Archivos diarios: 2/11/20

91 LA RENUNCIA DE PEDRO


91 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Después de que Jesús terminara, la maravillosa Oración del Miserere…

Y despidiera a todos los peregrinos que lo buscan hambrientos de su Palabra y sus enseñanzas…

La mujer velada se marcha rauda como siempre, con su paso ágil y levemente ondulante.

Parece como si tuviera alas debido al viento, que le infla por detrás el manto.

Pedro dice:

–     Ahora lograré saber si es de Israel.  

Jesús responde:

–     ¿Por qué?

–     Porque si está aquí es señal de que… 

Jesús lo interrumpe:

–      Es una pobre mujer sin casa propia.

Nada más, no lo olvides, Pedro.

–     Sí, Maestro. Lo recordaré…  

 ¿Y nosotros qué vamos a hacer ahora que todos estarán en sus casas para la Fiesta? Nuestras mujeres encenderán por nosotros los cirios.

Lo siento…  Será el primer año que no voy a verlos encender en la mía, o que no los encenderé yo…

–     A pesar de tu edad, sigues siendo un niño.

Encenderemos también nosotros los cirios. Así se te quitará esa cara de malhumor.

Y vas a ser tú quien los va a encender.

–     ¿Yo? Yo no, Señor.

Tú eres la Cabeza de nuestra familia. Te corresponde a Tí.

–     Yo soy siempre un cirio encendido…

Y desearía que tales fuerais también vosotros. Soy la Encenia sempiterna, Pedro.

¿Sabes que nací exactamente el veinticinco de Kisléu?

Pedro pregunta admirado:

–     ¿Cuántas lámparas encendidas, ¿No?

–     No se podían ni contar…

Eran todas las estrellas del Cielo…

–     ¡No me digas!

¿No celebraron tu nacimiento en Nazaret?

–     No he nacido en Nazaret, sino entre unos muros derruidos, en Belén.

Veo que Juan ha sabido callar. Juan es muy obediente.

–     Y no es curioso.

Yo sin embargo, sí lo soy y mucho. ¿Me lo cuentas?… A tu pobre Simón. Si no, ¿Cómo me las voy a arreglar para hablar de Tí?

A veces la gente pregunta y yo no sé nunca qué decir…

Los otros saben cómo hacer, me refiero a tus hermanos y a Simón, Bartolomé y Judas de Simón.

Y… sí, también Tomás sabe hablar… parece un voceador del mercado que estuviera vendiendo una mercancía, pero logra hablar…

Mateo…, bueno él va bien, usa la vieja sabiduría que tenía para pelar a la gente en su banco de cobro de impuestos para forzarlos a decir: “Es como tú dices”.

¡Pero yo…! ¡Pobre Simón de Jonás! ¿Qué te han enseñado los peces; qué el lago?

Dos cosas… pero no son útiles: los peces, a callar y a tener constancia.

Ellos, constantes en evitar caer en la red; yo, constante para meterlos en ella. El lago, a tener coraje y a estar atento a todo.

Y ¿Qué me ha enseñado la barca?:

A trabajar duramente sin excusa para ningún músculo y cómo mantenerme erguido en medio de olas agitadas y con el riesgo de caerse.

Estar atento a la Polar, tener mano firme en el timón, fuerza, coraje, constancia, atención: esto me ha enseñado mi pobre vida…

Jesús le pone una mano sobre el hombro y lo agita suavemente, mirándolo con afecto y admiración…

Verdadera admiración por tanta simplicidad…

Y dice:

–      ¿Y te parece poco, Simón Pedro?

Tienes todo lo que se necesita para ser mi “piedra”. Nada hay que poner, nada hay que quitar. Serás el nauta eterno, Simón.

Y, a quien venga después de tí, le dirás: “Atención a la Polar: Jesús. Mano firme al timón; fuerza, coraje, constancia, atención, trabajar duramente sin reservas, estar atento a todo.

Y saber mantenerse erguido en medio de olas agitadas…”. Respecto al silencio… ¡Venga, hombre, que los peces eso no te lo han enseñado!

–     Pero para lo que debería saber decir soy más mudo que los peces.

¿Las otras palabras?… También las gallinas saben ser charlatanas como yo… Pero, dime, Maestro mío, ¿Me vas a dar un hijo también a mí? Somos ancianos…

Pero Tú dijiste que el Bautista nació de una anciana…

Y ahora has dicho: “Y a quien venga después de tí le dirás…”. Y ¿Quién viene después de un hombre, sino el que por él ha sido engendrado?…

Pedro tiene un rostro de súplica y de esperanza. 

Jesús nueve la cabeza negando:

–     No, Pedro. Y no te apenes por ello.

Recuerdas exactamente a tu lago cuando una nube oculta el sol: de ameno, pasa a estar triste.

No, Pedro mío; no uno, sino mil, diez mil hijos tendrás. Y en todas las naciones… ¿No te acuerdas cuando te dije: “Serás pescador de hombres’?

–     ¡Oh… sí… pero… la idea de un hijo que me llamara “padre” era algo tan agradable! …

–     Tendrás tantos, que no los podrás ni contar y les darás la Vida Eterna.

Y los encontrarás en el Cielo y me los traerás diciendo: “Son los hijos de tu Pedro y quiero que estén donde yo estoy”

Y Yo te diré: “Sí, Pedro; sea como tu quieres, porque tú todo has hecho por mí y Yo todo hago por ti” 

Jesús se muestra dulcísimo al manifestar estas promesas.

Pedro traga saliva entre el llanto, por la esperanza que muere de una paternidad terrena y el llanto de un éxtasis que ya se anuncia.

–      ¡Oh, Señor! Pero para dar la vida eterna es necesario persuadir a las almas en orden al bien. Y… volvemos al mismo punto: yo no sé hablar.

–     Sabrás hablar, cuando sea la hora, mejor que Gamaliel.

–     Quiero creer…

Pero haz Tú el milagro, porque como tenga que llegar a ello por mí mismo…

Jesús ríe con su sonrisa serena y dice:

–   Ahora seré todo tuyo, acompáñame al pueblo.

Tengo una limosna secreta. Un anillo que quiero vender. ¿Sabes cómo lo obtuve? Me llegó una piedra a los pies, mientras oraba junto a ese peñasco.

En la piedra venía un pequeño envoltorio con un pedazo de pergamino. Dentro del envoltorio estaba el anillo. En el pergamino la palabra: ‘Caridad’

Pedro indaga:

–   ¿Me dejas verlo?

Jesús se lo entrega y Pedro dice:

–    ¡Oh! ¡Es muy hermoso!

De mujer. ¡Qué dedo tan pequeño! Cuanto oro. ¡Y es una esmeralda!…

–      Ahora tú vas a venderlo.

Yo no sé cómo hacer eso. El fondista compra oro. Lo sé. Te espero cerca del horno. Vé, Pedro.

–     Pero, ¿Y si no lo hago bien?

Yo y el oro… Yo no entiendo de joyería…

–    Piensa que es pan para el que sufre hambre y haz lo mejor que puedas. Hasta pronto.

Y Pedro se dirige hacia la derecha mientras Jesús más lentamente, se dirige hacia la izquierda hacia el pueblo, que aparece relativamente lejano detrás de un bosquecito que está más allá de la casa del capataz.