Archivos diarios: 27/09/20

70 INICIO DE LA PERSECUCIÓN


70 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

En el interior del Templo. Jesús está con los suyos, muy cerca del Lugar Santo, a donde sólo pueden entrar los sacerdotes.

Es un hermoso Patio, en donde oran los israelitas y donde solo los hombres pueden entrar. 

La tarde desciende a la hora temprana de un día nublado de Noviembre.

Entonces se oye un estrepitoso vocerío en que se escucha la voz estentórea y preocupada de un hombre que en latín dice blasfemias, mezclada con las altas y chillonas de los hebreos.

Es como la confusión de una lucha.

Y en el instante se oye una voz femenina que grita:

–     ¡Oh! ¡Dejadlo que pase! ¡Él dice que lo salvará!

El recogimiento del suntuoso Santuario, se interrumpe.

Hacia el lugar de donde provienen los gritos, muchas cabezas voltean.  Y también Judas de Keriot que está con los discípulos, la vuelve.

Como es muy alto; ve y dice:

–  ¡Es un soldado romano que lucha por entrar! ¡Está violando el lugar sagrado! ¡Horror!

Y muchos le hacen eco.

El romano grita:

–    ¡Dejadme pasar, perros judíos!

Aquí está Jesús. ¡Lo sé! ¡Lo quiero a Él! ¡No sé qué hacer con vuestras estúpidas piedras! El niño está muriendo y Él lo salvará. ¡Apartaos, bestias hipócritas! ¡Hienas!

Jesús, tan pronto como comprende que lo buscan a Él; al punto se dirige al Pórtico bajo el cual se oye el alboroto.  

Cuando llega a él, grita:

–     ¡Paz y respeto al lugar y a la hora de la Oferta!

Es el militar con el que habló en una ocasión, en la Puerta  de los Peces.

Y al ver Jesús le dice::

–      ¡Oh! ¡Jesús, salve! Soy Alejandro. ¡Largo de aquí perros!

Y Jesús, con voz tranquila dice:

–      Haceos a un lado. Llevaré a otra parte al pagano que no sabe lo que significa para nosotros este lugar.

El círculo se abre y Jesús llega a donde está el soldado que tiene la coraza ensangrentada.

 

Jesús, al verlo le dice:

–     ¿Estás herido? Ven. Aquí no podemos estar.

Y lo conduce a través de los pórticos, hasta el Patio de los Gentiles. 

Alejandro le explica:

–                 Yo no estoy herido. Es un niño…

Mi caballo cerca de la Torre Antonia, no obedeció el freno y lo atropelló. Le abrió la cabeza de una patada.

Prócoro, nuestro médico dijo: ‘No hay nada que hacer’. Yo no tengo la culpa. Pero me sucedió a mí y su madre está desesperada…

Como te vi pasar y sabía que venías aquí… pensé…’Prócoro no puede. Pero Él, sí’ y le dije: ‘Vamos mujer. Jesús lo curará.’

Pero me detuvieron estos locos. Y tal vez el niño ya está muerto.

Jesús pregunta:

–     ¿Dónde está?

–      Debajo de aquel pórtico. En los brazos de su madre.

–     Vamos.

Y Jesús casi corre, seguido por los suyos y por la gente curiosa.

En las gradas que dividen el pórtico; apoyada en una columna está una mujer deshecha, que llora por su hijo que está boqueando.

El niño tiene el color ceniciento. Los labios morados, semiabiertos, cosa característica en los que han recibido un golpe en el cerebro.

Tiene una venda en la cabeza. Sangre por la nuca y por la frente.

Alejandro advierte:

–     La cabeza está abierta por delante y por detrás.

Se ve el cerebro. A esta edad es tierno y el caballo, además de fuerte; tiene herraduras nuevas.

Jesús está cerca de la mujer que no dice una palabra; aturdida por el dolor, ante su hijo que está agonizando. Le pone la mano sobre la cabeza,

Y le dice con infinita dulzura:

–    No llores, mujer. Ten fe. Dame a tu hijo.

La mujer  mira atontada, la multitud maldice a los romanos y compadece al niño y a la madre.

Alejandro se encuentra atrapado entre la ira por las acusaciones injustas, la piedad y la esperanza.

Jesús se sienta junto a la mujer que es obvio que no reacciona.

Se inclina, toma entre sus manos la cabeza herida. Se inclina sobre la carita color de cera. Le da respiración de boca a boca. Pasa un momento…

Después se ve una sonrisa, que se percibe entre los cabellos que le han caído por delante. Se endereza.

El niño abre los ojitos e intenta sentarse.

La madre teme, pensando que sea el último estertor y grita aterrorizada, estrechándolo contra su corazón.

Jesús le indica:

–     Déjalo que camine, mujer. –extiende sus brazos con una sonrisa e invita- Niño, ven a Mí.

El niño, sin miedo alguno, se arroja en ellos y llora, no como si algo le doliera; sino por el miedo al recuerdo de algo acaecido.

Jesús le asegura:

–    Ya no está el caballo. No está. ¿Ves? Ya pasó todo. ¿Todavía te duele aquí?

El niño se abraza a Él y grita:

–   ¡No! ¡Pero tengo miedo! ¡Tengo miedo!

Jesús dice con calma:

–   ¿Lo ves, mujer? ¡No es más que miedo! Ya pasará. 

Mirando a los presentes, dice:

–     Traedme agua. La sangre y las vendas lo impresionan.

Luego ordena a su Predilecto:

–     Juan, dame una manzana. –después de recibirla, agrega- Toma, pequeñuelo. Come. Está sabrosa.

El niño la muerde con deleite.

El soldado Alejandro trae agua en el yelmo y al ver que Jesús trata de quitar la venda… grita:

–     ¡No! ¡Volverá a sangrar!…

La madre exclama al mismo tiempo:

–    ¡La cabeza está abierta!

Jesús sonríe y quita la venda. Una, dos, tres; ocho vueltas. Retira los hilos ensangrentados.

Desde la mitad de la frente hasta la nuca. En la parte derecha no hay más que un solo coágulo de sangre fresca en la cabellera del niño.

Jesús moja una venda y lava.

Alejandro insiste:

–     Pero debajo está la herida. Si quitas el coágulo; volverá a sangrar.

La madre se tapa los ojos para no ver.

Jesús lava, lava y lava. El coágulo se deshace. Ahora aparecen los cabellos limpios. Están húmedos, pero ya no hay herida.

También la frente está bien. Tan sólo queda la señal roja de la cicatriz.

La gente grita de admiración.

La mujer se atreve a mirar. Y cuando ve… no se detiene más. Se arroja sobre Jesús y lo abraza junto con el niño, llorando de alegría y de agradecimiento.

Jesús tolera esas expansiones y esas lágrimas.

Alejandro dice:

–     Te agradezco, Jesús. Me dolía haber matado a un inocente.

Jesús contesta:

–    Tuviste bondad y confianza. Adiós, Alejandro. Regresa a tu puesto.

Alejandro está para irse; cuando llegan como un ciclón, oficiales del Templo y sacerdotes.

El sacerdote que dirige le dice a Jesús:

–     El Sumo Sacerdote te intima a Ti y al pagano profanador por nuestro medio, para que pronto salgas del Templo.

Habéis turbado la Oferta del Incienso. Éste entró en el lugar de Israel. No es la primera vez que por tu causa hay confusión en el Templo.

El Sumo Sacerdote y con él, los ancianos de turno, te ordenan que no vuelvas a poner los pies aquí dentro. ¡Vete! Y quédate con tus paganos.

Alejandro; herido por el desprecio con el que los sacerdotes han dicho: ‘Paganos’,

responde:

–     Nosotros no somos perros.

Él dice que hay un solo Dios, Creador de los judíos y de los romanos. Si ésta es su Casa y Él me creó; puedo entrar también yo.

Mientras tanto Jesús que ha besado y entregado el niño a su madre.

Se pone de pie y dice:

–    ¡Calla, Alejandro! Yo hablo.

Y agrega mirando al que lo arroja:

–     Nadie puede prohibir a un fiel. A un verdadero israelita al que de ningún modo se le puede acusar de pecado, de orar junto al Santo.

El sacerdote encargado le increpa:

–     Pero de explicar en el Templo la Ley, sí.

Te has arrogado un derecho y ni siquiera lo has pedido. ¿Quién Eres? ¡Quién Eres! ¿Quién te conoce? ¿Cómo te atreves a usurpar un nombre y un puesto que no es tuyo?

  ¡Jesús los mira con unos ojos!…

Luego dice:

–    ¡Judas de Keriot! ¡Ven aquí!

A Judas no parece gustarle que lo llame.

Había tratado de eclipsarse en cuanto llegaron los sacerdotes y los oficiales del Templo.

Más tiene que obedecer, porque Pedro y Tadeo, lo empujan hacia delante.

Jesús dice:

–    Responde, Judas.

Y vosotros miradlo. ¿Le conocéis?… es del Templo… ¿Le conocéis?

A su pesar, tienen que reconocer que sí.

Jesús mira fijamente a Judas y le dice:

–    Judas, ¿Qué te pedí que hicieses, cuando hablé aquí por primera vez?

Y di también de qué te extrañaste y qué cosa dije al ver tu admiración. Habla y sé franco.

Judas está como cortado y habla con timidez:

–    Me dijo: ‘Llama al oficial de turno para que pueda pedirle permiso de enseñar’

Y dio su Nombre y prueba de su personalidad y de su tribu… y me admiré de ello, como de una formalidad inútil, porque se dice el Mesías.

Y Él me dijo: ‘Es necesario. Y cuando llegue mi hora recuerda que no he faltado al respeto al Templo; ni a sus oficiales.’

Ciertamente así dijo. Y debo decirlo por honor a la verdad.

Después de la segunda frase; con uno de esos gestos bruscos tan suyos y desconcertantes; ha tomado confianza y la última frase la dice con cierta arrogancia.

Un sacerdote le reprocha:

–     Me causa admiración que lo defiendas. Has traicionado la confianza que depositamos en ti.

Judas exclama iracundo:

–     ¡No he traicionado a nadie! ¡Cuántos de vosotros sois del Bautista!… Y… ¿Por eso sois traidores? Yo soy del Mesías y eso es todo.

Otro sacerdote replica con desprecio:

–     Con todo y eso. Éste no debe hablar aquí. Que venga como fiel. Es mucho para uno que se hace amigo de paganos; meretrices y publicanos…

Jesús interviene enérgica pero tranquilamente:

–     Respondedme a Mí entonces. ¿Quiénes son los ancianos de turno?

–     Doras y Félix, judíos. Joaquín de Cafarnaúm y José Itureo.

–     Entiendo. Vámonos.

Decid a los tres acusadores; porque el Itureo no ha podido acusar; que el Templo no es todo Israel e Israel no es todo el mundo.

Que la baba de los reptiles aunque sea mucha y venenosísima; no aplastará la Voz de Dios. Ni su veneno paralizará mi caminar entre los hombres, hasta que no sea la Hora.

Jesús se pone sobre los hombros su manto oscuro y sale en medio de los suyos.

Afuera del recinto del Templo; Alejandro, que ha sido testigo de la disputa; cuando llegan cerca de la Torre Antonia, le dice:

–     Lo lamento mucho. Que te vaya bien, Maestro. Y te pido perdón por haber sido la causa del pleito contra Ti.

Jesús le contesta tranquilo:

–     ¡Oh, no te preocupes! Buscaban un pretexto y lo encontraron.

Si no eras tú; hubiera sido otro… Vosotros en Roma, celebráis juegos en el Circo, con fieras y serpientes. ¿No es verdad?

Alejandro asiente con la cabeza y sin palabras.

–     Pues bien… Te digo que no hay fiera más cruel y engañosa, que el hombre que quiere matar a otro.

–     Y yo te digo que al servicio del César, he recorrido todas las regiones de Roma.

Pero entre los miles y miles de súbditos suyos; jamás he encontrado uno más Divino que Tú. ¡Ni siquiera nuestros dioses son divinos como Tú!

Vengativos, crueles, pendencieros, mentirosos… Tú Eres Bueno. Tú verdaderamente Eres el Hombre. Que te conserves bien, Maestro.

–     Adiós Alejandro. Prosigue en la Luz.

Alejandro se queda en la Torre Antonia y Jesús y los suyos siguen su camino…

EL INFIERNO EXISTE


Porqué la Incredulidad en el Infierno Lleva a la Pérdida de la Fe

No debemos basar nuestra moral en el miedo al Infierno sino en el amor a Dios, pero el temor a un castigo eterno nos ayudará a evitar aquello que nos causará un daño irreparable.

“El que desprecia el infierno o lo olvida, no escapará de él” decía San Juan Crisóstomo. No debemos basar nuestra moral en el miedo al Infierno sino en el amor a Dios.

Pero el temor a un castigo eterno nos ayudará a evitar aquello que nos causará un daño irreparable. Pensar en el infierno es saludable y provechoso en momentos de ceguera y debilidad.

Y automáticamente ellos nos lleva a pensar en el amor de Dios. El temor santo del Infierno ha hecho muchos santos, aquí traemos ejemplos de cómo funciona.

En la medida que occidente lo empezó a ver como una metáfora, se extinguió una de las fuerzas que hacía a la gente más respetuosa de la moral cristiana y aspirante a la santidad.

29. Si, pues, tu ojo derecho te es ocasión de pecado, sácatelo y arrójalo de ti; más te conviene que se pierda uno de tus miembros, que no que todo tu cuerpo sea arrojado a la gehenna.

Hay muchos testimonios de santos que gracias al temor santo al Infierno se convirtieron y luego fueron un ejemplo para los demás.

Acá traemos la historia de un beato franciscano que murió martirizado en 1922 y que ingresó a la vida religiosa gracias a un testimonio sobre el Infierno.

Y otro relato sobre cómo un hombre que debía estar muerto, apareció en la habitación de una dama, la tomó de la muñeca quemándola hasta el hueso, pronunciando estas palabras: “¡Hay un infierno!”

A San Padre Pío (1887-1968) una vez le preguntaron qué pensaba de las personas que no creen en el infierno. Él sabiamente respondió:  “Ellos creerán en el infierno cuando lleguen allí” .

EL SANTO TEMOR AL INFIERNO

Los que niegan el Infierno no conocen la Palabra de Dios. Se dejan llevar por un mundo que se burla u opta por ignorar las realidades más importantes.

‍Los que se burlan del Infierno también morirán, como todos y no podrán escapar la realidad. Dios quiere que todos estemos unidos con Él en el Cielo para toda la eternidad.

Sin embargo, en los Evangelios, Jesús habló a menudo del Infierno y del castigo eterno, al hablar de un lugar de “… tinieblas exteriores, donde habrá llanto y rechinar de dientes.”(Mateo 8:11-12)

12. mientras que los hijos del Reino serán echados a las tinieblas de fuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes.»Mateo 8,

Y del castigo eterno de los sin compasión y las personas no caritativas colocadas a su izquierda en el Juicio, declarando: “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el Diablo y sus ángeles.” (Mateo 25:41)

O también: “Si, pues, tu mano o tu pie te es ocasión de pecado, córtatelo y arrójalo de ti. Más te vale entrar en la Vida manco o cojo que, con las dos manos o los dos pies, ser arrojado en el fuego eterno.

Y si tu ojo te es ocasión de pecado, sácatelo y arrójalo de ti. Más te vale entrar en la Vida con un solo ojo que, con los dos ojos, ser arrojado a la gehenna del fuego” (Mateo 18:8-9),

Y esto son sólo algunas de las muchas ocasiones en que Jesús habló del Infierno.

Además, la enseñanza del Infierno es un dogma infalible de la Iglesia Católica. ‍Es uno de las “cuatro últimas cosas” – el cielo, el infierno, la muerte y el castigo – que la Iglesia presenta a cada uno de nosotros para contemplar.

En resumen, Jesús y Su Iglesia siempre han fomentado un saludable temor al Infierno.

Y los que han estudiado la vida de los santos y otras personas piadosas han encontrado que la mayoría de ellos tenía un miedo muy saludable y beneficioso del Infierno,

que les inspiró y animó a luchar contra las tentaciones del Mal que se les presentaron.

EL CIELO Y EL INFIERNO SON DOS CARAS DE LA MISMA MONEDA SEGÚN DIOS

El amor de Dios y el Cielo no tienen sentido sin creer también en la realidad y la posibilidad de Infierno.

‍Se trata de la libertad de elegirlo a Él o no, elegir el amor o el odio.

Creer en el Infierno hace que el cielo sea posible y no creer en el infierno hace que el cielo sea imposible.

De ahí que sin temor al Infierno no hay posibilidad de trabajar para el Cielo.

Hay un provervio que dice: “En el pecado se lleva la penitencia” y esta es una sentencia muy verídica.  Porque el pecado es su propio castigo.

‍La Iglesia nos enseña el bien y el mal para nuestro bien y nuestra protección.

La Santa Madre Iglesia, como toda buena madre, quiere ayudar a sus hijos a evitar caer en las trampas que le harán daño o le destruyan.

Si un padre advierte un hijo contra el uso de la marihuana, no es porque está tratando de echar a perder su diversión.

Sino porque sabe que hay una buena probabilidad de que vaya a perderse, a estropear su vida con tal adicción y herir a los demás en el proceso.

Creer en el Infierno, lejos de negar la bondad de Dios, la ilustra.

Con el fin de vivir en paz eternamente Dios nos ofrece alinearnos con Su voluntad.

Pero si un humano tiene la voluntad de oponerse se le abren las puertas del infierno, haciendo imposible el cielo; es uno u otro, los dos no pueden ser.

Basta con mirar a nuestra sociedad en estos días.

Me alegra saber que de todos los ególatras, YO SOY el mejor de TODOS

A medida que más y más personas se desconectan de Dios y de su Iglesia y viven de acuerdo con su libre voluntad, exigen que sus necesidades y deseos se cumplan a toda costa.

‍Todos conocemos gente así; aquellos que exigen la felicidad en sus propios términos y hacen a todos a su alrededor miserables.

Lo vemos todo el tiempo, aquellos que no se detendrán ante nada, destruyendo a cualquiera que se interponga en el camino de sus ambiciones.

‍¿Hay que creer que en el momento de la muerte cambiamos mágicamente y perdemos la personalidad que tuvimos en la Tierra y el libre albedrío y nos convertimos en robots en el Cielo?

¿No significaría que dejamos de ser lo que somos? ¿No ser;a que se hicieron acreedores de la Muerte Eterna?

A medida que más y más personas se separan de Dios y del orden moral, estamos viendo una imagen cada vez más degenerada en la Tierra.

un presagio de lo que va a ser su comportamiento en la eternidad. Estamos viendo literalmente un infierno en la Tierra.

Basta con mirar lo que está pasando con el ISIS en el Oriente Medio.

O con la exigencia de los nuevos derechos en occidente: Aborto, Homosexualidad, Eutanasia, Pornografía, Drogadicción, etc.

Un Dios bueno y justo no sólo no forzará la bondad en los que de manera vehemente se oponen a la misma, sino que no someterá sus voluntades depravadas por otra, para toda la Eternidad.

Eso simplemente no tiene sentido.

O Dios nos quita la libre voluntad (lo que nos hace humanos) y permite ir a todos al Cielo, independientemente de su comportamiento y el deseo de estar allí, sin respetar nuestro libre albedrío.

O Él nos permite elegir también a los demonios y aceptar nuestra elección de no querer estar en el Cielo por toda la Eternidad.

Irónico, ¿verdad?

Creer en el Infierno hace que el Cielo sea posible y no creer en el Infierno hace que el Cielo sea imposible.

Veamos dos ejemplo de conversión por comenzar a creer en el Infierno.

TESTIMONIO DEL BEATO RICARDO DE SANTA ANA

El Beato Ricardo de Santa Ana, fue un sacerdote franciscano martirizado al ser quemado en la hoguera en Nagasaki, Japón, en 1622.

La aparición célebre de un alma condenada fue atestiguada por el Beato Ricardo como la razón principal que le llevó a ingresar en los franciscanos.

El testimonio está relatado en tres obras:

Adrian Lyroeus documentado en su “Marianum Trisagium, Libro III”

 San Alfonso María de Ligorio, que también cita a los mismos hechos en sus “Glorias de María”

Y por último en “Los anales de las Misiones Franciscanas, para los años 1866-1867”.

Mientras el Beato Ricardo estaba viviendo en Bruselas en 1604 había dos jóvenes estudiantes que en vez de aplicarse al estudio, sólo pensaban en cómo vivir en el placer y el pecado.

Una noche entre otras, cuando había ido a caer en el pecado en una casa de prostitución, uno de los dos abandonó el lugar después de algún tiempo, dejando a su compañero en el pecado detrás de él.

Llegado a casa, estaba a punto de acostarse en la cama, cuando se acordó de que no había recitado aquel día los pocos “Ave María”,

que tenía la costumbre de decir todos los días desde la niñez en honor de la Santísima Virgen.

‍Mientras era vencido por el sueño, era muy difícil para él para recitar las oraciones cortas, sin embargo, hizo un esfuerzo y las dijo, aunque sin devoción.

Y luego se quedó dormido.

Construyendo la propia CONDENACIÓN

LLEGA SU AMIGO

Poco después oyó unos repentinos y groseros golpes en la puerta, e inmediatamente después vio ante sí a su compañero, desfigurado y horrible.

“¿Quién eres tú?” le dijo.

“¿Qué? ¿No me reconoces?”, respondió el joven infeliz.

“Pero, ¿cómo estás tan cambiado? Te ves como un diablo”

“¡Oh, ten misericordia de mí, porque estoy condenado!”

“¿Cómo es eso?”

“Bueno, al salir de esa casa maldita una persona mala saltó sobre mí y me estranguló.

Mi cuerpo se ha quedado en el medio de la calle, y mi alma está en el infierno.

Sabed, además, que el mismo castigo te esperaba, pero la Virgen te preservó, gracias a tus prácticas de recitar todos los días las tres Ave Marías en su honor.

Y bendito eres, si sabes cómo sacar provecho de esta información, que la Madre de Dios te da a través de mí”.

Los sufrimientos en el Purgatorio expían nuestros propios pecados, PERO YA NO TIENEN MÉRITOS DE CORREDENCIÓN, porque éstos se terminan con la muerte…

Cuando acabó estas palabras, el alma condenada abrió parcialmente su manto, y permitió que las llamas y los espíritus malignos que lo estaban atormentando se vieran.

Y desapareció.

LE LLEGA EL MENSAJE SOBRE SU VIDA

Entonces el joven, sollozando incontrolablemente, se arrojó de cara en el suelo y oró por mucho tiempo, dando gracias a la Santa Virgen María, su libertadora.

Mientras él estaba orando de esta manera comenzó a reflexionar sobre lo que debiera hacer para cambiar su vida.

Y en ese momento este joven del que habla Ricardo oyó sonar el timbre a maitines en el Monasterio Franciscano cercano.

En ese mismo momento gritó:

“Así que ahí es donde Dios me está llamando a hacer penitencia.”

Muy temprano a la mañana siguiente se fue al convento y le rogó al Padre Guardián que lo recibiera.

El Padre Guardián, que era muy consciente de su mala vida, no estaba en absoluto interesado en aceptarlo.

El joven estudiante, derramando un torrente de lágrimas, le relató todo lo que había ocurrido.

El buen sacerdote inmediatamente envió dos religiosos a la calle indicada y allí encontraron el cadáver del miserable joven.

El joven fue ingresado pronto como postulante entre los hermanos, a los que pronto edificó por una vida totalmente dedicada a la penitencia y a la reparación.

Fueron estos hechos terribles que tocaron la cuerda profunda del santo temor del Infierno, y la devoción a la Santísima Virgen en el propio Ricardo.Así que él también inmediatamente se consagró enteramente a Dios y a la Santísima Virgen en la misma orden en que el joven estudiante, tan maravillosamente protegido por María, acababa de ser recibido.

UNA VIUDA MUNDANA CON UN AMANTE

Este otro incidente es referido por un honorable sacerdote y superior de una comunidad religiosa. que tuvo los detalles de la historia a partir de una estrecha relación con una dama que fue quien se lo contó.

En el momento de este relato, el día de Navidad de 1859, esta persona aún estaba viva y tenía aproximadamente cuarenta años de edad.

Por lo tanto no se menciona ningún nombre en el registro de este evento para proteger la identidad de las personas.

‍La mujer de esta historia  estaba viviendo en Londres, en el invierno de 1847-1848. Ella era viuda, de alrededor de veintinueve años de edad, muy rica y mundana.

‍Entre los jóvenes que la visitaban estaba un joven de mala conducta que la cortejaba y con quien ella eventualmente cometió una serie de pecados.

Una noche estaba en la cama leyendo una novela cuando el reloj dio la una en punto.

Ella apagó la vela y estaba a punto de dormirse cuando para su gran sorpresa, se dio cuenta de un brillo extraño de la luz que venía de la puerta del salón, que se extendió poco a poco a su habitación.

HAY UN INFIERNO

Estupefacta en un primer momento y sin saber qué era aquello, comenzó a alarmarse.

Cuando vio que la puerta de la habitación se abría lentamente y el joven señor socio de sus desórdenes, entró en el cuarto.

Antes de que tuviera tiempo de decir una sola palabra, él la agarró por la muñeca izquierda, y con una voz silbante, le dijo en inglés: “¡Hay un infierno!”.‍

El dolor que de repente sintió en su brazo fue tan grande que inmediatamente se desmayó.

Cuando volvió en sí, alrededor de una media hora después, inmediatamente llamó a su doncella.

Esta última, al entrar, notó un fuerte olor a quemado.

Acercándose a su señora que estaba desesperada y casi no podía hablar,

notó de inmediato en la muñeca una quemadura tan profunda que el hueso estaba al descubierto, y la carne casi toda consumida.

Por otra parte, señaló que, desde la puerta del salón a la cama y de regreso de la cama a la misma puerta, la alfombra llevaba las marcas de pasos que habían quemado las fibras de la alfombra.

‍Según las instrucciones de su ama, ella abrió la puerta del salón y allí se encontró con más huellas sobre la alfombra.

SU AMANTE HABÍA MUERTO

Al día siguiente, la infeliz señora supo con un terror que fácil imaginar, que en esa misma noche, hacia la una de la mañana, su amigo había sido encontrado borracho medio muerto debajo de la mesa.

Y que sus sirvientes lo habían llevado a su habitación.

Y había muerto por intoxicación etílica en los brazos de ellos.

El sacerdote superior dijo en su relato que ella todavía está viva y que, para ocultar de la vista las huellas de su ominosa quemadura, lleva en la muñeca izquierda,

una joya como un brazalete y un anillo de oro ancho, del que ella no se despega de día o de noche.

‍Lo repito: tengo todos estos detalles de su pariente cercano, una cristiana seria, a cuya palabra presto la mayor creencia, dice el sacerdote.

De esta historia nunca se habla, incluso en la familia, y sólo se me confió a mí, suprimiendo todo nombre propio.

Fuentes: Foros de la Virgen María.