Archivos diarios: 25/07/20

22 REGRESO A BELÉN


22 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

La mañana siguiente,  Jesús pasea con Judas Iscariote de arriba abajo; cerca de una de las puertas del recinto del Templo.

Judas pregunta:

–      ¿Estás seguro de que vendrá?

Jesús responde:

–       Lo estoy. Al alba salió de Betania y en Get-Sammi debía encontrarse con mi primer discípulo.

Jesús se detiene y mira fijamente a Judas.

Lo tiene frente a Sí. Lo estudia.

Después le pone una mano sobre la espalda y le pregunta:

–       Judas,  ¿Por qué no me dices lo que estás pensando?

Judas se sorprende:

–       ¡Quée!… no pienso en nada en especial en este momento, Maestro. Pienso que hasta te hago demasiadas preguntas. No puedes lamentarte de mí mutismo.

–       Es verdad. Me haces muchas preguntas y me das muchas noticias. Pero no me abres tu corazón.¿Crees que me interesan mucho las noticias sobre el censo o sobre la estructura de esta o aquella familia?

No soy un ocioso que haya venido aquí a pasar el tiempo. Tú sabes para que vine. Y puedes comprender bien que lo que para Mí tiene el mayor interés, es el ser Maestro de mis discípulos.

Por eso exijo de ellos, sinceridad y confianza. ¿Te amaba tu padre, Judas?

–         Me amaba mucho. Era yo su orgullo. Cuando regresaba de la escuela y años después, cuando regresaba de Jerusalén a Keriot, quería que le dijera todo.

Se interesaba en todo lo que hacía. Si había cosas buenas, se alegraba. Si no lo eran tanto, me consolaba.

Y si había cometido algún error y me habían reprendido, me mostraba la justicia de la reprensión o en donde estaba mal lo que yo había hecho.

Pero lo hacía tan dulcemente… que más que un padre, parecía un hermano mayor. Casi siempre terminaba de este modo: “Esto te digo, porque quiero que mi Judas sea un justo. Quisiera ser bendecido a través de mi hijo.”

Judas está tiernamente conmovido por la evocación de su padre.

Jesús que ha estado mirando atentamente a su discípulo, dice:

–        Mira Judas. Puedes estar seguro de todo lo que te digo. Nada hará más feliz a tu padre, que el que seas un discípulo fiel.

El espíritu de tu padre se regocijará allí donde está, en espera de la luz; porque así te educó; al ver que eres mi discípulo.

Más para que lo seas verdaderamente, debes decirte: “El padre que parecía un hermano mayor, lo he encontrado en mi Jesús.

Y a Él, igual que el padre amado al que todavía lloro; le diré todo para que sea mi guía. Para tener sus bendiciones y sus dulces reproches.”

Quiera el Eterno y tú sobre todo, hacer que Jesús no tenga otra cosa que decirte: “Eres bueno. Te bendigo.”

Judas exclama impulsivo:

–         ¡Oh, sí! ¡Sí, Jesús; sí! Si me llegas a amar tanto como él; podré ser bueno como Tú quieres y como mi padre quería. Mi padre podrá sacar aquella espina de su corazón.

Pues él siempre me mimaba mucho y me decía: “Estás sin guía, hijo y te hace mucha falta.” ¡Cuándo sepa que te tengo a Ti!

–         Te amaré como ningún otro hombre sería capaz. Te amaré tanto…Mucho te amaré. No me desengañes.

–         No, Maestro, no. Sé que estoy lleno de contradicciones. Envidias, celos, manías de ser el primero en todo. La carne me arrastra.

Todo choca dentro de mí contra los impulsos buenos. Todavía hace poco, me causaste mucho dolor. Mejor dicho… Tú no. Me lo causó mi naturaleza malvada.

Pensaba que yo era tu primer discípulo… Y Tú me dijiste que tienes a otro.

–       Tú lo viste. ¿No recuerdas que en la Pascua, estaba Yo en el Templo con unos Galileos?

–       Pensé que eran tus amigos. Creí que yo era el primer elegido para esto y con ello, el predilecto.

