74 LA VIDA Y LA LEY

74 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús está con sus discípulos en la casa que está rodeada de campos, viñedos y bosques. Su construcción rústica comparada con la de Betania, ciertamente es un redil, como dice Lázaro.

Pero comparada con las casuchas de los campesinos de Doras; es una habitación muy hermosa.

Es un galerón amplio y muy largo. Está construido sólidamente.

En un cuarto húmedo, hay una enorme cocina, con una gran chimenea. También hay una mesa grande, sillas, cántaros. Un aparador donde están los platos y las copas.

Una puerta grande de madera tosca; proporciona luz, además de ser la entrada.

Sobre la misma pared donde se abre la entrada, hay otras tres puertas que comunican a tres largos camarotes, con las paredes blanqueadas con cal y el suelo de tierra batida como la cocina.

En dos; están repartidos los lechos que forman los dormitorios. Los muchos ganchos que están en las paredes y que antes servían para colgar los instrumentos agrícolas; ahora sirven de clavijeros para colgar mantos y alforjas.

En el tercer camarote que es todavía más grande, en algún tiempo sirvió de establo, porque tiene un pesebre y argollas en la pared.

Y se ven en el suelo las hendiduras propias de terrenos pisados por cascos herrados y ahora está vacío.

Afuera hay un gran portal, sobre cuyo techo en verano; extiende las ramas de una vid que ahora no tiene hojas.Igual que una higuera gigantesca; que da sombra al estanque que está en el centro de la era y que es abrevadero para los animales.

Más allá junto a este último recinto, un ancho pórtico rústico, hecho de un techo cubierto de haces de ramas y pizarra, apoyado sobre troncos de árbol apenas descortezados.

No es ni siquiera un pórtico, es un cobertizo, porque está abierto por tres lados: dos de al menos diez metros de largo; el lado estrecho tiene unos cinco metros, no más.

Está al lado de un pozo rudimentario, o sea, de un agujero al ras del suelo apenas señalado por un círculo de piedras planas y blancas.

Ésta es la casa que acoge a Jesús y a los suyos en el lugar llamado “Agua Especiosa”.

Sembradíos, prados y viñedos  la rodean.

A medio kilómetro se ve otra casa, en medio del campo. Más hermosa, pues tiene una terraza y está rodeada por bosques de olivos y de otros árboles, parte despojados de hojas, parte frondosos.  

Mientras camina presuroso por el sendero que lleva del poblado  a la casa, Judas va contemplando el panorama que lo rodea.

Y piensa en lo que estaría haciendo en el Templo, si no hubiera tomado las decisiones más trascendentales de su vida al integrarse al colegio apostólico…

Pero hay demasiadas cosas en juego, para estarse lamentando.

Camina más rápido y sonríe pensando que tal vez las cosas mejoren con el tiempo.

Mientras tanto los que se quedaron en la casa…

Pedro, con su hermano Andrés y Juan; trabajan contentos, limpiando la era y los camarotes. Arreglan los lechos y sacan agua del pozo.

Es más, Pedro hace todo un montaje en torno al pozo para poner en funcionamiento y reforzar las sogas y hacer así más práctico y cómodo el sacar el agua.

Los primos de Jesús; Santiago y Judas Tadeo, trabajan con el martillo y la lima, en las cerraduras y goznes.

Les ayuda Santiago de Zebedeo; segando y cortando con una sierra; como si fuesen los obreros de un astillero.

En la cocina está Tomás. Demostrando que es un buen cocinero.

Experto en ver que el fuego y la llama sean precisos y en limpiar pronto las verduras que Judas ha traído del poblado cercano.

Judas dice:

–    Hacen el pan, dos veces por semana. Y hoy no hubo pan.

Pedro le contesta:

–   Haremos tortas en el fuego. Allí hay harina. Quítate el vestido y amasa. Yo puedo cocerlos, sé hacerlo.

Judas obedece sin replicar. Cuelga sus ropas en el perchero y regresa a la cocina, vestido sólo con la prenda corta.

Luego empieza a amasar, manifestando con su actitud su completa inexperiencia en estos menesteres. 

Pedro ríe con ganas al ver al siempre elegante y magnífico Judas en la túnica interior, amasando la harina y ¡Todo empolvado!…

Y le dice:

–    ¡¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! Te sigues viendo apuesto, muchacho…

Lo peor es hoy. Mañana todo será mejor y en primavera, todo será perfecto.

Judas se paraliza y pregunta asustado:

–   ¿En primavera?… ¡¿Estaremos siempre aquí?!

Tadeo contesta:

–   ¿Por qué no? Es una buena casa.

Si llueve no nos mojamos. Hay agua para beber. No falta fuego. ¿Qué más quieres? Yo me encuentro a mis anchas. Tenemos el río, muy cerca. 

Pedro agrega:

–   Y también porque no huelo el hedor de Jerusalén, del Templo, de sus escribas, sus fariseos y compañía…

Andrés pregunta:

–   Pedro… ¿Vamos a sacar las redes?

Y se lleva consigo a su hermano, antes de que estalle una disputa entre él y Judas de Keriot.

Judas exclama:

–   ¡Ese hombre no me puede ver!

Tomás; que siempre está de buen humor, dice:

–   No. Eso no lo puedes decir. Es así con todos. Pero es bueno. Tú eres el que siempre está descontento…

–   Es que yo me imaginaba otra cosa…

Santiago de Alfeo dice tranquilo:

–   Mi primo no te prohíbe ir a las otras cosas…

Creo que todos pensábamos en otra cosa al seguirlo. La razón es que tenemos dura la cerviz y mucha soberbia. Jamás ha ocultado el peligro y la fatiga en seguirlo.

Judas refunfuña entre dientes:

–    Aparte de todo, hay que trabajar. En el Templo, nadie trabaja.

Tadeo, que trabaja en un pequeño armario, dice:

–    Estás equivocado.

También te equivocas según las costumbres. Todo Israelita debe trabajar. Y nosotros trabajamos.

¿Tanto te molesta trabajar? Yo no siento nada. Desde que estoy con Él; cualquier fatiga no me pesa.

Santiago de Zebedeo confirma:

–   Yo tampoco extraño nada. Y estoy contento de sentirme como si estuviera en familia…

Judas de Keriot, comenta irónico:

–   ¡Entonces aquí haremos mucho!

Tadeo estalla:

–   Pero, ¿En resumidas cuentas qué quieres?

¿Qué pretendes? ¿Una corte de sátrapa? ¡No te permito criticar lo que hace mi primo! ¡¿Entendido?!…

Santiago de Alfeo lo reprende:

–   Calla hermano. A Jesús no le gustan estas disputas.

Hablemos menos y trabajemos más. Será mejor para todos. Por otra parte… si Él no logra cambiar los corazones. ¿Puedes esperar hacerlo tú con tus palabras?

Judas dice a la defensiva:

–   El corazón que no cambia es el mío. ¿Verdad?

Santiago no le responde.

Se mete un clavo entre los labios y empieza a clavar con todas sus fuerzas, los goznes; haciendo tal ruido, que no se oye el farfullar de Judas.

Jesús no está y también faltan Simón, Bartolomé, Mateo y Felipe.

Después de un rato entran Isaac, con una bolsa de huevos y una cesta de panes recién horneados, también regresa Andrés, con una cesta con peces.

Isaac dice:

–    Tened. La manda el administrador y dice que si hace falta algo, le den órdenes.

Tomás dice a Judas:

–    ¿Ves que de hambre no morimos?

Y añade:

–     ¡Dame el pescado, Andrés!

¡Qué hermosos! Pero, ¿Cómo se hace para prepararlo? Yo no sé…

Andrés comenta:

–   Yo sí sé… Soy pescador.

Y Andrés se va a un rincón de la cocina; a sacarles las entrañas y a limpiarlos.

Los peces están coleando.

Tomás agrega:

–    El Maestro está por llegar. Recorrió el poblado y la campiña. Curó a un enfermo de los ojos…

Judas exclama:

–    ¡Eh! ¡Ya!… yo… todos los pastores… Nosotros dejamos una vida segura y hacemos aquí y allá; pero nada se ha logrado.

Isaac mira asombrado a Iscariote… pero no dice nada.

Los otros lo imitan. Pero por dentro son una caldera.

Jesús aparece en el umbral, sonriente y amable:

–    ¡La paz sea con vosotros! ¡Qué diligentes! ¡Todos trabajando! ¿Puedo ayudarte, primo?

Santiago se saca el clavo de su boca y dice:

–   No. Descansa. Ya terminé.

Jesús dice con un dejo de tristeza:

–  Tenemos muchos alimentos. Todos nos han dado. Si todos tuviesen el corazón de los humildes…

Pedro entra con una carga de leña sobre su espalda y exclama,

saludando a Jesús:

–  ¡Oh, Maestro mío! ¡Qué Dios te bendiga!

Jesús le contesta:

–  También a ti Pedro, te bendiga el Señor. ¡Habéis trabajado tanto!…

–  Y en las horas libres trabajaremos más.

Tenemos una casa en la campiña y hay qué convertirla en un edén.

Para empezar he arreglado el pozo, al menos para poder ver de noche dónde está y para estar seguros de no perder los cántaros al introducirlos en él.

¿Ves qué buenos son tus primos? Verdaderamente son capaces. Saben hacer todas las cosas necesarias; para quien debe vivir en un lugar por largo tiempo.

Yo pescador, no lo hubiera sabido.

Tomás puede hacerla de cocinero en el Palacio de Herodes. También Judas es bueno. Hizo unas tortas muy buenas.

Judas exclama enojado:

–    E inútiles. No sirven para nada. Hay pan.

Pedro lo mira y espera a que dé una buena respuesta.

Pero al ver la actitud de Judas… Sacude la cabeza, mueve las cenizas y pone sobre ellas las tortas.

Tomás dice riendo:

–   Dentro de poco, todo estará listo.

Santiago de Zebedeo pregunta a Jesús:

–   ¿Hablarás hoy?

–    Sí. Entre sexta y nona. (las once y las tres) Vuestros compañeros lo han dicho. Por tanto comamos rápido. 

Pasa un poco de tiempo todavía.

Juan coloca el pan en la mesa, prepara los asientos, lleva las copas y las ánforas. 

Tomás sirve las verduras cocidas y el pescado asado.   

Jesús está en el centro. Ofrece y bendice. Distribuye y todos comen con gusto.

Y todavía están comiendo cuando en la era se asoman algunas personas.

Pedro se levanta y va hacia la puerta:

–    ¿Qué queréis?

Un hombre pregunta:

–    ¿El Rabí hablará aquí?

–     Hablará. Ahora está comiendo, porque también Él es Hombre. Sentaos aquí afuera y esperad.

El grupo se va hacia el rústico tejaban.

Pedro dice:

–     Se acerca el frío y llueve frecuentemente. Estaría bien usar aquella ala vacía. La he limpiado muy bien. El pesebre servirá de banco.

Judas le contesta:

–    No digas ironías tontas. El Rabí, es Rabí.

–    ¿Cuáles ironías? Si nació en un establo… ¡Podrá hablar sobre un pesebre!

Jesús parece hasta cansado al decir:

–    Pedro tiene razón. ¡Pero os ruego que os améis!

Terminan de comer y Jesús sale enseguida para dirigirse hacia la pequeña muchedumbre.

–     ¡Espera, Maestro! – le grita desde detrás Pedro – Tu primo te ha hecho un asiento porque allí está húmedo el suelo.

–      No es necesario. Ya sabes. Hablo en pie. La gente quiere verme y Yo la quiero ver. Más bien… haced asientos y lechos portátiles. Quizás vengan algunos enfermos… y harán falta.

–      ¡Piensas siempre en los demás, Maestro bueno! – dice Juan… y le besa la mano.

Jesús se dirige, con su sonrisa ligeramente triste, hacia el grupo de personas. Con Él van todos los discípulos.

Pedro, que está justo al lado de Jesús, le hace inclinarse hacia el grupo y le susurra en voz baja:

–      Detrás de la tapia está aquella mujer velada.

La he visto. Está allí desde esta mañana. Ha venido detrás de nosotros desde Betania. ¿La echo o la dejo?

–      Déjala. Ya lo he dicho.

–      Pero, ¿Si es una espía, como dice Judas?…

–      No lo es.

Fíate de todo lo que te digo. Déjala y no digas nada a los demás. Y respeta su secreto.

–      He mantenido silencio porque pensaba que era correcto…  

Jesús comienza a evangelizar:

–      Paz a vosotros que buscáis la Palabra. 

Y va hasta el fondo del porche, dejando a sus espaldas la tapia de la casa.

Habla lentamente al grupo de unas veinte personas que están, con el calorcito de un solecillo de Noviembre, sentadas en el suelo o apoyadas en los soportes.

–      El hombre cae en un error al considerar la vida y la muerte, y al aplicar estos dos nombres.

Llama “vida” al tiempo en que, dado a luz por la madre, comienza a respirar, a nutrirse, a moverse, a pensar, a obrar.

Y llama “muerte” al momento en que cesa de respirar, comer, moverse, pensar, obrar, viniendo a ser un despojo frío e insensible, preparado para entrar en un seno, el de un sepulcro.

Pero no es así. Yo quiero haceros entender la “vida”, indicaros las obras aptas para la vida.

Vida no es existencia.

Existencia no es vida. Existe esta parra que se entrelaza con estos soportes, pero no tiene la vida de que Yo hablo.

Existe también aquella oveja que bala atada a aquel árbol lejano, pero no tiene la vida de que Yo hablo.

La vida de que Yo hablo no empieza con la existencia ni termina cuando la carne llega a su fin.

¡La vida de la cual Yo hablo tiene su principio no en un seno materno!

¡Tiene su principio cuando el Pensamiento de Dios crea un alma para habitar en una carne; termina cuando el Pecado la mata!

Sin ella, el hombre no sería sino una semilla que crece, semilla de carne en vez de ser de gluten o de pulpa como la de los cereales o la de la fruta.

Sin ella, no sería sino un animal en estado de formación, un embrión de animal no distinto del que ahora está creciendo en el seno de aquella oveja.

Pero, dado que en esta concepción humana se infunde esta parte incorpórea y que no obstante es la más potente con su incorporeidad sublimadora.

Entonces el embrión animal no sólo existe como corazón que palpita, sino que “vive” según el Pensamiento creador.

Y es el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, el hijo de Dios, el ciudadano futuro del Cielo.

Pero esto se produce si la vida dura.

El hombre puede existir teniendo imagen de hombre, pero habiendo dejado de ser hombre, siendo un sepulcro en que se pudre la vida.

Se comprende entonces que Yo diga: “La vida no empieza con la existencia y no termina cuando la carne llega a su fin”.

La vida comienza antes del nacimiento.

La vida luego no tiene fin, porque el alma no muere, o sea, no se anula. Muere a su destino, que es el destino celeste, pero sobrevive en su castigo si así lo ha merecido.

Muere a este destino bienaventurado cuando muere a la Gracia.

Esta vida, alcanzada por una gangrena cual es la muerte a su destino, dura por los siglos de los siglos en la condena y en el tormento.

Si, por el contrario, esta vida se conserva como tal, llega a la perfección del vivir y se hace eterna, perfecta, santa como su Creador.

¿Tenemos deberes respecto a la vida? Sí. La vida es un don de Dios. Todo don de Dios ha de usarse y conservarse con cuidado, porque es algo tan santo como el Dador.

¿Maltrataríais vosotros el don de un rey? No. Pasa a los herederos, y a los herederos de los herederos, como gloria de la familia. Y entonces, ¿por qué hacerlo con el don de Dios?

Pero, ¿Cómo se usa y conserva este don divino? ¿Cómo mantener en vida la paradisíaca flor del alma, conservándola así para los Cielos?

¿Cómo obtener el “vivir” por encima y más allá de la existencia?

Israel dispone de leyes claras al respecto y no tiene más que observarlas. Israel dispone de profetas y justos, los cuales dan el ejemplo y la palabra para practicar las leyes.

Y ahora Israel dispone de santos. No puede, no debería, errar, por tanto, Israel.

Pero Yo veo manchas en los corazones y espíritus muertos pulular por todas partes. Entonces os digo: Haced penitencia; abrid el corazón a la Palabra; poned en práctica la Ley inmutable;

infundid nueva savia a la exhausta “vida” que está  languideciendo en vosotros.

Si ya está muerta, acercaos a la Vida verdadera, a Dios. Llorad vuestras culpas, gritad: “¡Piedad!”…

Y, en cualquier caso, renaced. No seáis muertos en vida, para no ser mañana eternos penantes. Yo no os voy-a hablar más que del modo de alcanzar la vida o de conservarla.

Otro os ha dicho: “Haced penitencia. Purificaos del fuego impuro de las lujurias, del fango de las culpas”. Yo os digo: Pobres amigos, examinemos juntos la Ley.

Oigamos en ella de nuevo la voz paterna del Dios verdadero. Y luego, juntos, oremos al Eterno, diciendo: “Descienda tu misericordia sobre nuestros corazones”.

Es el tiempo del sombrío invierno. Pero dentro de poco vendrá la primavera.

Un espíritu muerto es más triste que un bosque pelado por el hielo.

Pero si la humildad, la voluntad, la penitencia y la fe penetran en vosotros, la vida volverá a vosotros como la de un bosque en primavera.

Y le floreceréis a Dios para, mañana, el mañana de los siglos y siglos, dar perenne fruto de Vida Eterna.

¡Acercaos a la Vida! Dejad de existir solamente y empezad a “vivir”. La muerte no será entonces “fin”, sino que será principio.

El principio de un día sin ocaso, de una alegría sin cansancio y sin medida.

La muerte será el triunfo de aquello que vivió antes de la carne, y triunfo de la misma carne, que será llamada, a la resurrección eterna,

a coparticipar en esta Vida que Yo prometo en el nombre del Dios verdadero a todos aquellos que hayan “querido” la “vida” para su alma, pisando el sentido y las pasiones para gozar de la libertad de los hijos de Dios.

Idos, pues. Todos los días a esta hora os hablaré de la eterna verdad. El Señor esté con vosotros.

La gente despeja el lugar, lentamente, haciendo muchos comentarios.

Jesús vuelve a la solitaria casita y todo termina.

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