68 DIAGNÓSTICO DIVINO


68 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Es una mañana radiante en la plaza de Jericó; con sus árboles y sus mercaderes que vocean.

En una esquina está el alcabalero Zaqueo, ocupado en sus transacciones legales e ilegales.

También compra y vende cosas preciosas. Pesa e indica el valor de joyas y objetos de metales finos que le venden o le entregan en pago de contribuciones.

Toca el turno a una mujer delgada, que está toda cubierta con un fino manto rojizo y que lleva la cara velada.

Extiende su mano con un brazalete de oro y piedras preciosas. Se ve que es joven.

Sus pies están calzados con finas sandalias que dejan ver unos dedos y tobillos muy blancos y delicados. Entrega la joya sin decir palabra alguna…  

Recibe el dinero sin objetar y se va.

Detrás de ella está Judas de Keriot, que le ha observado atentamente y cuando ella está por irse le dice en voz baja y en griego, un piropo muy audaz.

Pero ella no responde y se va ligera.

Entonces Judas pregunta a Zaqueo:

–     ¿Quién es?

Zaqueo contesta:

–     No pregunto a los clientes su nombre. Sobre todo cuando son buenos como ésa.

–    ¿Es joven, verdad?

–     Así parece.

–     Es judía.

–     ¿Quién puede saberlo? ¡El oro brilla igual en todos los países!

–     Déjame ver el brazalete.

–     ¿Lo quieres comprar?

–      No.

–     Entonces nada. ¿Para qué lo quieres?

–     Quería ver si lograba saber quién es.

–    ¿Tanto te urge? ¿Eres nigromante que adivinas o perro de caza que perciba el olor?

¡Lárgate y cálmate! Viene velada. O es honrada, o infeliz o leprosa. Lo que sea, no hay nada que hacer.

Judas responde con desprecio:

–    ¡No tengo hambre de mujeres!

–    Así será. Pero con esa cara que tienes; no lo creo. ¡Bien! Si no quieres algo más, retírate. Tengo a otros a quién atender.

Judas se va enojado.

Llega con los mercaderes y pregunta a uno que vende pan y al de junto, que vende frutas; si conocen a la mujer que les acaba de comprar su mercancía, si saben en donde vive.

Ellos no lo saben y agregan:

–   Hace tiempo que viene cada dos o tres días. Pero ignoramos donde esté.

Judas está seguro que debe ser una extranjera, porque hay algo en ella que…

Además, aunque está toda cubierta, puede percibir en ella una belleza que lo atrae irresistiblemente.

Como los mercaderes no añaden más…

Judas insiste:

–    ¿Y cómo habla?

Los dos sueltan la carcajada y uno de ellos contesta:

–     Con la lengua.

Judas les increpa enojado:

–     ¡Sois unos imbéciles! –y se va apresurado…

¡A caer justamente en medio del grupo apostólico!

Jesús y los suyos han ido al mercado a comprar los víveres. La sorpresa es mutua… y no muy entusiasta.

Jesús solo murmura:

–      ¿Quién eres?

Y Judas masculla algo entre dientes.

Pedro explota en una clamorosa carcajada y dice:

–  Estoy ciego o incrédulo. No veo las viñas y no creo en el milagro.

Los compañeros le preguntan:

–     ¿Qué dices?

–      Digo la verdad. Aquí hay palmerales no hay viñedos.

Y no puedo creer que Judas vendimie entre este polvo, sólo  porque es discípulo del Rabí.

Judas replica secamente:

–    Hace tiempo que la vendimia terminó.

Pedro concluye:

–   Y Keriot está muy lejos de aquí.

Judas se resiente:

–    Tú siempre me atacas. No me quieres.

–    No es eso. Soy menos tonto de lo que tú querrías.

Jesús interviene:

–    ¡Basta!

Está enojado y se vuelve hacia a Judas:   

–      No esperaba encontrarte aquí. Por lo menos pensé que llegarías a Jerusalén para la fiesta de los Tabernáculos.

Judas contesta apresurado:

–     Mañana me voy. Estaba esperando a un amigo de la familia que…

–    Te ruego. Es suficiente.

–    ¿No me crees, Maestro. Te juro que yo…

–    No te he preguntado nada. Y te ruego que no digas nada.

Estás aquí y basta. Puedes venir con nosotros, o ¿Tienes todavía otros negocios? Responde con franqueza.

–    No. He terminado. Ese tal vez ya no viene. Y yo voy a Jerusalén a la fiesta. Y Tú, ¿A dónde vas?

–    A Jerusalén.

–   ¿Hoy mismo?

–    Esta tarde estaré en Betania.

–    Entonces yo también voy.

–    Llegaremos hasta Betania.

Después, Santiago de Zebedeo y Tomás; irán a Get-Sammi a preparar nuestra llegada para todos nosotros. Y tú irás con ellos.

Jesús marca en tal forma las palabras, que no le deja ninguna alternativa a Judas.

Entonces Pedro pregunta:

–     ¿Y nosotros?

–     Tú, con mis primos y Mateo; iréis a dónde os enviaré, para regresar por la tarde.

Juan, Bartolomé, Simón y Felipe, se quedarán conmigo.

O sea; que irán por Betania a avisar que el Rabí ha llegado y que les hablará a las tres de la tarde.

Más tarde; aprisa por la campiña desierta; sopla el aire anunciador de la tempestad, no en el cielo sereno; sino en los corazones.

Todos lo presienten y avanzan en silencio.

Al llegar a Betania, viniendo de Jericó, la casa de Lázaro es de las primeras. Jesús despide al grupo que debe ir a Jerusalén.

Después manda al otro, que va hacia Belén.

Entretanto, Simón ha llamado en el cancel y los siervos lo abren. Uno de ellos le avisa a Lázaro y éste acude a recibirlos.

Judas de Keriot, que se había distanciado unos cuantos metros, regresa con una excusa y dice a Jesús:

–   Te he desagradado, Maestro. Lo entiendo. Perdóname.

Y mira ansiosamente a través del cancel abierto, por el cual se ve el jardín y la casa.

Jesús, le contesta:

–   Sí. Está bien. ¡Vete, vete! No hagas esperar a los compañeros.

Judas tiene que irse.

Y Pedro, hablando en voz baja dice:

–   Esperaba que hubiese cambio de órdenes. 

–   Esto jamás, Pedro. Sé lo que hago. Pero tú… compadece a este hombre.

–   Trataré. Pero no lo prometo. Adiós, Maestro. Ven, Mateo. Y también vosotros dos. Vámonos ligeritos.

Jesús los despide:

–    Mi Paz sea siempre con vosotros.

Y Jesús entra en la casa, con los cuatro restantes…

 Lázaro llega a recibirlos y Jesús los presenta.

Se dirigen hacia la casa. Bajo el grandioso portal hay una mujer.

Es alta, morena clara. Con un cuerpo armoniosamente grueso. De cabello negro y enormes ojos castaños de mirada dulce.

Su vestido es muy rico y elegante.

Cuando llegan hasta ella, Lázaro dice:

–    Esta es mi hermana, Maestro. Se llama Martha.

Es el consuelo y la honra de la familia. Y la alegría del pobre Lázaro. Antes era mi primera y única alegría. Pero ahora es la segunda; porque la primera eres Tú.

Martha se postra hasta el suelo y besa la orla del vestido de Jesús.

Él dice:

–  Paz a la buena hermana y a la mujer casta. ¡Levántate!

Martha se levanta y entra a la casa a dar órdenes para atender a los invitados.

Todos se quedan en una sala muy grande y lujosamente decorada.

Jesús y Lázaro se dirigen hacia la biblioteca, que parece ser el rincón favorito de Lázaro.

Lázaro dice:

–    Es mi paz… -refiriéndose a Martha.

Que anda supervisando que les sirvan viandas para deleitar a los recién llegados.

Y al decirlo, mira a Jesús.

Es una mirada investigadora que Jesús hace como si no la viera.

Lázaro pregunta:

–    ¿Y Jonás?

Jesús contesta:

–    Ha muerto.

–   ¿Muerto?… ¿Entonces?…

–    Lo tuve al final de su vida. Murió libre y feliz en mi casa, en Nazareth. Entre Yo y mi Madre.

–    ¡Doras te lo acabó antes de entregártelo!

–    Sí. Con cansarlo y también con golpearlo.

–   Es un demonio y te odia. Esa hiena odia a todo el mundo. ¡Y ni siquiera te conoce! ¿No te dijo que te odiaba?

–    Me lo dijo.

–    Desconfía de él, Jesús. Es capaz de todo.

Señor… ¿Qué te dijo Doras? ¿No te previno contra mí diciendo que me evitaras? ¿Puso en mal contigo al pobre Lázaro?

–    Creo que me conoces lo suficiente para comprender que Yo juzgo con justicia.

Y cuando amo; amo sin pensar si ese amor puede beneficiarme o perjudicarme, según los entenderes del mundo.

–   Pero este hombre es cruel y atroz en herir y en dañar.

Me molestó a mí también hace unos días. Vino aquí y me dijo… ¡Oh!… ya tengo bastantes penas para querer arrebatarme también de Ti. 

–     Soy el consuelo de los atormentados y también el compañero de los abandonados.

He venido a ti, también por esto.

–    ¡Ah! Entonces… ¿Sabes?… ¡Oh, vergüenza mía!

–     No. ¿Por qué tuya? Lo sé.

¿Y qué con ello? ¿Acaso te despreciaré porque sufres? Yo soy misericordia, paz, perdón y amor para todos. ¡Cuánto más para los inocentes! Tú no tienes el pecado por el que sufres.

¿Estaría bien que me ensañase contra ti, si tengo piedad también para ella?

–   ¿La has visto?

–    Sí. No llores.

Más Lázaro, con la cabeza reclinada sobre la mesa que también le sirve de escritorio, llora dolorosamente.

Martha se asoma y mira.

Jesús le hace señas de que se esté quieta y ella se retira, con lágrimas que le caen silenciosamente por el rostro.

Lázaro, poco a poco se calma y se humilla por su debilidad.

Jesús lo consuela y como desea retirarse un momento, sale al jardín.

Y pasea entre las veredas que están llenas de rosas purpúreas.

Pero después, Martha lo alcanza.

–    Maestro, ¿Lázaro te ha dicho…?

Jesús contesta:

–    Sí, Martha.

–     Lázaro no puede estar tranquilo desde que se enteró que tú lo sabes y que la viste.

–     ¿Cómo lo supo?

–    Primero, aquel hombre que estaba contigo y que dijo ser tu discípulo: aquel joven alto, de cabello castaño y sin barba.

Luego Doras. Éste abofetea con su desprecio. El otro… sólo dijo que la habías visto en el lago con sus amantes.

Martha llora amargamente.

Jesús dice:

–   ¡Pero no lloréis por esto! ¿Pensáis que ignoraba vuestra herida?

Lo sabía desde que estaba con el Padre… no te aflijas Martha. Levanta tu corazón y la frente.

Martha suplica:

–   Ruega por ella, Maestro.

Yo ruego, pero no sé perdonar completamente. Y tal vez el Eterno rechaza mi oración.

–   Has dicho bien. Es menester perdonar, para ser perdonados y escuchados.

Yo ruego por ella. Pero dame tu perdón y el de Lázaro. Dadme vuestro perdón completo, santo. Y Yo haré lo demás…

–   ¿Perdonar?… No podemos.

Nuestra madre murió de dolor por sus malas acciones. Y eran de poca importancia en comparación con las actuales.

Aún veo los tormentos que sufrió mi madre. Y también veo lo que sufre Lázaro.

–    Está enferma, Martha. Está loca. ¡Perdónala!

–     Está endemoniada, Maestro.

–   Y ¿Qué es la posesión diabólica, sino una enfermedad del espíritu contagiado por Satanás, hasta el punto de convertirse en un ser espiritual diabólico?

De otro modo, ¿Cómo explicarías ciertas perversiones en los humanos? Perversiones que hacen del hombre una bestia peor que cualquiera de ellas.

Más libidinosa que los monos en celo. ¿Que crean un ser híbrido en el que se funden el hombre, el animal y el Demonio?

Esta es la explicación de lo que nos deja estupefactos y es como una monstruosidad inexplicable, en tantas criaturas.

No llores. Perdona. Yo veo. Perdona porque ella está enferma.

Ella exclama angustiada:

–     Entonces, ¡Cúrala!

–     La curaré. Ten fe. Te haré feliz.

Perdona y di a Lázaro que lo haga. Perdónala. Vuélvela a amar.

Acércate a ella. Háblale como si fuese una como tú. Háblale de Mí…

–     ¿Cómo quieres que te entienda a Ti, que eres santo?

–     Parecerá que no comprende. Pero aún sólo mi Nombre es salvación.

Haz que piense en Mí y que me invoque. ¡Oh! ¡Satanás huye cuando en un corazón se piensa en mi Nombre! Sonríe Martha, ante esta esperanza.

En tu casa hay ahora llanto y dolor. Después… después habrá alegría y gloria.

Vete. Dilo a Lázaro. Mientras Yo, en la paz de este jardín, ruego al Padre por María y por vosotros.

Más tarde…

Lázaro dice a Jesús que para darlo a conocer, invitó a varios amigos que le son fieles.

Y a continuación le expone las características morales de cada uno:

–    José de Arimatea es un hombre justo y verdadero israelita.

Espera en Ti: el anunciado por los profetas. Pero no se atreve a decirlo, porque teme al Sanedrín, del que él forma parte.

Él mismo me ha pedido, poder venir a conocerte, para poder juzgar por sí mismo. Pues no le parece justo lo que dicen de Ti, tus enemigos.

Aunque desde Galilea han venido fariseos a acusarte de pecado. Pero José juzgó de este modo:

Quién obra milagros tiene a Dios consigo. Quién tiene a Dios, no puede estar en pecado. Antes bien, no puede ser otro que uno a quien Dios ama.”

Quiere verte en su casa de Arimatea. Me dijo que te lo dijera.

Te lo ruego. Escucha mi petición y la suya.

Jesús responde:

–    He venido para los pobres y para los que sufren en el alma y en el cuerpo; más que para los poderosos que ven en Mí, sólo un objeto de interés.

Iré a la casa de José.

Un discípulo mío; el que por curiosidad y por darse importancia que él mismo se deroga; el que vino aquí sin órdenes mías, es un joven a quien hay que compadecer.

Es testigo de mi respeto por las castas reinantes que se autoproclaman ‘Defensores de la Ley’ y dan a entender: ‘Las sustentadoras del Altísimo’.

¡Oh! Que el Eterno por Sí Solo se sustenta. Ninguno entre los doctores ha tenido igual respeto por los oficiales del Templo como Yo.

–     Lo sé. Y esto lo saben muchos. Lo llaman: ‘Hipocresía’

–     Cada quién da lo que tiene en sí, Lázaro.

–     Es verdad. Pero si vas a la casa de José, él querría que fuese el próximo sábado.

–     Iré. Se lo puedes comunicar.

–    También Nicodemo es bueno. Hasta me dijo… ¿Puedo decirte un juicio sobre uno de tus discípulos?

–    Dilo. Si es justo, justo dirá. Si es injusto, criticará una conversión. Porque el Espíritu da luz al espíritu del alma.

Si es hombre recto, el espíritu del hombre guiado por el Espíritu de Dios, tiene sabiduría sobrehumana y lee la verdad en los corazones.

Lázaro continúa:

–    Nicodemo me dijo: ‘No critico la presencia de los ignorantes, ni la de los publicanos entre los discípulos del Mesías. Pero no creo que sea digno de Él, siendo uno de los suyos

 Uno que no sabe si está a favor o en contra de Él. Parece un camaleón que toma el color del lugar en donde se encuentra…’

–    Es Iscariote. Lo sé.

Pero creedme todos: juventud es vino que fermenta y luego se purifica. Cuando fermenta se esponja y hace espuma.

Y se derrama por todas partes por la exuberancia de su fuerza. Viento de primavera que sopla por doquier y parece un loco, arrancador de hojas.

Pero es al que debemos agradecer que fecunde las flores. Judas es vino y viento. Malvado no lo es.

Su modo de ser desorienta y turba. Hasta molesta y hace sufrir. Pero no es del todo malvado. Es un potro de sangre ardiente.

Jesús se ha callado el juicio de uno de sus discípulos:

Es activo y servicial. Pero lleno de avaricia, de ambición, de envidia. Y no hace nada por combatir estas pasiones’

Lázaro sólo comenta:

–    Tú lo dices. Yo no soy competente para juzgarlo.

De él me ha quedado la amargura de haberme dicho que la habías visto…

–     Pero esa amargura se modera con la miel de ahora. Con mi promesa.

–    Sí. Pero recuerdo aquel momento. El sufrimiento no se olvida, aunque haya cesado.

–     ¡Lázaro! ¡Lázaro! Tú te turbas por muchas cosas. ¡Y tan mezquinas!

Deja que pasen los días. Pompas de aire que se esfuman y que no regresan con sus colores alegres o tristes. Mira el Cielo. No desaparece y es para los justos.

–     Sí, Maestro y amigo. No quiero juzgar porqué Judas está contigo. Ni porqué lo tienes. Rogaré porque no te haga daño.

Jesús sonríe y cambia el tema de la conversación…

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