Archivos diarios: 4/11/16

19.- ATRAPADA…


jardin neptune_fountain_schonbrunn-foto-simon-matzinger-1140x580Nadie intentó detener a Bernabé. Los sirvientes y los soldados que lo vieron pasar con Alexandra semidesmayada en los brazos creyeron que se trataba de un esclavo que lleva a su ama embriagada.

Además, la presencia de Actea fue suficiente para abrirles el paso. Y así se fueron desde el triclinium, a lo largo de una serie de salas y galerías interiores hasta llegar a las habitaciones de Actea.

Después que recorrieron la columnata, entraron por un pórtico lateral que daba a los jardines imperiales. El aire fresco de la mañana despertó a Alexandra.

La aurora pinta el cielo con resplandecientes y cambiantes colores, que se reflejan en las copas de los pinos y los cipreses, a los primeros albores de la mañana.

Esa parte del conjunto de edificios que conforman el Palatino; está casi vacía y solo llegan apagados los últimos sonidos de la fiesta que ya agoniza.

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A Alexandra le parece que ha sido rescatada del Infierno y al mirar en aquel hermoso lugar el firmamento, la espléndida aurora, la luz, la paz, el silencio, el sonido de la naturaleza que despierta; llorando busca refugio en los brazos del gigante.

Y exclama entre sollozos:

–           ¡Vámonos a la casa de Publio, Bernabé! ¡Vámonos!

Bernabé contestó:

–           Sí. Nos iremos.

Pero Actea movió la cabeza negando y a su señal, Bernabé depositó a Alexandra sobre una banca de mármol, a corta distancia de la fuente.

Actea se esfuerza por tranquilizarla. Le asegura que por el momento no hay ningún peligro, pues todos están tan embriagados, que dormirán hasta muy tarde.

Alexandra insiste como una niña.

–           Debemos regresar a nuestra casa, Bernabé. ¡Vámonos!

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Actea dijo entonces:

–          A nadie le está permitido huir de la casa de Nerón. Quién lo intente ofende la majestad el César. Es verdad, podrían irse. Pero en la tarde un centurión con una partida de soldados, sería portador de una sentencia de muerte para toda la familia de Publio Quintiliano. Traerán nuevamente al palacio al rehén y para entonces no tendrás ninguna salvación. Si Publio y su esposa te reciben les llevarás la muerte.

Alexandra dejó caer los brazos con desaliento: ¡Está atrapada! Debe escoger entre su ruina y la ruina de Publio.

Al saber que Marco Aurelio y Petronio han sido los responsables de su situación, ya no hay solución posible. Solo un milagro puede salvarla del abismo de la degradación: un milagro y el poder de Dios.

Alexandra dijo con angustia:

–           Actea. ¿Oíste cuando dijo Marco Aurelio que el César me había destinado para él y que mandaría por mí esta misma tarde, a unos esclavos suyos para que me lleven a su casa?

Actea contestó lacónica:

–           Sí. En la casa del César no estarás más segura que en la de Marco Aurelio.

Y siguió un silencio más que expresivo.

Alexandra lo comprendió.

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Actea le dijo sin palabras: “Resígnate a tu suerte. Eres un rehén de Roma. Tendrás que ser la concubina de Marco Aurelio.”

La joven que todavía siente en sus labios, los besos ardientes del oficial, se ruborizó de vergüenza al recordar la afrenta…

Y exclamó con ímpetu incontenible:

–           ¡Jamás!…  No permaneceré aquí. Ni en la casa de  Marco Aurelio… ¡Jamás!

Actea la miró atónita y preguntó con una gran sorpresa en voz:

–           Pero ¿Entonces tú aborreces a Marco Aurelio?

A Alexandra le fue imposible contestar.

Sintió su corazón hecho pedazos por la desilusión, por el dolor y su llanto brotó incontenible.

Actea la abrazó tratando de consolarla.

Bernabé aprieta los puños, conteniéndose a duras penas.

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Actea, que sigue confortando a Alexandra con sus caricias maternales, le pregunta:

–           ¿Tan odioso te es Marco Aurelio?

Alexandra murmura entre sollozos:

–           No es odio. Yo le amaba.

–           Nuestra doctrina, tampoco permite matar.

–           Lo sé.

–          Entonces ¿Cómo puedes querer que la venganza del César, caiga sobre la casa de Publio Quintiliano?

Sigue un largo silencio…

Por primera vez en mucho tiempo, Alexandra siente la dolorosa amargura de la esclavitud.

Actea continúa:

–          Desde que era niña he vivido en esta casa y sé perfectamente lo que es la cólera del César. ¡NO! Tú NO estás en libertad para huir de aquí. Lo único que te queda es recordar que solo eres una cautiva. E implorar de Marco Aurelio que te regrese a la casa de Publio.

Pero Alexandra la tomó de la mano y suplicó:

–           Acompáñame a orar.

Y se puso de rodillas implorando al Altísimo Señor del Universo.

Actea y Bernabé hicieron lo mismo.

Y los tres dirigieron sus plegarias al Cielo, en la casa del César, al amanecer.

El sol asoma con sus primeros rayos, iluminando las tres figuras que imploran la protección del Altísimo, en aquella mansión saturada de infamia y de crimen.

Oraron con fervor y al fin, cuando Alexandra se levantó; hay en su rostro una expresión de paz y de esperanza.

Bernabé se levantó también y esperó las órdenes de su ama.

Alexandra exclamó decidida:

–         Que Dios bendiga a Publio y a Fabiola. No me está permitido llevarles la ruina a su casa y por lo tanto, no volveré a verlos nunca más.

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Publio no sabrá dónde estaría ella. Nadie lo sabrá; porque va a fugarse cuando se efectúe el traslado y esté en camino hacia la casa de Marco Aurelio.

Él le dijo cuando estaba ebrio que mandaría a sus esclavos a buscarla en la tarde. Nunca hubiera hecho semejante confesión, si hubiera estado sobrio…

Entonces se volvió hacia Bernabé:

–           Por favor avísale al obispo Acacio. Y espera su consejo y su ayuda. Debes estar pendiente de mi traslado, para que organices mi rescate.

Bernabé exclamó con energía:

–           Voy inmediatamente. Por si tardamos demasiado en venir por ti y nos alcanza la noche, por favor vístete de blanco. No te preocupes por nada. Todo saldrá bien.

La realización de este plan, le devolvió la sonrisa y los colores al rostro de Alexandra. Y en un impulso, abrazó a actea diciéndole:

–           Tú no me denunciarás. ¿Verdad Actea?

Actea negó con la cabeza y admiró su increíble intrepidez. Luego confirmó apoyándola:

–          No lo haré. Te lo prometo. Pero ruega a Dios que dé a Bernabé las fuerzas, para poder arrancarte de tus conductores.

Bernabé está feliz y Actea sorprendida. El plan es perfecto.

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Al efectuar la fuga en estas circunstancias. El César acaso, ni siquiera se moleste en ayudar a Marco Aurelio a perseguirla. Y su huida ya no será crimen de lesa majestad, puesto que ya es propiedad de Marco Aurelio y no del César.

Bernabé se inclinó y dijo:

–           Voy ahora mismo a la casa del santo obispo. –y salió rápido a cumplir el encargo.

Alexandra siente un inmenso dolor por perder a sus seres queridos. Lamenta mucho no poder regresar a su hogar, donde siempre se sintió protegida y amada.

Pero piensa que ha llegado el momento de poner en práctica las enseñanzas más difíciles que ha recibido: tiene que sacrificar las comodidades y el bienestar, por el Culto a la Verdad. Va a empezar una vida errante, pero esa es su prueba de Fe. Creer o no creer. ¿Confía o NO confía en Jesucristo?

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Decidió confiarle todo su futuro y de allí en adelante, Él Mismo guiará sus pasos. Ella solo será una hija fiel y sumisa a su divina Voluntad.

Y si la esperan los sufrimientos, le ruega a Dios aprender a amarlos y soportarlos, por amor a Él. Todo lo que Él disponga, lo aceptará con amor.

Ella cree en la Vida Eterna y sabe que en el Cielo recuperará a sus seres queridos. Él se lo prometió cuando oró. Y ella le creyó. Ella es cristiana y ha llegado el momento de rendir el Verdadero Culto al Dios que ama sobre todas las cosas.

En su corazón se mezcla la alegría, el dolor y el miedo a lo desconocido…  Pero éste último, se desvanece al recordar que Jesús está con ella y cuenta con su protección y la de su Madre Santísima. Ahora es el momento de emprender el camino… Pero…

pobreza de espiritu¿A dónde?

Eso qué importa. Dios lo sabe y es más que suficiente, porque ha puesto su confianza en Él. Volvió a sentirse feliz, segura y protegida. Y todo esto se trasluce en su bello semblante.

Sabe que emprende una aventura que puede tener un desenlace fatal, para huir del amor del apuesto tribuno del que se ha enamorado.

Pero ¿Y qué? Ama a Marco Aurelio que es un traidor y un mentiroso. Pero ama más a su Dios Uno y Trino y ÉL, le ayudará a sanar su corazón. Esto no es un juego.

La Verdad es Dios. Todo lo demás es vanidad, falsedad y espejismo. Marco Aurelio le ofrece un futuro lleno de vergüenza, de mentira y de dolor como el de Actea…

¿Qué es el Palacio del César? Una cloaca de vicios y degradación. Nunca había sentido tanto asco, como el que sintió la noche anterior.

¿Para qué sirven tanto lujo, riquezas y fastuosidad? Volvió a recordar a Marco Aurelio y la fascinación que ejerció en ella… Y lágrimas de dolor, de vergüenza, de humillación y desilusión bañaron sus mejillas, con un llanto ardiente y silencioso.

Pero también son lágrimas de agradecimiento. Ella es una verdadera princesa. Y  una Princesa Celestial. Y con su oportuna intervención, Bernabé la ha salvado de ser únicamente una prostituta privilegiada.

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Su destino está sellado. Ahora está segura del Amor de Dios que vela sobre ella. Y su resolución se fortalece. Decide enfrentar lo que venga. Su rostro radiante y su sonrisa llena de dulzura, le devuelven la belleza por la que Marco Aurelio se ha vuelto loco.

Actea es demasiado prudente y piensa con terror en lo que pueden traer las próximas horas. 

Pero no se atreve a descubrir a Alexandra sus temores y la invita a ir a sus habitaciones a tomar el reposo que es necesario, después de la desvelada anterior.

Alexandra acepta y llegan al cubículum que es muy amplio y está lujosamente amueblado. Allí se recuestan, cada una en su propio lecho.

Más a pesar del cansancio, Actea no puede conciliar el sueño.

Se vuelve hacia Alexandra para conversar sobre su próxima fuga y la ve apaciblemente dormida, como si no la amenazara ningún peligro. Y a través de la cortina, que no ha sido corrida por completo; llega un rayo de sol en cuya extensión titilan en el aire, unos átomos de polvo, suspendidos en el rayo de oro.

A la luz de esos rayos contempla Actea el delicado rostro de la joven, que descansa apaciblemente con la respiración regular de quién duerme con un tranquilo sueño.

Y se dijo mentalmente:

–           ¡Ella es tan diferente de mí!

alex-john-william-waterhouse-sleeping-beauty-copiaAl pensar en los peligros que la aguardan, siente una inmensa pena y el impulso de protegerla, pero ¿Cómo? Sin poder contenerse la besa suavemente en los cabellos.

Alexandra siguió durmiendo por largas horas.

Era más del mediodía cuando abrió sus ojos y distinguió en medio de la semioscuridad, la figura de la griega.

Y amodorrada, preguntó:

–           ¿Eres tú, Actea?

La griega contestó dulcemente:

–           Sí. Alexandra.

–           ¿Es muy tarde?

–           No. Pero son más de las doce.

–           ¿Bernabé no ha regresado?

–           No dijo que volvería, sino que permanecería al asecho de la litera.

–           Es verdad.

Abandonaron ambas el cubículum y se dirigieron al baño.

Después de arreglarse otra vez y ataviarse con otros vestidos, almorzaron y enseguida se dirigieron a los jardines del palacio, que se encuentran vacíos, puesto que el César y sus cortesanos todavía están durmiendo, después de la juerga de la noche anterior.

Esta vez, Alexandra pudo apreciar en todo su esplendor, los magníficos jardines. Hay enormes pinos, cipreses, robles, olivos y arrayanes. Muchas flores y una gran variedad de estatuas. Los estanques de aguas cristalinas, parecen espejos.

Muchos rosales en plena floración son salpicados por las gotas de las fuentes. Hay grutas, arroyuelos y pequeñas cascadas, rodeados de exuberantes madreselvas, hiedras y vides. Cisnes, gacelas, venados, pavorreales blancos y de vistosos colores.

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También flamencos y aves exóticas de coloridos y riquísimos plumajes, vagan en total libertad. Bellísimos animales procedentes de todos los países conocidos de la tierra. Muchos esclavos están trabajando en el cuidado de los jardines: cantando, podando, arreglando y regando.

Las dos dieron un prolongado paseo, admirando aquella increíble belleza natural y decorada, que a cada paso les brinda alegría y motivos para alabar al Creador; por la sorpresa de tantos primores que se albergan ahí.

Y nadie más que ellas dos pasean por aquel espléndido lugar.

Alexandra piensa que si el César fuera bueno, sería muy feliz viviendo en aquel palacio y rodeado de tanta belleza, en aquellos fantásticos jardines.

Cuando se sintieron un tanto fatigadas se sentaron en un banco de mármol que está  oculto casi por completo detrás de unos cipreses. Y volvieron a conversar sobre el proyecto de la fuga.

Actea está más que preocupada por el éxito de la empresa.

Todo lo contrario de Alexandra, que está convencida de que un milagro la va a salvar…

Actea no oculta su zozobra:

–          Pienso que es un plan insensato que va a ser imposible de realizar. Sería mucho más seguro intentar convencer a Marco Aurelio de que voluntariamente te regrese a la casa de Publio. Por el tiempo que tienes de conocerlo, ¿No crees que sería más probable que tú logres influir en su decisión y que se retracte de lo que ha hecho?

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Alexandra niega moviendo con tristeza la cabeza:

–         No. En la casa de Publio, Marco Aurelio era muy distinto. Fue muy bueno y gentil. El hombre de ayer, es para mí un desconocido. Un sátiro protervo y  me causa pavor y prefiero huir hasta el fin del mundo, antes que caer en sus manos.

–           Pero en la casa de Publio, Marco Aurelio era para ti alguien muy especial. Hasta llegaste a amarlo. ¿No es así?

–           Lo fue y lo amo todavía. –esta última frase la musitó con voz casi inaudible- Pero este amor está condenado a morir. El hombre del que me enamoré no existe. –y Alexandra inclinó su rostro y cerró los ojos con dolor. Luego concluyó- No puedo amarlo. Ahora ya no.

–           Pero tú no eres una esclava. –La voz de Actea es reflexiva- Marco Aurelio podría casarse contigo. En tus venas corre sangre real. Tú eres un rehén y la hija del rey Vardanes I. Publio y Fabiola te aman como a su hija, ellos podrían adoptarte y así ya no habría ningún obstáculo legal para que fueras su esposa. Marco Aurelio y tú formarían una pareja y una familia muy respetable dentro de la sociedad romana.

Alexandra la miró con sus ojos angustiados y contestó con voz suave:

–           No. No me casaré con él. Prefiero huir hasta el fin del mundo.

–           Alexandra, por favor recapacita. Si tú quieres yo puedo ir a la casa de Marco Aurelio, hablo con él y le digo lo que acabo de decirte.

Pero ella contestó con dolor y firme determinación:

–           ¡No! Ya no quiero saber nada de él.

Y de sus ojos brota su corazón deshecho en el más amargo llanto.

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El ruido de pasos que se aproximan interrumpe su conversación.

Y antes de que Actea pueda hacer ningún movimiento, sorpresivamente tuvieron frente a ellas a Popea Sabina con un pequeño séquito de esclavos.

Dos de ellos sostienen sobre su cabeza, varios haces de plumas de avestruz, sujetos con alambres dorados y con ellos abanican suavemente a la emperatriz y al mismo tiempo la protegen del sol de verano que se deja sentir con fuerza.

Delante de ella, una mujer africana negra como el ébano y con los senos turgentes y rebosantes de leche, lleva en sus brazos a una niña envuelta en un suave manto, púrpura con franjas de oro.

Actea y Alexandra se ponen de pié, creyendo que Popea seguirá adelante, sin fijarse en ellas, pero no fue así.

Popea Sabina se detuvo cuando las vio y se acercó hasta quedar frente a ellas.

Luego dijo:

–           Actea, los cascabeles que enviaste a la niña no estaban bien asegurados. La niña cortó uno y se lo llevó a la boca. Afortunadamente Coralia pudo verla a tiempo.

–           Perdón, divinidad. –contesta Actea inclinando la cabeza y cruzando los brazos sobre el pecho.

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Pero Popea mira detenidamente a Alexandra…

Y después de una larga pausa, preguntó con voz neutra:

–           ¿Quién es esta esclava?

Actea responde con mucho respeto:

–           No es una esclava, divina Augusta. Sino la hija adoptiva de Publio Quintiliano e hija de Vardanes I, rey de los partos y entregada a Roma como rehén.

–           ¿Y ha venido a visitarte?

–           No, Augusta. Desde anteayer vive en el palacio.

–           ¿Estuvo anoche en la fiesta?

–           Sí, Augusta.

–           ¿Por orden de quién?

–           Por mandato del César.

Al escuchar esto, Popea contempla entonces con más atención a Alexandra, quién se  mantiene de pié con la cabeza ligeramente inclinada, mirando a Popea con disimulada curiosidad y respeto en sus ojos brillantes.

De repente un ceño de contrariedad se dibuja en la frente de la emperatriz…

Celosa de su belleza y de su poder, vive en continua alerta por temor de que  alguna vez, una afortunada rival, pueda ser su perdición; tal y como ella misma lo había sido para Octavia. De allí que toda mujer hermosa que ve en el palacio, despierta en ella mortificantes suspicacias.

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Con verdadero ojo crítico, abarcó de un solo golpe y en conjunto, el cuerpo escultural de la doncella y pudo aquilatar hasta el más mínimo detalle de sus exquisitas facciones; de sus ojos increíbles y de su bellísimo rostro.

Este examen minucioso la hizo estremecer y se apoderó de ella un gran sobresalto. Su inteligencia reconoció el enorme peligro que representa esta beldad que la rebasa. Y por primera vez sintió miedo.

–           ¡Es más bella que Venus! –pensó. Y de pronto pasó por su mente una idea que no la había perturbado hasta entonces, en presencia de ninguna otra mujer bella: ¡Qué la edad empezaba a hacer estragos en ella!

Y entonces su vanidad herida palpitó con violencia.

En el alma de Popea, se fue materializando una creciente alarma y varias formas sucesivas de inquietud, cruzaron por su mente como relámpagos: ¿Acaso Nerón no había visto a esta joven ninfa? ¿A través de su esmeralda no había apreciado su portentosa belleza?

Más… ¿Qué pasaría si el César contemplara en pleno día y a la luz del sol, semejante maravilla de mujer? Por otra parte no es una esclava. ¡Es una verdadera princesa real! ¡La hija de un rey! “¡Dioses inmortales, es tan hermosa como yo y mucho más joven!”  Con estas reflexiones se hizo más profundo el surco de su entrecejo. Y sus ojos brillaron con un frío fulgor de acero, bajo sus rubias pestañas.

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Su voz se endureció al preguntar a Alexandra:

–           ¿Has hablado con el César?

Alexandra respondió gentil:

–           No, Augusta.

–           ¿Por qué prefieres quedarte aquí a seguir en la casa de Publio?

–           No lo prefiero, señora. Petronio indujo al César a que me sacara de su casa.   Mi  presencia aquí es contra mi voluntad.

–           Así que ha sido Petronio… ¿Y tú quisieras volver a la casa de Publio?

Y como Popea hizo esta pregunta en forma más benigna y suave, se despertó una esperanza en el corazón de Alexandra.

Y extendiendo suplicante la mano, dijo:

–           Señora, el César ha prometido darme a Marco Aurelio como esclava. Más tú intercede por mí y regrésame a la casa de Publio.

Y con una sonrisa llena de inocencia, Popea repite:

–           ¿Entonces Petronio indujo al César a que te sacara de la casa de Publio y te diese a Marco Aurelio?

–           Precisamente señora. Marco Aurelio va a enviar hoy por mí. Por favor ten compasión y ayúdame a regresar a la casa de los Quintiliano.

Al decir esto se inclinó y tomando la orla del traje de Popea, esperó su respuesta con el corazón anhelante.

Popea la siguió contemplando por unos momentos que parecieron eternos…

Y después, con el semblante iluminado por una diabólica sonrisa, dijo al fin:

–           Entonces te prometo que hoy mismo serás la esclava de Marco Aurelio.

Y prosiguió su paseo soberbiamente fastuosa, como una poderosa deidad maligna. Las palabras de Popea siguieron resonando en el aire como una diabólica sentencia…

Y a los oídos de Alexandra y de Actea, que se habían quedado como estatuas, solo llegaron los gemidos de la niña, que comenzó a llorar de repente.

A Alexandra se le llenaron los ojos de lágrimas, pero respiró profundo, se dominó y tomando la mano de Actea, le dijo:

–           Volvamos. El auxilio ha de esperarse tan solo de Aquel que puede darlo.

Y regresaron al atrium, del cual no salieron hasta la tarde.

Actea reunió parte de sus joyas y las puso en una bolsa de fino paño que dio a Alexandra:

–           Por favor no rechaces este obsequio. Te servirán mucho en tu fuga.

Alexandra la abrazó. Y besándola en la mejilla le dijo:

–           Gracias.

Ya casi era de noche cuando se presentó Secundino, el liberto de Marco Aurelio, a quien había  visto una vez en la casa de Publio.

El hombre anciano, pero todavía muy fuerte; hizo una profunda reverencia y dijo:

–           Divina Alexandra te saludo en nombre de Marco Aurelio Petronio, quien te espera en su casa con una fiesta preparada en tu honor.

La joven palideció y contestó:

–           Voy.

Y abrazando a Actea, se despidió de ella.

La griega, mentalmente oró:

“Ay Madrecita protégela, porque en su futuro amenaza la más oscura tormenta”

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONÓCELA

18.- LA ORGIA Y EL DESENGAÑO


0-orgia-banquete-romano-l-7378vyVitelio por su parte, también se pone de pie. Y con total descaro, se despoja de su vestimenta.

Ante el asombro general, exhibe su miembro erecto y cubierto con un enorme falo de oro. Parece un dios Príapo bastante obeso y ridículo.priapo0

Como en una representación teatral, se dirige hacia el bello Esporo y pone en práctica su experiencia como spintrias. (Maestro del placer)

Epafrodito y Pitágoras, se unen y complementan el otro cuarteto.

Todos se acarician con la urgencia que hace desaparecer todas las inhibiciones y revelan el frenesí  animal, imposible de negar.

El Clímax del Banquete está listo… 

Nerón observa al pequeño grupo con los ojos semi-cerrados.

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Vuelve su mirada hacia el joven Aulo Plaucio que está sentado junto a él, en el lugar que poco antes ocupara Popea Sabina…

–         ¡Por Júpiter! ¡Qué hermoso es!

Sintió una febril excitación mientras su mente se llena de los más voluptuosos pensamientos. Saber que pronto va a estar acariciándolo y ser acariciado por él, lo hace sentir que se derrite por dentro.

Lo desea tanto y le proporciona tanto placer, que le ha prometido que lo adoptará y lo nombrará su heredero… ¡Oh!…

Con su lengua se humedece los labios y extiende su mano gorda y grande, temblorosa por el deseo, hacia él.

Por ahora, él y solamente EL, es el centro de todos sus anhelos.

Con un suspiro de deleite anticipado, el César se inclinó y lo besó apasionadamente en la boca.

Aulo Plaucio corresponde ardientemente al beso del emperador y…

Esto es una señal, que como el repique de una campana se extiende rápidamente y llega hasta el último rincón del Gran Triclinium…

Todos los invitados contienen el aliento…

Y en seguida en todas las mesas empiezan a repetirse escenas parecidas…

Cuando la Maldad y la Depravación solo se imaginan, se puede vivir con ellas

Pero cuando se revelan ante tus ojos en toda su crudeza y magnitud, la reacción es inmediata…

Alexandra está al mismo tiempo: asombrada, asqueada, fascinada y asustada.

Las rosas siguen cayendo y el cada vez más ebrio Marco Aurelio, le dice:

–           Te vi en la casa de Publio en la fuente. Clareaba la aurora y tú creíste que nadie te miraba, pero yo te vi. Y te veo así ahora, aunque ocultes tu cuerpo bellísimo con el peplo.

Ponlo a un lado, como lo ha hecho Julia Mesalina. Mira como hombres y mujeres buscan y piden amor. Nada hay en el mundo como el amor. Reclina sobre mi pecho tu cabeza y cierra los ojos.

El pulso de Alexandra late acelerado.

Le parece que sus sienes van a estallar. Se siente al borde de un abismo… Y es precisamente Marco Aurelio el que hasta hace poco pareciera su protector y tan digno de su confianza, el que en vez de salvarla de ese abismo, empieza a arrastrarla junto con él.

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Y lo lamentó profundamente por él.

Un asco profundo se apoderó de ella.  Se estremeció… 

Empezó de nuevo a tener miedo…

De la fiesta, de su compañero, de sí misma. Aunque siente que ya es demasiado tarde, pues la llama que los había envuelto a los dos, ha desaparecido…

 La desilusión la tiene paralizada y por momentos siente que va a desmayarse…

Y no quiere que esto suceda pues sabe que lo lamentará irreparablemente…

También sabe que a nadie le está permitido levantarse antes que el César.

Y aunque ella desea huir, tampoco le quedan fuerzas para moverse…

Y lo peor…

Todavía falta mucho para que termine la fiesta.

Los esclavos siguen trayendo nuevas viandas y llenando incesantemente las copas.

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La música sigue llenando el ambiente con sus melodías.

Siguieron luego otros espectáculos a los que ya casi nadie les presta atención, pues el vino ha comenzado a producir sus efectos en la mayoría de los invitados y el banquete se ha convertido en una colosal borrachera y licenciosa orgía.

La música sigue sonando.

El aire se vuelve sofocante. Las lámparas languidecen, con una luz cada vez más tenue.

Las guirnaldas de rosas que coronaban las cabezas, ya no están en su lugar y los semblantes se han vuelto pálidos y sudorosos.

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Vitelio ha rodado bajo la mesa.

Lucrecia totalmente desnuda, descansa mareada sobre el pecho de Tigelino; quién igual de ebrio, le sopla el polvo de oro de la cabeza de su compañera y alza luego la vista como enajenado de inmenso placer.

Babilo, con la majadería del borracho; narra por décima vez lo de la carta del procónsul.

Haloto saciado en su lujuria con Aminio Rebio y Galba, además de Lucila. Ahora sigue mofándose de los dioses, en un monólogo que nadie escucha.

Petronio no está borracho pues su inteligencia NO le permite perder la sobriedad, en el peligroso mundo en el que se desenvuelve su vida.

Pero Nerón que había bebido poco al principio, en consideración a ‘su voz divina’; después empezó a vaciar copa tras copa hasta quedar bastante embriagado.

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En ese estado, quiso cantar más versos suyos… Pero se le olvidaron.

Luego comenzó a admirar fascinado la belleza de Pitágoras y empezó a besarle extasiado las manos, mientras decía:

–           Solo una vez he visto manos tan hermosas… ¿Cuáles fueron? – y llevándose la palma de la mano a la frente, le pareció recordar… Y se llenó de terror- ¡Ah, sí! ¡Las manos de mi madre!..

¡Agripina! – Y luego, como si hablara consigo mismo- Dicen que ella vaga errante a la luz de la luna, sobre el mar, en los alrededores de Baias. Pero el pescador sobre el que ella fija la mirada, muere.

Petronio contestó con displicencia:

–           No es mal tema para una composición.

Nerón habla con su lengua torpe y trata de justificarse:

–          Este es el quinto año… tuve que condenarla porque envió asesinos contra mí y si no me hubiese adelantado a ella, no estaría yo aquí, esta noche…- y continuó divagando, tratando de defenderse y arrancar de algún modo, su tremendo sentimiento de culpa.

Y César siguió bebiendo.

Marco Aurelio también está igual de embriagado que los demás.

Por añadidura, su sangre arde por el deseo que siente por Alexandra y que se ha acrecentado de manera insoportable, pues ella lo ha esquivado hábilmente toda la noche. Se siente frustrado y tiene ganas de pelear. Su rostro ha palidecido. Y con su lengua torpe, dijo en voz alta e imperiosa:

–           ¡Alexandra, ya no me rechaces y dame tu amor! Hoy o mañana,  es igual. ¡Basta ya! ¡El César te hizo salir de la casa de Publio, para entregarte a mí! ¿Entiendes?

El César, antes de sacarte de tu casa, me prometió que serías mía. ¡Y tendrás que ser mía! ¡No te resistas más, no quiero esperar hasta mañana! ¡Ven y ámame!

Y se adelantó a abrazarla.

Pero ella se negó y se escudó detrás de la griega.

Actea empezó a defenderla y le imploró que tuviera piedad, intentando arrancarla de la vigorosa presión de los brazos de Marco Aurelio, que trata de besarla.

Alexandra siente en su rostro el aliento alcoholizado del que ya no es el hombre amante al que ella conociera y del que se había enamorado.  Ahora es un desconocido.

Un sátiro ebrio y protervo, que la llena de repulsión y de pavor. Pero se está quedando sin fuerzas y no consigue zafarse.

Cada vez le cuesta más trabajo esquivar el rostro para escapar de sus besos ardientes, pues Marco Aurelio se ha puesto de pie, la abraza con fuerza y ha comenzado a besarla apasionadamente.

Pero en ese preciso instante; una fuerza poderosa apartó los brazos de Marco Aurelio del cuerpo de la joven con tanta facilidad, como si hubiesen sido los brazos de un niño y lo hizo a un lado como si fuera un muñeco.

Por la fuerza del impulso, el tribuno cayó sobre el triclinio.

Marco Aurelio se pasó la mano por el rostro y miró con ojos atónitos la gigantesca figura de Bernabé, el sirviente de la casa de Publio.

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Bernabé está parado frente a él, sereno. Pero hay en sus ojos azules fijos en Marco Aurelio, una mirada que hiela la sangre en las venas del joven del patricio.

Enseguida, el gigante tomó a su reina entre sus brazos y salió del triclinium, con paso mesurado y tranquilo.

Actea le siguió.

Marco Aurelio quedó petrificado por un momento… y luego, corrió gritando:

–           ¡Alexandra! ¡Alexandra!

Pero al llegar a la puerta, la frustración, el asombro por la sorpresa, la ira, el vino y el aire frío, le hicieron sentir vértigo. Tambaleante, caminó unos pasos y finalmente, cayó al piso.

Dentro del Gran Triclinium,  casi la totalidad de los participantes al banquete, evidencia sus excesos de una u otra forma. Y no queda rastro alguno de la dignidad y la elegancia con la que habían llegado.

En el exterior clarea ya el alba…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONÓCELA

17.- EL SUEÑO IMPOSIBLE


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Hasta ahora Popea Sabina ha dominado a Nerón en tal forma, que verdaderamente ella es el poder detrás del trono. Pero sabe perfectamente que cuando está de por medio su vanidad de cantante, auriga o poeta, es muy peligroso provocarlo. Y por eso llegó muy pronto.

Ataviada como el César, en traje de color amatista, lleva en su hermoso cuello una fabulosa gargantilla con  esmeraldas. Su actitud es dulce y sus cabellos dorados.

Y aunque es divorciada de dos maridos, tiene en su hermoso rostro, la expresión inocente de una virgen.

Es recibida con aclamaciones de: “¡Divina Augusta!”

Alexandra no había visto jamás una mujer más linda…

Y casi no da crédito a sus ojos, porque sabe que Popea Sabina es una de las mujeres más viles y peligrosas de la tierra. Fabiola le había contado como a causa de sus intrigas, Nerón asesinó a su propia madre y a su esposa.

La conoce por los rasgos de su vida que han referido los huéspedes y los siervos en la casa de Publio. Sabe que las estatuas erigidas en su honor, han sido derribadas por la noche. Y a pesar de los castigos, aparecen inscripciones injuriosas en la muralla, gritándole su vileza.

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Y sin embargo, a la vista de la famosa Popea Sabina, considerada por gran parte de los romanos como la encarnación de la maldad y el crimen, a Alexandra le pareció que su rostro era angelical.

Y la admiró en su belleza y en su porte de emperatriz. Al mirarla, le parece casi imposible conciliar lo que ha oído de ella.

Asombrada, exclama:

–           ¡Ah! ¡Marco Aurelio! ¿Es posible?…

Pero él tribuno está alterado, mareado por el vino y muy impaciente por todo lo que ha sucedido y que rompió el encanto de su fascinación, alejándola de él…

Por lo mismo no la deja terminar de hablar y le dice:

–           Sí. Es muy bella. Pero tú eres mil veces más hermosa que ella. Tú misma no lo sabes, ni estás consciente  de ello o ya te hubiera pasado lo mismo que a Narciso…  Ella se baña en leche de burras, pero ni así se puede comparar contigo. Tú no te conoces a ti misma, preciosa mía. Ya no la mires, vuelve a mí tus ojos tesoro de mi vida. Ven junto a mí y bebe un poco de vino…

Y mientras le habla, se fue acercando siempre más a Alexandra…

Al mismo tiempo que ella se aparta, estrechándose más hacia Actea.

Pero en ese preciso momento, se hizo un silencio total.

Nerón está parado, apoyando sobre la mesa un laúd; con el cual empezó a tocar y a declamar, cantando rítmicamente su propio Himno a Venus.

Ni la voz un tanto aguda ni los versos, son tan malos.

A Alexandra le pareció que el himno también era hermoso y al mismo César que tenía en las sienes su corona de laurel y levantaba su mirada hacia arriba mientras canta, le vio un aspecto más noble y mucho más terrible… Y no tan repulsivo como al principio de la fiesta.

Cuando terminó el canto, todos contestaron con aplausos estruendosos y gritos de:

–           ¡Oh, divina voz! ¡Glorioso artista!

Lo aclama todo un público enajenado con su ídolo y ruidoso como una colmena.

Esporo lo mira arrobado… (El joven al que tratará como esposa en su viaje a Grecia)

Pitágoras, el joven griego de extraordinaria hermosura, está arrodillado a sus pies… (El mismo con quién después hará que lo casen, ordenando a los sacerdotes que hagan la ceremonia del matrimonio con los rituales completos y con Nerón vestido de novia)

Popea inclina su cabeza de dorados cabellos. Lleva sus labios a la mano de Nerón y la besa en silencio por largo tiempo.

Pero Nerón mira hacia Petronio cuyo elogio espera recibir, antes que el de cualquier otro cortesano…

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Petronio comenta:

–           Si se trata de la música, Orfeo debe estar en este momento tan verde de envidia como Marcial y Lucano; que están aquí presentes. Y en cuanto a los versos, lamento que no sean peores; si lo fueran podría encontrar las palabras precisas para hacer su elogio.

Los dos poetas no tomaron a mal el epíteto de envidiosos que les dio Petronio.

Al contrario, le dirigieron a éste una mirada de gratitud y aparentando mal humor, Marcial empezó a murmurar así:

–           ¡Maldito destino que me obliga a ser contemporáneo de semejante poeta! Si no fuera así, Marco Valerio Marcial podría encontrar un sitio en la memoria de los hombres y en el Parnaso.

Lucano, confirmó:

–           Pero no. Ahora estamos destinados a apagarnos, como una vela ante la luz del sol.

Petronio, que tiene una memoria sorprendente, empezó a repetir extractos del himno y a encomiar y analizar las más bellas expresiones.

Marcial hizo como que se olvidaba de su envidia, ante los encantos de la poesía y unió su éxtasis al de Lucano, aprobando las palabras de Petronio.

En el semblante de Nerón, se refleja una enorme satisfacción y su insondable vanidad con la que está tan engolosinado es tanta, que no se da cuenta que rayan en la estupidez.

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Luego les indicó los versos que él considera más hermosos y enseguida consoló a Marcial diciéndole:

–          No pierdas el ánimo, porque cualquiera que sea la condición en que nace un hombre, el homenaje que las gentes rinden a Zeus, excluye el respeto a otras divinidades.- Y no se sonroja al compararse a sí mismo con el rey del Olimpo.

Después de esto se levantó para llevar a Popea a sus habitaciones, pues ella realmente se siente enferma y desea retirarse. Ordena a todos los presentes que ocupen sus lugares y que continúe la fiesta, prometiendo volver.

La suntuosidad de la corte lo llena todo de áureos reflejos y da a los objetos un inusitado esplendor. Igual que a los invitados, felices por estar sentados a la mesa del emperador y ansiosos de acercarse al dispensador de toda merced, riqueza o dominio… Una sola de cuyas miradas puede abatir hasta el suelo o exaltar más allá de toda previsión.

Y en efecto, un rato después regresa, para seguir disfrutando de otros espectáculos que el mismo Petronio o Tigelino, han preparado para el banquete.

En el centro del salón, sobre una plataforma, se presentan dos atletas que van a dar un espectáculo de pugilato.

Cuando empieza la lucha y aquellos poderosos cuerpos lustrosos parecen formar una sola masa, los huesos crujen entre sus brazos de hierro, aprietan las quijadas y rechinan los dientes.

También se oyen los rápidos y sordos golpes que dan con los pies, sobre la plataforma cubierta de azafrán.

Luego, de repente se quedan inmóviles y silenciosos, como si fueran estatuas de piedra. Enseguida vuelven a trabarse y destrabarse, con increíble habilidad.

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Los ojos de los espectadores siguen con verdadero deleite los movimientos de incesante y tremendo esfuerzo, de aquellas espaldas, muslos y brazos.

Es como una especie de danza malabarista, grotesca y fascinante a la vez. Pero la lucha no se prolonga demasiado…

Atlante es un maestro, fundador de la escuela de gladiadores que tiene bien fundamentada su fama de ser el hombre más fuerte del imperio.

La respiración de su oponente comienza a ser más agitada. Luego se oye salir de su garganta, algo como un estertor ronco y se le pone cianótico el semblante. Ha empezado a arrojar sangre por la boca y finalmente se desploma.

Una tempestad de aplausos, saludó el desenlace de esta lucha.

Y Atlante pone el pie sobre el cuello del cadáver de su adversario. Luego pasea en el salón con el aire y la sonrisa del triunfador, una mirada de absoluta satisfacción. 

Más versos, teatro, danza, canto.

Todo es un escenario creado para expresar con la danza, como si fuera un cuadro con una pintura viva y expresiva, en  la que se revelan los secretos del amor, embelesante a la vez que impúdico.

Azuzado por Tigelino, Nerón decide probar la lealtad de su consejero favorito.

Totalmente ajeno; Petronio conversa gentil con la joven mujer que apoya su bella cabeza en su hombro derecho, con la intimidad de una amante que se sabe apreciada.

Sylvia está casada con un político que viaja mucho. Es un secreto a voces entre los cortesanos que desde hace varios años sostiene una relación muy estrecha, con el Arbitro de la Elegancia.

El tiempo ha atemperado la pasión del principio y solo ellos conocen lo que hay en su corazón.

Nerón tiene una sonrisa siniestra y con humor perverso dice a Petronio:

–          ¿Tendrías inconveniente querido Petronio, en que Sylvia anime la parte más divertida de nuestra fiesta? –y su rostro tiene una expresión burlona y cruel.

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Petronio, que lo conoce demasiado bien, esboza una sonrisa inescrutable y dice con displicencia:

–          Silvia es una mujer libre que siempre hace su voluntad. ¿Quién soy yo para oponerme?

La mujer que descansaba su cabeza en el hombro de Petronio, sonríe gentilmente. Se endereza, hace una ligera inclinación y contesta:

–          Tus deseos son órdenes, majestad.

Nerón la mira complacido y dice con cierto desgano:

–          Quiero que seduzcas a Lucrecia. Aquí.-señala el triclinio vacío que está a un lado.

Por toda respuesta ella inclina más la cabeza; deja su copa sobre la mesa. Se levanta y camina hacia el triclinio donde está Vitelio.

Se inclina sobre una mujer joven que está riendo por las gracejadas del intendente de placeres de Nerón.  Lucrecia fue en otro tiempo, íntima amiga y amante de Popea  Sabina.

Mientras la mira fijamente, Silvia toma una de sus manos llena de joyas y atrapándole un dedo entre los dientes, lo mordió con mucho cuidado; saboreándolo luego con toda la boca.

Un escalofrío recorrió la espalda de Lucrecia que mira sorprendida a Sylvia.

Ésta le ha soltado el dedo y la toma por la nuca con suavidad, acercando su rostro, hasta casi besarla. 

Luego comenzó a hablar con los labios apretados contra los de ella.

–                     Nerón desea realizar con nosotras una fantasía sexual.  Si eres inteligente, será mejor que me correspondas con total abandono.

La vibración de sus palabras contra sus labios, resulta terriblemente erótica…

Lucrecia comprendió. Abrió la boca y correspondió apasionadamente a la caricia femenina.  

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Luego poniéndose de pie, sonrió provocativa y recorrió con la mirada desde los pies hasta la cabeza, a la hermosa mujer que la espera.

Tanto vestida como desnuda…  Es una persona fascinante…

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Llevó su mano hacia el sedoso cabello rubio de Sylvia y dijo con coquetería:

–           No será ningún sacrificio. Eres perfectamente hermosa querida. Y también deliciosa. –esta última palabra la dijo humedeciendo la comisura de su boca con un gesto sugestivo.

Las dos avanzaron hacia el sitio que Nerón indicara previamente.

Lucrecia es una mujer muy alta y delgada. Tiene unos ojos castaños muy expresivos y grandes, en un rostro anguloso de facciones bellas y finas; su cabello castaño claro, está peinado y entrelazado con perlas.

Cuando llegan al triclinium, las dos actúan como si estuvieran en la intimidad de un dormitorio.

Se miran mutuamente, valorándose la una a la otra.

Después del escrutinio, les gusta lo que ven y deciden demostrárselo sin palabras.

Se acarician suavemente al principio y con premeditada lentitud.

Silvia le levanta el peplo y quedan al descubierto los senos pequeños y turgentes, que luego son acariciados con gran delicadeza.

De pronto Lucrecia, voraz; posó su mano blanca y delicada sobre uno de los senos de Sylvia y juguetea con el pezón, a través de la tela que lo cubre, al tiempo que busca su boca hambrienta…

Y se enfrascan en un duelo feroz.

El beso es apasionado y delirante; sus ropas se convierten en un impedimento insoportable. Con dedos temblorosos, ambas sueltan el broche de sus hombros y los peplos caen al suelo. Lo mismo sucede con las faldas…

Y pronto, ambas están desnudas y estrechamente enlazadas una a la otra. Se consumen con un deseo que crece como un incendio y tiene que ser saciado.

Quejidos, gemidos y suspiros, acompañan el desborde de caricias que las suspenden en el aire, excitadas e insatisfechas.

Sus labios se perfilan con leves mordiscos y suaves caricias con la lengua, electrizando todas sus terminaciones nerviosas, hasta que sus cuerpos exigen una satisfacción urgente que sorprende por su frenesí.

Apenas pueden respirar por lo intenso que es el placer.

Se acarician mutuamente con deleite; sorprendidas del poder intoxicante que pueden ejercer una sobre la otra.

Sus bocas tiemblan por el erotismo salvaje de sus besos. 

Sus cabezas retumban por el volumen de las sensaciones y sus corazones laten al ritmo de un tambor primitivo.

Han olvidado completamente al libidinoso público que las observa.

Aminio Rebio siente una excitación sexual devastadora y su voz truena como un rugido al exclamar:

–           Lucrecia es la única mujer que preserva mi gusto por los hombres.

Estas palabras son sorprendentes, en un hombre que siempre ha manifestado abiertamente, su preferencia homosexual.

Y con un salto casi felino, se aproxima a la pareja que parece casi aislada del mundo y solo concentrada en su propio placer.

Con un movimiento ágil, se despoja de la toga y de la túnica. Y se dispone a explicar explícitamente, el porqué de semejante declaración.

Queda totalmente desnudo y con una gran erección.

Se coloca detrás de Lucrecia y la toma por la cintura, elevándola hacia él.

Ella tiene las caderas anchas y las piernas largas y muy bien torneadas. Cuando las poderosas manos masculinas se cierran sobre sus pechos menudos, con los pezones bien erectos ella casi no puede respirar; pues su placer se intensifica y al reconocerlo, apenas murmura:

–          ¡Oh, gatito mío; has venido!

Aminio jadeó contra sus rizos castaños.

Ella levanta ligeramente las caderas y él la penetra por detrás. Lucrecia se arquea contra él, mientras oleadas de calor la invaden y hacen que sus movimientos sean rítmicos; en círculo, frotándose contra el cuerpo masculino, mientras él está dentro de ella.

Entonces la lujuria explota en un alocado frenesí y su forma de aferrarla es tan poderosa como posesiva. Y en ese preciso instante, la mujer comenzó a contraerse interiormente hasta el clímax total…

Se retuerce ardiendo de deseo y sus gemidos de placer, braman desde su interior incrementándose siempre más…

Treinta segundos después de penetrarla, ella alcanza el orgasmo.

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Él permanece totalmente controlado y la lleva al clímax varias veces sin salir de ella… colmándola y haciéndola estremecerse en un ruidoso alivio.

A Lucrecia la ha convertido en una hembra en celo… Y copula con ella como si fuera un animal salvaje…

 Aquello no tiene nada que ver con el Amor...   Es solamente sexo. 

Tigelino, queriendo humillar aún más a Petronio; se acerca al trío y se apodera de la mujer que piensa que es preciosa para su enemigo…

Aparta a Sylvia con brusquedad y la acaricia con frenesí, con pasión llena de triunfo.  Ella le sigue el juego y el trío se convierte en cuarteto.

Petronio mira todo aquello con fría calma. Sorprendido con la revelación de sus propios sentimientos, pues NO ESTÁ CELOSO.

Sumergido en sus pensamientos, reflexiona en el enorme vacío que siente dentro de sí y en el sabor amargo de los placeres efímeros. Siente un inmenso cansancio y tedio…

¿Qué es lo que le pasa? Tiene todo para ser feliz y sin embargo, le falta el júbilo del verdadero amor. Un dolor lo invade al cuestionarse porqué la felicidad es tan inaccesible.

Y sin comprenderlo totalmente: ¡Cómo anhela sentir un amor tan apasionado y vehemente, como el que manifestó Marco Aurelio, la mañana en que irrumpió en su biblioteca!

Lo que verdaderamente anhela en lo más profundo de su alma es encontrar una mujer que sea al mismo tiempo bellísima como un ensueño y virtuosa como una virgen, para convertirla en reina de su hogar y que ella a su vez lo adore tanto, que le de los hijos que completarían una familia feliz.

Pero en este tiempo son perlas rarísimas y comprende que tal vez está soñando con un imposible. Las mujeres así ya no existen.

Un gran quebrantamiento lo envuelve y lo llena de amargura, sin encontrar ningún alivio.

Bebe un sorbo de la copa de vino y piensa: ‘¡Oh! Si tan sólo pudiera llegar a amar, deseando morir por el ser amado…’ 

Suspira profundamente.

¡Algo muy similar a la envidia lo estremece, al volver su mirada hacia donde está su sobrino!…

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HERMANO EN CRISTO JESÚS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONÓCELA