Archivos diarios: 26/07/20

24 RECEPCIÓN EN BELÉN


24 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Más tarde…

La noche cubre la tierra. La luna ilumina con su claridad.

Los ruiseñores cantan entre las ramas de los olivos. Un río cercano es como una cinta de plata melodiosa.

De los prados segados se levanta el olor del heno. Algún mugido. Algún balido…

Y estrellas… estrellas y más estrellas.

En campo lleno de estrellas en el manto del cielo, que parece una sombrilla de piedras preciosas, sobre las colinas de Belén.

Siguen caminando hasta…

Judas dice:

–        Pero aquí son ruinas… ¿A dónde nos llevas? La ciudad está más allá.

Jesús contesta:

–        Lo sé. Ven. Sigue el río, detrás de Mí. Unos pocos pasos más y después…

Después te ofreceré la habitación del Rey de Israel.

Judas encoge los hombros y calla.

Llegan a un montón de casas en ruinas. Restos de habitaciones.

Una cueva entre dos hendiduras de una gran muralla.

Jesús pregunta:

–    ¿Tenéis yesca?

Simón saca de su alforja una lamparita y se la da.

Jesús avanza hasta la entrada y levantando la lamparita,

Dice:

–      Entrad. Ésta es la alcoba en donde nació el Rey de Israel.

Judas está espantado…

Y pregunta:

–      ¿Juegas, Maestro? Esta es una cueva.

De veras que yo aquí no me quedo. Me repugna. Está húmeda, fría, apestosa, llena de escorpiones, tal vez de serpientes…

Jesús dice:

–      Y con todo, amigos. Aquí, el veinticinco de las Encenias. De la Virgen nació Jesús, el Emmanuel; el Verbo de Dios hecho carne por amor del hombre.

Yo que les estoy hablando. Entonces como ahora, el mundo fue sordo a las voces del Cielo que le hablaban al corazón. Y rechazó a mi Madre. Y aquí…

No, Judas. No apartes con disgusto tus ojos de esos murciélagos que andan revoloteando.

De esas lagartijas, de esas telarañas. No levantes con desdén tu hermosa y recamada vestidura, para que no roce el suelo cubierto por el  excremento de animales.

Esos murciélagos descienden de los que fueron los primeros juguetes que miraban los ojos del Niño a quién cantaban los ángeles el ‘Gloria’,

Que escucharon los pastores que estaban ebrios solamente de alegría extática; de la verdadera alegría.

Esas lagartijas color esmeralda, fueron los primeros colores que hirieron mi pupila, junto con el blanco vestido y el rostro de mi Madre.

Esas telarañas fueron el baldaquín de mi cuna real. Ese suelo…

¡Oh! Lo santificaron los pies de Ella; la santa, la gran santa, la Pura, la inviolada,

La Doncella Deípara, la que tenía que dar a  Luz.

La que por obra de Dios dio a luz sin intervención humana.

Ella, la sin Mancha; ha hollado este suelo.

Tú puedes pisarlo y a través de las plantas de tus pies, quiera Dios que suba a tu corazón, la Pureza que Ella derramó…

Simón se ha arrodillado.

Juan va derecho al pesebre y apoyando la cabeza sobre la madera, llora.

Judas está aterrado…piensa…

Recuerda las Profecías…

Reflexiona…

Finalmente se deja vencer por la emoción…

Y olvidando su hermosa vestidura. Se arroja al suelo.

Toma la orla de la túnica de Jesús, la besa y se golpea el pecho diciendo:

–       Maestro Bueno, ¡Ten misericordia de la ceguera de tu siervo! Mi soberbia cae…

Te veo cual Eres. No el rey que yo pensaba. Sino el Príncipe Eterno, el Padre del Siglo Futuro. El Rey de la Paz.

¡Piedad, Señor mío y Dios mío! ¡Piedad!

Jesús lo mira con infinita compasión y dice:

–        Sí. ¡Toda mi piedad! Ahora dormiremos en donde durmieron el Infante y la Virgen.

Allí donde Juan ha tomado el lugar de mi Madre en adoración…

Aquí, en donde Simón parece mi padre adoptivo.

O si os parece, os platicaré de aquella noche…

Judas exclama:

–       ¡Oh! ¡Sí, Maestro! Háblanos de tu florecimiento a la vida.

Simón confirma:

–        Para que sea perla de luz en nuestros corazones y para que lo podamos contar al mundo.

Juan dice sonriendo y llorando:

–        Y venerar a tu Madre, no solo porque es tu madre, sino por ser…

¡Oh! ¡La Virgen!

Jesús los invita:

–        Venid al heno. Escuchad.

Y Jesús empieza a hablar de la Noche de su Nacimiento…

–        Cuando ya mi Madre estaba próxima a dar a luz, llegó por orden de César Augusto, el bando que publicó su delegado imperial Publio Sulpicio Quirino.

En Palestina el gobernador era Senzio Saturnino. El bando era para hacer el censo de todos los habitantes del imperio.

Los súbditos tenían que ir a su lugar de origen para inscribirse en los registros del imperio.

José, el esposo de mi Madre y Ella, obedecieron.

Salieron de Nazareth, para venir a Belén, cuna de la estirpe real.

Era invierno y estaba haciendo mucho frío…

Todos escuchan muy atentos.

La mañana siguiente al amanecer…

Son las primeras horas de una luminosa mañana de verano.

El cielo toma unas pinceladas de rosa en algunas finas nubecitas que parecen deshiladuras de gasa perdidas en una alfombra de raso turquino.

Hay todo un cantar de pájaros, ya ebrios de luz: gorriones, mirlos, petirrojos silban, gorjean, riñen por un tallito, por una larva, por una ramita que llevarse al nido, por una larva para llenar el buche.

Por una ramita que les sirva como dormitorio.

Las golondrinas se lanzan como saetas, desde el cielo al pequeño riachuelo para mojarse el pecho de nieve, coloreado en su ápice de óxido.

