107 EL PREJUICIO


107 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Jesús está hablando desde el centro de una plaza, a mucha gente concentrada en torno a Él.

Habla subido al banco de piedra que hay junto a la fuente.

También están alrededor los Doce, con unas caras… que reflejan consternación…

Y gran incomodidad.

O que expresan claramente la repulsión hacia ciertos contactos…

Especialmente Bartolomé y Judas de Keriot, muestran abiertamente su contrariedad:

Para evitar lo más posible la cercanía de los samaritanos, Judas se ha puesto a caballo en una rama de un árbol, como queriendo dominar la escena.

Bartolomé ha ido a apoyarse en un portal de un ángulo de la plaza.

El prejuicio está vivo y activo en todos.

Jesús se manifiesta con total normalidad.

Es más, se está esforzando en no apabullar a los presentes con su Majestuosidad…

Tratando de todas formas, al mismo tiempo de hacerla resaltar; para eliminar en ellos todo género de duda.

Acaricia a dos o tres pequeñuelos, de los cuales pregunta el nombre.

Se interesa personalmente de un anciano ciego, al que también personalmente, le da el óbolo.

Responde a dos o tres cuestiones que le plantean, acerca de asuntos no generales sino privados.

Uno de estos asuntos es la pregunta de un padre acerca de su hija, que se ha escapado de casa por amor y que ahora solicita perdón.

Jesús aconseja:

–     Concédele tu perdón inmediatamente.

El hombre se resiste:

–      ¡He sufrido por ello, Maestro!

Y sigo sufriendo. En menos de un año he envejecido diez.

–      El perdón te aliviará.

–      No puede ser. La herida permanece.

–      Es verdad, pero en esa herida hay dos espinas que hacen daño:

Una, la innegable afrenta que te ha infligido tu hija; la otra es el esfuerzo por dejar de amarla. Quita, al menos, ésta.

El perdón, que es la forma más alta del amor, la sacará.

Piensa pobre padre, que es una hija que ha nacido de tí y que siempre tiene derecho a tu amor.

Si la vieras con una enfermedad corporal y supieras que si no la cuidases tú, tú en persona, moriría, ¿La dejarías morir?

Ciertamente no. Pues piensa entonces que tú, tú en persona, con tu perdón, puedes atajar su mal y conducirla a la restauración de la salud del instinto.

Porque mira, en ella ha tomado predominio el lado más vil de la materia.

–     Entonces… ¿Piensas que debo perdonar?

–     Debes hacerlo.

–     ¿Pero cómo voy a resistir el verla en casa después de lo que ha hecho? ¿Cómo voy a ser capaz de no maldecirla?

–     Sí así fuera, no habrías perdonado.

El perdón no está en el acto de abrirle de nuevo la puerta de casa, sino en abrirle de nuevo el corazón.

Sé bueno, hombre. ¿No vamos a tener para con nuestra hija la paciencia que tenemos con el novillo indócil?

Una mujer por su parte, presenta la cuestión de si haría bien casándose con su cuñado, para dar un padre a sus huerfanitos.

–     ¿Piensas que sería un verdadero padre?

–      Sí, Maestro. Son tres varones.

Necesitan un hombre que los guíe.

–      Hazlo entonces, y sé esposa fiel como lo fuiste con el primero.

–      El tercero le pregunta que si, aceptando la invitación que ha recibido de ir a Antioquía, haría bien o mal.

–      ¿Por qué quieres ir?

–      Porque aquí no dispongo de medios ni para mí, ni para mis muchos hijos.

He conocido a un gentil que me contrataría, porque me ha visto hábil en el trabajo; ofrecería también trabajo a mis hijos.

Pero no querría…

Te parecerá extraño un escrúpulo en un samaritano, pero lo tengo.

No querría que perdiésemos la fe. ¿Es que ese hombre es un pagano, ¿Sabes?

–     ¿Y qué quieres decir con ello?

Mira, nada contamina si uno no quiere ser contaminado.

Ve tranquilamente a Antioquía y sé del Dios verdadero. Él te guiará.

Y serás incluso el benefactor de ese patrón que conocerá a Dios a través de tu honradez.

Luego comienza a hablar a todos los presentes.

–     He oído la voz de muchos de vosotros.

Y en todos he visto un secreto dolor, un pesar del que ni siquiera quizás os dais cuenta…

He visto que lloráis en vuestros corazones.

Esto se ha ido acumulando durante siglos. Y no son capaces de disolverlo ni las razones que a vosotros mismos os decís, ni las injurias que os lanzan.

Antes bien, cada vez más se endurece y pesa como nieve que se solidifica en hielo.

Yo no soy vosotros, como tampoco soy uno de los que os acusan.

Soy Justicia y Sabiduría. Una vez más, para solución de vuestro caso, os cito a Ezequiel:

Él, proféticamente, habla de Samaria y de Jerusalén llamándolas hijas de un mismo seno.

Llamándolas Oholá y Oholibá (Ezequiel 23).

La que primero cayó en la idolatría fue la primera, de nombre Oholá,

porque ya antes había quedado privada de la ayuda espiritual de la unión con el Padre de los Cielos.

Con el Amor de Fusión, nos hacemos Uno con Dios…

La unión con Dios significa siempre salvación.

Confundió erróneamente la verdadera riqueza, la verdadera potencia, la verdadera sabiduría;

con la pobre riqueza, potencia y sabiduría de uno que era inferior a Dios.

Y más pequeño que ella misma; fue seducida por la riqueza, potencia y sabiduría de éste

hasta el punto de que se hizo esclava del modo de vivir del que la había seducido.

Buscando ser fuerte, vino a ser débil. Buscando ser más, vino a ser menos. Por imprudente enloqueció.

Cuando uno, imprudentemente, se coge una infección, mucho le cuesta luego librarse de ella. Diréis: “¿Menos? No. Nosotros fuimos grandes”.

Sí, grandes, pero ¿Cómo?, ¿A qué precio? No lo ignoráis. ¿Cuántas mujeres también consiguen la riqueza al precio tremendo de su honor?

Adquieren una cosa que puede terminar y pierden algo que no tiene fin: el buen nombre.

Oholibá, viendo que a Oholá su propia locura le había producido riqueza, quiso imitarla. Y enloqueció más que Oholá.

La fusión con Dios nos proporciona la felicidad embriagadora del Amor Divino…

Además con doble culpa, porque tenía consigo al Dios verdadero y no habría debido pisotear jamás la fuerza que de esta unión le venía:

Duro, tremendo castigo ha recibido.

Y  más grande aún será, la doblemente desquiciada y fornicadora Oholibá.

Dios le volverá la espalda – ya lo está haciendo – para ir a los que no son de Judá.

No se puede acusar a Dios de ser injusto porque no se imponga.

A todos abre los brazos, invita a todos; pero, si uno le dice: “Vete”, se va.

Busca amor, invita a otros, hasta que encuentra a alguien que dice: “Voy”.

Por eso os digo que podéis hallar alivio a vuestro tormento, debéis hallarlo, pensando en estas cosas.

¡Oholá vuelve en ti! Dios te llama.

La sabiduría del hombre está en saberse enmendar; la del espíritu, en amar al Dios verdadero y su Verdad.

Abrió las Puertas del Cielo

No fijéis vuestra mirada ni en Oholibá, ni en Fenicia, ni en Egipto, ni en Grecia. Mirad a Dios. Ésa es la Patria de todo espíritu recto, y es el Cielo.

No hay muchas leyes, sino una sola: la de Dios. Por ese código se tiene la Vida. No digáis: “Hemos pecado”

Decid más bien: “No queremos volver a pecar”. La prueba de que Dios os sigue amando la tenéis en esto: os ha enviado a su Verbo a deciros: “Venid”.

Venid, os digo. ¿Os injurian?, ¿Os han proscrito?… ¿Quiénes?: seres semejantes a vosotros.

Considerad que Dios es mayor que ellos, y que os dice: “Venid”. Llegará un día en que exultaréis por no haber estado en el Templo…

Con la mente exultaréis y aún mayor será el gozo de los espíritus,

porque el perdón de Dios habrá descendido a los hombres de corazón recto dispersos por Samaria.

Preparad su venida. Venid al Salvador universal, vosotros, hijos de Dios que ya no sabéis hallar el camino.

–     Nosotros iríamos, al menos algunos.

Los que no nos aceptan son los de la otra parte.

–     Pues, citando de nuevo al sacerdote y profeta, os digo:

“Yo tomaré el leño de José, que Efraím tiene en su mano, con las tribus de Israel a él unidas.

Y lo uniré al de Judá para hacer de ellos un solo tronco…”. No, no es al Templo; venid a Mí; Yo no rechazo a nadie.

Yo soy aquel que fue llamado el Rey dominador de todos. Soy el Rey de los reyes. ¡Oh, pueblos todos que deseáis ser purificados, Yo os purificaré!

¡Rebaños sin pastor, o con pastores ídolos, Yo os congregaré, porque soy el Pastor bueno!

Os daré el único tabernáculo que voy a poner en medio de mis fieles.

Este tabernáculo será fuente de vida, pan de vida, luz, salvación, protección, sabiduría.

Será todo, porque será el Viviente dado en alimento a los muertos para que vivan.

“Oh Jesús Sacerdote, guarda a tus sacerdotes en el recinto de tu Corazón Sacratísimo, donde nadie pueda hacerles daño alguno; guarda puros sus labios, diariamente enrojecidos por tu Preciosísima Sangre. Entregamos en tus divinas manos a TODOS tus sacerdotes. Tú los conoces. Defiéndelos, Ayúdalos y SOSTENLOS, para que el Maligno no pueda tocarlos. Amén

Será el Dios que se efunde con su santidad para santificar.

Esto soy y seré.  El tiempo del odio, de la incomprensión, del temor, queda superado.

¡Venid! ¡Ven, pueblo de Israel, pueblo separado, pueblo afligido, pueblo lejano, pueblo estimado;

infinitamente apreciado por estar enfermo, debilitado.

Infinitamente amado porque una flecha te ha abierto las venas del corazón y te ha desangrado, ha extraído de tus venas la unión vital con tu Dios!

¡Ven al seno de donde naciste, al pecho de que recibiste la vida; todavía hay para ti dulzura y calor…!

¡Siempre! ¡Ven! ¡Ven a la Vida y a la Salud!

Dice Jesús a los samaritanos de Sicar:

–     Tengo otros hijos a quienes evangelizar.

Tengo que dejaros. Pero antes quisiera abriros, fúlgidos, los caminos de la esperanza y llevaros a ellos y deciros:

“Caminad seguros, que la meta es cierta”.

Hoy no voy a citar al gran Ezequiel, sino al discípulo predilecto de Jeremías, grandísimo profeta.

Baruc habla por vosotros. Realmente toma vuestras almas y habla por todas ellas al sublime Dios que está en los Cielos.

28. «Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso.
29. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; = y hallaréis descanso para vuestras almas. =
30. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera.»

Las vuestras , no me refiero sólo a las de los samaritanos, sino a todas vuestras almas, ¡Oh, estirpes del pueblo elegido caídas en múltiple pecado!

Y también las vuestras, pueblos gentiles que sentís que entre los muchos dioses a los que adoráis hay un Dios desconocido.

Un Dios al que vuestra alma siente único y verdadero y que no obstante, debido a vuestra pesantez no podéis buscarlo para conocerlo, como el alma quisiera.

Al menos una ley moral os había sido dada, ¡Oh gentiles, oh idólatras!;

porque sois hombres y el hombre tiene en sí una esencia que viene de Dios y que se llama espíritu.

Y que tiene siempre voz y consejos elevados y empuja a vida santa.

Vosotros la habéis sometido a la esclavitud de una carne viciosa, rompiendo la ley moral humana, la que teníais, llegando a ser pecadores incluso humanamente…

Rebajando el concepto de vuestras fes y rebajándoos a vosotros mismos a un nivel animalesco que os hace inferiores a los brutos.

Y a pesar de todo oís, todos, y comprendéis más.

Y como consecuencia actuáis, en la medida en que aumenta vuestro conocimiento de  la Ley de una moral sobrenatural, que el verdadero Dios os ha dado.

Baruc (Baruc 2,16-18 y Baruc 2, 24-26) ora así: “Señor, míranos desde tu santa morada. Vuelve hacia nosotros tus oídos.

Escúchanos. Abre tus ojos y piensa que no serán los muertos que están en los infiernos, cuyo espíritu está separado de sus entrañas,

Postrado ante la Cruz en la que has muerto y a la que yo también te he condenado. Sólo puedo decirte hoy que lo siento, que te amo y te pido perdón por mis errores y te pido perdón por mis pecados. Perdóname Señor, HOY ME ARREPIENTO, Perdóname Padre mío por mi maldad, perdóname Señor, por mis errores, perdóname señor por mis pecados. PERDÓNAME SEÑOR, HOY ME ARREPIENTO, PERDÓNAME MI DIOS, CRUCIFICADO.

los que rindan honor y justicia al Señor, sino el alma afligida por la dimensión de las desventuras, que camina encorvada y débil, con los ojos hacia el suelo…

El alma hambrienta de Tí, ¡Oh Dios!, es la que te rinde gloria y justicia”.

Ésta es la oración que debéis tener en vuestros corazones humillados con noble humildad, que no es degradación e indolencia,

sino conocimiento exacto de la propia mísera situación y santo deseo de hallar el medio de mejorar espiritualmente.

Y Baruc llora humildemente, y todo justo debe llorar con él, viendo y nombrando con su verdadero nombre,

las desventuras que han hecho triste, dividido y vasallo a un pueblo fuerte.

“No hemos hecho caso de tu voz y has cumplido las palabras que habías manifestado a través de tus siervos, los Profetas…

Y han sacado de sus sepulcros los huesos de nuestros reyes y de nuestros padres, los han arrojado al ardor del sol, al crudo frío de la noche;

los habitantes de la ciudad han muerto entre atroces dolores, de hambre, a espada, de peste.

Has reducido al estado presente el Templo en que se invocaba tu Nombre, a causa de la iniquidad de Israel y Judá.

No digáis, hijos del Padre: “Tanto nuestro Templo como el vuestro han surgido y resurgido y se yerguen espléndidos”.

No. Un árbol abierto desde su ápice hasta sus raíces por un rayo no puede pervivir;

podrá vegetar míseramente, presentar un conato de vida en algunos rebrotes que nazcan de raíces que se resistan a morir…

no pasará de ser un conjunto de ramajes infructíferos; jamás volverá a ser opulento árbol de copiosos frutos sanos y delicados.

Pues bien, el proceso de fragmentación iniciado con la separación, se acentúa cada vez más,

a pesar de que materialmente la construcción no parezca lesionada;  antes bien, bella y nueva.

Destruye las conciencias que en ella moran. Llegará la hora en que, apagada toda llama sobrenatural, le faltará al Templo,

altar de precioso metal que para subsistir debe ser mantenido en continua fusión por el calor de la fe y de la caridad de sus ministros,

le faltará lo que constituye su vida;

entonces, gélido, apagado, ensuciado, lleno de cadáveres, pasará a ser podredumbre acometida para ruina suya,

por cuervos llegados de otras regiones y por el alud del castigo divino.

Hijos de Israel, orad, llorando, conmigo, vuestro Salvador.

Que mi voz sostenga las vuestras y penetre, pues mi voz tiene este poder, hasta el trono de Dios.

Quien ora con el Cristo, Hijo del Padre, es escuchado por Dios, Padre del Hijo.

Elevemos la antigua, justa Oración de Baruc (3, 1-7):

“Y ahora, Señor omnipotente, ¡Oh Dios de Israel!, toda alma angustiada, todo espíritu henchido de ansiedad, eleva a ti su grito.

Abre tus oídos, Señor, y ten piedad. Eres un Dios misericordioso; ten piedad de nosotros, porque hemos pecado en tu presencia.

Eternamente, ocupas tu trono; ¿Debemos nosotros perecer para siempre?

Señor omnipotente, Dios de Israel, escucha la oración de los muertos de Israel y de sus hijos, que han pecado en tu presencia.

Ellos no prestaron oídos a la voz del Señor su Dios. Se nos han adherido sus males.

No te acuerdes de la iniquidad de nuestros padres; acuérdate, más bien, de tu poder y tu Nombre…

Ten piedad, para que invoquemos este Nombre y nos convirtamos de la iniquidad de nuestros padres”.

Orad así y convertíos verdaderamente, volviendo a la sabiduría verdadera, que es la de Dios y se encuentra en el Libro de los Mandamientos de Dios y en la Ley,  que dura eternamente.

Y que ahora Yo, Mesías de Dios, traigo de nuevo, en su simple e inalterable forma, a los pobres del mundo,

anunciándoles la buena nueva de la Era de la Redención, del Perdón, del Amor, de la Paz.

Quien crea en esta palabra alcanzará vida eterna.

0s dejo, habitantes de Sicar, que habéis sido buenos con el Mesías de Dios. Os dejo con mi Paz.

La multitud grita simultáneamente:

–     ¡Quédate más tiempo!

–     ¡Vuelve!

–     ¡Ninguno nos volverá a hablar como lo has hecho Tú.

–     ¡Bendito seas, Maestro bueno!

–     ¡Bendice a mi pequeñuelo!

–     ¡Santo, ruega por mí!

–     ¡Déjame conservar un ribete de tu indumento como bendición!

–     ¡Acuérdate de Abel!

–     ¡Y de mí, Timoteo!

–     ¡Y de mí, Yorái!

–    De todos.

De todos. La paz descienda sobre vosotros.

Lo acompañan hasta unos centenares de metros fuera de la ciudad….

Y luego, muy despacio, se regresan…

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