Archivos diarios: 9/08/20

38 SUFRIMIENTO DIVINO


Hago un llamado URGENTE a todo el mundo católico para que el próximo DOMINGO 9 de Agosto se lleve a cabo una jornada de ayuno y oración a nivel mundial con el rezo del rosario de mi Preciosísima Sangre y con el rezo del Exorcismo de San Miguel, de 12:00 am a 6:00 pm, pidiéndole al Padre Celestial por la protección de mis Templos, Santuarios y Lugares Santos, que están siendo destruidos y profanados por las fuerzas del Mal en este mundo.

38 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Es una bella campiña donde se encuentra Jesús, en una zona de tierras óptimas.

Hay magníficos árboles frutales; espléndidos viñedos con racimos a punto de colorearse de oro y rubí.

Jesús está sentado bajo un árbol y come la fruta que le ofreció un campesino.

Juan Simón y Judas comen sabrosos higos, sentados sobre una pequeña barda.

Quizás poco antes ha estado hablando,

porque el campesino dice:

–   Me alegro de poder aliviar tu sed, Maestro.

Tu discípulo ya nos había hablado de tu sabiduría, pero aun así nos hemos quedado asombrados al escucharte.

Cerca como estamos de la Ciudad Santa, se va frecuentemente a ella para vender fruta y verduras. Se sube entonces también al Templo y se escucha a los rabíes.

Pero no hablan no, como Tú. Uno vuelve diciendo: “Si es así, ¿Quién se salva?”.

Tú, por el contrario… ¡Oh, a uno le parece sentir el corazón aligerado!

Un corazón que vuelve a ser niño, aunque se siga siendo hombre. Soy un hombre rudo… no sé explicarme, pero Tú, sin duda, entiendes.

–    Sí. Te entiendo.

Quieres decir que, con la seriedad y el conocimiento de las cosas propios de quien es adulto sientes, después de haber escuchado la Palabra de Dios, que la simplicidad, la Fe, la pureza te renacen en el corazón.

Y te parece como si volvieras a ser niño, sin culpas ni malicia.

Con mucha Fe, como cuando de la mano de tu madre subías al templo por primera vez u orabas sobre sus rodillas. Esto quieres decir.

–    Eso sí, exactamente esto.   

Y volviéndose hacia Juan, Simón y Judas, que se deleitan con sabrosos higos,

Les dice:

–       ¡Dichosos vosotros que estáis siempre con El!

Y termina:

 –     Y dichoso yo por tenerte como huésped durante una noche. Ya no temo ninguna desventura en mi casa, porque tu bendición ha entrado en ella. 

Jesús responde:

–    La bendición actúa y dura si los corazones permanecen fieles a la Ley de Dios y a mi doctrina; en caso contrario, la gracia cesa.

Y es justo, porque, si es verdad que Dios da sol y aire tanto a los buenos como a los malos para que vivan. Y si son buenos, se hagan mejores y si son malos, se conviertan.

También es justo que la protección del Padre se retire, para castigo del malvado, para moverlo con penas a acordarse de Dios.

–   ¿No es siempre un mal el dolor?

–   No, amigo.

Es un mal desde el punto de vista humano, pero desde el punto de vista sobrehumano es un bien. Aumenta los méritos de los justos que lo sufren sin desesperación y rebelión.

Y que lo ofrendan, ofreciéndose a sí mismos con su resignación, como sacrificio de expiación por las propias faltas y por las culpas del mundo.

Y es también redención para los no justos.

Llegan otra decena de personas que son familiares y se unen para escuchar con atención.

El campesino dice:

–   ¡Es tan difícil sufrir!…

uvasJesús explica:

–   Sé que el hombre lo encuentra difícil.

Y el Padre sabiendo esto, al principio no había dado el dolor a sus hijos. El dolor vino por la culpa.

Pero, ¿Cuánto dura el dolor en la Tierra, en la vida de un hombre?

Poco tiempo, siempre poco aunque durase toda la vida. Ahora bien, Yo digo: ¿No es mejor sufrir durante poco tiempo que siempre?

¿No es mejor sufrir aquí que en el Purgatorio? Pensad que el tiempo allí se multiplica por mil.

Oh!, en verdad os digo que no se debería maldecir sino bendecir el sufrimiento y llamarlo “gracia” y llamarlo “piedad”.

–    Nosotros bebemos tus palabras, Maestro, como un sediento en verano bebe agua con miel, sacada de fresca ánfora!

¿Te vas realmente mañana, Maestro?

–    Sí, mañana.

Pero volveré, para darte las gracias por cuanto has hecho por mí y por los míos, y para pedirte otra vez un pan y descanso.

–    Eso siempre lo encontrarás aquí, Maestro.

Se acerca un hombre con un borrico cargado de verduras.

–    Mira, si tu amigo quiere partir… mi hijo va a Jerusalén para el gran mercado de la Parasceve.

–   Ve, Juan. Tú sabes lo que debes hacer. Dentro de cuatro días nos volveremos a ver. Mi paz sea contigo.

Jesús abraza a Juan y lo besa.

Simón también hace lo mismo.

Judas dice:

–   Maestro, si lo permites, voy con Juan.

Me urge ver a un amigo. Todos los sábados está en Jerusalén. Iría con Juan hasta Betfagé y luego iría por mi cuenta… Es un amigo de casa… ya sabes… mi madre me dijo…

–   No te he preguntado nada, amigo.

–   Me llora el corazón al tener que dejarte. Pero dentro de cuatro días estaré de nuevo contigo, y seré tan fiel que hasta te resultaré pesado.

–   Ve. Para el alba de dentro de cuatro días estad en la Puerta de los Peces. Adiós y que Dios te asista.

Judas besa al Maestro y se marcha a poca distancia del borrico, que trota por el camino polvoriento.

Cae la tarde sobre la campiña, que se hace silenciosa.

Simón observa cómo trabajan los hortelanos regando sus parcelas.

Jesús permanece un tiempo en donde estaba.

Luego se levanta, va hacia la parte de atrás de la casa, se adentra entre los árboles frutales, se aísla.

Va hasta una parte muy tupida en la cual robustos granados se entrecruzan con matas bajas de uva crespa que ya no tienen frutos.

Jesús se esconde detrás, se arrodilla, ora… y luego se inclina hacia la hierba, con el rostro contra el suelo.

Y sus suspiros profundos y quebrados, delatan que está llorando.

Es un llanto desconsolado; sin sollozos, pero muy triste.

Pasa el tiempo. La luz es ya crepuscular, pero aún no hay tanta oscuridad como para no poder ver.

En este marco de escasa luz, se ve sobresalir por encima de una mata, la cara fea pero honesta de Simón.

Mira, busca, y distingue la forma replegada sobre sí del Maestro, todo cubierto por el manto azul oscuro que lo confunde casi con las sombras del suelo.

Sólo resaltan la cabeza rubia, apoyada sobre las muñecas y las manos unidas en oración, que sobresalen por encima de aquélla.

Simón mira con esos ojos suyos un tanto saltones.

Comprende que Jesús está triste, por los suspiros que emite y su boca de labios abultados y violáceos se abre…

Al exclamar:

–   ¡Maestro!

Jesús alza el rostro.

–   ¿Lloras, Maestro? ¿Por qué? ¿Me permites acercarme?

El rostro de Simón está lleno de asombro y pena.

Es un hombre feo. A las facciones no bellas, al colorido olivastro oscuro, se une el bordado azulino y hoyado de las cicatrices que su mal le ha dejado.

Pero tiene una mirada tan llena de bondad, que desaparece la fealdad.

–   Ven, Simón, amigo.

Jesús se ha sentado en la hierba.

Simón se sienta cerca de Él.

–    ¿Por qué estás triste, Maestro mío? Yo no soy Juan y no sabré darte todo lo que te da él. Pero deseo darte todo el consuelo.

Siento sólo un dolor: el de ser incapaz de hacerlo.

Dime: ¿Te he disgustado en estos últimos días hasta el punto de que te abata el tener que estar conmigo?

–    No, amigo bueno. No me has disgustado jamás desde el momento en que te vi.

Y creo que nunca serás para mí motivo de llanto.

–   ¿Entonces, Maestro?

No soy digno de que te confíes a mí, pero, por la edad, casi podría ser padre tuyo y Tú sabes qué sed de hijos he tenido siempre…

Deja que te acaricie como si fueras un hijo y que te haga en esta hora de dolor, de padre y de madre.

Es de tu Madre de quien Tú tienes necesidad para olvidar muchas cosas…

–   ¡Oh, sí, es de mi Madre!

–    Pues déjale a tu siervo la alegría de consolarte, en espera de poder consolarte en Ella.

‘Tú lloras Maestro, porque ha habido uno que te ha disgustado. Desde hace días tu rostro es como sol ensombrecido por nubes.

Yo te observo. Tu bondad cela tu herida, para que nosotros no odiemos al que te hiere; pero ésta herida duele y te produce náusea.

 Señor mío: ¿Por qué no alejas de ti la fuente del dolor?

–    Porque es inútil humanamente y además sería anticaridad.

–    ¡Ah! ¡Te has dado cuenta de que hablo de Judas!

Es por él por quien sufres. ¿Cómo puedes Tú, Verdad, soportar a ese embustero? Él miente y no cambia de color.

Es más falso que un zorro, más compacto que un peñasco. Ahora se ha ido. ¿A hacer qué?

Pero ¿Cuántos amigos tiene? Me duele dejarte; si no, querría seguirlo y ver…

¡Oh! ¡Jesús mío! Ese hombre… Aléjalo de ti, Señor mío.

–    Es inútil. Lo que debe ser será.

–   ¿Qué quieres decir?

–    Nada especial.

–    Tú no te has opuesto a que se marche porque…

Porque te has asqueado de su modo de actuar en Jericó.

–    Es verdad, Simón.

Yo te sigo diciendo: Lo que debe ser será. Y Judas es parte de este futuro. Debe estar también él.

–    Juan me ha dicho que Simón Pedro es todo autenticidad y fuego… ¿Lo podrá soportar a éste?

–    Lo debe soportar.

También Pedro está destinado a ser una parte. Y Judas es el cañamazo en el que debe tejer su parte.

O si lo prefieres, es la escuela en que Pedro más madurará.

Ser bueno con Juan, entender a los espíritus como Juan, es virtud hasta de los tontos.

Pero ser bueno con quien es un Judas… Y saber entender a los espíritus como los de Judas…

Y ser médico y sacerdote para ellos, es difícil: JUDAS ES VUESTRA ENSEÑANZA VIVIENTE.

–    ¿La nuestra?

–    Sí. La vuestra.

El Maestro no es eterno sobre la Tierra. Se irá después de haber comido el más duro pan y haber bebido el más agrio vino.

Pero vosotros os quedaréis para continuarme… y debéis saber.

Porque el mundo no termina con el Maestro, sino que continúa después, hasta el retorno final del Cristo y el juicio final del hombre.

Y, en verdad te digo que por un Juan, un Pedro, un Simón, un Santiago, Andrés, Felipe, Bartolomé, Tomás, hay al menos otras tantas veces siete Judas.

¡Y más, más aún!…

Simón reflexiona y calla.

Luego dice:

–    Los pastores son buenos. Judas los desprecia. Yo los amo.

–    Yo los amo y los ensalzo.

–    Son almas sencillas, como te agradan a ti.

–    Judas ha vivido en una ciudad.

–    Es su única disculpa.

Pero muchos han vivido en una ciudad y sin embargo… ¿Cuándo piensas venir donde mi amigo?

–    Mañana, Simón.

Y con mucho gusto, porque estamos tú y Yo solos. Creo que será un hombre culto y experimentado como tú.  

–    Y sufre mucho… en el cuerpo y más aún, en el corazón. Maestro… quisiera pedirte una cosa: si no te habla de sus tristezas, no le preguntes sobre su casa.

–    No lo haré. Yo soy para quien sufre, pero no fuerzo las confidencias; el llanto tiene su pudor.

–    Y yo no lo he respetado… Pero es que me has dado tanta pena…

–   Tú eres mi amigo y ya le habías dado un nombre a mi dolor.

Yo para tu amigo soy el Rabí desconocido. Cuando me conozca… entonces…

Vamos. La noche ha llegado.

No hagamos esperar a los huéspedes, que están cansados. Mañana al alba iremos a Betania.

Jesús dice:

(Para los pequeños Juanes, que buscamos beber las enseñanzas de nuestro ABBA adorado)

Pequeño Juan, ¡Cuántas veces he llorado, rostro en tierra, por los hombres!

¿Y vosotros quisierais ser menos que Yo?

También para vosotros, los buenos están en la proporción que había entre los buenos y Judas. Y cuanto más bueno es uno, más sufre por ello.

Pero también para vosotros – y esto lo digo especialmente para aquellos que han sido designados para el cuidado de los corazones –

ES NECESARIO APRENDER ESTUDIANDO A JUDAS.

Todos sois “Pedros” vosotros, sacerdotes. Y debéis atar y desatar; pero, ¡Cuánto, cuánto, cuánto espíritu de observación, cuánta fusión en Dios,

cuánto estudio vivo, cuántas comparaciones con el método de vuestro Maestro debéis hacer para serlo como debéis!

A alguno le parecerá inútil, humano, imposible cuanto ilustro. 

Son los de siempre, los que niegan las fases humanas de la vida de Jesús. Y de Mí hacen una cosa tan fuera de la vida humana que soy sólo cosa divina.

¿Dónde queda entonces la Santísima Humanidad, dónde el sacrificio de la Segunda Persona vistiendo una carne?

¡Pues verdaderamente era Hombre entre los hombres!

Era el Hombre, y por tanto sufría viendo al traidor y a los ingratos, y por tanto gozaba con quien me quería o a mí se convertía,

y por tanto me estremecía y lloraba ante el cadáver espiritual de Judas.

Me estremecí y lloré ante el amigo muerto, (Lázaro), pero sabía que lo llamaría a la vida y gozaba viéndolo ya con el espíritu en el Limbo.Aquí… aquí estaba frente al Demonio. Y no digo más.

Tú sígueme, pequeño Juan. Demos a los hombres también este don.

¡Bienaventurados los que escuchan la Palabra de Dios y se esfuerzan en cumplirla!

¡Bienaventurados los que quieren conocerMe para amarMe!

En ellos y para ellos, Yo seré Paz y bendición.

37 CONVIVIENDO CON EL ENEMIGO


Hago un llamado URGENTE a todo el mundo católico para que el próximo DOMINGO 9 de Agosto se lleve a cabo una jornada de ayuno y oración a nivel mundial con el rezo del rosario de mi Preciosísima Sangre y con el rezo del Exorcismo de San Miguel, de 12:00 am a 6:00 pm, pidiéndole al Padre Celestial por la protección de mis Templos, Santuarios y Lugares Santos, que están siendo destruidos y profanados por las fuerzas del Mal en este mundo.

37 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Es la plaza del mercado de Jericó por la tarde, bajo una prolongada puesta de sol calurosísima, de pleno verano.

Del mercado de la mañana sólo quedan rastros: restos de verduras, montones de excrementos, paja caída de las cestas o de los aparejos de los burros.

Jirones de andrajos… en los que las moscas triunfan en todo y el sol hace fermentar y evaporar hedores y olores de cosas poco agradables.

La vasta plaza está vacía. Sólo algún raro transeúnte, algún vándalo pendenciero que tira piedras a los pájaros de los árboles de la plaza, alguna mujer que va a la fuente… nada más.

Jesús llega por una calle, mira a su alrededor, no ve todavía a nadie.

Pacientemente se apoya en un tronco y espera, encontrando la manera de hablar a los bribones, sobre la caridad que comienza en Dios y desciende del Creador a todas las criaturas.

–     No seáis crueles. ¿Por qué molestáis a los pájaros?

Tienen nidos ahí arriba, tienen a sus pequeñas crías, no hacen daño a nadie, nos proporcionan cantos y limpieza, comiéndose los desperdicios que el hombre deja, los insectos que perjudican las cosechas y la fruta. 

¿Por qué herirlos y matarlos, privando a los pequeñuelos de sus padres y de sus madres, o a éstos de sus pequeñuelos?

Os agradaría que un malvado entrase en vuestra casa y os la destruyera?

O ¿Que os matara a vuestros padres o que os llevara lejos de ellos? No, claro que no os agradaría. Entonces,

¿Por qué hacer a estos inocentes lo que no querríais que os hicieran a vosotros?

¿Cómo podréis el día de mañana no hacer mal al hombre, si de niños os endurecéis el corazón con criaturitas inermes y delicadas como los pajaritos?

Y ¿No sabéis que la Ley dice: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”?

Quien no ama al prójimo tampoco puede amar a Dios. Y quien no ama a Dios, ¿Cómo puede ir a su Casa a pedirle algo?

Dios podría decirle, y lo dice en los Cielos: “Vete, no te conozco. ¿Hijo, tú? No. No amas a tus hermanos, no respetas en ellos al Padre que los creó;

por tanto, no eres ni hermano ni hijo, sino un bastardo: hijastro para Dios, hermanastro para los hermanos”.

¿Veis cómo ama Él, el Señor eterno?

En los meses más fríos hace que sus pajaritos puedan encontrar llenos los heniles, para que aniden en ellos.

En los meses calurosos les da las sombras de las hojas para protegerlos del sol.

Durante el invierno, en los campos, apenas está el trigo cubierto de tierra y es fácil sacar la semilla y comerla.

En verano, alivian la sed con las frutas jugosas.

Y pueden hacer los nidos bien sólidos y calientes con las pajitas de heno y con la lana que las ovejas dejan en las zarzas.

Y es el Señor. Vosotros, pequeños hombres, creados por Él como los pájaros, por tanto hermanos suyos de creación,

¿Por qué queréis ser distintos de Él, creyendo que os es lícito comportaros cruelmente con estos pequeños animales?

Sed misericordiosos con todos y no privéis de lo justo a ninguno; para con los hombres hermanos y para con los animales, vuestros siervos y amigos.

Y Dios….

Simón dice:

–     ¿Maestro? Judas está llegando.

Jesús termina con:

–       …y Dios será misericordioso con vosotros, dándoos todo cuanto os hace falta, como se lo da a estos inocentes.

Marchaos y llevad con vosotros la paz de Dios.

Jesús se abre paso en el círculo de muchachos, a los que se habían unido algunos adultos…

Y se dirige al encuentro con Judas y Juan, que vienen rápidos por otra calle.

A Judas se le ve jubiloso.

Juan sonríe a Jesús… pero no parece contento en absoluto.  

Cuando se reúnen, Judas dice a Jesús:

–    Ven. Ven, Maestro. Creo que lo hice bien… Pero ven conmigo. En la calle no se puede hablar.

Jesús pregunta:

–   ¿A dónde, Judas?

–    A la fonda. Aparté cuatro habitaciones. ¡Oh! Son modestas, no te asustes.

Lo hice tan solo para poder descansar en un lecho, después de tantos sinsabores. De este calor.

Volver a comer como gentes y no como pajaritos, en el follaje, junto al pozo.

Y hablar también tranquilamente. Hice una buena venta. ¿Verdad, Juan?

Juan asiente sin mucho entusiasmo.

Pero Judas está tan contento de lo que ha hecho que no nota, ni que Jesús se muestra poco contento ante la perspectiva de un alojamiento cómodo, ni la aún menos entusiasta actitud de Juan.

Y continúa su informe:

–    Después de que vendí en más de lo que había pensado me dije: ‘Es justo que tome un poquitín: cien denarios, para dormir y comer.

Si nosotros que siempre hemos comido, estamos agotados; mucho más debe estarlo Jesús. ¡Mi deber es cuidar de que no se enferme mi Maestro!

Deber de amor. Porque Tú me amas y yo también. Hay lugar para todos y para vuestras ovejas. –dice a los pastores- He pensado en todo.

Jesús no dice una palabra. Lo sigue con los demás.

Llegan a una plaza secundaria.

Y Judas extiende su brazo y señala:

–    ¿Veis aquella casa sin ventanas en esa calle y con la puertecilla tan estrecha que parece una hendidura?

