F53 SEGUNDO MANDAMIENTO I


CABECERA MOISES Y LOS DIEZ MANDAMIENTOSEn la finca campestre de Lázaro de Bethania, donde se ha improvisado la cátedra donde Jesús imparte las enseñanzas de su Doctrina… Hay un gran desconcierto entre los discípulos. Su agitación es tanta, que parecen un enjambre alborotado.

Hablan, miran fuera nerviosamente hacia todas partes… Jesús no está. Finalmente toman una decisión respecto a lo que los tiene agitados.

Pedro ordena a Juan:

–      Ve a buscar al Maestro. Está en el bosque, junto al río. Dile que venga enseguida. O que diga lo que debe hacerse.

Juan obedece y sale corriendo como una gacela.

Judas Iscariote dice:

–           No entiendo por qué tanta convulsión y malos modos. Yo habría ido y le habría acogido con todos los honores… Porque es un honor, el suyo para nosotros ¡Claro! Por tanto…

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Pedro lo interrumpe con autoridad:

–           Yo no sé nada. Será distinto de su hermano de leche… Pero… A quien convive con las hienas se le pega el olor y el instinto. Por lo demás, tú querrías que se marchara esa mujer (se refiere a la mujer velada que asiste puntualmente a todas la prédicas de Jesús) y… ¡Cuidado con lo que haces! El Maestro no quiere y yo debo tutelarla. Si la tocas… yo no soy el Maestro… Te lo digo para tu conocimiento.

Judas replica con ironía:

–           ¡Cálmate hombre! ¿Pero quién es?… ¿Acaso la bella Herodías?

–           ¡No te hagas el gracioso!

–           Si me hago el gracioso es por ti. Has creado en torno a ella una guardia real, como si se tratara de una reina…

Pedro respira profundo y contesta con seriedad:

–           El Maestro me ha dicho: “Mira porque no se la disturbe, y respétala”. Yo lo hago.

Tomás interviene y pregunta curioso:

–           Pero, ¿Quién es? ¿Lo sabes?

–           Yo no.

Varios insisten:

–           Vamos, dilo…

–           Tú lo sabes…

Pedro se defiende:

–      Os juro que no sé nada. El Maestro sí que lo sabe, claro. Pero yo no.

apostoles

Santiago comenta pensativo:

–      Deberá ser Juan quien se lo pregunte. A él le dice todo.

Judas responde belicoso:

–           ¿Por qué? ¿Qué tiene de especial Juan? ¿Es un dios, tu hermano?

Simón dice apaciguador:

–           No, Judas; es el mejor de nosotros.

Santiago de Alfeo agrega:

–           Podéis ahorraros el trabajo. Ayer la vio mi hermano, mientras volvía del río con los peces que le había dado Andrés… Y se lo preguntó a Jesús. Él respondió: “No tiene rostro. Es un espíritu que busca a Dios. Para mí no es más que esto y así quiero que sea para todos”. Y dijo ese “quiero” de tal manera… Que os aconsejo que no insistáis.

Judas de Keriot contesta decidido:

–           Voy a ir con ella y lo averiguaré…

Pedro se pone rojo como un gallo de pelea y lo reta:

–           Veamos si eres capaz.

–          ¿Me espías para luego delatarme ante Jesús?

–           Dejo ese oficio a los del Templo. Nosotros los del lago, nos ganamos el pan trabajando, no delatando. No temas nunca una denuncia de Simón de Jonás. Pero no me provoques, ni te permitas desobedecer al Maestro, porque estoy yo…

4JUDAS DE KERIOT

Judas mira a Pedro como evaluándolo y decide una retirada airosa:

–           ¿Y tú quién eres? Un pobre hombre como yo.

El impulsivo Pedro lo enfrenta:

–         Sí señor. Es más, más pobre, más ignorante, menos cultivado que tú. Lo sé. Y no me amargo por ello. Me amargaría si fuera como tú en el corazón. Pero el Maestro me ha dado este encargo y yo lo hago…

Judas replica dolido y altanero:

–           ¿Como yo en el corazón? ¿Y qué es lo que hay en mi corazón que te dé asco? Habla, acusa, ofende…

Simón Zelote interviene:

–          ¡Es suficiente! No ..

Bartolomé agrega para terminar con la tormenta que se vislumbra:

–         Pero bueno, ya está bien, Judas. Respeta las canas de Pedro.

Judas responde mortificado:

–           Respeto a todos, pero quiero saber qué es lo que hay en mí…

Pero Pedro no se ha apaciguado y dice enojado:

–           Pues te voy a dar gusto inmediatamente… Dejadme hablar… Hay soberbia, tanta como para llenar esta cocina, hay falsedad y hay lujuria.

Judas responde dispuesto a todo:

–     ¿A mí me llamas falso?

Todos se interponen y Judas se ve obligado a callarse.

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Simón, pacíficamente le dice a Pedro:

–           Perdona, amigo, si te digo una cosa. Él tiene defectos. Pero tú también tienes algunos. Y uno de ellos es el no compadecer a los jóvenes. ¿Por qué no tienes en cuenta la edad, el origen… y tantas otras cosas? Mira, tú obras por amor a Jesús. Pero, ¿No te das cuenta de que estas disputas lo cansan? A él no se lo digo (y señala a Judas), pero a ti, maduro y muy honesto, sí te pido esto. Jesús… -después de un gran suspiro continúa- Él sufre muchas penas a causa de los enemigos. ¡Y añadirle nosotros otras!… Tiene mucha guerra a su alrededor. ¿Por qué creársela también en su propio nido?

Judas Tadeo confirma:

–        Es verdad. Jesús está muy triste… y ha adelgazado. Por la noche lo oigo dar vueltas y vueltas en su lecho y suspirar. Hace algunas noches me levanté y lo vi en oración llorando. Le dije: “¿Qué te sucede?”. Y Él me abrazó y me dijo: “Ámame. ¡Qué duro es ser el `¡Redentor’!”

La discusión ha dado un giro completo. Todos están preocupados…

Y Felipe añade:

–       Yo también lo encontré con signos de haber llorado, en el bosque junto al río. No le dije nada, pero lo miré interrogante. Y Él me respondió: “¿Sabes lo que hace que el Cielo y la Tierra sean distintos, después de la diversidad de la no presencia visible de Dios? Es la falta de amor entre los hombres. Me estrangula como un dogal. He venido aquí a esparcir unos granos para los pájaros y así, ser amado por seres que se aman”.

Judas Iscariote reacciona de un modo exagerado… Se arroja al suelo y llora como un chiquillo. Y justo en ese momento entra Jesús con Juan.

Jesús pregunta:

–          ¿Pero qué está sucediendo? ¿Y este llanto?…

Pedro contesta con franqueza:

–           Culpa mía, Maestro. He cometido un error. He reprendido a Judas demasiado duramente.

Judas interviene y dice entrecortado:

–           No… yo… yo… el culpable soy yo. Yo soy… Yo te doy dolor… yo no soy bueno… yo molesto, creo malhumor, desobedezco, soy… Tiene razón Pedro. ¡Ayudadme pues, a ser bueno! Porque aquí yo tengo una cosa, aquí en el corazón, que me hace hacer cosas que no querría. No puedo evitarlo… y te doy dolor a ti. A ti Maestro, a quien querría dar sólo alegría… ¡Créelo! No es falsedad…

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Jesús responde con un amor muy grande:

–           Pues claro, Judas. No lo dudo. Tú has venido a mí con plena sinceridad de corazón, con ímpetu genuino. Pero eres joven… Nadie, ni siquiera tú mismo, te conoces como Yo te conozco. ¡Animo! Levántate y ven aquí. Luego hablaremos nosotros dos solos. Hablemos entretanto del asunto por el que me habéis llamado. Ha venido Mannahém… Bien, ¿Dónde está el mal? ¿Acaso no puede un pariente de Herodes tener sed del Dios verdadero? ¿Teméis por mí? No, hombre, no. Tened fe en Mi palabra. Ese hombre no viene sino con un fin honesto.

