Archivos diarios: 18/07/20

17 EL NO INVITADO


17 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Bajo unos olivos,  está sentado Jesús sobre un escalón del terreno, en su postura habitual: con los codos apoyados en las rodillas, los antebrazos hacia adelante y las manos unidas.

Empieza a anochecer y la luz va disminuyendo en el tupido olivar.

Jesús está solo.

Se ha quitado el manto como si tuviera calor.

Va vestido de blanco, poniendo así una nota clara en este lugar de tonalidad verde muy oscurecida por el crepúsculo.

Un hombre baja entre los olivos. Da la impresión de que busca algo o a alguien.

Es muy alto; joven, de cabello castaño oscuro y ensortijado. Viste muy elegante, en un alegre color palo de rosa que al ondear; hace más llamativo su manto color tinto.

Cuando distingue a Jesús, sus ojos gris oscuro brillan y su bello rostro se ilumina. 

–         ¡Ahí está!

Apresura el paso bajando por las terrazas formadas en el olivar hasta llegar a Él. 

Cuando llega a pocos metros, lo saluda con alegría:

–         ¡Salve, Maestro!

Jesús se vuelve sorprendido. Y lo mira con seriedad y una gran tristeza.

El recién llegado repite:

–          ¡Hola, Maestro! Soy Judas de Keriot. ¿No me reconoces? ¿No te acuerdas?

Jesús responde:

–          Recuerdo y reconozco. Eres el que me habló aquí con Tomás en la Pascua pasada.

–          Y a quien Tú dijiste: “Piensa y sé juicioso en la decisión antes de mi regreso”. Lo he decidido: voy contigo.

La tristeza  en Jesús se acentúa notablemente.

Y se refleja en su voz:

–           ¿Por qué vienes, Judas?

–           Porque… ya te dije la otra vez por qué: porque sueño con el Reino de Israel y en el Templo te he visto rey.

–         ¿Por esto vienes?

–          Por esto. Me pongo a mí mismo y todo lo que tengo: capacidad, conocimientos, amistades, todo mi esfuerzo, a tu servicio y al servicio de tu misión para reconstruir Israel.

También Judas es un hombre muy alto, casi igual a Jesús.  Los dos están frente a frente y se miran.

Jesús, serio y muy triste.

Judas, exaltado.

Con su aspecto joven y señorial; sonriente, hermoso, elegante, frívolo y ambicioso.

Jesús dice:

–          Yo no te he buscado, Judas.

–          Sí, ya me he percatado. Pero yo te buscaba. Hace muchos días que he puesto personas en las puertas para que me informasen de tu llegada. Pensaba que vendrías con algunos seguidores tuyos y que sería fácil verte.

Sin embargo… He deducido que habías venido porque un grupo de peregrinos iba bendiciéndote por haber curado a un enfermo. Pero nadie sabía decirme con exactitud dónde estabas.

Entonces me he acordado de este lugar. Y he venido. Si no te hubiera encontrado aquí, me habría resignado a no encontrarte…

–        ¿Crees que haya supuesto un bien para ti el haberme encontrado?

–         Sí, porque te buscaba, te deseaba, quiero tenerte.

–        ¿Por qué? ¿Por qué me has buscado?

–         ¡Pero si ya te lo he dicho, Maestro! ¿No me has comprendido?

–         Te he comprendido, sí, te he comprendido. Pero quiero que tú también me comprendas antes de seguirme. Ven. Hablaremos mientras caminamos.

Y se ponen a caminar el uno al lado del otro, hacia arriba y luego hacia abajo, por los senderillos que cortan transversalmente el olivar.

Jesús suspira profundo y dice:

 –         Tú, Judas, me sigues por una idea que es humana. Yo te debo disuadir de ello. No he venido para esto.

–           Pero, ¿Tú no eres el que ha sido designado para Rey de los judíos, aquél de quien hablaron los profetas?

Otros han surgido, pero les faltaban demasiadas cosas y han caído como hojas que el viento ya no sostiene. Tú tienes a Dios contigo, hasta el punto de que obras milagros.

Allí donde está Dios, el éxito de la misión está asegurado.

–          Es verdad lo que has dicho: que Yo tengo a Dios conmigo. Yo soy su Verbo. Soy aquel que anunciaron los Profetas, que fue prometido a los Patriarcas, el esperado de las muchedumbres.

