EL LLAMADO


¿CÓMO JESÚS ME CONVIRTIÓ EN APÓSTOL? 

Mi madre era muy celosa y exigente en lo que se refería a la educación de ser unas ‘señoritas de excelencia’ y con que no nos relacionáramos con cualquiera.

 Mi padre había sido desheredado cuando se casó con ella y aunque éramos una familia de pobres recursos económicos; la exquisitez de nuestra formación familiar, no le envidiaba nada a la más refinada cultura.

La familia de mi padre en mi natal Michoacán, se remontaba hasta la intervención francesa en nuestro país… Y habían dejado su huella en las raíces de nuestro mestizaje.

La cultura y los genes purépechas que nunca pudo ser dominada por los aztecas, corría por nuestra sangre, al igual que la de los colonizadores españoles y franceses, que llegaron con Maximiliano de Absburgo.

Y en la familia de mi padre, todo esto se refinó y no tenía nada que ver con nuestras estrecheces económicas.

Abba dice que nada sucede por casualidad y nunca como ahora que estoy en la plenitud de mi ancianidad; lo contemplo, al mirar retrospectivamente a los sucesos de mi vida.

Cuando cumplí cinco años de edad, ya sabía leer y escribir y mi padre me regaló una enciclopedia ilustrada que se llamaba “Vidas Ejemplares” y tenía maravillosas ilustraciones con las vidas de los mártires de los primeros siglos.

Con esto mi papá me heredó su gusto por la literatura y la exquisita educación que él a su vez había recibido.

Conforme fui creciendo, no olvido sus palabras: Recuerda siempre que para saber mandar, hay que aprender a obedecer

Estas palabras las recordaría muchas veces, después de mi conversión en la plaza de toros… Y cuando me enamoré perdidamente de Jesús.

Había cumplido 29 años, hacía suplencias de supervisora en la empresa de telecomunicaciones más importante de mi país.

Y había tomado como una rutina agradable, levantarme muy temprano y contemplar el amanecer mientras trotaba alrededor del Estadio Jalisco, con una de mis compañeras de trabajo que vivía en esa colonia…

Ella era una de mis amigas del grupo de Oración, que se había formado entre los que habíamos sido llamados por el Espíritu Santo, en el retiro de Septiembre en la plaza de toros..

Mientras trotábamos alegremente alrededor del estadio, mi compañera Marypaz me dijo:

–    Rosa, el Señor Jesús me está diciendo que vayamos a hablar con el párroco de la Iglesia de San Mateo y le pidamos permiso para hacer un grupo de Oración…

La encomienda no me agradó en absoluto, me hice la sorda y apresuré el paso tratando de alejarme de Paz, lo más lejos que pude.

Pero ella no se dejó y pronto me alcanzó.

Y siguió insistiendo, hasta que no pude eludirla más. Yo no tenía el menor deseo meterme en ningún embrollo eclesíástico, que alterara mi cómoda rutina hogareña y laboral…

Tuve que acceder a lo que Jesús quería y yo me sentía como un pobre venado preso y obligado a hacer lo que no quería… 

Por decirlo de alguna manera, Marypaz me arrastró al cadalso que para mí significaba, la notaría parroquial de San Mateo, para que hablásemos con el sr. Cura.

Yo plantee mis últimas objeciones:

 –    Oye, yo no sé cómo dirigir una Asamblea de Oración, no tengo la menor idea de lo que vamos a hacer, dile a Jesús que yo para eso, no sirvo…

Y Jesús me derribó. 

 –    No te preocupes. El Señor dice, que lo dejes tomarte y Él lo hará por ti…

Y Marypaz entró como una castañuela hasta la oficina del párroco.

Yo hubiese deseado estar en cualquier lugar, menos ahí…

Cuando el sr. Cura finalizó la entrevista diciendo que:

–      “Eso no era posible. A él no le agradaban los carismáticos y tenía demasiadas ocupaciones para complicarse la vida con nosotros…” 

A la que le brincaba el corazón cómo una castañuela era a mí.  

Siempre fui introvertida y no me atraía la idea de involucrarme tanto, en ninguna actividad religiosa fuera de mi parroquia donde tomaría un protagonismo que no me correspomdía…

Dejé de sentirme culpable por no encontrar la forma de disculparme y decir que NO a Jesús, pues el párroco me había salvado de algo que definitivamente no tenía el más mínimo deseo de hacer…

Y le dije a mi amiga:

 –     Ya oíste al padre. Y si él no quiere ¡¿Qué podemos hacer nosotros?!

Me despedí apresuradamente de Marypaz y decidí que me comportaría de la manera más inaccesible, antes de que quisiera embarcarme en otra aventura religiosa que NO estaba dispuesta a hacer.

