42 EL SEMBRADOR CELESTIAL


42 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Están todos sentados en círculo sobre la hierba de la orilla de un río.

Isaac está hablando con Jesús, informando acerca del trabajo realizado.

–     Maestro, son mejores los humildes. Esos con los que hablé o se burlaron o manifestaron indiferencia. ¡Oh, sin embargo, los pequeños de Yuttá…!

Judas interviene y cosa rara, llama por su nombre al pastor:

–     Isaac, yo pienso como tú; estando con ellos perdemos tiempo y fe. Yo renuncio.

–     Yo no, aunque de hecho me hace sufrir.

Renunciaré sólo si el Maestro lo dice. Estoy acostumbrado desde hace años a sufrir por fidelidad a la verdad. No puedo mentir para atraerme la simpatía de los poderosos.

¿Sabes cuántas veces vinieron para burlarse de mí, a mi habitación de enfermo, haciéndome falsas promesas para ayudarme con la condición de decir que había mentido y que Tú, Jesús, no eras el recién nacido Salvador.

Pero yo no podía mentir. Mentir habría sido renegar mi alegría, habría sido matar mi única esperanza, habría sido rechazarte, ¡Oh Señor mío! ¡Rechazarte a Tí!…

En la oscuridad de mi miseria, en la desolación de mi enfermedad, gozaba siempre de un cielo sembrado de estrellas:

El rostro de mi madre, única alegría de mi vida de huérfano y el rostro de una esposa que nunca fue mía, a la cual guardé un amor en mi corazón incluso después de la muerte.

Éstas eran las dos estrellas menores.

Luego tenía dos estrellas más grandes, semejantes a purísimas lunas:

José y María, sonriendo a un Recién Nacido y a nosotros, pobres pastores.

Y, fúlgido, en el centro del cielo de mi corazón, tu rostro: inocente, dulce, santo, santo, santo.

¡No podía rechazar este cielo mío! No quería privarme de su luz, más pura que ninguna. ¡Antes que rechazarte a Tí, mi recuerdo bendito, mi Jesús Recién Nacido, habría rechazado la vida; incluso entre tormentos!

Jesús pone su mano en el hombro de Isaac y sonríe.

Judas interviene de nuevo:

–    ¿Entonces tú insistes?

–    Insisto. Hoy, y mañana, y al otro. Alguien vendrá.

–   ¿Cuánto durará tu trabajo?

–   No lo sé. Pero créeme. Basta con no mirar ni hacia delante, ni hacia atrás.

Pensar solo en el día presente.

Y si al anochecer se ha logrado algo, decir: ‘Gracias, Dios mío’. O si no hubo nada: Gracias, Dios mío. Espero con tu ayuda, hacer algo mañana.’

–    Eres un sabio.

–   Ni siquiera sé lo que significa eso. Pero hago en mi misión, lo que hice en mi enfermedad. Casi treinta años de enfermo, ¡No son un día!

–    ¡Eh! ¡Lo creo! Yo todavía no había nacido y tú ya estabas enfermo.

–    Estaba enfermo, pero jamás he contado esos años. ¿Qué veo del pasado? ¡Nada! Todo se ha ido.

Jesús dice:

–   Acá nada. Pero en el Cielo es todo. Y ese todo te está esperando.

Así hay que actuar. Yo también actúo así. Ir hacia delante, sin cansancios. El cansancio es todavía una raíz de la soberbia humana, como también lo es la prisa.

¿Por qué uno siente fastidio por los fracasos? ¿Por qué uno se inquieta por la lentitud? Porque el orgullo dice: “¿A mí decirme `no?” “¿Conmigo tanta espera?” Esto es falta de respeto hacia el apóstol de Dios.

No, amigos. Observad toda la Creación y pensad en Quien la hizo. Meditad sobre el progreso del hombre y pensad en su origen. Pensad en esta hora que se cumple y calculad cuántos siglos la han precedido.

Lo creado es obra de serena creación. El Padre no hizo desordenadamente todo, sino que hizo el Universo por tiempos sucesivos.

El hombre, el hombre actual, es obra de un progreso paciente, y progresará cada vez más en saber y en poder; luego serán santos o no santos, según su voluntad. El hombre no se hizo docto de repente.

Los Primeros, expulsados del Jardín, tuvieron que aprenderlo todo, lentamente, continuamente; aprender hasta incluso las cosas más simples:

Que el grano de trigo hecho harina y luego amasado y luego cocido es mejor. Y aprender cómo molerlo y cómo cocerlo, aprender a encender la leña…

Aprender cómo se hace un vestido observando las pieles de los animales, cómo se hace un cobijo, observando las fieras, y un lecho observando los nidos.

Y a medicinarse con hierbas y aguas, observando a los animales que con ellas se medicinan por instinto. Aprender a viajar por desiertos y por mares estudiando las estrellas, domando los caballos.

Y aprender, de una cáscara de nuez flotando a la orilla de un riachuelo, el equilibrio sobre el agua. ¡Cuántos fracasos antes de obtener un resultado! Pero lo obtuvo.

Y seguirá progresando. No será más feliz por esto, porque más que en el bien se hará experto en el mal, pero progresará.

La Redención ¿No es obra paciente? Decidida desde el principio de los siglos y aún antes, he aquí que adviene ahora, cuando los siglos ya la han preparado.

Todo es paciencia. ¿Por qué, entonces, ser impacientes? ¿No podía Dios hacer todo en un abrir y cerrar de ojos?

¿No podía el hombre, dotado de razón, salido de las manos de Dios, saber todo en un abrir y cerrar de ojos? ¿No podía Yo venir al principio de los siglos? Todo podía ser.

Pero nada debe ser violencia, nada. La violencia es siempre contraria al orden. Y Dios y lo que de Dios viene, es orden. No queráis valer más que Dios.

Es necesario obrar así. También Yo lo hago. Ir adelante sin fatigas. 

Mirad todo lo creado y pensad en Quién lo hizo. Lo creado es obra de una creación sin prisa. El Padre no hizo nada desordenadamente. Todo es paciencia.

Judas pregunta:  

–   Entonces, ¿Cuándo te conocerán?

–   ¿Quién, Judas?

–    El Mundo.

–   Jamás.

–   Pero, ¿No eres el Salvador?

–    Lo Soy. Pero el Mundo no quiere ser salvado.

Solo en la proporción de uno a mil me querrá conocer y en la proporción de uno a diez mil, realmente me seguirá. Y todavía digo más: ni siquiera mis íntimos me conocerán.

–   Pero si son tus íntimos te conocerán.

–   Si, Judas. Me conocerán como al Jesús Israelita, pero no como Soy.

En verdad os digo que no todos mis íntimos me conocerán. Conocer quiere decir: amar con fidelidad y esfuerzo. Y habrá alguien que no me conocerá.

Jesús tiene su gesto resignado que siempre tiene cuando predice la futura traición.

Con el rostro afligido que no mira a hombres, ni al cielo; sino a una visión espiritual que le da el futuro destino del traicionado.

Juan objeta:

–    No lo digas, Maestro.

Simón dice:

–   Te seguiremos, nosotros para conocerte mejor.

Y los pastores le hacen coro:

–  Te seguimos como a una esposa y nos eres más caro que ella. Somos más celosos de Ti. Que por una mujer.

Judas declara:

–    ¡Oh, no! Te conocemos tanto que no podemos desconocerte.

Señalando a Isaac, agrega:   

–   Él dice que renegar de tu recuerdo de recién nacido, le hubiera sido más atroz que perder la vida.

Y sólo eras un bebé pequeñito. Nosotros tenemos al Hombre, al Maestro. Te escuchamos y vemos tus obras. Tu contacto, tu aliento, tu beso, son nuestra continua consagración y nuestra continua purificación.

¡Sólo un demonio podría renegar de Ti, después de haber sido un íntimo tuyo!

–    Es verdad, Judas. Pero así será.

Juan exclama:

–    ¡Ay de él! ¡Seré yo quien le ajusticie!

Jesús corrige:

–   No. Al Padre deja la Justicia. Tú sé su redentor.

El redentor de esta alma que tiende hacia Satanás.

Ya se hizo tarde. Isaac, te bendigo, siervo fiel. Ten en cuenta que Lázaro de Betania es nuestro amigo y que quiere ayudar a mis amigos. 

Serás mi sembrador celestial…

Me voy. Tú quédate a ararme el terreno árido de la Judea. Regresaré. Cuando me necesites, sabes en donde podrás encontrarme. Mi Paz sea contigo.

Jesús bendice y besa a su discípulo.    

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