Archivos diarios: 9/07/20

7 EXPULSION DE LOS MERCADERES


7 IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

 Jesús entra con Pedro, Andrés, Juan y Santiago Felipe y Bartolomé, en el recinto del Templo.

Dentro y fuera hay una grandísima muchedumbre. Son peregrinos que desde todas las partes de la ciudad, llegan en grupos.

Desde el alto de la colina en que está construido el Templo, ven las calles de la ciudad estrechas y retortijadas.

Y un hormiguear de gente.

Parece como si entre el blanco crudo de las casas, hubiera extendido una cinta en movimiento de mil colores.

Sí, la ciudad tiene el aspecto de un juguete singular hecho de cintas multicolores entre dos hilos blancos, convergente todo hacia el punto en que resplandecen las cúpulas de la Casa del Señor.

Pero luego dentro, hay … una verdadera verbena.

Ha sido anulado cualquier tipo de reconocimiento de lugar sagrado.

Hay quien corrige y quien llama, quien contrata los corderos y grita. Lanzando maldiciones por el precio desorbitado de las cosas.

Hay quien empuja hacia los recintos a los pobres animales, que equilibra en lugares toscamente separados con cuerdas o estacas, en cuya entrada está el mercader o propietario, a la espera de los compradores.

Leñazos, balidos, blasfemias, unos que llaman a otros, insultos a los peones que no se muestran solícitos en las operaciones de reagrupamiento y selección de los animales.

Y a los compradores que regatean el precio o que se van.

Mayores insultos a quienes previsores, han traído su propio cordero.

Alrededor de los bancos de los cambistas, otro griterío.

Se entiende que el Templo funciona como una especie de Bolsa Financiera y además bolsa negra.

El valor de las monedas no es fijo.

Hay un precio legal, pero los cambistas imponen otro, apropiándose de una cantidad arbitraria por el cambio de las monedas.

¡Y no se andan por las ramas en las operaciones de usura!…

Cuanto más pobre es uno y viene de más lejos, más los fraudean.

Más a los viejos que a los jóvenes. Y a los que vienen de fuera de Palestina, más que a los viejos.

Unos pobres viejecitos miran una y otra vez su dinerillo ahorrado durante todo el año, sólo Dios sabe con cuánto sacrificio.

Se lo sacan y se lo vuelven a meter junto al pecho cien veces, yendo de uno a otro cambista, terminando por volver con el primero, que se venga de su inicial deserción aumentando la prima del cambio…

Y las monedas de valor abandonan entre suspiros, las manos del propietario y pasan a las garras del usurero para ser cambiadas por monedas de menos valor.

Luego otra tragedia de selección, de cuentas y de suspiros ante los vendedores de corderos; quienes a los viejos medio ciegos, les encasquetan los corderos más míseros.

Una pareja de ancianitos, él y ella empujan a un pobre corderito que los sacrificadores han encontrado defectuoso.

Se entrecruzan por un lado, malos modales y palabrotas; por otro, llanto y ruegos.

 Y el vendedor no se conmueve:

–        Para lo que queréis gastar, galileos, es incluso demasiado lo que os he dado. ¡Marchaos o añadís otros cinco denarios por uno mejor!

El viejecito replica:

–       ¡Por el amor de Dios! ¡Somos pobres y viejos!

¿Quieres impedirnos celebrar la Pascua, que es quizás la última? ¿No te es suficiente lo que has pedido por un animal pequeño?

El mercader responde desdeñoso:

–       Dejad paso, zarrapastrosos. Viene hacia mí José, el Anciano. Me honra con su preferencia.

E inclinándose solícito, cambia la altanería por servilismo.

Diciendo:

–       ¡Dios sea contigo! ¡Ven, escoge!

Uno de los fariseos más poderosos José de Arimatea, entra en el recinto y toma un magnífico cordero.

Pasa vestido pomposamente soberbio, sin mirar a los dos pobrecillos que gimen a la entrada del recinto. Casi los choca al salir con un hermoso cordero que bala.

Jesús viene caminando y se acerca a la escena, de este pequeño drama. 

También ha hecho su compra y Pedro que ha llevado a cabo el trato en lugar de Él, trae un hermoso cordero.

Pedro querría ir enseguida hacia el lugar donde se sacrifica, pero Jesús se desvía hacia los dos viejecitos asustados, llorosos, indecisos; medio arrollados por la muchedumbre e insultados por el vendedor.

Jesús, ES tan alto que la cabeza de los dos abuelitos le llega a la altura del corazón, pone una mano sobre el hombro de la mujer y pregunta:

 –         ¿Por qué lloras, mujer?

La anciana se vuelve y ve a este joven alto, solemne con su hermoso vestido blanco y con su manto también de nieve todo nuevo y limpio.

Piensa que ES un doctor por el vestido, el aspecto y queda totalmente asombrada, porque los doctores y los sacerdotes no hacen caso de la gente, ni tutelan a los pobres contra la avidez de los mercaderes.

Le cuenta por qué lloran.

Jesús se dirige al mercader de los corderos,

 Diciéndole:

–          Cambia este cordero a estos fieles; no es digno del altar. Como tampoco es digno que tú te aproveches de dos viejecitos, porque son débiles y están indefensos.

El mercader lo mira de arriba abajo, sopesándolo con desprecio:

–          ¿Y Tú quién eres?

Jesús responde imperturbable:

–           Un justo.

–           Tu acento y el de tus compañeros dicen que eres galileo. ¿Puede, acaso, haber en Galilea un justo?

–           Haz lo que te digo y sé justo tú.

El mercader incita a sus compañeros:

–           ¡Oíd! ¡Oíd al galileo defensor de los de su condición! ¡Quiere enseñarnos a nosotros, los del Templo!

Y el hombre se ríe y se burla, imitando sarcásticamente la cadencia galilea, que es más melodiosa que la judía.

Se forma un corro de gente.

Y otros mercaderes y cambistas salen en defensa de su colega contra Jesús.

Entre los presentes hay dos o tres rabíes irónicos.

Uno de ellos pregunta lleno de sarcasmo:

–         ¿Eres doctor?

Cuando es necesario, este carisma del Espíritu Santo nos convierte en ‘héroes‘ y así,

el ‘celo apostólico‘ inflama el Corazón divino y…

Jesús responde con firmeza:

–          Tú lo has dicho.

–          ¿Qué enseñas?

–          Enseño esto: a hacer la Casa de Dios casa de oración y no un lugar de usura y de mercado. Esto enseño.

Se le ve terrible a Jesús.

Parece el arcángel puesto en el umbral del Paraíso perdido. No tiene espada llameante en las manos, pero tiene rayos en los ojos-

Y fulmina a los burladores y a los sacrílegos. No tiene nada en la mano, sólo su santa IRA.

Y con ésta, caminando veloz e imponente entre banco y banco, desbarata las monedas tan meticulosamente apiladas por tipos; vuelca mesas grandes y pequeñas

Y TODO CAE con estruendo al suelo, entre un gran ruido de metales y tablas que chocan y gritos de ira, de pánico y de aprobación.