Los discípulos cuestionan:

–           ¿Y entonces, por qué no se ha dado a conocer?

Jesús declara:

–           Precisamente porque viene como “alma” y no como hermano de leche de Herodes. Se ha recubierto de silencio porque piensa que ante la palabra de Dios nada significa la parentela con un rey… Y nosotros vamos a respetar su silencio.

–           ¿Y si lo enviara él?…

–           ¿Quién? ¿Herodes? No. No temáis.

–           ¿Entonces quién lo envía? ¿Cómo ha sabido de ti?

1juan_bautista_martirio1–           Pues, por el mismo Juan, mi primo. ¿Creéis que no me habrá predicado en la cárcel? O por Cusa… O por la voz de la gente… O por el mismo odio de los fariseos… Hasta las frondas y el aire hablan ya de Mí. La piedra ha sido lanzada a la inmóvil agua, el mazo ha percutido el bronce: las ondas se difunden cada vez mayores, portando a la lejanía la revelación… Y el sonido lo entrega confiado a los espacios… La Tierra ha aprendido a decir: “Jesús” y nunca más se callará. Id a recibirlo… Y sed amables con él, como con cualquiera. Vayan. Yo me quedo con Judas.

Los discípulos se marchan.

Jesús mira a Judas, aún lacrimoso. Y pregunta:

–           ¿Entonces? ¿No tienes nada que decirme? Yo sé de ti todo, pero quiero saberlo por ti. ¿Por qué este llanto? Y sobre todo, ¿Por qué este desequilibrio que te tiene siempre tan descontento?

Judas lo mira con angustia y contesta:

–           ¡Oh! sí, Maestro. Tú lo has dicho. Soy celoso por naturaleza. Ciertamente lo sabes. Sufro viendo que… viendo muchas cosas. Esto me hace estar inquieto y… Me hace injusto. Y me vuelvo malo, aunque no querría. No…

–           ¡No llores otra vez, hombre! ¿De qué estás celoso? Habitúate a hablar con tu verdadera alma. Tú hablas mucho, hasta demasiado… pero, ¿Con qué?: con el instinto y con la mente. Sigues todo un fatigoso y continuo rodeo para decir lo que quieres decir: hablo de ti, de tu ‘yo’. Porque para lo que tienes que decir de los demás y a los demás, no te pones rienda, ni límite. Como tampoco pones rienda ni límite a tu carne, que es tu corcel enloquecido.

carrera-auriga

Pareces un auriga al que el intendente de las carreras le hubiera dado dos caballos locos. Uno es el sentido, el otro… ¿Quieres oír cuál es el otro? ¿Sí? Es el error que no quieres domar. Tú, auriga capaz pero imprudente. Te fías de tu capacidad y crees que es suficiente. Quieres llegar el primero… Y no pierdes tiempo en cambiar al menos un caballo. Antes bien, los instigas y golpeas con el látigo. Quieres ser “el vencedor”.

Quieres el aplauso… ¿No sabes que toda victoria resulta segura cuando se conquista con constante, paciente y prudente esfuerzo? Habla con tu alma… De ahí es de donde deseo que provenga tu confesión. ¿O es que tengo que ser Yo quien te diga lo que tienes dentro?

Jesús calla y lo mira interrogante…

Una sombra cruza fugaz por los hermosos ojos de Judas y luego quedan vacíos de toda expresión…Judas suspira inclinando la cabeza y luego vuelve a levantarla. Ha tornado a ser el mismo sacerdote fariseo lleno de soberbia y vanidad del Templo y por un minuto demasiado largo elude la mirada de los ojos de zafiro, que se nublan con un velo de derrota…

Finalmente con voz lastimera Judas dice:

–        Veo que tampoco Tú eres justo, ni firme. Y sufro por ello.

Jesús pregunta con mansedumbre:

–           ¿Por qué me acusas? ¿En qué ves que he faltado?

