113 EL MARTIRIO 4


18. Pues la predicación de la cruz es una necedad para los que se pierden; mas para los que se salvan – para nosotros – es fuerza de Dios.

113 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Después de Pentecostés, cuando los apóstoles salieron a predicar a distintos lugares,

Santiago de Zebedeo cruzó a través del Mar mediterráneo hasta desembarcar en la Hispania, (Actuales España y Portugal)

Comenzó a predicar en Galicia, a la que llegó después de pasar las Columnas de Hércules y viajó por el Valle del Ebro hasta la Coruña.

Los Hechos de los Apóstoles relatan que éstos se dispersaron por todo el mundo para llevar la Buena Nueva.

Según una antigua tradición, Santiago el Mayor se fue a España.

Primero a Galicia, donde estableció una comunidad cristiana y luego a la ciudad romana de César Augusto, hoy conocida como Zaragoza.

Las enseñanzas del Apóstol no fueron aceptadas y solo siete personas se convirtieron al Cristianismo.

Estos eran conocidos como los “Siete Convertidos de Zaragoza”.

Las cosas cambiaron cuando la Virgen Santísima se apareció al Apóstol en esa ciudad, aparición conocida como la Virgen del Pilar.

Desde entonces la intercesión de la Virgen hizo que se abrieran extraordinariamente los corazones a la evangelización de España.

En el año 42 d.C. dejó discípulos en los lugares donde evangelizó y acompañado de algunos otros,  regresó a Judea.

Pronto tuvo una lucha contra los ardides de un poderoso hechicero llamado Hermógenes.

Pero Santiago estaba tan lleno del Espíritu Santo, que logró la conversión del antiguo mago.

Y éste se volvió uno de sus discípulos más virtuosos y perfectos.

Cuando los judíos se convencieron de que la conversión de Hermógenes era verdadera, hicieron responsable de ella a Santiago.

Alborotados se presentaron ante él, le increparon y trataron de impedirle que siguiera predicando la Doctrina del Crucificado.

Sin embargo el apóstol recurrió a la Sagrada Escritura

Y les demostró cómo en Jesús se habían cumplido todas las profecías que en Ella se contenían, acerca del Nacimiento y el Sacrificio del Mesías.

Y probó estas verdades con tal claridad y se armó tal alboroto, que una vez más se dividieron:

los que se encolerizaron empezaron a insultarlo, pero también hubo muchos que lo oyeron y se convirtieron.

Esto provocó tan enorme indignación en Abiatar, a quién correspondía el Sumo Pontificado aquel año, que sublevó al pueblo contra el apóstol.

Algunos de los amotinados lograron apresarlo y lo amarraron. Cuando le ataron las manos…

Santiago les dijo:

–   Vosotros podéis atar mis manos, pero no mi lengua.

Luego le pusieron una soga al cuello, lo condujeron ante Herodes Agripa y lograron que éste lo condenara a muerte.

Enseguida lo llevaron al Gólgota, donde había sido crucificado Jesús, fuera de la ciudad.

Cuando lo empujaban hacia allá, un tullido invocó al apóstol pidiéndole que le diera la mano, para que lo curase…

Santiago le dijo:

–   Ven tú hacia mí y dame tu mano.

El tullido fue hacia Santiago, tocó las manos atadas del apóstol e inmediatamente sanó.

Más adelante, un paralítico que yacía a la vera del camino, comenzó a suplicarle a gritos que lo sanara.

Santiago lo oyó y le dijo:

–   En Nombre de Jesucristo cuya Doctrina he predicado y defiendo.

Y por cuya causa voy a ser decapitado, te ordeno que te levantes del suelo, completamente curado y que bendigas al Señor.

Al ver este prodigio, el escriba Josías que había sido el que le pusiera la soga al cuello, se arrojó a sus pies, le imploró su perdón y se convirtió.

Santiago le preguntó:

–   ¿Deseas ser bautizado?

