29 LA MANZANA DE EVA


29 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Durante todo este tiempo, Judas ha podido observar el tratamiento y la adoración que Jesús recibe de los que lo reconocen como Dios Encarnado.  

Inyectado por Satanás a través de la lujuria a la cual es adicto, para hacer que aumente su maldad y sin que él mismo se dé cuenta, un germen de celos y envidia empieza a crecer en su corazón…

Satanás no está dispuesto a soltarlo tan fácilmente y aumenta su control sobre él, inoculando más pasiones desordenadas…    

Más tarde, cuando emprenden de nuevo la marcha…

Jesús camina en el centro del grupo, detrás de las ovejas que mordisquean la hierba de las veredas.

Y pregunta:

–      ¿A qué hora llegaremos?

Elías responde:

–       Hacia la hora tercia(9.00 am). Son aproximadamente diez millas.

Judas interviene:

–      ¿Y después vamos a Keriot?

–       Sí. También iremos allí.

–      ¿Y no era más corto ir de Yuttá a Keriot? No está muy lejos. ¿No es así, pastor?

–      Alrededor de dos millas, poco más o menos.

–      Así que caminaremos más de veinte millas inútilmente.

Jesús inquiere:

–      Judas, ¿Por qué estás tan inquieto?

–      No lo estoy, Maestro. Pero me habías prometido ir a mi casa…

–      Iré. Yo siempre cumplo mis promesas.

–     Mandé avisar a mi madre y como Tú dijiste que con los muertos se está aún con el espíritu.

–      Lo dije. Pero piensa bien, Judas. Tú por Mí, no has sufrido todavía.

Éstos, hace treinta años que sufren y ni siquiera han traicionado mi recuerdo. Ni siquiera el recuerdo.

No sabían si estaba vivo o muerto… Y sin embargo permanecieron fieles.

Se acordaban de Mí cuando estaba recién nacido…

Un Niño que no tenía otra cosa que llanto y deseo de leche… 

Y siempre me han reverenciado como Dios.

Por causa mía, algunos ya han muerto.

Han sido golpeados, maldecidos, perseguidos como un oprobio de la Judea. Y con todo, su fe no vaciló.

Con los golpes no se secó. Sino que echó raíces más profundas y se hizo más robusta.

Judas titubea un poco y luego dice con determinación:

–      A propósito. Hace ya varios días que una pregunta me quema los labios.

Estos son amigos tuyos y de Dios. ¿No es cierto? Los ángeles los bendijeron con la paz del Cielo… ¿No es así?…

Permanecieron justos contra todas las tentaciones, ¿No me equivoco?…

Entonces explícame: ¿Por qué fueron desgraciados?…

¿Y Anna? ¿La mataron porque te amaba?

–     ¿Y por lo tanto concluyes que mi amor y el amarme traigan desgracias? 

–     No… Pero…

–     Pero así es… Me desagrada verte tan cerrado a la Luz y tan preocupado por las cosas humanas

No te metas, Juan. Ni tú tampoco, Simón. Prefiero que él hable.

No regaño jamás. Tan sólo deseo que abráis vuestros corazones para introducirlos a la Luz.

Ven aquí, Judas. Escucha.

Tú partes de un juicio que también tienen muchos y que otros en el futuro tendrán.

Dije juicio, debería decir error. Pero como lo decís sin malicia; por ignorancia de lo que es la Verdad; por eso no es error, sino un juicio imperfecto, como puede tenerlo un niño.

Sois niños, pobres hombres. Y Yo estoy como Maestro, para formaros hombres adultos. Capaces de discernir lo verdadero de lo falso. Lo bueno de lo malo. Lo excelente de lo bueno.

Escuchad pues, ¿Que es la vida?

Es un breve tiempo en el que el hombre está en la Tierra; diría Yo en el limbo del Limbo; que el Padre Dios os concede para probar vuestra naturaleza de hijos buenos o bastardos.

Para reservaros a partir de vuestras obras, un futuro eterno que ya no tendrá pruebas.  

Decidme ahora:

¿Sería justo que alguien que ya tuvo el bien extraordinario de poder servir a Dios de una manera especial; posea también por toda la vida un bien continuo?

¿No os parece que ya es mucho bien y por lo tanto puede llamarse feliz; aun cuando no exista la felicidad en lo humano?… 

¿No sería injusto que quien tiene ya la Luz de la manifestación Divina en el corazón y la paz de una conciencia que no está intranquila; tenga también honores y bienes terrenales?…

¿Y no sería incluso imprudente?

Simón dice:

–     Maestro, yo digo que sería incluso profanador. ¿Por qué poner alegrías humanas donde estás Tú? Cuando uno te tiene y éstos te han tenido.

 Han sido los únicos ricos en Israel, porque durante treinta años te poseyeron. No se debe poseer nada más.

No se pone el objeto humano en el Propiciatorio…

El vaso consagrado no sirve más que para usos sagrados.

Éstos están consagrados desde el día en que vieron tu sonrisa… y nada,

¡NO! NADA QUE NO SEAS TÚ debe entrar en su corazón, que te tiene a Tí.

¡Ojalá fuera yo como ellos!

Judas contesta con una ironía mordaz:

–    Pero te apresuraste a volver a tomar tus bienes, tan pronto viste que el maestro te había curado. 

–    Es verdad. Lo he dicho y lo he hecho. Pero ¿Tú sabes por qué? ¿Cómo puedes juzgar si no conoces todo? Mi agente recibió órdenes precisas.

Ahora que Simón el Zelote está curado  y sus enemigos ya no pueden perjudicarlo segregándolo. Ni perseguirlo porque ya no es más que de Cristo y no tiene ninguna secta: tiene a Jesús y basta.

Simón puede disponer de los haberes suyos, que un hombre honesto, fiel, le ha conservado.

Y yo, dueño todavía durante una hora, prescribí su reorganización para obtener más dinero en la venta y poder decir… No, esto no lo digo.

Jesús agrega:

–     Lo dicen los ángeles por ti, Simón y lo escriben en el Libro eterno.

Simón mira a Jesús.

Las dos miradas se anudan: una, asombrada; la otra, bendiciendo.

Judas dice frustrado:

–     Como siempre, yo estoy equivocado.

Juan añade dulce y conciliador:

–     No, Judas; tienes el sentido práctico. Tú mismo lo dices.

–    ¡Oh, pero con Jesús!…

–    También Simón Pedro estaba apegado al sentido práctico, ¡Y ahora sin embargo!…

Tú también, Judas, serás como él. Hace poco que estás con el Maestro, nosotros hace más tiempo y ya hemos mejorado.  

Pero Judas está realmente enojado:

–    No me ha querido con Él. Si no, hubiera sido suyo desde Pascua. 

Jesús zanja la cuestión diciendo a Leví:

–    ¿Has estado alguna vez en Galilea?

–     Sí, Señor.

–     Vendrás conmigo, para conducirme a donde Jonás. ¿Lo conoces?

–     Sí. Por Pascua nos veíamos siempre; yo iba a verlo entonces.

José baja la cabeza apenado.

Jesús se da cuenta.

–    Juntos no podéis venir. Elías se quedaría solo con las ovejas.

Pero tú vendrás conmigo hasta el paso de Jericó, donde nos separaremos por un tiempo. Te diré después lo que tienes que hacer.

Judas pregunta:

–    ¿Nosotros, ya nada más?

–    También vosotros. Judas, también vosotros.

Juan, que va unos pasos por delante de los demás.

Vuelve la cabeza y dice:

–     Se ven algunas casas.

A view of the Tombs of the Patriarchs in Hebron

Leví aclara: 

–     Es Hebrón, con su cúspide a caballo entre dos ríos. ¿Ves, Maestro?

¿Ves aquella casa grande de allí, entre toda aquella hierba, un poco más alta que las otras? Es la casa de Zacarías. 

Jesús dice:

–    Apresuremos el paso.

Recorren ligeros los últimos metros de camino. Entran en el pueblo.

Las pequeñas pezuñas de las ovejas parecen castañuelas al chocar contra las piedras irregulares de la calle que está  adoquinada.

Llegan a la casa.

La gente mira a ese grupo de hombres de diverso aspecto, edad y vestimenta, entre la blancura de las ovejas.

Elías exclama.

–      ¡Oh, está cambiada! ¡Aquí estaba el cancel! Ahora hay un portón de hierro y una barda muy alta que nos impide ver.

Leví, dice:

–     Tal vez estará abierto por detrás. ¡Vamos!

Dan vuelta a un vasto rectángulo, pero la valla está igual por todas partes.

Juan la observa detenidamente y dice:

–      Es una valla construida hace poco.

Un viejo leñador deja de partir un tronco caído y se acerca al grupo, preguntando:

–     ¿Qué buscáis?

Elías le contesta:

–     Queríamos entrar en la casa para orar en el sepulcro de Zacarías.  

El hombre contesta:

–     Ya no existe el sepulcro. ¿No lo sabías? Desde que Juan, hijo de Zacarías está en prisión; la casa ya no es suya.

Y es una desgracia, porque todas las ganancias de sus bienes, las daba a los pobres de Hebrón.

Una mañana vino un hombre de la corte de Herodes. Arrojó afuera a Joel el administrador. Puso los sellos; después regresó con trabajadores y empezó a levantar la muralla.

Destruyó el sepulcro. 

–     ¿Quiénes sois?

–      Yo, amigo de Samuel, el pastor. Él…

Jesús interviene:

–     No hace falta, Elías.

Elías se calla.

El leñador continúa:

–     En el ángulo, allí, estaba el sepulcro. El herodiano no lo quiso…

Y una mañana lo encontramos todo destrozado, medio derruido.

Los pobres huesos mezclados… Los recogimos como se pudo… Ahora están en una única arca…

Y en la casa del sacerdote Zacarías ese infame tiene a sus amantes.

Ahora está una actriz de Roma. Por eso ha construído el muro. No quiere que se vea…

¡La casa del sacerdote, un prostíbulo! ¡La casa del milagro y del Precursor! Porque ciertamente es él, si es que no es él el Mesías.

¡Y cuántas dificultades hemos tenido por el Bautista! ¡Pero es nuestro grande! ¡Verdaderamente grande!

Ya cuando nació se dio un milagro. Isabel, vieja como un cardo seco, resultó fértil como un manzano en Adar; primer milagro.

Después vino una prima que era una santa, a servirla y a desatar la lengua del sacerdote. Se llamaba María.

La recuerdo aun cuando casi no la veía; sino muy raramente.

¿Cómo fue? No lo sé.

Lo cierto es que Zacarías, después de nueve meses de silencio; habló, alabando al Señor y diciendo que ya había llegado el Mesías.

No explicó más, pero mi mujer asegura, ella estaba ese día; que Zacarías dijo alabando al Señor, que su hijo iría delante de Él.

Ahora, yo digo: no es como la gente cree.

Juan es el Mesías y camina ante el Señor como Abraham ante Dios, eso es. ¿No tengo razón?

Jesús le rectifica:

–     Tienes razón por lo que respecta al espíritu del Bautista, que siempre camina en presencia de Dios; pero no tienes razón respecto al Mesías.

–     Entonces aquélla de la que se decía que era Madre del Hijo de Dios, lo dijo Samuel. 

 ¿No era verdad que lo era? ¿No vive todavía?

–     Lo era. El Mesías nació, precedido por aquel que en el desierto alzó su voz, como dijo el Profeta.

–    Tú eres el primero que lo asegura.

Juan, la última vez que Joel le llevó una piel de oveja, como todos los años hacía cuando llegaba el invierno, si bien fuera interrogado acerca del Mesías, no dijo: “Ya ha venido“.

Cuando él lo diga…

Juan interviene:

–     Hombre, yo he sido discípulo de Juan y he oído decir: “He aquí el Cordero de Dios”, señalando…

El leñador lo interrumpe:

–     No, no. El Cordero es él. Verdadero Cordero que se ha criado a sí mismo, sin casi necesidad de madre y padre.

Poco después de pasar a ser hijo de la Ley, se aisló en las cuevas de los montes que miran al desierto y allí se ha educado, hablando con Dios.

Isa y Zacarías murieron y él no vino. Padre y madre para él era Dios. No hay santo más grande que él. Preguntad a toda Hebrón.

Samuel lo decía, pero deben tener razón los de Belén. El santo de Dios es Juan.

Jesús pregunta:

–     Si uno te dijera: “El Mesías soy Yo”, ¿Qué dirías tú?

–     Lo llamaría “blasfemo” y lo echaría a pedradas.

–    ¿Y si hiciera un milagro para probar su condición?.

–     Lo llamaría “endemoniado”. El Mesías vendrá cuando Juan se revele en su verdadero ser. 

El mismo odio de Herodes es la prueba. Él, el astuto, sabe que Juan es el Mesías.

–     No ha nacido en Belén.

–     Pero cuando lo liberen, después de anunciarse por sí mismo su próxima venida, se manifestará en Belén.

También Belén espera esto. Mientras… ¡Oh! Ve, si tienes valor, a hablarles a los de Belén de otro Mesías… y verás.

–     ¿Tenéis una sinagoga?

–      Sí. Por esta calle sigue derecho doscientos pasos. No puedes equivocarte. Cerca está el arca de los restos profanados.

–     Adiós. Que el Señor te ilumine.

El hombre se va y Elías dice:

–     Tal vez estará abierto por atrás.

Dan la vuelta y llegan a la parte frontal. 

Dan la vuelta y en el portón hay una joven muy bonita…

Vestida de una manera muy provocativa y sin pudor.

Lo que la convierte en una  mujer ¡Increíblemente hermosa!

Y dirigiéndose a Jesús le dice:

–     Señor, ¿Quieres entrar en la casa? ¡Entra!

Jesús la mira fijamente, severo como un juez y no habla.

Judas la trata con desprecio:

–     ¡Métete desvergonzada! ¡No nos profanes con tu aliento, perra insaciable!

La mujer se sonroja violentamente y baja la cabeza apenada.

Confundida y escarnecida, trata de desaparecer; mientras pilluelos y transeúntes se burlan de ella. 

Jesús dice enojado:

–     ¿Quién es tan puro que pueda decir: ‘Jamás he deseado la manzana que Eva ofreció’ Señálenmelo y Yo lo saludaré como ‘santo’?

¿Ninguno?…

Jesús hace uso de su vista espiritual y lanza su mirada hacia el futuro…

Ante el silencio que sigue, continúa implacable:   

–     Entonces; si no por desprecio; más por debilidad; si os sentís incapaces de acercaros a ella; ¡Retiraos!

No obligo a los débiles a una lucha desigual.

Se vuelve hacia ella y le dice: 

–    Mujer, quiero entrar. Esta casa era de un pariente mío, muy querido.

Las palabras punzantes de la gente la hieren en lo más vivo, pero está subyugada y no se atreve a moverse.  

Ella contesta ruborizada:

–    Entra Señor; si no sientes asco de mí.

Jesús indica:

–    Deja la puerta abierta. Que el mundo vea y no murmure.

Jesús pasa serio. Majestuoso.

La mujer lo recibe reverente y se va corriendo hasta el fondo del jardín.

Mientras, Jesús llega hasta el pie de la escalinata y mira de refilón por las puertas entreabiertas. 

Luego se dirige hacia donde estaba el sepulcro, que ahora está convertido en un lararium.

Cuando llega hasta ahí,

Jesús dice:

–    Los huesos de los justos, aunque estén resecos y dispersos, gimen por un bálsamo de purificación y esparcen semillas de vida eterna.

¡Paz a los muertos que han vivido en el bien! ¡Paz a los puros que duermen en el Señor! ¡Paz a quienes sufrieron, pero no quisieron conocer vicio!

¡Paz a los verdaderos grandes del mundo y del Cielo! ¡Paz!

Jesús ha dicho estas palabras, como una bendición.

La mujer, bordeando un seto que la ocultaba, se ha acercado hasta Él y dice con tono de súplica:

–     ¡Señor!

–     Mujer.

–     Tu nombre, Señor.

–     Jesús.

–     No lo he oído nunca. Soy romana: actriz y bailarina. No soy experta más que en lascivias.

¿Qué quiere decir ese Nombre? El mío es Aglae y quiere decir: vicio.

–     El mío quiere decir: Salvador.

–    ¿Cómo salvas? ¿A quién?  

–    A quien tiene buena voluntad de ser salvado. Yo salvo al enseñar a ser puros. A preferir el Dolor a la honra. A amar el Bien a toda costa.

Jesús habla sin acritud; pero tampoco se vuelve a mirarla.

Ella continúa detrás de Él:

–     Yo estoy perdida…

–     Yo soy Aquel que busca a los perdidos.

–     Yo estoy muerta.

–     Yo soy Aquel que da Vida.

–     Yo soy porquería y mentira.

–     Yo soy Pureza y Verdad.

–     También eres Bondad, Tú, que no me miras, no me tocas, no me pisoteas. Ten Piedad de mí…

–     Ante todo, primero tú ten piedad de tí, de tu alma. 

–    ¿Qué es el alma?

–     Lo que hace del hombre un dios y no un animal. El vicio, el pecado, la mata.

Y cuando está muerta, el hombre se convierte en un animal repugnante.

–     ¿Podré volver a verte?

–     Quien me busca me encuentra.

–     ¿Dónde estás?

–     Donde los corazones necesitan Médico y medicinas para volver a ser honestos.

–     Entonces… no te volveré a ver… Yo estoy donde no se quiere médico ni medicinas ni honestidad.

–     Nada te impide venir a donde Yo esté. Mi Nombre será gritado por los caminos y llegará hasta ti. Adiós.

–     Adiós, Señor. Déjame que te llame “Jesús”.

¡No por familiaridad!… Para que entre en mí un poco de salvación. Soy Aglae, acuérdate de mí.

–    Sí. Adiós.

La mujer se queda en el fondo.

Jesús sale severo. Mira a todos.

Ve perplejidad en los discípulos, burla en los hebronitas.

Un siervo cierra el portón.

Jesús va recto por la calle. Llama a la sinagoga.

Se asoma un viejo enjuto, que ni siquiera le da tiempo a Jesús de hablar.

–     ¡Lárgate! La sinagoga está prohibida en este lugar santo, para los que tienen comercio con las meretrices. ¡Fuera!.

Jesús se vuelve sin hablar y continúa caminando por la calle, seguido por los suyos que van detrás, hasta que se encuentran fuera de Hebrón.

Entonces hablan.             

Judas exclama:

–      Hay que decir que Tú te lo has buscado, Maestro. ¡Una meretriz!

Jesús contesta enigmático:

–      Judas, en verdad te digo que ella te superará.  

Y bien; ahora que me lo hechas en cara; ¿Qué me dices de los judíos?

En los lugares más santos de Judea, se han burlado de nosotros y nos han arrojado…

Pero así es. Vendrá el tiempo en que Samaría y los gentiles adorarán al Dios Verdadero y el Pueblo del Señor estará manchado de sangre y de un Crimen…

De un Delito respecto al cual el de las meretrices que venden su carne y su alma será poca cosa.

No he podido orar ante los huesos de mis primos y del justo Samuel, pero no importa.

Reposad, huesos santos, ¡Regocijaos, oh espíritus que habitáis en ellos! ¡La primera resurrección está cercana!

¡Luego vendrá el día en que seréis presentados a los ángeles como los espíritus de los siervos del Señor.!

Jesús calla y todo termina.

 

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