Archivos diarios: 16/12/20

123 EL SABIO DE ISRAEL


123 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

El grupo apostólico avanza unos cincuenta metros, todavía por un camino montañoso encajado entre las paredes boscosas del monte…

Luego el camino gira y llega a una especie de pequeña meseta, a la que atraviesa, ensanchándose; para luego volver a estrecharse y a hacerse tortuoso, bajo un techo de ramas entrelazadas.  

–     ¡Maestro! ¡Maestro!

¿Sabes quién nos precede? ¡E1 rabí Gamaliel!

Está sentado con sus servidores en la sombra del bosque, protegido del viento. Es una caravana. Están asando un cordero.

¿Y ahora qué hacemos?  

Jesús señala: 

–     Pues lo que queríamos hacer, amigos.

Nosotros vamos por nuestro camino…

–     Pero Gamaliel es del Templo».

–     Gamaliel no es malo.

No tengáis miedo. Voy Yo adelante.  

Los dos primos, todos los galileos y Simón, 

dicen al mismo tiempo:  

–      ¡Voy también yo!

Sólo Judas de Keriot y un poco menos Tomás, muestran pocas ganas de continuar el camino; pero siguen a los otros.

En el claro soleado del bosque, amparados por la sombra de las primeras hojas de los árboles, hay bajo una rica tienda, un nutrido número de personas.

Y otros que en un ángulo, están girando el cordero que tienen puesto sobre la llama.

¿Qué decir! ¡Gamaliel se cuida bien! Para un solo hombre que viaja,  ha movilizado un regimiento de servidores con mucho equipaje.

Ahora está allí sentado, en el centro de su tienda:

Un telón extendido apoyado en cuatro palos dorados; una especie de baldaquino, bajo el cual hay unos asientos bajos, cubiertos de cojines.

Y una mesa, que es una superficie montada sobre caballetes taraceados, aparejada con un finísimo mantel sobre el que los servidores disponen una valiosa vajilla.

Gamaliel parece un ídolo: con las manos abiertas sobre las rodillas, rígido, hierático, parece una estatua. En torno a él, los servidores se mueven y giran de un lado para otro como mariposas.

Él está en otras cosas, está pensando: los párpados semicierran sus ojos severos.

Cuando los abre, dos oscurísimos ojos profundos y llenos de pensamiento se muestran en toda su severa belleza, a ambos lados de una nariz larga y fina,

bajo una frente un poco calva de viejo, alta, signada por tres arrugas paralelas, con una gruesa vena azulada que dibuja casi una V en el centro de la sien derecha.  

Los sirvientes se vuelven por el rumor de los pasos de los que llegan; también Gamaliel, el cual, al ver a Jesús, que viene al frente, hace un gesto de sorpresa y se pone en pie.

Se acerca al límite de la tienda, pero no lo sobrepasa. Desde allí, con los brazos recogidos sobre el pecho, se inclina con gran reverencia.

Jesús responde de la misma forma.  

Gamaliel pregunta: 

–     ¿Estás aquí, Rabí? 

Jesús responde: 

–     Aquí estoy, rabí.

–     ¿Se te puede preguntar a dónde te diriges?

–     Con gusto te respondo: vengo de Neftalí y voy a Yiscala.

–     ¿A pie?

Largo y penoso es el camino por estos montes. Te vas a cansar demasiado.

–     Créeme, si me aceptan y prestan oído a mis palabras, todo cansancio cesa.

–     Concédeme entonces, por una vez, que sea yo quien te proporcione descanso.

El cordero ya está preparado. Habríamos dejado los restos a las aves, porque no acostumbro a llevármelos conmigo, así que no me supone ninguna dificultad invitaros a ti y a los tuyos.

Soy amigo tuyo, Jesús. No te considero inferior a mí; antes al contrario, mayor.

–     Lo creo. Acepto.

Gamaliel habla con un sirviente, que parece el primero en autoridad.

Éste transmite la orden:

Prolongan la tienda y descargan de los muchos mulos que hay, otros asientos para los discípulos de Jesús y otros objetos del servicio de mesa.

Traen las copas para la purificación de los dedos.

Jesús, con la máxima majestuosidad, procede al rito mientras los apóstoles, observados con el rabillo del ojo agudamente, por Gamaliel,

lo hacen más mal que bien, excepto Simón, Judas de Keriot, Bartolomé y Mateo, más habituados a los refinamientos judaicos.

Jesús se ha puesto junto a Gamaliel, que está solo en uno de los lados de la mesa. Frente a Jesús, Simón Zelote.

Después de la oración de ofrecimiento, recitada por Gamaliel con lentitud solemne, los sirvientes trinchan el cordero y lo distribuyen a los invitados.

Y llenan de vino las copas, o de agua de miel para quien lo prefiere. 

Gamaliel dice:  

–     El azar nos ha reunido, Maestro.

No me podía imaginar que te iba a encontrar. Y menos aún dirigido a Yiscala.

–     Me dirijo a todo el mundo.

–     Sí. Eres el Profeta infatigable.

Juan es el estable; Tú, el peregrino.

–     Ello facilita a las almas el encontrarme.

–     No diría yo lo mismo, porque si te mueves pierden tu pista.

–     La pierden los enemigos.

Pero quienes desean acercarse a Mí, porque aman la Palabra de Dios, me encuentran. No todos pueden venir al Maestro; por lo cual, el Maestro deseoso de todos, va a ellos,

haciendo así el bien a los buenos y evitando las conjuras de quienes le odian.

–     ¿Lo dices por mí?

No te odio.

–     No lo digo por ti.

Pero, siendo justo y sincero como eres, podrás corroborar lo que acabo de decir.

–     Sí, así es.

De todas formas… es que nosotros los viejos te comprendemos mal.

–     Sí.

El viejo Israel me comprende mal. Por desgracia para él… y por propia voluntad.

–     ¡Nooo!

–     Sí, rabí.

No aplica su voluntad a entender al Maestro. Y quien se limita a eso todavía hace un mal relativo. Pero es que otros aplican su voluntad a entender mal y a alterar mi palabra para dañar a Dios.

–     ¿A Dios?

¡Él está por encima de las insidias humanas!

–     Sí.

Pero toda alma que se desvía, o que es desviada…

Y desviar es alterar mi palabra y mi obra a sí mismo o a los demás, es un daño hecho a Dios en esa alma que se pierde: toda alma que se pierde es una herida infligida a Dios.

Gamaliel baja la cabeza y piensa con los ojos cerrados.

Luego se aprieta la frente entre sus largos y delgados dedos con un movimiento involuntario de aflicción.

Jesús lo escudriña con su mirada.

Gamaliel levanta la cabeza, abre los ojos, mira a Jesús,

y dice:

–     Pero Tú sabes que no soy uno de ellos.

–     Lo sé, pero eres uno de los primeros.

–     Sí, eso es verdad.

Pero no es que no me aplique a entenderte. Lo que pasa es que tu palabra se detiene en mi mente y no va más abajo. La mente la admira, cual palabra de hombre docto, pero el espíritu… 

Jesús confirma:

–     Pero el espíritu no puede recibirla, Gamaliel.

Porque tiene demasiados estorbos; que además son cosas ya inservibles.

Viniendo de Neftalí, hace poco he pasado por un monte que sobresale de la cadena montañosa. He querido pasar por ese lugar para contemplar la belleza de los dos lagos de Genesaret y Merón desde lo alto,

como los ven las águilas y los ángeles del Señor, para decir una vez más: “Gracias, Creador, por la belleza que nos concedes”.

Pues bien, mientras que toda la cadena es un fértil florecer, macollar, poblarse de hojas los prados, arboledas, huertos,  campos y bosques,

mientras los laureles desprenden su aroma junto a los olivos, preparando ya la nieve de las mil flores y el robusto roble parece hacerse más bueno porque se viste de las coronas de las clemátides y madreselvas…

Allí no, allí no hay floración ni fertilidad, ni de hombre ni de la naturaleza:

Todo esfuerzo del viento, todo esfuerzo de los hombres se malogra allí, porque las ruinas ciclópeas de la antigua Hatzor ocupan todo.

Y entre esas voluminosas piedras no puede sino crecer la ortiga y el espino y anidar la serpiente.

Gamaliel…

–     Comprendo.

También nosotros somos escombros… Comprendo la parábola, Jesús.

Pero… no puedo… no puedo cambiar de línea de actuación: las piedras están demasiado hincadas.

–     Alguien en quien crees te dijo:

“Las piedras se estremecerán cuando pronuncie mis últimas palabras”.

Pero, ¿Por qué esperar a las últimas palabras del Mesías? ¿No tendrás remordimientos por no haberme querido seguir antes?

¡Oh, las últimas!… Tristes palabras, si se trata de un amigo que muere y que hemos ido a escuchar demasiado tarde. Y mis palabras son más que las de un amigo.

–     Tienes razón, pero no puedo.

Espero ese Signo para creer.

–     No basta un rayo para remover un campo yermado.

No lo recibe la tierra, sino sólo las piedras que la cubren. Trabaja al menos en removerlas, Gamaliel.

Si no, si continúan así, en lo profundo de ti, el Signo no te llevará a creer.

Gamaliel calla, absorto.

La comida termina.

Jesús se levanta y dice:

–     “Te doy gracias, Dios mío, por esta comida y por haber podido hablar al sabio.”

Y gracias a ti, Gamaliel.

–     Maestro, no te vayas así.

Temo que estés enfadado conmigo.

–     ¡Oh!, ¡No!

Debes creerme.

–     Entonces, no vayas.

Yo me estoy dirigiendo a la tumba de Hillel. ¿Desdeñarías venir conmigo?

Nos llevará poco tiempo porque tengo mulos y asnos para todos. Simplemente les quitamos los bastos. Los llevarán los sirvientes.

Así te será más corto el camino en el trecho más duro.

–     No sólo no desdeño ir contigo.

Sino que me siento honrado de ello y de ir a visitar la tumba de Hillel. Vamos pues.

Gamaliel da unas órdenes y mientras todos se ponen a trabajar para desmontar el comedor provisional, Jesús y el rabí montan a lomos de una mula.

Y al lado el uno del otro, avanzan por el camino escarpado, silencioso… en el que suenan fuerte las pezuñas herradas.

Gamaliel guarda silencio: sólo dos veces le pregunta a Jesús si va cómodo en la silla.

Jesús responde y calla. Luego absorto en su pensamiento, hasta el punto de que no ve que Gamaliel, sujetando un poco a su mula, lo deja pasar adelante, la largura de un cuello, para estudiar todos sus movimientos.

Los ojos del anciano rabí están tan atentos y fijos, que parecen los de un halcón al acecho de la presa.

Pero Jesús no se da cuenta. Va sereno, acompañando el paso ondulado de la cabalgadura.

Piensa y no obstante, advierte todos los detalles de lo que le rodea. Alarga una mano para coger un péndulo racimo de codeso de oro; sonríe a dos pajarillos que se están haciendo el nido en un tupido enebro.

Detiene la mula para escuchar a una curruca; hace un gesto de asentimiento, como bendiciendo, al grito impaciente con que una tórtola salvaje insta a su compañero al trabajo.  

Gamaliel dice:

–     Quieres mucho a las plantas y a los animales, ¿No?

Jesús responde:

–     Sí, mucho; es mi libro vivo.

El hombre tiene siempre ante sus ojos los cimientos de la fe. El Génesis vive en la Naturaleza. Y quien sabe ver sabe también creer.

¿Puede acaso esta flor de tan delicado perfume y delicada materia de sus colgantes corolas, y tan en contraste con este espinado enebro y con aquella aulaga de punzantes hojas, haberse hecho sola?

Y mira allí, ¿Puede acaso haberse hecho así, solo, aquel petirrojo, con esa pincelada de sangre seca en su blando cuello?

¿Y aquellas dos tórtolas?:  ¿Cómo habrían podido pintarse ese collar de ónix sobre el velo de las plumas grises?

¿Y allí, esas dos mariposas?: una, negra con su dibujo de grandes ojos de oro y rubí; blanca con rayas azules la otra: ¿Dónde habrán encontrado las gemas y cintas para sus alas?

¿Y este riachuelo?: Es agua, sí, pero ¿De dónde proviene?, ¿Cuál es la fuente primera del agua elemento?

¡Ah, mirar quiere decir creer, si se sabe ver!

–     Mirar quiere decir creer.

Miramos demasiado poco al Génesis vivo que tenemos ante nuestros ojos.   

–     Demasiada ciencia, Gamaliel.

Y demasiado poco amor. Y demasiada poca humildad.

Gamaliel suspira y menea la cabeza.

–     Bien, he llegado, Jesús.

Allí está enterrado Hillel. Dejemos aquí las cabalgaduras y acerquémonos allí abajo. Un sirviente se hará cargo de las mulas.

Se apean. Atan a un tronco las bestias.

Se encaminan hacia un pequeño sepulcro que se destaca en la ladera del monte al lado de un vasto edificio completamente cerrado.

Gamaliel señala la casa, 

y dice:

–     Aquí vengo a meditar, como preparación a las fiestas de Israel.

–     La Sabiduría te dé todas sus luces.  

Señala el sepulcro y dice:

–     Y aquí, para prepararme a la muerte: era un justo.

Jesús confirma: 

–     Era un justo.

Oro con gusto ante sus cenizas. Pero, Gamaliel, no sólo a morir debe enseñarte Hillel. Te debe enseñar a vivir.

–     ¿Cómo, Maestro?

–     “E1 hombre es grande cuando se humilla”: era su lema preferido…

–     ¿Cómo lo sabes, si no lo has conocido?

–     Lo he conocido…

Y, además, aunque no hubiera conocido personalmente a Hillel el rabí, su pensamiento lo hubiera conocido como de hecho lo conozco, porque nada ignoro del pensamiento humano.

Gamaliel inclina la cabeza y susurra:

–     Sólo Dios puede decir esto.

Jesús responde: 

–     Dios y su Verbo.

Porque el Verbo conoce al Pensamiento y el Pensamiento conoce al Verbo, y lo ama, comunicándose a Él con sus tesoros para hacerlo partícipe de Sí.

El Amor estrecha los lazos y hace de Ellos una sola Perfección. Es la Tríada que se ama y que divinamente se forma, se genera, procede y completa.

Todo pensamiento santo ha nacido en la Mente perfecta y se refleja en la mente del justo. ¿Puede, entonces, el Verbo ignorar los pensamientos de los justos, que son los pensamientos del Pensamiento?

Oran largamente ante el sepulcro cerrado.

Se acercan a ellos los discípulos y luego los sirvientes: los primeros, a caballo; los otros, bajo el peso de los equipajes.

Pero se detienen en los lindes del prado que precede al sepulcro.

La oración termina.

Jesús se despide: 

–     Adiós, Gamaliel.

Sube como Hillel. 

Gamaliel se queda perplejo…

Y pregunta:

–     ¿Qué quieres decir?

–     Sube.

Él te precede porque ha sabido creer más humildemente que tú.

A ti la paz.

122 LA PIEDRA ANGULAR


122 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Jesús está hablando  en un poblado costero. También aquí una calle bordea el lago y hay barcas sacadas a la orilla.

Del otro lado de la calle están alineadas las casas, más o menos grandes.

Aquí las colinas están mucho más distantes, así que es una ciudad edificada en una llanura, que se prolonga por la orilla oriental del lago.

La resguarda del viento el baluarte de los montes.

Bien templada por tanto por el sol que aquí, más que en otros campos, aumenta la floración de los árboles.

 Jesús dice:

-…Es verdad. Decís: “No te abandonaremos nunca porque sería abandonar a Dios”.

Oh, pueblo de Guerguesa, recuerda que nada hay más mutable que el pensamiento humano!

Estoy convencido de que en este momento realmente pensáis así.

Mi palabra y el milagro realizado os han exaltado en este sentido y ahora sois sinceros en lo que decís. Pero quisiera recordaros un episodio, mil podría citar, lejanos y cercanos -.

Os cito éste sólo. Josué, siervo del Señor, antes de morir, reunió en torno a sí a todas las tribus con sus ancianos, príncipes, jueces y magistrados.

Y les habló en presencia del Señor, recordándoles a todos los beneficios y los prodigios operados por el Señor a través de su siervo.  

Y, tras haber enumerado todas estas cosas, los invitó a repudiar a todos los dioses que no fueran el Señor.  O cuanto menos, a ser auténticos en la fe, eligiendo con sinceridad,

O al verdadero Dios. O a los dioses de Mesopotamia y de los amorreos; de modo que hubiera una neta separación entre los hijos de Abraham y los paganizantes. 

“Apariencias de piedad, sin el Poder de ella.”

Es preferible siempre un error valiente a una hipócrita profesión y mezcla de fes: para Dios, infamia; para los espíritus, muerte.

Nada más fácil y común que esas mezcolanzas. La apariencia es buena, pero por debajo está la sustancia, que no es buena. Aún hoy, hijos, aún hoy.

Esos fieles que mezclan la observancia de la Ley con lo que la Ley prohíbe; esos desdichados que caminan dando tumbos, como los borrachos, entre la fidelidad a la Ley y las ganancias de los negocios,

y viven comprometidos con quienes están al margen de la ley, de quienes esperan alguna ventaja; esos sacerdotes o escribas o fariseos que ya no tienen por finalidad de la propia vida el servicio a Dios,

sino que éste se ha convertido en una astuta política para triunfar sobre los demás, se ha convertido en poder – y nada más contra sus semejantes – más honestos que ellos -,

porque sirven no a Dios sino a un poder que se presenta ante sus ojos fuerte y precioso para sus fines… ésos son sólo hipócritas que mezclan a nuestro Dios con dioses extranjeros.

El pueblo respondió a Josué: “¡Jamás abandonaremos al Dios verdadero para servir a dioses extranjeros!”. Y Josué les dijo lo que Yo a vosotros hace un momento acerca del santo celo del Padre,

acerca de su voluntad de ser amado con exclusividad, con la totalidad de nosotros mismos, y acerca de su justicia cuando castiga a los embusteros.

-¡Castigar!… Sí, Dios, de la misma forma que puede favorecer, puede castigar. Antes de morir se puede recibir premio o castigo.

¡Mira, pueblo hebreo, mira cómo Dios – después de haberte dado tanto liberándote de los faraones, conduciéndote ileso a través del desierto y entre insidias de enemigos,

permitiéndote que llegaras a ser una nación grande y temida y rica en glorias; te ha castigado por tus culpas: una, dos, diez veces!

¡Mira en qué estado te encuentras! 

Y Yo, que veo que te estás hundiendo en la más sacrílega de las idolatrías, veo también el Abismo por el que te vas a despeñar por persistir en las mismas culpas.

Y por esto te llamo, pueblo que eres dos veces mío, por ser el Redentor y por haber nacido de ti. Esta llamada mía, aunque sea severa, no es odio ni rencor ni intransigencia, es amor.

Josué dijo entonces: “Sois testigos de que habéis elegido al Señor”,

Y todos respondieron: “Sí”.

Y Josué, que era sabio además de valeroso, sabiendo cuán lábil es la voluntad del hombre, escribió en el libro todas las palabras de la Ley y de la alianza y las puso en el Templo.

Y puso también, en este santuario del Señor, en Siquem, que contenía a la sazón el Tabernáculo, una voluminosa piedra como testimonio.

Luego dijo:

“Esta piedra, que ha oído las palabras que habéis dirigido al Señor, quedará aquí como testimonio, para que no podáis retractaros y mentir al Señor Dios vuestro”.

El hombre, el rayo o la erosión de las aguas y del tiempo, pueden siempre pulverizar una piedra por grande y dura que sea.

Pero YO SOY LA PIEDRA ANGULAR Y ETERNA 

Y no puedo ser destruido.  

No le mintáis a esta Piedra viva, no la améis por el sólo hecho de que realice prodigios; amadla porque por ella tocaréis el Cielo.

Yo os quisiera más espirituales, más fieles al Señor. No digo a mí. Mi única razón, aquí, es que soy la Voz del Padre.

Ultrajándome, herís a aquel que me ha enviado.

Yo soy el medio; Él, el Todo. Recoged de mí y conservad en vosotros lo santo para alcanzar a este Dios.

No améis sólo al Hombre, amad al Mesías del Señor no por los milagros que hace, sino porque desea obrar en vosotros el milagro íntimo y sublime de vuestra santificación.

Jesús imparte su bendición y se encamina hacia una casa.

Ya casi en el umbral de la puerta, un grupo de ancianos lo detiene:

Lo saludan respetuosamente,

y dicen:

–     ¿Podemos preguntarte una cosa, Señor?

Somos discípulos de Juan. Siempre habla de ti. Ha llegado a nuestros oídos la fama de tus prodigios. Así que hemos querido conocerte.

Ahora bien, oyéndote, se nos ha planteado una pregunta que desearíamos proponerte. 

Jesús responde:

–     Exponedla.

Si sois discípulos de Juan estaréis ya en el camino de la justicia.

–     Has dicho, hablando de las idolatrías comunes en los fieles, que en medio de nosotros hay personas que trafican entre la Ley y los que no siguen la Ley.

Ahora bien, Tú también eres amigo de éstos últimos, sabemos en efecto, que no rechazas a los romanos -. ¿Entonces?

–     No lo niego, pero…

¿Acaso podéis afirmar que lo haga para obtener de ellos algún provecho? Ni siquiera busco su protección. ¿O podéis, acaso, afirmar lo contrario, porque los trate con benignidad?

–     No, Maestro, estamos de ello más que seguros.

Pero el mundo no está hecho sólo de nosotros, que queremos creer solamente en el mal que vemos y no en el de que se nos habla.

Explícanos las razones que pueden fundar este acercamiento a los gentiles; hazlo para instrucción nuestra y para que te podamos defender, si alguien te calumnia en nuestra presencia.

–     Estos contactos son malos cuando la finalidad es humana.

No lo son cuando la intención es llevarlos al Señor Dios nuestro. Así actúo Yo. Si fuerais gentiles, podría detenerme a explicaros cómo todo hombre procede de un único Dios.

Pero sois hebreos, y además discípulos de Juan; sois, por tanto, la flor de los hebreos, y no es necesario que os lo explique. Estáis, pues, ya en condiciones de entender y creer que, siendo el Verbo de Dios,

Es mi deber llevar su Verbo a todos los hombres, hijos del Padre Universal.

–     Pero no son hijos, porque son paganos…

–     Por lo que se refiere a la Gracia no lo son.

Por su errada fe no lo son:

Esto es verdad pero, hasta que no os haya redimido, el hombre, incluyo al hebreo, ha perdido la Gracia.

Está privado de ella, porque la Mancha de origen es obstáculo para que el rayo inefable de la Gracia descienda a los corazones.

De todas formas, por la Creación el hombre es siempre hijo.

De Adán, cabeza de toda la humanidad, proceden tanto los hebreos como los romanos.

Y Adán es hijo del Padre, que le dio su semejanza espiritual.

–     Es verdad.

Otra pregunta, Maestro. ¿Por qué los discípulos de Juan hacen grandes ayunos y los tuyos no?

No decimos que Tú no tengas que comer, también el profeta Daniel, aun siendo grande en la corte de Babilonia, fue santo a los ojos de Dios, y Tú eres superior a él. Pero ellos…

–     La cordialidad obtiene muchas veces, lo que no se consigue con el rigorismo.

Algunos no se acercarían jamás al Maestro, debe ser el Maestro quien vaya a ellos.

Otros sí se acercarían, pero se avergüenzan de hacerlo en público: también a ellos debe ir el Maestro.

Y, puesto que me dicen:

“Sé huésped mío para poderte conocer”, acepto.

Teniendo presente no el placer de una mesa opulenta o el placer de los discursos, que a veces me resultan muy penosos.

Sino una vez más y siempre el interés de Dios.

Esto por lo que respecta a Mí. Frecuentemente al menos una de las almas con las que tengo contacto de esta manera se convierte.

Toda conversión significa una fiesta nupcial para mi alma, una gran fiesta en la que participan todos los ángeles del Cielo, bendecida por el eterno Dios.

Y mis discípulos, o sea, los amigos del Esposo, exultan con el Esposo y Amigo.

¿Os parecería lógico que mis amigos hicieran duelo mientras Yo exulto de gozo y estoy con ellos? Día llegará en que no me tendrán. Entonces ayunarán, y mucho.

A nuevos tiempos, nuevos métodos. Hasta ayer, hasta Juan el Bautista, era el tiempo de la ceniza de la Penitencia; hoy – en mi hoy – se hace presente el dulce maná de la Redención, de la Misericordia, del Amor.

Los métodos anteriores no podrían vivir injertados en el mío, como tampoco se habría podido usar el mío entonces, sólo ayer, porque la Misericordia todavía no estaba en la Tierra.

Ahora sí que está. Ya no es el Profeta el que está en el mundo, sino el Mesías, en quien Dios ha delegado  TODO.

A cada tiempo las cosas que le son útiles.

Nadie cose un pedazo de paño nuevo en un vestido viejo, porque si lo hace, sobre todo al lavarlo, la tela nueva encoge y rompe la tela vieja, con lo cual la rotura se hace todavía mayor.

De la misma forma, nadie mete vino nuevo en odres viejos, porque el vino rompe los odres, que no son capaces de soportar la efervescencia del vino nuevo, los desgarra y se derrama.

Por el contrario, el vino viejo, que ya ha sufrido todas las mutaciones, hay que meterlo en odres viejos. Y el nuevo en nuevos, para que a una fuerza se oponga otra igual.

Esto es lo que sucede ahora: la fuerza de la nueva doctrina aconseja métodos nuevos para difundirla… y Yo, conocedor como soy, los uso.

–     Gracias, Señor.

Ahora estamos satisfechos. Ruega por nosotros. Somos odres viejos. ¿Seremos capaces de contener tu fuerza?

–     Sí, porque habéis sido curtidos por Juan el Bautista.

Y porque sus oraciones, unidas a las mías, os darán la necesaria capacidad. Marchaos con mi paz y decidle a Juan que lo bendigo.

–     Pero Tú ¿Qué piensas?

¿Que es mejor permanecer con Juan o ir contigo?

–     Mientras haya vino viejo, bebedlo, si ya a vuestro paladar le gusta su sabor; después…

El agua putrefacta que en todas partes se encuentra os dará asco y entonces desearéis el vino nuevo.

–     ¿Crees que volverán a prender al Bautista?

–     Sí. Sin duda.

De todas formas ya le he enviado una misiva. Marchaos, marchaos, gozad de vuestro Juan mientras podáis, y hacedlo feliz.

Luego me amaréis a Mí, aunque os resultará trabajoso, porque nadie que haya gustado el vino viejo desea  de repente el vino nuevo, sino que dice: “El viejo era mejor”.

Efectivamente, Yo tendré sabores especiales, que os parecerán ásperos. No obstante, vuestro paladar, de día en día, irá apreciando su sabor vital.

Adiós, amigos. Que Dios esté con vosotros.