En 1980 todavía no había teléfonos celulares y cambiando mis turnos, yo pretendí perderme en una empresa que entonces tenía dos mil quinientos empleados, en un edificio de más de seis pisos y donde podía estar cubriendo vacantes en cualquiera de las áreas que tenía la compañía.

Eludí a Marypaz, pero NO A JESÚS.

Pasaron como tres semanas y un día me encontré a mi amiga en la sucursal a donde me habían enviado a cubrir una vacante.

Estaba muy felíz de informarme que el párroco había accedido a dar su permiso. (Nunca me enteré cómo sucedió eso)

Para mi total desconcierto, me informó que en dos semanas más, empezaríamos lo que Jesús deseaba y sus instrucciones fueron muy simples:

Tres días de Ayuno y Oración, Eucaristía diaria y empezaríamos con una hora dividida así: 20 minutos de alabanza, 20 min. de Meditación con la Biblia, una breve explicación que yo haría y 20 min. De intercesión.

El grupo estaríamos en la capilla anexa a la parroquia, con el Santísimo Sacramento Expuesto y eso era todo.

Cuando llegó el día, me sentía más nerviosa que nunca y recordando lo que Jesús había dicho mientras trotábamos, oré durante 15 min antes de empezar y le dije al Señor: 

 –    No tengo ni la menor idea de cómo hacer esto; pero Tú dijiste que te entregara TODO y “Aquí estoy Señor, para hacer tu Voluntad. TÓMAME Y HAZ CONMIGO LO QUE QUIERAS… YO TE AMO Y CONFÍO EN TI…”

Y comenzó la Asamblea.

Éramos cómo treinta personas. Cantamos Alabanzas, invocamos al Espíritu Santo y la Virgencita…

Cuando tocó la Lectura abrí el Evangelio en la parte que nos había sido dada durante una de las Misas en la semana y cuando lo explicó Jesús a través de mí, porque hasta yo estaba asombrada de las palabras que fluían de mis labios; fue conciso, claro y duró como 15 minutos.

Luego hicimos peticiones y le dimos gracias al Santísimo Sacramento, ¡Todo fue tan maravilloso, que hasta a mí me encantó!

Salimos de la Asamblea felices y maravillados…

La siguiente semana fue exactamente la misma rutina. Con la diferencia de que cuando llegamos a la Capilla, ¡Estaba completamente llena!

Había más de cien personas y la asamblea se alargó media hora más; porque comenzaron los testimonios, de lo que Jesús había hecho con las peticiones de la semana anterior.

Toda mi reticencia anterior se convirtió en celo por obedecer mi llamado… Y terminé encontrándole un gozo incomparable a lo que ahora hacía.

Las reuniones semanales se convirtieron en lo más importante de mi vida.

Cuando cumplimos un mes, la mayor parte de la asamblea se reunía en la Iglesia Principal porque ya eran cerca de quinientas personas…

Y le avisamos al Padre que si podía permitirnos reunirnos antes de la Misa de las 20.00 pm, porque ya no cabíamos en la capilla…

Él dijo que sí…

Y el siguiente Martes, yo llegué muy alegre a nuestra cita celestial. Sólo que yo no me esperaba lo que sucedió… 

Cuando me dirigí a nuestros asientos acostumbrados en la zona del altar, estaban tres personas… Y a Maripaz y a mí, el Padre nos dijo que esperásemos; porque este día él iniciaría la asamblea y tenía importantes avisos que comunicar a todos los feligreses… 

Nos quedamos paradas a un lado y el padre nos dio la bienvenida a todos.

Luego dijo:

“Estoy muy contento con el resultado de la Asamblea de Oración y tanto me preocupa esto, que fui personalmente a Casa Cornelio para que ellos se hagan cargo de seguir pastoreando a esta comunidad de nuestro amado San Mateo Apóstol.

A partir de hoy el sr. Fulano y zutano y las señoras, fulana y zutana de harán cargo de esto, esto y esto.

Y a ud. señorita Rosa María, si le interesa seguir asistiendo a esta asamblea, podrá hacerlo cómo cualquier feligrés y si no alcanza lugar en las bancas, como puede verlo ahora; deberá quedarse entre los que están parados junto a las puertas.

PERO NO TIENE AUTORIZACIÓN PARA INTERVENIR DE NINGUNA FORMA EN LA ASAMBLEA, MÁS QUE ORANDO, ¿¡Lo ha entendido!?

Aunque estaba a punto de llorar, mi carácter desafiante me hizo erguirme con dignidad y contesté con la más exquisita cortesía, como mi madre me había enseñado: 

—     “Perfectamente, P. Fulano. Si hay algo que necesite de mí, siempre estoy a sus órdenes.

El sacerdote concluyó:

–   ¡Bién!  A partir de hoy quién presidirá las asambleas será el sr. Fulano de tal.

Y le entregó la asamblea a uno de los hombres que envió Casa Cornelio.

Dada mi desairada posición, tuve que caminar por el largo pasillo central de la Iglesia, con la firmeza de cuando lo recorrí en mi marcha nupcial.

Pero sólo que ahora era al revés y lo hacía sola, porque Marypáz no tuvo el coraje de hacerlo y se retiró por un pasillo lateral.

Mientras sentía un mar de ojos que me miraban tan desconcertados como lo estaba yo, pero que no sentían el terremoto de emociones que me envolvían a mí, llegué hasta la puerta principal y me quedé estóica como una estatua.

Cuando debíamos cantar y orar, el Espíritu Santo me urgió:

“Hazlo en voz alta.”

Canté y oré OBEDECIENDO, aunque me sentía morir y no entendía lo que sucedía. 

Luego Jesús me dijo:

 –     Si YO te pidiera que te necesito aquí, aunque sólo fuera como lo hace la señora encargada de la limpieza, ¿Qué me contestarías?

–      “Aquí estoy Señor, para hacer tu Voluntad.” 

–      Vas a seguir viniendo y te quedarás de pie, aunque haya lugar en las bancas, en este mismo lugar. Orarás según te lo inspire mi Santo Espíritu.

Durante esta experiencia fue que descubrí la Oración, la Profecía tan leve como me fue dada y el Don de Lenguas; como los primeros carismas que me dio el Señor, cuando me evangelicé.

Días después en la oficina, Marypaz se acercó y me dijo: 

–      Rosa, dice Jesús que si vas a seguir enojada con ÉL.

Yo me ruboricé y me costó un poco de trabajo admitirlo…  

Y finalmente dije:

–       Sólo quiero preguntarle una cosa:

Yo no tenía el menor interés en hacer la asamblea. Me resistí lo más que pude para ir a San Mateo y cuando me empezó a gustar todo el asunto…

¡Me corren de la manera más humillante!

 El padre fulanito ¿?, Ni siquiera me avisó lo que iba a hacer, no había necesidad de tanta rudeza, con qué me hubiese dicho que no me quiere ver en su parroquia habría bastado. ¡Yo no necesito que me declaren ‘non grata’, en una iglesia llena!

¡Hice el peor ridículo de mi vida! y…  ¡JESÚS SE QUEDÓ CALLADO! ¿POR QUÉ NO ME DEFENDIÓ?

Marypaz ¡Se rió en mi cara!

Y solo declaró:

 –     ¡Oh!..Oh… Yo le decía que no, porque nunca manifestaste nada… Pero ¡Vaya que SÍ estás enojada con ÉL! ¿Entonces ya no te veré el próximo Martes?   

No pude evitar manifestar mi impotencia:

 –    Sí. Aunque no sé cuándo se me pasará lo que siento… ¡Me siento molesta! ¿Cómo se evitan los sentimientos?

Marypaz se rió y dijo: 

 –     Dice Jesús que le ENTREGUES TODO lo que piensas y lo que sientes; y Él se encargará de resolverlo.

La siguiente vez que fui a san Mateo hice exactamente lo que se me había indicado, me paré junto a la puerta y Oré y canté en voz alta.

Apoyé las peticiones de los que me rodeaban y con el tiempo, unas cuantas semanas después, dejó de importarme lo sucedido y los únicos incómodos eran los nuevos  dirigentes aunque nunca entendí porqué…

Yo era feliz orando y viendo cómo Jesús, seguía haciendo sanaciones maravillosas y la Asamblea en San Mateo seguía creciendo.

En una de mis oraciones personales, Jesús me dijo que me había elegido para ser Apóstol de su Amor y que Mi Misión era ayudarlo a salvar todas las almas que pudiera…

Jesús concluyó:

–      QUIERO SEGUIR TRABAJANDO con las ovejitas de este Rebaño. Y lo harás hasta que YO te lleve hacia otro lugar, donde podaMos iniciar otra asamblea. ¿Estás de acuerdo?

Yo contesté:

 –      Está bien Señor. Todo será como Tú lo quieras. 

Mientras asistí a la asamblea, Jesús sanó mi corazón… 

Y lo único que deseaba era que la gente CONOCIERA REALMENTE a nuestro Dulcísimo y Maravilloso Dios Encarnado y se enamorara de Él.

Es la primera vez que relato, lo que me pasó hace casi cuatro décadas…

Y ahora reflexiono:

Lo que el Señor quería, era enseñarme a ser humilde, a ser perseverante ante los ataques de Satanás; aunque todavía no entiendo por qué el párroco estaba tan enojado conmigo o por qué le caí tan mal…

Bueno, como dice la canción: “No soy monedita de oro…” 

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