Josías respondió llorando:

–   Sí. Por favor recíbeme como cristiano.

–   Pronto serás bautizado en tu propia sangre.

Pero Abiatar que también estaba presente, agarró a Josías, lo zarandeó y…

Le exigió:

–   Si ahora mismo no maldices a Jesús el Crucificado, haré que te degüellen al mismo tiempo que a Santiago.

Josías respondió:

–  A quién maldigo es a ti.

Óyeme bien: ¡Maldito seas tú y maldito sea todo el tiempo que vivas!

Y escucha también  esto: ¡Bendito sea el Nombre de mi Señor Jesucristo por los siglos de los siglos! Amén.

Abiatar ordenó a algunos de los judíos incrédulos, que descargaran sobre el rostro de Josías, una buena tanda de bofetadas.

Y envió un mensajero a Herodes solicitando el permiso necesario, para ajusticiar al escriba convertido.

Al llegar al lugar designado para el suplicio, Santiago pidió al verdugo una redoma con agua.

Cuando se la proporcionaron, con aquella agua bautizó a Josías.  

Y después los dos fueron decapitados.

Era el año 44 d.C. Santiago de Zebedeo fue el primer apóstol de Jesucristo, en ser martirizado.

Abiatar ordenó que dejaran su cuerpo insepulto, como pasto de los perros y de las fieras.

Por la noche sus discípulos ibéricos, con muchas precauciones para no ser vistos, tomaron el cuerpo del apóstol y se lo llevaron al puerto de Jaffa.

Prodigiosamente hallaron una nave que no tenía tripulación.

Se embarcaron en ella, llevando con ellos el cuerpo de Santiago

Y rogaron a Dios que los condujera a donde Él quisiese que aquellos restos fuesen sepultados.

Guiada por un ángel del Señor, la barca comenzó a navegar y a los siete días llegaron al puerto de Iria, en las costas de Galicia;

región de España que estaba gobernada por una mujer llamada Lupa.

Al llegar a tierra, desembarcaron el cuerpo y lo colocaron sobre una piedra enorme,

la cual como si fuese de cera, repentinamente adoptó la forma de un ataúd y se convirtió milagrosamente, en el sarcófago del mártir.

A continuación los discípulos fueron a ver a la reina Lupa, pues ella era la dueña de los contornos y querían una parcela para enterrar a su maestro.

Y le dijeron:

–   Nuestro Señor Jesucristo te envía el cuerpo del apóstol Santiago.

Para que acojas muerto y con benevolencia, al que no quisiste escuchar cuando estaba vivo.

Pero ella los remitió al rey Duyo, que era enemigo declarado del cristianismo, quién los encarceló.

Fueron liberados por un ángel y luego perseguidos por los soldados de Duyo.

El destacamento moriría ahogado, al derrumbarse el puente por el que intentaron cruzar el río, en persecución de los fugitivos.

Los discípulos volvieron con Lupa, quién aterrada por lo que había sucedido, quiso deshacerse de ellos.

Entonces los envió al monte Allicinos, donde les ofreció dolosamente unos bueyes mansos que eran de su propiedad, para trasladar el cadáver.

Pero los bueyes no eran tales, sino toros salvajes.

Al aproximarse los discípulos, les salió al encuentro un pavoroso dragón…

que ante su presencia y al hacer la señal de la Cruz, se esfumó sin dejar rastro.

Enseguida, ellos se acercaron a los toros que no mostraron su natural bravura y se dejaron mansamente uncir  a la carreta.

Luego las bestias empezaron a caminar y se fueron  directamente, como si supieran el camino, llevando el sarcófago hasta el palacio de Lupa.

La reina asombrada por tantos prodigios, ya no se resistió.

Se convirtió y donó su palacio, para que fuera una iglesia y la sepultura del apóstol;

que de esta manera increíble terminó su azarosa travesía.