–           Cuando yo quería llevarte donde mis amigos, Tú no quisiste diciendo: “Prefiero estar entre los humildes”. Posteriormente, Simón y Lázaro te dijeron que convenía ponerse bajo la protección de una persona poderosa y Tú aceptaste. Tú das preferencia a Pedro, a Simón, a Juan… Tú…

–           ¿Qué más?

–           Nada más, Jesús.

–           ¡Nubes!… Vacuidades en la espuma de la ola. Me das pena, porque eres un pobre miserable que pudiendo estar alegre, te torturas. ¿Acaso puedes decir que es lujoso este lugar? ¿Que no hubo una poderosa razón que me movió a aceptarlo? Si Sión fuera menos malvada y cruel  para con sus profetas…  ¿Estaría aquí, escondido como quien teme a la justicia humana y se refugia en un lugar que goza de inmunidad?

–           No.

Jesus Sends Out the Disciples Matthew 10:1-10

–           ¿Entonces? ¿Puedes acaso decir que no te haya encomendado misiones como a los demás? ¿O que haya sido cortante contigo incluso cuando has cometido una falta? Tú no has sido sincero… ¡Las viñas!… ¡Oh, las viñas! ¿Qué nombre tenían esos viñedos? Tú no has mostrado interés hacia quien sufría, hacia quien se estaba redimiendo. Ni siquiera has sido respetuoso conmigo. Y los demás lo han visto… Y con todo, una sola Voz se ha alzado defensora siempre: la mía. Los otros tendrían derecho a sentirse celosos, porque si ha habido uno que ha gozado de mi protección, ése has sido tú.

Judas, humillado y conmovido, vuelve a llorar.

Jesús concluye:

–           Me voy. Es la hora, ahora soy de todos. Tú quédate… Y MEDITA.

–           Perdóname, Maestro. No puedo sentirme en paz sin tu perdón. No estés triste por causa mía. Soy un joven malo… Amo y hago padecer… Con mi madre… contigo… con mi mujer, si mañana tuviera una esposa… ¡Mejor sería que yo muriera!…

–           Mejor sería que te convirtieras. No obstante, quedas perdonado. Adiós.

el buen pastor

Jesús sale y entorna la puerta.

Afuera está Pedro y le dice:

–           Ven, Maestro. Ya es tarde y hay mucha gente. Empezará a atardecer dentro de poco y ni siquiera has comido… Ese muchacho es la causa de todo.

–           Ese “muchacho” tiene necesidad de todos vosotros para dejar de ser la causa de estas cosas. No lo olvides, Pedro. Si fuera tu hijo, ¿Serias indulgente con él?…

–           ¡Bueno!… Sí y no. Sería indulgente… pero… También le enseñaría alguna que otra cosa, aun siendo ya hombre, como lo haría con un libertino. La verdad es que si fuera mi hijo no sería así…

–           Basta.

–           Sí, basta, Señor mío. Allí está Mannahém. Es aquel del manto de un rojo tan oscuro que es casi negro. Me ha dado esto para los pobres y me ha dicho que si podía quedarse a dormir.

–           ¿Qué has respondido?

–           La verdad: “Tenemos camas sólo para nosotros. Ve al pueblo”

Jesús no dice nada, pero deja plantado a Pedro y se dirige hacia donde está Juan para decirle algo.

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Luego camina hacia su improvisado púlpito y  comienza a hablar:

“La paz esté con todos vosotros y con ella descienda sobre vosotros luz y santidad. Está escrito: “No tomes  en vano mi Nombre”. ¿Cuándo se le toma en vano? ¿Sólo cuando se le blasfema? NO. También cuando uno lo pronuncia sin ser digno de Dios.

