F94 EL CREDO 13


ESTÁ SENTADO A LA DIESTRA DE DIOS PADRE,

24, 25 y 26 de Mayo de 1944 (Los cuadernos de María Valtorta)

Dice Jesús:

«Escribe. Yo, dice el Señor Uno y Trino, dado que sé que los hombres olvidan fácilmente las leyes y los beneficios, reemplacé una Ley y un Pacto que habían sido escritos en materias inertes: la piedra y el leño, que será siempre leño aunque esté cubierto de oro. 

Por una Ley y un Pacto que fueron escritos en una Carne y con una Sangre divinas y que están conservados, siempre vivos como cuando sirvieron para la Alianza con el Cielo, en un tabernáculo que aun siendo pequeño, es inmenso como el Cielo, pues lo contiene todo.

Y que en su innumerabilidad, que florece en todos los rincones de la Tierra, testimonia la omnipresencia de Dios. Mas toda esta previsora bondad no valió para convertir en hijos fieles a los que eran “todo lo contrario dé hijos”.

Cada vez más os habéis transformado en esa raza malvada, perversa, a la que se refiere Moisés en su cántico. Ahora nadie lee y medita ese cántico, a no ser que esté obligado a hacerlo por causas de estudio o por misión sacerdotal.

Hacéis mal. Deberíais leerlo y meditarlo y decir golpeándoos el pecho: “Nosotros somos ese pueblo insensato, ese pueblo que no tiene gratitud, ese pueblo que, tras haber recibido los beneficios de Dios, se empecinó como un mulo obstinado y abandonó a su Señor. Ese pueblo que se permitió provocar (y aún sigue haciéndolo) a su Dios, cuyo culto sustituyó con otros cultos idólatras y sacrílegos, pues adoró a Satanás en sus diversas manifestaciones. Por todo esto el Eterno nos castigó. Y nos castigará siempre hasta que el número de los buenos sea al menos igual que el de los malvados” (Deuteronomio 32, 1-43) ¡Oh, criaturas rebeldes!, NO debéis concluir vuestro pensamiento diciendo: “Pues bien, esperaré a que los demás se vuelvan buenos y predicaré que lo sean”. No es así. Es necesario que cada uno por sí mismo sin cuidarse del vecino, intente volverse bueno como lo quiere Dios.

Después, cuando lo haya logrado, debe hablar en nombre de Dios para exhortar a los demás a ser buenos. Pero antes debe purificarse él mismo en el dolor y el amor. Que cada uno se convierta en Hostia para el Señor.

La Tierra, ese Altar contaminado, tiene necesidad de ser santificada de nuevo, antes de volver a ser un altar dilecto para el Señor.Que el dolor sea el holocausto para el pecado; que el amor lo sea para el sacrificio pacífico.

Mas el amor debe nacer ante todo en vosotros. Sin él no podríais tenerme a Mí, que soy el Amor eterno,el Suscitador de todas las acciones o los pensamientos sobrenaturales. El amor os impulsará a la contrición; la contrición os dará a Dios…

Y unidos con Él, podréis ofreceros con toda el alma, la mente, el corazón, las fuerzas, según la Ley  a El que debe ser amado por encima de todo y sin límite alguno. Yo soy el Amor que habla. Yo soy el Amor que bendice. Yo soy quien te bendice»Y yo te bendigo, ¡Oh, Amor!, para que derrames sobre mí tu luz, que es Luz de Luces, que es la más regocijante y beatífica Luz. Y para que calmes todos mis grandes dolores en un júbilo que no puede ser descrito por ninguna palabra humana.

25 de mayo Intentaré describir la inenarrable, la inefable, la beatífica visión que tuve ayer en las últimas horas de la tarde. Esa visión que me condujo del sueño del alma al sueño del cuerpo y que cuando volví en mí, se me apareció aún más nítida y bella.

Antes de disponerme a hacer esta descripción -que siempre resultará aún más lejos de la realidad de lo que estamos del sol – me pregunté: “¿Antes tengo que escribir o hacer mis penitencias?”. Ardía por describir lo que me procura tanto júbilo y sé que después de la penitencia enfrento con mayor lentitud la fatiga material de la escritura.

Pero el Espíritu Santo me habla con su voz de luz; la llamo así porque es inmaterial como la luz y al mismo tiempo, es clara y deslumbrante como la más resplandeciente de las luces. Y sus palabras dirigidas a mi espíritu, son a la vez sonido y fulgor. Y además, gozo, gozo, GOZO infinito. Esta Voz, envolviendo mi alma en su destello de amor, me dice:

“Comienza por la penitencia y luego escribe lo que te da tanta dicha. En ti la penitencia debe preceder siempre a todo, porque es la que te hace merecer la dicha. 

Cada visión nace de una precedente penitencia y cada penitencia te abre el camino hacia las más elevadas contemplaciones. Por eso vives. Por eso eres amada. Por eso serás bienaventurada. Es necesario el sacrificio, siempre el sacrificio.

Es tu vida, tu misión, tu fuerza, tu gloria. Sólo cuando te duermas en Nosotros, dejarás de ser Hostia para convertirte en gloria”.

San Bartolomé (Natanael) Apóstol fue desollado vivo…

Entonces hice antes todas mis penitencias cotidianas, pero ni siquiera las advertía: los ojos del espíritu “veían” la sublime visión y ella anulaba la sensibilidad corporal. Por eso comprendo por qué los mártires podían soportar esos suplicios horrendos sin dejar de sonreír.

Si en mí, que soy tan inferior a ellos en cuanto a virtud, una contemplación al difundirse del espíritu a los sentidos materiales, puede anular en éstos toda sensibilidad al dolor…

En ellos – que son perfectos en el amor,como puede serlo una criatura humana y que por tal perfección ven sin velos la Perfección de Dios- debía producirse una verdadera anulación de las debilidades corporales.

El júbilo de la visión anulaba la miseria de la carne, sensible a todo sufrimiento.Y ahora intentaré describirla. He vuelto a ver el Paraíso . Y he comprendido de qué están hechas su Belleza, su Naturaleza, su Luz, su Canto; en fin, todo. E incluyo también sus obras, que son las que desde las alturas informan, ordenan, proveen a todo lo creado.

Como ya ha sucedido la vez anterior, he visto la Santísima Trinidad. También los ojos del espíritu necesitan acostumbrarse gradualmente a la contemplación de una Belleza tan alta como ésta.

A pesar de que son mucho más aptos para sostener esa Luz, que los pobres ojos del cuerpo, pues éstos ni siquiera pueden mirar el sol.

NO obstante éste, comparado con la Luz que es Dios, es como la llamita de un humeante pabilo.

Dios es tan bueno que aun queriendo revelarse en sus fulgores, NO se olvida de que somos pobres espíritus, prisioneros aún en una envoltura de carne y por tanto, debilitados por esta prisión. ¡Oh,qué bellos son los espíritus que Dios crea a cada instante para dar un alma a las nuevas criaturas, qué brillantes, cómo danzan! Los he visto y lo sé. Pero nosotros…

Hasta que no volvamos a Él, no podemos sostener el Resplandor de una sola vez. Y en su Bondad, Él va acercándonos poco a poco.

Pues bien, ayer por la noche vi en primer lugar una especie de rosa inmensa.

La llamo así para dar la idea de esos círculos de luz jubilosa que cada vez más se concentraban alrededor de un punto de insostenible fulgor.¡Era una rosa sin confines! Su luz era la que recibía del Espíritu Santo. O sea, la luz relumbrante del Amor Eterno. Era como topacio y oro líquido convertidos en llama… ¡Oh, no sé cómo explicarlo!

Él estaba solo, solo en las alturas, inmóvil en el zafiro inmaculado y esplendente del Empíreo y desde allí irradiaba y la Luz descendía de Él a borbotones, incesantemente.

Esa Luz penetraba la rosa de los bienaventurados y de los coros angélicos y la iluminaba con esa claridad suya que no es más que el reflejo de la luz del Amor que la impregna.

Pero yo no distinguía ni a los santos ni a los ángeles; veía solamente los inconmensurables ribetes de los círculos de esa flor paradisíaca. Ya con eso me sentía colma de beatitud y habría bendecido a Dios por su bondad cuando, en lugar de quedar cristalizada de ese modo, la visión se iluminó con nuevos fulgores.Como si estuviera acercándose cada vez más a mí y me permitió observarla con los ojos del espíritu, ya acostumbrados al primer fulgor y capaces por lo tanto, de sostener uno más intenso.

Vi a Dios Padre: era un Esplendor en medio del esplendor del Paraíso, definido con líneas de luz deslumbrante, incandescente, de infinito candor. Imagínese Ud. cuán intensa debía de ser su Luz, si aun siendo circundada por otra sumamente brillante, lograba anularla…

Hasta el punto de reducirla a una sombra reflejada en su esplendor y por eso, me permitía distinguirle en medio de esa marea de luz.Es espíritu… ¡Oh, cómo se ve que es todo espíritu! Es el Todo porque es absolutamente perfecto. Es la nada porque el roce de cualquier otro espíritu del Paraíso no podría tocar a Dios, que es Espíritu sumamente perfecto aun en su inmaterialidad.

Espíritu que es Luz, Luz, nada más que Luz.Frente a Dios Padre estaba Dios Hijo, con su Cuerpo glorificado ataviado con la espléndida vestidura real que cubría sus Miembros santísimos sin lograr ocultar su belleza inexpresable.

Su Belleza se fundía con la Majestad y la Bondad. Las ascuas de sus cinco Llagas lanzaban cinco espadas de luz en todo el Paraíso, que aumentaban el esplendor de éste y el de la Persona glorificada.

No tenía aureola o corona alguna, pero todo su Cuerpo emanaba luz, esa luz especial de los cuerpos espiritualizados, que en Él y en su Madre es intensísima y se desprende de una Carne que no es carne opaca como la nuestra, sino que es luz.Dicha luz se condensa aún más alrededor de su Cabeza, no como una aureola – lo repito – sino como procediendo de toda su Cabeza. También la sonrisa era luz y luz era la mirada; luz emanaba de su hermosísima Frente sin heridas.

Y hasta parecía que en los puntos en que otrora, las espinas habían hecho brotar sangre y provocado dolor, ahora manaba una luminosidad aún más viva.

Jesús estaba de pie y con la mano sostenía su estandarte real, como en la visión que tuve, según me parece, en enero.

Un poco más abajo que Él – pero no mucho, digamos a la distancia que hay entre un peldaño y el sucesivo – estaba la Virgen Santísima, bella como en el Cielo. O sea, con su perfecta belleza humana glorificada en belleza celestial.Estaba entre el Padre y el Hijo, que entre sí distaban unos metros. (Digo esto para tratar de aplicar comparaciones materiales). Ella estaba en el medio, con las manos cruzadas sobre el pecho…

Esas manos dulces, pequeñas, bellísimas, de inigualable candor – y miraba adorando, al Padre y al Hijo, alzando ligeramente su apacible, su perfecto, su amoroso y suavísimo rostro.

Miraba al Padre con total veneración. No pronunciaba palabra alguna, pero su mirada era ya, toda ella, una expresión de adoración, de plegaria, de canto. No estaba arrodillada, pero en esa mirada había tanta adoración que era como si estuviera más postrada que en la más profunda genuflexión.

Decía: “¡Sanctus!”, decía: “¡Adoro Te!”, únicamente con la mirada. Miraba a su Jesús llena de amor. No pronunciaba palabra alguna pero su mirada era toda ella, una caricia. Cada caricia de esos ojos suaves decía: “¡Te amo!”.No estaba sentada. No tocaba al Hijo, pero su mirada le acogía como si Él estuviera en su regazo, rodeado por sus brazos maternos como en la Infancia, como en la Muerte o aún más. Le decía: “¡Hijo mío!”, “¡Dicha mía!”, “¡Amor mío!” únicamente con su mirada.

Se deleitaba mirando al Padre y al Hijo.

