90.- EL SACRIFICIO PERPETUO II


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9. EL OFERTORIO.

En este momento se canta la antífona de ofertorio.

Al comienzo de la liturgia eucarística se llevan al altar los dones que se convertirán en el Cuerpo y Sangre de Cristo.

En primer lugar, se prepara el altar o mesa del Señor, que es el centro de toda la liturgia eucarística y colocando sobre él el corporal, el purificador, el misal y el cáliz.

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Se traen a continuación las ofrendas: es de alabar que el pan y el vino lo presenten los mismos fieles. El sacerdote o el diácono los recibirá en un lugar oportuno para llevarlo al altar.

Acompaña a esta procesión en que se llevan las ofrendas el canto del ofertorio, que se alarga por lo menos hasta que los dones han sido depositados sobre el altar.

El sacerdote  inciensa las ofrendas colocadas sobre el altar y después la cruz y el mismo altar, para significar que la oblación de la Iglesia y su oración suben ante el trono de Dios como el incienso.

Después son incensados, el sacerdote en razón de su sagrado ministerio y el pueblo, en razón de su dignidad bautismal.

El sacerdote pone el pan y el vino sobre el altar mientras dice las fórmulas establecidas.

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Las especies eucarísticas (pan y vino) son ofrecidas a Dios  por el sacerdote, quién además se purifica mediante el lavado de manos.

Un momento después llegó el Ofertorio y Uriel dijo a Maximiliano:

–                     Reza conmigo así:

Señor, te ofrezco todo lo que soy, lo que tengo, lo que puedo, todo lo pongo en Tus manos. Edifica Tú, Señor con lo poco que soy. Por los méritos de Tu Hijo, transfórmame, Dios Altísimo.

Te pido por mi familia, por mis bienhechores, por cada miembro de nuestro Apostolado, por todas las personas que nos combaten, por aquellos que se encomiendan a mis pobres oraciones…

Enséñame a poner mi corazón en el suelo para que su caminar sea menos duro…  

Y Maximiliano contempló asombrado como de pronto empezaron a ponerse de pie unas figuras que no había visto antes. Era como si del lado de cada persona que estaba en la iglesia, saliera otra persona.

Y aquello se llenó de unos personajes jóvenes, hermosos. Iban vestidos con túnicas muy blancas y fueron saliendo hasta el pasillo central dirigiéndose hacia el Altar.

Uriel dijo:

Observa, son los Ángeles de la Guarda de cada una de las personas que está aquí.

Es el momento en que su Ángel de la Guarda lleva sus ofrendas y peticiones ante el Altar del Señor.

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En aquel momento, estaba completamente asombrado, porque esos seres tienen rostros tan hermosos, tan radiantes que no es posible describirlos con palabras…

Lucen una belleza sobrenatural tan portentosa, que parecen casi femeninos; sin embargo la complexión de su cuerpo, sus manos, su estatura es la de un hombre.

Los pies desnudos no pisan el suelo, sino que iban como deslizándose, como resbalando. Aquella procesión es impresionante.

Algunos de ellos tenían como una fuente de oro con algo que brillaba mucho con una luz blanca-dorada.

Uriel dijo:

–          Son los Ángeles de la Guarda de las personas que están ofreciendo esta Santa Misa por muchas intenciones, aquellas personas que están conscientes de lo que significa esta celebración, aquellas que tienen algo que ofrecer al Señor…”

“Ofrezcan en este momento…, ofrezcan sus penas, sus dolores, sus ilusiones, sus tristezas, sus alegrías, sus peticiones. Recuerden que la Misa tiene un valor infinito por lo tanto, sean generosos en ofrecer y en pedir.”

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Detrás de los primeros Ángeles venían otros que no tenían nada en las manos, las llevaban vacías.

Uriel dijo:

 -“Son los Ángeles de las personas que estando aquí, no ofrecen nunca nada, que no tienen interés en vivir cada momento litúrgico de la Misa y no tienen ofrecimientos que llevar ante el Altar del Señor.”

En último lugar iban otros Ángeles que estaban medio tristones, con las manos juntas en oración pero con la mirada baja.

 –“Son los Ángeles de la Guarda de las personas que estando aquí, no están, es decir de las personas que han venido forzadas, que han venido por compromiso, pero sin ningún deseo de participar de la Santa Misa y los Ángeles van tristes porque no tienen qué llevar ante el Altar, salvo sus propias oraciones”.

“No entristezcan a su Ángel de la Guarda…. Pidan mucho, pidan por la conversión de los pecadores, por la paz del mundo, por sus familiares, sus vecinos, por quienes se encomiendan a sus oraciones. Pidan, pidan mucho, pero no sólo por ustedes, sino por los demás.”

“Recuerden que el ofrecimiento que más agrada al Señor es cuando se ofrecen ustedes mismos como holocausto.

Para que Jesús al bajar, los transforme por Sus propios méritos. ¿Qué tienen que ofrecer al Padre por sí mismos? La nada y el pecado. Pero al ofrecerse unidos a los méritos de Jesús, aquel Ofrecimiento es grato al Padre.”

Aquel espectáculo, aquella procesión era tan hermosa que no es posible compararla con ninguna  otra. Todas aquellas criaturas celestiales haciendo una reverencia ante el Altar, unas dejando su ofrenda en el suelo, otras postrándose de rodillas con la frente casi en el suelo y luego que llegaban allá desaparecían a su vista.

Oración sobre las Ofrendas

Terminada la colocación de las ofrendas y los ritos que la acompañan, se concluye la preparación de los dones con la invitación a orar juntamente con el sacerdote, que dice: “oren hermanos para que este sacrificio mío y de ustedes sea agradable a Dios, Padre Todo poderoso”

A lo que el pueblo responde: “el Señor reciba de tus manos, este sacrificio para alabanza y gloria de su Nombre, para nuestro bien y el de toda su Santa Iglesia” y a continuación la oración sobre las ofrendas y así todo queda preparado para la Plegaria Eucarística.

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En la Misa se dice una sola oración sobre los dones, que termina breve: Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén

Ahora empieza el centro y la cumbre de toda la celebración. La Plegaria Eucarística es una plegaria de acción de gracias y de consagración.

El sacerdote invita al pueblo a elevar el corazón hacia Dios, en oración y acción de gracias y lo asocia a su oración que él dirige en nombre de toda la comunidad, por Jesucristo en el Espíritu Santo, a Dios Padre.

El sentido de esta oración es que toda la congregación de los fieles se una con Cristo en el reconocimiento de las grandezas de Dios y en la ofrenda del sacrificio.

El Prefacio

Es el canto de alabanza y de agradecimiento que Jesús dirige al Padre que le ha permitido llegar por fin a esta “Hora”.

Plegaria Eucarística

Como Iglesia, unidos en una misma fe, en un mismo corazón, presentamos ahora la sencilla ofrenda que Dios mismo transformará en el cuerpo y la sangre de su Hijo Jesucristo:

Pan y vino son fruto de nuestro trabajo personal y comunitario y simbolizan las dimensiones más sencillas de nuestra vida diaria: nuestro trabajo, nuestro sustento y nuestra alegría.

Con el pan y el vino va incluida la ofrenda de nuestra vida, de nuestro trabajo y de nuestro amor. Nuestras penas, fatigas y alegrías van a ser recibidas por Dios de las manos del sacerdote…

Y como el pan y el vino, nuestro propio ser (cuerpo y alma) será también santificado y transformado con la Presencia Viva y Real de Jesucristo Eucaristía.

En este momento unámonos al sacerdote, entregándole a Dios nuestra vida, nuestra familia, nuestro trabajo, nuestra oración, nuestras penas y alegrías. Nuestro cuerpo, nuestra alma, nuestra mente con todos sus pensamientos.

Nuestro corazón con todos sus sentimientos y deseos, nuestros labios y todas nuestras palabras, nuestros amigos y seres queridos, incluso los que NO nos aman…

En fin, toda la realidad humana material y espiritual de la que somos parte, para que toda esa realidad sea transformada por Cristo, sea santificada, sea cristificada.

Para que todos seamos hostias vivas.

Sagrarios de la Presencia del Espíritu Santo…

Y para que el Mundo entero sea un Altar para la Gloria de Cristo Jesús.

Prefacio.

Es un himno, que empieza con un diálogo entre el sacerdote y los fieles.

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Resume la alabanza y la acción de gracias propia de la fiesta que se celebra.

En esta acción de gracias, el sacerdote, en nombre de todo el pueblo santo, glorifica a Dios Padre y le da las gracias por toda la obra de salvación.

10. CANTO DEL SANTO:

Hemos hecho ofrenda del pan y del vino, de nosotros mismos y del Mundo entero.

Ahora esta ofrenda va a ser consagrada: la hostia se transformará en el cuerpo de Cristo y el vino en su Sangre.

Por esa Consagración, nosotros mismos seremos santificados y el Mundo entero también.

Nos unimos a los santos y a los ángeles, que contemplan y gozan ya del fruto de estos misterios, cantando a Dios: “Santo, santo, santo es el Señor, Dios del universo, llenos están los cielos y la tierra de su gloria. ¡Hosanna en el cielo! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en el cielo!”

El Cielo (los que ya gozan de la gloria de Dios) y la Tierra (los que estamos de camino hacia la gloria) cantan la santidad de Dios, pues Él es el único verdaderamente santo y fuete de toda santidad.

Sanctus (“Santo”). Los fieles junto con el sacerdote cantan o rezan, el Sanctus:

Sanctus, sanctus, sanctus Dominus Deus sabaoth. Pleni sunt caeli et terrae gloria tua. Hossana in excelsis. Benedictus qui venit in nomine Domini. Hossana in excelsis (“Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del universo. Llenos están el Cielo y la tierra de tu gloria. Hosanna en el Cielo. Bendito el que viene en nombre del Señor. Hosanna en el Cielo”).

EL CIELO ENTERO CANTA EL SANCTUS

Maximiliano estaba extasiado contemplando la Gloria de Dios cuando llegó el momento final del Prefacio…

 Y cuando la asamblea decía: “Santo, Santo, Santo” de pronto, todo lo que estaba detrás de los celebrantes desapareció.

Del lado izquierdo del señor Arzobispo hacia atrás en forma diagonal aparecieron miles de Ángeles, pequeños, Ángeles grandes, Ángeles con alas inmensas, Ángeles con alas pequeñas, Ángeles sin alas, como los anteriores.

Todos vestidos con unas túnicas como las albas blancas de los sacerdotes o los monaguillos. Todos se arrodillaban con las manos unidas en oración y en reverencia inclinaban la cabeza.

Se escuchaba una música bellísima, como si fueran muchísimos coros con distintas voces y todos decían al unísono junto con el pueblo: Santo, Santo, Santo…

Había llegado el momento de la Consagración, el momento del más maravilloso de los Milagros…

Del lado derecho del Arzobispo hacia atrás en forma también diagonal, una multitud de personas, iban vestidas con la misma túnica pero en colores pastel: rosa, verde, celeste, lila, amarillo; en fin, de distintos colores muy  suaves.

Sus rostros también eran brillantes, llenos de gozo, todos parecían tener la misma edad.

Se podía apreciar que había gente de distintas edades, pero todos parecían igual en las caras, hermosas, jóvenes, sin arrugas, felices.

Todos se arrodillaban también ante el canto de Santo, Santo, Santo, es el Señor…”

Uriel dijo:

Son todos los Santos y Bienaventurados del Cielo y entre ellos, también están las almas de los familiares de ustedes que gozan ya de la Presencia de Dios”

Entonces Maximiliano vio a la Madre de Dios,  justamente  a la derecha del señor Arzobispo…

Un paso detrás del celebrante. Estaba un poco suspendida del suelo, arrodillada sobre unas telas muy finas, transparentes pero a la vez luminosas, como agua cristalina.

La Santísima Virgen con las manos unidas, mirando atenta y respetuosamente al celebrante.

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Y desde allá sin cambiar de posición ni levantar el rostro, su voz llena de dulzura le saludó y le dijo directamente en su corazón:

–      “¿Te llama la atención verme un poco más atrás de Monseñor, verdad? Así debe ser…

Con todo lo que Me ama Mi Hijo, NO Me Ha dado la Dignidad que da a un sacerdote de poder traerlo entre Mis manos diariamente, como lo hacen las manos sacerdotales.

Por ello siento tan profundo respeto por un sacerdote y por todo el Milagro que Dios realiza a través suyo, que me obliga a arrodillarme aquí.”

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LA MADRE DE DIOS, ES LA ÚNICA SACERDOTISA DEL CALVARIO

Maximiliano quedó impactado por tanta gracia que el Señor derrama sobre las almas sacerdotales…

Delante del altar, empezaron a salir unas sombras de personas en color gris que levantaban las manos hacia arriba.

Uriel continuó con su enseñanza:

Son las almas benditas del Purgatorio que están a la espera de las oraciones de ustedes para refrescarse. No dejen de rezar por ellas. Piden por ustedes, pero NO pueden pedir por ellas mismas. Son ustedes quienes tienen que pedir por ellas para ayudarlas a salir para encontrarse con Dios y gozar de Él eternamente.