Luego, arrancando de las manos a los mozos de los ganaderos unas sogas con que sujetaban bueyes, ovejas y corderos.

Hace de ellas un azote bien duro, en que los nudos para formar los lazos corredizos son flagelos.

Y lo levanta y lo voltea y lo baja, sin piedad.

El inesperado granizo golpea cabezas y espaldas.

Los fieles se apartan admirando la escena.

Los culpables, perseguidos hasta la muralla externa, se echan a correr dejando por el suelo dinero y detrás animales grandes y pequeños en medio de un gran enredo de piernas, de cuernos, de alas.

Se huye corriendo o volando.

Mugidos, balidos, chillidos de pichones y tórtolas, junto a carcajadas y gritos de fieles detrás de los prestamistas dados a la fuga.

Ahogan incluso el lamentoso coro de los corderos, degollados ciertamente en otro patio.

Acuden sacerdotes, rabíes y fariseos.

Jesús está todavía en medio del patio, de vuelta de su persecución.

Con el azote está todavía en su mano.

Y lo cuestionan:

–        ¿Quién eres?

 –       ¿Cómo te permites hacer esto, turbando las ceremonias prescritas?

–        ¿De qué escuela provienes?

 –       Nosotros no te conocemos, ni sabemos quién eres.

Jesús se yergue majestuoso como nunca.

Ciertamente ES el Dios-Hombre Encarnado. 

Y con Voz potentísima declara:

–         Yo soy Él que puede. Todo lo puedo. Destruid este Templo verdadero y Yo lo levantaré de nuevo para dar gloria a Dios.

No turbo la santidad de la Casa de Dios y de las ceremonias, sois vosotros los que la turbáis permitiendo que su morada se transforme en sede de usureros y mercaderes.

Mi escuela es la escuela de Dios.

La misma que tuvo todo Israel por boca del Eterno que habló a Moisés.

¿NO ME CONOCÉIS? ¡ME CONOCERÉIS!

¿NO SABÉIS DE DONDE VENGO? ¡LO SABRÉIS!

Y volviéndose hacia el pueblo, sin preocuparse ya más de los sacerdotes.

Alto, vestido de blanco, el manto abierto y ondeante tras los hombros, con los brazos abiertos como un orador en lo más vivo de su discurso, dice:

– ¡Oíd, vosotros de Israel! En el Deuteronomio está escrito:

“Constituirás jueces y magistrados en todas las puertas… y ellos juzgarán al pueblo con justicia, sin propender a parte alguna.

No tendrás acepción de personas, no aceptarás donativos, porque los donativos ciegan los ojos de los sabios y alteran las palabras de los justos.

Con justicia seguirás lo que es justo para vivir y poseer la tierra que el Señor tu Dios te dé.

¡Oíd, oh vosotros de Israel! Dice el Deuteronomio:

“Los sacerdotes y los levitas y todos los de la tribu de Leví no tendrán parte ni herencia con el resto de Israel, porque deben vivir con los sacrificios del Señor y con las ofrendas hechas a Él.

NADA tendrán entre las posesiones de sus hermanos, porque el Señor es su herencia”.

¡Oíd, oh vosotros de Israel! Dice el Deuteronomio:

“No prestarás con interés a tu hermano ni dinero ni trigo ni cualquier otra cosa. Podrás prestar con interés al extranjero; mas a tu hermano le prestarás, sin interés, aquello de que tenga necesidad.

Esto ha dicho el Señor.

Ahora bien, vosotros mismos veis que sin justicia hacia el pobre sojuzga en Israel. No hacia el justo, sino hacia el fuerte se propende.

Y ser pobre, ser pueblo, quiere decir ser oprimido. ¿Cómo puede el pueblo decir:

“Quien nos juzga es justo” si ve que sólo a los poderosos se les respeta y escucha, mientras que el pobre no tiene quien lo escuche?

¿Cómo puede el pueblo respetar al Señor si ve que no lo respetan los que más deberían hacerlo? ¿Es respeto al Señor la violación de su Mandamiento?

¿Y por qué entonces los sacerdotes en Israel tienen posesiones y aceptan donativos de publícanos y pecadores?

¿Los cuales actúan así, para que les sean benignos los sacerdotes, de la misma forma que éstos actúan así, para tener ricas arcas?

Dios es la herencia de sus sacerdotes.

Para ellos Él, el Padre de Israel, es como en ningún caso Padre.

Y pone los medios para que reciban el alimento como es justo; pero no más de lo que sea justo. No ha prometido a sus siervos del Santuario bolsa y posesiones.

En la Eternidad, por su justicia tendrán el Cielo, ¡Cómo lo tendrán Moisés y Elías y Jacob y Abraham, pero en esta Tierra no deben tener más que vestido de lino y diadema de oro incorruptible: pureza y calidad!

Y que el cuerpo sea siervo del espíritu que es siervo del Dios verdadero. Y no sea el cuerpo señor del espíritu, y contra Dios.

Se me ha preguntado con qué autoridad hago esto. ¿Y ellos?

¿Con qué autoridad profanan el Mandamiento de Dios, y a la sombra de los sagrados muros, permiten usura contra los hermanos de Israel, que han venido para cumplir el mandato divino?

Se me ha preguntado de qué escuela provengo y he respondido: “De la escuela de Dios”.

Sí, Israel. Yo vengo y te llevo de nuevo a esta escuela santa e inmutable.

Quien quiera conocer la Luz, la Verdad, la Vida, quien quiera volver a oír la Voz de Dios que habla a su pueblo, venga a Mí.

Seguisteis a Moisés a través de los desiertos, ¡Oh, vosotros de Israel! Seguidme; que Yo os conduzco, a través de un desierto sin duda más dificultoso, hacia la verdadera Tierra Santa.

Por mar abierto al mandato de Dios, a ella os llevo. Levantando mi Signo, os curo de todo mal.

Ha llegado la hora de la Gracia. La esperaon los Patriarcas, murieron esperándola. La predijeron los Profetas y murieron con esta esperanza. La soñaron los justos y murieron confortados por este sueño.

Ha surgido ahora. Venid “El Señor va a juzgar un momento a otro en su pueblo y será misericordioso para sus servidores”, como prometió por boca de Moisés.

La gente, arracimada en torno a Jesús, se ha escuchado escucharlo estupefacta.

Luego comenta las palabras del nuevo Rabí y hace preguntas a sus compañeros.

Jesús se dirige hacia otro patio, separado de este por un pórtico.

Los amigos lo siguen …

6 LAS BODAS DE CANÁ


6 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

En la cocina de Pedro además de Jesús, están Pedro y su mujer, Santiago y Juan. Al parecer están en la sobremesa después de cenar  y están conversando.

Jesús muestra interés por la pesca y cada quién hace su aporte sobre el tema.

Entonces entra Andrés y dice:

–         Maestro, está aquí el dueño de la casa en que vives, con uno que dice ser tu primo.

Jesús se levanta y va hacia la puerta, diciendo que pasen.

Y cuando a la luz de la lámpara de aceite y de la lumbre del fogón, ve entrar a Judas Tadeo.

Exclama:

–         ¿Tú, Judas?

Tadeo responde:

–         Yo, Jesús.

Se besan. Judas Tadeo es un hombre apuesto, en la plenitud de la hermosura viril.

Es alto, aunque no tanto como Jesús, de robustez bien proporcionada, moreno como lo era San José de joven, de color aceitunado, no térreo.

Sus ojos son de tono azul pero con tendencia al violáceo. Tiene barba cuadrada y morena, cabellos ondulados y castaños como la barba.

–         Vengo de Cafarnaúm. He ido allí en barca y he venido también en barca para llegar antes. Me envía tu Madre con un mensaje:

“Susana se casa mañana. Te ruego, Hijo, que estés presente en esta boda”. María participa en la ceremonia y con ella mi madre y los hermanos. Todos los parientes están invitados. Sólo Tú estarías ausente. Los parientes te piden que complazcas en esto a los novios.

Jesús se inclina ligeramente abriendo un poco los brazos y dice:

– Un deseo de mi Madre es ley para mí. Pero iré también por Susana y por los parientes. Sólo… lo siento por vosotros…

Y mirando a Pedro y a los otros, explica a su primo:

 –        Son mis amigos.

Y los nombra comenzando por Pedro. Por último dice:  

–        Y éste es Juan.

Su tono es tan especial, que mueve a Judas Tadeo a mirar más atentamente, provocando el rubor del predilecto.

Jesús termina la presentación diciendo:

–        Amigos, éste es Judas hijo de Alfeo, mi primo hermano, porque es hijo del hermano del esposo de mi Madre; un buen amigo mío en el trabajo y en la vida.

Pedro lo invita:

 –       Mi casa está abierta para ti como para el Maestro. Siéntate.

Luego dirigiéndose a Jesús, Pedro dice:

–        ¿Entonces? ¿Ya no vamos contigo a Jerusalén?

Jesús responde:

–        Claro que vendréis. Iré después de la fiesta. Únicamente que ya no me detendré en Nazaret.

–        Haces bien, Jesús, porque tu Madre será mi huésped durante algunos días. Así hemos quedado, y volverá a mi casa también después de la boda – esto dice el hombre de Cafarnaúm.

–         Entonces lo haremos así. Ahora, con la barca de Judas, Yo iré a Tiberíades y de allí a Caná. Y con la misma barca volveré a Cafarnaúm con mi Madre y contigo.

El día siguiente después del próximo sábado te acercas, Simón si todavía quieres, e iremos a Jerusalén para la Pascua.

–           ¡Sí que querré! Incluso iré el sábado para oírte en la sinagoga. 

Tadeo pregunta:

–           ¿Ya predicas, Jesús?

–           Sí, primo.

Santiago de Zebedeo:

   –        ¡Y qué palabras! ¡No se oyen en boca de otros!

Tadeo suspira. Con la cabeza apoyada en la mano y el codo sobre la rodilla, mira a Jesús y suspira. Parece como si quisiera hablar y no se atreviera.

Jesús lo anima para que hable:

–           ¿Qué te pasa, Judas? ¿Por qué me miras y suspiras?

–           Nada.

–           No. Nada no. ¿Ya no soy el Jesús que tú estimabas? ¿Aquel para quien no tenías secretos?

–           ¡Sí que lo eres! Y cómo te echo de menos a ti, Maestro de tu primo más mayor…

–           ¿Entonces? Habla.

–           Quería decirte… Jesús, sé prudente. Tienes una Madre que aparte de ti no tiene nada. Tú quieres ser un “rabí” distinto de los demás.

Y sabes mejor que yo, que las castas poderosas no permiten cosas distintas de las usuales, establecidas por ellos.

Conozco tu modo de pensar, es santo. Pero el mundo no es santo y oprime a los santos.

Jesús, ya sabes cuál ha sido la suerte de tu primo Juan…

Lo han apresado y si todavía no ha muerto es porque ese repugnante Tetrarca tiene miedo del pueblo y del rayo divino. Asqueroso y supersticioso, como cruel y lascivo.

SAN JUAN BAUTISTA

¿Qué será de ti? ¿Qué final te quieres buscar?

  –         Judas, ¿Me preguntas esto tú, que conoces tanto acerca de mi pensamiento? ¿Hablas por propia iniciativa? No. ¡No mientas!

Te han mandado, no mi Madre por supuesto, a decirme esto…

Judas baja la cabeza y calla.

–           Habla, primo.

–           Mi padre… y con él José y Simón. Sabes, por tu bien… por afecto hacia ti y María. No ven con buenos ojos lo que te propones hacer… Y querrían que Tú pensaras en tu Madre…

–           ¿Y tú qué piensas?

–           Yo… yo.

–           Tú te debates entre las voces de arriba y de la Tierra. No digo de abajo, digo de la Tierra. También vacila Santiago, aún más que tú.

Pero Yo os digo que por encima de la Tierra está el Cielo, por encima de los intereses del mundo está la causa de Dios. Necesitáis cambiar de modo de pensar. Cuando sepáis hacerlo seréis perfectos.

–           Pero… ¿Y tu Madre?

–           Judas, sólo Ella tendría derecho a recordarme mis deberes de hijo, según la luz de la Tierra. O sea, mi deber de trabajar para Ella, para hacer frente a sus necesidades materiales, mi deber de asistencia y consolación estando cerca de mi Madre.

Y Ella no me pide nada de esto. Desde que me tuvo, Ella sabía que habría de perderme, para encontrarme de nuevo con más amplitud que la del pequeño círculo de la familia.

Y desde entonces se ha preparado para esto.

No es nueva en su sangre esta absoluta voluntad de donación a Dios. Su madre la ofreció al Templo antes de que Ella sonriera a la luz.

Y Ella me lo ha dicho las innumerables veces que me ha hablado de su infancia santa, teniéndome contra su corazón en las largas noches de invierno o en las claras de verano llenas de estrellas.  

Y Ella se ofreció a Dios ya desde aquellas primeras luces de su alba en el mundo.

Y más aún se ofreció cuando me tuvo, para estar donde Yo estoy, en la vía de la Misión que me viene de Dios.

 Llegará un momento en que todos me abandonen. Quizás durante pocos minutos, pero la vileza se adueñará de todos…

Y pensaréis que hubiera sido mejor, por cuanto se refiere a vuestra seguridad, no haberme conocido nunca.

Pero Ella, que ha comprendido y que sabe, Ella estará siempre conmigo. Y vosotros volveréis a ser míos por Ella.

María le enseñó a dar los primeros pasos a QUIÉN ES el CAMINO.

Con la fuerza de su amorosa, segura Fe, Ella os aspirará hacia sí, y, por tanto hacia Mí, porque Yo estoy en mi Madre y Ella en mí, y Nosotros en Dios.

Esto querría que comprendierais vosotros todos, parientes según el mundo, amigos e hijos según lo sobrenatural. Tú y contigo los otros, no sabéis Quién es mi Madre.

Si lo supierais, no la criticaríais en vuestro corazón por no saberme tener sujeto a Ella, sino que la veneraríais como a la Amiga más íntima de Dios,

LA PODEROSA QUE TODO LO PUEDE EN ORDEN AL CORAZÓN DEL ETERNO PADRE,

que todo lo puede en orden al Hijo de su corazón.

Ciertamente iré a Cana. Quiero hacerla feliz. Comprenderéis mejor después de esta hora.

Jesús ha sido majestuoso y persuasivo.

Judas lo mira atentamente. Piensa.

Y dice:

–          Yo también sin duda iré contigo, con esto, si me aceptas… porque siento que dices cosas justas. Perdona mi ceguera y la de mis hermanos. ¡Eres mucho más santo que nosotros!…

–          No guardo rencor a quien no me conoce. Ni siquiera a quien me odia. Pero me duele por el mal que a sí mismo se hace. ¿Qué tienes en esa bolsa?–          La túnica que tu Madre te manda. Mañana será una gran fiesta. Ella piensa que su Jesús la necesita para no causar mala impresión entre los invitados.

Ha estado hilando incansable desde las primeras luces hasta las últimas, diariamente, para prepararte esta túnica. Pero no ha ultimado el manto. Todavía le faltan las orlas. Se siente desolada por ello.

–          No hace falta. Iré con éste. Y aquél lo reservaré para Jerusalén. El Templó es más que una boda. Ella se alegrará.

Pedro dice:

 –          Si queréis estar para el alba en el camino que lleva a Caná, os conviene levar anclas enseguida. La Luna sale, la travesía será buena.

Jesús se despide:

–           Vamos entonces. Ven, Juan. Te llevo conmigo. Simón Pedro, Santiago, Andrés, ¡Adiós! Os espero el sábado por la noche en Cafarnaúm. ¡Adiós! mujer. Paz a ti y a tu casa.

Salen Jesús con Judas y Juan.

Pedro los sigue hasta la orilla y colabora en la operación de partida de la barca.

Al día siguiente…  

En una característica casa oriental: un cubo blanco más ancho que alto, con raras aberturas, terminada en una azotea que está rodeada por un pequeño muro de aproximadamente un metro de alto.

Y sombreada por una pérgola de vid que trepa hasta allí y extiende sus ramas sobre más de la mitad de esta soleada terraza que hace de techo.

Una escalera exterior sube a lo largo de la fachada hasta una puerta, que se abre a mitad de altura.

En el nivel de la calle hay unas puertas bajas y distanciadas, no más de dos por cada lado, que dan a habitaciones también bajas y oscuras.

La casa se alza en medio de un espacio amplio mitad jardín y huerto, que tiene en el centro un pozo. Hay higueras y manzanos.

Su parte frontal mira hacia el camino y un sendero  entre la hierba, la une a lo que parece un camino principal.

Pareciera  que la casa está en la periferia de Cana en un campo se extiende tras la casa con sus lejanías verdes y apacibles. El cielo está sereno y despejado.

 Se acercan dos mujeres con amplios vestidos y un manto que hace también de velo.

Vienen por el camino y luego por el sendero. Una pareciera de  cincuenta años y viste de oscuro. La otra como de treinta y cinco años, trae un vestido amarillo pálido y manto azul.

Es muy hermosa, esbelta y tiene un porte lleno de dignidad, a pesar de ser toda gentileza y humildad.

Cuando está más cerca, se ve el color pálido del rostro, los ojos azules y los cabellos rubios que pueden verse sobre la frente bajo el velo. Es María Santísima.

Hablan entre ellas. La Virgen sonríe. Cerca ya de la casa, alguien encargado de ver quiénes van llegando, lo comunica.

Y salen a su encuentro hombres y mujeres, todos vestidos de fiesta, que las acogen con gran alegría, especialmente a María.

Son las primeras horas de la mañana y se nota en el campo que tiene ese aspecto fresco por el rocío que hace aparecer más verde a la hierba y por el aire aún exento de polvo.

La estación primaveral  se engalana en el trigo de los campos aún tierno y sin espiga, todo verde.

Las hojas de la higuera y del manzano están tiernas y también las de la parra. Pero no hay flores, ni frutos en ningún árbol.  

María, agasajada por el dueño de la casa, un anciano que la acompaña y que es también su pariente, sube la escalera exterior y entra en una amplia sala que parece ocupar una buena parte de la planta alta.

Los recintos de la planta baja son las habitaciones, las despensas, los trasteros y las bodegas.

Mientras que ésta sería el recinto reservado para usos especiales, como fiestas de carácter excepcional como hoy, que ha sido adornado con ramas verdes, esterillas y mesas ricamente surtidas de viandas.

En el centro, suntuosamente provista de manjares, hay una de estas mesas; encima, ya preparado, ánforas y platos colmados de fruta.

A lo largo de la pared está otra mesa, aderezada, aunque menos ricamente.

Y en la pared opuesta hay una especie de largo aparador y encima de él platos con quesos, tortas con miel, dulces y otros manjares.

En el suelo junto a esta misma pared, hay otras ánforas, una especie de tinajas y tres grandes recipientes con forma de jarras de cobre.

María escucha benignamente a todos; después se quita el manto y ayuda a terminar los preparativos del banquete.

Va y viene, poniendo en orden los divanes, acomodando las guirnaldas de flores, mejorando el aspecto de los fruteros, comprobando si en las lámparas hay aceite.

Sonríe y habla poquísimo y en voz muy baja; pero escucha mucho y con mucha paciencia.

Un gran rumor de instrumentos musicales viene del camino.

Todos menos María, corren afuera. Entra la novia toda adornada y feliz, rodeada de parientes y amigos; al lado del novio, que ha sido el primero en salir presuroso a su encuentro.

Mientras tanto en el camino principal, Jesús vestido de blanco con un manto azul marino, viene con Juan y Judas Tadeo.

Al oír el sonido de los instrumentos, el compañero de Jesús pregunta algo a un aldeano y transmite la respuesta a Jesús.

Jesús sonríe ampliamente y dice:

–          Vamos a darle una satisfacción a mi Madre.

Y se encamina por las tierras, con sus dos compañeros, hacia la casa.

Cuando Jesús llega, el vigía avisa a los demás.

El dueño de la casa junto con su hijo el novio y con María, bajan a su encuentro y lo saludan respetuosamente. Reciben cariñosamente a los recién llegados.

Cuando se encuentran Madre e Hijo hay un saludo lleno de amor y de respeto.

–        La paz está contigo» va acompañada de una mirada y una sonrisa de tal naturaleza, que valen por cien abrazos y cien besos.

 El beso tiembla en los labios de María pero no lo da. Sólo pone su mano blanca y menuda sobre el hombro de Jesús y apenas le toca un rizo de su larga cabellera.

Jesús sube al lado de su Madre; detrás los discípulos y los dueños de la casa.

Entra en la sala del banquete, donde las mujeres se ocupan de añadir asientos y cubiertos para los tres invitados en la mesa principal.

Se expande por todo el lugar la Voz de tenor, viril y llena de dulzura del Maestro decir al poner pie en la sala:

–          La paz sea en esta casa y la bendición de Dios descienda sobre todos vosotros.

Un saludo global y lleno de majestad para todos los presentes.

Jesús domina con su aspecto y estatura a todos. Es el invitado, pero parece el rey del convite más que el novio, más que el dueño de la casa.

Jesús toma asiento en la mesa del centro, con los novios, los parientes de los novios y los amigos más notables.

A los dos discípulos, por respeto al Maestro, se les coloca en la misma mesa.

Jesús está de espaldas a la pared en que están las tinajas y los aparadores.

Por ello no lo ve, como tampoco ve el afán del mayordomo con los platos de asado, que van siendo introducidos por una puertecita que está junto a los aparadores.

Hay una cosa notable: menos las respectivas madres de los novios y menos María, ninguna mujer está sentada en esa mesa.

Todas las mujeres están y meten bulla como si fueran cien, en la otra mesa que está pegando a la pared.

Y se las sirve después de que se ha servido a los novios y a los invitados importantes.

Jesús está al lado del dueño de la casa. Tiene enfrente a María, que está sentada al lado de la novia.

El banquete comienza. No falta el apetito, ni tampoco la sed. Los que comen y beben poco son Jesús y su Madre la cual además, casi no habla.

Jesús es parco de palabras. Es un hombre afable que expone su parecer, pero después se recoge en sí como quien está habituado a meditar.

Sonríe y María se alimenta de la contemplación de su Jesús, como Juan; que está hacia el fondo de la mesa y atentísimo a los labios de su Maestro.

María se da cuenta de que los criados cuchichean con el mayordomo y de que éste está turbado.

Y comprendiendo lo que sucede.

Llama la atención de Jesús:

–        Hijo – dice en voz muy baja- Hijo, no tienen más vino.

Jesús sonríe aún más dulcemente al decir:

 –      Mujer, ¿Qué hay YA entre tú y Yo?

Y sonríe María, como dos que saben una verdad, que es su gozoso secreto y que ignoran todos los demás.

Jesús explica el significado de la frase:

Ese “ya”, que muchos traductores omiten, es la clave de la frase y explica su verdadero significado.

Yo era el Hijo sujeto a la Madre hasta el momento en que la voluntad del Padre me indicó que había llegado la hora de ser el Maestro.

Desde el momento en que mi misión comenzó, ya no era el Hijo sujeto a la Madre, sino el Siervo de Dios.

Rotas las ligaduras morales hacia la que me había engendrado, se transformaron en otras más altas, se refugiaron todas en el espíritu, el cual llamaba siempre “Mamá” a María, mi Santa.

El amor no conoció detenciones, ni enfriamiento, más bien habría que decir que jamás fue tan perfecto como cuando, separado de Ella como por una segunda filiación,

Ella me dio al mundo para el mundo, como Mesías, como Evangelizador.

Su tercera sublime mística maternidad, tuvo lugar cuando, en el suplicio del Gólgota, me dio a luz a la Cruz, haciendo de mí el Redentor del mundo.

“¿Qué hay ya entre tú y Yo?”. Antes era tuyo, únicamente tuyo. Tú me mandabas, yo te obedecía. Te estaba “sujeto”.

Ahora soy de mi Misión.

¿Acaso no lo he dicho?: “Quien, una vez puesta la mano en el arado, se vuelve hacia atrás a saludar a quien se queda, no es apto para el Reino de Dios”.

Yo había puesto la mano en el arado para abrir con la reja no la tierra sino los corazones y sembrar en ellos la palabra de Dios.

Sólo levantaría esa mano una vez arrancada de allí para ser clavada en la Cruz y abrir con mi torturante clavo el corazón del Padre mío, haciendo salir de él el Perdón para la Humanidad.

Ese “ya”, olvidado por la mayoría, quería decir esto:

“Has sido todo para mí, Madre, mientras fui únicamente el Jesús de María de Nazaret, y me eres todo en mi espíritu.

Pero desde que soy el Mesías esperado, soy del Padre mío.

Espera un poco todavía y acabada la Misión, volveré a ser todo tuyo; me volverás a tener entre los brazos como cuando era niño,

y nadie te disputará ya este Hijo tuyo, considerado un Oprobio de la Humanidad, la cual te arrojará sus despojos para cubrirte incluso a tí del oprobio de ser madre de un reo.

Y después me tendrás de nuevo, Triunfante.

Y después me tendrás para siempre, tú también triunfante, en el Cielo.

Pero ahora soy de todos estos hombres. Y soy del Padre que me ha mandado a ellos”.

Esto es lo que quiere decir ese pequeño y tan denso de significado, “ya”.

Entonces…

María ordena a los criados:

–        Haced lo que El os diga.

María ha leído en los ojos sonrientes del Hijo el asentimiento, revestido de una gran enseñanza para todos los “llamados”.

Y Jesús ordena a los criados:

–        Llenad de agua los cántaros.

Inmediatamente los criados obedecen y llenan las tinajas de agua traída del pozo, se oye rechinar la polea subiendo y bajando el cubo que gotea.

Luego el mayordomo sirve en una copa un poco de ese líquido con ojos de estupor, probarlo con gestos de aún más vivo asombro, degustarlo y hablarles al dueño de la casa y al novio.

María mira una vez más al Hijo y sonríe.

Luego, tras una nueva sonrisa de Jesús, inclina la cabeza ruborizándose tenuemente; se siente muy dichosa. 

Un murmullo recorre la sala, las cabezas se vuelven todas hacia Jesús y María; hay quien se levanta para ver mejor, quien va a las tinajas…

Sigue un profundo silencio y después, un coro de alabanzas a Jesús.

Pero Él se levanta y dice:

–         Agradecédselo a María.

Y se retira del banquete. Los discípulos lo siguen.

En el umbral de la puerta vuelve a decir:

–         La paz sea en esta casa y la bendición de Dios descienda sobré vosotros – y añade: – Adiós, Madre.

Jesús dice:

 Cuando dije a los discípulos: “Vamos a hacer feliz a mi Madre”, había dado a la frase un sentido más alto de lo que parecía.

No la felicidad de verme, sino de ser Ella la iniciadora de mi actividad taumatúrgica y la primera benefactora de la Humanidad.

Recordadlo siempre: mi primer milagro se produjo por María; el primero: símbolo de que es María la llave del milagro.

Yo no niego nada a mi Madre.

Por su Oración anticipo incluso el tiempo de la Gracia.

Yo conozco a mi Madre, la segunda en bondad después de Dios. Sé que concederos una gracia es hacerla feliz, porque es la Toda Amor.

Por esto, sabiéndolo, dije; “Vamos a hacerla feliz”.

Además quise mostrar al mundo su potencia junto a la mía.

Destinada a unirse a mí en la carne, puesto que fuimos una carne: Yo en Ella, Ella en torno a mí, como pétalos de azucena en torno al pistilo oloroso y colmado de vida

Destinada a unirse a mí en el Dolor, puesto que estuvimos en la cruz Yo con la carne y Ella con su espíritu.

De la misma forma que la azucena perfuma tanto con la corola como con la esencia que de ésta se desprende, era justo unirla a mí en la Potencia que se muestra al mundo.

Os digo a vosotros lo que les dije a aquellos invitados:

“Dad gradas a María. Por Ella os ha sido dado el Dueño del milagro y por Ella tenéis mis gracias, especialmente el Perdón”. 

5 EL “SIGNO” DE LA GUERRA


 5 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Juan llama a la puerta de la casa donde hospedan a Jesús.

Se asoma una mujer y viendo quién es, avisa a Jesús.

Se saludan con un gesto de paz.

Jesús dice:

–        Has venido solícito, Juan.

–        He venido a comunicarte que Simón Pedro te ruega que pases por Betsaida. He hablado de Tí a muchos…

No hemos pescado esta noche; orado sí, como sabemos hacerlo; renunciando con ello al lucro porque… el sábado todavía no había terminado.

Luego esta mañana, hemos ido por las calles hablando de Tí. Hay gente que quisiera oírte… ¿Vienes, Maestro?

Jesús responde:

–        Voy. Aunque debiera ir a Nazaret antes que a Jerusalén.

–        Pedro te llevará desde Betsaida a Tiberíades, con su barca. Llegarás incluso antes.

–        Vamos, entonces.

Jesús coge manto y bolsa. Pero Juan le toma esta última.

Y después de saludar a la dueña de casa, se marchan.

Llegando a la salida del pueblo comienzan el viaje hacia Betsaida, donde los esperan a la entrada, Pedro, Andrés y Santiago y con ellos algunas mujeres.

Jesús los saluda:   

–         La paz sea con vosotros. Aquí me tenéis.

–         Gracias, Maestro, en nombre nuestro y de los que esperan. No es sábado, pero ¿No les vas a hablar a los que esperan tus palabras?

–         Sí, Pedro. Lo haré. En tu casa.

Pedro se muestra jubiloso:

–          Ven entonces: ésta es mi mujer, ésta es la madre de Juan, éstas son amigas de ellas. Pero también te esperan otros parientes y amigos nuestros.

–          Diles que partiré esta noche y que antes les hablaré. Cuando salimos de Cafarnaúm se estaba poniendo el sol, los he visto llegar a Betsaida por la mañana.  

Pedro solicita:

–          Maestro… te ruego que te quedes una noche en mi casa. Es largo el camino hacia Jerusalén, aunque te lo abrevie hasta Tiberíades con mi barca. Mi casa es pobre, pero honesta y amiga. Quédate con nosotros esta noche.

Jesús mira a Pedro y a todos los demás que esperan. Los mira escrutador.

Sonríe y dice:

 –          Sí.

Nueva alegría de Pedro.

Algunos miran desde las puertas y se hacen señas.

Un hombre llama por el nombre a Santiago y le habla en voz baja señalando a Jesús.

Santiago asiente y el hombre va a hablar aparte con otros que están parados en un cruce de caminos.

Entran en la casa de Pedro.

Una cocina amplia y humosa. En un rincón, redes, sogas y cestas para pesca; en medio, el hogar ancho y bajo, por ahora apagado.

Por las dos puertas, una frente a otra, se ve el camino y el huerto pequeño, con la higuera y la vid.

Más allá del camino, el celeste ondear del lago. Más allá del huerto, la pared oscura de otra casa.

Pedro dice:

– Te ofrezco cuanto tengo, Maestro, y de la forma que sé hacerlo…

Jesús responde:

– No podrías ni mejor ni más, porque me lo ofreces con amor.

Le dan a Jesús agua para refrescarse y luego pan y aceitunas.

Jesús come un poco, en realidad para que vean que lo acepta y luego con un gesto de agradecimiento, indica que no quiere más.

Unos niños curiosean desde el huerto y el camino.

Pedro mira severamente a estos niños impetuosos, para que no se acerquen.

Jesús sonríe y dice:

–         Déjalos.

–         Maestro, ¿Quieres descansar? Ahí está mi habitación, allá la de Andrés. Elige. No haremos ruido mientras estés reposando.

–        ¿Tienes una terraza?

–         Sí. Y la vid, aunque esté todavía casi sin hojas, da un poco de sombra.

–         Llévame a la terraza. Prefiero descansar arriba. Pensaré y oraré. 

–         Como quieras. Ven.

Desde el huertecillo, una pequeña escalera sube hasta el tejado, que es una terraza rodeada por una pared baja.

También aquí hay redes y sogas. ¡Cuánta luz de cielo y cuánto azul de lago!

Jesús se sienta en un taburete con la espalda apoyada en el murete.

Pedro trata de ingeniárselas extendiendo una vela por encima y al lado de la vid, para hacer un sitio donde poder uno resguardarse del sol.

Se siente brisa y silencio.

Jesús se deleita en ello.

–         Yo me voy, Maestro.

–         Vete. Tú y Juan id a decir que a la hora de la puesta del Sol hablaré aquí.

Jesús se queda solo y Ora durante mucho tiempo.

 Aparte de dos parejas de palomas que van y vienen desde los nidos y un trinar de gorriones, no hay ruido o ser vivo alrededor de Jesús orante.

Las horas pasan calmas y serenas.

Después Jesús se levanta, da alguna vuelta por la terraza, mira al lago.

Mira y sonríe a unos niños que juegan en la calle y que le sonríen.

Mira a la calle, hacia la placita que está a unos cien metros de la casa. Luego baja.

Se asoma a la cocina:

 –        Mujer, voy a pasear por la orilla.

Sale y efectivamente va a la orilla, con los niños.

Les pregunta:

–        ¿Qué hacéis?

–        Queríamos jugar a la guerra. Pero él no quiere y entonces se juega a la pesca.

El “él” que no quiere es un niño, ya un hombrecito de constitución menuda, pero de rostro muy luminoso.

Quizás sabe que siendo grácil como es, se llevaría palos de los demás haciendo “la guerra” y por ello sostiene la paz.

Pero Jesús aprovecha la ocasión para hablarles a esos niños:

–         Él tiene razón. La guerra es pena impuesta por Dios para castigo de los hombres. Y Signo de que el hombre ha venido a menos en su condición de verdadero hijo de Dios. 

Cuando el Altísimo creó el mundo, hizo todas las cosas:

El Sol, el mar, las estrellas, los ríos, las plantas, los animales, pero no hizo las armas.

Creó al hombre y le dio OJOS para que tuviera miradas de amor; BOCA para pronunciar palabras de amor; OÍDOS para oírlas, MANOS, para socorrer y acariciar; PIÉS para correr con rapidez hacia el hermano necesitado.

Y CORAZÓN CAPAZ DE AMAR.

 Dio al hombre inteligencia, palabra, afectos, gustos. Pero no le dio el Odio. ¿Por qué?

Porque el hombre, criatura de Dios, debía ser amor, como Amor es Dios.

Si el hombre hubiera permanecido TAL como criatura, habría permanecido en el amor. Y la familia humana no habría conocido guerra ni muerte.

El niño, con su lógica infantil, insiste:

–         Pero él no quiere hacer la guerra porque pierde siempre.

Jesús sonríe y dice:

–         No se debe no querer lo que a nosotros nos lesiona porque nos lesione. Se debe no querer una cosa cuando lesiona a todos. Si uno dice: “No quiero esto porque me produce una pérdida“, es egoísta.

 Sin embargo, el buen hijo de Dios dice:

“Hermanos, yo sé que vencería, pero os digo: no hagamos esto porque significaría un daño para vosotros”.

¡Cómo ha comprendido éste el precepto principal!

¿Quién me lo sabe decir?

En coro, las once bocas dicen:

–          Amarás a tu Dios con todo tu ser y a tu prójimo como a tí mismo”.

–          ¡Sois unos niños excelentes! ¿Vais todos al colegio?

–          Sí.

–          ¿Quién es el más listo?

–          Él (es el niño grácil que no quiere jugar a la guerra).

–          ¿Cómo te llamas?

–          Joel.

–          ¡Gran nombre! Joel habla así: “… el débil diga: “¡Soy fuerte!”. Pero ¿Fuerte en qué? En la Ley del Dios verdadero, para estar entre los que Él en el valle de la Decisión juzgará como santos suyos.

Mas el JUICIO está próximo: NO en el valle de la Decisión, sino en el Monte de la Redención.

Allí, entre Sol y Luna oscurecidos de horror y estrellas temblando llanto de piedad, serán discernidos los hijos de la Luz de los hijos de las Tinieblas.

Y todo Israel sabrá que su Dios ha venido.

Dichosos los que lo hayan reconocido:

Recibirán en su corazón miel, leche y aguas claras y las espinas se les transformarán en eternas rosas.

¿Quién de vosotros quiere estar entre aquéllos a los que Dios juzgue santos?.

–           ¡Yo!

–           ¡Yo!

–           ¡Yo!.

–           ¿Amaréis entonces al Mesías?

Y el coro de voces infantiles responde:

–           ¡Sí!

–           ¡Sí!

–           ¡A Tí!

–           ¡A Tí!

–           ¡Te amamos a Tí!

–           ¡Sabemos quién eres!

–           Lo han dicho Simón y Santiago y también nuestras madres.

–          ¡Llévanos contigo!.

–           En verdad os tomaré conmigo si sois buenos. Nunca más, palabras feas. Nunca más, abusos. Nunca más, riñas. Nunca más, malas respuestas a los padres.

Oración, Estudio, Trabajo, Obediencia.

Y Yo os amaré y os acompañaré en vuestro camino. 

 

Los niños están todos en círculo alrededor de Jesús.

Parece una corola policroma ceñida en torno a un largo pistilo azul oscuro.

Un hombre bastante anciano se ha acercado, curioso.

Jesús se vuelve para acariciar a un niño que le está tirando del vestido y lo ve.

La VISIÓN ESPIRITUAL, entra en acción…

Detiene en él intensamente su mirada.

El anciano se limita a saludar ruborizándose.

Jesús lo llama:

 –       Felipe, ¡Ven! ¡Sígueme!

El hombre responde:

– Sí, Maestro.

Jesús bendice a los niños y al lado de Felipe vuelve a casa. Se sientan en el huertecillo.

Jesús le pregunta:

–         ¿Quieres ser mi discípulo?

–         Lo quiero. Y no oso esperar serlo.

–         Yo te he Llamado.

–         Lo soy entonces. Heme aquí.

–         ¿Tenías conocimiento de mí?

–         Me ha hablado de ti Andrés. Me ha dicho: “Aquel por quien tú suspirabas ha venido“. Porque Andrés sabía que yo suspiraba por el Mesías.

–         No queda frustrada tu espera. Él está delante de ti. 

Jesús se transfigura ante el hombre lo ha anhelado tanto.

O sea, que permite que Felipe vislumbre la DIVINIDAD oculta en Él.

Felipe exclama emocionado:

–         ¡Mi Maestro y mi Dios!

–         Eres un israelita de recta intención. Por esto me manifiesto a ti. Otro amigo tuyo como tú, sincero israelita espera.

Ve a decirle: “Hemos encontrado a Jesús de Nazaret, hijo de José, de la estirpe de David, aquel de quien hablaron Moisés y los profetas”. ¡Ve!   

Jesús se queda solo hasta que vuelve Felipe con Nathanael – Bartolomé.

Jesús lo saluda:

–         He aquí un verdadero israelita en quien no hay engaño. La paz sea contigo, Nathanael.

–        ¿Cómo me conoces?

–          Antes de que Felipe fuera a llamarte, te he visto debajo de la higuera.

Usando los ojos con la mirada espiritual.

Nathanael exclama:

–          ¡Maestro, Tú eres el Hijo de Dios, Tú eres el Rey de Israel!

–          ¿Porque he dicho que te he visto pensando debajo de la higuera, crees? Cosas mucho más grandes que éstas verás.

 En verdad os digo que los Cielos están abiertos y vosotros por la Fe, veréis a los ángeles bajar y subir sobre el Hijo del Hombre: Yo, quien te está hablando. 

 –          ¡Maestro! ¡Yo no soy digno de tanto favor!

–           Cree en mí y serás digno del Cielo. ¿Quieres creer?

–           Quiero, Maestro.

Mientras tanto en la terraza, que está llena de gente.  Otras personas están en el huertecillo de Pedro.

Luego Jesús llega.

Y saluda diciendo: 

–      Paz a los hombres de buena voluntad. Paz y bendición a sus casas, mujeres y niños. La Gracia y la Luz de Dios reinen en ellas y en los corazones que las habitan.

Deseabais oírme. La Palabra habla. Habla a los honestos con alegría, habla a los deshonestos con dolor, habla a los santos y a los puros con gozo, habla a los pecadores con piedad. No se niega.

Ha venido para derramarse como río que riega tierras necesitadas de agua y que de él reciben alivio de olas y nutrición de limo.

Vosotros queréis saber qué se requiere para ser discípulos de la Palabra de Dios; del Mesías Verbo del Padre, que viene a reunir a Israel para que oiga una vez más las palabras del Decálogo santo e inmutable, y se santifique en ellas.

Para estar limpio, en la medida en que el hombre puede hacerlo de por sí, para la hora de la Redención y del Reino. Mirad.

Yo digo a los sordos, a los ciegos, a los mudos, a los leprosos, a los paralíticos, a los muertos:

“Levantaos, sanad, resucitad, caminad, ábranse en vosotros los ríos de la luz, de la palabra, del sonido, para que podáis ver, oír, hablar de mí”.

Pero más que a los cuerpos, esto se lo digo a vuestros espíritus.

Hombres de buena voluntad, venid a mí sin temor.

Si el espíritu está lesionado, Yo le devuelvo la salud. Si está enfermo, lo curo; Si muerto, lo resucito. Quiero sólo vuestra buena voluntad.

¿Es difícil esto que os pido? No.

No os impongo los cientos de preceptos de los rabinos. Os digo: seguid el Decálogo. La Ley es una e inmutable.

Muchos siglos han pasado desde la hora en que fue promulgada:

Hermosa, pura, fresca, como criatura recién nacida; como rosa recién abierta en el tallo. Simple, sin mancha, ligera de seguir.

Durante los siglos, las culpas y las inclinaciones la han complicado con leyes y más leyes menores, pesos y restricciones, demasiadas cláusulas penosas.

Yo os conduzco de nuevo a la Ley como ésta era cuando el Altísimo la dio.

Pero, os lo ruego por vuestro bien; recibidla con el corazón sincero de los verdaderos israelitas de entonces.

Vosotros susurráis, más en vuestro corazón que con los labios; que la culpa está arriba.

Más que en vosotros, gente humilde. Lo sé.

En el Deuteronomio está dicho todo lo que debe hacerse, y no era necesario más. 

Pero no juzguéis a quien actuó no para sí, sino para los demás. Vosotros haced lo que Dios dice.

Y sobre todo, esforzaos en ser perfectos en los dos preceptos principales.

Si amáis a Dios con todo vuestro ser, NO PECARÉIS. no pecaréis,

PORQUE EL PECADO PRODUCE DOLOR A DIOS

QUIEN AMA NO QUIERE CAUSAR DOLOR.

Si amáis al prójimo como a vosotros mismos;

Sólo podréis ser hijos respetuosos para con los padres, esposos fieles a los consortes, hombres honestos en las transacciones.

Sin violencias para con los enemigos, sinceros a la hora de testificar sin Envidia de quien posee, sin deseos de Lujuria hacia la mujer del prójimo.

No queriendo hacer a los demás lo que No querríais que se os hiciera a vosotros,

NO robaréis, NO mataréis, NO calumniaréis,

NO entraréis como los cucos en el nido de los demás.

Pero incluso os digo: “Portad a Perfección vuestra Obediencia a los Dos Preceptos de Amor:

Amad también a vuestros Enemigos”.

¡Oh, si sabéis amar como Él, cómo os amará el Altísimo, que ama al hombre transformado en Enemigo suyo por la culpa original y por los pecados individuales.

Hasta el punto de enviarle el Redentor, el Cordero que es su Hijo, Yo, quien os está hablando, el Mesías, prometido para redimiros de toda culpa!

 

AMAD. El amor sea para vosotros escalera por la cual hechos ángeles, subáis (como vio Jacob) hasta el Cielo, oyendo al Padre decir a todos y a cada uno:

“Yo seré tu Protector dondequiera que vayas.

Y te traeré de nuevo a este lugar: al Cielo, al Reino Eterno”.

La Paz esté con vosotros.

La gente manifiesta su conmovida aprobación y se va lentamente.

Se quedan Pedro, Andrés, Santiago, Juan, Felipe y Bartolomé.

Pedro pregunta:

–          ¿Te vas mañana, Maestro?

Jesús replica:

–          Mañana al amanecer, si no te desagrada.

–          Desagradarme el que te vayas sí, pero la hora “NO“; es incluso propicia.

–          ¿Vas a ir a pescar?

–          Esta noche, cuando salga la Luna.

–          Has hecho bien Simón Pedro, en no pescar durante la pasada noche. Todavía no había terminado el sábado.

 

Nehemías en sus reformas, quiso que en Judá se respetara el Sábado.

Ahora también demasiada gente en sábado, prensa en los lagares.

Transporta haces: carga vino y fruta. 

Y vende y compra pescado y corderos.

Tenéis seis días para esto.

El sábado es del Señor.

Sólo una cosa podéis hacer en sábado:

El bien a vuestro prójimo, pero sin ningún tipo de afán de lucro. Quien viola por lucro el sábado sólo puede obtener de Dios el Castigo.

¿Gana algo?: Lo perderá con creces en los otros seis días. ¿No lo gana?: se ha esforzado en vano el cuerpo, no concediéndole ese reposo que la Inteligencia ha establecido para él,

airándose el espíritu por haber trabajado inútilmente, llegando incluso a proferir imprecaciones.

Sin embargo, el día de Dios debe transcurrirse con el corazón unido a Dios en dulce oración de amor. Hay que ser fieles en todo.

–          Pero… los escribas y doctores, que son tan severos con nosotros… No trabajan durante el sábado. Ni siquiera le dan al prójimo un pan por evitar el trabajo de dárselo…

Y sin embargo, fían préstamos abusivos aun en sábado, ¿Se puede hacer esto en sábado porque no sea trabajo material?

–          No. Nunca. Ni durante el sábado ni durante los otros días. Quien presta abusivamente es deshonesto y cruel.

–          Los escribas y fariseos, entonces…

–          Simón no juzgues. Tú no lo hagas.

–          Pero tengo ojos para ver…

–          ¿Sólo el mal está ante nuestros ojos, Simón?.

–          No, Maestro.

–          Entonces, ¿Por qué mirar sólo el mal?

–          Tienes razón, Maestro.

–          Entonces mañana al amanecer partiré con Juan».

–          Maestro…

–          Simón, ¿Qué te sucede?

–          Maestro… ¿Vas a Jerusalén?

–          Ya lo sabes.

–          Yo también voy a Jerusalén para la Pascua… y también Andrés y Santiago….

–          ¿Y entonces?… Quieres decir que desearías venir conmigo ¿No? ¿Y la pesca? ¿Y la ganancia? Me has dicho que te gusta tener dinero y Yo me ausentaré durante muchos días.

Primero voy donde mi Madre y a Jerusalén a la vuelta. Me quedaré allí predicando. ¿Cómo te las arreglarás?…

Pedro se muestra dudoso, vacilante…

Pero al final se decide:

–          Por mí… voy contigo. ¡Te prefiero a ti antes que al dinero!

Andrés:

–          Yo también voy.

Santiago:

–          También yo.

Bartolomé:

–          Y nosotros también, ¿verdad, Felipe?

Jesús los invita:

–          Venid, pues. Me serviréis de ayuda.

Pedro se emociona ante la idea:

–          ¡Oh!… ¿En qué te podemos ayudar?

–          Os lo diré. Para actuar bien sólo tendréis que hacer cuanto os diga. El obediente siempre actúa bien. Ahora oraremos y luego cada uno irá a realizar sus cometidos.

–          ¿Y Tú, Maestro?

–          Oraré más. Soy la Luz del mundo, pero también soy el Hijo del hombre. Por ello siempre tengo que beber de la Luz para ser el Hombre que redime al hombre. Oremos.

Jesús ora: 

“Quien reposa en la ayuda del Altísimo vivirá bajo la protección del Dios del Cielo. Dirá al Señor: “Tú eres mi protector, mi refugio. Es mi Dios, en Él está mi esperanza. Él me libró del lazo de los cazadores y de las palabras agresivas… (Salmo 91)