Y tomada la frescura de la ola, atrapada la mosquita que aún duerme colgada de un tierno tallo, se vuelven hacia arriba con un rapidísimo zigzag, como el destello de una hoja bruñida, chillando alegres.

Dos aguzanieves, vestidas de seda cenicienta, pasean graciosas como dos damiselas a lo largo de la orilla del riachuelo,

manteniendo bien alta la larga cola adornada de velludillos negros; se miran en el agua, se ven hermosas.

Continúan su paseo mientras un mirlo, verdadero pilluelo del bosque, les hace burla y los silba por detrás con su largo pico amarillo.

Dentro de un tupido manzano silvestre, que se yergue solitario junto a las ruinas, una ruiseñora llama insistentemente a su compañero.

Y se calla sólo cuando lo ve llegar con una larga larva que se retuerce oprimida por el fino pico.

Dos palomas zuranas, que probablemente huyeron de algún palomar ciudadano y que han elegido vivir libremente entre las grietas del torreón derruido,

se entregan canturreando a sus manifestaciones de afecto: él seductor, pudorosa ella.

Jesús, con los brazos cruzados, contempla a todos estos los pajarillos que cantan, charlan, pelean, vuelan, se cortejan.

Alimentan a sus polluelos, se bañan, juegan…

Y sonríe al ver a sus criaturas tan alegres.

Simón pregunta detrás de Él:

–      ¿Tan temprano, Maestro?

Jesús contesta:

–       Sí. ¿Todavía están durmiendo los otros?

–       Todavía.

–       Son jóvenes. Yo me bañé en el río. El agua está fresca y despeja la mente.

–       Ahora sigo yo.

Mientras Simón se baña y luego se viste;

asoman la cabeza Judas y Juan.

Los dos saludan y preguntan:

–        Dios te guarde, Maestro.

–        ¿Estamos retrasados?

Jesús les contesta amoroso:

–        No. Apenas amanece. Pero apresurémonos, porque ya nos vamos.

Los dos se asean y se visten.

Cuando están listos, Jesús arranca unas florecillas que han brotado entre las piedras.

Las guarda en una cajita de madera mientras dice:

–    Se las llevaré a mi Madre. Le gustarán. ¡Vámonos!

Judas pregunta:

–       ¿A dónde, Maestro?

–        A Belén.

–       ¿De veras? A mí me parece que no nos sopla buen aire…

–        No importa. Iremos a donde bajaron los Magos y donde me encontraron a Mí.

–        Si es así, Maestro. Perdona y permite que organice yo. En Belén en el albergue, seré yo el que hable y pregunte.

En Judea no hay mucho cariño para los galileos y mucho menos aquí. Tú y Juan parecéis galileos por los vestidos tan sencillos y luego… ¡Esos cabellos!

¿Por qué os gusta tenerlos tan largos?… Simón y yo os daremos nuestro manto y vosotros nos daréis el vuestro.

Simón, dale el tuyo a Juan.

Y yo al Maestro. –mientras habla, hace lo que dice- Así… así… ¿Ves?

Al punto parecéis un poco más judíos.

Ahora, esto…- lo cubre con el capucho.

Se lo acomoda en las mejillas, para ocultar sus largos cabellos rubios.

Luego hace lo mismo con Juan.

Judas admira su obra:

–       ¡Ah! ¡Ahora está mejor! ¡Tengo el sentido práctico!

Jesús recomienda:

–        Sí. Es cierto, Judas. Tienes el sentido práctico, no hay duda. Pero procura que no exceda al otro sentido.

–       ¿A cuál, Maestro?

–        Al sentido espiritual.

–        Lo haré. Pero en ciertos casos es mejor comportarse como políticos, más que como diplomáticos.

Jesús pregunta perplejo:

–        ¿Qué quieres decir con eso?

Judas explica conciliador:

–        Escucha. No te enojes. Es por tu bien. No me desmientas si digo algunas cosas que no son tan verdaderas.

–        ¿Qué quieres dar a entender? ¿Por qué mentir? Yo Soy la Verdad y no amo la mentira. Ni en Mí, ni en los míos.

–        Pero… es que sólo diré medias mentiras ‘convenientes’. O más bien, verdades a medias.

Por otra parte, seré yo el que hable. En el fondo, habrá un poco de verdad.

Mentira más, mentira menos…

–         Pero, Judas. ¿Por qué engañar?

–         No te preocupes, Maestro. El mundo se gobierna con mentiras. Algunas veces son necesarias.

Bueno, para contentarte, diré que venimos de lejos y que somos judíos. Esto es verdad en un 75%

Y tú, Juan. ¡No abras para nada la boca! Nos delatarías.

Juan dice:

–         No diré nada.

Judas advierte:

–         Si las cosas salen bien… aunque no estoy tan seguro; diremos lo que falta.

No lo espero. Soy astuto y las tomo al vuelo.

Jesús advierte:

–         Ya lo veo, Judas. Y me gustaría que fueras más sencillo.

Judas toma una actitud despreocupada y dice:

–         Ser así,  sirve para muy poco. En tu grupo seré yo el que tome las misiones difíciles. Déjame que yo me las arregle.

Jesús no lo desea mucho, pero cede.

Empiezan a caminar y rodean las ruinas. 

Encuentran un grupo de camellos y dromedarios.

Entran en Belén.

Van a la plaza. Es día de mercado y está llena de gente.

Y llegan al albergue.

Por el portón abierto sale una hilera de asnos cargados con mercancías.

Judas es el primero en entrar.

Adopta una pose arrogante y mira altanero a su alrededor.

Agarra a un mozo bajito, sucio, andrajoso.

Y le grita:

–      ¡Mozo! ¡El patrón! ¡Pronto!

¡Muévete rápido que no estoy acostumbrado a esperar!

El muchacho por ir rápido, tira la escoba.

Jesús exclama:

–      ¡Pero, Judas! ¡Qué modales!

Judas responde sin abandonar su postura:

–      Por favor, Maestro. No digas nada. Déjame que yo me las entienda. Nos deben creer ricos y de ciudad.

El patrón viene corriendo y se deshace en inclinaciones delante de Judas que se ve muy majestuoso con su rica vestidura de color oro pálido.

Con rayas y franjas de diferentes colores y el manto rojo acerino de Jesús.

Judas habla con altivez:

–      Nosotros venimos de lejos. Somos judíos de la comunidad asiática.

Señala a Jesús y agrega:

–     Este betlemita de nacimiento busca a sus queridos amigos de aquí.

Y nosotros junto con Él venimos desde Jerusalén, donde hemos adorado al Altísimo en su Casa. ¿Puedes darnos informes?

El hombre contesta obsequioso:

–     Señor, estoy para servirte. Ordena.

–     Necesitamos noticias de muchos. Buscamos a Anna, la mujer que habitaba aquí frente al albergue.

–     ¡Oh! ¡Desgraciada! No encontrarás a Anna sino en el Seno de Abraham y a sus hijos con ella.

–     ¿Muerta? ¿Por qué?

–     ¿No sabéis nada de la masacre de Herodes?

¡Todo el mundo habló de él y hasta César lo declaró: ‘Cerdo que se alimenta de sangre’ ¡Bah!

¡Oh, qué he dicho! ¡No me denuncies! ¿Eres en realidad judío?

–      He aquí la señal de mi tribu.

Le muestra un símbolo bordado en su vestido….

Y continúa:

–       Así pues, habla.

–       A Anna la mataron los soldados de Herodes, con todos sus hijos, menos una.

–      ¿Pero por qué?… ¡Era muy buena!

–      ¿La conociste?

Judas apenas tiene 23 años de edad y se le notan.

Pero no se desconcierta en lo más mínimo.

Y miente descaradamente:

–       ¡Vamos que sí!

El hombre hace un gesto evadiendo.

Y responde:

–      La mataron porque dio hospitalidad a los que se decían ser padre y madre del Mesías… pero mejor vayamos a aquella habitación.

Las paredes tienen oídos. Y hablar de ciertas cosas, es peligroso.

Los pasa a una habitación pequeña y se sientan sobre un diván.

El hombre continúa:

–      ¡Ea! ¡He tenido buen olfato! No por nada soy hospedero. Tengo la malicia en la sangre. En este negocio hay que usarla porque conoces mucha gente.

Yo no los quise. Hubiera podido encontrarles un rincón. Pero sólo eran unos galileos pobres y desconocidos. ¡He! ¡A Ezequias no se le engaña!

Luego, luego se notaba que eran diferentes. Aquella mujer tenía algo que me hacía rechazarla.

Anna era más inocente que una ovejilla. Y los hospedó un tiempo, ya con el niño.

Decían que era el Mesías. ¡Oh! ¡Cuánto dinero gané en aquellos días! ¡Qué censo, ni qué nada! Venían aún aquellos que no tenían nada a qué venir.

Durante meses vinieron muchos de tierras lejanas. ¡Qué ganancias tuve!

Finalmente vinieron tres reyes poderosos.

Tres Magos… ¡Qué sé yo! Tenían un cortejo que no acababa nunca.

Me rentaron todas las habitaciones y me compraron con oro tanto heno, como para todo un mes.

Y al día siguiente se fueron, dejándolo todo.

¡Oh! Yo solo puedo hablar bien del Mesías verdadero o falso que haya sido. Me permitió ganar dinero por montones.

Yo no he tenido ningún desastre. Ni siquiera muertos, porque apenas me había casado. ¡Pero a los demás!…

–     Queremos ver los lugares de la matanza.

–    ¿Los lugares?… pero eso ocurrió en todas las casas. Fueron muchísimos muertos. Venid conmigo.

Suben por una escalera hasta una gran terraza.

Desde lo alto se ven grandes terrenos y toda Belén extendida como un abanico abierto sobre sus colinas.

–     ¿Veis aquellas ruinas?

Allí ardieron también las casas, porque los padres defendieron a sus hijos con las armas.

¿Veis aquello que parece un pozo cubierto de hierba?…

Son los restos de la sinagoga. Fue quemada junto con el arquisinagogo que aseguraba que aquel era el Mesías.

La quemaron los que enloquecieron por el dolor en la masacre de sus hijos.

Allá…

¿Veis aquellos sepulcros? Son los de las víctimas.

Todos eran unos niños inocentes.

También los padres y las madres de ellos.

¿Veis aquel tanque de agua?

El agua se volvió roja, después de que los sicarios lavaron sus armas y sus manos en ella.

Allá está el río.

También enrojeció con la sangre que recogía de las cloacas.

Y allí, exactamente frente a mí. Está lo único que queda de Anna.

Jesús está llorando.

El hospedero le pregunta:

–      ¿La conocías mucho?

Judas le responde:

–       Era como una hermana para su Madre.

se vuelve hacia Jesús y le pregunta:

–      ¿O no es así, amigo mío?

Jesús contesta:

–       Sí.

El hospedero dice:

–       Lo comprendo.

Y se queda pensativo.

Jesús se acerca a Judas y le dice algo en voz queda.

Judas dice al hospedero:

–     Mi amigo quiere ir a aquellas ruinas.

–     ¡Que vaya! ¡Pertenecen a todos!

Se van y el hospedero queda desilusionado, pues no le piden hospedaje.

Atraviesan la plaza y suben por la escalera, que es lo único que está en pie.

Al subir, Jesús dice:

–     Por aquí, mi Madre me hizo saludar a los Magos y por aquí bajamos para ir a Egipto.

Hay gente que los mira a los cuatro en las ruinas y uno pregunta:

–     ¿Parientes de la muerta?

El hospedero contesta:

–      Amigos.

Una mujer grita:

–       Por lo menos vosotros no hagáis daño a la muerta, como lo hicieron sus enemigos mientras vivía y después escaparon ilesos.

Jesús está de pie sobre el balconcillo, de espaldas al pequeño muro.

Detrás de Él no hay nada.

Esto hace que el sol al iluminarlo, resalta más su vestidura de lino blanquísimo, con el manto multicolor de Judas, cayéndole por la espalda.

Atrás, al fondo de lo que fuera el jardín de Anna y que ahora es una ruina llena de arbustos.

Jesús extiende los brazos…

Y Judas que ve el gesto, dice con angustia:

–     ¡Oh, no!… ¡No hables! ¡Sé prudente!

Pero Jesús llena la plaza con su potente voz:

–      ¡Hombres de Judá y de Belén, escuchadme! ¡Oídme vosotras, mujeres de la sagrada tierra de Belén!

¡Oíd a uno que viene de David. Que ha sufrido persecuciones. Que se honra con hablaros y lo hace para darles luz y consuelo!

¡Escuchadme!

La multitud deja de hablar, de pelear, de comprar y se amontona.

Dicen varios al mismo tiempo:

–         Es un rabí.

–         Ciertamente que viene de Jerusalén.

–       ¿Quién es?

–        ¡Qué hermoso es!

–        ¡Qué voz tiene!

–        ¡Qué ademanes!

–        ¡Y es de descendencia de David!

–        ¡Entonces es nuestro!

–        ¡Oigamos! ¡Oigamos!

Y todos se acercan a la escalera que ahora sirve de púlpito.

Jesús dice:

–        De lejanas tierras he venido a  venerar la tumba de Raquel.

He escuchado el bramido de dolor de Jacob, en el dolor de los esposos viudos que están sin mujer porque el dolor las mató…

Lloro junto con vosotros. Pero oíd, hermanos de la tierra mía.

Belén, tierra bendita, la más pequeña entre las ciudades de Judá, pero la mayor ante los ojos de Dios y del linaje humano…

Al principio todos quedan admirados con su sabiduría.

Pero a lo largo del discurso, al mencionar al Salvador y después a las profecías y a la Madre de Él,

Empiezan a dar indicios de agitación.

Judas suplica:

–       ¡Calla, Maestro! ¡Por favor, vámonos!

Pero Jesús no le hace caso y continúa:

–        …al Mesías que salvó la Gracia de Dios Padre de los tiranos, para conservarlo para el pueblo, para la salvación del mismo y…

Lo interrumpe una que mujer grita.

Se abre el vestido y  mostrando una teta mutilada sin el pezón,

dice:

–       ¡Aquí! ¡Aquí en esta teta me degollaron a mi primogénito!

¡La espada le partió la cara, junto con mi pezón! ¡Oh! ¡Eliseo, mío!

El último grito es histérico.

Y empieza la gritería y el tumulto.

–     ¿Y yo?…

–     ¿Y yo? He ahí mi palacio: tres tumbas en una que el padre vigila. Marido e hijos juntos.

–      Si existe el Salvador que me devuelva a mis hijos, a mi esposo y que me salve de la desesperación.

–      ¡Qué me salve Belcebú!

–      ¡A nuestros hijos! ¡A nuestros hijos!

–      ¡A nuestros maridos y padres!

–      ¡Qué nos los devuelva si existe!

Jesús agita los brazos para imponer silencio.

Luego dice:

–      Hermanos de la misma tierra. Gustoso devolvería también la carne, es decir, los hijos.

Pero Yo os digo: sed buenos. Resignaos. Perdonad. Esperad y alegraos con la esperanza.

Regocijaos con la seguridad de que pronto volveréis a tener a vuestros hijos; ángeles en el Cielo, porque el Mesías va a abrir pronto la Puerta del Cielo.

Y si fuereis justos, la muerte será vida que viene y amor que regresa…

Un hombre grita:

–       ¡Ah!… ¡Así que Tú eres el Mesías!…

–       ¡En el Nombre de Dios! ¡Dilo!

Jesús baja los brazos con un ademán dulce y calmado, que parece un abrazo,

Y contesta:

–       Lo Soy.

Esto es como un detonante.

–      ¡Lárgate!

–      ¡Lárgate!…

–       Entonces…

–       ¡Tú tienes la culpa!

Vuela una piedra entre silbidos e insultos.

Judas tiene un bello gesto…

¡Si así hubiera sido siempre!

Se interpone ante el Maestro, con el manto desplegado.

Enfrenta a la multitud enfurecida.

Y sin miedo alguno recibe todas las pedradas.

La sangre le corre por las heridas… pero él parece no advertirlo.

Y dice a Juan y a Simón:

–      ¡Llevaos a Jesús a aquel bosque! ¡Yo iré después! ¡Id, en nombre del Cielo!

Se vuelve hacia la multitud y les grita:

–      ¡Perros rabiosos! ¡Soy sacerdote del Templo! ¡Y al Templo y a Roma os denunciaré!

Todos se paralizan por un momento, por el miedo.

Pero luego retoman las piedras.

¡Y se las arrojan sin ninguna compasión!

Judas las recibe impávido…

Es imposible no pensar:

¡Qué formidable apóstol hubiera sido, si siempre se hubiera mantenido así!

¡Y con injurias responde a las maldiciones que le lanzan!

Aún más. Coge al vuelo una piedra y la revierte contra la cabeza de un viejillo que grazna como garza desplumada.

Y como tratan de atacar la escalerilla.

Rápido toma una rama seca que está tirada en el suelo y le da vueltas sin piedad, azotando espaldas cabezas y manos,

hasta que los soldados acuden y se abren paso con  sus lanzas.

Uno de ellos le pregunta:

–        ¿Quién eres y porqué esta riña?

Judas se sacude la tierra y dice con displicencia:

–        Un judío asaltado por estos plebeyos.

Estaba conmigo un rabí a quién los sacerdotes conocen. ÉL hablaba a estos perros. Pero se han desencadenado y nos atacaron.

–        ¿Quién eres?

–        Judas de Keriot. Pertenecía al Templo, pero ahora soy discípulo del Rabí, Jesús de Galilea.

Soy amigo de Simón el fariseo; de Yocana el saduceo; de Sadoc, el gran escriba; de José de Arimatea, consejero del Sanedrín.

Y todo esto puedes comprobarlo con Eleazar ben Annás, el gran amigo del Procónsul.

–       Lo verificaré. ¿A dónde  vas?

–       Con mi amigo a Keriot y después a Jerusalén.

–       Vete tranquilo. Te cuidaremos la espalda.

Judas da al soldado unas monedas.

Debe ser cosa ilícita pero usual, porque el soldado las toma, saluda y sonríe.

Judas salta…

Y se va brincando y corriendo a campo traviesa, hasta llegar a donde están sus compañeros.

Jesús le pregunta preocupado:

–       ¿Estás muy herido?

Judas contesta alegremente:

–       No es gran cosa, Maestro. Y… ¡Fue por Ti!

Pero también yo me defendí. Aunque creo que estoy todo manchado.

Juan dice:

–        Aquí hay un arroyito.

Y moja un pedazo de tela y limpia la mejilla de Judas al tiempo que le dice:

–        Tienes sangre en la cara.

Jesús agrega:

–        Me desagrada, Judas… Pero mira que decir también a ellos que era judío, según tu sentido práctico…

–        Pero eres judío por nacimiento…  Son unos brutos.

Espero que te habrás convencido Maestro y que no insistirás…

–       ¡Oh, no! No por miedo. Sino porque ahora es inútil. Cuando no se nos quiere, no se maldice y lo mejor es retirarse; rogando por las multitudes que mueren de hambre y que no ven el Pan.

Vámonos por este camino retirado…

Creo que por aquí se puede llegar a Hebrón…

Pastores sí que encontraremos…

Judas se sobresalta y pregunta:

–        ¿Para qué nos den otra apedreada?

–         ¡No! Para decirles “Yo Soy”

Judas levanta los brazos y exclama:

–        ¡Ah! Está perfecto. ¡Diles que eres Dios!

Entonces sí nos irá peor y ahora sí que nos darán de palos. ¡Hace treinta años que padecen por causa tuya!…

Jesús sencillamente dice:

–        Veremos…

23 CONSECUENCIAS EN BELEN


22 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús encabeza el pequeño grupo que camina en fila india por un sendero pedregoso polvoriento, que el sol del estío ha quemado.

Y está bordeado por la hierba que crece bajo la sombra de los grandes olivos, cargados de aceitunas.

Zelote, Juan y Judas de Keriot, le siguen bajo la sombra de los árboles.

El suelo está cubierto con las florecillas del olivo que cayeron después de la fecundación.

Exactamente en donde el camino da una vuelta en ángulo recto, hay una construcción de forma cúbica, sobre la que está una pequeña cúpula.

Está cerrada como si estuviese abandonada.

Más allá se ve un pequeño poblado con numerosas casitas esparcidas.

Simón exclama:

      ¡Allí está el sepulcro de Raquel!

Judas pregunta:

–      Entonces ya casi llegamos. ¿Entramos en la ciudad?

Jesús dice:

       No, Judas. Primero os enseñaré un lugar…Después entraremos en la ciudad.

Y como todavía hay sol y será una noche con luna casi llena, podremos hablar a la población.

     ¿Querrán oírnos?

Han llegado al antiguo sepulcro pintado de blanco.

Jesús se detiene a beber agua, en un pozo cercano.

Una mujer que ha venido a sacar agua, le ofrece,

y Jesús le pregunta:

–      ¿Eres de Belén?

La mujer contesta:

–      Sí. Pero ahora en tiempo de cosecha, estoy con mi marido en este lugar, para cuidar del huerto y los frutos que han nacido. ¿Tú eres Galileo?

–     Nací en Belén; pero vivo en Nazareth de Galilea.

–    ¿También Tú eres perseguido? La familia.

    Pero ¿Por qué dices “tú también”? ¿Hay muchos perseguidos entre los betlemitas?

–    ¿No lo sabes? ¿Cuántos años tienes?

–     Treinta.

–     Si es así…Naciste exactamente cuándo… ¡Oh! ¡Qué desgracia! Pero, ¿Por qué nació Él aquí?

–    ¿Quién?

–     Aquel que era llamado el Salvador. ¡Maldición a esos estúpidos borrachos de cerveza que vieron ángeles en las nubes!

Oyeron voces celestiales en los balidos y rebuznos.

Y en medio de su embriaguez, confundieron a tres miserables con los más santos de la tierra.

¡Malditos sean ellos!… y ¡Quién les creyó!

–      Pero con todas tus maldiciones no explicas lo que sucedió. ¿Por qué maldices?

–      Porque… Óyeme, primero dime: ¿A dónde vas?

–     A Belén. Debo saludar a viejos amigos y llevarles el saludo de mi Madre.

Pero antes necesito saber muchas cosas; porque nosotros los de la familia, hace muchos años que estamos ausentes.

Dejamos la ciudad cuando Yo tenía unos cuantos meses…

–     Antes de la desgracia. Si no te repugna la casa de un campesino, ven con nosotros a compartir el pan y la sal, Tú y tus compañeros.

Hablaremos durante la cena y os daré hospedaje hasta mañana.

Tengo una casa muy pequeña, pero en el pajar hay mucho heno amontonado.

La noche es cálida y serena, creo que podrás dormir.

–      Que el Señor de Israel pague tu hospitalidad. Con gusto voy a tu casa.

–      El peregrino siempre trae bendiciones consigo, vamos.

Pero antes todavía debo echar seis cántaros de agua en las verduras que acaban de nacer.

–      Yo te ayudo.

–      No. Tú eres un señor. Lo dice tu modo de obrar.

      Soy un obrero, mujer,-señala a Juan- y éste es pescador.

Éstos son judíos, hombres de una casta superior. Yo no

Y al decir esto toma el cántaro que estaba junto al brocal del pozo y lo baja.

Los demás preguntan a la mujer:

–       Decidnos donde está la hortaliza.

–       Muéstranosla y la regaremos.

Ella los mira con agradecimiento:

–       Dios os bendiga. Tengo los riñones destrozados con tanto trabajo. Venid…

Y mientras Jesús llena su cántaro.

Los otros tres se van con ella.

Después regresan con dos cántaros vacíos. Los llenan y se van.

Y así lo hacen unas diez veces.

Judas está sonriente y feliz.

Su bello rostro se ilumina al decir:

–      No termina de bendecirnos. Hemos arrojado tanta agua en la hortaliza, que por lo menos dos días, la tierra estará húmeda, Maestro.

Pero… ¿Sabes?… creo que no somos gratos.

Jesús lo mira y pregunta:

–      ¿Por qué lo dices, Judas?

–       Porque se la trae contra el Mesías.

Le dije: “No blasfemes. ¿Acaso no sabes que el Mesías es la mayor gracia para el pueblo de Dios?

Yeové lo prometió a Israel y ¿Tú lo odias?”

Y ella me respondió: “No lo odio a Él.

Sino al que los pastores borrachos y los malditos Magos de Oriente, llamaron Mesías”

Y… puesto que Eres Tú…

–      No importa. Sé que he sido puesto para prueba y contradicción de muchos. ¿Le dijiste Quién Soy Yo?

–      No. No soy un tonto. Quise librar tu espalda y la nuestra.

–      Hiciste bien.

No por las espaldas, sino porque Yo deseo manifestarMe cuando lo considere conveniente. Continuemos…

Después de otros tres cántaros, la mujer los guía hasta una casa que está en medio de la huerta y donde su esposo la está esperando.

Jesús saluda:

–       La paz sea en esta casa.

El hombre responde:

–      Quienquiera que Tú seas, la bendición sea contigo y con los tuyos. Entra.

Y les lleva un lavamanos para que los cuatro se refresquen y se limpien.

Después se sientan a la mesa.

El anfitrión dice:

–      Os agradezco lo que hicieron a nombre de mi mujer. Nunca había tratado a los galileos. Me habían dicho que eran vulgares y buscapleitos.

Pero vosotros habéis sido gentiles y buenos. ¡Estabais ya cansados y trabajasteis tanto! ¿Habéis venido de muy lejos?

Jesús contesta:

–      De Jerusalén.

El hombre se vuelve hacia su esposa y le dice:

–      Mujer. Trae la comida.

Mirando a sus invitados agrega:

–      No tengo más que pan y verduras. Aceitunas y queso. Sólo soy un campesino.

Jesús, sonriendo con dulzura responde:

–      Yo tampoco soy un señor. Soy un carpintero.

–     ¿Tú? ¿Con esos modales?

La mujer interviene:

–      El huésped es de Belén, te lo dije.

Y si los suyos son perseguidos, tal vez habrán sido ricos e instruidos; como Josué de Ur y los otros… ¡Pobres desgraciados!

Jesús interroga:

–      ¿Eran familias betlemitas?

El campesino se asombra:

–      ¿Cómo?… si eres de Belén, ¿No sabes quiénes eran?

La mujer contesta:

–      Se fue antes de la matanza.

El hombre dice:

–      ¡Ah! Comprendo.

De otro modo, nadie hubiera quedado. ¿No has regresado allá?

–      No.

–      ¡Qué desgracia! Encontrarás a muy pocos de los que quieres saludar. Muchos fueron asesinados.

Muchos huyeron. Muchos fueron dispersos y muchos desaparecieron.

Y no se sabe si en el desierto o fueron arrojados a la cárcel, para castigarlos por su rebelión. Más…

¿Quién hubiera podido permanecer inerte; cuando fueron degollados tantos inocentes? ¡No!

¡No es justo que sigan viviendo David y Elías! ¡Mientras tantos inocentes fueron asesinados!

Jesús indaga:

–      ¿Quiénes son esos dos? ¿Y qué fue lo que hicieron?

Massacre of the Innocents, the gothic sculpture in Chartres cathedral

–       En la matanza que hizo Herodes, más de treinta infantes en la ciudad y otros tantos en la campiña; fueron asesinados. Y casi todos eran varones.

Porque en medio de la furia, de la oscuridad, de la confusión; esos crueles hombres arrancaron de las cunas, de los lechos maternos y de las casa que asaltaron, hasta a las niñitas…

Y  las mataron como los arqueros matan a las gacelas que están mamando la leche de su madre. Y bien… ¿Todo esto por qué?…

Porque un grupo de pastores que para no helarse de frío en lo más crudo del invierno; habían bebido mucha cerveza.

Empezaron a delirar diciendo que habían visto ángeles; habían oído cantos celestiales y recibido de ellos indicaciones para encontrar al Mesías…

Y nos dijeron a todos nosotros los de Belén: “Venid y adorad al Mesías, que acaba de nacer” ¡Imagínate! ¡El Mesías en una cueva!

Pero debo reconocer que en realidad todos estábamos ebrios. Hasta yo que en ese entonces era sólo un jovencillo y mi mujer era una niña.

Porque todos creímos y fuimos a ver en una pobre mujer galilea, a la Virgen que da a luz; la misma de la que hablaron los Profetas.

Pero ¡Si estaba con un vulgar galileo, que ciertamente era su marido! Entonces…

¿Cómo podía ser la Virgen?

 

En resumidas cuentas, ¡Creímos!…

Regalos, adoraciones. Los hogares se abrían para hospedarlos…

¡Oh! ¡Pobre Anna! Perdió los bienes, la vida y también a los hijos de su hija mayor; que fue la única que se salvó, porque estaba en Jerusalén.

Perdieron los bienes, porque la casa la quemaron y todo el sembradío fue destruido por órdenes de Herodes.

 

Hasta hoy es un campo desierto, en el que pacen los animales.

Jesús pregunta:

–     ¿Toda la culpa es de los pastores?

El campesino contesta:

–     ¡No! También de tres brujos que vinieron del reino de Satanás. tal vez eran compadres de los otros tres…

¡Y nosotros tan estúpidos que nos sentimos tan honrados!

¡Y el Arquisinagogo! Lo matamos porque juró que las profecías se cumplían exactamente con las palabras de los pastores y  de los Magos.

–     Entonces, ¿Toda la culpa fue de los pastores y de los Magos?

–     No, Galileo. También fue culpa nuestra, nuestra credulidad. ¡Tanto que esperábamos al Mesías! Siglos de espera.

Muchas desilusiones sufridas en los últimos tiempos a causa de los falsos Mesías. Uno era galileo como Tú. Otro se llamaba Teoda.

¡Mentirosos! ¡Ellos Mesías! ¡No eran más que aventureros rapaces en busca de fortuna!

Debía de habernos servido la lección, para que abriésemos los ojos. Por el contrario…

–     Y entonces, ¿Por qué maldecís solamente a los pastores y a los Magos?

Si también vosotros os juzgáis tontos; deberíais de maldeciros a vosotros mismos. La maldición no la permite el mandamiento del amor.

¿Estáis seguros de estar en lo justo? ¡No podría haber sido cierto que los pastores y los Magos hubiesen dicho la verdad que Dios Mismo les reveló!

¿Por qué debe pensarse que fuesen mentirosos?

–     Porque no se habían cumplido los años de la Profecía.

Después lo reflexionamos.

Después que la sangre que enrojeció los tanques de agua y los ríos, nos abrió los ojos del discernimiento.

Con una gran paz, Jesús dice:

–      Y el Altísimo; llevado por un gran amor por su Pueblo; ¿No habría podido anticipar la venida del Salvador?

¿En qué apoyaron los Magos su dicho? Me has dicho que vinieron del Oriente…

–      En sus cálculos sobre una nueva estrella.

–     ¿Y acaso no está dicho: Una estrella nacerá de Jacob y una vara se alzará de Israel?

¿No es Jacob el gran patriarca que vivió en esta tierra de Belén, a la que quiso como a la pupila de sus ojos, porque en ella murió su amada Raquel?…

Y no acaso por boca del profeta, Dios dijo: Brotará un retoño de la raíz de Jesé y saldrá una flor de esta raíz. Isaí, padre de David, nació acá.

El retoño que está en el tronco fue cortado a raíz, con la usurpación de los tiranos. ¿No es acaso la “Virgen” que dará a luz a un niñito sin intervención de hombre, de otro modo no sería virgen, sino por la Voluntad Divina? 

¿Y por esto será el Emmanuel; el Hijo de Dios que será Dios y llevará a Dios al Pueblo como su Nombre lo dice?

¿Y acaso la Profecía no dice que será anunciada a los pueblos de las tinieblas?

¿Esto es a los paganos, con una luz grande; como la estrella que vieron los Magos; la gran luz de las dos profecías: la de Balam y de Isaías?

Hasta la misma matanza que hizo Herodes, ¿Acaso no está profetizada?:

Se ha oído un gran lamento allá arriba…Es Raquel que llora a sus hijos.”

Jesús continúa:

–     Estaba indicado que los huesos de Raquel llorarían lágrimas en su sepulcro de Efratá; cuando a causa del Salvador, hubiera venido la recompensa al Pueblo Santo.

Lágrimas que después se cambiarían en sonrisa celestial, como el arco iris que se forma con las últimas gotas del temporal y que parece decir: ¡Ea! ¡Ahora todo está sereno!

El campesino, no muy convencido, cuestiona:

–    Eres muy docto. ¿Eres Rabí?

–    ¡Sí!

–    Lo creo. Hay luz y verdad en tus palabras.

Sin embargo… todavía hay muchas heridas que manan sangre en esta tierra de Belén, a causa del verdadero o falso Mesías. Nunca le aconsejaría a Él que viniese para acá.

La tierra lo rechazaría como se rechaza a un bastardo, por el que mueren los hijos verdaderos.

Pero, si era Él… murió con los otros degollados.

–     ¿Dónde viven ahora Leví y Elías?

El hombre se pone en guardia y sospecha:

–     ¿Los conoces?

–     No conozco su rostro. Pero… son unos desgraciados y siempre tengo compasión por los infelices.

Quiero ir a verlos.

–     ¡Humm! Serás el primero después de seis lustros.

Aún son pastores y están al servicio de un rico herodiano de Jerusalén que se apoderó de muchos bienes de los que murieron. ¡Siempre hay alguien que gana!

Los encontrarás con los ganados que cuidan, por las vertientes que van a Hebrón.

Pero, te daré un consejo: que los betlemitas no te vean hablar con ellos. Te iría muy mal.

Los soportamos, porque está el herodiano. Si no fuera por eso…

–     Sí. Está el odio. ¿Por qué odiar?

–     Porque es justo. Porque nos hicieron mucho daño.

–     Ellos creyeron hacer un bien.

–     Pero hicieron daño. Y el daño lo tenemos.

Debimos haberlos matado, como ellos mataron con su torpeza. Pero todos estábamos como intoxicados.

Ahora mismo los mataríamos si no estuviera en medio su patrón.

–     Hombre, Yo te lo digo. No hay que odiar. No hay que desear el mal. Aquí no hay culpa. Dilo a los betlemitas:

‘Cuando haya caído el odio de vuestros corazones, veréis al Mesías.

Entonces lo conoceréis porque Él vive. Él ya no estaba cuando sucedió la matanza.

Yo te lo digo: no fue culpa de los pastores, ni de los Magos el que haya sucedido esa desgracia.

Fue Satanás. El Mesías ha nacido aquí.

Ha venido a traer la Luz a la tierra de sus padres. Hijo de Madre Virgen de la estirpe de David, en las ruinas de la Casa de David.

Ha abierto al mundo el torrente de gracias eternas. Ha mostrado la vida al hombre…

El campesino se levanta y señalando la puerta, grita:

–    ¡Largo! ¡Largo de aquí! ¡Sal de aquí Tú, secuaz del falso Mesías! ¡Tú lo defiendes!…

Judas se pone de pie, violento e iracundo.

Toma del brazo al campesino y lo sacude,

al tiempo que dice amenazante:

–     Cálmate, hombre. Soy judío y tengo amigos poderosos. Puedo hacer que te arrepientas del insulto. 

El hombre se atemoriza.

Pero insiste:

–     ¡No! ¡No! ¡Fuera de aquí! No quiero pleitos con los betlemitas. Ni con Roma. Ni con Herodes. ¡Idos de aquí, malditos!…

Jesús siente su corazón destrozado.

Interviene diciendo:

–     Vámonos, Judas. No reacciones. Dejémosle con su rencor. Dios no entra donde hay ira. ¡Vámonos!

Judas amenaza:

–     Sí. Vámonos. Pero me las pagarán.

–     No digas nada. Están ciegos… Y habrá tantos a lo largo de mi camino…

Salen detrás de Simón.

Afuera, detrás de la esquina del pajar, encuentran a la mujer,

que toda contrita les dice:

–      Perdona a mi marido, Señor. –le da unos huevos- Mira, ten. Están frescos. Es lo único que tengo.

Perdónanos. ¿Dónde dormirás hoy?

Jesús los toma y la tranquiliza:

–       No te preocupes. Sé a dónde ir. Tranquilízate en tu buen corazón. Adiós.

Caminan unos metros en silencio.

Después, Judas explota:

–       ¡Es el colmo! ¡Pero Tú…no hacerte adorar! ¿Por qué no hiciste que ese puerco blasfemo besara el lodo?…

¡A tierra! ¡Arrojado al polvo por haberte faltado a Ti! ¡Al Mesías!… ¡Oh! ¡Yo lo hubiera hecho!

¡Los rebeldes tienen  que ser castigados con fuego milagroso! ¡Eso es lo único que los persuade!

–       ¡Oh! ¡Cuántas veces habré de oír lo mismo! ¡Si debiese convertir en cenizas a todo el que me ofenda!… No, Judas. He venido para crear; no para destruir.

–                     Lo que Tú digas. Pero mientras tanto, otros te destruyen.

Jesús no contesta.

Judas está tan furioso, que no comprende en absoluto lo que considera una pasividad inexplicable, pero que es la mansedumbre característica del Hombre-Dios.

Y siguen avanzando en silencio, por el camino bordeado de huertos y olivos cargados de aceitunas.

Más tarde, Simón pregunta:

–     ¿A dónde vamos ahora, Maestro?

–     Venid conmigo. Conozco un lugar…

Judas lo interrumpe todavía más irritado:

–      Pero si nunca has estado aquí desde que huiste. ¿Cómo es que lo conoces?

–      Lo conozco. No es hermoso. Pero estuve una vez ahí.

No es en Belén. Es afuera. Un poco, nada más… Vamos por acá…

Jesús toma la delantera.

Le siguen Simón, Judas y por último, Juan.

En el silencio interrumpido por el roce de las sandalias contra las piedrecillas del camino, se percibe un llanto.

Jesús pregunta volteándose:

–      ¿Quién llora?

Judas contesta:

–       Es Juan. Está atemorizado.

Juan protesta:

–       No. No tengo miedo. Ya tenía la mano en el cuchillo que pende de mi cintura…

Pero me acordé de tu ‘no matar’. Perdona, siempre lo dices.

Judas le pregunta:

–       Entonces ¿Por qué lloras?

–       Porque sufro al ver que el mundo no ama a Jesús. No lo reconoce y no quiere reconocerlo.

¡Oh, qué dolor! Es algo así como si con espinas de fuego me restregasen el corazón. Como si hubiera visto pisoteada mi madre y escupida la cara de mi padre. Todavía peor.

Como si hubiera visto a los caballos romanos profanar el Templo y comer en el Arca Santa y descansar en el lugar donde está el Santo de los Santos.

Jesús lo consuela:

–      No llores, Juan mío. Repetirás lo mismo una y otra vez: Él era la Luz que vino a brillar en las tinieblas, pero las tinieblas no lo comprendieron.

Vino al mundo que Él había hecho, pero el mundo no lo conoció. Vino a su ciudad, a su casa; pero los suyos no lo recibieron.

Juan redobla su llanto.

Y Jesús le pide:   

–        ¡Oh! ¡No llores así!

Juan obedece y suspira:

–        Esto no sucede en Galilea.

Judas, confirma:

–        Pero… ni siquiera en Judea. Jerusalén es la capital y hace tres días que te lanzaban hosannas a Ti, el Mesías.

Aquí, lugar de pastores burdos, campesinos y hortelanos; no se puede tomar como punto de partida.

Los Galileos…

Jesús ordena:

–      Basta, Judas. No conviene perder la calma. Estoy tranquilo. También estadlo vosotros.

Judas, ven aquí. Debo hablarte…

Judas va hacia donde está Jesús,

que le dice:

–     Toma la bolsa. Te encargarás de los gastos de mañana.

Judas pregunta:

–     ¿Y ahora en donde nos albergaremos?

Jesús sonríe y calla.

Dando media vuelta empieza a caminar y todos lo siguen.