Después de esto, con el Espíritu Santo en acción, la expansión del cristianismo en la Península Ibérica fue rápida e intensa.

Rostro reconstruido científicamente en la actualidad, del apóstol Santiago de Zebedeo…

Y Santiago se convirtió en el santo Patrono y Protector de España.

+ + + + + + +

Después de Pentecostés, cuando los apóstoles se dispersaron a diferentes regiones, Andrés se fue a Siria;

luego continuó su camino hacia Capadocia, Galacia y Bitinia.

Por donde iba pasando, predicaba el Evangelio.

Hizo muchísimos milagros y la Presencia del Espíritu Santo en él era tan poderosa, que hubo innumerables conversiones.

Pero así como era portentosa su predicación del Evangelio, sufrió muchas persecuciones.

En Amiso, ciudad situada al oriente del Mar Negro y a setenta y seis millas de Sinope, ciudad del Ponto, lo acogió un judío en su casa.

En Sinope había sido apresado Matías.

Fue a verlo y ante su presencia, se le soltaron los grilletes a su compañero y se abrió el portón de la prisión.

De esta manera lo liberó y Matías se fue a predicar al territorio de los caníbales.

Por su parte, Andrés se quedó en la ciudad predicando el Evangelio, expulsando demonios y haciendo milagros.

A los sacerdotes de los templos de Afrodita y Artemisa, no les hizo ninguna gracia que de manera prodigiosa, también fueran destruidas sus estatuas.

Esto, aunado a la violación de su cárcel; los hizo enojar tanto que también a él lo apresaron.

Lo torturaron, le rompieron los dientes, le cortaron los dedos y creyendo que estaba muerto,

lo llevaron fuera de la ciudad y lo lanzaron en un paraje lleno de estiércol.

Jesús lo restauró.

Y Andrés regresó a la ciudad y al mismo lugar totalmente sano, para seguir predicando lleno de gozo y alegría.

Sus adversarios al verlo, se quedaron pasmados.

Pero al escucharlo creyeron, le pidieron perdón y se convirtieron.

En Bizancio resucitó al hijo único, de una mujer que había sido asesinado por sus enemigos.

Duró dos años en Nicea.

Recorrió la región de los antropófagos, las tierras de Scytia, (Actual Moldavia, Ucrania, Hungría y el este de Rusia) Macedonia, Peloponeso y Acaya.

Fundó iglesias, ordenó sacerdotes y consagró como Obispo de Patras a Herodión, uno de los setenta y dos discípulos que menciona el Evangelio.

Predicó en la región de los antropófagos y fue a las tierras de Scytia. (Actual Moldavia, Ucrania, Hungría y el este de Rusia).

Con la evangelización de Andrés, todos los templos paganos fueron quedando desiertos.

Poco antes de la Asunción de María Santísima, los ángeles lo llevaron a Jerusalén.

Y la Virgen le anunció la clase de muerte que iba a tener.

Desde este momento, su deseo más ardiente fue la Cruz.

Egeas, el Procónsul de Acaya estaba en Roma,

cuando su esposa Maximilia fue sanada de un cáncer en los ojos y se convirtió en cristiana.

A su regreso, Egeas prefirió su lealtad a Roma. Y persiguió a los cristianos, tal como lo decretaba el Edicto de Nerón.

Cuando Andrés estuvo frente a Egeas,

éste le dijo:

–   Así que tú eres ese Andrés…

El que destruye los templos de los dioses y seduce a los hombres con la religión que he recibido orden de extirpar.

Andrés le contestó:

–   El emperador no reconoce al Hijo de Dios, que bajó a la Tierra para traer la salvación.

Esos ídolos no son dioses. Son demonios inmundos que quieren alejar a los hombres de Dios, para que Él no los escuche.

Y así poder mantenerlos esclavizados, engañados y llenando sus almas de pecados; que es lo único que se llevarán al otro mundo.

–   Pues si no sacrificas a los dioses, morirás.

–  Tú eres el que debe alejarse de ellos.

Tú que eres juez de hombres, reconoce al Juez que está en los Cielos y adórale.

Entonces se inicia una larga discusión, en la que el apóstol trata de atraerle a la salvación por la Cruz de Cristo.

Pero para el Procónsul, la cruz es el castigo infamante propio de los esclavos, la afrenta suprema entre los gentiles.

Y se mofa de la muerte ignominiosa de Jesús.

Andrés le dice:

–   Las almas perdidas deben ser rescatadas por el Misterio de la Cruz.

El romano nunca podrá esperar la salvación de un crucificado. Para él es una realidad absurda que no comprende.

Y Egeas rechaza la invitación del apóstol.

Y le ordena que sacrifique a los dioses, como lo ordena el edicto.

Andrés le respondió:

–   Si tú conocieras el Misterio de la Cruz, seguramente creerías en Él y también le adorarías.

Estas palabras provocaron la cólera del Procónsul:

–   Te sacrificaré a ti, para que se apacigüen los dioses que enfureciste.

Serás colgado en una cruz, igual que al que tú glorificas.

Y Egeas ordenó que lo flagelaran.

Lo sentenció a morir crucificado y  amarrado a una cruz. Para prolongar su agonía, aumentar sus sufrimientos y hacer su muerte más lenta y dolorosa.

En el lugar del suplicio, Andrés se quitó sus vestiduras y las dio a sus verdugos.

Su rostro estaba radiante y su alma llena de júbilo, al ver su cruz tan ardientemente amada.

La saludó diciendo:

–   «Hace mucho tiempo que he deseado y esperado este feliz momento.

La cruz ha sido consagrada con el Cuerpo de Cristo…»

Después de azotarlo bárbaramente, el apóstol fue amarrado a una Cruz ‘decussata’, (en forma de X)

En ella estuvo dos días.

Y en todo ese tiempo, no dejó de predicar, de exhortar, de aconsejar.

Toda la ciudad se reunió a escucharlo.

Luego la gente se amotinó y quiso liberarle.

Pero Andrés los reprendió y les dijo que no se opusieran a su martirio.

Muchos fueron a la casa del Procónsul a decirle que bajara al apóstol.

Egeas los vio tan irritados, que temió un motín y fue al lugar del suplicio.

Andrés le dijo:

–   ¿A qué vienes?

Si quieres obtener perdón y creer en Cristo, ya lo tienes.

Pero si vienes a bajarme de la cruz, es demasiado tarde; porque ya estoy viendo a mi Rey y lo estoy adorando.

Egeas dio una orden y muchos se acercaron para quitarlo.

Pero en cuanto lo tocaron se paralizaron y no pudieron desatarle.

De pronto, una luz brillante y celestial envolvió al apóstol.

Esa Luz estuvo como media hora.

Andrés se sumergió en la Oración en el Espíritu y…

Luego dijo en voz alta:

–   ¡Oh, mi Señor Jesucristo, recibe mi espíritu!…

Cuando desapareció la luz, Andrés ya había expirado.

Maximilia lo enterró.

Y siguieron sucediendo muchos milagros por las oraciones que hacían en su tumba, pidiéndole su intercesión…

*  *  *  *  *  *  *  

Después de Pentecostés, al igual que los demás apóstoles, Felipe y Bartolomé permanecieron un tiempo en Palestina.

Luego, se fueron a predicar el Evangelio a Siria y siguieron adelante, hasta adentrarse en el Asia Menor.

Su predicación logró muchísimas conversiones, pues el Espíritu Santo obraba muchos prodigios maravillosos.

Pero también tuvieron que soportar muchísimas pruebas…

A Felipe los paganos quisieron obligarlo a hacer un sacrificio a Marte.

Como en aquel tiempo los dragones todavía no se extinguían;

había uno que estaba colocado bajo el pedestal de su estatua y mató con su aliento al sacerdote y a dos soldados.

Pero Felipe hizo huir al dragón y resucitó a los tres muertos.

Esto hizo que aumentara la fama de los apóstoles y su evangelización triunfaba con muchas conversiones.

Durante su paso por Lidia y Misia sufrieron muchas tribulaciones.

Fueron encarcelados, azotados y apedreados, pero a pesar de toda esta persecución, la gracia de Dios los sostenía…

Y los protegió milagrosamente, para que continuaran con su misión, hasta las tierras de Frigia.

En Hierápolis, se encontraron con un hombre que estaba ciego desde hacía cuarenta años y se llamaba Eustaquio.

Los apóstoles anunciaron el Evangelio y le devolvieron la vista, con el Poder del Espíritu Santo.

Luego lo bautizaron y se quedaron en su casa.

La noticia de que Eustaquio había recuperado la vista, se extendió rápidamente por todos lados…

Y una gran multitud se reunió para ver al curado.

Felipe y Bernabé les anunciaron el Evangelio y una gran cantidad de enfermos, fueron sanados.

Expulsaron demonios y hubo muchos milagros, con un gran despliegue de Poder del Espíritu Santo.

Todo esto hizo que muchos creyeran en Cristo y pidieran ser bautizados.

En la ciudad, había un templo muy famoso, donde era adorada una serpiente gigantesca.

La alimentaban y le ofrecían innumerables y variados sacrificios.

Con el poder de la Oración, los apóstoles la vencieron y la mataron.

El gobernador del lugar se llamaba Nicanor y su esposa fue mordida por una cobra.

Estaba agonizando y le dijeron que los extranjeros que se alojaban en la casa de Eustaquio sanaban toda clase de males, con tan solo decir una palabra.

En ausencia del marido, ella se hizo llevar por los esclavos hasta donde estaban Felipe y Bernabé y fue sanada.

Cuando el gobernador regresó, fue informado de que su mujer se había vuelto cristiana.

Nicanor se encolerizó mucho y ordenó que arrestaran a los apóstoles y que quemaran la casa de Eustaquio.

Cuando las órdenes fueron cumplidas,

Nicanor se sentó en el Tribunal del Foro, a presidir el juicio de los evangelizadores.

También se presentaron los sacerdotes del Templo de la Serpiente muerta, 

Y los acusaron.

Expusieron sus quejas ante Nicanor,

diciendo:

–           ¡Oh, noble Nicanor!

¡Castiga la ignominia que le han hecho a nuestros dioses!

Porque desde que estos extranjeros se aparecieron en nuestra ciudad, los templos han sido olvidados.

Y la gente ya no acude a ofrecer sus sacrificios acostumbrados.

Nuestra gran diosa, la serpiente, ha muerto y la ciudad entera se está llenando de iniquidad, pues con sus encantamientos, ellos están corrompiendo a tus súbditos.

 Por eso… ¡Da muerte a estos hechiceros!

Nicanor, ni siquiera dio la oportunidad de que los apóstoles se defendieran.

Y accediendo a las demandas, para vengar el sacro agravio, los condenó a la crucifixión.

El gobernador ordenó que los prisioneros fueran desnudados.

El primero fue Felipe.

Le perforaron orificios entre los huesos del tobillo, por donde hicieron pasar cuerdas.

Y lo crucificaron en una cruz con la cabeza hacia abajo, delante del portal de Templo de la Serpiente.

Y llenándolo de insultos, también le arrojaron piedras.

Después crucificaron a Bartolomé y lo pusieron en la pared del templo.

Pero repentinamente un gran terremoto sacudió la tierra…

Ésta se abrió y se tragó al gobernador, a los sacerdotes acusadores y a una gran cantidad de espectadores incrédulos.

Todos los sobrevivientes, tanto cristianos como paganos, quedaron aterrorizados.

Y lamentándose, rogaron a los apóstoles que se apiadaran de ellos y les ayudaran, a aplacar la irritación del Dios Altísimo del Universo, para que no los aniquilara también a ellos.

Suspendido desde lo alto de la muralla del templo, Felipe oró por sus enemigos, implorando el perdón para ellos.

Y por la Gracia de la Conversión, para que obtuvieran la salvación, al conocer y amar a Dios y a la Doctrina Cristiana.

El Señor accedió a su petición e inmediatamente hizo que la tierra devolviera con vida a las víctimas que se había tragado…

Con excepción del gobernador y los sacerdotes paganos, del Templo de la Serpiente.

Y velozmente se pusieron a quitar de la cruz a los apóstoles.

A Bartolomé lo arrancaron pronto, porque no estaba muy arriba del suelo.

Pero a Felipe, como lo habían suspendido muy arriba; NO pudieron sustraerlo.

Con estos tormentos, fue la Voluntad de Dios la que determinó, que su apóstol pasara de la Tierra al Cielo...

Y muriera en la cruz, como su amado Maestro.

En el lugar donde se derramó su sangre, creció en tres días una vid muy exuberante y hermosa…

Luego le hicieron un funeral con  grandes honores, al cuerpo del apóstol sacrificado.

Fue enterrado junto a sus hijas en Hierápolis.

Bartolomé en cambio, fue sanado milagrosamente de todas sus heridas.

Y todos glorificaron en voz alta el poder de Cristo y expresaron su deseo de ser bautizados.

Bartolomé los catequizó y después de bautizarlos, ordenó como obispo a Eustaquio,

para que se quedara a cargo de la naciente iglesia que había sido consagrada y se reuniría alrededor del sepulcro de Felipe.

Continuando con su misión, Bartolomé llegó hasta la India, proclamando el Evangelio y estableciendo iglesias.

Trabajó varios años pasando por ciudades y aldeas, haciendo muchos milagros y predicando a Cristo.

Tradujo a la lengua local el Evangelio de Mateo y también les dejó por escrito, un Evangelio en lengua hebrea,

el cual sería llevado a Alejandría un siglo más tarde, por el filósofo cristiano Panteno.

De la India se fue a Armenia.

Y aquí los demonios que moraban en los ídolos, se callaron.

Lamentándose con sus últimas palabras, de que Bartolomé los estaba atormentando y que pronto los expulsaría.

Los innumerables prodigios hechos en este renglón, provocó que muchos dejaran a sus dioses y se convirtieran en cristianos.

Polimio el rey de esta tierra, tenía una hija que estaba poseída por el demonio, quién  exclamaba por labios de ella:

–   Bartolomé.

¿También nos arrojarás de este lugar? 

Y se lamentaba dando alaridos.

El rey al oír esto, ordenó buscar inmediatamente a Bartolomé.

Y cuando éste llegó junto a la joven, el demonio huyó al instante dejando libre y sanada a la princesa.

El rey, deseando mostrar su gratitud al apóstol le llevó camellos cargados con oro, plata, perlas y distintas piedras preciosas.

El apóstol las rechazó con humildad,

diciendo:

–  Yo no busco estas cosas, sino más bien el alma de los hombres.

Que son más valiosas que todos los tesoros de la tierra.

Si las consigo y las llevo a las mansiones del Cielo, seré un gran mercader a los ojos del Señor.

El rey Polimio, impactado por estas palabras, creyó en Cristo y en el mensaje del Evangelio que Bartolomé les enseñó.

Se convirtió el rey, junto con la reina y toda la familia real.

Además de una gran cantidad de nobles y de ciudadanos del reino.

Todos fueron bautizados y Bernabé recibió total libertad para predicar en todas partes.

Más de diez ciudades siguieron el ejemplo de su rey,  que renunció al trono y se hizo discípulo del apóstol.

Sin embargo los sacerdotes de los templos paganos se encolerizaron muchísimo contra Bartolomé.

Se lamentaban profundamente por la destrucción de sus dioses y el abandono de sus templos, que eran el sustento de su poder y su riqueza.

