50 UNA FAMILIA DIVIDIDA


50 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Mañana de mercado en Cafarnaúm. La plaza está llena de vendedores de los más diversos tipos de mercancías.

Jesús, que llega a este lugar desde el lago, ve que vienen a su encuentro sus primos Judas y Santiago.

 Acelera el paso en dirección a ellos y después de abrazarlos con afecto,

Jesús pregunta apremiante:

–     ¿Vuestro padre?… ¿Qué ha sucedido?

Tadeo responde:

–      Nada nuevo respecto a su vida.

–     ¿Por qué has venido, entonces? Te había dicho: “quédate allí.”

Judas baja la cabeza y calla.

Ahora es Santiago quien no se contiene:

–      Por culpa mía él no te ha obedecido. Sí, por culpa mía; pero es que no he podido soportar más.

Todos en contra. Y, ¿Por qué? ¿Hago mal acaso, en amarte? ¿Acaso hacemos mal? Hasta ahora me había frenado un escrúpulo de estar actuando mal.

Pero ahora que sé las cosas, ahora que Tú has dicho que ni siquiera el padre está por encima de Dios, no he aguantado más.

He tratado verdaderamente de ser respetuoso, de hacer comprender las razones, de enderezar las ideas.

He dicho: “¿Por qué combatís contra mí? Si es el Profeta, si es el Mesías,

¿Por qué queréis que el mundo diga: `Su familia fue enemiga suya; entre los que lo seguían ella faltó’?

¿Por qué, si es el infeliz que vosotros decís, no debemos nosotros los de la familia estarle cercanos en su demencia, con el fin de impedir que sea nociva no sólo para Él sino también para nosotros?”.

¡Oh!, Jesús, yo hablaba así para razonar humanamente, como razonaban ellos.

Tú sabes efectivamente, que ni yo ni Judas te creemos demente; sabes que en ti vemos al Santo de Dios; que hemos dirigido siempre nuestra mirada a ti como a nuestra Estrella mayor.

Pero, no han querido entendernos.

Ni siquiera han querido seguir escuchándonos.

Y entonces yo me he marchado. Ante el dilema “o Jesús o la familia”, te he elegido a ti.

Aquí estoy, a nada que me aceptes; si no, seré el más infeliz de los hombres, porque no tendré nada: ni tu amistad ni el amor de la familia. 

Jesús contesta:

–      ¿En esto estamos? ¡Santiago mío, mi pobre Santiago!

Habría deseado no verte sufrir así, porque te quiero. Pero si Jesús-Hombre llora contigo, Jesús-Verbo se alegra íntimamente por ti. Ven.

Estoy seguro de que la alegría de ser portador de Dios a los hombres aumentará de hora en hora tu gozo, hasta llegar al pleno éxtasis en la hora extrema de la Tierra y en la eterna del Cielo.

Jesús se vuelve y llama a sus discípulos, que se habían detenido prudentemente a unos metros de distancia.

–      Venid, amigos. Mi primo Santiago ahora forma parte de mis íntimos y por tanto es nuestro amigo.

¡Cuánto he deseado esta hora, este día, para él, mi perfecto amigo de infancia, mi buen hermano de juventud!

Los discípulos acogen con alegría al nuevo llegado y a Tadeo, que hacía días que no lo veían. 

–      Hemos estado en casa. Te buscábamos. Pero estabas en el lago.

–     Sí, en el lago, durante dos días con Pedro y los demás. Pedro ha tenido buena pesca. ¿No es cierto?

Pedro refunfuña:

–     Sí, y ahora – esto me disgusta – tendré que dar muchos didracmas a aquel ladrón… – y señala al recaudador Mateo, cuyo banco está asediado por gente que paga por la tierra o las mercancías.

Jesús dice:

–     Digo Yo que todo será proporcionado. Cuanto más pescas, más pagas, pero también ganas más.

–     No, Maestro. Si pesco más, gano más; pero si pesco el doble de peso, ése no es que me haga pagar el doble, sino que me hace pagar el cuádruplo… ¡Aprovechado!

–     ¡Pedro!… Pues vamos a ir exactamente allí al lado. Deseo hablar. Siempre hay gente junto a aquel banco de recaudación. 

Pedro masculla enojado:

–     ¡Hombre claro!, gente y maldiciones».

–     Pues bien, Yo iré a introducir bendiciones. Quién sabe… a lo mejor entra un poco de honestidad en el recaudador.

–     No, Tú tranquilo, que tu palabra no pasará a través de su piel de cocodrilo.

–     Lo veremos.

–    ¿Qué le piensas decir?

–     Directamente, nada. Pero, por mi modo de expresarme, él será también destinatario de mis palabras.

–    ¿Vas a decir que tan ladrón es el salteador de caminos como el que despelleja a los pobres, que trabajan para obtener el pan y no mujeres o borracheras?

–     Pedro, ¿Quieres hablar tú en vez de Mí?

–     No, Maestro. No sabría hablar bien.

–     Y con la amargura que tienes dentro, te dañarías a ti y lo dañarías a él.  

Ya están cercanos al banco de los impuestos.

Pedro tiene intención de pagar.

Jesús lo detiene y dice:

–     Dame las monedas; hoy pago Yo.

Pedro lo mira atónito y le da una bolsa de piel, con dinero.

Jesús espera su turno y cuando se encuentra frente al recaudador…

Dice:

–     Pago por ocho canastas de pescado de Simón de Jonás.

Las canastas están allí, a los pies de los peones. Comprueba, si lo crees oportuno; de todas formas entre hombres honestos debería bastar la palabra, y creo que tú me consideras tal. ¿Cuánto es la tasa?

Mateo, que estaba sentado detrás de su banco, en el momento en que Jesús dice «creo que tú me consideras tal», se pone en pie.

Es bajo y más bien anciano, más o menos como Pedro.

Su rostro muestra el cansancio propio de quien se goza la vida.

Muestra también Mateo un claro estado de turbación. Primero tiene la cabeza agachada, luego la levanta y mira a Jesús.

Y Jesús lo mira fijo, serio, dominándolo con toda su imponente estatura.

Ante el silencio expectante…

Jesús repite:

–     ¿Cuánto?

Mateo responde:

–     No hay tasa para el discípulo del Maestro – y añade en voz más baja: – Ruega por mi alma.

–     La llevo en mí, porque recojo a los pecadores. Pero tú… ¿Por qué no la cuidas?

Dicho esto, Jesús le vuelve la espalda y torna adonde Pedro, que se ha quedado de piedra, como también los demás.

Bisbiseos, gestos…

Jesús se pone junto a un árbol, a unos diez metros de Mateo.

Y empieza a hablar.

–     El mundo es comparable a una gran familia, cuyos componentes tienen distintos oficios, todos necesarios.

En él hay agricultores, pastores, viñadores, carpinteros, pescadores, albañiles; quién trabaja la madera o el hierro, quién escribe; hay soldados, oficiales destinados a misiones especiales, médicos, sacerdotes…, de todo hay.

El mundo no podría estar compuesto de una sola categoría; son todas necesarias, todas santas, si hacen todas lo que deben con honestidad y justicia.

Pero, ¿Cómo se puede alcanzar esto, si Satanás tienta por tantas partes? Pues pensando en Dios, que ve todas las cosas, incluso las obras más escondidas,

Y pensando en su ley, que dice: “Ama a tu prójimo como te amas a ti mismo, no le hagas lo que no querrías que te hicieran a ti, no robes en ningún modo“.

Decid, vosotros que me escucháis: Cuando uno muere, ¿Acaso se lleva consigo las bolsas de sus dineros? Y aunque fuera tan necio como para querer tenerlas consigo en el sepulcro,

¿Puede, acaso, usarlas en la otra vida? No. Sobre la podredumbre de un cuerpo corrompido las monedas se transforman en pedazos de metal corroídos.

En cambio, en otro lugar, su alma estaría desnuda, más pobre que el bendito Job, privada de la más insignificante moneda, aunque aquí y en la tumba hubiera dejado muchísimos talentos.

Os digo más, ¡escuchad, escuchad! En verdad os digo que teniendo riquezas difícilmente se gana el Cielo.

Antes al contrario, generalmente con ellas se pierde, aunque sean riquezas adquiridas honestamente por herencia o ganadas, porque pocos son los ricos que las saben usar con justicia.

¿Qué hace falta, entonces, para conseguir este Cielo bendito, este reposo en el seno del Padre? Hace falta no tener avidez de riquezas.

No tener avidez en el sentido de desearlas a toda costa, incluso faltando a la honestidad y al amor; no tener avidez en el sentido de que, teniendo esas riquezas, se amen más que al Cielo y al prójimo,

negándole caridad al prójimo necesitado; no tener avidez por cuanto las riquezas pueden dar, o sea, mujeres, placeres, rica mesa, vestiduras pomposas, lo cual ofende a quien pasa frío y hambre.

Hay, sí, hay una moneda para cambiar las monedas injustas del mundo por divisa que vale en el Reino de los Cielos, y es la santa astucia de hacer riquezas eternas de las riquezas humanas, a menudo injustas o causa de injusticia;

se trata de ganar con honestidad, devolver lo que se obtuvo injustamente, usar de los bienes con moderación y desapego,

sabiéndose separar de ellos, porque antes o después nos dejan… ¡Ah, pensad esto! mientras que el bien realizado no nos abandona jamás.

Todos querríamos ser llamados “justos” y que nos creyeran tales, ser premiados como tales por Dios.

Pero, ¿Cómo puede Dios premiar a quien sólo tiene nombre de justo, no teniendo las obras?

¿Cómo puede decir “te perdono”, si ve que el arrepentimiento es sólo verbal y que no va acompañado de una verdadera mutación de espíritu?

No existe arrepentimiento mientras dura el apetito hacia el objeto por el que se produjo nuestro pecado.

Cuando uno, en cambio, se humilla, -se mutila del miembro moral de una mala pasión, que puede llamarse mujer u oro, diciendo: “Por ti, Señor, no más de esto”,

entonces es cuando verdaderamente está arrepentido, y Dios lo acoge diciendo: “Ven; te quiero como a un inocente, como a un héroe”.

Jesús ha acabado.

Se marcha sin ni siquiera volverse hacia Mateo, que se había acercado al círculo de quienes escuchaban, desde las primeras palabras.

Llegados cerca de la casa de Pedro, su mujer acude a su encuentro para decirle algo.

Pedro hace señas a Jesús para que se acerque.

Y dice:

–     Está la madre de Judas y Santiago. Quiere hablar contigo, pero no desea ser vista. ¿Cómo lo hacemos?

Jesús responde:

–     Hacemos esto: Yo entro en casa como para descansar y todos vosotros vais a distribuir el óbolo a los pobres. Ten también las monedas de la tasa condonada. Ve.

Jesús dirige a todos un gesto de despedida, mientras Pedro les habla para persuadirlos de que vayan con él.

Jesús pregunta a la mujer de Pedro:

–    ¿Dónde está la madre, mujer?

Ella contesta:

–     En la terraza, Maestro, donde aún hay sombra y frescor. Sube… Hay además más libertad que en casa.

Jesús sube por la pequeña escalera.

En un ángulo, bajo la tupida pérgola de vid, sentada en un pequeño banco colocado junto al pretil, toda vestida de oscuro, muy cubierto el rostro por el velo, está María de Alfeo. Llora bajo, calladamente.

Jesús la llama:

–     ¡María!, ¡Mi querida tía!

Ella levanta un pobre rostro angustiado y tiende las manos:

–     ¡Jesús! ¡Cuánto dolor hay en mi corazón!

Jesús está a su lado. La fuerza a permanecer sentada, pero Él se queda de pie.

No se ha quitado todavía el manto, elegantemente dispuesto en pliegues; tiene una mano sobre el hombro de su tía, la otra entre las manos de ella.

–    ¿Qué te pasa? ¿Por qué tanto llanto?

–     Jesús, me apresuré a salir de casa diciendo: “Voy a Caná a buscar huevos y vino para el enfermo”.

Con Alfeo está tu Madre, que lo atiende como Ella sabe hacer, y estoy tranquila. Pero en realidad, he venido aquí. He caminado presurosa todas las noches para llegar antes. No puedo más…

De todas formas el cansancio no es importante. ¡Lo que verdaderamente me duele es el pesar que tengo en el corazón!… Mi Alfeo… mi Alfeo… mis hijos… Pero ¿Por qué entre quienes son de la misma sangre hay tanta diferencia?

¿Por qué esta diferencia es como las dos piedras de un molino para triturar el corazón de una madre? ¿Están contigo Judas y Santiago? ¿Sí? Entonces ya lo sabías…

¡Jesús! ¿Por qué mi Alfeo no comprende? ¿Por qué muere, por qué quiere morir así? ¿Y Simón y José? ¿Por qué, por qué no están contigo, sino contra ti?

–    No llores, María. Yo no les guardo rencor. Esto se lo he dicho también a Judas. Comprendo y siento compasión. Si es por esto por lo que lloras, no llores más.

–    Por esto, sí, porque te ofenden. Por esto y, además… además, y además… porque no quiero que mi esposo muera como enemigo tuyo. Dios no lo perdonará… y yo… no lo tendré ya ni siquiera en la otra vida…

María está verdaderamente angustiada. Llora con grandes lagrimones sobre la mano izquierda que Jesús le deja sin oponer resistencia.

Y María se la besa de vez en cuando, y de vez en cuando alza su pobre rostro lleno de dolor.

Jesús dice:

–    No, No. No hables así. Yo perdono. Y si perdono Yo…

–   ¡Ven, Jesús! Ven a salvarle el alma y el cuerpo, ven. Dicen también, para acusarte, que has arrebatado dos hijos a un padre que está muriendo, y lo van diciendo por Nazaret, ¿Comprendes?

Y dicen también: “Por todas partes hace milagros y en su casa no sabe hacerlos”

Y se ponen en contra de mí porque te defiendo diciendo: “¿Qué puede hacer, si prácticamente lo habéis echado con vuestros reproches; qué puede hacer si no creéis?”

–    Es así, es como has dicho: “si no creéis”. ¿Cómo puedo actuar donde no se cree?

–    ¡Tú puedes todo! ¡Yo creo por todos! Ven. Haz un milagro… por tu pobre tía…

Jesús está apenadísimo y lo manifiesta en su Voz.

Al decir:

–    No puedo.

En pie, erguido, apretando contra su pecho la cabeza de María, que sigue llorando, parece como si confesara a la naturaleza serena su impotencia, como si la tomara por testigo de su pena de no poder por decreto eterno.

La mujer llora más vehementemente.

 

–    Escucha, María. Sé buena. Te juro que si pudiera, si hacerlo estuviera bien, lo haría; arrancaría esta gracia al Padre, por ti, mi Madre, Judas y Santiago e incluso, sí, también por Alfeo, por José y Simón.

Pero no puedo. Tu corazón está ahora muy afligido y no puedes comprender la justicia de este no poder mío. Te la expreso, pero de todas formas no la entenderás.

Cuando llegó la hora del tránsito de mi padre – y tú sabes en qué medida era justo y mi Madre lo quería – Yo no lo devolví a la vida.

No es justo que la familia en que un santo vive esté exenta de las inevitables desventuras de la vida. Si así fuera, Yo debería ser eterno sobre la Tierra.

Y en cambio moriré pronto y María, mi santa Madre, no podrá arrebatarme a la muerte. No puedo. Lo que puedo hacer, y lo haré, es esto…

Jesús se ha sentado y ha puesto la cabeza de su pariente sobre el hombro.

Y trata de consolarla:

 –     Esto: prometerte, por este dolor, la paz a tu Alfeo, asegurarte que no serás separada de él, darte mi palabra de que nuestra familia será reunida en el Cielo, compuesta de nuevo para toda la eternidad.

Y que, mientras Yo viva, e incluso después, infundiré mucha paz a mi querida tía, mucha fuerza, hasta hacer de ella una apóstol ante tantas pobres mujeres más fácilmente accesibles a ti, mujer.

Serás mi dilecta amiga en este tiempo de evangelización. La muerte – no llores – la muerte de Alfeo te libera de los deberes conyugales y te eleva a los más sublimes de un místico sacerdocio femenino,

muy necesario ante el altar de la gran Víctima y entre muchos paganos que doblegarán más su ánimo ante el heroísmo santo de las mujeres discípulas que ante el de los discípulos.

¡Oh, tu nombre, querida tía, será como una llama en el cielo cristiano!… No llores más. Ve en paz, fuerte, resignada, santa. Mi Madre… ha sido viuda antes que tú… y te consolará como Ella sabe hacer.

Ven. No quiero que partas sola bajo este sol. Pedro te acompañará con la barca hasta el Jordán y de allí a Nazaret con un asno. Sé buena.

–    Bendíceme, Jesús. Dame fuerza.

–    Sí, te bendigo y te beso, tía bondadosa.

Y la besa tiernamente, teniéndola aún durante largo tiempo contra su corazón, hasta que la ve calmada.

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