97 LA FIESTA DE LAS ENCENIAS


97 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

La ya de por sí espléndida casa de Lázaro, esta noche está maravillosa.

Parece arder por el número de lámparas encendidas y la luz se derrama hacia fuera en este comienzo de la noche, rebosando desde las salas al atrio y desde éste al pórtico.

Para alargarse vistiendo de oro los guijarrosos senderos, el césped y las matas de cuadros del jardín, luchando, venciendo en los primeros metros, con el fulgor de la luna con su esplendor,

mientras que más lejos todo toma aspecto angélico por el vestido de pura plata que la luna extiende sobre las cosas.

También el silencio que envuelve al magnífico jardín, en que se escucha sólo el arpegio del chorro de agua cayendo en el estanque de los peces, parece aumentar la recogida y paradisíaca paz de la noche lunar.

Mientras junto a la casa voces alegres y numerosas y un festivo rumor de correr muebles y de sacar la vajilla a las mesas, recuerda que el hombre es hombre y no todavía espíritu.

Marta se mueve ágilmente con su amplio vestido espléndido y pudoroso de un color violeta rojo; parece una flor, una hermosa campanilla; o una mariposa en vivaz movimiento chocándose contra las paredes purpúreas del atrio…

O contra las paredes de diminutas representaciones, parecen una alfombra de la sala del banquete.

Jesús sin embargo, pasea solo y absorto junto al estanque de los peces.

Y parece como si alternadamente quedara subsumido en la oscura sombra proyectada por un alto laurel, un verdadero árbol gigante.

O en la fosfórica luz lunar que cada vez se hace más clara.

Tan viva, que el surtidor del estanque parece un penacho de plata que luego se fragmenta en lascas de brillantes que van a caer para perderse en ella, en la lámina quieta, pura plata, del pilón.

Jesús mira y escucha las palabras del agua en la noche.

Estas llegan a tener un sonido tan musical, que despiertan a un ruiseñor que en el tupido laurel, responde al arpegio lento de las gotas con un agudo de flauta…

Y luego se para, como para tomar la nota y seguir el acorde del agua y finalmente comienza, como rey del canto que es, su perfecto, variado, suave himno de alegría.

Jesús ya ni siquiera camina, para no turbar con el rumor de los pasos la serena alegría del ruiseñor y con la cabeza inclinada, sonríe deleitándose con su canto. 

Cuando el ruiseñor, después de una nota purísima, sostenida y modulada en tono ascendente, que parece imposible que surja de una garganta tan pequeña, interrumpe su canto.

Jesús exclama:

–      ¡Te bendigo, Padre santo, por esta perfección y por el gozo que con ella me has proporcionado! 

Y continúa su paseo sumido en una profunda meditación…

Llega Simón diciendo:

–    Maestro.

Lázaro te ruega que vengas. Todo está listo.

Jesús contesta:

–     Vamos.

Y que así desaparezca la última duda que puedan tener, de que no les ame por causa de María.

–    ¡Qué llanto Maestro!

Sólo un milagro secreto tuyo, ha podido curar ese dolor. ¿Sabías que Lázaro estuvo a punto de huir, después de que ella regresó?

Ella salió de la casa diciendo que dejaba los sepulcros por la alegría… y otras insolencias parecidas.

Lázaro estuvo a punto de ir a alcanzarla para darle una buena tunda para que guardase silencio respecto a Ti.

Martha y yo lo contuvimos.

–    Habría podido hacer un milagro inmediato en ella.

Pero Yo no quiero una resurrección forzada de los corazones. Doblegaré a la Muerte y me devolverá sus presas; porque soy el Señor de la Muerte y de la Vida.

Pero los espíritus tienen esencias inmortales que los hacen capaces de resucitar por voluntad propia y no los fuerzo a resucitar.

Hago la primera invitación y doy la primera ayuda. Hago como quién abre un féretro donde está uno que fue enterrado vivo y que morirá si sigue encerrado en esas tinieblas asfixiantes.

