Es sonrisa. Pero nunca lágrimas.

Jesús extiende su mano derecha y señala hacia la ciudad:

–                       Allí está la corrupción. Vamos a entrar en Jerusalén y el Altísimo es el Único que sabe, como quisiera santificarla con la santidad del Cielo. Volver a santificar esta ciudad, que debería ser la Ciudad Santa. Pero no podré conseguir nada. Está corrompida.

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Los ríos de santidad que salen del Templo Vivo y que por algunos días seguirán corriendo, no serán suficientes para redimirla. La Samaría y el mundo pagano vendrán al Santo. Sobre los templos ficticios, se levantarán Templos al Dios Verdadero. Los corazones de los gentiles adorarán al Mesías.

Pero este Pueblo… Esta ciudad… No lo aceptará y su odio lo llevará  a cometer el mayor pecado. Lo cual debe suceder. Pero ¡Ay de aquellos que serán los instrumentos de tal delito! ¡Ay!…

Jesús tiene frente a Él a Judas y lo mira fijamente.

Pero él no baja su mirada y miente con descaro:

–                       Tal cosa no nos sucederá porque somos tus apóstoles. Creemos en Tí y estamos dispuestos a morir por Ti.

Los demás se unen a Judas.

Jesús, sin responder directamente al Apóstol Traidor, dice:

–                       Quiera el Cielo que así seáis. Pero todavía hay mucha debilidad en vosotros y la tentación podría volveros iguales  a los que me odian. Orad mucho y tened cuidado. Satanás sabe que está por ser vencido y quiere vengarse arrancándoos de Mí. Satanás nos rodea.

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A Mí, para impedirme cumplir con la Voluntad del Padre y mi Misión. A vosotros, para convertiros en sus esclavos. Estad atentos. Dentro de aquellos muros, Satanás se apoderará de quién no supo ser fuerte. Aquel para el cual será una maldición el haber sido Elegido. Porque habrá hecho de su elección, un fin humano. Os elegí para el Reino de los Cielos y no para el mundo. Recordadlo.

Y tú, ciudad que quieres tu ruina y por quién lloro. Ten en cuenta que tu Mesías ruega por tu redención. ¡Oh, sí al menos en esta hora que te queda quisieras venir a Quién sería tu felicidad! ¡Si comprendieses en esta Hora, el amor que puse en medio de ti y te despojases del Odio que te ciega y te hace loca! ¡Que hace que seas cruel para contigo y que rechaces tu bien!

¡Pero vendrá el día en que te acordarás de esta hora! ¡Será demasiado tarde para llorar y para arrepentirte! ¡Habrá pasado el amor y desaparecido entre tus calles y sólo se quedará el Odio que has preferido! Y el Odio te odiará a ti y a tus hijos… Porque lo quisiste.

El Odio se paga con Odio. No se tratará del Odio del fuerte,  contra el Inerme; sino del Odio contra el Odio. Y por lo tanto la guerra y la muerte…

Rodeada de trincheras y de ejércitos. Te irás debilitando, antes de ser destruida. Y verás caer a tus hijos bajo la fuerza de las armas, bajo el hambre. Los que sobrevivan serán tomados prisioneros y escarnecidos. Pedirás misericordia, pero no la encontrarás, porque no has querido conocer tu salvación.

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     Lloro, amigos. Porque soy humano y lamento las ruinas de mi patria… La Misericordia compadece las desventuras de una ciudad culpable, pero la Justicia no puede compadecer sus costumbres, porque son precisamente éstas, las que producen las desventuras y el verlas, aumenta mi dolor.

Mi Ira contra los profanadores del Templo es consecuencia de que estoy viendo las desventuras de Jerusalén. Las profanaciones del Culto Divino, de la Ley Divina, provocan los castigos del Cielo.

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Al convertir la Casa de Dios en cueva de ladrones, los sacerdotes y los fieles indignos, atraen sobre todo el pueblo la maldición y la muerte. Y los males que sufre el pueblo, son porque Dios se retira y el Mal avanza. Este es el fruto de una vida nacional indigna del Nombre del Santo.

Dios llama con prodigios repetidos y cuando lo único que se atrae son la burla, la indiferencia y el Odio; tanto los hombres como las naciones recuerden que es inútil llorar, cuando primero rechazaron su salvación. Inútilmente me invocarán después de haberme echado fuera, con una guerra sacrílega que partiendo de cada conciencia entregada al Mal, se esparció por toda la nación.

Los países no se salvan con las armas; sino con una forma de vida que atraiga la protección del Cielo.

Pero es justo que se cumpla lo dicho, porque la corrupción avanza por sobre estos muros sobre todo límite e invoca el castigo de Dios. ¡Ay de los que tendrían que ser santos, para conseguir que los otros fueran honrados y sin embargo profanan el Templo; su ministerio y a sí mismos!

Venid. Mi intervención de nada servirá. Pero hagamos brillar la luz una vez más, sobre las Tinieblas.

Jesús desciende acompañado de los suyos. Callado. Serio. Parece muy  disgustado…

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA