Archivos diarios: 1/12/20

110 EL MARTIRIO 1


110 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Simón Zelote se acerca a Jesús,

Y  le dice: 

 –    Señor, ¿Por qué no duermes durante la noche?

Hoy me he levantado, he ido a tu sitio y lo he visto vacío.

Jesús pregunta:

–     ¿Para qué me querías, Simón?

–     Para dejarte mi manto.

Temía que tuvieses frío: la noche estaba serena, pero muy fresca.

–     ¿Y tú no tenías frío?

–     Yo, durante muchos años de miseria, me he acostumbrado a vestido, comida y vivienda insuficientes…

¡Ah…, qué horror ese valle de los muertos!

No era apropiado en esta ocasión, pero otra vez que bajemos a Jerusalén, es evidente que volveremos, ¿No?

Visita, mi Señor, esos lugares de muerte. Allí hay muchos desdichados… Y la miseria corporal no es la más grave…

Lo que allí más carcome y consume es la desesperación… ¿No crees, mi Señor, que somos demasiado duros con los leprosos?

Pero antes de que responda Jesús a Simón Zelote, lo hace Judas.

Y dice:

–    ¿Y entonces propones dejarlos mezclados con el pueblo?

¡Si son leprosos peor para ellos! 

Pedro exclama:

–     ¡Lo único que faltaba para hacer de los hebreos mártires!

¡Hasta la lepra paseándose por las calles, con los soldados y las otras cosas!…

Santiago de Alfeo observa:

–     Separarlos me parece una medida de justa prudencia.

Simón comenta:

–     Sí, pero con piedad.

No sabes lo que es ser leproso. No puedes opinar sobre ello.

Justo es cuidar de nuestros cuerpos, pero ¿Por qué no ejercitamos la misma justicia con las almas de los leprosos?  ¿Quién les habla de Dios?

¡Y sólo Dios sabe cuán grande es su necesidad de pensar en un Dios y en la paz, en la atroz desolación en que viven! 

Jesús responde:

–     Tienes razón, Simón.

Iré a visitarlos, tanto en razón de la justicia como por enseñaros este acto de misericordia.

Hasta ahora he curado a los leprosos que se han cruzado en mi camino.

Hasta este momento, o sea, hasta cuando me han echado de Judá, me he dirigido a los grandes de Judá como a los más lejanos y necesitados de redención, para que colaborasen con el Redentor.

Pues bien, ahora dejo este propósito, convencido como estoy de su inutilidad. Iré a los más pequeños, no a los grandes;  a los míseros de Israel.

Y entre éstos, a los leprosos del Valle de los Muertos.

No pienso defraudar la fe que tienen en Mí, estos hombres evangelizados por un leproso agradecido.

Con el Don de Ciencia Infusa…

–    ¿Cómo has sabido que lo hice, Señor?

–    De la misma forma que sé lo que de Mí piensan amigos o enemigos, porque escruto su corazón.

Pedro grita:

–     ¡Misericordia!

Pero entonces, ¿Sabes absolutamente todo de nosotros, Maestro? 

–     Sí.

También que tú -y no sólo tú- querías alejar a Fotinai.

¿No sabes que no te es lícito alejar a un alma del bien?

¿No sabes que para entrar en un territorio, necesariamente se debe tener piedad, llena de dulzura, extensiva incluso a aquellos a quienes la sociedad,

que no es santa porque no está ensimismada en Dios, llama y juzga indignos de piedad?

De todas formas, no te turbes porque Yo sepa esto. Que te duela solamente,  el que tu corazón tenga movimientos que Dios no aprueba.

Y esfuérzate por no volver a tenerlos.

Ya os lo he dicho: el primer año ha terminado, en éste seguiré adelante por mi camino, con nuevas formas.

Vosotros también tenéis que progresar durante este segundo año; si no, sería inútil que me cansase evangelizándoos,hiper – evangelizándoos a vosotros, mis futuros sacerdotes.

Juan pregunta:

–     ¿Habías ido a orar, Maestro?

Nos prometiste que nos enseñarías tus oraciones. ¿Lo piensas hacer este año?

–     Lo haré.

De todas formas, quiero enseñaros a que seáis buenos; la bondad es ya oración. Pero lo haré, Juan.

Judas pregunta:

–     ¿Este año nos vas a enseñar también a hacer milagros? 

–     El milagro no se enseña, no es un juego malabar.

El milagro viene de Dios y lo obtiene, quien goza de gracia ante Dios.

Si aprendéis a ser buenos, gozaréis de gracia y obtendréis el don de milagros.  

Pedro dice:

–     Sigues sin dar respuesta a nuestra pregunta.

Lo ha preguntado Simón, lo ha preguntado Juan, y no nos has dicho a dónde has ido esta noche.

Salir tan solo, en una región pagana, puede ser peligroso.  

–     He ido a llevar dicha a un corazón recto.

Y puesto que está abocado a la muerte, a recoger su herencia.

–     ¿Sí? ¿Era mucha?

–     Mucha, Pedro.

Y de mucho valor, fruto del trabajo de un verdadero justo.

–     Pues… no he visto tu bolsa más llena.

¿Son joyas? ¿Las llevas en el pecho?

–     Sí, son joyas muy estimadas por mi corazón.

–     Enséñanoslas, Señor.

–     Las tendré cuando muera el que está para morir.

Por el momento, dejándolas donde están, son útiles a ambos, a él y a Mí.

–     ¿Las has puesto a producir interés?

–     ¿Pero tú crees que lo único que tiene valor es el dinero?

El dinero es la cosa más inútil y sucia que hay sobre la faz de la Tierra.

Sólo sirve para la materia, para cometer delitos y para el infierno. Raramente el hombre lo usa para el bien.

–     Entonces, si no es dinero, ¿Qué es?

–     Tres discípulos formados por un santo.

–     ¡Has estado donde Juan el Bautista! 

¡Oh!, ¿Por qué?

–     ¿Por qué?…

Vosotros siempre me tenéis. Y entre todos valéis menos que una sola uña del Profeta.

¿No era, acaso, justo ir a llevarle al santo de Israel la bendición de Dios, para fortalecerlo en orden al martirio?

–     Pero, si es santo…

No necesita fortalecimiento; ¡Se basta a sí mismo!…

–     Llegará el día en que “mis” santos serán conducidos ante los jueces y a la muerte.

Serán santos, estarán en gracia de Dios, tendrán el refrigerio de la fe, la esperanza y la caridad; sin embargo, ya oigo su grito, el de su espíritu:

“¡Señor, ayúdanos en esta hora!”.

Necesitan mi ayuda mis santos, para ser fuertes en las persecuciones.

Bartolomé dice:

–     Pero… nosotros no seremos éstos, ¿No es verdad?,

Porque yo no tengo, de ninguna manera, capacidad de sufrir.

–     Eso es cierto; no tienes la capacidad de sufrir.

Pero no has sido todavía bautizado, Bartolomé».

–     Sí, lo he sido.

–     Con agua.

Te falta otro bautismo. Entonces sabrás sufrir.

–     Soy ya viejo.

–     Pasarán los años…

Y siendo mucho más viejo que ahora, serás más fuerte que un joven.

–     Pero nos seguirás ayudando, ¿No?

–     Estaré siempre con vosotros.  

Nota: Recordemos que el objetivo de este adiestramiento, es ilustrar  los Carismas del Espíritu Santo en acción,

en y con, nuestro cuerpo espiritual, para que aprendamos a manejarlo.

 Y por eso las palabras en azul, nos muestran lo que la Stma. Trinidad hará con nosotros, en nuestras peripecias con los esbirros del Anticristo…

Las enseñanzas de este post, SON ESENCIALES, para el período de la Gran Persecución,

que ya comenzó en Medio Oriente y  enfrentamos sus albores, con distintos brotes, en los países latinoamericanos…

Martirio de San Nathanael o Bartolomé…

Todos los apóstoles serán martirizados y su muerte será gloriosa, excepto la de Judas de Keriot; porque no se arrepintió...

–     Intentaré acostumbrarme al sufrimiento – dice Bartolomé.

Según escribió San Eusebio de Cesarea, llamado el Padre de la Historia de la Iglesia,

San Bartolomé cumplió la misión de ir a predicar la Palabra de Dios, dirigiéndose a la India.

Allí dejó una copia en arameo, del Evangelio de Mateo.

Predicó en Egipto, Persia y Mesopotamia. Su muerte le es atribuida a Astiages, rey de Armenia.

Era hermano del rey Polimio, al cual San Bartolomé había convertido al cristianismo. 

Los sacerdotes paganos se estaban quedando sin seguidores, se quejaron ante Astiages por la evangelización que estaba dando el Santo. 

Astiages le ordenó que adorara a sus ídolos, pero San Bartolomé se negó.

Entonces fue desollado vivo ante él, sin que el mártir renunciase a Dios en ningún momento.

Su martirio ocurrió en Abanópolis Armenia, en la costa occidental del Mar Caspio.

Por eso en su iconografía, es mostrado con un libro y un cuchillo. O sosteniendo su propia piel con las manos. 

Representando el instrumento de su martirio y el evangelio que predicaba.

Murió en el año 62 según describen las crónicas de Flavio Josefo: murió por Lapidación. (Antigüedades judías, 20.9.1)

Santiago de Alfeo lo apoya:

–     Yo oraré siempre, ya desde este momento, para obtener de ti esta gracia.

Cuando Pablo se fue a Roma a apelar ante el César, los judíos que no pudieron matarlo, dirigieron todo el furor de su odio contra Santiago de Alfeo,

que ya tenía treinta años de haber sido consagrado Obispo de Jerusalén.

Y tal como refiere Flavio Josefo:

El Sumo Sacerdote Anás II aprovechó el intervalo transcurrido entre la muerte del Procónsul Festo y la llegada de su sucesor, Albino I en el año 62 d.C.

para buscar pretextos para condenarle.

Un grupo de judíos fueron a verlo y le dijeron:

–    Sabemos que eres un hombre íntegro y queremos que desengañes al pueblo.

Y les hagas ver la equivocación que cometen, al creer que Jesús fue Cristo.

En la próxima Pascua, háblales y desengáñalos de todas esas cosas que creen en relación con Jesús.

Si así lo haces, también nosotros nos atendremos a tu testimonio, reconoceremos que eres justo y que no te dejas influir por nadie.

El día de Pascua, los que habían tratado de seducirlo, lo llevaron hasta la terraza más alta del Templo de Jerusalén,

para que pudiese ser visto y oído por la gran multitud de peregrinos.

Y le dijeron a grandes voces:

–   ¡Santiago! ¡Tú eres el más honesto de todos los hombres!

Todos acatamos tu testimonio. Manifiéstanos aquí públicamente, qué opinas de los que andan por ahí, detrás de ese Jesús el Crucificado.

Santiago, también con voz muy fuerte,

respondió:

–    ¿Queréis saber lo que pienso del Hijo del Hombre?

Pues bien, escuchad:

¡Creo que está sentado a la Diestra del Padre Celestial, el Altísimo Señor del Universo!

Y que un día vendrá a juzgar, a los vivos y a los muertos.

Los cristianos, al oír esta respuesta, aplaudieron con jubilosa alegría.

Los escribas y fariseos en cambio, se pusieron más coléricos…

Y dijeron entre sí:

–   ¡Gran error hemos cometido!

Debemos corregirlo inmediatamente, para que sepan lo que les espera a los que piensen como él.

Lo apresaron y lo subieron hasta las almenas más altas del Templo,

Y desde ahí gritaron:

–   ¡Oh, el que teníamos por justo se ha equivocado!

Al decir esto, lo empujaron y lo arrojaron al vacío.

Pero el apóstol no se hizo ningún daño y se incorporó. 

Inmediatamente se arremolinaron contra él, los enemigos que desde abajo habían presenciado su caída…

Y empezaron a arrojarle piedras, mientras le gritaban con ira.

Al ver esto, Santiago se puso de rodillas y levantando los brazos hacia el cielo,

exclamó:

–    ¡Señor! ¡Te ruego que los perdones, porque no saben lo que hacen!

Al comenzar la lapidación, un sacerdote hijo de Rahab, intentó detenerlos,

diciendo:

–           ¡Alto! ¡No tiréis piedras, os lo ruego!

¿Acaso no veis que este santo varón corresponde a vuestra crueldad, orando por vosotros?

Pero no le hicieron caso y con una pértiga de batanero, le descargaron un golpe tan bárbaro, que le partieron el cráneo.

Su cuerpo fue sepultado en el mismo sitio en el que murió, a la vera del Templo.

El pueblo trató de atrapar a quienes lo mataron para castigarles, pero los asesinos de Santiago fueron más rápidos al escapar.

Simón Zelote dice:

–     Yo soy viejo; sólo pido precederte y entrar contigo en la paz.

Tadeo añade:

–     Yo… no sé lo que preferiría.

Si precederte o estar a tu lado para morir juntos.

San Simón Cananeo y Judas Tadeo, ambos murieron mártires tras predicar la fe por Egipto, Mesopotamia y Persia.

Judas Tadeo hijo de Alfeo y Simón Zelote fueron los apóstoles de Cristo

que llevaron su Doctrina a Egipto, Libia, Siria, la región del Tigris, Eúfrates, Edesa y Babilonia llegando hasta los confines de Persia.

Acompañaban su predicación con muchos milagros y hubo muchísimas conversiones.

También entre la nobleza y el mismo rey Acab de Babilonia, con toda su familia.

Entonces dos poderosos hechiceros se adelantaron a la ciudad de Sammir, (Persia) en la que vivían setenta sacerdotes de sus templos paganos.

Y predispusieron a sus habitantes contra los apóstoles, incitándoles a que cuando llegaran a predicarles la nueva religión,

los mataran si se negaban a ofrecer sacrificios en honor de los dioses.

En el año 72 d.C. después de evangelizar toda la provincia, Simón y Judas se presentaron en Sammir, (Persia)

Y en cuanto llegaron, fueron apresados y los llevaron a un templo dedicado al Sol.

Pero en cuanto los prisioneros penetraron en el recinto, los demonios hablaron a través de sus nigromantes,

y empezaron a gritar:

–   ¿A qué venís aquí, apóstoles del Dios Vivo?

Entre vosotros y nosotros no hay nada en común.

Desde que llegasteis a Sammir, nos sentimos abrasados por un fuego insoportable.

Enseguida se apareció a los apóstoles un ángel del Señor y les dijo:

–   Elegid entre estas dos cosas, la que queráis:

Que toda esta gente muera ahora mismo o vuestro propio martirio.

Los apóstoles respondieron:

–  La elección ya está hecha.

Pedimos a Dios Omnipotente una doble merced: que conceda a esta ciudad la gracia de su conversión,

y a nosotros la corona del martirio.

A continuación, Simón y Judas rogaron a la multitud que guardara silencio.

Y cuando todos estuvieron callados, hablaron ellos,

y dijeron:

–   Vamos a demostrarles que lo que ustedes adoran no son dioses.

Y Tadeo habló con autoridad:

–   A vosotros espíritus de Satanás que estáis escondidos en estas imágenes,

os ordeno en el Nombre de Jesús que salgáis inmediatamente

y os manifestéis visiblemente ante quienes habéis engañado hasta hoy.

Y Simón remató:

–   Sois creaturas del Altísimo Creador del Universo.

Obedeced en el Nombre de Jesús y destruid la estatua en la que hasta hoy habéis estado enmascarados.

Ante el asombro general, en aquel mismo instante de las dos estatuas salieron dos demonios espantosos,

destrozaron las imágenes que les habían servido de escondite y escaparon dando voces y alaridos espeluznantes.

La gente, impresionada por lo que acababa de ver, quedó muda de estupor.

Los sacerdotes paganos como energúmenos, se arrojaron sobre los dos apóstoles.

Y  mientras a Simón lo partieron en dos, con una sierra estando vivo…

A Judas Tadeo le aplastaron la cabeza con un mazo y como no moría, finalmente lo decapitaron.

En el preciso instante en que Simón y Judas murieron,

el cielo que hasta entonces había estado sereno y despejado, se cubrió de nubarrones …

Y cayó una tormenta tan terrible, que derrumbó el templo y aplastó a los magos.  

Al saber la noticia, el rey Acab fue y recogió los cadáveres.

Y los llevó a Babilonia, donde les dio sepultura en una magnífica iglesia, que mandó construir en su honor.

Judas de Keriot cometió Suicidio…

Judas confiesa:  

–     A mí me dolería sobrevivirte, pero me consolaría predicándote a las gentes.

Nota: este video contiene tantos aciertos, así como varios errores, porque han ocultado esta información,

para impedir que en la actualidad sirvan de inspiración a los cristianos y no puedan defenderse, para favorecer al  Anticristo…