Dejo que entre aire y luz y luego espero…

Si el espíritu tiene deseos de salir, saldrá. Si no quiere, busca más las tinieblas y se hunde más. ¡Pero si sale!… ¡Oh, si sale!

En verdad te digo que nadie será más grande que el espíritu resucitado.

Tan solo la inocencia absoluta es mayor, que este muerto que vuelve a vivir; porque ha amado y por la alegría que siente de Dios…

Observa el cielo, Simón. ¿Ves que tiene estrellas y planetas, más o menos grandes?

Todos poseen vida y esplendor por Dios, que los ha hecho y por el sol que los ilumina, mas no todos son luminosos y grandes en igual medida.

Así será también en mi Cielo: todos los redimidos tendrán vida por Mí y esplendor por mi luz, mas no todos serán luminosos y grandes en igual medida.

Unos serán simple polvo de astros, como el que hace láctea a Galatea: serán aquellos, innumerables, que habrán aspirado sólo ese mínimo indispensable para no ser réprobos.

Y sólo por la infinita misericordia de Dios, después de un largo Purgatorio, irán al Cielo.

Otros serán más fúlgidos y estarán más formados: los justos que hayan unido su voluntad a la del Cristo, y hayan prestado obediencia, para no condenarse, a mis palabras.  

Luego, estarán los planetas, las buenas voluntades, ¡oh…, luminosísimos!: son los enamorados hasta la muerte por el amor, los penitentes por amor, los que obran por amor, los inmaculados por amor;

su luz es de puro diamante o de resplandor de gemas de distintos colores rojo-rubí o violeta-amatista o amarillo-topacio o cándido-perla.

Y habrá algunos entre estos planetas – y serán mis glorias de Redentor – que tendrán en sí destellos de rubí y de amatista y de topacio y de perla, porque serán todo por amor.

Heroicos hasta llegar a perdonarse el no haber sabido amar antes, penitentes hasta saturarse de expiación como Ester antes de presentarse a Asuero se saturó de perfumes,

incansables para hacer en poco tiempo, en el poco tiempo que les queda, cuanto no hicieron durante los años que perdieron en el pecado,

puros hasta la heroicidad para olvidarse – no sólo en el alma y en el pensamiento, sino también en las propias entrañas – de que existe el sentido.

Serán aquellos que atraerán hacia sí, por su multiforme resplandor, los ojos de los creyentes, de los puros, de los penitentes, de los mártires, de los héroes, de los ascetas, de los pecadores.

Y para cada una de estas categorías, su resplandor será palabra, respuesta, llamada, garantía…

Pero, vamos, que nosotros estarnos aquí hablando y allí nos esperan.

–      Es que cuando Tú hablas uno se olvida de que vive.

¿Puedo decir todo esto a Lázaro? Me parece ver en ello una promesa…

–      Lo debes decir.

La palabra del amigo puede posarse sobre su herida y no se ruborizarán de haberse puesto colorados en mi Presencia…

–      Te hemos hecho esperar, Marta; es que estaba hablando con Simón de estrellas y nos hemos olvidado de estas luces.

Tu casa es verdaderamente un firmamento esta noche…

–     Las hemos encendido no sólo para nosotros y la servidumbre, sino también para ti y para los huéspedes, tus amigos.

Gracias por haber venido para la última noche. Ahora la fiesta es realmente la Purificación… –

Marta querría continuar hablando, pero siente que le sube el llanto y calla.

Jesús entra saludando:

–      Paz a todos vosotros.

 Avanza por el atrio resplandeciente de decenas de luces de plata, todas encendidas, colocadas por todas partes.

Lázaro, sonriente, se dirige hacia Jesús:

–      Paz y bendición a ti, Maestro, y muchos años de santa felicidad.

Se besan.

–      Me han dicho ciertos amigos nuestros que Tú naciste mientras Belén ardía por una lejana fiesta de las Luminarias.

Ellos y nosotros estamos jubilosos de tenerte en esta noche tan especial. ¿No preguntas quiénes son?

–     No tengo más amigos que los discípulos y mis amados de Betania, aparte de los pastores.

Por tanto son ellos. ¿Han venido?

Los cinco pastores se postran adorándolo con la misma veneración, que si lo estuvieran haciendo en el Lugar Santo, donde los sacerdotes adoran al Santo de los santos.

Elías, Leví, José y Jonatás, continúan con el rostro en el piso de mármol, de la rica sala blanca en la casa de Lázaro.

Solamente Isacc se levanta sobre sus rodillas, con las manos cruzadas sobre el pecho y en el rostro, una expresión de absoluto éxtasis…

Y contesta por todos:

–     Para adorarte, Mesías nuestro.

Lo supimos por Jonathán y aquí estamos, con nuestros rebaños, que ahora están en los establos de Lázaro.

Y con nuestros corazones, ahora y siempre a tus pies santos.

Isaac ha hablado por Elías, Leví, José y Jonathán, que están postrados a los pies de Jesús:

Jonatán con su lujoso vestido del intendente estimado por su señor.

Isaac con el suyo de incansable peregrino, de gruesa lana marrón oscura, impermeable al agua.

Leví, José, Elías, con las vestiduras que Lázaro les ha dado, frescas, limpias, para poder tomar asiento en las mesas, sin tener que llevar el pobre indumento, roto y con olor a aprisco, de los pastores.

–      ¿Por este motivo me habéis mandado al jardín?

¡Dios os bendiga a todos! Sólo falta mi Madre para completar mi felicidad. levantáos, levantáos.

Es la primera Navidad que celebro sin mi Madre. Pero vuestra presencia me alivia la tristeza, la nostalgia de su beso.

Entran todos en la sala blanca donde estan las mesas preparadas. 

Aquí la mayoría de las lámparas son de oro. El metal aumenta su brillo por la luz de la llama, la llama parece más resplandeciente por el reflejo de tanto oro.

La mesa está dispuesta en forma de U para que quepa tanta gente como hay y poderla servir sin dificultar las operaciones de los trinchadores y de los criados.

Además de Lázaro están los apóstoles, los pastores y Maximino, el anciano servidor de Simón.

Marta cuida de la disposición de los puestos. Querría permanecer en pie, pero Jesús se impone:

–      Hoy no eres la hospedadora, eres la hermana.

Y te vas a sentar como si fueras de mi misma sangre. Somos una familia.

Cesen las reglas para dar paso al amor. Aquí a mi lado y junto a ti, Juan. Yo con Lázaro. Dadme una lámpara. Entre mí y Marta vele una luz…

Una llama, por las ausentes que a pesar de todo están presentes: por las amadas, esperadas, por las mujeres amadas y lejanas. Todas.

La llama tiene palabras de luz.

El amor tiene palabras de llama, y estas palabras van lejos, siguiendo la onda incorpórea de los espíritus que se encuentran siempre,

más allá de los montes y de los mares, llevando besos y bendiciones…  Llevando todo. ¿No es, acaso, verdad?

Ella deposita la lámpara en el lugar donde Jesús desea, en un puesto que quedará vacío y habiendo comprendido, se inclina a besarle la mano.

La que luego, bendecidora y reconfortante, Jesús pone sobre la cabeza morena de Marta.

Comienza la cena.

Al principio un poco confusos, los tres pastores, Isaac se siente ya más seguro y Jonathán no da signos de sentirse incómodo, van tomando cada vez más confianza a medida que la cena se desarrolla.

Y después de un tiempo de silencio, comienzan a hablar:

¿De qué podría ser, sino de su recuerdo?

Leví dice:

–      Hacía poco que nos habíamos recogido. Tenía tanto frío, que me resguardé entre las ovejas, llorando por la nostalgia de mi madre…

Isaac recuerda:

–     Yo, sin embargo, pensaba en la joven Madre que había visto poco antes, y me decía a mí mismo: “¿Habrá encontrado lugar?”.  

Elías añade:

–     ¡Si hubiera sabido que estaba en un establo, la habría traído al aprisco!… Pero, era tan delicada, una azucena de nuestros valles; que me pareció una ofensa el decirle: “Ven con nosotros”.

Jonathán agrega:

–     Yo pensaba en Ella…

Y sentía más vivamente el frío, pensando en cuánto le debía hacer sufrir. ¿Te acuerdas qué luz aquella noche? ¿Y te acuerdas de tu miedo?

Leví contesta:

–     Sí… pero luego… el ángel… ¡Oh!… 

Leví, un poco absorto como en estado de ensoñación, sonríe al recordarlo.

Pedro los interrumpe:

–     ¡Un momento! ¡Escuchadme, amigos!

Nosotros sabemos poco y lo sabemos mal. Hemos oído hablar de ángeles, de pesebres, de rebaños, de Belén… Y sabemos que Él es galileo y carpintero…

¡No es justo que estemos en la ignorancia! Yo le he preguntado al Maestro en Agua Especiosa… pero luego se habló de otras cosas.

Éste, que sabe, no me ha dicho nada… Sí, hablo contigo, Juan de Zebedeo.

¡Vaya forma de respeto hacia el anciano! Te lo tienes todo para ti y me dejas que vaya adelante como un tarugo de discípulo.

¿Es que ya por mí mismo no soy suficiente tarugo?

Se echan a reír por el gesto bueno de indignación de Pedro. Pero él se vuelve hacia su Maestro,

y dice:

–      Se ríen, pero tengo razón.

Luego se vuelve a Bartolomé, Felipe, Mateo, Tomás, Santiago y Andrés:

–     ¡Venga, decidlo también vosotros, protestad conmigo!

¿Por qué no sabemos nada nosotros?

–     ¿Dónde estabais cuando murió Jonás? ¿Dónde estabais en los altos del Líbano?

–     Tienes razón. Pero, por lo que se refiere a Jonás, yo al menos, creí que se tratase del delirio de un moribundo.

Y en los altos del Líbano… estaba cansado y con sueño. Perdóname, Maestro, pero es la verdad.

Jesús responde:

–     ¡Y será la verdad de muchos!

El mundo de los evangelizados frecuentemente responderá, al Juez Eterno, para disculparse de su ignorancia a pesar de la enseñanza de mis apóstoles, eso mismo que tú dices: “Creí que se trataba de un delirio… Estaba cansado y tenía sueño”.  

Y frecuentemente, no admitirá la verdad porque la confundirá con un delirio y no se acordará de la verdad porque estará cansado y tendrá sueño por demasiadas cosas inútiles, caducas e incluso pecaminosas.

Una sola cosa es necesaria: conocer a Dios.

–     Bien, después de decirnos lo que nos corresponde, cuéntanos cómo sucedieron los hechos…

Cuéntaselo a tu Pedro. Yo después hablaré de ello a la gente. Si no… ya te lo he dicho, ¿Qué puedo decir?

El pasado no lo conozco; las profecías y el Libro… no los sé explicar; el futuro… ¡Oh, pobre de mí! Y entonces ¿Qué anuncio?

Bartolomé agrega:

–     Sí, Maestro, que lo sepamos también nosotros…

Sabemos que eres el Mesías y esto lo creemos, pero al menos por lo que a mí respecta, me ha costado trabajo admitir que de Nazaret pudiera provenir algo bueno…

¿Por qué no me has dado a conocer, ya desde el principio, tu pasado? 

–     Para probar tu fe y la luminosidad de tu espíritu.

Pero ahora sí os voy a hablar; es más, os vamos a hablar de mi pasado.

Yo diré lo que incluso los pastores no saben y ellos dirán lo que vieron. Conoceréis así el alba de Cristo. Oíd…

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