Maximiliano veía todo lo que se desarrollaba ante sus asombrados ojos con infinito agradecimiento… Y sabedor de que tenía que compartir con todos los demás cristianos todo el conocimiento que le estaba siendo revelado.

La Virgen le dijo:

Hijito mío, di a todos tus hermanos que yo estoy realmente Presente cuando se celebra la Santa Misa desde que comienza, hasta que termina.

Estoy aquí  al pie del Altar donde se celebra la Eucaristía  y siempre Me van a encontrar aquí..  al pie del Sagrario permanezco Yo con los Ángeles Adorando al Señor, porque Estoy siempre con Él.”

Ver ese rostro hermoso de la Madre en aquel momento del “Santo”, al igual que todos ellos, con el rostro resplandeciente, con las manos juntas en espera de aquel milagro que se repite continuamente, era estar en el mismo cielo.

Uriel dijo:  

“Dile al ser humano, que nunca un hombre es más hombre que cuando dobla las rodillas ante Dios”.

Desde el comienzo de la Plegaria Eucarística hasta la Consagración:

Nos encontramos con Jesús en la prisión, en su atroz flagelación, su coronación de espinas y su Camino de la cruz por las callejuelas de Jerusalén…

Estando todos los asistentes a la Santa Misa real y místicamente presentes en el Viernes Santo…

Que fue el Sacrificio de Expiación.  

Estamos todos los que están participando de la Eucaristía y  todos aquellos por los que pedimos especialmente.

La Consagración, ES místicamente, la Crucifixión del Señor. 

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¿Puede alguien imaginarse eso? Nuestros ojos no lo pueden ver.

Pero todos estamos allá, en el momento en que a Él lo están crucificando.

Y está pidiendo perdón al Padre, NO solamente por quienes lo matan, sino por cada uno de nuestros pecados:

“¡Padre, perdónalos porque NO SABEN lo que hacen!”

En la preparación de las ofrendas se llevan al altar el pan y el vino con el agua.

Es decir, los mismos elementos que Cristo tomó en sus manos.

En la Plegaria Eucarística se dan gracias a Dios por toda la obra de la salvación…

Y las Ofrendas se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

La Consagración nos da el Cuerpo entregado ahora, la Sangre derramada ahora.

Es místicamente, la Crucifixión del Señor, perpetuada a través de sus sacerdotes.

Por esto San Pío de Pietrelcina sufría atrozmente en este momento de la Misa.

Nos reunimos enseguida con Jesús en la Cruz.

Y ofrecemos desde este instante al Padre, el Sacrificio Redentor.

Es el sentido de la Oración Litúrgica que sigue inmediatamente a la Consagración.

El “Por Él, con Él y en Él” corresponde al grito de Jesús:

“Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”.

En la Consagración ocurre la “Transubstanciación”, que significa “cambio de substancia” del pan y el vino, a ser verdaderamente la sustancia del Cuerpo y Sangre del Señor.

La Eucaristía aunque tiene la apariencia de pan y vino,  NO ES pan y tampoco vino.  

Cristo está Presente en la Eucaristía verdadera, real y substancialmente con todo su Cuerpo, Sangre, alma y divinidad.

Esta Presencia se llama “real” porque es “substancial”

Y por ella, Cristo, Dios y hombre, se hace totalmente Presente.

Cristo está todo entero en cada una de las especies y en cada una de sus partes…

De modo que la Fracción del pan NO divide a Cristo, que está real y permanentemente Presente en la Eucaristía, mientras duren sin corromperse las Especies Eucarísticas.

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11. CONSAGRACIÓN:

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El nombre viene del griego: epicaleo, apicalumai; significa invocar, llamar.

Es una invocación del poder divino sobre los dones del pan y vino que han ofrecido los hombres…

Para que se conviertan en Cuerpo y Sangre de Cristo.

La Anáfora constituye la parte esencial de la Misa.

Es una palabra griega que indica la acción de elevar, la actitud de levantar la ofrenda con las manos.

CONSAGRACIÓN

El sacerdote relata la institución de la Eucaristía en el Jueves Santo, usando las mismas palabras de Jesús sobre las especies:

Sobre el pan, “Hoc est enim corpus meum (…)” (“Esto es mi Cuerpo…”) y sobre el vino, “Hic est enim calix sanguinem meam (…)” (“Este es el cáliz de mi Sangre…”).

Cuando el sacerdote dice estas palabras sobre el pan de harina de trigo sin levadura y el vino de uva, con la intención de consagrar…

La substancia del pan y del vino desaparecen, siendo reemplazados por el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo.

En esta parte de la Misa, todos permanecen de rodillas.

En el relato de la Institución y Consagración, con las palabras y gestos de Cristo…

Se realiza el Sacrificio que el mismo Cristo instituyó en la última Cena, cuando bajo las especies de pan y vino Ofreció su Cuerpo y su Sangre…

Y se lo dio a los Apóstoles en forma de comida y bebida.

Y les encargó perpetuar ese mismo Misterio.

Después de la Consagración, Jesús está realmente presente en la Eucaristía:

En este momento, por el ministerio (por el encargo y el don) que el sacerdote ha recibido…

El pan y el vino son transformados en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo.

El sacerdote repite las palabras que Jesús pronunció en la Última Cena…

Con las cuales Él mismo dio gracias y bendijo el pan y el vino, haciéndolos su Cuerpo y su Sangre, para Alimentar con su Propio Ser a sus apóstoles.

Y a través de ellos y de la sucesión de sacerdotes a todos los creyentes.

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Cristo, en efecto tomó en sus manos el pan y el cáliz, dio gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo:

Tomad, comed, bebed; esto es mi Cuerpo; éste es el cáliz de mi Sangre. Haced esto en conmemoración mía.

De ahí que la Iglesia haya ordenado toda la Celebración de la Liturgia Eucarística según estas mismas partes que corresponden a las palabras y gestos de Cristo.

La Eucaristía, Cuerpo y Sangre de Cristo, es el mayor Regalo que hemos recibido de Dios:

Él se ha quedado para siempre con nosotros en la persona de Cristo.

Él mismo toma nuestra realidad y la transforma en su propio Ser, para alimentar nuestra vida de Fe.

Sin este alimento espiritual. Es decir, sin la Comunión real con su Cuerpo y su Sangre, nuestra vida de Fe sería árida y estéril.

Pura imitación exterior de Cristo, por nuestras propias fuerzas.

Pero como Él nos alimenta con su propia vida en la Eucaristía.

Podemos vivir como Él, ser como Él,

Porque Él Mismo, desde nuestro interior nos va Transformando…  

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NOS VA CONSAGRANDO. 

Va haciendo de nuestra vida una constante Eucaristía.

Sólo si nosotros le entregamos nuestro corazón y dejamos que su Espíritu actúe en nosotros.

Cuando el celebrante dijo las palabras de la “Consagración”.

Ante los ojos de Maximiliano empezaron unos relámpagos en el Cielo y en el fondo.

No había techo de la Iglesia ni paredes. Estaba todo oscuro solamente aquella luz brillante en el Altar.

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De pronto suspendido en el aire vio a Jesús, Crucificado de la cabeza a la parte baja del pecho.

El tronco transversal de la Cruz estaba sostenido por unas manos grandes, fuertes. De en medio de aquel resplandor se desprendió una lucecita como de una paloma muy pequeña muy brillante…

Dio una vuelta velozmente toda la Iglesia y se fue a posar en el hombro izquierdo del señor Arzobispo que seguía siendo Jesús…

Porque podía distinguir su melena y Sus llagas luminosas, Su cuerpo grande, pero NO veía Su Rostro.

Arriba, Jesús Crucificado estaba con el Rostro caído. Sobre el lado derecho del hombro Podía contemplar el Rostro y los brazos golpeados y descarnados.

En el costado derecho tenía una herida en el pecho y salía a borbotones, hacia la izquierda Sangre y hacia la derecha, un Agua, pero tan brillante…

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Que  más bien eran borbotones de luz que iban dirigiéndose hacia los fieles moviéndose a derecha e izquierda.

¡Era una cantidad tan inmensa de Sangre la que fluía hacía el Cáliz!

¡Tanta, qué pensó que iba a rebalsar y manchar todo el Altar, pero NO cayó una sola gota!

San Uriel dijo:

–     Este es el Milagro de los milagros. Te lo He repetido: para el Señor NO existe ni Tiempo NI Distancia.

Y en el momento de la Consagración, toda la asamblea es trasladada al pie del Calvario en el instante de la Crucifixión de Jesús.

Después de la Consagración, Jesús está realmente presente en la Eucaristía:

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA,CONÓCELA

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