Archivos diarios: 3/09/20

56 EL COLEGIO APOSTÓLICO


56 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

En Nazareth Jesús  ha atravesado el huerto de Alfeo para ir a su casa y cuando está a punto de poner pie en la calle, entran Pedro y detrás de él, Juan; jadeantes, como quien ha corrido.

Pedro dice:

–      ¡Maestro! Pero, ¿Qué ha sucedido? Santiago me ha dicho: “Ve corriendo a mi casa. ¿Quién sabe qué trato recibirá Jesús!”.

Juan rebate:

–      ¡No, no es así! Ha entrado Alfeo, el de la fuente y le ha dicho a Judas: `Jesús está en tu casa” y entonces Santiago ha dicho eso…

Pedro concluye:

 –      Tus primos están abatidos. Yo no comprendo nada, pero… te veo… y me siento confortado. 

Jesús declara:

–      Nada, Pedro. Un pobre enfermo al que los dolores le hacen ser impaciente. Ya ha terminado todo.

–      ¡Oh, me alegro!

Judas de Keriot también ha llegado detrás y… 

Pedro lo interpela muy áspero:

–      ¿Y tú, por qué estás aquí?

Judas contesta a la defensiva:

–      Me parece que también estás tú.

–      A mí han pedido que viniera y he venido.

–      También yo he venido. Si el Maestro estaba en peligro y en su patria; yo, que ya lo he defendido en Judea, podía defenderlo también en Galilea.

–      Para eso bastamos nosotros. Pero no hay necesidad de ello en Galilea.

–      ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡Exacto!

Su patria lo echa fuera como si se tratase de una comida indigesta. Bien. Me alegro por ti, que te escandalizaste por un pequeño incidente sucedido en Judea, donde no lo conocen.  Aquí, sin embargo… – y Judas concluye con un silbido que es un poema de sátira.

–      Mira, muchacho. Me siento en pocas condiciones de soportarte. Corta por tanto, si en algo tienes… algo. Maestro, ¿Te han hecho algún daño?

–      ¡No, hombre, no, Pedro mío! Te lo aseguro. Vamos más deprisa a consolar a mis primos.

Van. Entran en el amplio taller.

Judas y Santiago están junto al vasto banco de carpintero:

 Santiago, en pie; Judas, sentado en un taburete con el codo apoyado en el banco y la cabeza apoyada en la mano.

 Jesús va hacia ellos sonriente para darles inmediatamente la certeza de que su corazón los ama.

Y trata de consolarlos:

–      Alfeo está más sereno ahora. Los dolores se están calmando y todo vuelve a sosegarse. Estad tranquilos también vosotros.

Los dos preguntan al mismo tiempo:

–      ¿Lo has visto?

–      ¿Y a nuestra madre?

–      He visto a todos.

Tadeo pregunta:

–     ¿También a nuestros hermanos?

–      No. No estaban.

–      Estaban. No han querido que los vieras.

¡Pero… nosotros! Ni aunque hubiéramos cometido un delito habríamos sido tratados de esa forma. ¡Y nosotros, que volábamos desde Caná por la alegría de volver a verlo y traerle lo que a él le gusta!  

Judas dobla el brazo y llora con la cabeza sobre el banco.

Santiago se muestra más fuerte, pero su rostro manifiesta un interno martirio.   –    

Solamente añade abatido:

–     Lo queremos y… y ya no nos entiende… ya no nos cree.

Jesús dice:

–     No llores, Judas. Y tú, no sufras.

Santiago exclama:

–       ¡Oh! ¡Jesús! Somos hijos… y nos ha maldecido.

Pero, aunque esto nos acongoje, no, no volvemos hacia atrás. Somos tuyos y tuyos seremos, aunque nos amenazaran de muerte para separarnos de Tí.

–       ¿Y decías que no eras capaz de heroísmo? Yo lo sabía, pero tú, por ti mismo, ahora lo manifiestas. En verdad, serás fiel incluso contra la muerte. Y tú también.

Jesús los acaricia… pero ellos sufren.

El llanto de Judas llena la bóveda de piedra.

Y nunca mejor que con este episodio, se manifiesta plenamente el alma de los discípu1os.

Pedro, cuyo honesto rostro se muestra apenado, exclama:

–    ¡Claro! Es una cosa dolorosa… Cosas tristes. Pero, muchachos – y les da unos pequeños zarandeos con afecto.

Agregando:

–    No todos pueden merecer esas palabras… Yo… yo me doy cuenta de que he sido una persona afortunada en mi llamada.

Esa buena mujer que es mi esposa me dice siempre: “Es como si hubiera sido repudiada, porque tú ya no eres mío. Y yo digo: ¡Oh, dichoso repudio!”‘.

Decidlo igualmente vosotros. Perdéis un padre, pero ganáis a Dios.

El pastor José, desde su ignorante condición de huérfano, asombrado de que un padre pueda ser motivo de llanto, dice:

–      Creía ser el más infeliz porque me falta el padre. Me doy cuenta de que es mejor llorarlo por muerto que por enemigo.

Juan se limita a besar y a acariciar a los compañeros.

Andrés suspira y calla. Se consume por el deseo de hablar, pero, como si de una mordaza se tratara, su timidez se lo impide.

Tomás, Felipe, Mateo, Natanael hablan bajo en un rincón, con el respeto propio de quien se encuentra ante un dolor genuino e inconsolable.

Santiago de Zebedeo ora apenas perceptiblemente, para que Dios conceda paz.

Simón Zelote  deja su rincón y viene junto a los dos afligidos, pone una mano sobre la cabeza de Judas, el otro brazo en torno a la cintura de Santiago,

 Y dice:

–      No llores, hijo. Él nos lo había dicho a mí y a ti: “Os uno: a ti, que por mí pierdes un padre; a ti, que tienes corazón de padre sin tener hijos”.

Y no entendimos cuánto había de profecía en esas palabras. Pero Él sabía.

Pues os lo ruego: Soy viejo y siempre he soñado con ser llamado “padre“; aceptadme como tal y yo, mañana y tarde, os bendeciré. Os lo ruego: Aceptadme como tal.

Los dos hacen un gesto de aceptación entre sollozos aún más fuertes.

Entra María y corre hasta donde los dos afligidos.

Acaricia la cabeza de un moreno intenso de Judas y a Santiago lo acaricia en la mejilla. Está blanca como una azucena.

Judas le toma la mano, la besa y pregunta:

–     Qué hace?

María contesta:

–     Duerme, hijo. Vuestra madre os manda su beso.

Y Ella los besa a ambos.

La voz áspera de Pedro se deja oír bruscamente:

–     Mira, ven aquí un momento, que quiero decirte una cosa.

 Y Pedro aferra con su robusta mano un brazo de Judas Iscariote y se lo lleva afuera, a la calle.   Luego vuelve solo.

Jesús pregunta:

–      ¿A dónde lo has mandado?

–      ¿A dónde? A tomar el aire; si no, acababa dándole yo el aire de otra manera… cosa que no he hecho por atención a Tí. ¡Ah!…, ¡Ahora se está mejor!

Quien se ríe ante un dolor, es un áspid y yo a las serpientes las aplasto… Aquí estás Tú… y por eso lo he mandado sólo a contemplar la luz de la luna.

¡No, no te lo tomes a mal! ¡Qué gran alivio para él, el librarse de esta tristeza!

Creo que yo me haré primero un escriba, con un milagro de Dios; a que él, ni siquiera con la ayuda divina, se haga bueno. Es más seco y duro que una piedra, bajo el sol de Agosto.

Te lo asegura Simón de Jonás. Y no me equivoco. 

¡Venga, muchachos! Aquí hay una Madre, que más dulce que Ella no la tiene ni siquiera el Cielo.

Aquí hay un Maestro que es más bueno que todo el Paraíso, aquí hay muchos corazones honestos que os aman sinceramente.

Las borrascas benefician, hacen caer el polvo. Mañana estaréis más frescos que unas flores, os sentiréis más ligeros que los pájaros, para seguir a nuestro Jesús.

Y con estas simples y buenas palabras de Pedro todo finaliza.

Unas horas después, por la noche terminada la cena, cuando los demás se retiraron a descansar.

Junto a la pequeña habitación que da al huerto que está lleno de follaje, con todo el esplendor del verano; Jesús está con María.

Están sentados juntos en la banca de piedra adosada a la pared. 

La Madre y el Hijo se sienten felices de estar cerca y de trabar una dulce conversación. Hablan de lo sucedido durante su separación:

Del bautismo. Del ayuno en el desierto. De la formación del Colegio Apostólico.

Jesús ha contado a su Madre sus primeras jornadas de evangelización. Sus primeras conquistas de corazones…

Y María está pendiente de cada palabra de su Jesús.

Está más pálida y más delgada, evidenciando el sufrimiento de este tiempo.

Sus bellísimos ojos azules, tienen las ojeras de quien ha llorado mucho y no oculta su preocupación. Pero ahora está feliz.

Y sonríe acariciando la mano de su Hijo. Ha vuelto a tenerlo ahí, corazón con corazón; en el silencio de la noche que comienza.

La higuera tiene ya sus primeros frutos maduros, que se extienden hasta la casa.

Y Jesús se pone de pie, a cortar algunos. Da los más bonitos a su Madre; limpiándolos con cuidado.

Se los presenta como si fueran cálices blancos de estrías rojas, con su corona de pétalos blancos por dentro y púrpura por fuera.

Los presenta en la palma de su mano y sonríe al ver que le gustan a su Mamá.

Después le pregunta a quemarropa:

–    Mamá, ¿Has visto a mis discípulos? ¿Qué piensas de ellos?

María, que está a punto de llevarse a la boca el tercer higo, levanta la cabeza.

Suspende su movimiento, se sobresalta y mira a Jesús.

Él recalca:

–           ¿Qué piensas de ellos ahora que te los he presentado?

Ella contesta:

–           Creo que te aman y que podrás obtener mucho de ellos.

Juan… Ama a Juan, como solo Tú puedes amar. Es un ángel y estoy tranquila cuando pienso que está contigo.

También Pedro es bueno. Es duro porque ya es viejo. Pero franco y de convicción. Igual su hermano Andrés; Felipe y Natanael.

Y también Tomás… te aman como ahora son capaces de hacerlo. Después te amarán más.

Zelote es agradecido y también Mateo. Así como los primos, ahora que se han convencido; te serán fieles. 

María suspira profundamente, antes de continuar:

–       Pero el hombre de Keriot… Ese no me gusta, Hijo. Su ojo no es limpio y mucho menos su corazón. Me causa miedo.

–      Contigo es respetuoso.

–      Demasiado respetuoso.

También contigo es muy respetuoso. Pero no es por ti, Maestro. Es por Ti, futuro rey de quien espera utilidades y gloria.

Era un donnadie. Apenas un poco más que los demás de Keriot. Pero ahora espera desempeñar a tu lado, un papel de gran importancia y…

¡Oh, Jesús!… No quiero faltar a la caridad. Pero pienso, aun cuando no quiero pensarlo; que en caso de que lo desilusiones, no dudará en reemplazarte.

O en tratar de hacerlo. Es ambicioso; avariento y vicioso. Está más preparado para ser ministro de un rey terrenal, que no un apóstol tuyo, Hijo mío. ¡Me causa mucho miedo!

Y la Mamá, mira a su Jesús con los ojos aterrorizados en su pálida cara…

María, la plena de Gracia por el poder del Espíritu santo; ha leído en el corazón de judas, como en un libro abierto.

Jesús lanza un suspiro. Piensa por un largo momento. Luego mira a su Madre.

Le sonríe para darle fuerzas.

Y dice:

–      También esto es necesario, Mamá. Si no fuese él, sería otro. 

Mi Colegio debe representar el mundo. Y en el mundo no todos son ángeles. Y no todos son del temple de Pedro y de Andrés.

Si escogiese todas las perfecciones, ¿Cómo podrían las pobres almas enfermas; atreverse a poder llegar a ser mis discípulos? He venido a salvar lo que estaba perdido.

Mamá; Juan por sí ya está a salvo. Pero, ¡Cuántos otros no lo están!

–     No tengo miedo de Leví. Se redimió porque quiso redimirde. Dejó su pecado, junto con su banco de tasador. Y se hizo un alma nueva para venir contigo. 

Pero Judas de Keriot, no. Y además el orgullo satura su alma manchada.

Pero Tú sabes todas estas cosas, Hijo. ¿Por qué me las preguntas? No puedo sino rogar y llorar por Ti. Tú eres el Maestro y maestro también de tu pobre Mamá.

El coloquio continúa…  

Y el tiempo sigue su curso…

Jesús dice:

“Llegados a este punto, las figuras morales de los apóstoles han dado ya suficientes destellos, sin crear escándalo para nada.  Yo no necesitaba el consejo de nadie.

Pero, cuando estábamos solos, mientras los discípulos estaban acá o allá con familias amigas o por los caseríos cercanos, durante mis estancias en Nazaret,

¡Qué delicioso me era el hablar y pedir consejo a mi dulce Amiga, mi Madre¡ ¡Y obtener confirmación, de su boca de gracia y sabiduría, de cuanto ya había visto Yo!

No he sido nunca sino “el Hijo” para con Ella.

Y entre los nacidos de mujer no hubo una madre más “madre” que Ella, en todas las perfecciones de las maternas virtudes humanas y morales; ni hubo hijo más “hijo” que Yo, en el respeto, en la confianza, en el amor.

Y ahora, que también vosotros habéis tenido un mínimo de trato con los Doce, de conocimiento de sus virtudes y de sus defectos, de su carácter, de sus luchas,

¿Hay todavía alguno que diga que me fue fácil unirlos, elevarlos, formarlos?

¿Hay todavía alguno que juzgue fácil la vida del apóstol y por ser un apóstol, frecuentemente por creerse tal, juzgue tener derecho a una vida llana, sin dolores, obstáculos, derrotas?

¿Hay todavía alguno que, por el hecho de que me sirva, pretenda que Yo sea su siervo y que haga milagros sin interrupción en favor suyo, haciendo de su vida una alfombra florida, fácil, humanamente gloriosa?

Mi Camino, mi Trabajo, mi servicio es la Cruz, el Dolor, las Renuncias, el Sacrificio.

Yo lo hice, háganlo quienes quieren decirse “míos”. Esto no va para los Juanes, sino para los doctores insatisfechos y difíciles.

Y digo para los doctores de la argucia, que he usado el término “tío” y “tía”, inusitado en las lenguas palestinas;

para aclarar y definir una irrespetuosa cuestión sobre mi condición de Unigénito de María y sobre la Virginidad “pre” y “post” parto de mi Madre,

Quien me tuvo por espiritual y divino connubio y repítase una vez más: NO conoció otras uniones, ni tuvo otros partos.

Carne inviolada, la cual ni siquiera Yo laceré, cerrada sobre el Misterio de un seno-tabernáculo, Trono de la Trinidad y del Verbo Encarnado.

55 EL PADRE, ENEMIGO…


55 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús va con los suyos por las hermosas colinas de Galilea.

Para evitar el sol, que está todavía alto aunque se dirija ya hacia el ocaso, caminan bajo los árboles, la mayor parte olivos.

Jesús indica:

–     Pasada esa prominencia del terreno está Nazaret. Dentro de poco llegamos. A la entrada de la ciudad nos separaremos.

Judas y Santiago irán inmediatamente adonde su padre, como desea su corazón.

Pedro y Juan distribuirán a los pobres, que estarán ciertamente junto a la fuente, el óbolo.

Yo y los demás iremos a casa para la cena, luego proveeremos para el descanso.

Bartolomé dice:

–     Nosotros iremos a casa del buen Alfeo. Se lo prometimos la otra vez.

Felipe agrega:

–     Yo, de todas formas, voy a ir sólo para saludarlo. Cedo la cama a Mateo que todavía no está acostumbrado a las incomodidades.

Mateo objeta:

–     No. Tú no, que eres anciano. No lo permito.

Hasta ahora he disfrutado de un cómodo lecho, y ¡Qué sueños infernales tenía en él!

Créeme: ahora estoy de tal manera en paz, que aunque me eche sobre piedras, tengo la impresión de estar durmiendo entre plumas. Es la conciencia la que hace, o no, dormir.

Y con esto surge una competición de caridad con Mateo entre los discípulos Tomás, Felipe y Bartolomé, que son los que la otra vez estuvieron en casa de Alfeo.

Santiago está hablando con Andrés y dice:

–     De todas formas habrá un puesto para ti como la otra vez, aunque mi padre esté más enfermo.

Vence Tomás:

–     Yo soy el más joven del grupo. Yo cedo el lecho.

Déjame, Mateo. Poco a poco te acostumbrarás. ¿Crees que me pesa? No. Soy como un enamorado, que piensa: “Estaré sobre el duro suelo, pero estoy cerca de mi amor”

Tomás, hombre que no rebasa los treinta años ríe jovialmente y Mateo cede.

Nazaret está ya a pocos metros con sus primeras casas. 

Tadeo dice:

–     Jesús… nosotros ya nos vamos.

Jesús los alienta:

–     Idos, idos.

Los dos hermanos se van casi corriendo. 

Pedro susurra:

–     ¡El padre es el padre! Aunque nos maltrate con ira, no por eso deja de ser de nuestra misma sangre y la sangre tira más que una soga. Además… me resultan simpáticos tus primos. Son muy buenos.

Jesús confirma:   

–     Sí, son muy buenos. Y son humildes, hasta el punto de que ni siquiera se estudian para ver en qué medida lo son.

Siempre piensan que cometen deficiencias, porque su espíritu ve lo bueno en todos, excepto en ellos mismos. Llegarán muy lejos…

Ya están en Nazaret.

Algunas mujeres ven a Jesús y lo saludan, como también lo hacen algunos hombres y niños.

Pero  aquí no se producen las aclamaciones de los otros lugares al Mesías, aquí se trata de amigos que saludan al Amigo que regresa: unos, más expansivamente; otros, menos.

En muchos hay también una irónica curiosidad al observar al grupo heterogéneo que acompaña a Jesús, que no es ciertamente un grupo de dignatarios reales ni de pomposos sacerdotes:

Sudados, llenos de polvo del camino, vestidos muy modestamente; menos Judas de Keriot, Mateo, Simón y Bartolomé, en orden decreciente de elegancia.

Parecen más un grupo de gente modesta de viaje hacia algún mercado, que no seguidores de un rey.

Rey que de por sí manifiesta su grandeza solamente en estatura y sobre todo, en la magnificencia del aspecto.

Caminan unos metros y luego Pedro y Juan se separan, yendo hacia la derecha.

Mientras que Jesús con los demás prosigue hasta llegar a una pequeña plaza llena de niños ruidosos, que están alrededor de una pila llena, de la que sacan agua las madres.

Un hombre ve a Jesús y hace un gesto de gozoso asombro.

Acelera su paso hacia Él y lo saluda:

–      ¡Bienvenido de nuevo! ¡No te esperaba tan pronto!

Ten: besa a mi último nieto. Es el pequeño José. Ha nacido en tu ausencia – y le pasa un niñito que tiene en los brazos.

Jesús pregunta al hombre:

–   ¡Oh Alfeo!  ¿Le has puesto por nombre José?

–      Sí. No me olvido de mi casi pariente y más que pariente, gran amigo.

Ya tengo puestos también a los nietos los nombres que más aprecio: Ana, mi amiga de cuando era niño, y Joaquín. Luego María… ¡Oh, qué fiesta cuando nació!

Me acuerdo de cuando me la dieron para que la besase y me dijeron: “¿Ves? Aquel hermoso arco iris fue el puente por el cual Ella descendió del Cielo. Los ángeles utilizan ese camino”.

Verdaderamente era tan bonita, que parecía un angelito… Ahora aquí tienes a José. Si hubiera sabido que ibas a volver tan pronto, te hubiera esperado para la circuncisión.

–     Te agradezco tu amor hacia mis abuelos y hacia mi padre y mi Madre. Es un niño muy hermoso. Que sea eternamente justo como el justo José.

Jesús acaricia en sus brazos al pequeñuelo, que dibuja en sus labios risitas llenas de leche.

–     Si me esperas voy contigo. Estoy esperando a que se llenen las ánforas.

No quiero que mi hija María se fatigue. Es más, mira, voy a hacer esto: les doy las ánforas a los tuyos, si las toman y yo hablo un poco contigo a solas.

Tomás exclama:

–     ¡Pues claro que los tomamos! ¡No somos reyes asirios! – y es el primero en agarrar un ánfora. 

–     Entonces, mirad, María de José no está en su casa, está donde el cuñado, ¿Sabes? Pero la llave está en la mía. Que os la den para entrar en el taller de la casa.

Jesús indica:

–     Sí, sí, id; entrad incluso en casa. Luego voy Yo.

Los apóstoles se marchan y Jesús se queda con Alfeo.

–      Quería decirte que soy verdadero amigo tuyo y cuando uno es verdadero amigo y es más viejo y es del lugar, puede hablar.

Creo que debo hablar. Y no es que quiera aconsejarte, Tú sabes más que yo. Sólo quiero advertirte de que ¡Oh!, no quiero hacer de espía, ni sacarte a la luz defectos de tus familiares.

Pero, yo creo en ti Mesías y y me duele el ver que dicen que Tú no eres el Mesías; que eres un enfermo; que destruyes a la familia y a los familiares.

La ciudad… ya sabes… a Alfeo lo consideran mucho y por tanto, la ciudad presta también atención a lo que ésos dicen…

Ahora está enfermo, infunde compasión… Algunas veces la compasión incluso sirve para cometer injusticias.

Mira, yo estaba presente la tarde en que Judas y Santiago te defendieron y defendieron su libertad para seguirte… ¡Qué escena! No sé cómo puede resistir tu Madre.

¿Y la pobre María de Alfeo?… Las mujeres en ciertas situaciones de familia son siempre víctimas.  

Jesús declara:

–     Ahora mis primos están donde su padre…

–    ¿Con su padre? ¡Los compadezco!

Ese anciano está completamente fuera de sí y será la edad y la enfermedad claro, pero hace cosas de locos.

Si no estuviera demente, me daría más pena aún, porque… En ese caso estaría llevando a la perdición a su propia alma.

–    ¿Crees que tratará mal a los hijos?

–     Estoy seguro de ello. Lo siento por ellos y por las mujeres… ¿A dónde vas?

–     A casa de Alfeo.

–     No, Jesús. No te expongas a que te falten al respeto.

–     Mis primos me quieren por encima de sí mismos y es justo que Yo les pague con un amor igual… En esa casa hay dos mujeres a las que quiero… Voy. No te opongas.

Jesús se dirige rápido hacia la casa de Alfeo, mientras el otro se queda pensativo en medio de la calle.

Jesús va tan veloz, que casi corre. Cuando llega al lindero del huerto de Alfeo, escucha el llanto fuerte de una mujer y los gritos desaforados de un hombre.

Jesús acelera el paso, por el huerto todo verde, en los pocos metros que separan la calle de la casa.

Está ya casi en la entrada cuando se asoma a la puerta su Madre y lo ve.

Y brotan simultáneamente, dos gritos de amor:

–    ¡Mamá.

–    ¡Jesús!

Jesús hace ademán de entrar, pero María dice:

–    No, Hijo. 

Y se pone en el umbral con los brazos abiertos y apretando las manos contra las jambas: una barrera de carne y de amor.

Que repite:

–     No, Hijo, no lo hagas».

–     Déjame, Mamá, no ocurrirá nada.

Jesús está tranquilísimo, a pesar de que la acentuada palidez de María lo turbe, como es lógico.

Coge su delicada muñeca, separa la mano de la jamba y pasa.

En la cocina, desparramados por el suelo, reducidos a una especie de cieno viscoso, están los huevos, los racimos de uvas y el tarro de miel traídos de Caná.

De otra habitación proviene una voz quejumbrosa de anciano, imprecando, acusando, quejándose; en medio de uno de esos arrebatos de cólera seniles que son tan injustos, impotentes, penosos de ver…

Y muy dolorosos de padecer:

–      …¡Mi casa destruida, convertida en el hazmerreír de toda Nazaret y yo aquí, solo, sin ayuda, herido en mi sentimiento, en el respeto, padeciendo necesidades!…

¡Eso es lo que te queda, Alfeo, por haber actuado como un verdadero fiel! ¿Y por qué? ¿Por qué? Por un loco. Un loco que vuelve locos a mis estúpidos hijos. ¡Ay, ay, qué dolores!

Se oye también la voz de María de Alfeo, lacrimosa, suplicando:

–     ¡Cálmate, Alfeo, cálmate! ¿Ves como te perjudicas?

Voy a ayudarte a meterte en la cama… Siempre bueno tú, siempre justo… ¿A qué viene esto, contigo, conmigo, con esos pobres hijos?…

–     ¡Nada! ¡Nada! ¡No me toques! ¡No quiero!

¿Que son buenos esos hijos? ¡Ya!, ¡ya! ¡Cierto, claro! ¡Son dos ingratos! Primero me hinchan de ajenjo y luego me traen miel. Me traen huevos y fruta…

¡Después de alimentarse con mi corazón! ¡Vete, te digo! ¡Fuera! ¡Que venga María, no tú! Ella tiene maña. ¿Dónde está ahora esa mujer débil que no sabe hacerse obedecer por el Hijo?

María de Alfeo, arrojada de la presencia de éste, entra en la cocina mientras Jesús estaba para entrar en la habitación de Alfeo.

Lo ve, se derrumba en sus brazos sollozando desesperada, mientras María la Virgen, va humilde y paciente, donde el anciano iracundo.

Jesús dice:

–     No llores, tía; ahora voy Yo.

–    ¡No! ¡No te dejes insultar! Está como loco. Tiene el bastón. No. Jesús, no. Ha agredido incluso a sus hijos.

–     No me hará nada

Y Jesús con firmeza, si bien dulcemente, aparta a su tía y entra.

–     Paz a ti, Alfeo.  

El anciano, que iba a meterse en la cama entre mil quejas y reprensiones a María, «porque no tiene maña» (antes decía que sólo Ella tenía maña), se vuelve como movido por un resorte.

Y exclama lleno de ira:

–     ¿Aquí? ¿Aquí a burlarte de mí? ¿Hasta esto?

–     No. A traerte paz. ¿Por qué estás tan inquieto? Te empeoras.

Mamá, deja. Lo levanto Yo. No te haré daño ni tendrás que esforzarte. Mamá, levanta las cobijas. 

Y Jesús toma con cuidado a ese montoncillo de huesos que ya está en los estertores, flácido, malo, que llora, mísero.

Y lo apoya con cuidado, como si fuera un recién nacido, sobre la cama.

Mientras dice con mucha dulzura:

–     Eso es, así, como hacía con mi padre. Más alto este almohadón, así estarás más alto y respirarás mejor.

Mamá, mete aquí, debajo de los riñones, ese de allí, el pequeño; estará más mullido. Ahora así la luz, que no le dé en los ojos pero que deje entrar el aire puro. Eso es, así.

Ahora… en la cocina he visto una tisana al fuego. Tráela, Mamá, Y bien dulce. Estás todo sudado y te estás enfriando. Te sentará bien.

María sale, obediente.

Alfeo pregunta desconcertado:

–     Yo… yo… ¿Por qué eres bueno conmigo?

–     Porque te quiero, como ya sabes.

–     Yo te quería… pero ahora…

–     Ahora ya no me quieres. Lo sé. Pero Yo te quiero y me basta. Más adelante me querrás…

–     Entonces… ¡Ay, ay… qué dolores!… entonces, si es verdad que me quieres, ¿Por qué ofendes mis canas?

–     No te ofendo, Alfeo; de ninguna manera. Te honro.

–     “¿Honro?” Soy el hazmerreír de Nazaret… eso es.

–     ¿Por qué dices eso, Alfeo? ¿En qué te hago hazmerreír?

–      En mis hijos. ¿Por qué son rebeldes? Por ti. ¿Por qué se burla la gente de mí? Por ti.

–      Dime: si Nazaret te alabara por la condición de tus hijos, ¿Sentirías el mismo dolor?

–      ¡Claro que no! Pero Nazareth no me alaba. Me alabaría si de verdad fueses Tú un conquistador.

¡Pero abandonarme por alguien que es poco menos que un loco que va por el mundo atrayéndose odios y burlas! ¡Un indigente, en medio de los pobres!

¡Ah! ¿Quién no se burlaría? ¡Pobre casa mía! ¡Pobre estirpe de David! ¡Cómo termina! Y yo tenía que vivir tanto para contemplar esta desgracia.

Verte a Ti, la última palmera de la estirpe gloriosa, convertido en un demente por demasiado servilismo.

¡Ah! La desgracia vino sobre nosotros desde el día en que mi cobarde hermano se dejó unir con aquella insípida y prepotente mujer, que ejerció sobre él tanto imperio.

Entonces dije: ‘José no es para el matrimonio. ¡Será infeliz!’ Y lo fue.

Él se conocía y nunca había querido saber nada de casamiento.

¡Maldita sea la ley de vírgenes huérfanas y herederas! ¡Maldición al destino y maldición a aquellas bodas!

La ‘virgen heredera’ con la pócima en la mano, regresa a tiempo para oír las lamentaciones de su pariente.

Se ve mucho más pálida; pero su actitud paciente no ha perdido la calma.

Se dirige a Alfeo con una dulce sonrisa y le ayuda a beber.

Jesús levanta su cabeza y dice amorosamente:

–      Eres injusto, Alfeo; pero tienes tanto mal encima, que todo se te perdona.

El viejo continúa con su diatriba:

–     ¡Oh, sí! ¡Mucho he sufrido!

¡Dices que eres el Mesías y que haces milagros! Eso es lo que dicen.

Si al menos me curaras para pagarme los hijos que me quitaste. ¡Cúrame y te perdonaré!

–    Tú perdona a los hijos. Comprende su corazón y Yo te daré consuelo. Si guardas rencor, no puedo hacer nada.

–    ¿Perdonar? –el hombre hace un movimiento rápido que agudiza los espasmos.

Y de nuevo se enfurece: 

–    ¿Perdonar? ¡Jamás!

¡Lárgate, si sólo has venido para decirme esto! ¡Largo! Quiero morir sin ser perturbado.

Jesús tiene un gesto de resignación:

–    Adiós, Alfeo. Me voy. ¿De veras me arrojas? Tío, ¿De verdad debo irme?

–    Si no me curas, sí. Vete. Y di a esas dos serpientes, que su viejo padre muere teniéndoles rencor.

–    No. Esto no. No pierdas tu alma.

No me ames si no quieres. No creas que soy el Mesías. Pero no odies. NO ODIES, Alfeo. Búrlate de Mí. Dime loco. Pero no odies.

–    Pero, ¿Por qué me quieres tanto, si te insulto?

–    Porque Soy Aquel a quien no quieres reconocer. Soy el Amor… 

Mamá, me voy a casa.

María dice con dulzura:

–   Sí, Hijo, mío. Iré pronto.

Jesús se despide:

–  Te dejo mi paz, Alfeo. Si me necesitas, mándame llamar a cualquier hora y vendré.

Jesús sale tranquilo, como si nada hubiera pasado. Una gran palidez cubre su cara.

María de Alfeo, gime:

–   ¡Oh, Jesús! Jesús, perdónalo.

–   Claro que sí, María. Ni siquiera tienes que pedirlo.

A uno que sufre, todo se le perdona. Ahora ya está más calmado. La Gracia trabaja aún sin que los corazones se den cuenta.

Y luego, están tus lágrimas. Y también el dolor de Tadeo y de Santiago. Y su fidelidad a su vocación. La paz sea a tu angustiado corazón, tía.

Jesús la besa y sale al huerto para irse a su casa.