Archivos diarios: 23/07/20

20 EL SUICIDIO


20 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús y Judas salen del Templo después de haber estado orando en el lugar más cercano al Santo, concedido a los israelitas varones.

Judas quisiera seguir con Jesús, pero este deseo encuentra oposición en el Maestro.

–          Judas, quiero estar solo en las horas nocturnas. Durante la noche, mi espíritu toma del Padre su alimento. Oración, meditación y soledad, me son más necesarias que el alimento material.

Quien quiere vivir para el espíritu y conducir a otros a vivir la misma vida, debe posponer la carne, diría casi: matarla en sus desafueros, para ocuparse completamente del espíritu.

Todos Judas, también tú, si quieres verdaderamente ser de Dios, o sea, de lo sobrenatural.

–           Pero, Maestro, nosotros somos todavía de la tierra. ¿Cómo podemos desatender la carne poniendo toda nuestra solicitud en el espíritu? Lo que dices, ¿No está en antítesis con el mandato de Dios: «No matarás»?

¿En esto no está también incluido el no matarse? Si la vida es don de Dios, ¿Debemos o no amarla?».

–          Voy a responderte como no respondería a una persona sencilla, a la cual es suficiente elevarle la mirada del alma, o de la mente, a esferas sobrenaturales, para poder llevárnosla en vuelo a los reinos del espíritu.

Tú no eres una persona sencilla. Te has formado en ambientes que te han afinado… pero que al mismo tiempo, te han contaminado con sus sutilezas y con sus doctrinas.

 ¿Tienes presente a Salomón, Judas? Era sabio, el más sabio de aquellos tiempos. ¿Recuerdas lo que dijo, después de haber conocido todo el saber?: «Vanidad de vanidades, todo es vanidad.

Temer a Dios y observar sus mandamientos: esto es todo el hombre».

Ahora Yo te digo que hay que saber tomar de los alimentos sustento, pero no veneno. Y si se ve que un alimento nos es nocivo (porque se producen reacciones en nosotros por las cuales ese alimento es nefasto, siendo más fuerte que nuestros humores buenos, los cuales lo podrían neutralizar)

es necesario dejar de tomar ese alimento, aunque sea apetitoso al gusto. Mejor pan, sin más, y agua de la fuente, que no los platos rebuscados de la mesa del rey que tienen especias que alteran y envenenan.

–          ¿Qué debo dejar, Maestro?

–           Todo aquello que sabes que te turba. Porque Dios es Paz, y si te quieres encaminar por el sendero de Dios debes liberar tu mente, tu corazón y tu carne, de todo lo que no es paz, de todo lo que conlleva turbación.

Sé que es difícil reformarse a sí mismo, pero Yo estoy aquí para ayudarte a hacerlo. Estoy aquí para ayudar al hombre a ser de nuevo hijo de Dios, a volver a formarse como por una segunda creación, una autogénesis querida por él mismo.

Pero deja que te responda a cuanto preguntabas, para que no digas que no has salido del error por culpa mía. Es verdad que matarse es igual que matar.

La vida es don de Dios, ya sea la propia o la ajena, y sólo a Dios, que la ha otorgado, le está reservado el poder de quitarla. Quien se mata confiesa su soberbia, y Dios odia la soberbia.

–         ¿La soberbia, confiesa? Yo diría la desesperación.

–         ¿Y qué es la desesperación sino soberbia? Considera esto, Judas: ¿Por qué uno pierde la esperanza?:

O porque las desventuras se ensañan con él y quiere vencerlas por sí solo, sin ser capaz de tanto; o bien porque es culpable y juzga de sí mismo que Dios no lo puede perdonar.

Tanto en el primero como en el segundo caso, ¿No es reina la soberbia? El hombre que quiere por sí solo resolver las cosas carece de la humildad de tender la mano al Padre diciéndole: «Yo no puedo, pero Tú sí puedes. Ayúdame, porque espero todo, todo lo estoy esperando, de Ti».

El otro hombre, el que dice: «Dios no puede perdonarme», lo hace porque midiendo a Dios con el patrón de sí mismo sabe que otra persona, ofendida como él ha ofendido, no podría perdonarlo.

O sea, también aquí hay soberbia.

El humilde siente compasión y perdona aunque sufra por la ofensa recibida.

El soberbio no perdona. Es además soberbio porque no sabe bajar la cabeza y decir: «Padre, he pecado, perdona a tu pobre hijo culpable».

¿O es que no sabes, Judas, que el Padre está dispuesto a disculpar todo, si se pide perdón con corazón sincero y contrito, con corazón humilde y deseoso de resucitar al bien?

–           Pero ciertos delitos no deben perdonarse, no pueden ser perdonados.

–           Eso lo dices tú. Y hasta será verdad, si el hombre así lo quiere. Pero, en verdad, ¡Oh!, en verdad te digo que incluso después del Delito de los delitos, si el culpable corriera a los pies del Padre; se llama Padre por esto, Judas,

Y es Padre de perfección infinita. Y llorando, le suplicara que lo perdonase, ofreciéndose a la expiación, pero sin desesperación, el Padre le daría el modo de expiar para merecerse el perdón y salvar el espíritu.

–           Entonces dices que los hombres que la Escritura cita, y que se mataron, hicieron mal.

–           No es lícito hacer violencia a nadie, y tampoco uno a sí mismo. Hicieron mal. Conociendo relativamente el bien, habrán obtenido de Dios, en ciertos casos, misericordia.

Pero a partir de que el Verbo haya aclarado toda verdad y haya dado fuerza a los espíritus con su Espíritu, desde entonces, ya no le será concedido el perdón a quien muera desesperado.

Ni en el instante del juicio particular, ni, después de siglos de Gehena, en el Juicio Final, ni nunca. ¿Es dureza de Dios? No: justicia.

Dios dirá: «Tú, criatura dotada de razón y de sobrenatural ciencia, creada libre por Mí, decidiste seguir el sendero elegido por ti.

Y dijiste: ‘Dios no me perdona. Estoy separado para siempre de Él, Juzgo que debo aplicarme por mi mismo justicia por mi delito.

Dejo la vida para huir de los remordimientos’, sin pensar que ya no habrías sentido remordimientos si hubieras venido a mi seno paterno. Recibe eso mismo que has juzgado. No violento la libertad que te he dado».

Esto le dirá el Eterno al suicida.

Piénsalo, Judas. La vida es un don, y hay que amarla. ¿Y qué don es? Don santo. Así que ha de ser amada santamente. La vida dura mientras la carne resiste.

Luego empieza la Vida grande, la eterna Vida: de beatitud para los justos, de maldición para los no justos. La vida, ¿Es fin o es medio? Es medio. Sirve para el fin, que es la Eternidad.

Pues démosle entonces a la vida aquello que le haga falta para durar y servir al espíritu en su conquista:

Continencia de la carne en todos sus apetitos, en todos.

Continencia de la mente en todos sus deseos, en todos.

Continencia del corazón en todas las pasiones que saben a humano.

Sea, por el contrario, ilimitado el impulso hacia las pasiones celestes: amor a Dios y al prójimo, voluntad de servir a Dios y al prójimo, obediencia a la Palabra divina, heroísmo en el bien y en la virtud.

Yo te he respondido, Judas. ¿Estás convencido? ¿Te basta la explicación?

Sé siempre sincero y, si no sabes todavía bastante, pregunta; estoy aquí para ser Maestro.

–          He comprendido y me basta. Pero… es muy difícil llevar a la práctica lo que he comprendido.

Tú puedes porque eres santo. Pero yo… Soy un hombre, joven, lleno de vitalidad…

–         He venido para los hombres, Judas, no para los ángeles, que no tienen necesidad de maestro.

Los ángeles ven a Dios, viven en su Paraíso, no ignoran las pasiones de los hombres; porque la Inteligencia que es su Vida, los hace conocedores de todo, incluso a aquellos que no son custodios de un hombre.

Pero siendo espirituales, sólo pueden tener un pecado, como uno de ellos lo tuvo y arrastró consigo a los menos fuertes en la caridad: la soberbia;

flecha que afeó a Lucifer, el más hermoso de los arcángeles, e hizo de él el monstruo horripilante del Abismo.

No he venido para los ángeles (los cuales, después de la caída de Lucifer, se horrorizan incluso ante el espectro de un pensamiento de orgullo), sino que he venido para los hombres, para hacer de los hombres ángeles.

El hombre era la perfección de la creación. Tenía del ángel el espíritu, del animal la completa belleza en todas sus partes animales y morales; no había criatura que le igualara.

Era el rey de la Tierra, como Dios es el Rey del Cielo, y un día, el día en que él se hubiera dormido por última vez en la Tierra, iba a ser rey, con el Padre, en el Cielo.

Satanás ha arrancado las alas al ángel – hombre y, en su lugar, ha puesto garras de fiera y avidez de inmundicia y ha hecho de él un ser al que cuadra más el nombre de hombre – demonio, que el de hombre a secas.

Yo quiero borrar la deformación causada por Satanás, anular el hambre corrompida de la carne contaminada, devolverle las alas al hombre, llevarlo de nuevo a ser rey, coheredero del Padre y del Reino celeste.

Sé que el hombre, si quiere quererlo, puede llevar a cabo cuanto digo, para volver a ser rey y ángel. No os diría cosas que no pudierais hacer.  

Yo no soy uno de esos oradores que predican doctrinas imposibles. He tomado verdadera carne para poder saber, por experiencia de carne, cuáles son las tentaciones del hombre.

–          ¿Y los pecados?

–           Todos pueden ser tentados; pecador, sólo quien quiere serlo.

–          ¿No has pecado nunca, Jesús?

–          Nunca he querido pecar. Y ello no porque sea el Hijo del Padre, sino que es que lo he querido y lo querré, para mostrarle al hombre que el Hijo del hombre no pecó porque no quiso pecar y que el hombre, si no quiere, puede no pecar.

–          ¿Has sido tentado alguna vez?

–          Tengo treinta años, Judas, y no he vivido en una cueva de un monte, sino entre los hombres. Y aunque hubiera estado en el lugar más solitario de la Tierra ¿Tú crees que no habrían venido las tentaciones?

Todo lo tenemos en torno a nosotros: el bien y el mal. Todo lo llevamos con nosotros. Sobre el bien sopla el hálito de Dios y lo aviva como a turíbulo de gratos y sagrados inciensos.

Sobre el mal sopla Satanás y, encendiéndolo, lo transforma en hoguera de feroz lengua. Mas la voluntad atenta y la oración constante son húmeda arena sobre la llamarada de infierno: la sofocan y la extinguen.

–          Pero, si no has pecado jamás, ¿cómo puedes emitir tu juicio sobre los pecadores?   

–          Soy hombre y soy el Hijo de Dios. Cuanto podría ignorar como hombre, y juzgarlo mal, lo conozco y juzgo como Hijo de Dios.

Y, además… Judas, respóndeme a esta pregunta: uno que tiene hambre ¿sufre más cuando dice: «ahora me siento a la mesa», o cuando dice «no hay comida para mí»?

–          Sufre más en el segundo caso, porque sólo el saberse privado del alimento le trae a la memoria el olor de las viandas, y las vísceras se retuercen de deseo.

–          Exacto: la tentación es mordiente como este deseo, Judas. Satanás lo hace más agudo, exacto y seductor que cualquier acto cumplido.

Además, el acto satisface, y alguna vez nausea, mientras que la tentación no desaparece, sino que, como árbol podado, echa ramas cada vez más vigorosas.

–          ¿Y no has cedido nunca?

–          No he cedido nunca.

–          ¿Cómo lo has conseguido?

–          He dicho: «Padre, no me dejes caer en la tentación».

–          ¿Cómo? ¿Tú, Mesías, Tú, que obras milagros, has solicitado la ayuda del Padre?

–           No sólo la ayuda: le he pedido que no me deje caer en la tentación. ¿Tú crees que, porque Yo sea Yo, puedo prescindir del Padre? ¡Oh, no!

 En verdad te digo que el Padre le concede todo al Hijo, pero también el Hijo recibe todo del Padre. Y te digo que todo lo que se le pida al Padre en mi nombre será concedido.

«Más ya estamos cerca del Get Sammi, donde vivo.

 Ya se ven sus primeros olivos al otro lado de las murallas. Tú estás más allá de Tofet. Ya cae la noche. No te conviene subir hasta allá.

Nos veremos de nuevo mañana en el mismo lugar. Adiós. La paz sea contigo.

