83 LOS PODEROSOS DE ISRAEL


83 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

La mañana está muy fría.

Jesús está de pié, sobre un montón de mesas que se han colocado como tribuna en el último galerón y habla con voz potente, cerca de la puerta para que oigan los que están adentro;

los que están el cobertizo y hasta los que están en la era, al descubierto bajo una copiosa lluvia.

Todos parecen frailes bajo sus mantos oscuros y hechos de lana, en la que el agua no penetra.

En el galerón están los más débiles. Bajo el cobertizo las mujeres y en el patio, bajo el agua; los más fuertes.

Pedro va y viene descalzo, con el vestido corto.

Con un pedazo de tela que se ha puesto sobre la cabeza y no pierde el buen humor, aunque tenga que chapotear en el agua, dándose una bañada que no buscaba.

Le ayudan Juan, Andrés y Santiago; llevando con mucho cuidado al otro galerón a los enfermos.

Jesús espera con paciencia a que todos se acomoden y solo deplora que los cuatro discípulos estén completamente bañados.

A las observaciones de Jesús, Pedro responde:

–   ¡Nada, nada! Somos leña dura.

No te preocupes. Estamos recibiendo otro bautismo y el que nos bautiza es Dios Mismo.

Cuando finalmente todos están en su lugar, los cuatro se cambian los vestidos por otros, secos.

Pero cuando el Maestro empieza a hablar, Pedro ve que se asoma en el rincón del cobertizo, el manto gris de la mujer velada.

Y sin preocuparse de que va a tener que atravesar de lado a lado la era, bajo la lluvia que se ha vuelto más tupida y que al meterse en los hoyos, el agua le da hasta las rodillas, va hacia donde está ella.

La toma del brazo sin quitarle el manto y la lleva hasta la pared del galerón, donde ya no se moje. Luego se queda cerca de ella como un centinela; sin moverse y sin pestañear.

Jesús ha visto todo. Para ocultar la sonrisa que ha brillado en su rostro, baja la cabeza…

Y luego continúa hablando:

–   … no digáis, quienes habéis sido constantes en venir a Mí; que no hablo con orden y que paso por alto alguno de los Diez Mandamientos.

Oís. Yo veo. Escucháis. Yo aplico a los dolores y a las llagas lo que veo en vosotros.

Soy el Médico. Y un médico va primero a los enfermos más graves y después atiende a los menos enfermos. También Yo, hoy os digo: no cometáis impurezas…

Y Jesús predica extensamente sobre la lujuria, la fornicación, el matrimonio, el adulterio, el aborto, la impureza, la pureza y el placer.

Y agrega:

–           … el cuerpo humano es un magnífico templo que contiene un altar.

Sobre el altar debe estar Dios. Pero Dios no está en donde hay corrupción. Por esto el cuerpo del impuro tiene el altar consagrado; pero sin Dios.

El arrepentimiento renueva. El arrepentimiento purifica. El arrepentimiento sublima.

La misericordia de Dios es infinitamente más grande que la miseria humana.

Honraos a vosotros mismos haciendo que vuestra alma; con una vida honesta, sea digna de honra.

Justifícate ante Dios, no volviendo a pecar más contra tu alma.

Eres el vicio; conviértete en honestidad, en sacrificio, en mártir; por tu arrepentimiento.

Supiste martirizar muy bien tu corazón, para que la carne gozara. Aprende ahora a martirizar la carne; para dar a tu corazón paz eterna.

Podéis iros todos. Cada uno con su peso y su reflexión.

Y meditad. Dios espera a todos y no rechaza a nadie de los que se arrepienten. Os dé el Señor su Luz para conocer vuestra alma. Idos…

Muchos se dirigen hacia el poblado.

Otros entran en el galerón.

Jesús se dirige hacia los enfermos y los cura.

Un grupo de hombres discuten en un rincón.

Gesticulan. Se acaloran. Algunos acusan a Jesús y otros lo defienden.

Otros más, exhortan a unos y a otros, a un juicio más maduro.

Unos pocos de los más encarnizados, se acercan a Pedro; que junto con Simón, transportan las muletas que ya no necesitan los tres curados.

Y lo asaltan avasalladoramente dentro de la vasta habitación, que ha quedado transformada en hospedería de los peregrinos.

Orgullosos y altaneros, les dicen:

–      Hombre de Galilea, escucha.

Pedro se vuelve y los mira como a unos bichos raros.

No habla, pero su cara es todo un poema.

Simón les lanza una mirada. Reconoce a algunos y mejor se va. Dejándolos a todos.

Mientras el otro continúa:

–     Yo soy Samuel el escriba.

Este es Sadoc, otro escriba. Este es el judío Eleazar, muy célebre y muy poderoso. Este es el ilustre anciano, Calascebona.

Y éste es Nahum. ¿Entiendes?… ¡Nahum! –ha recalcado de manera notoria éste último nombre.

Pedro ha hecho una inclinación al oír cada nombre. Pero al oír el último; la hace a medias.

Y dice con la máxima indiferencia:

–      No sé. Jamás lo había oído. Y… no entiendo nada.

Samuel dice con notorio desprecio:

–     ¡Vulgar pescador!

¡Ten en cuenta que es el hombre de confianza de Annás!

Pedro replica:

–     No conozco a Annás.

Conozco a muchas mujeres de nombre Anna. Hay un montón de ellas, También en Cafarnaúm.

No sé de qué Annas hablas y quién pueda ser éste, el hombre de confianza…

El estirado Fariseo abandona su incógnito y se revuelve como una serpiente furiosa.

Y chilla:

–     ¡¿Éste?!… A mí…

¿A MI?!… ¿A mí, me está llamando ‘Este ’?

Pedro contesta:

–     ¿Y cómo quieres que te llame?

¿Burro o pájaro? Cuando iba a la escuela, el maestro me enseñó a decir ‘este’, refiriéndose a un hombre.

Y si los ojos no me engañan, tú eres un hombre. ¿O estoy equivocado?…

El hombre se retuerce, como si estas palabras lo hubieran torturado.

Y el escriba Samuel explica:

–    Pero Annás es el suegro de Caifás…

Pedro exclama:

–    ¡Aaaa!… ¡Entendido!… ¿Y bien?

–     ¡Y bien!… ¡Ten entendido que estamos disgustados!

–     ¿De qué cosa?… ¿Del tiempo?

También yo. Es la tercera vez que me cambio de vestidos y ya no tengo ningún otro seco.

–     No te hagas el estúpido.

–     ¿Estúpido?

Es verdad. Si no estáis descontentos por el tiempo, ¿De quién entonces? ¿De  los romanos?

Los fariseos exclaman al mismo tiempo:

–      ¡De tu Maestro!

–      ¡Del falso profeta!

Pedro advierte:

–     ¡Eje!… ¡Caro Samuel!

Mira que me despierto y soy como el lago. De la bonanza a la tempestad, no necesito más que un instante. Ten cuidado como hablas…

Llegan los hijos de Zebedeo y de Alfeo. Y con ellos, Judas de Keriot y Simón.

Cierran filas alrededor de Pedro, que cada vez levanta más la voz, respondiendo a los agresores.

Éstos exclaman:

–     ¡No te atreverás a tocar con tus manos plebeyas a los grandes de Sión!

Pedro los encara amenazante:

–     ¡Ohhhh! ¡Qué delicados fanfarrones!…

¡Y vosotros no toquéis al Maestro, porque de otro modo los lanzaré al pozo para purificaros de verdad! ¡Por dentro y por fuera!…

Simón interviene con calma:

–     Me permito hacer observar a los doctos del Templo, que esta casa es propiedad privada.

Judas de Keriot, refuerza:

–     Y que el Maestro, de lo que yo soy testigo…

Ha tenido siempre el máximo respeto para las casas de los demás. Y primero que todo, para la casa del Señor.

Exijo que se tenga igual respeto para la suya.

Calascebona exclama:

–     ¿Tú?… ¡Cállate, Gusano mentiroso!

Judas dice con desprecio:

–      ¡Mentiroso en parte!

Me habéis provocado asco y he venido a donde no hay corrupción.

Ha sido voluntad de Dios que a pesar de que estuve con vosotros, ¡No me corrompí hasta los tuétanos!…

Santiago de Alfeo, pregunta secamente:

–      Resumiendo, ¿Qué queréis?…

Sadoc pregunta con desprecio:

–     ¿Y tú quién eres?

El apóstol contesta:

–     Soy Santiago de Alfeo.

Y Alfeo de Jacob. Y Jacob de Matán. Y Matán de Eleazar… y si quieres te digo toda la ascendencia hasta el Rey David, que es de dónde vengo.

Y también soy primo del Mesías. Por lo que te ruego que hables conmigo de estirpe real y de sangre judía.

Si a tu altanería le repugna hablar con un hombre israelita, que conoce mejor a Dios que Gamaliel y que Caifás.

Santiago exige:

–      ¡Ea! ¡Habla!…

Calascebona dice:

–     A tu Maestro y pariente lo siguen las prostitutas.

La velada es una de ellas. La vi cuando vendía oro. Y la reconocí. Es la amante que huyó de Sciammai. Es deshonra para Él.

Judas de Keriot se burla:

–    ¿Para quién?

¿Para Sciammai, el rabino? Entonces debe ser una vieja roña. Podéis estar tranquilos. No le amenaza ningún peligro de esta parte…

–     ¡Cállate loco!

Para Sciammai de Elqui; el predilecto de Herodes.

Judas desata su ironía:

–     ¡Bah! ¡Bah! Señal de que para ella ya no es más el predilecto.

Es ella la que debe ir al lecho y no tú. Entonces… ¿¡Qué te importa!?

Tadeo agrega preguntando:

–     Hombre, ¿No piensas que te deshonras haciendo de espía?

Y ¿No piensas que se deshonra a quién se rebaja a pecar; no al que trata de levantar al pecador?

¿Qué deshonra le viene a mi Maestro y hermano, si Él con su palabra hace que llegue su Voz hasta las orejas profanadas con la baba de los lujuriosos de Sión?

Samuel se burla lleno de veneno:

–     ¿La Voz? ¡Ah! ¡Ah!

Tu Maestro y primo, tiene treinta años. ¡Y no es más hipócrita igual que los demás! Y tú y vosotros dormís juntos por la noche…

La venenosa calumnia queda vibrando en el aire…

Pedro grita:

–     ¡Desvergonzado reptil!

Santiago y Juan lo amenazan:

–     ¡Lárgate de aquí o te destrozo!

Simón dice con desprecio y asco:

–      ¡Vergüenza! ¡Cómo eres juzgas!

Tu hipocresía es tanta que se revuelve dentro de ti. Brota y babea como un caracol sobre la flor limpia. Sal y hazte hombre, porque ahora no eres más que una baba repugnante.

Te reconozco Samuel. Eres siempre el mismo corazón. Dios te perdone; ¡Pero vete de mi presencia!…

Mientras Judas y Santiago de Alfeo, contienen al enfurecido Pedro.

Tadeo, con sus ojos azules centelleantes y sus ademanes majestuosos,

dice con voz imperiosa:

–     Se deshonra a sí mismo, quién deshonra al inocente.

Los ojos y la lengua, Dios los hizo para hacer cosas santas. El maldiciente los profana y envilece, al usarlas para hacer cosas malvadas.

No ensuciaré mis manos con tus canas. Pero recuerda que los delincuentes odian al hombre íntegro.

Nosotros vivimos en la Luz y nuestro jefe es Santo; pues no conoce mujer, ni pecado. Lo seguimos y lo defendemos de sus enemigos.

Aprende! ¡Oh, viejo!… De un joven que se hace maduro, porque la Sabiduría es su Maestra; a no ser ligero en el hablar.

Vete y di a quién te envió; que no en la casa profanada que está en el Monte Moria, sino en esta humilde mansión; reposa Dios en su Gloria. ¡Adiós!…

Los cinco se quedan callados y se van.

Los discípulos se consultan:

¿Decirlo o no decirlo a Jesús; que está todavía atendiendo a los curados?…

Finalmente deciden decirlo… ¡Es mejor así!… Se acercan. Lo llaman y se lo dicen.

Jesús oye con toda calma y responde:

–    Os agradezco la defensa.

¿Pero qué se puede hacer?  Cada quién da lo que tiene…

Varios le dicen:

–     Debemos reconocer que tienen un poco de razón.

–     Ella siempre está allí afuera, como un perro.

–     Te perjudica…

Jesús contesta:

–      Déjenla.

Ella no será la piedra que me pegue en la cabeza.  Y si ella se salva… ¡Oh! ¡Qué me critiquen por esta alegría! ¡Qué importa!…

Con esta dulce respuesta, da por concluido el asunto.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: