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14.- UNA PRINCESA OLVIDADA


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Mientras Marco Aurelio comparte sus planes a Petronio. En el Palatino…

Actea es una princesa griega, hija del rey Artaxias III que se convirtió en esclava cuando fue muerto su padre. Hubo un tiempo en que las más poderosas cabezas de Roma se inclinaban delante de ella, cuando era la favorita de Nerón. Pero ni aún entonces demostró ella el menor interés de intervenir en los asuntos públicos.

Y si alguna vez hizo valer su influjo sobre el joven gobernante, fue tan solo para implorar clemencia en favor de algún condenado. Su carácter apacible y su modestia, se conquistaron la gratitud de muchos y no se granjeó enemigos. Ni la misma Octavia pudo aborrecerla y hasta para los que la envidian, la consideran absolutamente inofensiva.

Todos piensan que sigue amando a Nerón, con un amor resignado y doloroso que ha perdido la esperanza y solo se alimenta de los recuerdos de cuando el César no solo era más joven y amante, sino diferente del hombre en el que se ha convertido.

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Y como no hay ni la más remota esperanza de que el emperador vuelva a ella, es considerada una persona inocua y por lo mismo, nadie la molesta.

Popea la considera simplemente como una sirvienta pacífica y tan poco peligrosa, que ni siquiera ha intentado alejarla del palacio.

Pero como el César la amó en otro tiempo y la dejó sin agraviarla, de una manera tranquila y hasta cierto punto amigable; se le guarda cierta consideración y un gran respeto.

Nerón cuando la manumitió, le permitió seguir viviendo en el Palatino; le asignó departamentos especiales y una pequeña comitiva de sirvientes.

Y de vez en cuando aún es invitada de honor a las fiestas del César, tal vez porque éste todavía la considera un bello adorno.

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La fiesta ya está preparada y Alexandra ha sido llamada para asistir. El miedo, la incertidumbre y una especie de estupor, luchan en su interior, junto con el deseo de no ir. Todavía no logra asimilar su repentino cambio de vida.

Ella le teme a Nerón. Les teme a las gentes del palacio que son tan diferentes al ambiente del cual ha sido arrancada. Le teme especialmente a las fiestas de cuya vergonzosa índole, ha oído hablar a  Publio y a Fabiola: “Todo termina en orgía y borrachera”.

Aunque es joven e ingenua, intuye lo que pasa; siente que en este palacio la amenaza su ruina y se siente deprimida.

Actea por su parte, comprende perfectamente el ánimo de la doncella y está buscando la forma de distraerla. Le muestra las preciosas joyas que está sacando de un cofre y habla de la exquisita orfebrería que las elaboró… Aunque es evidente que la mente de su oyente, está muy lejos de ahí.

Están en el peristilo adyacente al cubículum de Actea.

            Alexandra, después de muchas cavilaciones y mientras juguetea con un crisantemo, tímidamente pregunta:

–                Actea, ¿Puedo preguntarte algo?

Actea se queda con un precioso brazalete de zafiros en la mano y dispone toda su atención. En el tono suave de su voz, vibra el deseo de consolarla:

 –        Dime. Si conozco la respuesta, con mucho gusto te ayudaré.

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El alma de Alexandra se debate entre el desafío y el miedo.

 –           ¿Qué pasaría si me niego a participar en el banquete?

Actea la mira tan asombrada que enmudece y se queda boquiabierta.

Alexandra, tratando de vencer su miedo,  insiste con un tono un tanto desafiante:

–             Si. No quiero asistir. Me niego a ir a esa fiesta. No me interesa participar en ella.

Cuando Actea se dio cuenta de estas vacilaciones, la miró con asombro y la creyó víctima de un delirio febril.

¡Cómo es posible! ¿Resistirse al mandato imperial y exponerse desde el primer momento a su cólera? Sólo esta niña que no lo conoce, es capaz de pensarlo y no sabe lo que está diciendo.

Actea comprende por las palabras de Alexandra, que la joven ni siquiera se considera un rehén. Se siente más bien una princesa olvidada por su pueblo y lo más extraordinario: libre de ejercer una voluntad soberana.

Mientras Alexandra expone sus múltiples razones y finaliza diciendo:

–         Además creo que tú comprendes mejor que nadie porqué No debo asistir. Los cristianos no participamos de estos eventos que ofenden mucho a Dios.

La griega la escucha pensando en todas las consecuencias de esa temeraria decisión… Ninguna ley de las naciones la protege. Y aunque la protegiera. La voluntad del César es lo bastante poderosa para atropellarla, en un momento de regia cólera.

Nerón la ha reclamado y dispondrá  de ella a su imperial antojo. A partir de este momento, es juguete de la voluntad del César; por encima de la cual, no existe nada en el mundo.

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Actea le contesta:

–           Sí. Yo también soy cristiana y sé que sobre él está Dios Todopoderoso. Pero tienes que tener presente que en este palacio, todo se doblega ante la voluntad del César. No lo olvides Alexandra y sé prudente.

Alexandra insiste con determinación:

–           Nuestra doctrina lo prohíbe y tú también lo sabes…

–         Sí. Es verdad. Nuestra doctrina te prohíbe ser lo que alguna vez yo misma fui. Y sé que entre la deshonra y la muerte se debe elegir ésta última. Pero yo era sólo una esclava ¡Y tú aún no sabes lo que te espera!

–           ¿Pueden obligarme?…  ¿Crees que sea capaz de sentenciarme, sólo por no ir a un convite?

–           ¿No has oído hablar de la hija de Sejano, una doncella que por orden de Tiberio, fue violada por el verdugo antes de ejecutarla; por respeto a una ley que prohíbe que se castigue a las vírgenes con pena de muerte?

–           ¿Me aplicará la pena de muerte, sólo porque no quiero ir a su fiesta?

–           ¡Alexandra, Alexandra! ¡No provoques al César! Si llega el momento decisivo en que debas tomar una decisión crucial, podrás obrar como el Señor te lo inspire, pero no busques la destrucción por tu propio arbitrio. Y no irrites por una causa trivial a una divinidad terrena que es al mismo tiempo, una cruel divinidad.

            Actea dijo estas palabras con una profunda compasión acercando su bello rostro al de ella. Como si deseara convencerla y al mismo tiempo observar el efecto que le causan a la joven rehén.

Alexandra la miró con confianza y le rodeó el cuello con los brazos. Dándole un beso en la mejilla, suspiró y dijo:

            –           ¡Oh! Actea. Tú eres buena.

Conmovida, Actea la estrechó contra su corazón. Y luego, al desprenderse de sus  brazos, le contestó:

–           Hubo un tiempo en que lo amé y él era mi alegría. Pero ahora mi felicidad es otra y en mi corazón hay una esperanza… –sonríe y con el dedo dibuja sobre la mesa, la figura de un pez. Y agrega- Ni por un momento pienses en resistir al César. Sería una completa locura. Y permanece tranquila. Conozco bien esta mansión y creo que nada te amenaza de parte del príncipe.

            –           ¿Por qué estás tan segura?

.

–            Si Nerón hubiera ordenado que te trajesen para él, no te habría traído al Palatino. Aquí gobierna Popea. Y desde que ella dio una hija a Nerón, su influencia sobre él es casi completa.

–           ¿Entonces por qué es tan desastroso que me niegue a ir, si a él yo no le importo nada?

–           No. Es verdad que Nerón ha ordenado que vayas a la fiesta. Pero todavía no te ha visto, ni a preguntado por ti. Es muy evidente que tu persona no le preocupa en absoluto.

–           ¿Y por qué me reclamó?

–           Es posible que te haya querido arrebatar a La Familia Quintiliano, sólo porque está irritado contra ellos.

–           Entonces ¿Hasta cuándo voy a estar aquí?

–          Petronio me ha escrito que te cuide. Y también lo hizo Fabiola, como ya lo sabes. Es posible que Tito me haya hecho esta recomendación a instancias de ella. Y si es así, ningún peligro te amenaza; pues tal vez el mismo Petronio consiga de Nerón, que te restituyan a la casa de Publio.

–           ¿Nerón quiere mucho a Petronio?

–           Yo no sé si el César quiera mucho a Petronio. Pero sí me consta que muy raras veces tiene opiniones contrarias a la suya.

–           ¡Ay Actea! Petronio estuvo en la casa antes de que me trajeran y mi padre está convencido de que es por instigación suya que Nerón ha ordenado que le sea yo entregada.

–           Eso no está bien.

–           ¡Claro que no está bien! Y si no me trajo para él, ¿Por qué quieren obligarme a lo que ni siquiera me preguntaron si estaba dispuesta a aceptar?

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Actea se pone pensativa un momento. Luego dice:

–           El César no quiere a Publio, ni a Fabiola. Ignoro si Petronio es mejor que los demás integrantes de la corte que rodea al César; pero lo que sí sé, es que es muy diferente a ellos. ¿A quién más conoces, que pudiesen interceder por ti y que esté cercano al César? Quizá algún conocido del general Quintiliano…

–           Vespasiano y Tito visitaban la casa.

–           El César no los quiere.

–           También Trhaseas.

–           Tampoco a él.

–           Séneca es amigo de la familia.

–          Si Séneca insinuase algo, eso sería suficiente para que Nerón haga exactamente lo contrario.

Alexandra se ruborizó intensamente al decir:

–           Marco Aurelio.

Actea frunció el entrecejo antes de decir:

–           No le conozco.

–           Es pariente de Petronio y acaba de regresar de Armenia.

–           ¿Crees tú que Nerón le quiera?

–           Todos quieren a Marco Aurelio.

–           ¿Y él intercedería por ti?

–           Tal vez… Creo que sí. –afirma segura.

–          Entonces lo más seguro es que lo veas en la fiesta y tan solo por eso debes ir.

Alexandra la miró dudosa y dijo:

–           ¿Por qué piensas que sea muy indispensable verlo en la fiesta?

Actea insistió:

–           Primero porque debes asistir y solo una niña como tú, ha creído poder actuar de otra manera sin pensar en las consecuencias. Y segundo: si deseas volver a la casa de Publio, tienes que conseguir que Marco Aurelio y Petronio mediante su influencia, obtengan para ti el poder regresar a tu hogar. Si ellos estuvieran aquí, te dirían lo mismo que yo: intentar la más mínima resistencia, es locura y ruina.

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–           Si no voy ¿Se daría cuenta el César?

–          Pudiera ser posible que tu ausencia pase inadvertida para el César. Pero si se llega a enterar y juzga que tuviste la osadía de oponerte a su voluntad, no habrá para ti salvación.

Siguió un penoso silencio y ya no hubo objeción alguna.

Media hora más tarde, Actea levantó su bello rostro y exclamó:

–           ¡Oye Alexandra! Ya se escucha el rumor en el palacio. Cuando el sol se aproxime a su cenit, los invitados empezarán a llegar.

Alexandra lanza un profundo suspiro de resignación y acepta

–           Tienes razón Actea. Voy a seguir tu consejo.

–          Entonces vamos, para estar listas cuando envíen por ti. –y la llevó al unctorium.

Actea se ocupó personalmente de ataviarla y se manifestó su espíritu helénico, pues una vez que la desvistió para engalanarla; contempló asombrada su cuerpo escultural y perfecto, que complementa su rostro hermosísimo.

Y quedó muda de admiración pensando que Fidias hubiera deseado tenerla a su alcance, para esculpir a Afrodita.

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Sus ojos la miraron maravillados y no pudo reprimir una exclamación de sorpresa:

–           ¡Alexandra! ¡Tú eres cien veces más hermosa que Popea!

Alexandra, educada en la cristiana casa de Publio donde se observa el mayor recato aún entre personas del mismo sexo; es una virgen bella como un ensueño. De contornos armoniosos como una obra de Praxíteles.

Está de pié, dominada por una extraña alarma, completamente ruborizada. Unidos los muslos, cubriendo sus senos turgentes con las manos y mirando al piso, llena de pudor. De repente y en un súbito impulso; desprendió los broches que sujetan sus cabellos.

Y con una ligera sacudida a su cabeza, con sus cabellos negros y ondulados, se cubrió con ellos como un manto.

Actea la contempló por unos momentos pensando en la forma de sacar el mejor partido de aquella belleza y la entregó a dos esclavas que la llevaron a bañar. Después le ungieron el cuerpo con perfumados aceites y le humedecieron el cabello con verbena. Luego le pusieron una bata y la pasaron a otras dos esclavas, para peinarla y vestirla.

En todo han sido dirigidas por Actea; que aunque está supervisando su propio arreglo,  no puede reprimir exclamar con admiración:

–           ¡Oh! ¡Y qué cabellos los tuyos! No es necesario cubrirlos con polvo de oro. Tienen un brillo propio. Tu cabellera ondulante hace un lindo marco a tu increíble hermosura. ¡Maravilloso debe ser tu país parto, de donde vienen criaturas tan perfectas!

Alexandra se ruboriza y como una niña responde:

–           A veces se me pierden sus detalles entre la bruma del olvido… Y sé que no volveré a verlo. Recuerdo sobre todo, sus bosques de maderas preciosas. Y mis padres… –un destello de dolor nublan la mirada de sus ojos verde-azul y calla.

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Actea dice:

–           Pero brotan gallardas flores en esos bosques. – mientras continúa inspeccionando y dirigiendo los progresos del peinado que le están haciendo las dos expertas esclavas.

Cuando terminan, Alexandra ha sido vestida con una túnica azul pálido, sin mangas. Un peplo blanquísimo que arreglaron en artísticos pliegues. Y unas sandalias bordadas y atadas a sus tobillos, con cordones de oro.

Enseguida, Actea le puso las joyas: gargantilla, aretes, brazaletes, anillos, broches en el pelo. Unas verdaderas obras de arte, trabajadas en filigrana de oro y piedras preciosas, que hacen que la joven luzca como una genuina princesa real.

Ya que hubo finalizado el arreglo de Alexandra, se dispuso a concluir el suyo propio y dio las órdenes pertinentes a sus esclavas.

Mientras tanto seguía mirando y admirando a la joven que radiante como una diosa, le sonríe. Sonrisa a la que corresponde Actea, llena de complacencia.

Pronto estuvo lista también Actea.

Y cuando los primeros cisios comenzaron a llegar a la puerta principal del palacio, ella y Alexandra penetraron en el pórtico lateral desde donde se ve el patio principal rodeado por columnas de mármol y hermosas estatuas. Gradualmente aumenta el número de visitantes que pasan bajo el soberbio arco de la entrada principal y sobre el cual, la espléndida cuadriga de Lisias parece querer volar hacia el espacio, llevándose a Diana y a Apolo.

Alexandra contempla asombrada toda esta magnificencia que jamás hubiera pensado que pudiera existir desde la austera casa de Publio.

Los rayos del sol, dan destellos dorados sobre el mármol de las columnas y sobre las magníficas estatuas de las Danaides, los dioses y los héroes, a cuya vera fluyen multitud de personas ricamente ataviadas.

Domina sobre todo esto, el Hércules gigantesco sobre cuya cabeza irradian los rayos solares, aumentando su esplendor.

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Actea va señalando a Alexandra, a los que van pasando. Algunos con sus nombres, agregándoles sus historias breves, terribles. Historias que ponen asombro, pavor y admiración, en el ánimo de la joven.

Para ella, éste es un mundo extraño; cuya belleza deslumbra sus ojos, pero cuyos contrastes la asustan y no logra asimilarlos por completo.

Mientras caminan despacio, a lo largo de las majestuosas galerías; Actea va develando poco a poco, en voz baja, los terribles secretos de aquel palacio y de aquellas personas.

–           Aquí cayó Calígula bajo el puñal de Casio Queroneo y allí fue asesinada su esposa. Allá,  estrellaron a su hija y también la mataron.

Siguen caminando, mientras Alexandra imagina horrorizada, las terribles escenas. Llegan a otra ala del edificio y Actea continúa:

–           Aquí abajo están las mazmorras. Y en una de ellas, el menor de los Drusos, se devoró las manos en medio de la desesperación, por el hambre. Y aquí, Druso el mayor tuvo las convulsiones postreras, cuando lo envenenaron…
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Mientras recorren el vastísimo palacio, Actea continúa con su crónica de horrores:

–          Dondequiera que caminemos, por todas partes. Estas murallas han escuchado los gemidos del sufrimiento y los estertores de la muerte. Y esas gentes que ahora se apresuran a la fiesta envueltos en sus elegantes togas, luciendo sus vistosas túnicas y preciosas joyas; después los mirarás coronados de flores y mañana pueden ser víctimas de una condena.

Alexandra pregunta espantada:

–           ¿Sin ningún motivo? ¿Cómo puede ser eso posible?

Actea sonríe ante esta inocencia que desconoce la maldad. Y aclara:

–           Antes no era así, te lo aseguro. La influencia de Popea ha refinado su crueldad. Todo depende del humor del César y del agravio con el que se sienta ofendido. Míralos bien. En más de un semblante y detrás de una sonrisa; se oculta el terror, la alarma y la incertidumbre del día siguiente. La fiebre, la avaricia, la envidia, están en este momento royendo los corazones de esos coronados semidioses, en apariencia tan ajena y tan feliz mientras disfrutan de lo mundano.

Al escuchar todo aquello, en el ánimo de Alexandra se mezclan la visión magnífica del espléndido Palatino, con los terribles acontecimientos referidos…

Y se agiganta siempre más la añoranza angustiosa, por la amada familia de donde ha sido arrancada: el apacible hogar de la familia de los Quintiliano, en donde el poder dominante es el amor y NO el Crimen y la Traición… 

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONÓCELA

P196 REGENTE DEL UNIVERSO


jinete-caballo blancoOCTUBRE 30  2016     4:15 P.M

LLAMADO URGENTE DE DIOS PADRE A LA HUMANIDAD

Mi Paz esté con vosotros Pueblo mío, Heredad mía:
Muy pronto comenzarán los Días de Justicia y con Ella, la Justa Ira de Dios que restablecerá el Orden y el Derecho en todos los confines de la tierra. 

JUSTICIA DIVINA

Nada de lo que está por venir tendrá marcha atrás. Todos los Acontecimientos se desatarán como están descritos. Un acontecimiento seguirá al otro y esta Humanidad caminará por el Desierto de la Purificación. 

Entonces, SABRÁN QUE YO SOY EL REGENTE DEL UNIVERSO,

QUE VENGO CON MI JUSTICIA A PONER ORDEN EN MI CREACIÓN.

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El Instrumento de Mi Justicia se está acercando a la Tierra y NADA, NI NADIE PODRÁN DETENERLO.

 Ni la Ciencia, ni la Tecnología de este Mundo, podrán detener o desviar el Fuego de Mi Justicia. 

Voy a Castigar a las naciones impías y a borrar de la faz de la Tierra la Maldad, el Pecado y la Injusticia.  

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LIBRO DE DANIEL, CAPÍTULO 5

¡Naciones impías, vuestros días están contados, pesados y medidos!

Naciones impías, ¿Pensasteis qué podíais burlaros de Mi?  ¿Qué podíais Pecar y Pecar, sin recibir Castigo?

¡Oh, qué equivocadas que estáis! Vendré a vosotras como Yhavé Sebaot,  Señor de los Ejércitos y la Justicia. ¡Y os pediré cuentas de vuestras detestables acciones!

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El Caos y la Desesperación muy pronto se apoderará de vosotras, NACIONES IMPÍAS y ya NO habrá quien os escuche.  Convertiré en desierto estas naciones. En lugares desolados, donde sólo morarán las bestias salvajes.

La Espalda os daré y no la cara cuando pase con el Fuego de mi Justicia sobre vosotras.  Os aseguro que tuve más consideración  con Sodoma y Gomorra, que la que tendré con vosotras.

 Estas aún son recordadas. Pero de vosotras naciones impías de estos Últimos Tiempos, NO QUEDARÁ NI EL RECUERDO…

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Terminando el Año de Mi Misericordia, COMENZARÁN mis Días de Justicia.  ¿Quién podrá resistir a mi Justicia?

Los hombres de sincero corazón y recto caminar, serán los ÚNICOS qué podrán resistirla.  Mis Ángeles ya están listos, para hacer sonar de nuevo las Trompetas.

Cuando escuchéis su Sonido, sabréis que el Tiempo de Mi Justicia ha comenzado.

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Orad, orad y CLAMAD AL CIELO, para  que podáis sobrellevar los Días de Angustia que se aproximan.

De nada os servirán vuestros refugios subterráneos, ricos y potentados…

PORQUE NINGÚN LUGAR EN LA TIERRA ESTARÁ SEGURO.

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Solo la Oración y la Alabanza que hagáis a vuestro Padre del Cielo os mantendrá seguros en aquellos días.

Mi Creación está a punto de entrar en la Etapa Final de su Purificación y la Caída del Fuego de Mi Justicia, acelerará su Parto.

Todo en el Universo se conmocionará y unos Nuevos Cielos y una Nueva Tierra crearé… y un Resto de vosotros será mañana mi Pueblo Elegido.

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PREPARAOS pues habitantes de la Tierra.

Aprovechad al máximo estos Úlltimos días de Misericordia que os regalo, para que estéis listos a la Llegada de mi Aviso  y a los Días de Justicia que se Aproximan.

Vuestro Padre Yhavé, Señor de las Naciones

Dad a conocer mis mensajes en todos los confines de la Tierra

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http://www.mensajesdelbuenpastorenoc.org/mensajesrecientes.html

13.- LA PRUEBA II


EL ORIGEN DEL DOLOR

La Muerte y el Dolor entraron en el Mundo por envidia del Demonio. Pero Dios NO es autor, ni de la muerte, ni del dolor. Y NO se alegra con el dolor de los vivientes.

El Pecado destruyó la capacidad y la intensidad en el Amor. Y desde entonces el Dolor existe en la Tierra y arranca lágrimas al hombre, por la depravación de su inteligencia que trata siempre de aumentarlo por todos los medios.

En su paso por la tierra, el hombre más que para sufrir, vive para hacer sufrir. ¡Cuántas lágrimas se acarrea el hombre por la instigación oculta de su amo: ¡Satanás!

Nadie quiere sufrir, pero todos buscan que los demás sufran.

LA SOBERBIA Y LA EXCUSA.

“La serpiente   me engañó”, dijo Eva. “La mujer me presentó el fruto y comí de él”, dijo Adán.” Y desde aquel momento la Concupiscencia Triple se apoderó de los tres reinos del hombre.

No hay más que la Gracia para desprenderse de las fuertes ataduras de este monstruo despiadado. Cometieron el primer acto contra el Amor, con la Soberbia, la Desobediencia, la Desconfianza, la Duda, la Rebelión, la Concupiscencia Espiritual y por último, la Concupiscencia Carnal.

También en las ofensas contra la Ley divina, el hombre pecó antes contra Dios, queriendo ser igual a Dios: ‘dios’ en el conocimiento del Bien y el Mal. Y en la absoluta y por lo mismo ilícita libertad de proceder a su placer y querer contra todo consejo, lo prohibido por Dios.

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Después pecaron contra el Amor, amándose desordenadamente, negando a Dios el amor reverencial que le debían. Metiendo el ‘yo’ en el lugar de Dios, odiando a su prójimo futuro: su misma prole, a la cual le procuró la herencia de la Culpa y de la Condena; despojados de todo lo que Dios les había dado.

Por último, pecó contra su dignidad de criatura regia, que había tenido el don del perfecto dominio de los sentidos, rebajándose a sí mismo a un nivel inferior al de las bestias.

¡Bien conocieron después la Ciencia del Bien y del Mal! Con el conocimiento adquirido y la nueva vista por la cual supieron que estaban desnudos, los advirtió de la pérdida de la Gracia que los había hecho felices en su inteligente inocencia; hasta llegar a aquella hora, por la pérdida de la vida sobrenatural.

¡Desnudos! No tanto de vestidos, sino de los dones de Dios.

¡Pobres! Por haber querido ser como Dios.

¡Muertos! Con el espíritu muerto por el Pecado. Por haber temido morir con su especie, si no hubieran procedido directamente.

“Seréis como dioses, conocedores de todo, del Bien y del Mal.”

El apagado silbido de la serpiente, con su sonido cruzó el aire; encontró eco en el corazón del hombre y se fundió a su sangre; para entrar a lo más caro del alma, entronizándose en el altar de su espíritu. Y desde entonces vive perjudicándolo en cuerpo y alma, para obedecer al imperativo de la sangre envenenada por Satanás.

El hombre se equivoca al aplicar valor y significado a las cosas y a las palabras. Ser igual a Dios, ya había sido dado por dote por el Padre Creador. Con una semejanza en la cual no tienen nada que hacer, esto que es carne y sangre; sino en el espíritu. Porque Dios es Ser Espiritual y Perfecto. Y los había hecho grandes en el espíritu. Capaces de alcanzar la perfección mediante la Gracia plena en ellos y la ignorancia del Mal.

Jesús vino a poner las cosas y las palabras en la luz justa. Y con las palabras y los hechos demostró la verdadera grandeza, la verdadera riqueza, la verdadera sabiduría, la verdadera majestad, la verdadera deificación.

Y NO son aquellas que el hombre cree.

LA SENTENCIA DIVINA.

Dios Padre alejó al hombre del Jardín de sus delicias. Ya no podía confiar más en sus hijos. El hombre había querido ser el dueño de todo y se opuso a que Dios fuese el Único Creador. Se marchó a su destierro con su pecado. Era un rey humillado y despojado de sus dones. El Hombre del Paraíso se había convertido en un ser terrenal y mortal.

Su Reino lo perdió en manos del que lo pervirtió.

Satanás lo despojó de lo que Dios le había dado. Y de Amo se convirtió a sí mismo en esclavo, de aquel que había sido destinado a obedecerlo. Y el Dolor y la Muerte entraron a formar parte de la vida humana.

La herida de Eva engendró el Sufrimiento, que no terminará hasta que muera la última pareja sobre la tierra.

EL CASTIGO. 

No desproporcionado, sino justo.

Para entenderlo se necesita considerar la perfección de Adán y Eva.

Considerando aquel vértice, se puede medir la magnitud de la caída en aquel abismo de degradación.

Dios respetó la voluntad humana.

El hombre perseveró en su estado de rebelión hacia su Divino Benefactor. Porque no se arrepintió del dolor causado a Dios y todavía mantenía su unión con la mentira. Soberbiamente salió del Edén, después de haber mentido y haber aducido pobres excusas a su pecado.

Se hicieron cinturones de hojas y testimoniaron que se avergonzaban; no por estar desnudos y aparecer tales ante Aquel que los había creado y conservado vestidos solo de Gracia e Inocencia, sino porque eran culpables y tenían miedo de comparecer delante de Dios.

Miedo, sí. Arrepentimiento, NO.

Entonces Dios, después de haberlos expulsado del Edén, protegió con Querubines los umbrales del mismo, para que los dos prevaricadores no regresaran fraudulentamente, para hacer botín de los frutos del Árbol de la Vida, nulificando una parte del justo castigo y defraudando todavía una vez más a Dios de su derecho: aquel de dar y de quitar la vida.

Dios es nuestro Rey y nuestro Padre. No un siervo y menos un esclavo.

Dios es Justo.

Cuando castigó al hombre, NO le quitó la inteligencia, ni la fuerza moral, porque nunca ha dejado de amar al hombre, por más culpable que éste sea.También le dejó al hombre la voluntad soberana, para que éste pudiese llegar a ser dueño de sus pasiones y pudiera controlarlas.

El hombre debió obedecer. Los inocentes eran castos. Sabían amar verdaderamente, con aquella ternura virginal que está en el más ardiente amor materno o en el más ardiente amor filial. O sea, de aquellos dos amores que no tienen atracción sensual y son fortísimos.

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Dios habría regulado el amor del hombre por las criaturas nacidas de su santo amor con Eva. Pero Adán y Eva no llegaron a este amor, porque el desorden había corrompido con su veneno, el santo amor de los Progenitores.

CONSECUENCIAS DEL PECADO.  

El Enemigo de Dios y del hombre por Odio, hirió mortalmente a la Humanidad y la infectó con el germen del Odio, de los Celos, de la Envidia. Y con esto puso la causa primaria de la división que enfrenta a los hombres el uno contra el otro.

De esta manera fue cosechado el segundo fruto de la maldad del Maligno: el fratricidio de Caín. Y desde entonces el virus de la violencia ha ido aumentando hasta alcanzar proporciones pavorosas, porque cada día crece más la semilla que Lucifer siembra en el corazón del hombre: EL ODIO.

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Por un solo hombre entró el Pecado en este mundo y por el pecado, la muerte. Y pudieron penetrar entre las delicias del Edén, turbando el orden, la armonía, el amor; esparciendo su veneno. Corrompiendo el intelecto, voluntad, sentimientos, instintos. Suscitando apetitos culpables, destruyendo la Inocencia y la Gracia, afligiendo al Creador.

Haciendo de las criaturas bienaventuradas, dos infelices; condenados uno. a obtener fatigosamente su pan de la Tierra; que por haber sido maldecida, produce cardos y espinas. Y a la otra, a parir con dolor; a vivir en el dolor y la sujeción del hombre.

Condenados los dos a conocer el dolor del hijo muerto y la vergüenza de ser los padres de un fratricida. Y finalmente a conocer el dolor de morir.

Hasta aquel momento, el veredicto de Dios no había todavía fragmentado la rebelión del hombre, el cual con la fácil adaptación de los animales, se había adaptado rápido a su nuevo destino. No más fácil y alegre como el anterior; pero no privado de gozos humanos que compensaban sus dolores humanos.

Las pasiones de los sentidos se satisfacían en la carne compañera.

La alegría de crear por sí solos nuevas criaturas, -¡Oh, orgullo persistente!-. Ilusionándose con esto, que era el ser iguales a Dios Creador; el dominio sobre los animales, la satisfacción de la cosecha y del bastarse a sí mismos, sin tener que agradecer a nadie.

Alegrías sensuales, pero siempre alegrías. Cuánta oscuridad de vapores de orgullo y de niebla de concupiscencia, perduró obstinada en los dos protervos. La maternidad era obtenida con dolor, pero la alegría de los hijos compensaba aquel dolor. El alimento era obtenido con fatiga, pero el vientre se llenaba igualmente y la gula era satisfecha, porque la tierra estaba colmada de cosas buenas.

La enfermedad y la muerte estaban lejanas. Gozando los cuerpos creados perfectos, de una salud y una virilidad que hacía pensar en una larga vida, aunque no fuese eterna. Se amaban con ternura y con pasión; ya que por su elección al orden sobrenatural; fueron dotados para amar y ellos, sí sabían amar mucho.

Y la soberbia fermentante suscitaba el pensamiento burlón: ¿Dónde pues está el castigo de Dios? Nosotros somos felices también sin Él.

Pero un día, el verde de los campos en los cuales florecían las flores multicolores creadas por Dios, enrojeció con la primera sangre humana vertida sobre la tierra.

Y dio alaridos de dolor la madre del dulce Abel muerto.

Y el padre comprendió que no era vana la amenaza de aquella promesa:Volverás a la tierra de la cual fuiste sacado, porque eres polvo y al polvo volverás.”

Y Adán murió dos veces: por sí y por su hijo. Porque un padre muere la muerte de su hijo viéndolo agonizar.

Y Eva alumbró con desgarramiento, dando a la tierra el cuerpo exánime de su predilecto y comprendió que cosa era el parir en pecado.

La muerte de Abel hizo añicos el orgullo de Adán y las escorias expertas de Eva, en el más atroz alumbramiento a las tinieblas.

El alarido de Eva, también marcó el nacimiento del arrepentimiento.

En aquella hora señalada por la primera sangre humana, esparcida por criminal violencia, por la cual la tierra fue maldecida dos veces. Hora en la cual fulminaba, el castigo de Dios. Murió el orgullo y nacieron el arrepentimiento y la nueva vida; con los cuales los dos culpables iniciaron el ascenso hacia la justicia y ameritaron, después de una larga expiación, el Perdón Divino por los méritos de Cristo.

Este dolor llenó el mundo y se trasmitió de generación en generación y terminará hasta que tenga fin el mundo. Ha llenado con su alarido el lugar en donde Adán extrae el pan de los surcos, sobre los cuales goteaba su sudor.

Se ha esparcido por la Tierra, los horizontes, los cañones, los desiertos y las selvas. Toda la Creación lo ha sentido y lo ha trasmitido. Y como luz cegadora ha hecho ver a Adán y a Eva, la inmensidad de su Pecado. No cometido solamente contra Dios, sino contra ellos mismos, en su carne y en su sangre.

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Todo este milenario dolor viene de un desorden creado por un rebelde en el Cielo y por el consentimiento al desorden propuesto por él, a los dos primeros habitantes de la Tierra.

La Gracia restaura, pero la Herida queda. La Gracia auxilia, pero los impulsos hacia el Mal, quedan. Porque desde el momento del Pecado, el Bien y el Mal, son. Y se combaten dentro y fuera del hombre.

La impureza es la raíz de las enfermedades del alma. Los males morales tienen otros nombres: orgullo, codicia y sensualidad. Cuando se alcanza la perfección con estas tres fieras que lo destrozan, – y aun así el hombre las busca con loca ansiedad, – el alma queda totalmente separada de Dios.

La muerte y el dolor entraron en el mundo por envidia del Demonio. Pero Dios no es autor, ni de la muerte, ni del dolor. Y no se alegra con el dolor de los vivientes.

El Pecado destruyó la capacidad y la intensidad en el Amor. Y desde entonces el dolor existe en la Tierra y arranca lágrimas al hombre, por la depravación de su inteligencia que trata siempre de aumentarlo por todos los medios. 

En su paso por la tierra, el hombre más que para sufrir, vive para hacer sufrir. ¡Cuántas lágrimas se acarrea el hombre por la instigación oculta de su amo: Satanás!

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Nadie quiere sufrir, pero todos buscan que los demás sufran.

LA EVOLUCION DEL PECADO.

Adán y Eva faltaron al primero de los Mandamientos dados por Dios y pecaron contra el Amor a Él, con la Desobediencia. Pero NO pecaron contra el prójimo y en lugar de maldecir a Caín, lloraron por igual sobre el hijo muerto en la carne: Abel. Y sobre el hijo muerto en el espíritu por el Fratricidio.

Así pues, continuaron siendo hijos de Dios, junto con sus descendientes venidos después de este Dolor.

Caín pecó contra el amor a Dios y contra el amor al prójimo. Infringió por completo el amor. Dios le maldijo y Caín no se arrepintió. Por eso él y sus hijos, no fueron más que hijos del animal llamado hombre.

Si el primer pecado de Adán produjo tal decadencia en el hombre: ¿Qué grado de decadencia no habrá producido en el segundo, al que además acompañaba la maldición divina?

¿Qué variedad de formas de pecar no se habrán desatado en el corazón del hombre-animal, al estar totalmente privado de Dios y qué virulencia habrán alcanzado después de que Caín no solo escuchó el consejo del Maldito, sino que lo abrazó como dueño querido, asesinando por órdenes del mismo?

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El desgaje de aquella rama, envenenada por la posesión diabólica, evolucionó de mil maneras.

En donde no está Dios, está Satanás.

Cuando el hombre ya no tiene el alma viva, se transforma en un hombre-animal. EL BRUTO, AMA A LOS BRUTOS.dawn-of-the-planet-of-the-apes-face-wallpaper

La lujuria carnal al estar aferrada y soliviantada por Satanás, le desata la avidez por todas las uniones, presentándole atractivo y seductor, lo que en realidad es horrendo como un íncubo. Lo lícito ya no le satisface, por parecerle muy poco. Y fuera de sí por la lujuria, busca lo ILÍCITO; llegando a tener monstruos por hijos e hijas.

Son los monstruos que por el poderío de sus formas, su salvaje belleza y su ardor bestial; frutos de la unión de Caín con los brutos y de los brutísimos hijos de Caín con las fieras, insaciables en su sensualidad al hallarse abrasados por el fuego de Satanás.

DE ELLOS SON LOS RASTROS SIMIESCOS, QUE LLAMAN LA ATENCIÓN DE LOS CIENTÍFICOS, INDUCIENDO AL ERROR.

El hombre desatina con las líneas somáticas y  los ángulos cigomáticos. Y no queriendo admitir a un Creador por ser excesivamente soberbio para reconocer haber sido hecho; admite la descendencia de los brutos para así poder decir: “Por nosotros mismos hemos evolucionado de animales a hombres. Es el esfuerzo de superación.”

Y así el hombre prefiere auto degradarse, por no querer humillarse ante Dios. De este modo perdió el hombre la perfección de la belleza física y vino la variedad de las razas.

 En los tiempos de la primera corrupción, tuvo el aspecto de animal. Ahora ha adquirido esa apariencia en la mente y en el corazón… Y en su alma, por su cada vez más profunda unión con el Mal; ha tomado en demasiados, el rostro de Satanás, borrando casi totalmente la semejanza con Dios…

Y QUEDANDO SÓLO EL HOMBRE-ANIMAL,GUIADO POR LOS MÁS BESTIALES INSTINTOS. 

Leda y el cisne

LEDA Y EL CISNE

La prevaricación trastornó el orden con el más desconcertante desorden y destruyó el Plan Estupendo de Dios, cambiando totalmente la condición del hombre.

Satanás finalmente logró su objetivo y se apoderó del hombre, sobre el cual desahoga su odio, su veneno y sus desenfrenadas y desesperadas pasiones.

Al hombre rico, sabio, fuerte, feliz, inmortal y libre; lo convirtió en pobre, ignorante, débil, infeliz, mortal y esclavo, atormentado por su implacable verdugo.

A la felicidad del Paraíso Terrenal, siguió la infelicidad del exilio. A la Luz, siguieron las Tinieblas de la ignorancia, al grado de perder su propia identidad.

El Amor fue sustituido por el Odio. Al Bien para el que el hombre fue creado, se prefiere el Mal con toda su gama de manifestaciones. A la Vida Eterna, finalidad de la Creación, se prefiere la Muerte Eterna, en la abismal desesperación del Infierno. 

Dios, a cambio del Amor sin límites que ha dado al hombre, recibe un tremendo insulto: el desprecio absoluto por parte del ser humano, que en una monstruosa ingratitud se niega a reconocerlo y a amarlo.

La Humanidad ha pecado con el Deicidio, en el Pueblo Elegido, el Pueblo de Dios. El hombre se niega a reconocer al Salvador y lo mata, porque no le gusta lo que Él ha venido a decir. Y por no arrodillarse ante Dios hecho Hombre, negándole la Adoración que le corresponde; lo convierte en el Redentor; cumpliendo en esta forma el Plan Admirable de Dios.

Y después del Deicidio cometido por los sacerdotes de Israel; los fomes del mal  prosperaron cada vez más fuertes hasta que el hombre ha llegado a la perfección de la maldad y la perversión, en el más refinado satanismo.

La Noche de la Negación de Dios cubre ahora todo el mundo. Los corazones están endurecidos por el egoísmo y por el odio que prevalecen en todas partes. La inocencia de los niños es contaminada y profanada. 

El mundo se aleja cada vez más de Dios y se ha caído en el engañoso espejismo de creer poder prescindir de Él, construyendo una civilización materialista, que se niega a aceptar el pecado como un mal y haciendo al alma incapaz para el arrepentimiento, totalmente sordos a las voces del Cielo.

Satanás es el tirano que con las cadenas del pecado, arrastra al hombre hacia donde él quiere. Los impulsos del Pecado son el Egoísmo y el Odio, los dos enemigos acérrimos del Amor. Tientan con recompensas, amenazan con represalias, indagan, señalan y preparan asechanzas, para dañar al prójimo.

Así es como se realizan toda clase de crímenes. 

El hombre siempre se envilece cuando sirve al pecado. El alma corrompida empuja la carne a pecados obscenos, que envejecen y deforman. El vicioso jamás es verdaderamente feliz. Porque en las glotonerías y en el ocio, el cuerpo disfruta, pero el alma languidece.

Los culpables aunque lo nieguen, sufren, porque el pecado enferma el alma y hiere al espíritu. Y nadie puede herirse a sí mismo, sin causarse dolor. El pecador no conoce la paz en su corazón.

Todo pecado es una enfermedad y hay algunos que provocan la muerte inclusive física. Las bendiciones de Dios son destruidas por el pecado y la alegría se acaba. Toda acción mala, quita la paz. El alma pecadora siente cansancio y tedio, se aburre pronto de todo y no conoce el júbilo del verdadero amor, sintiendo dentro de sí un verdadero quebrantamiento.

El alma enferma por el pecado hace que muera el espíritu; el cual se convierte en instrumento de Satanás, para infligir daño a los demás, en la decadencia de un círculo perfecto de Maldad y de Odio. El pecado enferma al alma con un cáncer que carcome y destruye peor que la lepra. El cáncer del cuerpo se queda en la tierra, pero el Pecado permanece por toda la Eternidad.

El espíritu muerto por el pecado es totalmente dominado por Satanás. Quién toma ‘posesión espiritual’ del templo viviente que es el hombre, quién es lanzado a cometer verdaderas aberraciones que lo angustian y de las cuales quisiera verse libre.

Pero cada vez comprueba dolorosamente y muchas veces sin comprenderlo ¿Por qué NO PUEDE hacerlo?…

LA ESCLAVITUD DEL PECADO.

Entre los ángeles hay diferentes jerarquías: ángeles, arcángeles, etc. Entre los demonios también las hay. Jesús también especificó una distinción entre los demonios y los espíritus inmundos. Los demonios son los ángeles caídos que no supieron retener su condición.

Los espíritus inmundos son generados por los pecados de los hombres. El pecado consumado y convertido en vicio, fortalece y vitaliza a estos espíritus generados por la maldad humana. Llegan a agigantarse a tal grado que toman un dominio total del hombre, hasta esclavizarlo de una manera absoluta.

El alma fue creada para volver a unirse con Dios. Y cuando la libre voluntad del hombre decide unirla al pecado, se produce un místico adulterio espiritual.

La lujuria de la mente es la soberbia.

Fue el pecado de Satanás que se burló de Dios, llevándole a creerse superior a Él. La mente del soberbio fornica con Satanás, contra Dios y contra el Amor.

La lujuria del corazón es la ambición de las riquezas y del poder.

Es la que odia a Jesús y a su Evangelio, porque Él ha acabado con ella en el corazón de los que aprenden a amar a Dios.

La lujuria carnal empuja al cuerpo a vivir esclavizado como un animal.

Y sus instintos lo gobiernan en satánica tiranía, por infames placeres.

Esta es la Triple Concupiscencia que destruye al hombre manteniéndolo alejado de Dios. Porque el alma muere si se le mantiene apartada de Dios.

Dios es Amor. Privada de su fuente, el Amor, el alma pierde la capacidad de amar y a pesar de todos los esfuerzos, la felicidad se vuelve más inaccesible cada día. El odio y la amargura envuelven al alma que busca inútilmente un alivio.

El hombre privado de Dios por una vida llena de pecado, lo que lleva a cabo es un suicidio espiritual, porque en un loco e insensato deseo de vivir para sí, en el egoísmo desenfrenado, se priva de lo que viene a ser su misma vida: el Amor.

Y en el vacío resultante, la búsqueda incesante de paliativos, lo hunden en el vicio y en el error. 

Cuando se vive solamente para la materia, el cuerpo se vuelve lo más importante y por darle satisfacción a la carne, el hombre muere sin darse cuenta de que está muriendo en su parte más importante: la espiritual.

El que mata el amor, mata la paz. La inquietud resultante es la prueba de que las almas están moribundas, que languidecen por el hambre de Dios. Hambre que solo podrá ser saciada en la Fuente del Agua Viva: el Verbo Encarnado y en su Palabra: el Evangelio.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA