92 EL APÓSTOL TÍMIDO


92 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Agua Especiosa sin peregrinos…

Produce una extraña sensación verla así, sin signos de que alguien haya acampado o al menos, consumido su comida en la era o bajo el cobertizo.

Sólo limpieza y orden hoy, sin ninguna de esas señales que dejan los rastros en una fuerte confluencia de gente.

Los discípulos ocupan su tiempo en trabajos manuales:

Unos, trenzando mimbres para hacer nuevas trampas para los peces; otros, ocupados en pequeños trabajos de desmonte del terreno…

Y de canalización del agua de los tejados para que no se estanque en la era.

Jesús está en pie en un prado, echando migas de pan a los gorriones.

Hasta donde alcanza la vista, no hay ni un ser viviente, a pesar de que el día esté sereno. 

Andrés ha terminado una tarea encomendada y se dirige hacia Jesús.

Lo saluda:

–     Paz a ti, Maestro.

–     Y a ti, Andrés.

Ven aquí un poco conmigo. Tú puedes estar con los pajarillos. Eres como ellos.

¿Te das cuenta?: cuando ellos saben que quien se les acerca los quiere, pierden el miedo.

Mira lo confiados que son y seguros y alegres. Primero estaban casi junto a mis pies, ahora estás tú y están alerta…

Mira, mira… mira ese gorrión, es más audaz y se está acercando, ha comprendido que no hay ningún peligro. 

Y detrás de él vienen los otros. ¿Ves cómo comen?

¿No es igual que para nosotros, que somos hijos del Padre? Él nos sacia de su amor.

Y cuando estamos seguros de ser amados y de que nos ha invitado a su amistad, ¿Por qué tener miedo de Él y de nosotros?

Su amistad debe hacernos audaces incluso entre los hombres.

Cree esto: sólo el malhechor debe tener miedo de sus semejantes; no el justo, como tú eres.

Andrés se ha puesto colorado y no habla.

Jesús lo aacerca hacia sí y dice sonriendo:

–      Habría que uniros a ti y a Simón en un mismo néctar, diluiros y luego daros de nuevo forma.

Seríais perfectos. Con todo… si te dijera que, a pesar de ser tan distinto al principio, serás perfectamente igual a Pedro al final de tu misión, ¿Lo creerías?

–     Si Tú lo dices, es cierto.

Ni siquiera me pregunto cómo podrá ser, porque todo lo que Tú dices es verdad.

Me alegraré de ser como Simón, mi hermano, porque es un hombre justo y te hace feliz. ¡Simón vale!

Me siento muy contento de que sea una persona que vale. Valiente, fuerte. ¡Bueno, también los demás!…

–     ¿Y tú, no?

–     ¿Yo?… Tú eres el único que puede estar contento de mí…

–     Y darme cuenta de que trabajas silenciosamente y con más profundidad que los otros.

Porque en los Doce hay quien llama la atención en forma proporcionada a su trabajo, hay quien la llama mucho más de cuanto trabaja.

Y hay quien sólo trabaja, sin llamar la atención; un trabajo humilde, activo, ignorado… los otros pueden creer que éste no hace nada.

Mas Aquel que ve, sabe las cosas.

Existen estas diferencias porque aún no sois perfectos y existirán siempre entre los futuros discípulos, entre aquellos que vengan después de vosotros.

Hasta el momento en que el ángel proclame con voz de trueno: “El tiempo ha terminado”.

Siempre habrá ministros del Cristo en que estarán nivelados lo que hacen y la atracción hacia ellos de las miradas del mundo: los maestros.

Y existirán por desgracia, aquellos que serán sólo rumor y gesto externos, sólo externos, los falsos pastores de poses histriónicas…

¿Sacerdotes? NO. Mimos, nada más. No es el gesto el que hace al sacerdote, y tampoco el hábito.

No hacen al sacerdote ni su cultura terrena, ni las relaciones influyentes de este mundo; es su alma. Un alma tan grande que anule la carne.

Todo espíritu mi sacerdote… así le sueño, así serán mis santos sacerdotes.

El espíritu no tiene voz, ni pose de trágico; es inconsistente porque es espiritual y por tanto, no puede llevar peplos o máscaras.

Es lo que es: espíritu, llama, luz, amor; habla a los espíritus, habla con la castidad de las miradas, de los hechos, de las palabras, de las obras.

El hombre mira, y ve a un semejante suyo. Pero, más allá de la carne y por encima de ella, ¿Qué ve?:

Algo que le hace detenerse en su caminar apresurado, meditar y concluir: “Este hombre, semejante a mí, tiene de hombre sólo el aspecto; el alma es de ángel”.

Y, si se trata de un incrédulo, concluirá: “Por él creo que hay un Dios y un Cielo” y si es lujurioso, dice: “Éste, igual a mí, tiene ojos de Cielo; freno mi sentido para no profanarlos”.

Si se trata de un avaro, decidirá: “Por el ejemplo de éste, que no tiene apego a las riquezas, yo ceso de ser avaro”

Si es un iracundo, una persona violenta, en presencia del manso se vuelve un ser más sereno. Todo esto puede hacer un sacerdote santo.

Y créelo, siempre existirán, entre los sacerdotes santos, los que sepan incluso morir por amor a Dios y al prójimo.

Y hacerlo tan silenciosamente, después de haber ejercitado la perfección durante toda la vida también silenciosamente, que el mundo ni siquiera se dé cuenta de ellos.

Pero, si el mundo no acaba siendo enteramente un lupanar y un lugar de idolatría; será por éstos, los héroes del silencio y de la laboriosidad fiel.

Y tendrán tu sonrisa, pura y tímida.

Porque siempre habrá Andreses… ¡Por gracia de Dios por suerte para el mundo, los habrá.

Andrés está ruborizado y asombrado.

Y balbucea:

–     Yo no creía merecer estas palabras…

No había hecho nada para suscitarlas…

–     Me has ayudado a llevar hacia Dios a un corazón.

Y es el segundo que conduces hacia la Luz».

–     ¿Por qué ha hablado! ¡Me había prometido…!

–     Nadie ha hablado.

Pero Yo sé las cosas. Cuando los compañeros duermen cansados; tres son los que están en vela en Agua Especiosa:

El apóstol de silencioso y activo amor hacia los hermanos pecadores.

La criatura a la que su alma aguijonea hacia la salvación… Y el Salvador que ora y vela, que espera y tiene esperanza…

Mi esperanza es ésta: que un alma encuentre su salud… Gracias, Andrés. Sigue así. Bendito seas por ello.

–     ¡Maestro!…

Pero no digas nada a los otros… A solas, hablándole a una leprosa en una playa desierta, hablándole aquí a una mujer cuyo rostro no veo, algo sé hacer.

Pero, si los otros lo saben, especialmente Simón y quiere venir… yo ya no sé hacer nada…

No vengas ni siquiera Tú… porque me avergüenzo de hablar delante de Tí.

–     No iré contigo.

Jesús no irá, pero el Espíritu de Dios ha ido siempre contigo. Vamos a casa. Nos están llamando para la comida.

Y todo cesa entre Jesús y el manso discípulo.

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