Y cada tanto, alzaba aún más el rostro y la mirada en busca del Amor que resplandecía en lo alto, perpendicularmente sobre Ella. Entonces, su luz deslumbradora, esa perla hecha luz, se encendía como si una llama la abrasara y la hiciera aún más bella.

Ella recibía el beso del Amor y se tendía con toda su humildad y su pureza, con su caridad, para retribuir con una caricia la Caricia y decir: “Heme aquí. Soy tu Esposa, te amo, soy tuya, tuya por la eternidad”.

Y cuando la mirada de María se enlazaba a sus fulgores, el Espíritu irradiaba aún con más fuerza sus Llamas. María volvía otra vez sus ojos hacia el Padre y el Hijo. Parecía que, una vez que el Amor se había depositado en Ella, lo distribuía. ¡Qué pobre es mi expresión!

Lo diré mejor. Parecía que el Espíritu la había elegido para que recogiera en Ella todo el Amor y lo llevara después al Padre y al Hijo, de modo que los Tres se unieran y se besaran convirtiéndose en Uno. ¡Oh, qué dicha poder comprender este poema de amor! ¡Y qué dicha ver la misión de María, Sede del Amor! Pero el Espíritu no concentraba sus rayos únicamente en María. Nuestra Madre es grande; sólo Dios está antes que Ella. Mas, ¿Puede un dique, aunque sea sumamente grande, contener el océano?

No lo puede, pues se colma y desborda. El océano tiene aguas para toda la Tierra, igual que la Luz del Amor. Esta Luz descendía como una caricia perpetua sobre el Padre y el Hijo y les estrechaba en un anillo resplandeciente.

Y tras haberse beatificado con el contacto del Padre y del Hijo, que correspondían con amor al Amor, seguía ampliándose y se extendía sobre todo el Paraíso.Y el Paraíso se me revelaba en sus detalles…

 He ahí a los ángeles; están más arriba que los bienaventurados, forman círculos en torno al Eje del Cielo, que es Dios Uno y Trino, y cuyo corazón es la Gema virginal: María. Se asemejan más profundamente al Padre. Son espíritus perfectos y eternos, son rasgos de una luz cuya intensidad es inferior únicamente a la de Dios Padre,son de una belleza inenarrable. Adoran… emanan armonías. ¿Con qué lo hacen? No lo sé.

Puede que las emitan con los arrebatos de su amor, puesto que no se trata de palabras: el trazado de la boca no altera su luminosidad. Resplandecen como las aguas inmóviles embestidas por un radiante sol.

Su amor es canto, es una armonía tan sublime que sólo por gracia de Dios puede oírsela sin morir de gozo.

Más abajo están los bienaventurados. Ellos, en su aspecto espiritualizado, se asemejan más al Hijo y a María. Son más densos que los ángeles, diría que son visibles para los ojos y lo que produce más impresión, sensibles al tacto. De todos modos, son inmateriales pero presentan los rasgos físicos, que son diferentes en cada uno de ellos, más marcados.

Y eso me permite entender si se trata de un adulto o de un niño, de un hombre o de una mujer. No veo viejos, en el sentido de decrépitos.

Al parecer, allá arriba también los cuerpos espiritualizados de los que murieron en edad avanzada, dejan de presentar los rasgos de decadencia de nuestra carne. Es verdad que es más majestuoso un anciano que un joven.

Pero no lo es la escualidez de las arrugas, de la calvicie, de la boca sin dientes y la espalda encorvada, rasgos propios de los seres humanos. La edad máxima parece ser de unos 40 o 45 años. O sea, corresponde a una floreciente virilidad, aunque la mirada y el aspecto demuestran una dignidad patriarcal.  Entre los muchos espíritus… ¡Oh, cuántos santos!…

¡y Cuántos ángeles!

¡Los círculos, convertidos en una estela de luz, se funden con los azulados esplendores de una inmensidad sin confines! Y desde lejos, desde muy lejos, desde ese horizonte celeste, llega aún el eco del sublime aleluya… Y titila la luz que es el amor de este ejército de ángeles y beatos…

Esta vez veo, entre los muchos espíritus, uno imponente. Es alto, de aspecto bueno, aunque severo. Tiene una larga barba que desciende hasta la mitad del pecho y lleva en la mano unas tablas.