–           Paz a ti también, Maestro… Pero quisiera decirte aún una cosa. Te acompaño hasta el Cedrón, luego me vuelvo para atrás. ¿Por qué estás en ese lugar tan humilde? Ya sabes… la gente da importancia a muchas cosas.

¿No conoces en la ciudad a nadie que tenga una buena casa? Yo, si quieres, puedo llevarte donde algunos amigos. Te acogerán por amistad hacia mí.

Serían moradas más dignas de ti.

–          ¿Tú crees? Yo no lo creo. Lo digno y lo indigno están en todas las clases sociales. Y, no por carecer de caridad, sino para no faltar a la justicia, te digo que lo indigno (y maliciosamente indigno) se halla frecuentemente entre los grandes.

No hace falta ser poderoso para ser bueno, como tampoco sirve el ser poderoso para ocultar la acción pecaminosa a los ojos de Dios. Todo debe invertirse bajo mi Signo: no será grande el poderoso, sino el humilde y santo.

–          Pero, para ser respetado, para imponerse…

–         ¿Es respetado Herodes? Y César, ¿es respetado? No. Los labios y los corazones los soportan y maldicen.

Créeme, Judas, sobre los buenos, o incluso sobre los que están deseosos de bondad, sabré imponerme más con la modestia que con la grandiosidad.

–          Pero entonces… ¿Vas a despreciar siempre a los poderosos? ¡Te buscarás enemigos! Yo pensaba hablar de ti a muchos que conozco y que tienen un nombre…

–          No voy a despreciar a nadie. Iré tanto a los pobres como a los ricos, a los esclavos como a los reyes, a los puros como a los pecadores.

Pero si bien he de quedar agradecido a quien proporcione pan y techo a mis fatigas (cualesquiera que sean ese techo y ese alimento), verdad es que daré siempre preferencia a lo humilde;

los grandes tienen ya muchas satisfacciones, los pobres no tienen más que la recta conciencia, un amor fiel, e hijos, y el verse escuchados por la mayoría de ellos.

Yo siempre prestaré atención a los pobres, a los afligidos y a los pecadores. Te agradezco el buen deseo, pero déjame en este lugar de paz y oración. Ve, y que Dios te inspire lo recto.

Jesús deja al discípulo y se interna entre los olivos.

19 PRIMERA PREDICACIÓN EN EL TEMPLO


19 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús entra con Judas a su lado, en el recinto del Templo; pasa la primera terraza se detiene en un pórtico que rodea un amplio patio embaldosado con mármoles de colores distintos.

El lugar es muy bonito y está lleno de gente.

Jesús mira a su alrededor y ve un sitio que le gusta.

Pero antes de dirigirse a él, dice a Judas:

–          Llámame al responsable de este lugar. Debo presentarme para que no se diga que falto a las costumbres y al respeto.

Judas replica:

–          Maestro, Tú estás por encima de las costumbres. Nadie tiene más derecho que Tú a hablar en la Casa de Dios; Tú, su Mesías.

–          Yo eso lo sé y tú también lo sabes, pero ellos no. No he venido para escandalizar, como tampoco para enseñar a violar la Ley o las costumbres.

Antes bien, he venido justamente para enseñar respeto, humildad y obediencia; para hacer desaparecer los escándalos.

Por ello quiero pedir el permiso para hablar en nombre de Dios, haciéndome reconocer digno de ello por el responsable del lugar.

–           La otra vez no lo hiciste.

–           La otra vez me abrasaba el celo de la Casa de Dios, profanada por demasiadas cosas.

La otra vez Yo era el Hijo del Padre, el Heredero que en nombre del Padre y por amor de su Casa actuaba con la majestad que me es propia y que está por encima de magistrados y sacerdotes.

 Ahora soy el Maestro de Israel, y le enseño a Israel también esto.

Y además, Judas, ¿Tú crees que el discípulo es más que su Maestro?

–            No, Jesús.

–           ¿Y tú quién eres? ¿Y quién soy Yo?

–            Tú, el Maestro; yo, el discípulo.

–            Y entonces, si reconoces que son así las cosas, ¿Por qué quieres enseñar a tu Maestro? Ve y obedece. Yo obedezco a mi Padre, tú obedece a tu Maestro.

Condición primera del Hijo de Dios es ésta: obedecer sin discutir, pensando que el Padre sólo puede dar órdenes santas.

Condición primera del discípulo es obedecer a su Maestro, pensando que el Maestro sabe y sólo puede dar órdenes justas.

–              Es verdad. Perdona. Obedezco.

–              Perdono. Ve. Escucha, Judas, esta otra cosa: acuérdate de esto, recuérdalo siempre.

–             ¿Obedecer? Sí.

–             No. Recuerda que Yo fui respetuoso y humilde para con el Templo; para con el Templo, o sea, con las clases poderosas. Ve.

Judas lo mira pensativo, interrogativamente…

Pero no se atreve a preguntar nada más, y se va meditabundo.

Vuelve con un personaje solemnemente vestido.

–              Este es, Maestro, el magistrado.

–              La paz sea contigo. Solicito enseñar, entre los rabíes de Israel, a Israel.

–             ¿Eres rabí?

–            Lo soy.

–            ¿Quién fue tu maestro?

–            El Espíritu de Dios, que me habla con su sabiduría y me ilumina cada una de las palabras de los Textos Santos.

–           ¿Eres más que Hil.lel, Tú, que sin maestro afirmas que sabes toda doctrina? ¿Cómo puede uno formarse si no hay uno que le forme?

–           Como se formó David, pastorcito ignorante que llegó a ser rey poderoso y sabio por voluntad del Señor.

–           Tu nombre.

–           Jesús de José de Jacob, de la estirpe de David, y de María de Joaquín, de la estirpe de David y de Ana de Aarón.

María, la Virgen que casó en el Templo, porque era huérfana, el Sumo Sacerdote, según la ley de Israel.

–           ¿Quién lo prueba?

–           Todavía debe haber aquí levitas que se acuerden de ese hecho, coetáneos de Zacarías de la clase de Abías, pariente mío. Pregúntaselo a ellos, si dudas de mi sinceridad.

–            Te creo. ¿Pero quién me prueba que sepas enseñar?

–            Escúchame y podrás juzgar por ti mismo.

–            Si quieres puedes enseñar… Pero… ¿No eres nazareno?

