84 EL BIEN, POR EL BIEN


84 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Al día siguiente, sigue lloviendo a cántaros y la era se ha convertido en una pequeña laguna, por la que flotan hojas secas; que arrastró el viento que silba y sacude puertas y ventanas.

El día es tan tempestuoso que no hay ningún peregrino.

En la cocina, para impedir que entre la lluvia, se deben tener cerradas, puertas y ventanas. Y por lo mismo está oscura y llena de humo.

Pedro sentencia:

–   Tenía razón Salomón.

Tres cosas arrojan fuera al hombre. La mujer pendenciera y ésa la dejé en Cafarnaúm; para que se peleara con los otros yernos.

La chimenea que echa humo y el techo que gotea. Y éstas dos cosas, las tenemos… Pero mañana me las arreglaré con esta chimenea.

Voy al techo… Y ustedes tres, (Santiago, Juan y Andrés) vengan conmigo y traigan piedras planas. Haremos un techo a la chimenea.

Tomás pregunta:

–    ¿Y dónde encontrarás las piedras planas?

–     En el cobertizo.

Si gotea allá, no se acaba el mundo. Pero aquí… ¿Te molesta que tus platillos no se decoren con más hollín?

–     ¡Bonito estaría!

¡Ojala se pueda hacer! ¡Mira cómo estoy tiznado! Me cae en la cabeza cuando estoy cerca del fuego.

Juan dice riéndose:

–    ¡Pareces un monstruo egipcio!

Efectivamente, Tomás tiene la cara pintada con extrañas figuras. Y siempre alegre. El mismo es el primero en reírse de ello.

Jesús también se ríe; porque al estar hablando, una nueva gota le cayó en la nariz y le ha puesto la punta negra.

Desde hace algún tiempo, Pedro ha cambiado mucho con Judas, se ha vuelto más amable…

Y éste le pregunta:

–   Tú que eres experto en el tiempo, ¿Qué piensas?…

Pedro contesta:

–   Ahora mismo te lo voy a decir. Voy a hacerla de astrólogo.

Pedro contesta al mismo tiempo que va hacia la puerta, sacando un poco el cuerpo y una mano.

sentencia:

–   Viento bajo y del sur. Caliente y neblina… ¡Hummm! Poco hay que…

Pedro calla. Despacio, vuelve a entrar. Casi cierra la puerta y atisba…

Varios le preguntan:

–   ¿Qué pasa?

–   ¿Qué es lo que hay?…

–   ¿Por qué cierras la puerta?

Pedro hace señas de que guarden silencio. Mira atentamente…

Luego dice en voz baja:

–   Es aquella mujer.

Ha bebido agua del pozo. Y recoge un poco de leña del patio. Está toda mojada. ¡No encenderá!…

Se va… Voy a seguirla. Quiero ver… -y sale cauteloso.

Tomás pregunta:

–   Pero, ¿Dónde puede quedarse para estar siempre cerca?

Mateo confirma:

–   Y… ¡Para estar aquí, con este tiempo!

Bartolomé aclara:

–   Ciertamente va al poblado. Porque anteayer estaba allí comprando pan.

Santiago de Alfeo, observa:

–  Tiene una constancia inaudita, en andar siempre velada.

Tomás concluye:

–  O un gran motivo.

Juan dice:

–  ¿Pero será precisamente esa de la que hablaba ayer, aquel judío?… son siempre tan falsos…

Jesús sigue en silencio, como si fuera sordo.

Todos lo miran con la certeza de que Él sabe; pero Él está trabajando un trozo de madera blanda con un cuchillo afilado.

Poco a poco, el trozo de madera se va transformando en un cómodo tenedor grande, para extraer las verduras del agua hirviendo.

Una vez que ha terminado ofrece el fruto de su trabajo a Tomás, que está plenamente dedicado a la cocina.

Tomás lo recibe y  le dice:

–    Eres muy bueno, Maestro.

Pero, ¿No nos dices quién es?

Jesús contesta con dulzura:

–   Un alma.

Solamente un alma. Para mí sois todos “almas”. Nada más. Hombres, mujeres, ancianos, niños: almas, almas, almas: almas cándidas, los párvulos;

almas azules, los niños; almas rosadas, los jóvenes; almas de oro, los justos; almas empecinadas, los pecadores. Pero, sólo almas, sólo almas.

Y Yo sonrío a las almas cándidas, porque me parece como si sonriera a los ángeles; descanso entre las flores rosadas y azules de los adolescentes buenos; me alegro de las almas tan valiosas de los justos.

Y me canso, sufriendo, para dar valor y esplendor a las almas de los pecadores. ¿Los rostros?… ¿Los cuerpos?… Nada. 

Para Mí, todos vosotros y lo que vienen, son almas. Las caras y los cuerpos, nada significan. Yo os reconozco por vuestras almas.

Tomás pregunta:

–     Y ella, ¿Qué alma es? 

–     Un alma menos curiosa que la de mis amigos, porque no indaga, no pregunta; va y viene, sin hablar y sin mirar.

–    Pero, ¿Qué alma tiene ella?…

–   Un alma menos curiosa que la de mis amigos.

Porque va y viene silenciosa y sin mirar.

Judas de Keriot pregunta:

–    Yo creía que era una mujer mala o leprosa.

Pero he cambiado de parecer, porque… Maestro, ¿Si te digo una cosa, no me regañas?

Y se acerca a Jesús y se apoya sobre sus rodillas. Humilde y bueno.

Mucho más hermoso; que cuando se porta pomposo y soberbio.

Jesús lo mira y responde:

–    No te regañaré. Habla…

–    Sé en dónde vive.

La seguí una tarde. Fingiendo que iba a sacar agua; porque me he dado cuenta que viene siempre al pozo, cuando ya está oscuro.

Una mañana encontré tirada una horquilla de plata; exactamente junto al brocal del pozo. Y comprendí que ella la había perdido.

Ella está en una chocita de leña, que hay en el bosque. ¡Está en ruinas!

La techó con ramas. No comprendo cómo puede soportar estar así. Apenas si cabría en ella, un perro grande o un asno pequeño.

La luna brillaba y no pude ver bien.

Está medio sepultada en las zarzas. Pero adentro… está vacía. Y no hay puertas. Por eso cambié de idea y me di cuenta, que no es una mala mujer. Ni es de mala vida…

–    No debiste hacerlo. Pero sé sincero. ¿No hiciste algo más?…

–    No, Maestro.

Hubiera querido verla. Porque desde Jericó la vi y me parece conocer su paso suave; con el que va veloz a donde quiere. Es flexible… y bella.

Se adivina a pesar de todos esos vestidos. Pero me atreví a espiarla cuando estaba acostada en la tierra. Esta vez no tenía el velo puesto; pero la respeté…

Jesús lo mira fijamente:

–   Y has sufrido.

Pero dijiste la verdad. Yo te digo que estoy contento contigo. Otra vez, te costará menos ser bueno. Todo consiste en dar el primer paso…

¡Muy bien, Judas! – y lo acaricia.

Pedro regresa:

–   ¡Pero, Maestro! ¡Esa mujer está loca!

¿Sabes dónde está? Cerca de la ribera del río; en una casita de madera bajo un matorral.

Tal vez algún tiempo sirvió a un pescador o guardabosques. ¿Quién sabe?

¡Jamás me hubiera imaginado que en aquel lugar  húmedo; metido en un foso; bajo una enramada de zarzas; se encontraba aquella pobre mujer y le dije:

–   ¡Habla y sé sincera! ¿Eres leprosa?…

Me respondió con voz apagada:

–   ¡No!

–   ¡Júralo!

–   Lo juro.

–   Mira que si lo eres y no dices.

Y vienes cerca de la casa… y llego a saber que eres inmunda; te hago lapidar. Pero si eres perseguida; ladrona o asesina. Y estás aquí por temor a nosotros…

¡No tengas miedo de nada! Sal de ahí. ¿No ves que estás en el agua? ¡Tienes hambre? ¡Estás temblando!

Soy viejo, ¿Lo ves? No te hago la corte. Viejo y honesto. Por esto, ¡Escúchame!… Así le dije. Pero no ha querido venir. La encontraremos muerta; porque está en el agua.

Jesús piensa. Mira las caras que lo contemplan.

Luego pregunta:

–   ¿Qué pensáis que se pueda hacer?

Simón contesta:

–    Maestro, Tú decide.

–    No. Quiero que vosotros juzguéis.

Se trata de algo en que vuestra honra, también está mezclada…. Y no debo violentar vuestro derecho de conservarla…

Simón dice:

–   En Nombre de la Misericordia digo; que no se le puede dejar ahí…

Bartolomé, dice:

–   Diría que hoy la llevemos al galerón.

¡Allí, van también los peregrinos!… ¡Y ella puede ir!…

Andrés dice:

–  ¡Caramba!

¡Es una criatura como todas las demás! Nuestro deber es ayudarla…

Mateo observa:

–    ¡Hoy no viene nadie!… Y por lo tanto…

Tadeo sugiere:

–    Propongo darle hospedaje por hoy.

Y mañana decirle al administrador. ¡Es un buen hombre!

Pedro exclama:

–   Tienes razón.

¡Bravo! ¡Y tiene tantas cuadras vacías!… ¡Una cuadra será un palacio, con respecto a ese barquichuelo que está haciendo agua!

Tomás dice con ansia:

–   ¡Ve a decírselo entonces!

Jesús observa:

–  Los jóvenes todavía no han hablado…

Los dos Santiagos  junto con Juan, dicen casi simultáneamente:

–  ¡Yo no tengo inconveniente!

–  Ayudémosla.

Dios sabe lo que hay en nuestro corazón.

–   ¡Para mí está bien lo que Tú hagas!…

Felipe observa:

–    La única desgracia sería que viniese un fariseo…

Entonces Judas de Keriot exclama:

–   ¡Oh! Aunque caminásemos sobre las nubes, ¿Crees que no nos acusarían?

No acusan a Dios porque está lejos. Pero si pudiesen tenerlo cerca, como lo tuvieron Abraham, Jacob y Moisés; le harían reproches. ¿Quién para ellos no tiene culpa?…

Jesús dice:

–  Si es así.

Id a decirle que venga a cobijarse bajo el galerón. Pedro, ve con Simón y Bartolomé. Sois viejos y haréis menos fuerza a la mujer.

Decidle que le daremos comida caliente y un vestido seco. El que dejó Isaac. ¿Veis que todo sirve? También un vestido que una mujer dio a un hombre…

Los jóvenes ríen al recordar la historia bufa de ese vestido en particular…

Los tres mayores se van y poco después regresan…

Bartolomé explica:

–   Nos costó trabajo convencerla; pero terminó por venir.

Pedro añade:

–  Le hemos jurado que no la perturbaremos de ningún modo.

Ahora le llevo paja y el vestido. Tomás, dame las verduras y un pan. No tiene ni siquiera para comer hoy.

Por otra parte, ¿Quién puede salir con este diluvio?

Y el buen Pedro sale con sus tesoros…

Jesús dice imperioso:

–   Y ahora, a todos doy una orden: por ningún motivo se va al galerón.

Mañana tomaremos las decisiones oportunas.

Acostumbramos a hacer el bien por el bien, sin curiosidades o deseos de recibir del bien realizado un motivo de diversión o cualquier otra cosa.

¿Lo veis? Os quejabais de que hoy no se haría nada útil. Hemos amado al prójimo. ¿Podíamos hacer algo mayor que esto?

Si – y así es – ésta mujer es una infeliz, ¿No podrá, acaso, nuestra ayuda proporcionarle un alivio, un calor, una protección mucho más profunda que el poco alimento, el mísero vestido, el techo sólido, que le hemos dado?

Si es una culpable, una pecadora, una criatura que busca a Dios, ¿Nuestro amor no será, acaso, la más hermosa lección, la más poderosa palabra, el más claro indicador del camino de Dios?

Mañana proveeremos.

Pedro entra y se pone a escuchar a su Maestro.

Jesús continúa:

–      Mirad, amigos. Muchos maestros tiene Israel, que no hacen más que hablar y hablar…

Bueno, pues las almas no cambian. ¿Por qué? Porque las almas no sólo oyen las palabras de sus maestros, sino que también ven sus acciones.

Pues bien, éstas destruyen a aquéllas. Y las almas se quedan en la posición en que estaban, si es que no retroceden incluso.

Mas cuando un maestro hace lo que dice y se comporta santamente en todas sus acciones, aunque sólo lleve a cabo acciones materiales, como dar un pan, un vestido, un lugar de alojamiento a la carne doliente del prójimo.

Obtiene el que las almas vayan adelante y lleguen a Dios, porque son sus mismas acciones las que dicen a los hermanos: “Dios existe; aquí está Dios”. ¡Oh…, el amor!

En verdad os digo que quien ama se salva a sí mismo y salva a los demás.

Pedro dice:

–   Es verdad, Maestro.

La mujer me dijo: ‘Sea Bendito el Salvador y Quién lo ha enviado. Y también todos vosotros que estáis con Él.’

¡Y me quería besar los pies a mí; hombre miserable! Y lloraba por debajo de su denso velo.

Pero ahora esperemos que no llegue ninguna de las celebridades de Jerusalén, porque a nosotros; ¿Quién nos salva?

Jesús dice:

–   Nuestra conciencia nos libra del juicio de nuestro Padre. Eso es suficiente.

Y ofrece y bendice los alimentos.

Todos se sientan a comer…

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