Archivos diarios: 24/11/20

103 UN CORAZÓN HERIDO


103 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Señalando al hombre que camina detrás…

Pedro pregunta:

–      Señor, ¿Qué vamos a hacer con éste?

Es José y los sigue desde que han dejado Emaús.

Va conversando con los dos hijos de Alfeo y Simón, que se ocupan de él de modo particular.

Jesús responde: 

–    Ya lo he dicho: viene con nosotros hasta Galilea.

–    ¿Y luego?…

–     Luego… se quedará con nosotros; ya verás…

–     ¿También él discípulo? ¿Con ese pasado?

–      ¿También tú fariseo?

–      ¡No! Pero…

Lo que me parece es que los fariseos nos vigilan demasiado…

–     Y si lo ven con nosotros nos crearán dificultades.

Es lo que quieres decir, ¿No?

¿Y entonces, por temor a que nos molesten, tendríamos que dejar a un hijo de Abraham a merced de su desolación?

No, Simón Pedro; es un alma que puede perderse o salvarse según el tratamiento que se dé a su profunda herida.

–     ¿Pero, ¿No somos nosotros ya tus discípulos?…

Jesús mira a Pedro y sonríe con gentileza.

 Luego responde:

–     Te dije un día, hace muchos meses: “Vendrán otros muchos discípulos”.

E1 campo de acción es vastísimo; los obreros, debido a esta vastedad, serán siempre insuficientes…

Y también, porque muchos acabarán como Jonás: perdiendo su vida en el duro trabajo.

Pero vosotros seréis siempre mis predilectos.

Termina Jesús, arrimando a sí a este Pedro apurado, que con la promesa se ha tranquilizado.

–      Entonces viene con nosotros, ¿No?

–     Sí. Hasta que su corazón recobre la salud.

Está envenenado de tanta animadversión como ha tenido que tragar. Está intoxicado.

Santiago, Juan y Andrés alcanzan al Maestro y se ponen también a escuchar.

–     No podéis evaluar el inmenso mal que un hombre puede hacer a su congénere con una actitud de hostil intransigencia.

Os ruego que recordéis que vuestro Maestro fue siempre muy benigno con los enfermos espirituales.

Sé que opináis que mis mayores milagros y principal virtud se manifiestan en las curaciones de los cuerpos.

No, amigos… Acercaos también los que vais delante y los rezagados; el camino es ancho y podemos andar en grupo.

Todos se arriman a Jesús, que prosigue:

–     Mis principales obras, las que más testifican mi Naturaleza y mi Misión, las en que recae dichosa, la mirada de mi Padre,

son las curaciones de los corazones, tanto cuando son sanadoras de uno o varios vicios capitales;

como cuando eliminan la desolación que abate el ánimo, persuadido de estar bajo sanción divina y abandonado de Dios.

¿Qué es un alma, si pierde la seguridad de la ayuda de Dios?

Es como una delgada correhuela: no pudiendo seguir aferrada a la idea que constituía su fuerza y dicha, se arrastra por el polvo.

Vivir sin esperanza es horroroso. La vida es bonita, dentro de sus asperezas, sólo si recibe esta onda de Sol divino.

El fin de la vida es ese Sol. ¿Es lóbrego el día humano?, ¿Está empapado de llanto y signado con sangre? Sí. Pero saldrá el Sol.

Se acabarán, entonces, dolor y separaciones, asperezas y odios, miserias y soledades de momentos angustiosos, de momentos de ofuscación.

Luminosidad, entonces, canto y serenidad, paz y Dios.

Dios, que es el Sol eterno. Fijaos qué triste está la Tierra cuando hay eclipse. Si el hombre dijese para sí: “El Sol ha muerto”,

¿No le parecería acaso, vivir para siempre en un oscuro hipogeo, como emparedado, enterrado, difunto antes de haber muerto?

¡Ah…, pero el hombre sabe que más allá de ese astro que oculta al Sol, que hace fúnebre al mundo, sigue estando el radiante Sol de Dios!

Así es el pensamiento de la unión con Dios durante una vida. ¿Hieren los hombres?, ¿Despojan a otros de sus bienes? ¿Calumnian?

5. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.

Sí. Pero Dios medica, reintegra, justifica… ¡Y con medida colmada! ¿Dicen los hombres que Dios te ha rechazado?

Bueno, ¿Y qué?; el alma que se siente segura piensa, debe pensar: “Dios es justo y bueno, ve las causas de las cosas y es más benigno.

Más que el mejor de los hombres, infinitamente benigno; por tanto, no me rechazará si apoyo mi rostro lloroso sobre su pecho y le digo:

“Padre, sólo Tú me quedas; tu hijo está desconsolado y abatido; dame tu paz…”.

Ahora Yo, el Enviado, el enviado por Dios, recojo a aquellos a quienes el hombre ha confundido, o han sido arrastrados por Satanás, y los salvo.

Ésta es mi obra, ésta es verdaderamente mía. El milagro obrado en los cuerpos es potencia divina,

la redención de los espíritus es la obra de Jesucristo, el Salvador y Redentor.

Pienso, y no yerro, que estos que han encontrado en Mí su rehabilitación ante los ojos de Dios y los propios, serán mis discípulos fieles,

los que podrán arrastrar con mayor fuerza a las turbas hacia Dios, diciendo: “¿Vosotros pecadores? Yo también. ¿Vosotros descorazonados? Yo también.

¿Vosotros desesperados? También yo. Ved cómo a pesar de todo, el Mesías ha tenido piedad de mi miseria espiritual y me ha querido sacerdote suyo;

porque El es la Misericordia y quiere que se persuada de ello el mundo (y nadie es más capaz de persuadir que quien tiene propia experiencia)”.

Yo, ahora, a éstos los uno a mis amigos y a los que me adoraron desde el momento de mi Nacimiento, es decir, a vosotros y a los pastores;

los uno en particular, a los pastores, a los curados, a aquellos que, sin especial elección como la de vosotros doce,

han entrado en mi camino y habrán de seguirlo hasta la muerte.

En Arimatea está Isaac. Me ha pedido esto José, amigo nuestro.

Tomaré conmigo a Isaac para que se una a Timoneo, cuando llegue.

Si prestas fe a que en Mí hay paz y razón de toda una vida, podrás unirte a ellos; serán para ti buenos hermanos».

José Emmaús exclama:

–     ¡Oh, Consolación mía!

Es exactamente como Tú dices. Mis grandes heridas, tanto de hombre como de creyente, se van curando cada hora que pasa.

Hace tres días que estoy contigo y ya me parece como si eso que, hace sólo tres días, era mi tormento, fuera un sueño que se va desvaneciendo.

Lo hice, sí; pero, ante tu realidad, cuanto más va pasando el tiempo, más va perdiendo sus extremos cortantes.

Estas noches he pensado mucho.

En Joppe tengo un pariente que es bueno, aunque haya sido causa involuntaria de mi mal, pues por él conocí a aquella mujer.

Que esto te diga si podíamos saber de quién era hija…

¿De la primera mujer de mi padre? Sí, lo habrá sido; pero no de mi padre; llevaba otro nombre y venía de lejos.

Conoció a mi pariente por unas transacciones de mercancías. Yo la conocí así.

Mi pariente ambiciona mis negocios. Y se los voy a ofrecer, porque sin dueño se perderían.

Los adquirirá. Incluso por no sentir todo el remordimiento de haber sido causa de mi mal… Así podré bastarme y seguirte tranquilo.

Sólo te pido que me concedas la compañía de este Isaac que nombras; tengo miedo de estar solo con mis pensamientos: son demasiado tristes todavía…

–    Te daré su compañía.

Tiene buen corazón. El dolor lo ha perfeccionado. Ha llevado su cruz durante treinta años. Sabe lo que es el sufrimiento…

Nosotros, entretanto, continuaremos. Nos alcanzaréis en Nazaret.  

Simón pregunta:

–     ¿No nos vamos a detener en casa de José? 

Jesús responde: 

–     José está probablemente en Jerusalén…

El Sanedrín tiene mucho que hacer. De todas formas lo sabremos por Isaac.

Si está, le llevaremos nuestra paz; si no, nos quedaremos sólo a descansar una noche.

Tengo prisa de llegar a Galilea.

Allí hay una Madre que sufre, porque tenéis que pensar que hay a quien le apremia causarle dolor y quiero confortarla.

102 EL CORDERO DE DIOS


102 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Juan y su hermano llaman a una casa, en el poblado de Emaús. Cuando les abren, avisan que el Maestro está por llegar. 

Luego salen a la entrada del pueblo y llegan hasta donde están Jesús y los otros, detenidos en un lugar apartado.

Juan dice:

–      Está, Maestro.

Y está contentísimo de que verdaderamente hayas venido.

Nos ha dicho: “Id a decirle que mi casa es suya. Ahora voy yo también”.

Jesús responde:

–      Vamos entonces.

Caminan durante un tiempo y se encuentran con el anciano jefe de la sinagoga, Cleofás a quién conociera en Agua Especiosa.

Se saludan mutuamente con una inclinación de cabeza; no obstante después el anciano, que parece un patriarca, se arrodilla con un devoto saludo.

Algunos habitantes del lugar al ver esto, se acercan curiosos.

El anciano se levanta y dice:

–     He aquí al Mesías prometido.

Recordad este día, habitantes de Emaús.

Unos observan con una curiosidad enteramente humana, otros ya expresan en sus miradas una religiosa reverencia.

Dos de ellos se abren paso y dicen:

–     Paz a ti, Rabí.

–      Estábamos presentes nosotros también aquel día.

–     Paz a vosotros, y a todos.

He venido, como me había pedido vuestro jefe de la sinagoga.

–     ¿Vas a hacer milagros aquí también?

–     Si hay hijos de Dios que crean y tengan necesidad de ello, ciertamente lo haré.

El jefe de la sinagoga dice:

–     Quienes deseen oír al Maestro que vengan a la sinagoga.

Igualmente el que tenga enfermos. ¿Puedo decir esto, Maestro?

–     Puedes.

Después de la hora sexta estaré a vuestra entera disposición. Ahora soy del buen Cleofás.

Y, seguido de un séquito de gente, prosigue al lado del anciano hasta su casa. 

Cleeofás presenta a su familia:

–     Éste es mi hijo, Maestro; y ésta, mi mujer…

Y la mujer de mi hijo y los niños pequeños. Siento mucho el que mi otro hijo esté con el suegro de mi hijo Cleofás en Jerusalén, junto con un infeliz de aquí…

 Ya te contaré. Entra, Señor, con tus discípulos.

Entran y reciben las atenciones que son habituales, para reponer fuerzas, en el uso hebreo.

Luego se acercan al fuego, que arde en una amplia chimenea, porque el día está húmedo y frío. 

Cleofás dice:

–     Dentro de poco nos sentaremos a la mesa.

He invitado a los notables del lugar. Hoy celebraremos una gran fiesta. No todos creen en ti, pero tampoco son enemigos; solamente indagadores.

Quisieran creer, pero hemos sufrido demasiadas veces desilusiones sobre el Mesías en estos últimos tiempos. Hay desconfianza.

Sería suficiente una palabra del Templo para eliminar cualquier tipo de duda, pero el Templo…

Yo he pensado que viéndote a ti y oyéndote, así, simplemente, se podría hacer mucho en este sentido.

Yo quisiera proporcionarte verdaderos amigos.

Jesús responde:

–     Tú eres ya uno de ellos.

–     Yo soy un pobre anciano.

Si fuera más joven, te seguiría; pero los años pesan.

–     Me estás sirviendo ya con tu creer.

Me estás predicando ya con tu fe. Estate tranquilo, Cleofás. No me olvidaré de tí en la hora de la Redención. 

El hijo del jefe de la sinagoga avisa:

–     Aquí llegan Simón y Hermas.

Entran dos personas de media edad, de noble aspecto.

Y se ponen todos en pie.

–     Éste es Simón y éste Hermas, Maestro.

Son verdaderos israelitas, de corazón sincero.

–     Dios se manifestará a sus corazones.

Entretanto, descienda la paz sobre ellos. Sin paz no se oye a Dios.

–     Está escrito también en el libro de los Reyes hablando de Elías.

Simón pregunta:

–     ¿Son tus discípulos éstos? 

–     Sí.

–     Los hay de las más diversas edades y lugares.

¿Y Tú? ¿Eres galileo?

–     De Nazaret, pero nacido en Belén en tiempos del censo.

–     Betlemita entonces.

Ello confirma tu figura.

–     Benigna confirmación… para la debilidad humana; mas la confirmación se halla en lo sobrehumano.

Hermas dice:

–     En tus obras, quieres decir, ¿No? 

–     En ellas y en las palabras que el Espíritu enciende en mis labios.

–     El que te oyó me las repitió.

Verdaderamente grande es tu sabiduría. ¿Tienes intención de fundar con ella tu Reino?

–    Un rey debe tener súbditos que estén en conocimiento de las leyes de su reino.

–    ¡Pero tus leyes, son todas espirituales!

–     Tú lo has dicho, Hermas.

Todas espirituales. Yo tendré un reino espiritual. Mi código, por tanto, es espiritual.

–     ¿Y la reconstitución de Israel, entonces?

–     No caigáis en el error común de tomar el nombre “Israel” en su significado humano.

Se dice “Israel” para decir “Pueblo de Dios”. Yo constituiré de nuevo la libertad y la verdadera potencia de este pueblo de Dios.

Y a él mismo, restituyendo al Cielo las almas, redimidas y conocedoras de las eternas verdades.

Cleofás invita:

–      Sentémonos a las mesas. Os lo ruego… 

Y toma asiento junto a Jesús, en el centro.

A la derecha de Jesús está Hermas, al lado de Cleofás está Simón, luego el hijo del arquisinagogo y en los otros sitios, los discípulos.

Jesús, a petición del huésped, realiza el ofrecimiento y la bendición.

Y empieza la comida.

Hermas pregunta:

–     ¿Vienes aquí, a esta zona, Maestro? 

–     No. Voy a Galilea. Aquí estoy de paso.

–     ¿Cómo? ¿Dejas Agua Especiosa?

–     Sí, Cleofás.

–     Pues iban las turbas incluso en invierno.

¿Por qué les quitas esta ilusión?

–     No soy Yo. Así lo quieren los puros de Israel.

–     ¡¿Qué?!

¿Por qué? ¿Qué mal hacías? Palestina tiene muchos rabíes que hablan donde quieren. ¿Por qué no se te concede a Tí?

–     No indagues, Cleofás.

Eres anciano y sabio. No metas en tu corazón veneno de amargo conocimiento.

Hermas pregunta:

–      ¿Quizás es que manifestabas doctrinas nuevas?

¿Consideradas peligrosas  evidentemente por error de valuación, por los escribas y fariseos?

Cuanto de Tí sabemos no nos parece… ¿Verdad, Simón? Pero quizás es que nosotros no sabemos todo.

¿En qué consiste para Tí la Doctrina? 

Jesús responde:

–      En el conocimiento exacto del Decálogo, en el amor y en la misericordia.

El amor y la misericordia, esta respiración y esta sangre de Dios, son la norma de mi conducta y de mi doctrina.

Y Yo los aplico en todos los aprietos de cada uno de mis días.

–     ¡Pues esto no es ninguna culpa! Es bondad.

–     Los escribas y fariseos la juzgan como culpa.

Mas Yo no puedo mentir a mi misión, ni desobedecer a Dios, que me ha enviado como “Misericordia” a la Tierra.

Ha llegado el tiempo de la Misericordia plena, después de siglos de Justicia.

Ésta es hermana de la primera; como dos que han nacido de un solo seno. Pero, mientras que antes era más fuerte la Justicia,

y la otra se limitaba sólo a atenuar el rigor, porque Dios no puede prohibirse el amar.

Ahora la Misericordia es reina ¡Y cuánto se regocija por ello la Justicia, que tanto se afligía por tener que castigar!

Si os fijáis bien, veréis fácilmente que ambas siempre existieron desde que el Hombre le obligó a Dios a ser severo.

El subsistir de la Humanidad no es sino la confirmación de cuanto estoy diciendo. Ya en el mismo castigo de Adán está incorporada la misericordia.

Podía haberlos reducido a cenizas en su pecado. Les dio la expiación.

Y en el horizonte de la mujer causa de todo mal, abatida por este ser causa del mal, hizo refulgir una figura de Mujer causa del bien.

Y a ambos les concedió los hijos y los conocimientos de la existencia.

Al asesino Caín, junto con la justicia le concedió el signo y era misericordia,  para que no lo mataran.

Y a la Humanidad corrompida le concedió a Noé para conservarla en el arca y luego prometió un pacto sempiterno de paz.

Ya no más el fiero Diluvio. Ya no más.

La Justicia fue sometida por la Misericordia. ¿Queréis recorrer conmigo la Historia sagrada para llegar hasta el momento mío?

Veréis siempre y cada vez más amplias, repetirse las ondas del amor. Ahora está colmo el mar de Dios y te eleva,

¡Oh, Humanidad! sobre sus aguas delicadas y serenas.

Te eleva al Cielo purificada, hermosa y te dice: “Te llevo de nuevo al Padre mío”.

Los tres han quedado abismados en el hechizo de tanta luz de amor.

Luego Cleofás suspira y dice:

–      Así es.

¡Pero sólo Tú eres así! ¿Qué será de José? ¡Deberían haberlo escuchado ya! ¿Lo habrán hecho?

Ninguno responde.

Cleofás se vuelve hacia Jesús y dice:

–      Maestro, uno de Emaús, cuyo padre había repudiado a su mujer,

la cual fue a establecerse a Antioquía con un hermano suyo, propietario de un emporio, ha incurrido en culpa grave.

Él no había conocido jamás a aquella mujer, repudiada, no quiero indagar las causas, tras pocos meses de matrimonio.

Nada había sabido de ella porque naturalmente, su nombre había quedado desterrado de esa casa.

Ya hecho un hombre, heredados de su padre actividad comercial y bienes pensó formar un hogar.

Y habiendo conocido en Joppe a una mujer, dueña de un rico emporio, la tomó por esposa.

Ahora no sé cómo se ha sabido, se ha sacado a la luz que esa mujer era hija de la mujer del padre de él.

Por tanto pecado grave, aunque para mí, es muy insegura la paternidad de la mujer.

José habiendo sido condenado, ha perdido al mismo tiempo su paz de fiel y su paz de marido.

Y a pesar de que con gran dolor hubiera repudiado a su mujer, quizás hermana suya la cual, por el sufrimiento cayó en estado febril y murió.

A pesar de ello, no lo perdonan.

En conciencia, yo digo que de no haber habido enemigos en torno a sus riquezas, no habrían procedido contra él de este modo.

  ¿Tú qué harías?

Jesús responde:

–     El caso es muy grave, Cleofás.

Cuando llegaste a mi encuentro, ¿Por qué no me hablaste de ello?

–     No quería alejarte de aquí.

–     ¡Pero si a Mí estas cosas no me alejan!

Ahora escucha. Materialmente hay incesto y por tanto, castigo.

bien, la culpa, para ser moralmente culpa, debe tener a la base la voluntad de pecar. ¿Este hombre ha cometido incesto a sabiendas? Tú dices que no.

Entonces, ¿Dónde está la culpa, quiero decir la culpa de haber querido pecar? Está aún la del contubernio con una del propio padre.

Pero tú dices que no era seguro que lo fuese. Y, aunque lo hubiera sido, la culpa cesa al cesar el contubernio.

El cese aquí es seguro, no sólo por el repudio, sino porque ha sobrevenido la muerte.

Por ello digo que ese hombre debería ser perdonado, incluso de su aparente pecado.

Y digo que, dado que no ha sido condenado el incesto regio, que continúa ante los ojos del mundo, debería mostrarse piedad hacia este doloroso caso,

cuyo origen se encuentra en la licencia de repudio que Moisés concedió, para evitar males, aunque no más graves, sí más numerosos.

Licencia que Yo condeno, porque el hombre, se haya casado bien o mal, debe vivir con el cónyuge y no repudiarlo.

Y favorecer adulterios o situaciones similares a ésta.

Además, repito, a la hora de ser severos, hay que serlo en igual medida con todos; es más, antes con uno mismo y con los grandes.

Ahora bien, que Yo sepa, ninguno, quitando al Bautista, ha alzado la voz contra el pecado regio.

¿Los que condenan están inmunes de culpas similares o peores? ¿O tal vez, estas culpas quedan cubiertas por el velo del nombre y del poder,

de la misma forma que el pomposo manto proporciona cobijo a su cuerpo, frecuentemente enfermo por el vicio?

–     Bien has hablado, Maestro.

Así es. Pero, en definitiva, ¿Tú quién eres?… – preguntan a una los dos amigos del sinagogo.

Jesús no puede responder porque se abre la puerta y entra Simón,, suegro de Cleofás hijo.

–     ¡Bienvenido de nuevo! ¿Entonces?…

La curiosidad es tan viva, que ninguno piensa ya en el Maestro.

Simón contesta:

–     Entonces… condena absoluta.

Ni siquiera han aceptado el ofrecimiento del sacrificio.  José ha quedado separado de Israel».

–    ¿Dónde está?

–    Ahí fuera. Y está llorando.

He tratado de hablar con los más influyentes. Me han arrojado de su presencia como si fuera un leproso. Ahora… pero…

Lo han hundido a ese hombre, en los bienes y en el alma. ¿Qué más puedo hacer?

Jesús se levanta y se dirige hacia la puerta, sin decir nada.

El anciano Cleofás piensa que se ha sentido ofendido por la falta de atención.

Y dice:

–     ¡Oh, perdona, Maestro!

Es que el dolor que me causa este hecho me turba la mente. ¡No te vayas! ¡Te lo ruego!

–     No me voy, Cleofás. Sólo voy donde ese desdichado.

Venid, si queréis, conmigo.

Jesús sale al vestíbulo.

La casa tiene una franja de terreno delante, unos cuadros pequeños de jardín, más allá de los cuales está el camino.

En el suelo, a la entrada, hay un hombre.

Jesús se le acerca con los brazos abiertos.

Detrás, todos los demás tratando de ver.

Jesús habla lleno de dulzura:

–     José, ¿Ninguno te ha perdonado? 

El hombre se estremece al oír esa voz nueva, llena de bondad, después de tantas voces de condena.

Levantael rostro y lo mira asombrado.

Jesús repite:

–     José, ¿Ninguno te ha perdonado?

Jesús se inclina para tomarle sus manos y levantarlo.

José, lleno de desdicha, pregunta:

–     ¿Quién eres? 

–     Soy la Misericordia y la Paz.

-.    Para mí ya no hay ni misericordia ni paz.

–     En el seno de Dios siempre hay misericordia y paz.

Es un seno colmado de estas cosas y especialmente para los hijos infelices.

–     Mi culpa es tal, que estoy separado de Dios.

Déjame, para no contaminarte, Tú, que ciertamente eres bueno.

–     No te dejo. Quiero llevarte a la paz.

–     Pero si yo soy un anatema. ¿Tú quién eres?

–     Te lo he dicho: Misericordia y Paz.

Soy el Salvador, soy Jesús. Levántate. Yo puedo lo que quiero. En nombre de Dios te absuelvo de la involuntaria contaminación.

El otro mal no existe. Yo soy el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo.

Todo juicio del Eterno ha quedado deferido a mí. Quien cree en mi Palabra tendrá la vida eterna… Ven, pobre hijo de Israel.

Repón las fuerzas de tu cuerpo cansado y fortalece el espíritu abatido. Culpas mucho mayores perdonaré.

¡NO! ¡De Mí no provendrá la desesperación de los corazones! Yo soy el Cordero sin mancha, pero no evito por miedo a contaminarme a las ovejas heridas.

Es más, las busco y las conduzco conmigo.

Demasiados, demasiados son los que se encaminan a la completa destrucción a causa de demasiada severidad, incluso injusta, de juicio.

¡Ay de aquellos que debido a un intransigente rigor conducen a un espíritu a desesperar! Tales no promueven los intereses de Dios, sino los de Satanás.

Pues bien, veo que una pecadora ansiosa de redención ha sido alejada del Redentor, veo que persiguen a un jefe de sinagoga por ser justo;

veo que ha sido castigado uno que inadvertidamente ha caído en culpa.

Veo que se hacen demasiadas cosas desde allí, desde allí donde viven el vicio y la mentira.

Y, como la pared que ladrillo a ladrillo se alza hasta cerrarse, así estas cosas  y en un año ya he visto demasiadas,

están levantando entre Mí y ellos un muro de dureza.

¡Ay de ellos cuando esté completamente levantado con los materiales aportados por ellos mismos!

Ten: bebe, come. Estás exhausto.

Luego, mañana, vendrás conmigo. No temas. Cuando recuperes la paz del espíritu, podrás juzgar libremente sobre tu futuro.

Ahora no podrías hacerlo, y sería peligroso dejártelo hacer.

Jesús se ha llevado consigo al hombre dentro de la sala y le ha obligado a sentarse en su sitio.

Incluso le sirve. Luego se vuelve hacia Hermas y hacia Simón,

Y dice:

–     Ésta es mi Doctrina.

Ésta y no otra. Y no me limito a predicarla, sino que la hago realidad. Quien tenga sed de Verdad y de Amor venga a Mí.

Dice Jesús:

    “Y con esto termina el primer año de evangelización. Conservad nota de ello. ¿Qué puedo deciros?

Lo he dado porque mi deseo era que fuera conocido. Pero, como con los fariseos, sucede con este trabajo.

Mi deseo de ser amado, conocer es amar, se ve rechazado por demasiadas cosas.

Y esto es un gran dolor para Mí, que soy el Eterno Maestro a quien vosotros habéis hecho prisionero…