Celebraron una asamblea y acordaron quejarse ante el nuevo monarca.

Un hermano de Polimio llamado Astiages lo sucedió en el trono.

Poco tiempo después de que éste iniciara su reinado, se presentaron ante él para quejarse por los daños inferidos a los dioses…

Con la profanación del templo real y la destrucción de las efigies sagradas.

Y acusaron al apóstol de todos los estragos ocasionados por los encantamientos realizados con sus artes mágicas, que habían corrompido a Polimio.

Lo convencieron para que infligiera venganza sobre el sacrílego, por todos estos ultrajes hechos a sus deidades.

Astiages escuchó la denuncia y dejándose llevar por la cólera, ordenó que arrestaran al apóstol.

Y lo trajeran a su presencia.

Cuando Bartolomé fue capturado y llevado ante él,

el rey Astiages le dijo:

–   ¡Así que tú eres el hombre que pervirtió a mi hermano!

Bartolomé contestó:

–    Yo solo le enseñé a conocer al Dios Vivo y Verdadero.

El rey replicó:

–   Pues yo voy a hacer contigo lo que tú hiciste con él.

Así como tú obligaste a Polimio a renegar de nuestros dioses, para creer en el tuyo.

Yo te obligaré a ti a renegar de tu Dios, para que adores al mío.

–   Yo lo que hice fue demostrar que lo que tu hermano adoraba,

ni siquiera son dioses. Son ángeles caídos. Creaturas rebeldes del Único Creador.

Los mostré apresados públicamente,  para que no sigan engañando y les exigí que destruyeran las efigies  de tus ídolos falsos.

Prueba tú a hacer lo mismo.

Si consigues maniatar a mi Dios, te prometo que adoraré al tuyo.

Pero si no lo consigues, porque no tienen tanto poder, continuaré destruyendo tus falsas divinidades.

Y si tú fueses razonable, adorarías a mi Señor, igual que lo hace tu hermano.

Estaban en esto, cuando le dijeron al rey que la imagen de Baldach, otro de sus ídolos, acababa de rodar por el suelo, rompiéndose en minúsculos pedazos.

El rey al oír esta noticia, rasgó su manto púrpura.

Y ordenó que azotaran a Bartolomé.

Y lo hizo crucificar cabeza abajo, hasta que renunciase a su Dios o muriese.

Pero el apóstol sufrió con paciencia la paliza y no dejó de proclamar la Palabra de Dios desde la cruz.

Exhortó a los cristianos a que fueran firmes en su Fe.

Y a los incrédulos a que conocieran la Verdad, guiándose por la Luz de Cristo.

Desde su patíbulo, parecía que estaba en el más cómodo de los púlpitos.

Bartolomé predicaba el Evangelio lleno de amor y de alegría, indiferente a todo lo que le sucedía.

El rey rehusaba escucharlo y miraba pasmado, la increíble resistencia del mártir.

Hasta que Astiages no pudo soportarlo más…

Y ordenó que desollaran vivo al apóstol.

Sin embargo, ni aún así Bartolomé se quedó callado.

Y se puso a alabar y glorificar a Dios, mientras le aplicaban el bárbaro tormento.

Al ver esto, exasperado hasta el límite de su capacidad,

Finalmente el rey ordenó cercenar la cabeza del sentenciado y la separaron de su cuerpo, junto con su piel.

Sólo entonces sus labios enmudecieron…

Cuando fue decapitado y su espíritu voló hacia el Cielo.

Así concluyó la vida terrenal de Bartolomé.

Después los cristianos bajaron su cuerpo de la cruz y junto con la cabeza y su piel;

Lo colocaron en un ataúd y lo enterraron en la ciudad de Albano, (Bakú) en Armenia.

Con sus reliquias seguían operándose muchos milagros, siguieron las conversiones y se fortaleció la Iglesia Cristiana.

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