–            Nací en Belén de Judá en tiempos del censo ordenado por el César. Proscritos a causa de disposiciones injustas, los hijos de David están por todas partes. Pero la estirpe es de Judá.

–            Ya sabes… los fariseos… toda Judea… respecto a Galilea…

–            Lo sé. No temas. En Belén vi la luz por primera vez, en Belén Efratá de donde viene mi estirpe; si ahora vivo en Galilea es sólo para que se cumpla lo que está escrito…

El magistrado se aleja unos metros acudiendo a una llamada.

Judas pregunta:

–            ¿Por qué no has dicho que eres el Mesías?

–            Mis palabras lo dirán.

–            ¿Qué es lo que está escrito y debe cumplirse?

–             La reunión de todo Israel bajo la enseñanza de la palabra del Cristo. Yo soy el Pastor de que hablan los Profetas y vengo a reunir a las ovejas de todas las regiones, a curar a las enfermas, a conducir al pasto bueno a las errantes.

Para mí no hay Judea o Galilea, Decápolis o Idumea. Sólo hay una cosa: el Amor que mira con un único ojo y une en un único abrazo para salvar…

Se le ve inspirado a Jesús. ¡Tanto sonríe a su sueño, que parece emanar destellos! Judas lo observa admirado.

Entre tanto, algunas personas curiosas, se han acercado a los dos, cuyo aspecto imponente y distinto en ambos, atrae e impresiona.

Jesús baja la mirada.

Sonríe a esta pequeña multitud con esa sonrisa suya cuya dulzura ningún pintor podrá nunca reflejar fidedignamente y ningún creyente que no la haya visto puede imaginar.

Y dice:

–          Venid, si os sentís deseosos de palabras eternas.

Se dirige hacia un arco del pórtico; bajo él, apoyado en una columna, empieza a hablar.

Toma como punto de partida lo que sucedió por la mañana.

–          Esta mañana, entrando en Sión, he visto que por pocos denarios dos hijos de Abraham estaban dispuestos a matarse.

Habría podido maldecirlos en nombre de Dios, porque Dios dice: «No matarás» y también afirma que quien no obedece a su ley será maldito.

Pero he tenido piedad de su ignorancia respecto al espíritu de la Ley y me he limitado a impedir el homicidio, para que puedan arrepentirse, conocer a Dios, servirle obedientemente, amando no sólo a quien los ama, sino también a los enemigos.

Sí, Israel. Un nuevo día surge para ti. Más luminoso se hace el precepto del amor. ¿Acaso empieza el año con el nebuloso Etanim, o con el triste Kisléu de jornadas más breves que un sueño y noches tan largas como una desgracia?

No, el año comienza con el florido, luminoso, alegre Nisán, cuando todo ríe y el corazón del hombre, aun el más pobre y triste, se abre a la esperanza;

porque llega el verano, la cosecha, el sol, la fruta; cuando dulce es dormir, incluso en un prado florecido, con las estrellas como candil; cuando es fácil alimentarse porque todo terrón produce hierba o fruto para el hambre del hombre.

Mira, Israel. Ha terminado el invierno, tiempo de espera. Ahora toca la alegría de la promesa que se cumple. El Pan y el Vino pronto se ofrecerán para saciar tu hambre. El Sol está entre vosotros.

Todo, ante este Sol, adquiere un respiro más dulce y amplio, incluso el precepto de nuestra Ley, el primero, el más santo entre los preceptos santos: ‘Ama a tu Dios y ama a tu prójimo».

En el marco de la luz relativa que hasta ahora te ha sido concedida, se te dijo — no habrías podido hacer más, porque sobre ti pesaba todavía la cólera de Dios por la culpa de Adán de falta de amor — se te dijo:

‘Ama a los que te aman y odia a tu enemigo».

 Pero era tu enemigo no sólo quien traspasaba las fronteras de tu patria, sino también el que te había faltado en privado, o que te parecía que hubiera faltado.

Si le pedimos a ABBA que su Presencia en nosotros ACTÚE, PARA AMAR A NUESTROS ENEMIGOS, ¡Seremos testigos de un portentoso Milagro, que nos ayudará a CRECER en el amor!

Así que el odio anidaba en todos los corazones, porque ¿Quién es el hombre que, queriendo o sin querer, no ofende al hermano? y ¿Quién el que llega a la vejez sin que le hayan ofendido?

Yo os digo: amad incluso a quien os ofende. Hacedlo pensando que Adán fue un prevaricador respecto a Dios y que por Adán todo hombre lo es y que no hay ninguno que pueda decir: «Yo no he ofendido a Dios».

Y sin embargo, Dios perdona no una sola vez, sino muchas, muchísimas, muchísimas veces. Y es prueba de ello la permanencia del hombre sobre la tierra.

Perdonad pues, como Dios perdona. Y, si no podéis hacerlo por amor hacia el hermano que os ha perjudicado,

hacedlo por amor a Dios, que os da pan y vida, que os tutela en las necesidades terrenas y ha orientado todo lo que sucede a procuraros la eterna paz en su seno.

Esta es la Ley nueva, la Ley de la primavera de Dios, del tiempo florecido de la Gracia que se ha hecho presente entre los hombres, del tiempo que os dará el Fruto sin igual que os abrirá las puertas del Cielo.

La voz que hablaba en el desierto no se oye, pero NO ESTÁ MUDA.

Habla todavía a Dios en favor de Israel y le habla todavía en el corazón a todo israelita recto.

Y dice: después de haberos enseñado: a hacer penitencia para preparar los caminos al Señor que viene; a tener caridad dando lo superfluo a quien no tiene ni siquiera lo necesario; a ser honestos no causando extorsiones o maltratando a nadie.

Jesús, Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros.

Os dice: «El Cordero de Dios, quien quita los pecados del mundo, quien os bautizará con el fuego del Espíritu Santo está entre vosotros; El limpiará su era, recogerá su trigo».

Sabed reconocer a Aquel que el Precursor os indica. Sus sufrimientos se elevan a Dios para procuraros luz. Ved.

Ábranse vuestros ojos espirituales. Conoceréis la Luz que viene.

Yo recojo la voz del Profeta que anuncia al Mesías y con el poder que me viene del Padre, la amplifico y añado mi poder.

Y os llamo a la verdad de la Ley. Preparad vuestros corazones a la gracia de la Redención cercana.

El Redentor está entre vosotros. Dichosos los dignos de ser redimidos por haber tenido buena voluntad.

La paz sea con vosotros.

Uno pregunta:

–          Hablas con tanta veneración del Bautista, que se diría que eres discípulo suyo. ¿Es así?

Jesús contesta:

–          Él me bautizó en las orillas del Jordán antes de que lo apresaran. Le venero porque él es santo a los ojos de Dios. En verdad os digo que entre los hijos de Abraham no hay ninguno que lo supere en gracia.

Desde su venida hasta su muerte, los ojos de Dios se habrán posado sin motivo de enojo sobre este bendito.

–          ¿Él te confirmó lo relativo al Mesías?

–           Su palabra, que no miente, señaló el Mesías vivo a los presentes.

–           ¿Dónde? ¿Cuándo?

–           Cuando llegó el momento de señalarlo.

Judas se siente en el deber de decir a diestra y siniestra:

–            El Mesías es el que os está hablando. Yo os lo testifico, yo que lo conozco y soy su primer discípulo.

–            ¡Él!… ¡Oh!…

La gente, atemorizada, se echa un poco hacia atrás.

Pero Jesús se muestra tan dulce, que vuelven a acercarse. 

Judas continúa con su proclama:

–             Pedidle algún milagro. Es poderoso. Cura. Lee los corazones. Da respuesta a todos los porqués. 

Uno solicita:

–             Intercede por mí, que estoy enfermo. El ojo derecho está muerto, el izquierdo se está secando..

–             Maestro.

–             Judas.  

Jesús, que estaba acariciando a una niña pequeña, se vuelve.

–            Maestro, este hombre está casi ciego y quiere ver. Le he dicho que Tú puedes curarlo.

–            Puedo para quien tiene fe.  

Jesús se vuelve hacia el enfermo y le pregunta:

.            Hombre, ¿Tienes fe?

–           Yo creo en el Dios de Israel. Vengo aquí para meterme en Bethesda, pero siempre hay uno que me precede.

–           ¿Puedes creer en Mí?

–            Si creo en el ángel de la piscina, ¿No voy a creer en Tí, de quien tu discípulo dice que eres el Mesías?

Jesús sonríe.

Se moja el dedo con saliva y roza apenas el ojo enfermo.

Luego pregunta:

–            ¿Qué ves?

–            Veo las cosas sin la niebla de antes. Y el otro, ¿No me lo curas?

Jesús sonríe de nuevo.

Vuelve a hacer lo mismo, esta vez con el ojo ciego.

–            ¿Qué ves? – le pregunta, levantando del párpado caído la yema del dedo.

–            ¡Ah, Señor de Israel, veo tan bien como cuando de niño corría por los prados! ¡Bendito Tú, eternamente!

El hombre llora postrado a los pies de Jesús.

–            Ve. Sé bueno ahora por gratitud hacia Dios.

Un levita, que había llegado cuando estaba concluyéndose el milagro…

Pregunta:

–             ¿Con qué facultad haces estas cosas?

–             ¿Tú me lo preguntas? Te lo diré, si me respondes a una pregunta. Según tu parecer, ¿Es más grande un profeta que profetiza al Mesías o el Mesías mismo?

–             ¡Qué pregunta! El Mesías es el más grande: ¡es el Redentor que el Altísimo ha prometido!

–             Entonces, ¿Por qué los profetas hicieron milagros? ¿Con qué facultad?

–             Con la facultad que Dios les daba para probar a las multitudes que Él estaba con ellos.

–             Pues bien, con esa misma facultad Yo hago milagros. Dios está conmigo, Yo estoy con Él. Yo les pruebo a las multitudes que es así y que el Mesías bien puede, con mayor razón y en mayor medida, lo que podían los profetas.

El levita se marcha pensativo y todo termina.

28 ISACC APÓSTOL PRIMICIA


28 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Apenas está amaneciendo en el fresco valle rumoroso, lleno de aguas que van hacia el sur entre saltos y espumas del pequeño torrente argentino, que asperja su frescura sobre los herbazales de las orillas.

Y pareciera como si su linfa subiese también por las pendientes, por el verdor de éstas.

Son las laderas esmeraldas de verde veteado que sube desde el nivel del suelo, a través de los matorrales y los arbustos del monte bajo, hasta las copas de los altos árboles.

Donde hay muchos nogales entre un bosque salpicado de zonas abiertas y rellanos exuberantes de pasto sano y nutritivo para el ganado.

Jesús desciende con los suyos y con los tres pastores, hacia el torrente.

Pacientemente se detiene cuando hay que esperar a una oveja que se queda rezagada…

O a uno de los pastores que debe ir por una cordera que se desvía.

Ahora es exactamente el Buen Pastor.

También Él se ha procurado una larga rama para apartar los ramajes de las móreas,  de los espinos y clemátides que salen al paso por todas partes, tratando de atrapar los vestidos.

Ello completa su figura de pastor.

Elías dice:

–    ¿Ves? Yuttá está allá arriba. Ahora cruzaremos el torrente; hay un vado por el que se puede pasar en verano, sin necesidad de recurrir al puente. Habría sido más breve venir por Hebrón, pero no has querido.

Jesús reponde:

–    No. A Hebrón después. Siempre primero, donde están los que sufren.

Los muertos ya no sufren, cuando son justos. Y Samuel era un justo.

Además, para los muertos que necesitan oraciones, no es necesario estar junto a sus huesos para ofrecerlas.

Los huesos, ¿Qué son? Prueba del poder de Dios, que con la tierra creó al hombre. Nada más.

También los animales tienen huesos, aunque su esqueleto es menos perfecto que el del hombre.

Sólo el hombre rey de la Creación tiene posición erecta, como rey que está por encima de sus súbditos.

Y su rostro mira recto y hacia arriba sin necesidad de torcer el cuello.

Hacia arriba, donde está la morada del Padre. Pero no son más que huesos, polvo que vuelve a ser polvo.

La Bondad eterna ha decidido reconstruirlos en el Día eterno para proporcionarles a los bienaventurados un gozo aún más vivo.

Pensad: no sólo los espíritus serán reunidos y se amarán como y mucho más que  en la Tierra; que incluso gozarán de volverse a ver con el aspecto que tuvieron en la Tierra:

los niños de pelo rizado y tiernos como los tuyos, Elías.

Los padres y las madres de un corazón y de un rostro todo amor como los vuestros, Leví y José.

Es más, para ti, José, significará el conocer por fin esos rostros cuya nostalgia sientes.

Ya no habrá huérfanos, ni viudos, entre los justos, allá arriba…

En cualquier parte se puede ofrecer sufragio por los muertos.

Es oración de un espíritu, por el espíritu de quien estaba con nosotros al Espíritu perfecto, que es Dios y que está en todas partes.

¡Oh, santa libertad de todo lo que es espiritual! Ni distancias, ni destierros, ni prisiones, ni sepulcros…

Nada que divida o encadene reduciendo a penosa impotencia lo que está fuera o por encima de las cadenas de la carne.

Vosotros vais, con la parte mejor de vosotros, a vuestras personas queridas; ellos, con su parte mejor, vienen a vosotros.

Y todo gira, con esta efusión de espíritus que se aman, en torno al Fulcro eterno, a Dios: Espíritu perfectísimo, Creador de todo cuanto fue, es y será.

Amor que os ama y os enseña a amar… Pero… hemos llegado al vado, creo.

Veo una fila de piedras que sobresale de la poca agua del fondo.

–     Sí, es aquél, Maestro.

En tiempo de crecida es una cascada rumorosa, ahora no es más que siete hilos de agua que ríen entre las seis voluminosas piedras del vado.

En efecto, seis piedras de gran tamaño, bastante regulares, están depositadas, a un poco más de un palmo de distancia entre sí, sobre el fondo del torrente,

Y el agua, que hasta este punto formaba un única cinta brillante, se separa en siete cintas menores dándose prisa en reunirse pasado el vado, en un único frescor que sigue su curso entre los cantos del fondo.

Los pastores vigilan el paso de las ovejas, de las cuales una parte pasa por encima de las piedras y otra parte prefiere meterse en el agua, de no más de un palmo de profundidad.

Y beber en esta diamantina ola que espuma y ríe.

Jesús pasa por las piedras y detrás de El los discípulos.

Continúan caminando por la otra margen del torrente.

Elías pregunta

–    ¿Me has dicho que quieres que Isaac sepa de tu Presencia, pero sin entrar en el pueblo?.

–    Sí, así lo deseo.

–    Entonces conviene que nos separemos.

Yo iré a verlo, Leví y José se quedarán con el rebaño y con vosotros. Subo por aquí. Tardaré menos.

Elías afronta la subida de la abrupta pendiente, hacia unas casas que arriba  muestran su blancura resplandeciendo al sol.

Llega ante las primeras casas, entra por una pequeña bocacalle entre casas y huertos. Continúa caminando algunas decenas de metros.

Tuerce y va a dar a una calle más ancha, que lo lleva a una plaza donde está todavía el mercado, donde  amas de casa y vendedores se desgañitan en torno a los árboles que dan sombra a la plaza.

Elías camina con seguridad hasta el punto en que la plaza vuelve a ser una calle bastante bonita, quizás la más bonita del pueblo.

En la esquina hay una mísera  habitación con la puerta abierta.

Casi en la entrada hay una cama de pobre aspecto y encima de ella un esquelético enfermo que gimiendo, pide un óbolo a todos los que pasan.

Elías entra como un cohete.

–    Isaac… soy yo.

–   ¿Tú? No te esperaba. Has venido la pasada luna.

–    Isaac… Isaac… ¿Sabes por qué he venido?

–    No lo sé… Estás emocionado… ¿Qué sucede?

–    He visto a Jesús de Nazaret, ya hombre y rabí. Ha venido a buscarme… Y quiere vernos.

¡Oh! ¡Isaac! ¿Te sientes mal?

Isaac parece desmayarse, pero toma nuevas fuerzas.

–    No. La noticia… ¿Dónde está? ¿Cómo es? ¡Oh, si pudiera verlo!

–    Está abajo, hacia el valle. Me manda a decirte  exactamente en estos términos: «Ven, Isaac, que quiero verte y bendecirte».

Ahora voy a llamar a alguien que me ayude a llevarte abajo.

–    ¿Ha dicho eso?

Isaac echa hacia arriba las cobijas, mueve las piernas inertes, las saca fuera del jergón…

Y las apoya con fuerza en el suelo.

Elías lo mira asombrado y dice:

–    Eso. Pero, ¿Qué haces?

–    Me pongo en camino.

Se levanta, aún un poco inseguro y tambaleante.

Todo en un instante, ante la mirada atónita de Elías…

Que acaba entendiendo y da un grito…

Se asoma una mujer curiosa, ve al enfermo en pie, cubriéndose — no tiene otra cosa — con una de las cobijas,

Y se echa a correr gritando como una gallina.

Isaac lo urge:

–    Vamos… vamos por aquí, para tardar menos y no toparnos con mucha gente… Rápido, Elías.

Y salen corriendo por la puertecita de un huertecillo posterior.

Empujan la puerta de ramas secas, están afuera; marchan rápidamente por una calleja miserable, luego abajo por un camino entre huertos.

Y continúan bajando, por los prados y arboledas, hasta el torrente.

Elías señala a un centenar de metros…

–    Allí está Jesús. Es Aquél alto, hermoso, rubio, vestido de blanco, con el manto rojo…

Isaac corre, abre el rebaño que pace… 

Y con un grito de triunfo, de alegría, de adoración, se postra a los pies de Jesús.

Que dice sonriente:

–    Levántate, Isaac. He venido a traerte paz y bendición.

Levántate, que quiero saber cómo es tu rostro.

Pero Isaac no puede levantarse. Han sido demasiadas emociones juntas.

Se queda, con su feliz llanto, contra el suelo.

–    Has venido inmediatamente. No te has preguntado si podías…

–   Tú me has dicho que viniera… Y he venido.

Elías interviene:

–    Ni siquiera ha cerrado la puerta, ni ha recogido las limosnas, Maestro.

–    No importa. Los ángeles estarán en su casa vigilando. ¿Estás contento, Isaac?

–    ¡Oh, Señor!

–    Llámame Maestro.

–    Sí, Señor, Maestro mío. Aunque no estuviera curado, me habría sentido dichoso de verte.

¿Cómo he podido obtener de Tí tanta gracia?

–    Por tu fe y paciencia, Isaac. Sé lo que has sufrido…

–    ¡Nada, nada! ¡Ya nada! ¡Te he encontrado a Tí! ¡Vives! ¡Existes! Esto sí que es real…

Lo demás, todo lo demás, pertenece al pasado. Pero, Señor y Maestro, ahora ya no te vas, ¿Verdad?.

–    Isaac, tengo todo Israel que evangelizar. Yo parto…

Pero, si bien es cierto que no puedo quedarme, tú sí me puedes servir y seguir. ¿Quieres ser mi discípulo, Isaac?

–   ¡No voy a servir!

–   ¿Sabrás confesar mi presencia en el mundo? ¿Confesarlo contra las burlas y las amenazas?

¿Y decir que Yo te he llamado y has venido?

–    Aunque Tú no quisieras, diría todo eso. En esto te desobedecería, Maestro. Perdona que lo diga.

Jesús sonríe.

–    ¿Ves cómo eres capaz de ser discípulo?

Isaac es un hombre que tiene alrededor de cincuenta y cinco años. 

Y dice:

–    ¡Oh, si sólo es para hacer esto!…

Creía que era más difícil, que se necesitase ir a aprender con los rabíes para servirte a Tí, Rabí de los rabíes… E ir a aprender cuando se es anciano…

–    Tú ya has aprendido todo lo que se enseña en una escuela, Isaac.

–    ¿Yo? No.

–    Tú, sí. ¿No has seguido creyendo y amando, respetando y bendiciendo a Dios y al prójimo, evitando tener envidias, o desear lo ajeno, e incluso lo que era tuyo y ya no tenías?

¿No has seguido diciendo sólo la verdad, aunque ello te perjudicase?

¿No has evitado fornicar con Satanás cometiendo pecados? ¿No has hecho todo esto en estos treinta años de desventura?

–    Sí, Maestro.

–   ¿Ves? Ya has concluido los estudios. Sigue así y añade la manifestación de mi presencia en el mundo. No hay nada más que hacer.

–    Ya te he predicado. Señor Jesús.

A los niños que se acercaban cuando sin apenas poder sostenerme en pie, llegué a este pueblo.

Pidiendo un pan y haciendo todavía algunos trabajos de esquilador o haciendo productos lácteos.

Y luego, cuando venían alrededor de mi cama, cuando ya la enfermedad se había hecho fuerte y me había aniquilado desde la cintura para abajo.

Les hablaba de ti a los niños de entonces y a los niños de ahora, hijos de aquellos…

Los niños son buenos y creen siempre…

Hablaba de cuándo habías nacido… de los ángeles… de la Estrella y de los Magos…

Y de tu Madre…

¡Dime!: ¿Vive?

–    Vive y te envía saludos. Siempre hablaba de vosotros.

–    ¡Quién pudiera verla!

–    La verás. Irás un día a mi casa. María te saludará con la palabra «amigo».

–    María… sí. Decir ese nombre es como tener miel en la boca…

Hay una mujer en Yuttá, ahora es ya mujer madre desde hace poco de su cuarto hijo, que entonces era una niña, una de mis pequeñas amigas…

Bueno, pues a sus hijos les ha puesto por nombre: María y José a los dos primeros.

Y no atreviéndose a llamar al tercero Jesús, lo ha llamado Emmanuel, como signo de bendición para sí misma, para su casa y para Israel.

Y está pensando en qué nombre ponerle al cuarto, que ha nacido hace seis días.

¡Ah, cuando sepa que estoy curado, y que Tú estás aquí!… Buena como el pan hecho por la propia madre es Sara e igualmente Joaquín, su esposo.

¿Y sus familiares? Por ellos estoy vivo. Siempre me han dado posada y me han ayudado.

–    Vamos adonde ellos a pedir alojamiento para las horas de sol y llevarles bendición por su caridad.

–    Por aquí, Maestro. Más cómodo para el rebaño y más oportuno para pasar desapercibido a la gente, que ciertamente está agitada.

La anciana que me ha visto ponerme en pie, ya debe haber hablado.

Siguen el torrente; lo dejan más al sur para tomar un sendero en subida más bien pronunciada a lo largo de un espolón del monte en forma de quilla de nave. 

Ahora el torrente va en dirección contraria a quien sube; discurre en el fondo, entre dos cadenas montañosas que se entrecruzan formando un valle accidentado y hermoso.

Llegan hasta una tapia sin argamasa que delimita la propiedad que desciende bruscamente hacia el valle.

Está rodeada por los prados con los manzanos, las higueras y los nogales.

Ahí está la casa blanca grande, con su ala saliente que protege la escalera formando un pórtico y mirador.

Sobresale la pequeña cúpula en la parte más alta y el huerto-jardín con el pozo, la pérgola, los cuadros…

Un gran murmullo sale de la casa.

Isaac se adelanta, entra llamando con fuerte voz:

–      ¡María, José, Emmanuel! ¿Dónde estáis? Venid aquí con Jesús.

Acuden tres críos: una niña de casi cinco años y dos niños de los cuatro a los dos, el último todavía con el paso un poco inseguro.

Se quedan con la boca abierta ante el… ‘resucitado‘.

Luego la niña grita:

–    ¡Isaac! ¡Mamá! ¡Isaac está aquí! ¡Es verdad lo que ha visto Judit!

De una habitación donde hay gran murmullo de voces, sale una mujer.

Es la madre de lozano aspecto, morena, alta, exuberante, hermosa toda con sus vestidos de fiesta:

Trae un vestido de cándido lino, como una rica túnica, que desciende hasta los tobillos formando pliegues.

Y que está ceñida a las caderas por un chal de rayas multicolores que pende con flecos hasta la rodilla, por detrás.

Ella lo mira asombrada, diciendo:

–     ¡Isaac! ¿Pero cómo es posible? Judit… Creía que el sol le había hecho perder la cabeza… ¡Andas!… ¿Qué sucedió?

–     ¡El Salvador! ¡Oh! ¡Sara! ¡Él es ya una realidad y ha venido!

–    ¿Quién? ¿Jesús de Nazaret? ¿Dónde está?

–     ¡Allí, detrás del nogal! ¡Y dice que si lo puedes recibir!

–     ¡Joaquín! ¡Madre! ¡Todos! ¡Venid! ¡Está aquí el Mesías!

Salen todos corriendo: mujeres, hombres, muchachos, niños; salen dando gritos, chillando…

Pero, al ver a Jesús, alto y majestuoso, pierden toda vehemencia y quedan como petrificados.

Jesús saluda:

–      Paz a esta casa y a todos vosotros, la paz y la bendición de Dios

Jesús se dirige despacio, sonriente, hacia el grupo de personas:  

–     Amigos, ¿queréis recibir en vuestra casa al Viandante? – y sonríe aún más.

Su sonrisa vence los temores.

El esposo tiene el valor de hablar:

–     Entra, Mesías. Si te hemos amado sin conocerte, más te amaremos conociéndote.

La casa hoy está de fiesta por tres cosas: por Tí, por Isaac y por la circuncisión de mi tercer hijo varón. Bendícelo, Maestro.

¡Mujer, trae al niño! Entra, Señor.

Entran en una estancia adornada para fiesta: mesas, viandas, alfombras y ramilletes por todas partes.

Vuelve Sara con un recién nacido en los brazos y se lo presenta a Jesús.

–     Dios esté con él, siempre. ¿Qué nombre tiene?

–     Ninguno. Ésta es María, éste es José, éste es Emmanuel, éste… no tiene nombre todavía…

Jesús mira fijamente a los dos esposos, uno al lado del otro.

Sonríe diciendo:

–    Pensad un nombre, si hoy debe ser circuncidado…

Los dos se miran, lo miran, abren los labios, los cierran sin decir nada.

Todos están atentos.

Jesús insiste:

–    Muchos nombres grandes, dulces, benditos, tiene la historia de Israel más dulces y benditos ya han sido puestos, pero quizás quede todavía alguno.

A una voz los dos esposos exclaman:

–    ¡El tuyo, Señor!

Y la esposa añade:  

–    Pero es demasiado santo…

Jesús sonríe y pregunta:

–   ¿Cuándo se le circuncida?.

–    Estamos esperando al que lo hace.

–    Estaré presente en la ceremonia.

Bien, antes de nada os doy las gracias por mi Isaac. Ahora ya no tiene necesidad de los buenos, pero los buenos siguen teniendo necesidad de Dios.

Llamasteis al tercero «Dios con nosotros».  A Dios lo tuvisteis desde que tuvisteis caridad con mi siervo.

Benditos seáis. En la Tierra y en el Cielo será recordada vuestra acción.

–    ¿Isaac se va ahora? ¿Nos deja?

–    ¿Os duele? Él debe servir a su Maestro. No obstante, volverá, y Yo también vendré.

Vosotros, entre tanto, hablaréis del Mesías… ¡Hay tanto que decir para convencer al mundo!… 

José el esposo, señala:

–    Llega la persona que esperábamos.

Entra un personaje pomposo con un sirviente.

Hay saludos y reverencias.

El hombre pregunta con altiva gravedad:

–   ¿Dónde está el niño?

Joaquín el esposo, señala:

–    Aquí está. Pero antes saluda al Mesías, está aquí.

–    ¿El Mesías?… ¿El que ha curado a Isaac? Ya, ya lo sé.

Hablaremos de esto en otro momento. Tengo mucha prisa. Rápido, el niño y su nombre.

Los presentes se sienten desconcertados por los modales del hombre.

Jesús, sin embargo, sonríe como si los desaires no tuvieran que ver con Él.

Toma al pequeñuelo, le toca en la frente con sus hermosos dedos, como para consagrarlo.

Y dice:

–    Su nombre es Iesaí

Y se lo vuelve a dar al padre; el cual, con el hombre soberbio y con otros, va a una habitación cercana.

Jesús se queda dónde está, hasta que regresan con el infante, que viene chillando desesperadamente.

Jesús, para consolar a la angustiada madre dice:

–   Dame al pequeñuelo, mujer. Dejará de llorar.

El niño, cuando es depositado en las rodillas de Jesús, efectivamente se calla. 

Jesús forma un grupo aparte, con todos los niños alrededor. 

Enseguida se agregan los pastores y los discípulos.

Afuera se oye balar a las ovejas, Elías las ha metido en el aprisco.

En la casa hay rumor de fiesta.

Traen dulces y bebidas a Jesús y a los suyos.

Pero Jesús distribuye éstas entre los pequeños.

Joaquín pregunta:

–   ¿No bebes Maestro? ¿No lo aceptas? Te lo damos de corazón.

–   Lo sé, Joaquín, y lo acepto de corazón.

Pero déjame que primero dé gusto a los pequeñuelos; ellos constituyen mi alegría…

Isaac interviene:

–    No hagas caso de ese hombre, Maestro.

–    No, Isaac. Ruego porque vea la Luz.

Jesús se vuelve hacia su predilecto:

–   Juan, lleva a los dos niños a ver las ovejas. 

Y a la niña mayor le dice:

–    Y tú, María, acércate más y dime:

 –   ¿Quién soy Yo?

Ella dice muy solemne:

–     Tú eres Jesús, Hijo de María de Nazaret, nacido en Belén.

Isaac te vio y me puso el nombre de tu Mamá para que yo fuera buena.

–     Tienes que ser buena como el ángel de Dios.

Más pura que una azucena florecida en las altas cumbres, pía como el levita más santo, para imitarla. ¿Lo serás?

–    Sí, Jesús.

Judas la corrige:

–    Di «Maestro» o «Señor», niña.

Jesús declara:

–    Deja que me llame con mi Nombre, Judas. Sólo pasando por labios inocentes no pierde el sonido que tiene en los labios de mi Madre.

Todos, en los siglos futuros pronunciarán ese Nombre, pero unos por un interés, otros por otro… y muchos para hacerlo objeto de blasfemia.

Sólo los inocentes, sin cálculo y sin odio, lo pronunciarán con amor semejante al de esta pequeña y al de mi Madre.

Incluso los pecadores, sintiéndose necesitados de piedad, me invocarán.

¡Sin embargo, mi Madre y los niños…!

¿Por qué me llamas Jesús? – pregunta, acariciando a la pequeña.

La niña levanta su carita, abraza sus rodillas y…

responde riendo:

–    Porque te quiero… como a mi padre, a mamá y a mis hermanitos.

Jesús se inclina y la besa…

(Esta cronología continúa el 03 de Agosto)