Archivos diarios: 10/09/20

59 ESTERILUDAD Y REPUDIO


59 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús se encuentra en esa preciosa ciudad marítima que en el mapa presenta un golfo natural amplio y bien protegido.

Este golfo tiene capacidad para muchos navíos y lo hace aún más seguro un fuerte espigón portuario.

Al parecer es muy usado incluso militarmente porque hay trirremes romanas con soldados a bordo.

En uno están desembarcando tropas para reforzar la guarnición. El puerto se parece un poco a la ciudad portuaria de Nápoles, dominada por los montes vesubianos.

Jesús está sentado dentro de una modesta casa cercana al puerto, donde habitan amigos de Pedro y de Juan, pescadores como ellos.

Y con quienes hablan de la diferencia entre la pesca en el mar de Galilea y en este gran puerto, situado en el gran océano.

Jesús habla con los miembros de la familia que los han hospedado y con otros que han venido a escucharlo. No es, sin embargo, una predicación formal, son palabras sencillas de consejo, de consuelo; como sólo Él puede ofrecer. 

Andrés regresa con los panes que le habían encargado y se acerca ruborizado al maestro, diciendo con  su característica timidéz:

–      Maestro, ¿Podrías venir conmigo? Se… se trata de hacer un poco de bien. Sólo Tú puedes.

Jesús se pone en pie sin preguntar ni siquiera qué bien es ése.

Sin embargo, Pedro pregunta:

–     ¿A dónde lo llevas? Está muy cansado. Es la hora de la cena. Lo pueden esperar mañana.

–     No… Es una cosa que hay que hacer en seguida. Es…

–     ¡Habla, gacela espantada! ¿Pero vosotros creéis que un hombre hecho y derecho debe ser así?… ¡Parece un pez enmarañado en la red!

Andrés se pone todavía más colorado.

Jesús, atrayéndolo hacia sí, lo defiende:

–     A mí me gusta así. Déjalo.

Tu hermano es como agua salubre. Trabaja en lo profundo y sin hacer ruido. Sale de la tierra como un hilo de agua, pero quien se acerca a él queda curado. Vamos, Andrés. 

Pedro contesta decidido:

–     Voy también yo. Quiero ver a dónde te lleva.

Andrés suplica:

–     No, Maestro. Yo y Tú solos. Si hay gente, no se puede… Es cosa de corazones…

–     ¿Qué pasa? ¿Ahora te dedicas a hacer de paraninfo?

Andrés no le responde a su hermano.

Dice a Jesús:

–      Un hombre quiere repudiar a su esposa y… y yo he intervenido, pero no sé hacerlo.

Si hablas Tú… te saldrá bien, porque el hombre no es malo; es… es… él te lo dirá.

Jesús sale con Andrés sin decir nada más.

Pedro permanece un poco en duda.

Luego dice:

–      Yo también voy; quiero al menos ver a dónde van.

Y sale, a pesar de que los otros le digan que no lo haga.

A pesar del rechazo, Pedro se detiene; pero sólo lo suficiente para pasar desapercibido a los que ha decidido perseguir.

Andrés va a torcer por una callecita de aspecto popular. Pedro lo sigue detrás.

Continúan luego por una placita llena de comadres. Y Pedro detrás.

Entran en un portal que es un arco sin puerta y que da a un amplio patio circundado de casitas bajas y pobres. Y Pedro detrás.

 Jesús entra en una de estas casitas con Andrés. Y Pedro se aposta fuera.

Una mujer lo ve y le pregunta:

–     ¿Eres familia de Aava? ¿Y esos dos también? ¿Habéis venido a llevárosla?

Pedro contesta fastidiado:

–     ¡Cállate, cotorra! No me deben ver.

¡Hacer callar a una mujer! Es una cosa difícil. Pedro le lanza una mirada que la fulmina, pero entonces ella va a hablar con otras comadres.

Enseguida el pobre Pedro, se encuentra rodeado por un círculo de mujeres, chicos y hombres; los que sólo por imponerse silencio unos a otros hacen un gran rumor que denuncia su presencia.

Pedro se consume interiormente, se enfada… pero no sirve de nada.  

Del interior de la casa se oye la voz grave, hermosa, serena de Jesús; junto a la voz quebrada de una mujer y a la de un hombre ronca y cortante.

Jesús dice:

–     Si ha sido siempre buena esposa, ¿Por qué repudiarla? ¿Alguna vez te ha faltado?

La mujer gime:

–     No, Maestro, ¡Te lo juro! Lo he querido como a la pupila de mis ojos.

Y el hombre, breve y duro, dice:

–     No, no me ha faltado nada más que en ser estéril y yo quiero hijos. No quiero la maldición Dios sobre mi nombre.

–     Tu mujer no tiene la culpa de serlo.

–     Me echa la culpa, a mí y a los míos, como si hubiera sido una traición…

–     Mujer, sé sincera. ¿Sabías que eras estéril?

–     No. Era y soy en todo como todas.

El médico lo ha dicho también. Pero no logro tener hijos.

–     ¿Ves como no te ha engañado?

Ella también sufre por ello. Responde también tú sinceramente: si ella fuese madre, ¿La repudiarías?

–     No. Lo juro. No tengo motivo para ello.

Sucede que el rabino me lo ha dicho, como también me lo ha dicho el escriba: “La estéril es la maldición de Dios en casa y tú tienes el derecho y el deber de darle libelo de divorcio y no contrariar tu virilidad privándola de hijos”

Yo hago lo que la Ley dice.

Jesús rebate:

–      No. Escucha. La Ley dice: “No cometas adulterio” y tú estás para cometerlo.

El mandamiento inicial es éste y ninguna otra cosa. Y, si, por la dureza de vuestros corazones, Moisés concedió el divorcio, fue para impedir uniones ilícitas y concubinatos odiosos a Dios.

Luego, progresivamente, vuestro vicio trabajó sobre la cláusula de Moisés recabando las malvadas cadenas y las homicidas piedras que sor las condiciones actuales de la mujer,

víctima siempre de vuestro despotismo, de vuestro capricho, de vuestra sordera y ceguera de afectos. Yo te lo digo: No te es lícito hacer lo que pretendes. Tu acto ofende a Dios.

¿Repudió acaso Abraham a Sara? ¿Y Jacob a Raquel? ¿Y Elcana a Ana? ¿Y Manué a su esposa?

¿Conoces al Bautista? ¿Sí? Está bien, ¿No fue estéril su madre hasta la vejez y después dio a luz al santo de Dios, así como también la esposa de Manué dio a luz a Sansón, y Ana de Elcana a Samuel, y Raquel a José, y Sara a Isaac?

Dios premia la continencia del esposo, su piedad hacia la estéril, su fidelidad al desposorio y es un premio celebrado por los siglos,

así como también da sonrisa al llanto de las estériles que ya no lo son ni se encuentran humilladas, sino que se hallan gloriosas regocijándose de ser madres.

No te es lícito ofender el amor de esta mujer. Sé justo y honesto. Dios te premiará más de lo que mereces.

El hombre lo mira asombrado.

Y trata de disculparse:

–      Maestro, sólo Tú hablas así… Yo no sabía.

Había preguntado a loa doctores y me habían dicho: “Hazlo”. Pero no me dijeron ni una palabra respecto a que Dios premie con dones un acto bueno.

Estamos en sus manos… y nos cierran los ojos y el corazón con mano de hierro. No soy malo, Maestro. No te enojes conmigo.

–      No te rechazo.

Me produces más compasión, que esta pobre mujer que está llorando, porque su dolor acabará cuando termine su vida y el tuyo comenzará entonces y para toda la eternidad. Piénsalo.

–     No, no comenzará. No lo quiero. ¿Me juras por el Dios de Abraham que cuanto dices es verdad?

–     Yo soy Verdad y Ciencia. Quien cree en Mí tendrá en Él justicia, sabiduría, amor y paz.

–     Te quiero creer. Sí. Te quiero creer.

No sé… siento en Tí algo que no hay en los demás. Ahora voy al sacerdote y le digo: “Ya no la repudio. Me quedo con ella y sólo le pido a Dios que me ayude a sentir menos el dolor de no tener hijos”.

Aava, no llores. Le diremos al Maestro que vuelva para mantenerme calmado. Y tú… sigue queriéndome.

La mujer llora con más fuerza, por el contraste entre el dolor de antes y la alegría actual.

Jesús, por el contrario, sonríe:

–      No llores. Mírame. Mírame, mujer.

Ella levanta la cabeza. Mira su rostro luminoso con su rostro lagrimoso. 

Jesús los llama:

–      Hombre, ven aquí. Ponte de rodillas junto a tu esposa. 

Cuando los dos han obedecido,

Jesús abre sus brazos y dice con solemnidad:

Ahora yo os bendigo y santifico vuestra unión. Escuchad:

“Señor Dios de nuestros padres, que hiciste a Adán del barro y le diste a Eva como compañera para que poblasen de hombres la tierra educándolos en tu santo temor,

desciende con tu bendición y tu misericordia, abre y fecunda las entrañas que el Enemigo tenía cerradas para portar a un doble pecado de adulterio y de desesperación.

Ten piedad de estos dos hijos, Padre santo, Creador supremo. Hazlos felices y santos.

Ella, fecunda como una vid; él, protector como el olmo que la sujeta.

Desciende, Vida, a dar vida. Desciende, Fuego, a calentar. Desciende, Poderoso, a obrar. ¡Desciende!

Haz que para la fiesta de alabanza por las fecundas mieses del próximo año te ofrezcan su vivo vástago, su primogénito, hijo consagrado a Tí, Eterno, que bendices a quienes esperan en Tí.

Jesús ha orado con voz de trueno, con las manos tendidas sobre las dos cabezas inclinadas.

La gente no se contiene más y se arremolina en torno, con Pedro en primera línea.

Jesús dice:

–     Levantaos. Tened fe y sed santos. 

Los dos reconciliados imploran:

–     ¡No te vayas, Maestro! 

–     No puedo quedarme. Volveré. Bastantes veces.

La multitud grita:

–     ¡No te vayas, no te vayas!

–     ¡Háblanos también a nosotros!

Jesús bendice pero no se detiene. Promete sólo volver pronto.

Y seguido por la pequeña multitud de vecinos, se dirige hacia la casa donde los hospedan.

Por el camino pregunta a Pedro:

–     Hombre curioso, ¿Qué debería hacer contigo?

Pedro contesta:

–     Lo que quieras, pero, ahora ya… yo estuve allí…

Entran en la casa, despiden a la gente, que comenta las palabras que han oído y se ponen a cenar.

Pedro se siente todavía curioso.

–     Maestro, ¿Pero realmente tendrán un hijo?

–     ¿Me has visto alguna vez prometer cosas que no se cumplan?

¿Crees que Yo me permito usar la confianza en el Padre para mentir y provocar desilusiones?

–     No… pero… ¿Podrías hacer esto con todas las esposas?

–     Podría. Pero lo hago sólo donde veo que un hijo puede significar un impulso hacia la santificación. Donde significaría obstáculo, no lo hago.

Pedro se alborota el pelo entrecano y calla.

Entonces entra el pastor José. Está completamente lleno de polvo del camino, como quien hubiera andado mucho. 

Después del beso de saludo, Jesús pregunta:

–     ¿Tú? ¿Por qué? 

José contesta:

–      Tengo cartas para ti.

Tu Madre me las ha dado y una es suya. Aquí están.

Y José entrega tres pequeños rollos de una especie de pergamino fino, atados con una cinta.

La más voluminosa de las cartas está incluso cerrada con un sello, otra tiene sólo el nudo, la tercera muestra un sello roto.

–      Ésta es de tu Madre – dice José, indicando la que tiene el nudo.

Jesús la desenrolla y la lee.

Primero en voz baja, luego alto:

“A mi amado Hijo, paz y bendición. Ha llegado a mí a la hora prima de las calendas de la luna de Elul un enviado de Betania.

Se trata de Isaac, pastor. Le he dado en tu nombre un ósculo de paz y refrigerio como personal agradecimiento.

Me ha traído estas dos cartas que ahora te envío, diciéndome de palabra que el amigo Lázaro de Betania te insta para que condesciendas con lo que te pide.

Amado Jesús, mi bendito Hijo y Señor, yo también tendría dos cosas que pedirte:

Una, recordarte que me prometiste llamar a tu pobre Mamá para instruirla en la Palabra; la segunda, que no vengas a Nazaret sin haber hablado conmigo antes”.

Jesús se detiene bruscamente y se pone de pie, caminando luego hasta encontrarse entre Santiago y Tadeo.

Los abraza estrechamente y termina repitiendo sin leer, las palabras:

–     Alfeo ha vuelto al seno de Abraham la pasada luna llena, con gran duelo de la ciudad…

Los dos hijos lloran sobre el pecho de Jesús, que termina:

…En el último momento te hubiera deseado a su lado, pero Tú estabas lejos. Esto, no obstante, es un consuelo para María, que ve en ello perdón de Dios y debe dar paz también a mis sobrinos”.

¡Habéis oído? Ella lo dice, y Ella sabe lo que dice.

Santiago suplica:

–     Dame la carta.

Jesús se opone:

–     No. Te perjudicaría.

Tadeo dice con un suspiro:

–      ¿Por qué? ¿Qué puede decir que sea más penoso que la muerte de un padre?…

–      Que nos ha maldecido

Jesús refuta:

–      No. No es eso.

Santiago se lamenta:

–      Lo dices… para no traspasar nuestro corazón. Pero es así. 

Jesús le entrega la carta:

–      Lee, entonces.

Y Judas lee:

«Jesús, te ruego, y conmigo María, que no vengas a Nazaret hasta que el duelo no haya terminado. El amor hacia Alfeo hace injustos a los nazarenos respecto a Tí y tu Madre llora por ello.

El buen amigo Alfeo me consuela, y pone calma en el pueblo. Ha tenido mucha resonancia lo que han contado Aser e Ismael de la mujer de Cusa, pero Nazaret es ahora un mar agitado por vientos contrarios.

Te bendigo, Hijo mío y te pido paz y bendición para mi alma. Paz a mis sobrinos. Mamá”.

Los apóstoles hacen comentarios y consuelan a los dos hermanos, que están llorando.

Pedro pregunta:

–   ¿Y esas, no las lees?

Jesús hace un gesto de asentimiento y abre la de Lázaro.

Llama a Simón Zelote. Leen juntos en un ángulo.

Luego abren el otro rollo y lo leen también. Debaten. Enseguida Simón trata de persuadir de algo a Jesús, pero no lo consigue.

Jesús, con los rollos en la mano, se coloca en medio de la estancia y dice:

–   Oíd, amigos. Somos todos una familia y no hay secretos entre nosotros.

Y si tener oculto el mal es piedad, dar a conocer el bien es justicia. Oíd lo que escribe Lázaro de Betania:

“Al Señor Jesús paz y bendición, y paz y salud a mi amigo Simón. He recibido tu carta y como siervo que soy he puesto mi corazón, mi palabra y todos mis medios a tu servicio, para satisfacerte y tener el honor de serte siervo no inútil.

He ido a ver a Doras a su castillo de Judea, a rogarle que me vendiera a su siervo Jonás como Tú deseas. Confieso que si no hubiera sido petición de Simón, amigo fiel paraTí, no habría enfrentado a ese chacal burlón, cruel y funesto.

Pero por Tí, mi Maestro y Amigo, me siento capaz de enfrentar hasta incluso a Satanás. Ello porque pienso que quien trabaja para Tí, te tiene cercano y está por tanto, protegido.

Y ciertamente he recibido ayuda, porque he vencido, contra todas las previsiones. Dura fue la discusión y humillantes las primeras negativas.

Tres veces tuve que agachar la cabeza ante este esbirro con poder. Luego me impuso una espera de días.

Finalmente, la carta; digna de un áspid. Yo casi no me atrevo decirte: “Cede para conseguir el objetivo”, porque él no es digno de tu Presencia; pero no hay otra forma.

He aceptado en tu Nombre y he firmado. Si he hecho mal, repréndeme.

No obstante – créeme – he tratado de servirte lo mejor que podía. Ayer ha venido un discípulo tuyo judío, diciendo que venía en tu Nombre a saber si había alguna noticia que llevarte. Ha dicho llamarse Judas de Keriot.

Sin embargo he preferido esperar a Isaac para entregarle la carta. Y me ha extrañado mucho el que hubieras mandado a otros, sabiendo que todos los sábados viene aquí Isaac, para su reposo sabático.

No tengo más que decirte. Sólo, besándote los pies santos, te ruego conducirlos adonde tu siervo y amigo Lázaro, como prometiste. A Simón, salud. A ti, Maestro y Amigo, un ósculo de paz solicitando tu bendición. Lázaro”. 

Jesús despliega el pergamino que tiene roto el sello, mientras dice:   

–     Y ahora la otra:

“A Lázaro, salud. He decidido. Por que por una suma doble obtendrás a Jonás. Y no pienso cambiar respecto a lo que propongo, por ningún motivo.

Estas son las condiciones:

Quiero que primero Jonás termine la cosecha de este año y su entrega se efectuará al final de la luna de Tisri.

Quiero que venga personalmente a recogerlo Jesús de Nazaret, al cual le pido que entre bajo mi techo, para conocerlo.

Quiero pago inmediato a la vista de contrato en regla.

Adiós. Doras”.  

Pedro grita:

–    ¡Qué peste! Pero, ¿Quién paga?

Quién sabe lo que pide. Y nosotros… ¡Estamos siempre sin un céntimo!

Jesús dice:

–    Simón paga.

Para darme esta alegría a Mí y al pobre Jonás. No adquiere más que un residuo de hombre, que de ninguna manera le prestará servicio; pero adquiere un gran mérito en el Cielo. 

Todos miran asombrados a Simón cananeo:

–    ¿Tú? ¡Oh!

Hasta los hijos de Alfeo salen de su aflicción por el estupor. 

Y Jesús confirma:

–     Él es. Es justo que ello sea conocido. 

Pedro indaga:

–     Sería también justo saber por qué Judas de Keriot ha ido donde Lázaro. ¿Quién lo había enviado? ¿Tú?

Jesús no le responde a Pedro. Se muestra muy serio y pensativo.

Sale de su meditación sólo para decir:

–     Preocupaos de que José cene y repose, luego nos retiraremos a descansar.

Yo prepararé la contestación para Lázaro… ¿Isaac está todavía en Nazaret?

José responde:

–     Me espera.

–     Iremos todos.

–     ¡Noo! Tu Madre dice…

Todos se agitan.

–     Callad. Quiero que sea así.

Mi Madre habla con su corazón de amor. Yo juzgo con mi razón. Prefiero hacer esto mientras no esté Judas y deseo tender la mano amiga a mis primos Simón y José.

Y  también llorar con ellos antes de que termine el duelo. Luego volveremos a Cafarnaúm, a Genesaret. En definitiva al lago, esperando finalice la luna de Tisri. 

Y tomaremos a las Marías con nosotros. Vuestra madre tiene necesidad de amor. Se lo daremos. Y la mía tiene necesidad de paz. Yo soy su paz. 

Pedro indaga:

–     ¿Crees que en Nazaret?…

–      No creo nada.

–      ¡Ah, bueno! Porque si le causasen algún daño o algún dolor… ¡Se las tendrían que ver conmigo! – dice Pedro todo agitado.

Jesús lo acaricia, pero está tan absorto en otros pensamientos que más bien está triste.

Luego va hacia donde Tadeo y Santiago, se pone entre los dos y se sienta, teniéndolos abrazados para consolarlos.

Los demás hablan bajo para no turbar su dolor.

58 AUTÉNTICOS ADORADORES


58 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús camina al lado de Jonathán siguiendo un terraplén verde, boscoso y sombreado. Detrás van los apóstoles hablando entre sí.

Pedro separándose de ellos, se adelanta, y franco como siempre, pregunta a Jonathán:

–      ¿Pero no era más rápido el camino que va a Cesárea de Filipo?

Hemos venido por éste y… ¿Cuándo vamos a llegar? ¡Tú con la patrona has ido por aquél!

–      Con una enferma, me he atrevido a todo.

Date cuenta de que yo soy de un cortesano de Antipas y Filipo, después de aquel sucio incesto no ve muy bien a los cortesanos de Herodes…

Mira, no es por mí por quien temo. Lo que no quiero es crearos dificultades ni enemigos, y menos aún al Maestro.

La Tetrarquía de Filipo tiene necesidad de la Palabra, como la tiene la de Antipas; si os odian, ¿Cómo podéis…? Al regreso, si lo veis conveniente, vais por ese camino.

Jesús dice:

–     Alabo tu prudencia, Jonathán. Pero al regreso tengo intención de pasar hacia las tierras fenicias.

–     Están envueltas en las tinieblas del error.

–     Tocaré frontera, para recordarles que hay una Luz.  

Pedro pregunta:

–     ¿Crees que Filipo se desquitaría en un siervo del perjuicio que le ha causado su hermano?

18. Porque Juan decía a Herodes: «No te está permitido tener la mujer de tu hermano.» Marcos 6

–     Sí, Pedro. Son iguales.

Dominados por todos los más bajos instintos, no hacen distinción. Parecen animales y no hombres, créelo.

–     Y sin embargo, teniendo en cuenta que Juan, hablando en nombre de Dios, ha hablado también en su nombre y favor, debería estimarlo a Él, que es pariente de Juan.

–     No os preguntaría ni siquiera de donde venís, ni quiénes sois, viéndoos conmigo si me reconociera.

O si algún enemigo de la casa de Antipas me señalara como siervo de su Procurador, seríais encarcelados inmediatamente.

¡Si supierais cuánto fango hay tras las vestiduras de púrpura! Venganzas, atropellos, delaciones, lujurias y hurtos son la pasta de su alma. ¿Alma?… ¡bien!, llamémosla así.

Yo creo que ya no tienen alma. Vosotros mismos podéis verlo: para bien, pero… ¿Por qué ha recobrado Juan la libertad?

Por una venganza entre dos oficiales de la Corte.

Uno, para deshacerse de otro tan favorecido por Antipas, que tenía a Juan en custodia; por una suma abrió de noche el calabozo… Yo creo que atontó a su rival con un vino drogado.

Y a la mañana siguiente… el desdichado pagó con su cabeza la evasión del Bautista. Te digo que es un asco.

–     ¿Y tu patrón está de acuerdo? Me parece bueno.

–     Lo es. Pero no puede actuar de otro modo.

Su padre y el padre de su padre fueron de la Corte de Herodes el Grande. El hijo lo ha tenido que ser por fuerza.

No lo aprueba, pero no puede más que limitarse a mantener a su mujer lejos de esa corte de vicios.

–     ¿Y no podría decir “me das asco” y marcharse?

–     Podría, pero, a pesar de que sea muy bueno, todavía no es capaz de tanto.

Eso significaría casi ciertamente la muerte. Y ¿Quién quiere morir por honestidad de espíritu llevada a su punto más alto? Un santo como el Bautista. Pero nosotros… ¡Pobrecillos!

Jesús, que los ha dejado hablar entre sí, interviene:

–      Dentro de no mucho, en todo lugar de la tierra conocida, el número de los santos contentos de morir por esta honestidad hacia la Gracia y por amor a Dios, será denso como flores en un prado abrileño.

Pedro dice:

–     ¿Sí? Me gustaría saludar a estos santos y decirles: “¡Rogad por el pobre Simón de Jonás!”.

Jesús lo mira fijo y sonriente.

–     ¿Por qué me miras así?

–      Porque tú, prestándoles auxilio, los verás… y los verás cuando te lo presten a ti.

–     ¿En qué, Señor?

–      Para ser la Piedra consagrada por el Sacrificio, sobre la que se celebre y edifique mi Testimonio.

–      No te entiendo.

–      Entenderás.

Los otros discípulos, que se habían acercado y que han escuchado, cuchichean entre sí.

Jesús se vuelve:

–      En verdad os digo que todos seréis probados con uno u otro suplicio:

por ahora, el de la renuncia a las comodidades, a los afectos, a las cosas útiles; luego irá siendo una cosa cada vez más vasta, hasta llegar a aquella, excelsa, que os ciña con una diadema inmortal.

Sed fieles. Todos vosotros lo seréis. Y obtendréis esto.

–     ¿Nos matarán los judíos, el Sanedrín acaso, por nuestro amor a Tí?

–     Jerusalén lava los umbrales de su Templo con la sangre de sus Profetas y sus Santos.

Y también el mundo espera ser lavado… Abundan los templos de dioses horrendos.

En un futuro serán templos del Dios verdadero y la lepra del paganismo quedará purificada con el agua lustral de la sangre de los mártires. 

Se escuchan las exclamaciones de los discípulos:

–     ¡Oh!

–     ¡Dios Altísimo!

–     ¡Señor!

–     ¡Maestro! 

–     ¡Yo no soy digno de tanto!  

Pedro se arroja a los pies de Jesús diciendo:

–     ¡Soy débil! ¡Le temo al dolor! ¡Oh! ¡Señor!…

Despide a tu inútil siervo o dame fuerza. No querría menoscabar tu imagen Maestro, con mi ruindad. 

Es una genuina súplica, brotada del corazón lleno de integridad del apóstol pescador.

Jesús le dice:

–     Levántate, mi Pedro. No temas. Todavía mucho has de caminar…

Llegará la hora en que no quieras sino cumplir el último esfuerzo. Y entonces tendrás todo, del Cielo y de ti mismo. Yo te estaré mirando admirado.

–     Tú lo dices… y yo lo creo. ¡Pero soy una miseria de hombre!

Se ponen de nuevo a caminar y avanzan hasta dejar la llanura, para luego encumbrarse hasta la parte alta de un monte boscoso y progresivamente elevado. 

Y al alba del día siguiente, con una hermosa aurora naciente que enciende y destellan en todas las plantas bañadas de rocío, pequeños diamantes líquidos.

Bosques y más bosques de coníferas han quedado abajo, pero sigue habiendo bosques de cedros arriba e imperan dominadores desde lo alto.

Bosques que como verdes catedrales, acogen entre sus arboledas a los peregrinos incansables.

Los cedros de Líbano cubren una cadena montañosa, que se yergue en un nudo alto y enredado de crestas y barrancos, de valles y mesetas.

A lo largo de las cuales discurren, para luego precipitarse abajo en torrentes que parecen cintas de plata ligeramente verde-azul.

Aves de todo tipo llenan de cantos y vuelos los bosques de coníferas, que son como un oleaje perfumado de resinas en esta hora matutina.

Volviendo la mirada hacia abajo, se  contempla a lo lejos el mar grande, imponente y majestuoso con toda la costa que se extiende hacia el Norte y hacia el Sur,

con sus ciudades, sus puertos y los numerosos torrentes que descienden por las laderas, juntando sus cursos de rumorosas aguas, hasta sus desembocaduras en el océano; 

donde sus estuarios bosquejan el dibujo de una coma resplandeciente sobre la tierra árida, con sus aguas disminuídas por el ardiente sol del verano en el azul del mar.

Pedro observa:

–      Son hermosos estos lugares.

Simón dice:

–      Y no hace tampoco mucho calor.

Mateo añade:

–      Con estos árboles, el sol molesta poco…

Juan pregunta:

–      ¿Han tomado de aquí los cedros del Templo?

Jonathán contesta:

–       De aquí. Son éstos los bosques que dan las maderas más bellas.

El patrón de Daniel y Benjamín tiene muchísimos, además de tener ricos rebaños. Sierran los árboles en el propio lugar y luego los transportan hacia abajo por aquellas acanaladuras o a fuerza de brazos.

Trabajo difícil cuando los troncos deben ser usados enteros, como fue el caso del Templo. No obstante, paga bien y hay muchos a su servicio

Además es bastante bueno. No es como el feroz Doras. 

José exclama:

–     ¡Pobre Jonás!

Pedro agrega:

–     ¿Pero cómo es posible que los que están a su servicio sean casi esclavos?

Cuando le dije: “Déjale plantado y ven con nosotros, que Simón de Jonás podrá ofrecerte en el peor de los casos un pan”, me respondió: “No puedo si no pago mi rescate”. ¿Qué historia es ésta? 

Jonathán explica:

–      Doras y no sólo él en Israel, habitualmente hace esto:

cuando ve que uno que está a su servicio es bueno, lo conduce con aguda astucia a la esclavitud.

Le carga en cuenta falsas sumas que el pobre hombre no puede pagar; cuando la suma es suficiente, dice: “Tú eres esclavo mío por deudas”. 

Simón:

–     ¡Qué vergüenza!   

Bartolomé:

–     ¡Y además es fariseo!

Jonathán:

–     Sí. Jonás mientras tuvo ahorros pudo pagar… luego…

Un año el granizo, otro la sequía, el trigo y la uva dieron poco. Doras multiplica el daño por diez… y otra vez por diez. Posteriormente Jonás cayó enfermo debido al excesivo trabajo.

Doras le prestó la suma necesaria, pero quiso el doce por uno. Como Jonás no lo tenía, añadió esto al resto.

En pocas palabras: pasados unos años, se había acumulado una deuda que lo convirtió en esclavo y jamás lo dejará marcharse… Siempre encontrará otras disculpas y otras deudas. 

Jonathán calla con tristeza pensando en su amigo.  

Simón pregunta:

–     ¿Y tu patrón no podía…?

–     ¿Qué? ¿Hacer que lo trataran como a un ser humano?

¿Pero quién se enfrenta a los fariseos? Doras es uno de los más poderosos: creo que incluso es pariente del Sumo Sacerdote… Al menos eso se dice.

Una vez, cuando le dieron de palos a Jonás hasta desmayarlo y yo lo supe, lloré tanto, que Cusa me dijo: “Pago yo su rescate por hacerte feliz”.

Pero Doras se le rió delante de su cara y no aceptó nada. ¡Ése!… tiene los campos más ricos de Israel… pero, te lo juro, han sido abonados con la sangre y las lágrimas de sus siervos.

Jesús mira a Simón Zelote y éste mira a Jesús. Ambos están apenados.

–     ¿Y este de Daniel es bueno?

–     Al menos, humano. Quiere, pero no oprime.

Y dado que los pastores son honestos, los trata con amor; son los que mandan en los pastos. A mí me conoce y me respeta porque soy un doméstico de Cusa y… podría serle útil…

Pero, Señor, ¿Por qué el hombre es tan egoísta? 

Jesús responde:

–     Porque el amor fue estrangulado en el Paraíso Terrenal. Yo vengo, no obstante, a aflojar el lazo y a dar nueva vida al amor. 

Después de recorrer el último bosque, en una curva del camino,

Jonathán dice:

–     Hemos llegado a la propiedad de Eliseo. Los pastos están aún lejanos, pero a esta hora las ovejas casi siempre están en los apriscos, por el sol. Voy a ver si están.

Y Jonatán se marcha casi corriendo.

Vuelve después de un rato con dos pastores entrecanos y robustos, los cuales realmente se precipitan abajo por la pendiente, para ir a donde Jesús.

Y cuando llegan se postran adorándolo.

Jesús los saluda:

–     La paz a vosotros.

Y ellos responden:

–    ¡Oh! ¡Nuestro Niño de Belén!

–     Bendita seas, Paz de Dios, que has venido a nosotros. 

Los dos hombres están prosternados sobre la hierba. El saludo a un altar no es tan profundo como éste dedicado al Maestro.  

Jesús dice:

–     Levantaos. Os devuelvo la bendición.

Y me alegra hacerlo porque la bendición desciende con gozo sobre quien es digno de ella.

–     ¡Oh, dignos nosotros!…

–     Sí, vosotros, que habéis sido siempre fieles.

–     ¿Quién no lo habría sido? ¿Quién puede borrar aquella hora?

¿Quién puede decir: “No es verdad lo que vimos”? ¿Quién puede olvidar que Tú nos sonreíste durante meses, cuando volviendo entre las ovejas al atardecer, te llamábamos? ¿Y Tú, al son de nuestros flautines batías las manitas?…

¿Lo recuerdas, Daniel?

Daniel agrega:

–    Casi siempre vestido de blanco en los brazos de su Madre; te nos mostrabas entre rayos de sol en el prado de Ana.

O asomados a la ventana, parecías una flor depositada sobre la nieve del vestido materno. 

Jonathán añade:

–     Y aquella vez que viniste, dando los primeros pasos, a acariciar un corderito menos rizado que Tú…

¡Qué feliz se te veía! Y nosotros no sabíamos qué hacer de nuestras rudas personas.

Habríamos deseado ser ángeles para no parecerte tan burdos…  

Jesús dice emocionado:

–     ¡Amigos míos!, Yo veía vuestro corazón y eso veo también ahora.

Benjamín:

–     ¡Y nos sonríes como entonces!

Daniel:

–     ¡Y has venido hasta aquí, donde los pobres pastores!

–     Donde mis amigos. Ahora estoy contento.

Os he vuelto a encontrar a todos y ya no os perderé. ¿Podéis dar hospedaje al Hijo del hombre y a sus amigos?

–     ¡Señor! ¿Tú lo pides?

No nos falta ni pan ni leche, pero si tuviéramos sólo un bocado te lo daríamos con tal de tenerte con nosotros. ¿Verdad, Benjamín?

–     ¡Hasta el corazón te daríamos por alimento, nuestro anhelado Señor!

–     Vamos, entonces. Hablaremos de Dios…

–     Y de tus parientes, Señor.

¡José, tan bueno! ¡María…, oh, la Madre! Fijaos, mirad este narciso bañado de rocío, hermoso y puro con su corola como una estrella adiamantada.

Ella, sin embargo… ¡Oh, esto no está lleno de fealdad en comparación con la Madre! Una sonrisa suya era purificación.

Encontrarla, una fiesta; oírla, santificarse. ¿Te acuerdas de aquellas palabras también tú, Benjamín?

–     Sí. Te las puedo repetir, Señor.

Porque cuanto Ella nos dijo en los meses en que pudimos oírla está escrito aquí (y se señala el pecho). Es la página de nuestra sabiduría.

Nosotros podemos comprenderla porque es palabra de amor y el amor lo entienden todos. Ven, Señor, entra y bendice esta morada feliz.

Entran en una estancia cercana al vasto redil y todo termina.