20 LOS PUÑALES PARTIDOS


20 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Al día siguiente, entre varias colinas está enclavado el pequeño valle con muchos arroyuelos que forman en el centro un pequeño río, bordeado de sauces.

Es el amanecer de un hermoso día de verano, musicalizado por los pajarillos que cantan entre el ramaje de los árboles y sumado al coro melancólico de las tórtolas silvestres, que hacen más alegre la frescura del ambiente.

Apenas iluminan los primeros albores y el lugar está desierto. Hay bosques de olivos, arbustos de acacias, lentisco, pitas y muchos árboles frutales.

En un camino sombreado, Jesús va caminando solo en el fresco valle, inundado por el canto de los pájaros entre los árboles y el rumor del pequeño torrente, que refleja el verde esmeralda de la vegetación en esta fresca mañana veraniega.

Jesús atraviesa un puentecito primitivo: un tronco colocado por encima del torrente, sin protecciones laterales  y continúa por la otra orilla, hasta llegar a los muros que rodean Jerusalén.

Va aumentando la gente con un común destino, hasta que se arremolinan en las puertas todavía cerradas, los mercaderes de hortalizas u otros alimentos, para entrar en la ciudad.

Hay muchos ciudadanos que están esperando que se abran las puertas de la ciudad.

Hay un gran rebuznar de asnos y coces entre ellos. Tampoco bromean los propietarios de los mismos.

Están furiosos y también participan intercambiando insultos.

Un bastón pasa volando no solo sobre los lomos de los asnos, sino sobre las cabezas de las personas.

Dos se pelean seriamente por causa del burro de uno, que se ha servido de la magnífica cesta de lechugas del otro burro, comiéndose una buena cantidad.

Y empieza la trifulca…

Tal vez es sólo un pretexto para desfogarse de un viejo resentimiento.

La discusión llega a tal punto, que salen a relucir dos puñales muy puntiagudos y resplandecen a la luz del sol.

Hay muchos gritos, pero nadie interviene para separar a los rijosos.

Jesús, que caminaba pensativo, oye el alboroto y levanta la cabeza.

Ve lo que está sucediendo y a paso veloz, se dirige hacia ellos.

Y Ordena:

–            ¡Deténganse en el Nombre de Dios!

Uno le contesta:

–           ¡No! ¡Quiero acabar con este maldito perro!

Y el otro:

–           También yo. Voy a adornar tu túnica con tus entrañas.

Los dos giran alrededor de Jesús pegándole, insultándolo para que se quite de en medio; tratando de herirse sin conseguirlo.

Porque Jesús con movimientos habilísimos de su manto, desvía los golpes e impide que se atinen. Su manto está rasgado y la gente le grita:

–                 ¡Quítate Nazareno o te tocará a Ti también!

Pero Él no se quita y trata de hacer que se calmen, llamándolos a que piensen en Dios.

¡Todo es inútil! La ira los ha enloquecido a los dos.

Jesús grita:

–           ¡Por última vez os ordeno que desistáis!

Los dos le contestan al mismo tiempo:

–           ¡No! ¡Quítate!

–            ¡Sigue tu camino, perro Nazareno!

Entonces el tiempo parece detenerse…

Jesús extiende las manos con su mirada relampagueante de poder. No dice una sola palabra.

Pero las dagas caen por tierra hechas pedazos, como si fueran de cristal y una fuerza las hubiera golpeado.

Los dos luchadores miran los mangos inútiles que les han quedado entre los dedos.

El estupor apaga la ira.

La multitud grita admirada.

Jesús pregunta enojado:

–                 ¿Y ahora?… ¿Dónde está vuestra fuerza?

Los soldados que estaban de guardia en la puerta y un tribuno que habían acudido al oír los gritos; miran estupefactos.

El oficial se acerca a tomar un pedazo de las dagas y lo prueba en la uña, examinando con cuidado el material de que están hechas y su filo.

Luego levanta su cara, completamente asombrado.

Es el rostro muy joven de  Publio Quintiliano.

Jesús repite:

–           ¿Y ahora? ¿Dónde está vuestra fuerza? ¿En qué basáis vuestro derecho? ¿En esos trozos de metal que ahora son fragmentos entre el polvo?

 ¿En esos trozos de metal que no tenían más fuerza que la del pecado de ira contra un hermano y que os despojaba de toda bendición divina y por tanto, de toda fuerza?

¡Oh…, míseros quienes se fundan en medios humanos para vencer, sin saber que no es la violencia, sino la santidad, lo que nos hace vencedores en la Tierra! ¡Y no sólo en ella, pues efectivamente, Dios está con los justos!

Oíd, todos vosotros de Israel y también vosotros, soldados de Roma:

la Palabra de Dios habla para todos los hijos del hombre y no será el Hijo del hombre quien se la niegue a los gentiles.

El segundo de los preceptos del Señor es Precepto de Amor hacia el Prójimo. Dios es bueno y quiere benevolencia en sus hijos. Quien no es benévolo con su prójimo no puede llamarse hijo de Dios ni puede tener a Dios consigo.

El hombre no es un animal sin razón que se lanza y muerde por derecho a la presa. El hombre tiene una razón y un alma: por la razón debe saberse guiar como hombre, por el alma debe saber hacer esto santamente.

Quien no lo hace así, se pone por debajo de los animales, se rebaja al abrazo con los demonios, porque endemonia su alma con el pecado de ira.

Amad. No os digo más que eso. Amad a vuestro prójimo como desea el Señor Dios de Israel. No seáis siempre de la sangre de Caín.

Y, ¿Por qué lo sois?: vosotros, que podríais ser ya homicidas, por pocas monedas; otros, por unos pocos palmos de tierra, por un puesto mejor, por una mujer.

¿Qué son estas cosas? ¿Son cosas eternas? No. Duran mucho menos que la vida, la cual, a su vez, dura un instante de eternidad.

¿Y qué perdéis si las seguís?: la paz eterna prometida a los justos, la que el Mesías os traerá junto con su Reino.

Venid por el camino de la Verdad, seguid la Voz de Dios. Amaos. Sed honestos. Sed continentes. Sed humildes y justos. Marchaos y meditad.

Cuatro individuos preguntan:

–         ¿Quién eres Tú que dices semejantes palabras y reduces a pedazos las espadas con tu voluntad?

–          Sólo uno hace estas cosas: el Mesías.

–          Ni siquiera Juan el Bautista es superior a Él.

–          ¿Eres Tú el Mesías?

Jesús responde solemne:

–           Lo soy.

–          ¿Tú? ¿Eres Tú el que cura a los enfermos y predica a Dios en Galilea?

–           Soy Yo.

–           Mi anciana madre está muriéndose. ¡Sálvala!

–           Y yo, ¿Ves? Estoy perdiendo las fuerzas a causa de los dolores. Tengo hijos todavía pequeños. ¡Cúrame!

–           Ve a tu casa. Tu madre esta noche te preparará la cena. Y tú, queda curado. ¡Lo quiero!

La muchedumbre grita.

Luego dicen:

–            ¡Tu Nombre! ¡Tu Nombre!

–            ¿Quién eres?

Jesús responde:

–            ¡Jesús de Nazaret!

–            ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Hosanna! ¡Hosanna!.

La multitud está alborozada.

Los asnos pueden hacer lo que quieran, que ya nadie se preocupa de ellos. 

Veloz como una centella, corre el rumor por la ciudad.

Algunas madres acuden desde la ciudad y levantan a sus pequeñuelos.

Jesús bendice y sonríe, tratando de abrirse paso en el círculo de personas que aclaman, para entrar en la ciudad e ir a donde quiere.

Pero la multitud no está dispuesta a ello.

Y gritan:

–             ¡Quédate con nosotros!

–             ¡En Judea!

–             ¡En Judea!

–             ¡También nosotros somos hijos de Abraham!

Judas llega presuroso:

 –            ¡Maestro! Maestro, has llegado antes que yo… ¿Qué sucede?

Judas es zaforím (escriba y sacerdote) del Templo, lo reconocen como tal y…

La gente le informa:

–             ¡El Rabí ha hecho milagros!

–             No en Galilea; aquí, aquí lo queremos con nosotros. 

Judas está emocionado:

–             ¿Lo ves, Maestro? Todo Israel te ama. Es justo que también estés aquí. ¿Por qué lo rehuyes?

Jesús dice:

–              No lo rehuyo, Judas. He venido adrede solo, para que la rudeza de los discípulos galileos no hiriese la finura judía.

Quiero reunir a todas las ovejas de Israel bajo el cetro de Dios.

–              Por eso te dije: “Tómame contigo”. Yo soy judío y sé cómo tratar a los judíos. ¿Te vas a quedar, entonces, en Jerusalén?

–              Pocos días. Para esperar a un discípulo que también es judío. Después iré por la Judea…

–              ¡Yo iré contigo! Te acompañaré. ¿Piensas ir a mi pueblo? Te llevaré a mi casa. ¿Vas a venir, Maestro?

–              Iré… ¿Sabes algo del Bautista, tú que eres judío y vives en contacto con la gente de alta categoría?

–              Sé que todavía está prisionero, pero que lo quieren liberar porque la multitud, si no le devuelven a su profeta, amenaza una sedición. ¿Lo conoces?

–              Lo conozco.

–              ¿Lo amas? ¿Qué piensas de él?

–              Pienso que no ha habido ninguno que asemeje a Elías más que él.

–              ¿Le consideras verdaderamente el Precursor?

–               Lo es. Es la estrella de la mañana que anuncia al Sol. Bienaventurados los que se han preparado para el Sol a través de su predicación.

–               Es muy severo Juan.

–               No más para los demás que para sí mismo.

–               Es verdad. Pero es difícil seguirlo en su penitencia. Tú eres más bueno y es fácil amarte.

–               Y sin embargo…

–               ¿Y, sin embargo, Maestro?…

–               Y, sin embargo, de la misma forma que a él se le odia por su austeridad, a mí me odiarán por mi bondad, porque la una y la otra predican a Dios.

Y Dios les resulta antipático a los malos. Está signado que así sea. De la misma forma que él me precede en la predicación, así me precederá en la muerte.

Pero, ¡Ay de los asesinos de la Penitencia y de la Bondad!

–               ¿Por qué siempre estas tristes previsiones, Maestro? La multitud te ama, ¿No lo ves?…

–                Porque es seguro. La multitud humilde, sí, me ama. Pero la multitud no es toda humilde, ni de humildes.

Pero, la mía no es tristeza; es tranquila visión del futuro y adhesión a la voluntad del Padre, que me ha mandado para esto. Y para esto Yo he venido. Ya hemos llegado al Templo.

Voy al Bel Nidrás a amaestrar a las multitudes. Si quieres, quédate.

–                Voy contigo. Sólo tengo una finalidad: servirte y hacerte triunfar.

Entran en el Templo y todo termina.

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