Es la casa del orfebre Diomedes. Parece una casa pobre. ¿No es así? Pero adentro hay tanto oro, como para comprar a toda Jericó.

Y ¡Ah! ¡Ah! –Judas ríe con malicia- Y en ese oro se pueden encontrar muchos collares, copas y muchas otras cosas de personas muy influyentes en Israel.

Diomedes. ¡Oh! Todos fingen no conocerlo; pero todos lo conocen. Desde los herodianos, hasta… Bueno…

Todos, son todos. En esa pared lisa y pobre, se podría escribir: ‘Misterio y secreto’ ¡Si hablase!

Juan, nadie se podría escandalizar del modo en cómo hice el trato. Tú te morías, ahogado de vergüenza y de escrúpulos.

Escúchame, Maestro. No vuelvas a mandarme con Juan a ciertos negocios.

Por poco hace que todo saliera mal. No sabe agarrarlas al vuelo. No sabe negar. Y con un astuto como Diomedes, es necesario ser rápidos.

Juan dice entre dientes:

–    Decía cada cosa tan rara y tan… tan…

¡Sí, Maestro! No me vuelvas a mandar. Sólo soy capaz de amar. Yo…

Jesús responde muy serio:

–    Difícilmente tendremos necesidad de ventas semejantes.

Judas señala una edificación muy grande y dice:

–    Allí está la fonda. Ven, Maestro. Yo hablaré, porque es a mí al que conocen.

Entran y Judas habla con el dueño que hace que lleven las ovejas al establo y después conduce a los huéspedes a un salón donde hay esteras para lecho; sillas y una mesa preparada. Se retira al punto.

Judas dice apresurado:

–     Hablemos pronto, Maestro. Mientras los pastores están ocupados en acomodar a sus ovejas.

–    Te escucho.

–    Juan puede decir si soy sincero o no.

–    No lo dudo. Entre honrados no es necesario ni juramento, ni testimonio. Habla.

–    Llegamos a Jericó a la hora de la siesta. Estábamos sudados como animales de carga.

¡Preparé un plan cuando veníamos por el camino! Y primero venimos aquí para descansar; refrescarnos y arreglarnos.

No quería dar a Diomedes la impresión de que tenemos necesidad urgente.

¡Oh! Juan no quería acicalarse con ungüento, ni arreglarse los cabellos. Me costó mucho trabajo convencerlo.

Y cuando ya estábamos descansados y frescos; como dos ricachones en viaje de placer, al atardecer dije: ¡Vámonos!

Y nos fuimos hacia la casa de Diomedes. Cuando estábamos a punto de llegar, le dije a Juan: ‘Tú me secundas. No me desmientas y sé rápido en comprender’

Pero hubiera sido mejor que lo dejara afuera. Para nada me ayudó. Al contrario.

Por buena suerte, soy rápido por los dos y todo salió bien.

En ese momento salía el alcabalero. Usurero y ladrón como todos sus iguales.

Siempre tiene collares que ha arrancado con amenazas y usuras, a los desgraciados a quienes impone una tasa mayor de lo lícito, para poder gozar así de más crápulas y con mujeres.

Es un amigo de Diomedes que compra y vende oro y carne.

Entramos después de que me di a conocer.

Digo entramos, porque una cosa es ir al lugar donde finge trabajar honradamente el oro y otra, bajar al subterráneo donde él hace sus verdaderos negocios.

Es necesario que él lo conozca a uno muy bien, para poder hacer esto.

Cuando me vio me dijo: ‘¿Otra vez quieres vender oro? La situación es muy difícil y tengo poco dinero.’ Su acostumbrado cantar.

Y le respondí: ‘No vengo a vender, sino a comprar. ¿Tienes joyeles de mujeres que sean bonitos; preciosos y de oro puro?

Diomedes quedó estupefacto y preguntó:

–   ¿Quieres una mujer?

–   No te preocupes. No se trata de mí. Se trata de este amigo mío que está comprometido y quiere comprar oro para su amada.

Y aquí, Juan empezó a portarse como un chiquillo.Diomedes lo estaba mirando. Vio que se ponía colorado y como el viejo lujurioso que es,

dijo:

–   ¡Eh! El muchacho solo al oír la palabra ‘prometido’, siente fiebre de amor. ¿Es muy hermosa tu dama?

Le di un puntapié a Juan para despertarlo y hacerle comprender que no hiciera el tonto.

Y respondió con un ‘sí’ tan apagado, que Diomedes comenzó a sospechar.

Entonces yo tomé la palabra:

–    Sí. Hermosa. Y eso no debe importarte viejo. Ella no será jamás del número de mujeres por el que merecerás el infierno.

Es una doncella honesta y en breve será una buena esposa. Saca tu oro. Soy el padrino de bodas y tengo el encargo de ayudar al joven.

Yo soy judío y ciudadano; él es Galileo. ¿O no? ¡Siempre os entregáis por esos cabellos!

–   ¿Es rico?

–    ¡Mucho!

Enseguida fuimos abajo y Diomedes abrió sus cofres y sus tesoros.

Judas se vuelve hacia Juan:

–    Pero di la verdad Juan, ¿No parecía uno estar en el Cielo ante tantas joyas de oro maravillosas y llenas de piedras preciosas?

Gargantillas y collares entretejidos, brazaletes, aretes, redecillas de oro y piedras preciosas para los cabellos; peinetas, broches, anillos…

¡Ah! ¡Qué esplendor! Con mucha calma escogí de aquí y de allá.

Elegí joyas como las de Aglae. Todo tal y como lo tenía en la bolsa y en igual número.

Diomedes estaba aterrado y preguntó:

–   ¿Todavía más? Pero, ¿Quién es éste? Y la novia, ¿Quién es? ¿Acaso una princesa?

Cuando tuve todo lo que quería, dije:

–   ¡El Precio!

¡Oh! ¡Qué letanía de lamentos preparatorios sobre la situación actual; sobre las tasas; los peligros, los ladrones! ¡Oh! ¡Qué letanía de afirmaciones de honradez!

Y luego, la respuesta:

–    Porque se trata de ti, te diré la verdad sin exageraciones. Pero menos no puedo, ni siquiera un dracma. Pido doce talentos de plata. 

–    ¡Ladrón! ¡Vámonos, Juan! En Jerusalén encontraremos uno que sea menos ladrón que éste.

Simulé que salía y corrió detrás de mí.

–    Mi muy grande amigo. Mi amigo predilecto. Ven. Escucha a tu pobre siervo.

No puedo menos. De veras que no puedo. Mira. Hago un verdadero esfuerzo. Me arruino.

Lo hago porque siempre me has brindado tu amistad. Y me has traído buenos negocios. Once talentos. ¿Qué tal?

Es lo que daría si tuviera que comprar este oro a quien tiene hambre. Ni un céntimo menos. Sería como quitarme la sangre de las venas.

¿Verdad que así hablaba? Causaba risa y náuseas.

Cuando vi que se mantenía en el precio, le di el golpe:

–    Viejo sucio. Comprende que no quiero comprar, sino vender.

Judas saca la bolsa y agrega: 

–    Mira. Es hermoso. Oro de Roma y de nueva cuña. Muchos lo querrán.

Es tuyo por once talentos. Lo mismo que pediste por esto. Tú pusiste el precio. Paga tú.

–    ¡Uff! ¡Entonces es una traición! ¡Has traicionado la estima que tenía de ti! ¡Eres mi ruina! ¡No puedo dar tanto!- aullaba- ¡No puedo!

–    Mira que lo llevo a otros.

–    No, amigo.

Y extendía sus manos ganchudas, sobre las joyas de Aglae.

Entonces paga. Yo debería pedir doce talentos, pero me conformo con tu último pedido.

–    No puedo.

–    ¡Usurero! Mira que tengo aquí un testigo que te puede denunciar como ladrón…-y le dije otras virtudes que no puedo repetir porque aquí está este muchacho.

En fin. Como tenía necesidad de vender y de hacerlo pronto. Le hablé al oído y dije una cosita entre él y yo que no observaré. Pues, ¿Qué valor tiene una promesa hecha a un ladrón?

Y cerramos el trato en diez talentos y medio. Llegamos a este acuerdo en medio de lloriqueos y afirmaciones de amistad y… de mujeres.

Y Juan casi se pone a llorar.  

Judas se vuelve hacia el predilecto y le dice:

–     Pero ¿Qué te importa que piensen que eres un vicioso? Basta con que no lo seas.

¿No sabes que el mundo es así y que eres un aborto del mundo? Un joven que no conoce a lo que sabe una mujer. ¿Quién quieres que te crea?

Y si te creen… ¡Oh! ¡No me gustaría que pensasen de mí, lo que pueden pensar de ti, quienes creen que no tienes deseos de mujer!

Judas entrega la bolsa a Jesús y agrega:

–   Mira, Maestro. Tú mismo cuenta.

Después de cerrar el negocio y porque Diomedes me lo dijo, pasé con el alcabalero y le dije: ‘Tómate esta porquería y dame los talentos que Diomedes te dio’.

Así pues por último y cuando me despedí de él, le dije:

–     ‘Acuérdate que el Judas del Templo, no existe más. Ahora soy discípulo de un santo. Disimula no haberme conocido jamás, si en algo estimas el cuello.’

Y por poco se lo tuerzo, porque me respondió de muy mala manera.

Simón pregunta con indiferencia:

–    ¿Qué te dijo?

–    Me dijo: ¿Tú, discípulo de un santo? Jamás lo creeré. O muy pronto veré aquí también al santo, venir para pedirme una mujer.

Diomedes es una vieja alimaña en el mundo. Pero tú eres la joven. Yo todavía podré cambiar, aunque he llegado a ser lo que soy de viejo. Pero tú no cambiarás, porque ya naciste así.”

Judas se vuelve hacia Jesús.

Y remata:

–     ¡Viejo lujurioso! ¡Niega tu poder! ¿Entiendes?

Simón dice:

–    Y como buen griego, dice muchas verdades.

–    ¿Qué insinúas Simón? ¿Lo dices por mí?

–    No. Por todos. Es uno que conoce el oro y los corazones, de la misma manera.

Es un ladrón en todos sus negocios y tiene muy mala fama. Pero se escucha en él la filosofía de los grandes griegos.

Conoce al hombre, animal con siete branquias de pecado. Pulpo que destroza el bien, la honradez, el amor. Tantas otras cosas en sí y en los demás.

–    Pero no conoce a Dios.

–    ¿Y tú se lo querrías enseñar?

–    ¿Yo? ¡Sí! ¿Por que no? Los pecadores son los que tienen necesidad de conocer a Dios.

–    Así es. Pero el maestro debe conocerlo; para poder enseñarlo.

Jesús interviene:

–    Paz, amigos. Ya vienen los pastores.

No perturbemos su corazón con estas peleas entre nosotros. ¿Contaste tú el dinero?

Judas afirma con la cabeza.

–    Es suficiente. Lleva a buen término todas tus acciones; cómo has llevado esta.

Y te lo repito: si puedes, en lo porvenir no mientas. Ni siquiera para realizar una acción buena.

Los pastores entran y Jesús les dice:

–    Amigos, aquí hay diez talentos y medio. Faltan solo diez denarios que Judas tomó para gastos de alojamiento, tomadlos.

Judas pregunta:

–   ¿Lo das todo?

–    Todo. No quiero ni siquiera un céntimo.

Nosotros tenemos la limosna de Dios y de éstos que le buscan honradamente. Y jamás nos faltará lo indispensable. Creedlo.

Tomadlos y sed felices, por causa del Bautista, como lo soy Yo.

Mañana iréis a su prisión, vosotros, Juan y Matías.

Simón y José irán con Elías a contárselo y a darle instrucciones para el futuro.

Elías sabe. Después José regresará con Leví.

El encuentro será dentro de diez días en la Puerta de los Peces, en Jerusalén, al amanecer.

Ahora, comamos y descansemos.

Mañana temprano parto con los míos. No tengo otra cosa que deciros. Más tarde tendréis noticias de Mí.

Y todo se desvanece en el momento en que Jesús parte el pan…