46 PARÁBOLA DEL HORMIGUERO.


46 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús está con sus apóstoles: Pedro, Andrés, Juan, Santiago, Felipe, Tomás, Bartolomé, Judas Tadeo, Simón y Judas Iscariote.

Y también el pastor José, en un tupido olivar, que está junto a su casa en Nazareth.

Jesús dice:

–      Venid en torno a Mí.

Durante estos meses de presencia y de ausencia os he sopesado y estudiado. Os he conocido, y he conocido, con experiencia de hombre, el mundo.

Ahora he decidido enviaros al mundo. Pero primero debo instruiros, para haceros capaces de afrontar el mundo con la dulzura y la sagacidad, la calma y la constancia, con la conciencia y la ciencia de vuestra misión.

Usaré este tiempo de furor solar, que impide toda larga peregrinación por Palestina, para vuestra instrucción y formación como discípulos.

Como un músico, he percibido lo que en vosotros desafina y me dispongo a entonaros para la armonía celeste, que tenéis que transmitir al mundo en mi Nombre.

Retengo a este hijo (y señala a José), porque a él le delego el encargo de llevar a sus compañeros mis palabras, para que también allí se forme un núcleo eficaz, que me anuncie.

No un anuncio reducido al hecho de que Yo existo, sino con las características más esenciales de mi doctrina.

Como primera cosa os digo que es absolutamente necesario en vosotros amor y fusión.

¿Qué sois vosotros? Sois hombres de las más diversas clases sociales, de toda edad, y de los más distintos lugares.

He preferido tomar a los vírgenes en doctrinas y conocimientos, para poder penetrar en ellos más fácilmente con mi enseñanza.

Y también porque habiendo sido destinados para evangelizar, a personas que se encontrarán en una absoluta ignorancia del Dios verdadero;

quiero que, recordando la primitiva ignorancia, no sientan aversión hacia éstos y con piedad, los instruyan, recordando con cuánta piedad Yo los he instruido.

Percibo en vosotros una objeción: “Nosotros no somos paganos, aunque no tengamos cultura intelectual”. No, no lo sois;

pero vosotros  y sobre todo quienes entre vosotros representan a los doctos y los ricos, estáis dentro de una religión que, degenerada por demasiadas razones, de religión no tiene más que el nombre.

En verdad os digo que son muchos los que se glorían de ser hijos de la Ley, pero de ellos ocho partes de diez no son más que idólatras que han confundido,

entre nieblas de mil pequeñas religiones humanas, la verdadera, santa, eterna Ley del Dios de Abraham, Isaac, Jacob.

Por tanto, mirándoos unos a otros, tanto vosotros, pescadores humildes y sin cultura, como vosotros, mercaderes o hijos de mercaderes, oficiales o hijos de oficiales, ricos o hijos de ricos, decid:

“Somos todos iguales. Todos tenemos las mismas deficiencias y todos tenemos necesidad de la misma instrucción. Hermanos en los defectos personales o nacionales debemos desde ahora en adelante, ser hermanos en el conocimiento de la Verdad y en el esfuerzo de practicarla.”

Eso es, hermanos. Quiero que tales os llaméis y tales os veáis. Vosotros sois como una familia sola. ¿Cuándo prospera una familia? ¿Cuándo la admira el mundo? Cuando está unida y se manifiesta concorde.

Si un hijo se hace enemigo del otro, si un hermano perjudica al otro, ¿Puede realmente durar la prosperidad de esa familia? En vano el padre de familia se esfuerza en trabajar, en allanar dificultades, en imponerse al mundo.

Sus esfuerzos quedan sin resultado, porque los bienes se disgregan, las dificultades aumentan, el mundo se burla por este estado de lid perpetua que reduce corazón y patrimonio – que, unido, era potente contra el mundo –

a un pequeño montón de pequeños, puntillosos intereses contrarios de que se aprovechan los enemigos de la familia para acelerar cada vez más su ruina.

Nunca sea así entre vosotros. Estad unidos. Amaos. Amaos para ayudaros. Amaos para enseñar a amar.

Observad: incluso lo que nos circunda nos ilustra acerca de esta gran fuerza.

Jesús señala a un pequeño montículo que se eleva entre el pasto y un pequeño ejército de hormigas que trasladan un pequeño trozo de pan…

Mirad esta tribu de hormigas, que acude toda hacia un lugar. Sigámosla y descubriremos la razón de la utilidad de que acuda hacia un punto…

Mirad aquí: esta pequeña hermana suya ha descubierto, con sus órganos minúsculos y para nosotros invisibles, un gran tesoro bajo esta ancha hoja de achicoria silvestre.

Es un pedazo de miga de pan que quizás se le haya caído a un campesino que haya venido aquí para cuidar sus olivos; a algún viandante que se haya detenido en esta sombra consumiendo su comida,

o a un niño jubiloso sobre la hierba florecida. ¿Cómo hubiera podido por sí sola arrastrar hasta su casa este tesoro mil veces más voluminoso que ella? Ha llamado, pues, a una hermana y le ha dicho:

“Mira, corre, rápido a decirles a las hermanas que aquí hay alimento para toda la tribu y para muchos días; corre, antes de que descubra este tesoro un pájaro y llame a sus compañeros y se lo devoren“.

Y la hormiguita ha corrido, afanosa, por las rugosidades del terreno, subiendo, bajando, entre guijas y hierbezuelas, hasta el hormiguero.  

Y ha dicho: “Venid. Una de nosotras os llama; ha encontrado para todas, pero sola no puede traerlo aquí. Venid“.

Y todas, incluso las que, ya cansadas por tanto como han trabajado durante todo el día, estaban descansando en las galerías del hormiguero, han acudido;

incluso 11 estaban amontonando las provisiones en sus correspondientes celdas.

Una, diez, cien, mil… Mirad… Aferran con las pinzas, levantan haciendo de su cuerpo un carrito, arrastran hincando las patitas en el suelo.

Ésta se cae… la otra, allí, casi se lisia porque la punta del pan ha rebotado y la ha comprimido contra una piedra.

¿Y ésta tan pequeñita? (una jovencita de la tribu): se detiene derrengada… pero, toma aliento y continúa.

¡Qué unidas están! Mirad: ahora las hormigas tienen completamente abrazado el trozo de pan.

Y el pan avanza, avanza, lentamente, pero avanza. Sigámoslo…

Un poco más hermanitas, un poco más todavía y vuestra fatiga será premiada. Ya no pueden más, pero no ceden; descansan y luego continúan…Llegan al hormiguero. ¿Y ahora?

Ahora al trabajo, para dividir en pequeños trocitos la miga grande. ¡Mirad qué trabajo! Unas cortan, otras transportan…

Terminado. Ahora todo está a salvo…

Y dichosas, desaparecen dentro de esa grieta, galerías abajo.

Son hormigas, nada más que hormigas y sin embargo, son fuertes porque están unidas. Meditad en esto.

–     ¿Tenéis algo que preguntarme?

Judas dice:

–    Yo querría preguntarte si es que ya no volvemos a Judea.

–    ¿Quién lo ha dicho?

–    Tú, Maestro. ¡Has manifestado el deseo de preparar a José para que instruya a los demás en Judea! ¿Tanto te has ofendido como para no volver más allí?

Tomás curioso, pregunta:

–    ¿Qué te han hecho en Judea?

Y Pedro al mismo tiempo, dice vehemente:

–    ¿Entonces tenía yo razón cuando decía que habías vuelto en malas condiciones? ¿Qué te han hecho los “perfectos” en Israel?

–    Nada, amigos, nada que no vaya a encontrar aquí. Aunque diera la vuelta al mundo encontraría por todas partes amigos mezclados con enemigos. De todas formas, Judas, te había rogado que te mantuvieras en silencio…

–    Cierto, pero… No, no puedo quedarme callado cuando veo que prefieres Galilea a mi patria. Eres injusto; también allí has recibido honores…

–     ¡Judas! ¡Judas! ¡Oh, Judas! Eres injusto en este reproche.

Tú a ti mismo te acusas, dejándote llevar de la ira y de la envidia. Yo había logrado dar a conocer sólo el bien que he recibido en tu Judea. 

Sin mentir y con alegría, había logrado manifestar este bien para hacer que os amasen a los de Judea.

Con alegría. Porque para el Verbo de Dios no existe separación de regiones, no existen antagonismos, enemistades, diversidades. ¡Os amo a todos, oh hombres, a todos…!

¿Cómo puedes decir que prefiero Galilea cuando he querido llevar a cabo los primeros milagros y las primeras manifestaciones en el suelo sagrado del Templo y de la Ciudad Santa, estimada por todos los israelitas?

¿Cómo puedes decir que actúo con parcialidad, si de vosotros, discípulos, que sois once o diez, porque mi primo es familia, no amistad, cuatro son judíos?

Y, si añado a los pastores, que son todos judíos, puedes ver de cuántos de Judea soy amigo.

¿Cómo puedes decir que no os amo, si Yo, que conozco las cosas, he organizado el viaje de manera que pudiera dar mi Nombre a un pequeñuelo de Israel y recibir el espíritu de un justo de Israel?

¿Cómo puedes decir que no os amo a vosotros, judíos, si en la revelación de mi Nacimiento y de mi preparación a la misión he querido que hubiera dos judíos, contra uno sólo de Galilea?

Me tachas de injusto. Examínate, Judas, mira si el injusto no eres tú.

Jesús ha hablado con majestuosidad y dulzura.

Pero, aunque no hubiera dicho nada más, habrían bastado los tres modos como ha dicho «Judas» al principio de sus palabras, para dar una gran lección.

El primer «Judas» lo decía el Dios majestuoso que llama al respeto; el segundo, el Maestro que enseña con doctrina paterna; el tercero era el ruego del amigo dolido por el modo de actuar de su amigo.

Judas ha bajado la cabeza, humillado, todavía iracundo, afeado por este aflorar de bajos sentimientos.

Pedro no sabe quedarse callado.

–     Al menos pide perdón, muchacho.

¡Si hubiera sido yo en vez de Jesús, no hubieras salido del paso sólo con unas palabras! ¡No sólo injusto! ¡No tienes respeto, señorito! ¡Así os educan los del Templo? ¿O es que eres tú el ineducable? Porque si son ellos…

Jesús interviene:

–     Basta, Pedro. He dicho Yo todo lo que había que decir.

Esto también será motivo de instrucción mañana. Y ahora repito a todos lo que les había dicho a éstos en Judea: no digáis a mi Madre que su Hijo fue maltratado por los judíos.

Ya está toda compungida por haber intuido mi pena. Respetad a mi Madre. Vive en la sombra y silencio; es activa sólo en virtudes y oración por mí, por vosotros y por todos.

Dejad que las lúgubres luces del mundo y las ásperas luchas queden lejos de su refugio fajado de discreción y pureza. No metáis ni siquiera el eco del odio donde todo es amor. Respetadla.

Ella es más valiente que Judit; lo veréis. Pero no la obliguéis, antes de tiempo, a gustar la hez que supone los sentimientos de los miserables del mundo, de aquellos que no saben ni siquiera rudimentariamente qué es Dios y la Ley de Dios.

Esos de que os hablaba al principio: los idólatras que se creen sabios de Dios y que, por tanto, unen la idolatría a la soberbia. Vamos.

Y Jesús se dirige de nuevo hacia Nazaret.

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