Pero,  ¿Por qué, ¡Oh Israel!, te has vuelto tan ciega y sorda que ya no sabes leer ni ver, oír ni comprender lo verdadero de los hechos?

Mi Reino no es de este mundo, Judas. Disuádete. Vengo a traerle a Israel la Luz y la Gloria, más no las de la Tierra. Vengo a llamar a los justos de Israel al Reino.

Porque de Israel y con Israel debe formarse y venir la planta de Vida Eterna cuya linfa será la Sangre del Señor, la planta que se extenderá por toda la Tierra hasta el fin de los siglos.

Mis primeros seguidores serán de Israel; mis primeros confesores, de Israel.

Más también mis perseguidores, mis verdugos y quien me traicionará serán de Israel…

–          No, Maestro. Eso no sucederá nunca. Aunque todos te traicionasen yo estaré contigo y te defenderé.

–          ¿Tú, Judas? ¿Y en qué basas tu seguridad?

–           En mi honor de hombre.

–           Cosa más frágil que una tela de araña, Judas. Es a Dios a quien tenemos que pedirle la fuerza de ser honestos y fieles. ¡El hombre!… El hombre lleva a cabo obras de hombre. Para llevar a cabo obras del espíritu,

Y seguir al Mesías en verdad y justicia quiere decir realizar obras de espíritu, hace falta matar al hombre y hacer que vuelva a nacer. ¿Eres capaz de tanto?

–           Sí, Maestro. Y además… cierto que no todo Israel te amará, pero no llegará al punto de darle a su Mesías verdugos y traidores: ¡Te espera desde hace siglos!

–           Me los dará. Ten presente a los Profetas, sus palabras… y cómo terminaron. Yo estoy destinado a defraudar a muchos y TÚ ERES UNO DE ELLOS.

Judas, tienes aquí frente a ti, a una persona mansa, pacífica, pobre y que quiere seguir siendo pobre.

No he venido para imponerme o guerrear; no disputo ningún reino ni ningún poder a los fuertes y a los poderosos; Yo sólo a Satanás le disputo las almas.

Y vengo a vencer las cadenas de Satanás con el Fuego de mi Amor. Vengo para enseñar misericordia, sacrificio, humildad, continencia.

Yo te digo, y digo a todos: no tengáis sed de riquezas humanas; trabajad más bien por las monedas eternas.

Judas, si me crees uno que ha de triunfar sobre Roma y sobre las castas que imperan, desengáñate.

Herodes y César, y los que son como ellos, pueden dormir tranquilos mientras Yo hablo a las turbas. No he venido para arrancar cetros a nadie…

Mi cetro Eterno, ya está preparado; pero nadie, que no fuera amor como soy Yo, lo querría empuñar.

Vete, Judas y medita…

–          ¿Me rechazas, Maestro?

–          Yo no rechazo a nadie, porque quien rechaza no ama. Pero dime Judas:

¿Cómo llamarías tú la acción de uno que sabiendo que tiene una enfermedad contagiosa, le dijera a otro que desconocedor del hecho, fuera a beber de su cáliz: “Piensa lo que estás haciendo“? ¿Lo llamarías odio o amor?

–           Lo llamaría amor porque no quiere que esa persona pierda la salud.

–           Pues entonces llama también así a mi acto.

–           ¿Puedo perder la salud yendo contigo? No, nunca.    

–           Más que destruir la salud, tú mismo te puedes destruir. Piensa bien, Judas. Poco se exigirá al que asesinare creyendo que lo hace justamente. Y lo cree porque no conoce la Verdad. 

Pero mucho será exigido de quién después de haberla conocido; no solo no la sigue, sino que se hace su enemigo.

–           Yo no lo seré. Tómame contigo, Maestro. No puedes rechazarme. Si eres el Salvador y ves que yo soy un pecador, una oveja descarriada, un ciego que no va por camino justo,

¿Por qué no quieres salvarme? Tómame contigo. Te seguiré hasta la muerte…

–           ¡Hasta la muerte! Cierto. Esto es cierto. Luego…

–           ¿Luego, Maestro?

–           El futuro está en el seno de Dios. Vete.

Mañana nos volveremos a ver junto a la Puerta de los Peces.

–           Gracias, Maestro. El Señor sea contigo».

–            Y su misericordia te salve.

16 LA PESCA MILAGROSA


16 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

En la barca Jesús está hablando:

–           Cuando en primavera todo florece, el hombre del campo dice contento: “Obtendré mucho fruto”, y se regocija su corazón por esta esperanza.

Pero, desde la primavera al otoño, desde el mes de las flores al de la fruta, ¡Cuántos días, cuántos vientos y lluvias y sol y temporales vendrán! A veces la guerra, o la crueldad de los poderosos, enfermedades de las plantas, o del campesino.

Así es que los árboles que prometían mucho fruto, — al no cavárselos o recalzarlos, regarlos, podarlos, sujetarlos o limpiarlos — se ponen mustios y mueren totalmente, o muere su fruto.

Vosotros me seguís. Me amáis. Vosotros, como plantas en primavera, os adornáis de propósitos y amor.

Verdaderamente Israel en esta alba de mi apostolado es como nuestros dulces campos en el luminoso mes de Nisán.

Pero, escuchad. Como quemazón de sequía, vendrá Satanás a abrasaros con su hálito envidioso de Mí. Vendrá el mundo con su viento helado a congelar vuestro florecer.

Vendrán las pasiones como temporales. Vendrá el tedio como lluvia obstinada.

Todos los enemigos míos y vuestros vendrán para hacer estéril lo que debería brotar de esta tendencia santa vuestra a florecer en Dios.

Yo os lo advierto, porque sé las cosas.

Pero, ¿Entonces todo se perderá cuando Yo, como el agricultor enfermo — más que enfermo, muerto —, ya no pueda ofreceros palabras y milagros? No.

Yo siembro y cultivo mientras dura mi tiempo; crecerá y madurará en vosotros, si vigiláis bien.

Mirad esa higuera de la casa de Simón de Jonás. Quien la plantó no encontró el punto justo y propicio. Trasplantada junto a la húmeda pared de septentrión, habría muerto si no hubiera deseado tutelarse a sí misma para vivir.

Y ha buscado sol y luz. Vedla ahí: toda retorcida, pero fuerte y digna, bebiendo de la aurora el sol con el que se procura el jugo para sus cientos y cientos de dulces frutos. Se ha defendido por sí misma.

Ha dicho: “El Creador me ha proyectado para alegrar y alimentar al hombre. ¡Yo quiero que mi deseo acompañe al suyo!”. ¡Una higuera! ¡Una planta sin habla! ¡Sin alma!

Y vosotros, hijos de Dios, hijos del hombre, ¿Vais a ser menos que esa leñosa planta?

Vigilad bien para dar frutos de vida eterna. Yo os cultivo y al final os daré la savia más poderosa que existe.

No hagáis, no hagáis que Satanás ría ante las ruinas de mi trabajo, de mi sacrificio y también de vuestra alma. Buscad la luz. Buscad el sol.

Buscad la fuerza. Buscad la vida. Yo soy Vida, Fuerza, Sol, Luz de quien me ama. Estoy aquí para llevaros al lugar del que provengo.

Hablo aquí para llamaros a todos e indicaros la Ley de los Diez Mandamientos que dan la vida eterna.

Y con consejo amoroso os digo: “Amad a Dios y al prójimo”; es condición primera para cumplir cualquier otro bien, es el más santo de los Diez santos Mandamientos.

Amad. Aquellos que amen en Dios, a Dios y al prójimo y por el Señor Dios tendrán en la Tierra y en el Cielo la paz como tienda y corona.

La gente, después de la bendición de Jesús, se aleja, pero como no queriendo marcharse.

No hay ni enfermos ni pobres.

Jesús dice a Simón:

–            Llama a los otros dos. Vamos a adentramos en el lago para echar la red.

–            Maestro, tengo los brazos deshechos de echar y subir la red durante toda la noche para nada. El pescado está en zona profunda, quién sabe dónde.

–           Haz lo que te digo, Pedro. Escucha siempre a quien te ama.

–           Haré lo que dices por respeto a tu palabra – y llama con fuerza a los peones, y a Santiago y a Juan – Vamos a pescar. El Maestro así lo quiere.

Y mientras se alejan de la orilla le dice a Jesús:

–           Maestro, te aseguro que no es hora propicia. A esta hora los peces quién sabe dónde estarán descansando…

Jesús, sentado en la proa, sonríe y calla.