Me parece que se trata de esas tablas enceradas que usaban los antiguos pueblos para escribir.

Apoya la mano izquierda en dichas tablas y éstas a su vez, sobre la rodilla izquierda. No sé quién es. Pienso que podría ser Moisés o Isaías. No sé por qué, pero lo pienso. Me mira y sonríe con gran dignidad. Y nada más.¡Qué ojos los suyos!: Parecen hechos para dominar las multitudes y penetrar los secretos de Dios. Mi espíritu se acostumbra cada vez más a ver en la Luz. Y advierto que a cada fusión de las Tres Personas…

Fusiones que se repiten con un ritmo apremiante e incesante, como si las acuciara un hambre insaciable de amor, se producen esos incesantes milagros que son las obras de Dios.

Veo que por amor al Hijo – a quien siempre quiere dar el mayor número de adictos – el Padre crea las almas. ¡Oh, qué hermoso es!

Ellas surgen del Padre como destellos, como pétalos de luz, como gemas globulares, como no soy capaz de describir. Las nuevas almas van surgiendo incesantemente…Van surgiendo hermosas, felices de descender para introducirse en un cuerpo por obediencia a su Autor. ¡Qué bellas son cuando surgen de Dios!

No las veo en el momento en que las enfanga la mancha original; no puedo verlas porque estoy en el Paraíso.

Y por celo hacia su Padre, el Hijo recibe y juzga, sin pausa, a los que vuelven al Origen para ser  juzgados, una vez que ha cesado en ellos la vida.

Yo no los veo, pero por el cambio de expresión deJesús, comprendo si son juzgados con júbilo, con misericordia o inexorablemente. ¡Cómo resplandece su sonrisa cuando se presenta ante Él un santo!

¡Qué luz de desconsolada misericordia cuando debe separarse de alguien que, antes de entrar en el Reino, debe purificarse!

¡Qué destello de dolorosa, de ofendida pesadumbre, cuando debe repudiar por la eternidad a un rebelde!

Aquí comprendo qué es el Paraíso, de qué están hechas su Belleza, su Naturaleza, su Luz y su Canto. Están hechas de Amor. El Paraíso es Amor. El Amor lo ha creado todo en él. El Amor es la base sobre la que todo se apoya.El Amor es la cumbre de la que todo desciende. El Padre obra por Amor. El Hijo juzga por Amor. María vive por Amor. Los ángeles cantan por Amor. Los bienaventurados elevan sus hosannas por Amor. Las almas se forman por Amor.

La Luz existe porque existe el Amor. El Canto existe porque existe el Amor. La Vida existe porque existe el Amor. ¡Oh, Amor! ¡Amor! ¡Amor!… Me anulo en Ti. Renazco en Ti. Yo, como criatura humana,muero porque Tú me consumes.

Yo, como criatura espiritual, nazco porque Tú me creas. ¡Amor, Tercera Persona, bendito, bendito, bendito seas! ¡Amor, que eres amor de las Dos Primeras, bendito, bendito, bendito seas! ¡Amor, que amas a las Dos que te preceden, bendito, bendito, bendito seas!

Tú, que me amas, bendito seas. ¡Oh, Luz mía! Yo, que te amo, te bendigo porque me permites amarte y conocerte…Después de haber escrito todo esto, he buscado en los fascículos la precedente contemplación del Paraíso. ¿Por qué lo he hecho?Porque siempre desconfío de mí misma y quería ver si una de las dos contradecía a la otra y con ello, me habría persuadido de que soy víctima de un engaño. Pero No, no hay ninguna contradicción. La visión actual es aún más nítida pero en lo esencial, son iguales.

La visión anterior se refiere al 10 de enero de 1944. No había vuelto a examinarla desde entonces; puedo asegurarlo como bajo juramento.