2

¿Puede un hijo decir: `Amo y honro a mi padre”, si luego, a todo lo que el padre desea de él opone una acción contraria? No es diciendo: “padre, padre” como se le ama. No es diciendo: Yahvé – Dios, Yahvé Dios”, como se ama al Señor. ‘

En Israel, que tiene tantos ídolos en el secreto de los corazones, existe también un hipócrita alabar a Dios, un alabar que no queda corroborado por las obras de quienes lo hacen. Hay en Israel también una tendencia: la de descubrir muchos pecados en las cosas externas y NO QUERER ENCONTRARLOS DONDE REALMENTE EXISTEN, en las cosas internas.

Tiene también Israel una necia soberbia, un antihumano y antiespiritual hábito: el de estimar Blasfemia el Nombre de nuestro Dios pronunciado por labios paganos, llegando a prohibirles a los gentiles el acercarse al Dios verdadero porque se considera sacrilegio.

YAHVEH nombre_santo

Así ha sido hasta ahora. ¡Cese ya! El Dios de Israel es el mismo Dios que ha creado a TODOS los hombres.

¿Por qué impedir que los seres creados sientan la atracción de su Creador? ¿Creéis que los paganos no sienten algo en el fondo del corazón. Hay una insatisfacción que grita, que se agita, que busca… ¿A quién? A ¿Qué?: al Dios Desconocido.

¿Y pensáis que si un pagano orienta su propio ser hacia el altar del Dios Desconocido, hacia ese altar incorpóreo que es el alma en que siempre hay un recuerdo de su Creador.

hombre cuerpo y alma

El alma que espera ser poseída por la gloria de Dios, como lo fue el Tabernáculo erigido por Moisés según la orden recibida y que llora hasta no quedar poseída…

¿Pensáis acaso que Yahvé Dios rechaza su ofrecimiento como si de una profanación se tratase? ¿Y creéis que es pecado ese acto, suscitado por un honesto deseo del alma que despertada por celestes llamadas, dice “voy” al Dios que le está diciendo “VEN”?

¿Mientras que por el contrario sería santidad el corrompido culto de un Israel que ofrece al Templo, lo que tras haber gozado le sobra y entra a la presencia de Yahvé Dios y nombra al Purísimo con alma y cuerpo, que no son sino toda una gusanera de culpas?

sepulcros blanqueados hipocresia

En verdad os digo que es en ese israelita, que con alma impura pronuncia en vano el Nombre de Dios, donde se da la perfección del sacrilegio.

Es pronunciarlo en vano cuando – y estúpidos no sois – cuando por el estado de vuestra alma, SABÉIS QUE LO PRONUNCIÁIS INÚTILMENTE.

¡Oh, verdaderamente veo el Rostro Indignado de Yahvé Dios, volviéndose hacia otra parte con disgusto, cuando un hipócrita lo llama, cuando lo nombra un impenitente! Y siento terror de ello, Yo que no merezco ese enojo divino.

hipocrita RESPETO HUMANO APARIENCIAS

Leo en más de un corazón este pensamiento: “Pero entonces, aparte de los niños, ninguno podrá invocar a Yahvé Dios, dado que en todas partes en el hombre hay impureza y pecado”. NO. No digáis eso. Son los pecadores quienes deben invocar ese Nombre. Deben invocarlo quienes se sienten estrangulados por Satanás y quieren liberarse del Pecado y del Seductor.

QUIEREN. He aquí lo que transforma el sacrilegio en rito. Querer curarse. Llamar al Poderoso para ser perdonados y para ser curados. Invocarlo:  Yahvé, para poner en fuga al Seductor.

Está escrito en el Génesis que la Serpiente tentó a Eva en el momento en que el Señor NO paseaba por el Edén. Si Dios hubiera estado en el Edén, Satanás no habría podido estar.

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SI EVA HUBIERA INVOCADO A Yahvé DIOS, SATANÁS HABRÍA HUIDO. Tened siempre en el corazón este pensamiento. Y llamad con sinceridad al Señor. Ese Nombre es salvación.

Muchos de vosotros quieren bajar a purificarse. Purificaos primero el corazón incesantemente, escribiendo en él con el amor, la palabra ” Yahvé“. No con engañosas oraciones o con prácticas consuetudinarias… Sino con el corazón, con el pensamiento, con los actos, con todo vosotros mismos, pronunciad ese Nombre: Yahvé Dios.

Pronunciadlo para no estar solos, pronunciadlo para ser sostenidos, pronunciadlo para ser perdonados.

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Comprended el significado de la palabra del Dios del Sinaí: “En vano”

Es cuando decir ” Yahvé Dios” no supone una transformación en bien. Y entonces, es pecado. “En vano” no es cuando, como el latido de sangre en el corazón, cada minuto de vuestro día y toda acción vuestra honesta, toda necesidad, tentación, todo dolor os trae a los labios la filial palabra de amor: “¡Ven, Dios mío!”.

Entonces, en verdad no pecáis nombrando el Nombre santo de Dios. Podeis iros.  Marchad. La paz sea con vosotros.”

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No hay ningún enfermo. Jesús permanece con los brazos cruzados apoyado contra la pared, bajo el techado en que ya descienden las sombras. Jesús mira a quienes se marchan en los asnos, a quien se apresura a ir al río movido por un impulso de purificación… a quien a través de los campos, se dirige hacia el pueblo.

El hombre vestido de rojo oscurísimo parece inseguro respecto a qué se debe hacer. Jesús lo mira con muchísima atención. Finalmente el hombre toma una decisión y dirige hacia un caballo blanco bellísimo, adornado con una gualdrapa roja que pende bajo la silla muy mullida .

Jesús camina con largas zancadas y llegando junto a él…

Le dice con solicitud:

–       ¡Hombre, espérame! Cae la tarde. ¿Tienes dónde dormir? ¿Vienes de lejos? ¿Estás solo?

El hombre responde dubitativo:

–           Desde muy lejos… e iré… no lo sé… al pueblo, si encuentro… si no… a Jericó… Allí he dejado la escolta. No me fiaba de ella.

–           No. Te ofrezco mi cama. Ya está preparada. ¿Tienes qué comer?

–           No tengo nada. Creía encontrar un pueblo más hospitalario…

–           Nada falta allí.

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–           Nada. Ni siquiera el odio hacia Herodes. ¿Sabes quién soy?

–           El nombre de quienes me buscan es uno sólo: hermanos en el nombre de Dios. Ven. Partiremos juntos el pan. Puedes resguardar el caballo en ese recinto; lo vigilo Yo, que dormiré allí.

–           No. Jamás. Yo duermo allí. Acepto el pan, pero nada más. No meteré mi cuerpo sucio donde Tú recuestas tu cuerpo santo.

–           ¿Me estimas santo?

–           Sé que eres santo. Juan, Cusa… tus obras… tus palabras… Todo ello resuena en palacio como el rumor de una ola tempestuosa en la concha que lo conserva. Yo bajaba a donde Juan… luego lo perdí. Pero me había dicho: “Uno que es más que yo te recogerá y te elevará”. Sólo podías ser Tú. He venido en cuanto he sabido dónde estabas.

Están ahora solos bajo el techado. Los discípulos, en la cocina, cuchichean y miran de reojo.

Vuelve del río Simón el Zelote, que hoy le tocó Bautizar, con los últimos que recibieron el bautismo.

Jesús, después de bendecirlos, dice a Simón:

–      Este hombre es el peregrino que busca alojamiento en Nombre de Dios, y en el Nombre de Dios lo saludamos como amigo.

bautismo

Simón hace una elegante inclinación, que es el saludo habitual entre los nobles. También lo hace el hombre. Entran en el enorme establo y Mannahém ata el caballo al pesebre.

Acude Juan, advertido por un gesto de Jesús, llevando hierba y un cubo de agua.

Acude igualmente Pedro, con una lamparita de aceite porque ya es de noche.

–       Aquí estaré extraordinariamente. Dios os lo pague. – dice el caballero.

Jesús lo invita a entrar a la casa, para compartir la cena. Y los cuatro, junto con Simón  entran a la cocina iluminada por un haz de ramas secas encendido en ese momento.

Todo termina.

cena

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