Recorren un arco de círculo en el lago y luego echan la red.

Después de pocos minutos de espera, la barca siente extrañas sacudidas, extrañas porque el lago está liso como si fuera de cristal fundido bajo el Sol ya alto.

Pedro tiene los ojos como platos.

Y exclama sorprendido:

–            ¡Esto son peces, Maestro! 

Jesús sonríe y calla.

–            ¡Eúp! ¡Eúp! – dirige Pedro a los peones.

Pero la barca se inclina hacia el lado de la red.

–            ¡Eh! ¡Santiago! ¡Juan! ¡Rápido! ¡Venid! ¡Con los remos! ¡Rápido!.

Se apresuran.

Los esfuerzos de los hombres de las dos barcas logran subir la red sin dañar el pescado.

Las barcas se colocan una al lado de la otra, completamente juntas.

Un cesto, dos, cinco, diez; todos llenos de estupendas piezas, y hay todavía muchos peces coleteando en la red: plata y bronce vivo que se mueve huyendo de la muerte.

Entonces no hay más que una solución: volcar el resto en el fondo de las barcas.

Lo hacen, y el fondo se vuelve todo un bullir de vidas en agonía.

Esta abundancia cubre a los hombres hasta más arriba del tobillo y el nivel externo del agua llega a superar, por el peso excesivo, la línea de flotación.

–            ¡A la orilla! ¡Vira! ¡Venga! ¡Con la vela! ¡Cuidado con el fondo!

–            ¡Pértigas preparadas para amortizar el choque!

¡Demasiado peso!

Mientras dura la maniobra, Pedro no reflexiona.

Pero una vez en la orilla, lo hace. Entiende.

Siente una gran turbación.

–            ¡Maestro, Señor! ¡Aléjate de mí! Yo soy un hombre pecador. ¡No soy digno de estar a tu lado!

Pedro está de rodillas sobre la grava húmeda de la orilla.

Jesús lo mira y sonríe:

–            ¡Levántate! ¡Sígueme! ¡Ya no te dejo! De ahora en adelante serás pescador de hombres.

Y contigo estos compañeros tuyos. No temáis ya nada. Yo os llamo. ¡Venid!.  

Pedro exclama agradecido:

–             Inmediatamente, Señor. Vosotros ocupaos de las barcas. Llevadlo todo a Zebedeo y a mi cuñado.

Vamos. ¡Del todo para ti somos, Jesús! Sea bendito el Eterno por esta elección.

15 EL PARALÍTICO DE CAFARNAÚM


15 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

En las orillas del lago de Genesaret, las barcas de los pescadores son sacadas a tierra.

En la playa, apoyados en ellas están Pedro y Andrés, dedicados a reparar las redes que los peones les llevan goteando después de quitar los detritos que habían quedado aprisionados en éstas, aclarándolas en el lago.

A una distancia de unos diez metros Juan y Santiago, centrados en su barca, tratan de poner orden en ella.

Son ayudados por un peón y por un hombre de unos cincuenta y cinco años que parece ser Zebedeo,  porque el peón le llama ‘jefe” y porque es muy parecido a Santiago.

Pedro y Andrés de espaldas a la barca, se dedican silenciosos a volver a atar cuerdas y corchos señalizadores.

Sólo de vez en cuando se intercambian algunas palabras acerca de su trabajo, el cual al parecer ha sido infructuoso.

Y no porque su bolsa esté vacía, ni por la inutilidad del esfuerzo,

Pedro se queja de ello:

–           Lo siento porque… ¿Cómo vamos a arreglárnoslas para dar algo de comer a esos pobrecillos? A nosotros sólo nos llegan raros donativos y yo no toco esos diez denarios y siete dracmas, que hemos recogido en estos cuatro días.

El Maestro y sólo Él, me debe indicar para quién y cómo se han de distribuir esas monedas.

¡Y hasta el sábado El no vuelve! ¡Si hubiera tenido buena pesca!… El pescado más menudo lo habría cocinado y se lo habría dado a esos pobres…

Y si alguien de mi casa se hubiera quejado, no me hubiera importado: los sanos pueden ir a buscarlo, ¡Pero los enfermos…!.

Andrés dice:

–            ¡Y además ese paralítico!… Ya han recorrido mucho camino para traerlo aquí… Mira, hermano, yo pienso… que no podemos estar divididos.

No sé por qué el Maestro no nos quiere tener permanentemente con Él. Al menos… no vería a estos pobrecillos a los que no puedo socorrer y aunque los viera, podría decirles: “Él está aquí”.

Una clamorosa Voz de tenor dice:

–             ¡Aquí estoy!

Jesús ha venido caminando despacio por la arena blanda.

Pedro y Andrés se estremecen.

Se les escapa un grito: 

 –          ¡Oh! ¡Maestro!

Y llaman a Santiago y a Juan:       

–           ¡El Maestro!

 –          ¡Venid!.

Los dos acuden y todos se arriman a Jesús.

Uno le besa la túnica, otro las manos.

Juan osa pasarle un brazo alrededor de la cintura y apoyar la cabeza sobre su pecho.

Jesús lo besa en el pelo.

Y pregunta:

–             ¿De qué hablabais?

Pedro responde:

–             Maestro… estábamos diciendo que te íbamos a necesitar.

–             ¿Para qué, amigos?

–             Para verte y amarte viéndote. Y además, por algunos pobres y enfermos. Te esperan desde hace dos días o más… Yo he hecho lo qué podía.

Los he alojado allí ¿Ves aquella cabaña en aquel terreno baldío? Allí reparan las barcas los carpinteros de la ribera.

Allí he procurado cobijo a un paralítico, a uno que tiene mucha fiebre y a un niño que se está muriendo en brazos de su madre. No podía mandarlos a buscarte. 

–             Has hecho bien. Pero, ¿Cómo te las has arreglado para socorrerlos? ¿Quién los ha guiado?, ¡Me has dicho que son pobres!…

–            Claro, Maestro. Los ricos tienen carros y caballos; los pobres, sólo las piernas. No pueden seguirte diligentemente. He hecho lo que he podido.

 Mira: esto es lo poco que he recaudado, pero no he tocado ni una moneda. Tú lo harás.

–            Pedro, tú también podías haberlo hecho. Ciertamente… Pedro mío, siento que por mí sufras reprensiones o fatigas.

–           No, Señor, no debes afligirte por eso. A mí eso no me duele. Sólo siento el no haber podido tener una mayor caridad.

Pero créeme he hecho, todos hemos hecho cuanto hemos podido.

–            Lo sé. Sé que has trabajado y sin intereses personales. Aunque haya faltado la comida, tu caridad no. Y es viva, activa, santa a los ojos de Dios.

Algunos niños han llegado corriendo y gritan:

–            ¡El Maestro!

–            ¡Está el Maestro!

–            ¡Jesús!

–            ¡Ha venido Jesús!

Y se le arriman.

Él los acaricia, sin dejar por ello de hablar con los discípulos:

–            Simón, entro en tu casa. Tú y vosotros id a comunicar que he venido; después traedme a los enfermos.

Los discípulos salen rápidos, en distintas direcciones.

No obstante toda Cafarnaúm ya sabe, que Jesús ha llegado.

Lo sabe por los niños, que parecen abejas que en enjambre dejan la colmena hacia las distintas flores: en este caso las casas, las calles, las plazas.

Van y vienen jubilosos, llevando la noticia a las mamás, a los transeúntes, a los viejos que están sentados tomando el sol.

Y luego vuelven para que una vez más los acaricie Aquél que los ama.

Y uno audaz, dice:

–            Háblanos a nosotros, habla hoy para nosotros, Jesús. Te queremos y somos mejores que los mayores.

Jesús le sonríe al pequeño psicólogo y promete que hablará para ellos.

Luego con los pequeños siguiéndole se dirige a la casa, donde entra saludando con su fórmula de paz:       

–             La paz descienda sobre esta casa.

La gente se apiña en la estancia grande posterior empleada para las redes, maromas, cestos, remos, velas y provisiones.

Se ve que Pedro la ha puesto a disposición de Jesús, amontonando todo en un rincón para dejar espacio libre.

El lago no se ve desde aquí, sólo se oye el rumor lento de sus olas y se ve sólo la pequeña tapia verdosa del huerto, con su vieja vid y su frondosa higuera.

Hay gente hasta incluso en la calle; no cabiendo en la sala, ocupan el huerto; no cabiendo en el huerto, se quedan afuera.

Jesús empieza a hablar.

 En primera fila, se han abierto paso sirviéndose de su actitud avasalladora y del temor que siente hacia ellos la plebe, cinco personas de elevada condición social.

Mantos púrpura bordados en oro, riqueza de vestidos y soberbia, denuncian que son fariseos y doctores.

Sin embargo, Jesús quiere tener en torno a sí a sus pequeños: una corona de caritas inocentes, ojos luminosos y sonrisas angelicales, mirando hacia arriba, a Él.

Jesús habla, acariciando de vez en cuando la cabecita rizada de un niño, que se ha sentado a sus pies y tiene apoyada la cabeza en las rodillas de Él, sobre su bracito doblado.

Jesús está sentado encima de un gran montón de cestos y redes.

–           Mi amado ha bajado a su jardín, al pensil de los aromas, a deleitarse entre los jardines y a recoger lirios… él, que se sacia entre los lirios, dice Salomón de David de quien provengo Yo, Mesías de Israel.

¡Mi jardín! ¿Qué jardín más hermoso y más digno de Dios que el Cielo, donde son flores los ángeles creados por el Padre?…

Y sin embargo, otro jardín ha querido el Hijo unigénito del Padre, el Hijo del hombre, porque por el hombre Yo tengo carne, sin la cual no podría redimir las culpas de la carne del hombre.

Un jardín que habría podido ser poco inferior al celeste, si desde el Paraíso terrestre se hubieran propagado, como dulces abejas desde una colmena, los hijos de Adán, los hijos de Dios, para poblar la Tierra de santidad destinada toda al Cielo.

Pero el Enemigo sembró tribulaciones y espinas en el corazón de Adán. Y tribulaciones y espinas desde este corazón se derramaron sobre la Tierra no ya jardín, sino selva áspera y cruel en que se estanca la fiebre y anida la Serpiente.

Pero el Amado del Padre tiene todavía un jardín en esta tierra en que impera Satanás.

El jardín al que va a saciarse de su alimento celeste: amor y pureza; el vergel del que toma las flores que aprecia, en las cuales no hay mancha de sentido, de avaricia, de soberbia: éstos.

Jesús acaricia a todos los niños que puede, pasando su mano sobre la corona de cabecitas atentas una única caricia que apenas los toca y les hace sonreír de alegría, éstos son mis lirios.

No tuvo Salomón en su riqueza, vestidura más hermosa que el lirio que perfuma la cañada, ni diadema de más aérea y espléndida gracia, que la que tiene el lirio en su cáliz de perla.

Y no obstante, para mi Corazón no hay lirio que valga lo que uno de éstos.

No hay parque, no hay jardín de ricos todo cultivado de lirios, que me valga cuanto uno sólo de estos puros, inocentes, sinceros, sencillos párvulos.

¡Oh hombres, oh mujeres de Israel, oh vosotros, grandes y humildes por riqueza o por cargo, oíd!

Vosotros estáis aquí porque queréis conocerMe y amarMe.

Pues bien, debéis saber cuál es la condición primera para ser míos. Mirad que no os digo palabras difíciles, ni os pongo ejemplos aún más difíciles.

Os digo: tomad a éstos como ejemplo.

¿Quién hay, entre vosotros, que no tenga en casa en la edad de la inocencia, de la niñez, a un hijo, a un nieto o sobrino, a un hermano?

¿No es un descanso, un alivio, un motivo de unión entre esposos, entre familiares, entre amigos, uno de estos inocentes, cuya alma es pura como alba serena, cuyo rostro aleja las nubes y crea esperanzas, cuyas caricias secan las lágrimas e infunden fuerza vital?

¿Por qué tienen tanto poder ellos que son débiles, inermes, ignorantes todavía?

Porque tienen en sí a Dios, tienen la fuerza y la sabiduría de Dios, la verdadera sabiduría:

Saben amar y creer. Creer y querer, vivir en este amor y en esta Fe. Sed como ellos: sencillos, puros, amorosos, sinceros, creyentes.

No hay sabio en Israel que sea mayor que el más pequeño de éstos, cuya alma es de Dios y de cuya alma es el Reino.

Benditos del Padre, amados del Hijo del Padre, flores de mi jardín, mi paz esté con vosotros y con quienes os imiten por mi amor.

Jesús ha terminado.

Pedro grita entre la muchedumbre: 

–            ¡Maestro! Aquí están los enfermos. Dos pueden esperar a que salgas, pero a éste lo está estrujando la multitud.

Y además… ya no aguanta más y no podemos pasar. ¿Le digo que vuelva otra vez?

Jesús responde:

– No. Descolgadlo por el techo.

– ¡Es verdad! ¡Enseguida!

Se oye caminar arrastrando los pies sobre el techo bajo de la estancia, la cual no formando realmente parte de la casa, no tiene encima la terraza unida con cemento;

sino sólo un tejado de haces de ramas cubiertas con placas similares a la pizarra.

Hacen una abertura y con unas cuerdas bajan la pequeña camilla en la que está el enfermo.

La descuelgan justo delante de Jesús.

La gente se apiña aún más, para ver.

Jesús dice:

–            Has tenido una gran fe, como también quien te ha traído.

El enfermo es un hombre muy joven:

–            ¡Oh! ¡Señor! ¿Cómo no tenerla en Tí?

–            Pues bien, Yo te digo: hijo, te son perdonados todos tus pecados.

El hombre lo mira llorando… Quizás se queda un poco contrariado porque esperaba la curación del cuerpo.

Los fariseos y doctores murmuran, arrugando nariz, frente y boca con desprecio.

Jesús usa el Don para leer corazones…

Y dice:

–         ¿Por qué murmuráis, con los labios y sobre todo, en el corazón? Según vosotros, ¿Es más fácil decirle al paralítico: “Tus pecados te son perdonados”

O “Levántate, toma la camilla y anda”?

Vosotros pensáis “sólo Dios puede perdonar los pecados”.

Pero no sabéis responder cuál es la cosa más grande, porque a este hombre, maltrecho en todo su cuerpo y que ha gastado los haberes sin resultado alguno, sólo lo puede curar Dios.

Pues bien, PARA QUE SEPÁIS QUE YO LO PUEDO TODO, para que sepáis que el Hijo del hombre tiene poder sobre la carne y sobre el alma, en la Tierra y en el Cielo, Yo le digo a éste:

–        ¡Levántate, toma tu camilla y anda! Ve a tu casa y sé santo.

El hombre se estremece, grita, se levanta, se echa a los pies de Jesús, los besa y acaricia, llora y ríe.

Y con él los familiares y la multitud, la cual luego se abre para dejarlo pasar.

Siguiendolo jubilosa la muchedumbre, menos los cinco rencorosos que se marchan engreídos y duros como estacas.

Así, puede entrar la madre con el pequeñuelo:

Un niño todavía lactante, esquelético. Lo acerca.

Dice solamente:

–           Jesús, Tú los amas. Lo has dicho. ¡Que este amor y tu Madre…!- … y se echa a llorar.

Jesús toma al lactante realmente moribundo, se lo pone contra el corazón, lo tiene un momento con la boca en la carita cérea de labios violáceos y párpados ya caídos.

Un momento lo tiene así…

Y cuando lo separa de su barba rubia, la carita tiene color rosáceo, la boquita expresa una sonrisa indecisa de infante.

Los ojitos miran alrededor vivarachos y curiosos, las manitas, antes cerradas y caídas, gesticulan entre el pelo y la barba de Jesús, que ríe.

La mamá grita dichosa:

–          ¡Oh, hijo mío!

–           Toma, mujer. Sé feliz y buena.

Y la mujer toma al niño renacido y lo estrecha contra su pecho.

Y el pequeño reclama inmediatamente sus derechos de alimento: hurga, abre, encuentra… y se amamanta ávido y feliz.

Jesús bendice a los presentes. Pasa entre ellos.

Va a la puerta, donde está el enfermo que tenía mucha fiebre.

–           ¡Maestro! ¡Sé bueno!

–           Y tú también. Usa la salud en la justicia.

Lo acaricia y sale.

Vuelve a la orilla seguido, precedido, bendecido por muchos que le suplican:

–            Nosotros no te hemos oído. No podíamos entrar. Háblanos también a nosotros.

Jesús hace un gesto de aceptación y dado que la multitud lo oprime hasta casi ahogarlo, monta en la barca de Pedro.

No es suficiente. El asedio es sofocante.

Jesús le dice a Pedro:

–            Mete la barca en el mar y sepárate bastante.