–         En mi corazón no hay distinción entre los últimos y los primeros. Si el primero faltase y el último fuese santo; entonces sí que a los ojos de Dios habrá distinción.

Pero Yo… Yo los amaré igual: con un amor de dicha al santo y con un amor que sufre al pecador. Pero…

Jesús se interrumpe y exclama con alegría:

–         ¡Oh! Ahí viene Juan con Simón. Juan es mi primero y Simón es el que estaba enfermo.

Judas hace un mohín y dice:

–        ¡Ah! ¡El leproso! Lo recuerdo. ¿Y ya es tu discípulo?

–         Desde el día siguiente.

–         ¿Y por qué yo tuve que esperar tanto?

–         ¿Judas?…

–         Es verdad. Perdón.

Cuando llegan, Juan y Jesús se saludan con un beso mutuo.

Simón se  postra a los pies de Jesús, besándolos y diciendo:

–        ¡Gloria a mi Salvador! Bendice a tu siervo para que sus acciones sean santas a los ojos de Dios y yo le dé gloria por haberme dado a Ti.

Jesús le pone las manos sobre la cabeza y le dice:

–        Sí. Te bendigo para agradecerte tu trabajo. Levántate Simón. ¡Éste es el nuevo discípulo! También él quiere la Verdad. Y por esto es un hermano para todos vosotros.

Se saludan entre sí. Los dos judíos con mutuo escudriño. Juan con franqueza.

Jesús pregunta:

–       ¿Estás cansado, Simón?

Simón sonríe:

–        No, Maestro. Junto con la salud me ha venido tal fuerza, como no la había tenido antes.

–        Y sé que la usas bien. He hablado con muchos y sé lo que han trabajado a favor del Mesías.

Simón ríe contento y dice:

–         Ayer hablé de Ti a un israelita honrado. Espero que un día lo conocerás. Quiero ser yo quién te lleve a él.

–         No es imposible.

Judas interrumpe:

–         Maestro, me prometiste venir conmigo a Judea.

–         Iré. Simón continuará instruyendo a la gente sobre mi venida. Amigos, el tiempo es breve y la gente es mucha. Ahora voy con Simón.

Al atardecer nos encontraremos en el camino del Monte de los Olivos y distribuiremos el dinero a los pobres. ¡Id!

En su interior, Judas está renuente a separarse de Jesús; pero obedece con prontitud.

Y dice:

–           Vamos, Juan.

Y los dos apóstoles más jóvenes, se alejan alegremente.

Cuando Jesús queda solo con Simón, le pregunta:

–        ¿Esa persona de Betania, es un verdadero israelita?

–        Lo es. Existen en él, todas las ideas imperantes; pero tiene verdadera ansia por el Mesías.

Y cuando le dije: “Él está entre nosotros” me contestó: “Feliz de mí, que vivo en estos tiempos.”

–        Algún día iremos a su casa, a llevarle mi bendición. ¿Qué te parece el nuevo discípulo?

–        Se ve que es muy joven y parece inteligente.

–        Lo es. Tú que también eres judío; lo comprenderás y lo compadecerás más que los otros, por sus ideas.

–        ¿Es un deseo o una orden?

–        Es una dulce orden. Tú que has sufrido, puedes tener mayor comprensión. El dolor es maestro de muchas cosas.

–         Porque Tú me lo mandas, seré para él comprensión.

–         Así es. Probablemente mi Pedro y no tan solo él; se admirará un poco de cómo cuido y me preocupo más por este discípulo. Pero algún día lo entenderán…

Cuando uno no ha madurado en su formación, tiene más necesidad de cuidado. Los demás… ¡Oh! Los otros se formarán por sí mismos, tan sólo por el contacto. No quiero hacer todo Yo.

Pido la voluntad del hombre y la ayuda de los demás, para formar a un hombre. Os llamo para que me ayudéis… Y agradezco mucho la ayuda.

–        Maestro, ¿Te imaginas que él te proporcionará desilusiones?

–        No. Pero es joven y se formado en el Templo y en Jerusalén.

–        Oh! Cerca de Ti, se curará de todos los vicios de esta ciudad… Estoy seguro.

Jesús murmura:

–        Así sea.

Y luego dice con voz más fuerte:

–        Ven conmigo al Templo. Evangelizaré al Pueblo…

Y se van juntos.

Al día siguiente.

Al rayar el alba, Jesús está con Juan, Simón y Judas, en la cocina de la casita.

Y les dice:

–      Amigos. Os ruego que vengáis conmigo por la Judea. Si no os cuesta mucho. Sobre todo a ti, Simón.

El apóstol le pregunta:

–     ¿Porqué, Maestro?

Jesús contesta:

–     El camino es muy duro por los montes de Judea y tal vez para ti sea más duro si te encuentras con algunos de los que te hicieron daño.

–     Por lo que toca al camino, me siento fuerte y no siento ninguna fatiga. Mucho menos si voy contigo. Por lo que toca a quién me dañó… el odio cayó junto con las escamas de la lepra.

Y no sé, créemelo; en qué has hecho el mayor milagro, si al curarme la carne corroída o el alma que ardía con el rencor. Pienso que no me equivoco si afirmo, que el milagro más grande fue en el alma.

Una llaga del espíritu, no se cura tan fácilmente.

Y Tú me has curado de un golpe, en una forma completa.  

El hombre no se cura de un hábito moral, si Tú no aniquilas ese hábito con tu querer santificante. Aunque uno lo quiera hacer con todas sus fuerzas.

–     No te equivocas al juzgar así.

Judas pregunta un poco resentido:

–    ¿Por qué no lo haces así con todos?

Juan pone una mano sobre el brazo de Judas y le dice cariñoso:

–     Lo hace, Judas. ¿Por qué le hablas así al Maestro? ¿No te sientes cambiado, desde que estás con Él?

Yo era discípulo de Juan el Bautista; pero me siento totalmente cambiado, desde que Él me dijo: ‘Ven’

Y mirando a Jesús agrega:

–     Perdón, Maestro. Hablé en tu lugar. Es que no quiero que Judas te cause ningún dolor.

Jesús lo tranquiliza:

–       Está bien, Juan. No me ha causado ninguna pena como discípulo. Cuando lo sea, si continúa con su modo de pensar, me causará dolor.

Vendrá un día en que tendréis la Sabiduría, con su Espíritu… entonces podréis juzgar justamente.

Judas pregunta:

–        ¿Y todos podremos juzgar justamente?

–       No, Judas.

–       ¿Pero hablas de nosotros los discípulos o de todos los hombres?

–       Hablo refiriéndome primero a vosotros y después a los demás. Cuando llegue la hora; el Maestro instituirá discípulos y los enviará por el mundo…

–       ¿No lo estás haciendo ya?…

–       Por ahora no os empleo más que para que digáis: “El Mesías está aquí. Venid a Él.”

Entonces os haré capaces de que prediquéis en mi Nombre y que hagáis milagros en mi Nombre…

–      ¡Oh! ¿También milagros?

–      Sí. En los cuerpos y también en las almas.

Judas  está feliz ante la idea y exclama gozoso:

–      ¡Oh! ¡Cómo nos admirarán!

Juan mira pensativamente a Jesús y su cara se nubla con un gesto de dolor.

Luego dice con un dejo de tristeza en la voz:

–       Entonces ya no estaremos más con el Maestro.

Y yo tendré temor de hacer lo que es de Dios, a mi manera de hombre.

Simón dice:

–      Juan, si el Maestro lo permite, me gustaría decirte lo que pienso.

Jesús contesta:

–      Díselo a Juan. Deseo que mutuamente os aconsejéis.

–      Ya sabes que es un consejo.

Jesús sonríe y calla.

Simón le dice a Juan:

–      Creo que no debes y no debemos temer. Si nos apoyamos en la sabiduría del Maestro Santo y en su promesa. Si Él dice: “Os enviaré”.

Y promete vestir nuestra miseria intelectual, con los rayos de la potencia que el Padre le da para nosotros, debemos estar seguros que lo hará y que lo podremos hacer, por su infinita misericordia.

Todo saldrá bien, si no introducimos el orgullo, el deseo humano en nuestro obrar. Pienso que si corrompemos nuestra misión, que es del todo espiritual, con elementos que son terrenales,

entonces la promesa de Cristo se depreciará; no por incapacidad suya, sino porque nosotros la rebajaremos con nuestra soberbia. No sé si me explico bien…

Judas le dice:

–      Lo has hecho muy bien. Yo me equivoqué. Pero sabes… Pienso que en el fondo desear ser admirados como discípulos del Mesías, es porque somos suyos a tal punto, que haremos lo que Él hace.

Y todo proviene de aumentar más la figura poderosa de Él entre el pueblo. ¡Alabanzas al Maestro que tiene tales discípulos! Esto es lo que quería decir yo.

Simón le contesta:

–       No es todo error lo que dices. Pero, mira Judas. Provengo de una casta que es perseguida por haber entendido mal lo que es el Mesías.

Si lo hubiésemos esperado con una justa visión de su Ser, no habríamos caído en errores que son blasfemias a la Verdad y rebelión contra la ley de Roma. Por lo cual tanto Dios, como Roma; nos han castigado.

Hemos querido ver en el Mesías, sólo a un hombre conquistador y a un libertador humano de Israel. A un nuevo líder y más grande que el héroe, Judas Macabeo. Sólo esto y ¿Por qué?

Porque cuidábamos más de nuestros intereses; de la patria y de los ciudadanos, que de Dios. ¡Oh! El amar la  patria es una cosa santa; pero ¡Qué es frente el Cielo eterno! La patria verdadera es la celestial.

Cuando fui perseguido y anduve fugitivo, me escondía en las cuevas de las bestias. Compartía con ellas el lecho y la comida, para escapar de los romanos y sobre todo, de las delaciones de falsos amigos.

También cuando en espera de la muerte, probé el olor del sepulcro en mi cueva de leproso… ¡Cuánto he pensado y he visto! He visto con el espíritu, la figura verdadera tuya, Maestro y Rey del espíritu.

La tuya, ¡Oh, Mesías! Hijo del Padre que llevas al Padre y no a los palacios de polvo; no a las deidades de fango. ¡Tú! ¡A Ti! ¡Oh, me es fácil seguirte!

Perdona mi entusiasmo que se explaya de este modo, porque te veo cómo te había imaginado. Te reconocí inmediatamente, porque mi alma ya te había conocido…

Jesús sonríe y contesta:

–       Por esto te llamé. Y por eso te llevo conmigo, ahora en mi primer viaje a Judea. Quiero que completes el reconocimiento.

Y quiero que también éstos jóvenes, aprendan a ser capaces como tú, de llegar a la verdad por medio de una meditación constante.

Y sepan cómo su Maestro ha llegado a esta hora. Después entenderéis. Hemos llegado ya a la Torre de David. La Puerta Oriental está cerca.

Judas pregunta:

–      ¿Saldremos por ella?

–       Sí, Judas. Primero iremos a Belén. Allí nací. Es bueno que lo sepáis, para que lo digáis a los demás. También esto entra en el conocimiento del Mesías y de la Escritura.

Encontraréis las profecías escritas en las cosas, con voces que no pertenecen más a la Profecía, sino a la historia. Daremos la vuelta, donde están los palacios de Herodes.

Judas dice:

–        Donde vive la vieja zorra, malvada y lujuriosa.

Jesús advierte:

–       No juzguéis. Sólo Dios es Quién juzga. Vayamos por aquella vereda, entre las hortalizas, nos cobijaremos bajo la sombra de un árbol, cerca de algún lugar hospitalario hasta que el sol deje de quemar.

Después…

Jesús continúa instruyendo…

Y emprenden la marcha hacia Belén.

21 DOS POLOS OPUESTOS


21 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús camina hacia la baja y blanca casa que hay en medio del olivar.

Un jovencito que trae utensilios de jardinería, lo saluda:

–     Dios sea contigo, Rabí. Tu discípulo Juan ha venido, pero se ha vuelto a marchar, a buscarte.

–    ¿Hace mucho?

–     No, acaba de cruzar aquel sendero. Creíamos que vendrías por la parte de Betania…

Jesús se encamina ligero, da la vuelta a una prominencia del terreno y ve a Juan bajando casi corriendo hacia la ciudad.

Lo llama.

El discípulo se vuelve con el rostro iluminado por la alegría, regresa corriendo y

Grita:

–    ¡Maestro mío!

Jesús le abre los brazos y los dos se abrazan afectuosamente. 

Juan dice:

–      Venía a buscarte… Creíamos que habías estado en Betania, como dijiste.

Jesús informa:

–      Sí. Eso quería. Tengo que empezar también a evangelizar los alrededores de Jerusalén. Pero después me he entretenido en la ciudad… para instruir a un nuevo discípulo.

–      Maestro, todo lo que Tú haces está bien hecho y sale bien. ¿Lo ves? También esta vez nos hemos encontrado enseguida.

Los dos caminan.

Jesús tiene un brazo sobre los hombros de Juan, el cual siendo más bajo, mira a Jesús de abajo arriba, feliz de esa intimidad.

Vuelven así hacia la casita.

–      ¿Hace mucho que has venido?

–       No, Maestro. Con el alba he salido de Docco, junto con Simón; ya le he dicho lo que querías.

Después nos detuvimos un tiempo en los campos de los alrededores de Betania, compartiendo la comida y hablando de Tí a campesinos que hemos encontrado por allí.

Cuando el fuego del sol ha disminuido, nos hemos separado.

Simón ha ido a ver a un amigo suyo al que también quiere hablar de ti: es el dueño de casi toda Betania. Él ya lo conocía cuando aún vivían sus respectivos padres.

Mañana viene aquí Simón. Me ha encargado decirte que se siente feliz de estar a tu servicio. Simón es muy competente.

Quisiera ser como él, pero soy un muchacho ignorante.

–      No, Juan. Tú también haces muy bien las cosas.

–     ¿Te sientes realmente contento de tu pobre Juan?

–      Muy contento, Juan mío. Mucho.

–      ¡Maestro mío!

Juan se inclina con ímpetu a tomar la mano de Jesús y la besa. Y se la pasa por la cara como una caricia.

Han llegado ya a la casa. Entran en la cocina baja y humosa.

Jonás el dueño, los saluda:

–       La paz sea contigo. 

Jesús responde:

–       Paz a esta casa a ti y a quien vive contigo. Viene conmigo un discípulo.

–       Habrá pan y aceite también para él.

Juan dice:

–       He traído pescado seco que me dieron Santiago y Pedro. Al pasar por Nazaret, tu Madre me ha dado pan y miel para Tí. He caminado sin detenerme, pero de todas formas estará duro.

–        No importa, Juan. Tendrá el sabor de las manos de mi Madre.

Juan extrae sus tesoros de la bolsa que había dejado en un rincón y empieza a preparar el pescado seco:

lo mojan unos instantes en agua caliente, después lo untan y lo asan directamente sobre el fuego.

Jesús bendice el alimento y se sienta con el discípulo a la mesa.

También están sentados Jonás y su hijo.

La madre va y viene trayendo el pescado, aceitunas negras, verduras hervidas y condimentadas con aceite.

Jesús ofrece miel.

La mujer objeta diciendo que no quiere privarle del dulce obsequio, de su mamá.

Pero Jesús la extiende en el pan y se la ofrece a la madre, diciendo:

–      Es de mi colmena, mi Madre cuida las abejas. Cómela. Es buena. Tú eres tan buena conmigo María, que mereces esto y más.  

La cena termina rápidamente en medio de una breve conversación.

Nada más acabar, después de dar las gracias por el alimento recibido,

Jesús dice a Juan:

–       Ven. Salgamos al olivar. La noche está templada y clara. Será agradable estar afuera.

El dueño de la casa dice:

–      Maestro, yo me despido de ti. Estoy cansado, y también mi hijo. Vamos a descansar. Dejo la puerta entornada y el candil encima de la mesa. Ya sabes cómo se hace.

–          Sí, claro, Jonás, vete a descansar. Y apaga también el candil. Hay una luz de luna tan clara, que veremos incluso sin él.

–      Y tu discípulo, ¿Dónde va a dormir?

–      Conmigo. En mi estera hay sitio también para él. ¿Verdad, Juan?

Juan, ante la idea de dormir al lado de Jesús, entra en éxtasis y lleno de felicidad toma algo del talego que había puesto en el rincón.

Caminan un poco y llegan a una prominencia del terreno desde la que se ve toda Jerusalén.

Jesús dice:

–       Sentémonos aquí y hablemos.

Juan sin embargo, prefiere sentarse a sus pies, sobre la hierba. Apoyándose en las rodillas de Jesús. 

Parece un niño junto a la persona que más quiere. 

Y muy contento dice:

–       Desde aquí es bonito, Maestro. Mira qué grande parece la ciudad de noche; más que de día.

Jesús contesta:

–       Es porque la luz de la luna difumina sus contornos. Observa: parece como si el límite se ensanchara en una luminosidad de plata. Mira la cúspide del Templo, allí arriba. ¿No parece suspendida en el vacío?

–       Es como si la  que la llevasen los ángeles en sus alas de plata.

Jesús suspira.

–     ¿Por qué suspiras, Maestro?

–      Porque los ángeles han abandonado el Templo. Su aspecto de pureza y santidad está sólo en sus  muros. Los que deberián reflejarlo en el alma del Templo, son los primeros en quitárselo.

Porque el Templo tiene, debería tener… alma de Oración y santidad. Pero los que lo representan, son incapaces de manifestarlo.

No se puede dar lo que no se tiene, Juan.

Aunque sean muchos los sacerdotes y los levitas que viven allí, ni siquiera una décima parte son capaces de dar vida al Lugar Santo.

Tienen las fórmulas, pero no la vida de ellas. Dan muerte. Le comunican la muerte que hay en su espíritu muerto a lo santo.

Son cadáveres, que tienen calor tan sólo por la putrefacción que los hincha.

Y así como ahora los ángeles han abandonado el Templo, después el Espíritu Santo también abandonará la Iglesia, cuando sus sacerdotes repitan los errores que están cometiendo éstos.

Juan al oírlo, se siente apenado.

Y pregunta:

–      ¿Te han maltratado, Maestro?

Jesús responde:

–       No. Es más, me han dejado hablar cuando lo he solicitado.

–      ¿Lo has solicitado? ¿Por qué?

–       Porque no quiero ser Yo el que empiece la guerra. La guerra vendrá igualmente, porque Yo infundiré miedo; un estúpido miedo humano a algunos.

Y seré un reproche para otros; pero esto debe estar en su libro, no en el mío.

Después de un momento de silencio, Juan habla otra vez.

Y dice:

–       Maestro, conozco a Anás y a Caifás. Mi padre los provee siempre con el mejor pescado. Y cuando estuve en Judea por causa de Juan el Bautista, venía también al Templo y ellos nos trataban bien a nosotros, los hijos de Zebedeo.

–      Lo sé.

 Jesús está serio.

–      Bueno, pues si lo ves oportuno, le hablaré de Tí al Sumo Sacerdote. Y luego si quieres, yo conozco a uno que está en relación de negocios con mi padre.

Es un mercader de pescado. Tiene una casa bonita y grande junto al Hípico, porque son personas ricas. Es un hombre bueno y sé que podemos contar con él.

Estarías más cómodo y te cansarías menos.

Además, para venir hasta aquí se tiene que atravesar ese suburbio de Ofel, tan sórdido y mugriento. Siempre lleno de asnos y de gente pendenciera.

–      No, Juan. Te lo agradezco, pero estoy bien aquí. ¿Ves cuánta paz? Se lo he dicho también esto al otro discípulo que me hacía la misma propuesta. Él decía: “Para estar mejor considerado”.

–      Yo lo decía para que te cansaras menos.

–      No me canso. Por mucho que camine, no me cansaré jamás. ¿Sabes qué es lo que me cansa? La falta de amor. ¡Oh, eso,… qué carga!… Es como si llevara un peso muy grande en el corazón.

–      Yo te amo, Jesús.

–      Sí, y me consuelas. Te quiero mucho Juan, te querré siempre porque tú no me traicionarás nunca.

Juan está aterrado.

–     ¡Traicionarte!… ¡Oh!

–      Y sin embargo, habrá muchos que me traicionen… Juan, escucha. Te he dicho que me detuve aquí para aleccionar a un nuevo discípulo. Es un joven judío, instruido y conocido.

–      Entonces tendrás que trabajar mucho menos que con nosotros, Maestro. Me alegro de que tengas alguno más capacitado que nosotros.

–     ¿Crees que tendré que trabajar menos?

–     ¡Digo yo! Si es menos ignorante que nosotros, te entenderá mejor y te servirá excelente, sobre todo si te ama perfectamente.   

–      ¡Qué si lo has dicho bien! Pero el amor no está en proporción a la instrucción y ni siquiera con la educación.

Uno que jamás ha amado y ama por primera vez, lo hace con toda la fuerza del primer amor. Lo mismo sucede con el primer amor del pensamiento.

El amado penetra, se imprime más en un corazón y un pensamiento vírgenes de otro amor; que en aquel en quién ya ha habido otros amores.

Pero Dios dispondrá.

Oye, Juan. Te ruego que seas amigo suyo. Mi corazón tiembla al ponerte a ti, cordero sin trasquilar; con el experto de la vida. Él reconocerá tu inexperiencia.

Pero también eres águila y si el experto te quisiera hacer tocar el suelo lleno de fango y oscuridad, del buen sentido humano; tú con un golpe de alas, sabrás librarte y volarás hacia el sol

Por eso te ruego que seas amigo de mi nuevo discípulo, porque los demás no lo aceptarán fácilmente, ni lo querrán mucho. Especialmente, Pedro.

Quiero que le trasmitas tu corazón….

–      ¿Yo? ¡Oh, Maestro!… Pero, ¿No bastas Tú?

–      Yo soy el Maestro. A mí no se me dirá todo. Tú eres el condiscípulo un poco más joven, con quien será más fácil abrirse.

No digo que me refieras lo que él te diga. Odio a los espías y a los traidores. Sí te pido que lo evangelices con tu fe y caridad, con tu pureza, Juan.

Es una tierra contaminada con aguas muertas: hay que secarla con el sol del amor, purificarla con la honestidad de pensamientos, deseos y obras. Cultivarla con la Fe. Tú puedes hacerlo.

–       Si crees que puedo… ¡Sí! Si Tú dices que puedo hacerlo, lo haré. Por amor a Tí…

–       Gracias, Juan.

–       Maestro, has hablado de Simón Pedro y recordé lo primero que tenía que decirte. La alegría de oírte me lo había alejado del pensamiento:

Cuando regresamos de Cafarnaúm después de Pentecostés, encontramos la acostumbrada suma del desconocido. El niño se la llevó a mi madre, ella la entregó a Pedro y él me la devolvió diciendo que tomase un poco para el regreso y la estancia en Docco.  

Que el resto te lo diese a Ti, para lo que puedas necesitar… Pues Pedro también piensa que aquí todo es incómodo. Yo solo tomé dos denarios para dos pobres que encontré cerca de Efraím.

Por lo demás, me he mantenido con lo que me había dado mi madre y lo que me dieron algunas buenas personas, a las que prediqué tu Nombre. Aquí tienes la bolsa. 

Y Juan se la entrega.

Jesús la recibe diciendo:

–            Mañana la distribuiremos entre los pobres. De esta forma también Judas aprenderá nuestro modo de administrarnos.

–            ¿Ya vino tu primo?  ¿Cómo hizo para llegar tan pronto? Estaba en Nazareth y no me dijo que vendría.

–            No. Judas es el nuevo discípulo. Es de Keriot. Tú lo viste en Pascua, aquí. La tarde en que curé a Simón. Estaba con Tomás.

Juan exclama admirado:

–            ¡Ah! ¡Es él!…

Juan se queda perplejo.

Jesús confirma:

–            Es él. ¿Y qué hace Tomás?

–            Obedeció tus órdenes. Dejó a Simón Cananeo y fue al encuentro de Felipe y Bartolomé, por el camino del mar.

–            ¡Bien! Quiero que os améis sin preferencia. Os ayudéis mutuamente. Os compadezcáis, el uno al otro. Nadie es perfecto, Juan. Ni los jóvenes; ni los viejos.

Pero si tenéis buena voluntad, llegaréis a la perfección y lo que os falte, lo supliré Yo. Sois como los hijos de una familia santa, en la que hay muchos temperamentos desiguales.

Quién es duro; quién suave. Quién valiente, quién tímido. Quién impulsivo y quién muy cauto. Si fueseis todos iguales, seríais una fuerza en un solo temperamento y una flaqueza en todo lo demás.

Pero de esta manera hacéis una unión perfecta; porque os completáis mutuamente. El amor os une. Debe uniros el amor por un único motivo: Dios.

–            Y por Ti, Jesús.

–            La causa de Dios es primera. Y después el amor hacia su Mesías.

–            Y Yo… ¿Qué es lo que soy en nuestra familia?

–            Eres la paz amorosa del Mesías de Dios. ¿Estás cansado Juan? ¿Quieres regresar? Yo me quedo a Orar.

–            También yo me quedo contigo a Orar. Déjame que me quede contigo a Orar.

–            Quédate.

Jesús recita unos salmos y Juan lo sigue.

Pero la voz se acaba pronto y el jovencito se queda dormido, con la cabeza apoyada en las rodillas de Jesús, que sonríe y extiende su manto sobre la espalda del más joven de sus apóstoles.

Lo mira con amor y mentalmente hace la comparación entre éste y el otro discípulo que acaba de aceptar.

Juan era discípulo del Bautista y se ha despojado hasta de su modo de pensar y juzgar; entregándose completamente, para ser moldeado por su Maestro.

UVAS

Dice Jesús:

Una comparación más entre mi Juan y otro discípulo, comparación en la que aparece aún más límpida la figura de mi predilecto.

Éste se despoja incluso de su modo de pensar y juzgar para ser “el discípulo”. Juan es aquel que se dona sin querer retener de sí, del sí mismo anterior a la elección, ni siquiera una molécula.

Judas, sin embargo, es aquel que no se quiere despojar de sí mismo: la suya es, por tanto, una donación irreal; lleva consigo su yo enfermo de soberbia, de sensualidad, de avaricia.

Conserva su manera de pensar y con ello neutraliza los efectos de la Gracia. Y no hay donación. NO SE ENTREGA.

Judas: cabeza de todos los apóstoles frustrados Y FALLIDOS. ¡Y son tantos…!

Juan: ejemplo de los que se hacen hostia por mi amor: tu modelo.

Yo y mi Madre somos las Hostias excelsas. Alcanzarnos es difícil, es más, imposible, porque nuestro sacrificio fue de una aspereza total.

¡Pero mi Juan!…

Es UNA DONACIÓN ABSOLUTA, esa hostia que pueden imitar mis amantes de todas las clases:

Virgen, mártir, confesor, evangelizador, siervo de Dios y de la Madre de Dios, activo y contemplativo; él es un ejemplo para todos: es aquel que ama.

Observa los distintos modos de razonar.

Juan se siente NADA Y ES COMPLETAMENTE DÓCIL. Acepta TODO, no pide razones, se siente satisfecho con hacerMe felíz.

 Judas investiga, cavila, escudriña, OPONE RESISTENCIA aparenta ceder pero en realidad no cambia su modo de pensar. 

¿Y no os habéis sentido invadidos de paz ante su amor sencillo y encantador? ¡Mi Juan!

Es mi descanso su confianza absoluta: “Todo lo que Tú haces Maestro; está bien hecho.” 

Y por eso será el Predilecto. Porque será mi paz llena de amor.

¡Y mi pequeño Juan, al que deseo ver cada vez más semejante a mi predilecto!

Aceptad todo, diciendo siempre como el Apóstol: “Todo lo que Tú haces está bien hecho, Maestro”

Para merecer siempre que se os diga: “Eres mi amorosa paz”.

También necesito alivio Yo, DADME VUESTRO CORAZÓN dádmelo. Y yo os daré Mí Corazón para descanso vuestro.