Dice Jesús, hacia el crepúsculo:«En el Paraíso que el Amor te ha hecho contemplar, están solamente los “vivos” a que se refiere Isaías en el cap. 4; es una de las profecías que se leerán pasado mañana. (En la misa)

 Las palabras siguientes explican cómo se logra estar “vivos” de ese modo: con el espíritu de justicia y con el espíritu de caridad se anulan las manchas ya existentes y se preserva de nuevas corrupciones. Esta justicia y esta caridad que Dios os otorga y que vosotros debéis otorgarle, os conducirán al Tabernáculo eterno y os mantendrán a su sombra.

Allí serán inocuos el ardor de las pasiones y las tinieblas del Enemigo, porque serán neutralizadas por vuestro Santísimo Protector.

Que más amoroso que una clueca con sus polluelos, os cobijará al amparo de sus alas y os defenderá de todo ataque sobrenatural. Pero no debéis alejaros nunca dé El que os ama. Alma mía, piensa en la Jerusalén que te ha sido mostrada.

¿No merece, acaso, que se cumplan todos los cuidados para poseerla?¡Vence! Yo te aguardo. Nosotros te aguardamos. ¡Oh, quisiéramos decir esta palabra a todos los seres de la Creación o al menos, a todos los cristianos, a todos los católicos! ¡Y sin embargo, podemos decirla a muy pocos!

Ahora basta, porque estás cansada. Reposa pensando en el Paraíso»

26 de mayo Dice Jesús:

«¿Por qué dice Isaías: “Vosotros, los sedientos, id por agua y también vosotros, los que no tenéis dinero, corred a comprar y comer vino y leche” ?

Lo dice porque hay quien pagó por vosotros todas las riquezas eternas, quien adquirió y molió el Trigo más puro, adquirió y exprimió la Uva más bella, para calmar vuestra hambre y vuestra sed.

Y con esta compra, que pagó con un valor ilimitado, que molió y exprimió con un sudor de sangre, hizo para vosotros un Pan y un Vino que quitan todo el hambre y toda la sed…Excepto el hambre y la sed de lo espiritual y que dan la Vida a quien los recibe.

El Trigo es la Carne que nació en el seno virginal de mi Esposa. El Vino es la Sangre, cuya fuente está en el Corazón inmaculado que se abrió como un capullo cuando mi Fulgor, como una Flecha de Fuego…

Descendió para hacer de Ella una Madre: la Madre de El que era a la vez su Padre y su Esposo.

¡Oh, cuál momento aquél en el que estuvimos Nosotros Tres en su Corazón!

Y encontramos en él, el amor de la criatura tal como lo habíamos deseado en cada criatura, tal como nadie poseía excepto Ella, María Santísima!

Su sangre consistía sólo en pocas gotas en torno a la Semilla del Señor, pero se convirtió en un río tan grande, tan inagotable que, desde hace siglos, no cesa de fluir y no cesará hasta el día postrero.

Yo, el Amor, doné este Manjar para que fuera Testimonio para los pueblos de la Bondad del Padre. Yo doné este Verbo. Mi Amor lo envió a la Tierra para que sirviera de Maestro a los pueblos y de Adalid de los mismos hacia Dios.

Y por amor, Él se escindió de Nosotros y la eterna Palabra permaneció en su penoso exilio, cuyo final fue una muerte oprobiosa hasta que dio el fruto que las gentes esperaban: la Redención.Fue la Redención de la culpa a través de su Sangre; la Redención de las debilidades a través de su Carne; la Redención de la ignorancia a través de su Palabra.

Él cumplió todo lo que quiso el Amor; obró cuanto debía.

En nada ahorró la fatiga.No cerréis vuestro espíritu a este Tesoro. Venid, porque estáis sedientos. Venid vosotros, los que sabéis que estáis sedientos y vosotros los que aún más muertos que éstos, ni siquiera sabéis ya, que lo estáis.

Venid. Aquí encontraréis el Vino que vivifica y la Leche que conforta y sana. Y si sois pobres, si no tenéis dinero, venid lo mismo. El Amor Uno y Trino os revela sus riquezas con tal de que lo améis».

Fuente: Cuadernos de 1944 de María Valtorta.

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