44 LLEGADA A NAZARETH


44 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Tres días después…

Hay apenas un atisbo de luz.

Jonás y los otros desgraciados campesinos como él, se despiden de Jesús. Es la hora de separarse.

Jonás pregunta:

–    ¿No te volveré a ver, Señor mío?

Nos has traído la luz al corazón. Tu bondad ha hecho de estos días, una fiesta que durará toda la vida.

Tú has visto cómo nos tratan. A las plantas se les cuida mejor que a nosotros, porque valen dinero. Nosotros somos tan solo máquinas que lo fabrican y se nos hace trabajar hasta morir por esta causa.

Pero tus palabras nos han llenado de esperanza. Has compartido el pan con nosotros;  el pan que él ni siquiera da a sus perros.

Vuelve Señor; para cualquier otro sería una ofensa ofrecer  un albergue y una comida que hasta los mendigos desdeñan. Pero Tú…

Jesús responde amoroso:

–     En ellos encuentro un aroma y un sabor celestial, porque hay en ellos fe y amor. Regresaré, Jonás.

–    Señor, cuando Tú nos amas, no se sufre. Antes no teníamos a nadie que nos amase. ¡Si al menos pudiese ver a tu Madre!

–    No te angusties. Cuando la estación sea más suave, vendré con Ella.

No te expongas a castigos inhumanos, por el ansia de verla. Adiós a todos vosotros. Mi paz sea el escudo contra la dureza de quien os llena de temor.

Adiós, Jonás. No llores. Con fe paciente has esperado tantos años.

Te prometo ahora, que esperarás muy poco. No te dejaré solo. Tu bondad dio seguridad a mi llanto infantil.

–    Sí. Pero te vas y yo me quedo…

–    Jonás, amigo mío. No dejes que me vaya afligido por el peso de no poderte ayudar.

–    No lloro, Señor. ¿Pero cómo lograré vivir sin verte, ahora que sé que estás vivo?

Jesús vuelve a acariciar al viejo deshecho y luego se separa.

Pero de pie, en los bordes de la miserable área, abre los brazos y bendice la campiña.

Luego se pone en camino.

Simón nota el desacostumbrado ademán y pregunta:

–    ¿Qué haces, Maestro?

–    He puesto una señal en todas las cosas, para que Satanás no pueda dañarlas, dañando también a esos infelices.

–    Maestro, caminemos más aprisa. Te quiero decir una cosa que nadie más oiga.

Se separan del grupo y Simón dice:

–    Lázaro tiene órdenes de usar el dinero para socorrer a todos los que en el nombre de Jesús, lleguen a él.

¿No podríamos liberar a Jonás? Ese hombre solo tiene la alegría de tenerte. Hay que dársela.

Acá, los más ricos de Israel, tienen tierras óptimas y los exprimen con cruel usura, exigiendo de sus trabajadores el ciento por uno.

Lo sabía desde hace años. Maestro, si quieres, da órdenes y Lázaro lo hará.

–    Simón. Ya había comprendido porqué te despojabas de todo.

No me es desconocido el pensamiento del hombre. También por esto te amé. Al hacer feliz a Jonás, haces feliz a Jesús. ¡Oh! ¡Cómo me angustia el ver sufrir a quién es bueno!

Mi condición de pobre y despreciado del mundo, no me causa angustia alguna.

Si Judas me oyese diría: ‘Pero ¿Acaso no eres Tú el Verbo de Dios? Manda y las piedras se convertirán en oro y en panes para los miserables’ y repetiría las asechanzas de Satanás.

Deseo quitar el hambre a los que la tienen, pero no como Judas querría.  

Todavía no estáis bien preparados para comprender la profundidad de lo que digo.

Pero óyeme:

Si Dios remediase todo, cometería un hurto para con sus amigos; los privaría de la facultad de ser misericordiosos. Y de obedecer, por tanto, al mandamiento del amor.

Mis amigos tienen que tener este signo de Dios en común con Él: la santa misericordia, que se manifiesta en obras y en palabras.

Y las infelicidades ajenas proporcionan a mis amigos la manera de ejercitarla. ¿Has aprendido este pensamiento?

–      Es profundo. Lo medito. Y me humillo, comprendiendo lo obtuso que soy y lo grande que es Dios, el cual quiere que tengamos la totalidad de sus atributos más dulces, para llamarnos hijos suyos.

Dios se me revela en su multiforme perfección por cada una de las luces que Tú difundes en mi corazón.

Día tras día, como quien camina por un lugar desconocido, aumento mi conocimiento de esta inmensa Cosa que es la Perfección que quiere llamarnos “hijos”.

Y me parece estar ascendiendo como un águila o sumergiéndome como un pez, en dos profundidades sin confín como son el cielo y el mar.

Y subo cada vez más, y me sumerjo cada vez más, sin tocar nunca el límite.

Pero entonces, ¿Qué es Dios?

–     Dios es la inalcanzable Perfección.

Dios es la cumplida Belleza, Dios es la infinita Potencia, Dios es la incomprensible Esencia, Dios es la insuperable Bondad, Dios es la indestructible Compasión, Dios es la inconmensurable Sabiduría, Dios es el Amor hecho Dios.

¡Es el Amor! ¡Es el Amor! Dices que cuanto más conoces a Dios en su perfección, más te parece ascender o sumergirte en dos profundidades sin confín, de azul sin sombras…

AMOR ARDIENTE

Cuando comprendas qué es el Amor hecho Dios, ya no subirás, ya no te sumergirás en ese azul, sino en un remolino incandescente de llamas…

Y serás aspirado hacia una beatitud que te será muerte y vida. Tendrás a Dios, con completa posesión, cuando, por tu voluntad, hayas logrado comprenderlo y merecerlo.

Entonces quedarás fijo en su perfección.

Simón se siente desbordado:

–      ¡Señor!…

Se hace silencio. Llegan al camino.

Jesús se detiene a esperar a los otros.

Cuando el grupo se completa de nuevo,

 Leví se arrodilla:

–      Debo dejarte, Maestro, pero tu siervo te eleva una súplica: Llévame adonde tu Madre.

Éste es huérfano como yo. No me niegues a mí lo que a él le das, para poder ver un rostro de madre…

–      Ven. Yo doy en nombre de mi Madre lo que en nombre de mi Madre se pide. 

Y cuando están por llegar a Nazareth, Jesús habla con todos y toma la delantera.

Entonces se queda solo.

Camina rápido entre bosques de olivos cargados de aceitunas ya bien formadas.

El sol, a pesar de que esté declinando, asaetea la copa gris-verde de los árboles preciosos y pacíficos, pero no taladra el entramado de sus ramas sino con diminutos ojitos de luz.

La calzada principal, por el contrario, encajonada entre dos pendientes, es una cinta de polvorienta incandescencia deslumbrante.

Jesús camina y sonríe. Llega a un tajo del terreno… Y sonríe aún más vivamente. Allí está Nazaret…

De tanto como la oprime la incandescencia del sol, parece como si vibrara.

Jesús baja aún más veloz. Llega a la calzada ya sin preocuparse del sol.

Parece volar de lo presuroso que va, con el manto – colocado como protección sobre la cabeza – hinchado y palpitando a los lados y detrás de Él.

La calzada está desierta y silenciosa hasta las primeras casas.

Allí, alguna voz de niño o de mujer se oye venir desde el interior de las casas o desde los huertos, que suspenden incluso sobre la calzada las frondas de sus árboles.

Jesús se aprovecha de estas manchas de sombra para rehuir el implacable sol.

Gira por una callecita cuya mitad está en sombra. Allí hay mujeres que se arremolinan junto a un pozo fresco. Casi todas lo saludan, manifestando con voces aguda su alegría porque haya vuelto. 

Jesús corresponde al saludo:

–      Paz a todas vosotras… Pero… guardad silencio. Quiero dar una sorpresa a mi Madre.

–      Su cuñada se ha marchado ahora con una jarra fresca, pero tiene que volver; se han quedado sin agua.

El manantial está seco, o se pierde en el suelo ardiente antes de llegar a tu huerto no sabemos, María de Alfeo lo decía ahora. Mira, allí viene.

La madre de Judas y Santiago viene con un ánfora sobre la cabeza y otra en cada mano.

No ve inmediatamente a Jesús y grita:

–       De este modo me doy más prisa.

María está toda triste, porque sus flores se mueren de sed. Son todavía las de José y Jesús. Y siente desgajársele el corazón viéndolas languidecer.

–       Pero ahora que me ve a mí…- dice Jesús, apareciendo detrás del grupo.

–       ¡Oh, mi Jesús! ¡Bendito Tú! Voy a decírselo….

–        No. Voy Yo. Dame las ánforas.

–        La puerta está sólo entornada. María está en el huerto.

¡Oh, qué contenta se pondrá! Hablaba de ti también esta mañana. ¡Pero haber venido con este sol!… ¡Estás todo sudado! ¿Estás solo?

–        No. Con amigos. Yo me he adelantado para ver antes a mi Madre. ¿Y Judas?

–        Está en Cafarnaúm. Va frecuentemente…

María no habla más pero sonríe mientras seca con su velo el rostro humedecido de Jesús.

Las ánforas ya están llenas.

Jesús, usando su cinturón, se carga dos de ellas equilibradamente sobre los hombros, y la otra la lleva en la mano.

Camina, vuelve una esquina, llega a la casa, empuja la puerta.

Entra en la pequeña habitación, que parece oscura en relación al fuerte sol exterior, levanta despacio la cortina que cubre la puerta del huerto, observa.

María está en pie junto a un rosal, dando la espalda a la casa, compungida por la sedienta planta.

Jesús posa el ánfora en el suelo y el cobre suena al golpear contra una piedra.

Sin volver la cabeza, María dice:

–       ¿Ya aquí, María? ¡Ven, ven! ¡Mira este rosal!, y estas pobres azucenas; morirán todas, si no las socorremos. Trae también unas cañitas para sujetar este tallo que se está cayendo. 

Jesús dice:

–       Te llevo todo, Mamá.

María se vuelve de repente.

Se queda atónita un segundo; luego, dando un grito, corre con los brazos abiertos hacia el Hijo, el cual ya ha abierto los suyos y la espera con una sonrisa que es todo amor.

–       ¡Hijo mío!

–       ¡Mamá! ¡Querida mamá!

La manifestación de afecto es larga, suave y María está tan contenta que no ve, no siente lo sudado que está Jesús.

Pero luego se da cuenta:

–       ¿Por qué, Hijo, a esta hora? Estás como la púrpura y sudando como una esponja.

Ven, ven dentro; que Mamá te seque y te refresque. Ahora te traigo una túnica nueva y sandalias limpias.

¡Pero ‘Hijo! ¿Por qué vas por los caminos con este sol? ¡Las plantas se mueren por el calor y Tú, Flor mía, por los caminos…!

–       ¡Para llegar antes, Mamá!

–       ¡Oh, querido mío! ¿Tienes sed? Claro que sí. Ahora te preparo…

–       Sí. De tu beso, Mamá. De tus caricias.

Déjame estar así, con la cabeza en tu hombro, como cuando era pequeño… ¡Oh! ¡Mamá! ¡Cuánto te hecho de menos!

–       ¡Pero dime que vaya, Hijo, y yo iré!

¿Qué te ha faltado por causa de mi ausencia?: ¿Comida de tu agrado?, ¿Ropa fresca?, ¿Cama bien hecha? ¡Oh, dime, mi Dicha! ¿Qué te ha faltado?

Tu sierva, ¡Oh mi Señor!, tratará de poner remedio.

–       Nada aparte de ti…

Jesús, que ha vuelto a entrar en la casa de la mano de su Madre, se ha sentado en el arquibanco que está junto a la pared y ahora mira fijamente a María.

La tiene de frente, ceñida con sus brazos.

Tiene apoyada la cabeza contra su corazón y de vez en cuando la besa.

Dice:

–       Déjame que te mire. Déjame llenar mi vista de ti, ¡Mamá mía santa!

–       Antes la túnica. No es bueno estar tan mojado. Ven.

Jesús obedece.

Cuando vuelve con una túnica fresca, el coloquio continúa, delicado.

–      He venido con discípulos y amigos.

Pero los he dejado en el bosque de Melca. Vendrán mañana a la aurora. Yo… no podía esperar más. ¡Mamá mía!…- y le besa las manos.

María de Alfeo se ha retirado para dejarnos solos; ella también ha entendido mi sed de ti. Mañana… mañana tú serás de mis amigos y Yo de los nazarenos.

Pero hoy tú eres mi Amiga y Yo el tuyo.

Te he traído… ¡Oh, Mamá!, he encontrado a los pastores de Belén, y te he traído a dos de ellos: son huérfanos y tú eres la Madre, la Madre de todos, y más aún de los huérfanos.

Y te he traído también a uno que tiene necesidad de ti para vencerse a sí mismo; y a otro que es un justo y ha llorado; bueno,… y a Juan…

Y el recuerdo de Elías, de Isaac, Tobías (ahora Matías), Juan y Simeón.

Jonás es el más infeliz. Te llevaré donde él; lo he prometido. Seguiré buscando a los otros. Samuel y José están en la paz de Dios.

–     ¿Estuviste en Belén?

–      Sí, Mamá. Llevé allí a los discípulos que tenía conmigo. Te traigo estas florecillas, nacidas entre las piedras de la entrada.

–      ¡Oh!- María coge los tallitos secos y los besa – ¿Y Ana?

–      Murió en la matanza de Herodes.

–      ¡Pobrecilla! ¡Te quería mucho!

–      Los betlemitas sufrieron mucho y no han sido justos con los pastores. Han sufrido mucho…

–      ¡Pero contigo por entonces fueron buenos!

–      Sí. Por esto se les debe compadecer.

Satanás está envidioso de aquella bondad suya y los instiga al mal. He estado también en Hebrón. Los pastores, perseguidos…

–      ¿Tanto?

–      Sí. Los ayudó Zacarías, y, gracias a él, pudieron tener patrones y pan, aunque estos patrones fueran duros.

Pero son almas de justos y de las persecuciones y de las heridas se han hecho piedras de santidad. Los he reunido. He curado a Isaac y… y he dado mi Nombre a un niñito…  

En Yuttá, donde Isaac se consumía y donde ha renacido, hay ahora un grupo inocente que se llama María, José e Iesaí…

–       ¡Oh, tu Nombre!

–       Y el tuyo, y el del Justo.

Y en Keriot, patria de un discípulo, un fiel israelita murió contra mi corazón, por la alegría de haberme encontrado…Y también…

¡Tengo tantas cosas que contarte…, mi perfecta Arniga, Madre dulce!

Pero antes de nada, te lo suplico, te pido que tengas mucha piedad con los que vendrán mañana. Escucha: me aman pero no son perfectos.

Tú, Maestra de virtud… ¡Madre, ayúdame a hacerlos buenos…! ¡Yo quisiera salvarlos a todos…!

 Jesús se ha deslizado a los pies de María.

Ahora Ella aparece en su majestuosidad de Madre.

–      ¡Hijo mío! ¿Qué puede hacer tu pobre Mamá que Tú no hagas?

–      Santificarlos… Tu virtud santifica.

Te los he traído aposta. Mamá…un día, ante la urgencia de santificar a los espíritus, viendo en ellos voluntad de redención, te diré: “Ven”. Yo solo no podré…

Tu silencio será tan activo como mi palabra. Tu pureza ayudará a mi potencia. Tu presencia mantendrá distante a Satanás… Tu Hijo, Mamá, sabiendo que estás cerca, encontrará fuerzas.

Vendrás, ¿no es cierto, mi dulce Madre?

–      ¡Jesús! ¡Amor! ¡Hijo! No te siento feliz…

¿Qué te pasa, Criatura de mi corazón? ¿Ha sido duro contigo el mundo? ¿No? Creerlo me es motivo de consuelo… pero… ¡Oh! Sí. Iré.

A donde Tú quieras, como Tú quieras, cuando Tú quieras, incluso ahora, bajo el sol, bajo las estrellas, o con hielo o entre aguaceros.

¿Me quieres contigo?: aquí me tienes.

–      No. Ahora no. Pero un día… ¡Qué dulce es la casa! ¡Y tu caricia!

Déjame dormir así, con la cabeza en tus rodillas. ¡Estoy muy cansado! Sigo siendo tu Hijito…

Y Jesús realmente se duerme, cansado, derrengado, sentado en la estera, con la cabeza en el regazo de su Madre, mientras Ella le acaricia en el pelo, cariñosa.

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