123 EL SABIO DE ISRAEL


123 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

El grupo apostólico avanza unos cincuenta metros, todavía por un camino montañoso encajado entre las paredes boscosas del monte…

Luego el camino gira y llega a una especie de pequeña meseta, a la que atraviesa, ensanchándose; para luego volver a estrecharse y a hacerse tortuoso, bajo un techo de ramas entrelazadas.  

–     ¡Maestro! ¡Maestro!

¿Sabes quién nos precede? ¡E1 rabí Gamaliel!

Está sentado con sus servidores en la sombra del bosque, protegido del viento. Es una caravana. Están asando un cordero.

¿Y ahora qué hacemos?  

Jesús señala: 

–     Pues lo que queríamos hacer, amigos.

Nosotros vamos por nuestro camino…

–     Pero Gamaliel es del Templo».

–     Gamaliel no es malo.

No tengáis miedo. Voy Yo adelante.  

Los dos primos, todos los galileos y Simón, 

dicen al mismo tiempo:  

–      ¡Voy también yo!

Sólo Judas de Keriot y un poco menos Tomás, muestran pocas ganas de continuar el camino; pero siguen a los otros.

En el claro soleado del bosque, amparados por la sombra de las primeras hojas de los árboles, hay bajo una rica tienda, un nutrido número de personas.

Y otros que en un ángulo, están girando el cordero que tienen puesto sobre la llama.

¿Qué decir! ¡Gamaliel se cuida bien! Para un solo hombre que viaja,  ha movilizado un regimiento de servidores con mucho equipaje.

Ahora está allí sentado, en el centro de su tienda:

Un telón extendido apoyado en cuatro palos dorados; una especie de baldaquino, bajo el cual hay unos asientos bajos, cubiertos de cojines.

Y una mesa, que es una superficie montada sobre caballetes taraceados, aparejada con un finísimo mantel sobre el que los servidores disponen una valiosa vajilla.

Gamaliel parece un ídolo: con las manos abiertas sobre las rodillas, rígido, hierático, parece una estatua. En torno a él, los servidores se mueven y giran de un lado para otro como mariposas.

Él está en otras cosas, está pensando: los párpados semicierran sus ojos severos.

Cuando los abre, dos oscurísimos ojos profundos y llenos de pensamiento se muestran en toda su severa belleza, a ambos lados de una nariz larga y fina,

bajo una frente un poco calva de viejo, alta, signada por tres arrugas paralelas, con una gruesa vena azulada que dibuja casi una V en el centro de la sien derecha.  

Los sirvientes se vuelven por el rumor de los pasos de los que llegan; también Gamaliel, el cual, al ver a Jesús, que viene al frente, hace un gesto de sorpresa y se pone en pie.

Se acerca al límite de la tienda, pero no lo sobrepasa. Desde allí, con los brazos recogidos sobre el pecho, se inclina con gran reverencia.

Jesús responde de la misma forma.  

Gamaliel pregunta: 

–     ¿Estás aquí, Rabí? 

Jesús responde: 

–     Aquí estoy, rabí.

–     ¿Se te puede preguntar a dónde te diriges?

–     Con gusto te respondo: vengo de Neftalí y voy a Yiscala.

–     ¿A pie?

Largo y penoso es el camino por estos montes. Te vas a cansar demasiado.

–     Créeme, si me aceptan y prestan oído a mis palabras, todo cansancio cesa.

–     Concédeme entonces, por una vez, que sea yo quien te proporcione descanso.

El cordero ya está preparado. Habríamos dejado los restos a las aves, porque no acostumbro a llevármelos conmigo, así que no me supone ninguna dificultad invitaros a ti y a los tuyos.

Soy amigo tuyo, Jesús. No te considero inferior a mí; antes al contrario, mayor.

–     Lo creo. Acepto.

Gamaliel habla con un sirviente, que parece el primero en autoridad.

Éste transmite la orden:

Prolongan la tienda y descargan de los muchos mulos que hay, otros asientos para los discípulos de Jesús y otros objetos del servicio de mesa.

Traen las copas para la purificación de los dedos.

Jesús, con la máxima majestuosidad, procede al rito mientras los apóstoles, observados con el rabillo del ojo agudamente, por Gamaliel,

lo hacen más mal que bien, excepto Simón, Judas de Keriot, Bartolomé y Mateo, más habituados a los refinamientos judaicos.

Jesús se ha puesto junto a Gamaliel, que está solo en uno de los lados de la mesa. Frente a Jesús, Simón Zelote.

Después de la oración de ofrecimiento, recitada por Gamaliel con lentitud solemne, los sirvientes trinchan el cordero y lo distribuyen a los invitados.

Y llenan de vino las copas, o de agua de miel para quien lo prefiere. 

Gamaliel dice:  

–     El azar nos ha reunido, Maestro.

No me podía imaginar que te iba a encontrar. Y menos aún dirigido a Yiscala.

–     Me dirijo a todo el mundo.

–     Sí. Eres el Profeta infatigable.

Juan es el estable; Tú, el peregrino.

–     Ello facilita a las almas el encontrarme.

–     No diría yo lo mismo, porque si te mueves pierden tu pista.

–     La pierden los enemigos.

Pero quienes desean acercarse a Mí, porque aman la Palabra de Dios, me encuentran. No todos pueden venir al Maestro; por lo cual, el Maestro deseoso de todos, va a ellos,

haciendo así el bien a los buenos y evitando las conjuras de quienes le odian.

–     ¿Lo dices por mí?

No te odio.

–     No lo digo por ti.

Pero, siendo justo y sincero como eres, podrás corroborar lo que acabo de decir.

–     Sí, así es.

De todas formas… es que nosotros los viejos te comprendemos mal.

–     Sí.

El viejo Israel me comprende mal. Por desgracia para él… y por propia voluntad.

–     ¡Nooo!

–     Sí, rabí.

No aplica su voluntad a entender al Maestro. Y quien se limita a eso todavía hace un mal relativo. Pero es que otros aplican su voluntad a entender mal y a alterar mi palabra para dañar a Dios.

–     ¿A Dios?

¡Él está por encima de las insidias humanas!

–     Sí.

Pero toda alma que se desvía, o que es desviada…

Y desviar es alterar mi palabra y mi obra a sí mismo o a los demás, es un daño hecho a Dios en esa alma que se pierde: toda alma que se pierde es una herida infligida a Dios.

Gamaliel baja la cabeza y piensa con los ojos cerrados.

Luego se aprieta la frente entre sus largos y delgados dedos con un movimiento involuntario de aflicción.

Jesús lo escudriña con su mirada.

Gamaliel levanta la cabeza, abre los ojos, mira a Jesús,

y dice:

–     Pero Tú sabes que no soy uno de ellos.

–     Lo sé, pero eres uno de los primeros.

–     Sí, eso es verdad.

Pero no es que no me aplique a entenderte. Lo que pasa es que tu palabra se detiene en mi mente y no va más abajo. La mente la admira, cual palabra de hombre docto, pero el espíritu… 

Jesús confirma:

–     Pero el espíritu no puede recibirla, Gamaliel.

Porque tiene demasiados estorbos; que además son cosas ya inservibles.

Viniendo de Neftalí, hace poco he pasado por un monte que sobresale de la cadena montañosa. He querido pasar por ese lugar para contemplar la belleza de los dos lagos de Genesaret y Merón desde lo alto,

como los ven las águilas y los ángeles del Señor, para decir una vez más: “Gracias, Creador, por la belleza que nos concedes”.

Pues bien, mientras que toda la cadena es un fértil florecer, macollar, poblarse de hojas los prados, arboledas, huertos,  campos y bosques,

mientras los laureles desprenden su aroma junto a los olivos, preparando ya la nieve de las mil flores y el robusto roble parece hacerse más bueno porque se viste de las coronas de las clemátides y madreselvas…

Allí no, allí no hay floración ni fertilidad, ni de hombre ni de la naturaleza:

Todo esfuerzo del viento, todo esfuerzo de los hombres se malogra allí, porque las ruinas ciclópeas de la antigua Hatzor ocupan todo.

Y entre esas voluminosas piedras no puede sino crecer la ortiga y el espino y anidar la serpiente.

Gamaliel…

–     Comprendo.

También nosotros somos escombros… Comprendo la parábola, Jesús.

Pero… no puedo… no puedo cambiar de línea de actuación: las piedras están demasiado hincadas.

–     Alguien en quien crees te dijo:

“Las piedras se estremecerán cuando pronuncie mis últimas palabras”.

Pero, ¿Por qué esperar a las últimas palabras del Mesías? ¿No tendrás remordimientos por no haberme querido seguir antes?

¡Oh, las últimas!… Tristes palabras, si se trata de un amigo que muere y que hemos ido a escuchar demasiado tarde. Y mis palabras son más que las de un amigo.

–     Tienes razón, pero no puedo.

Espero ese Signo para creer.

–     No basta un rayo para remover un campo yermado.

No lo recibe la tierra, sino sólo las piedras que la cubren. Trabaja al menos en removerlas, Gamaliel.

Si no, si continúan así, en lo profundo de ti, el Signo no te llevará a creer.

Gamaliel calla, absorto.

La comida termina.

Jesús se levanta y dice:

–     “Te doy gracias, Dios mío, por esta comida y por haber podido hablar al sabio.”

Y gracias a ti, Gamaliel.

–     Maestro, no te vayas así.

Temo que estés enfadado conmigo.

–     ¡Oh!, ¡No!

Debes creerme.

–     Entonces, no vayas.

Yo me estoy dirigiendo a la tumba de Hillel. ¿Desdeñarías venir conmigo?

Nos llevará poco tiempo porque tengo mulos y asnos para todos. Simplemente les quitamos los bastos. Los llevarán los sirvientes.

Así te será más corto el camino en el trecho más duro.

–     No sólo no desdeño ir contigo.

Sino que me siento honrado de ello y de ir a visitar la tumba de Hillel. Vamos pues.

Gamaliel da unas órdenes y mientras todos se ponen a trabajar para desmontar el comedor provisional, Jesús y el rabí montan a lomos de una mula.

Y al lado el uno del otro, avanzan por el camino escarpado, silencioso… en el que suenan fuerte las pezuñas herradas.

Gamaliel guarda silencio: sólo dos veces le pregunta a Jesús si va cómodo en la silla.

Jesús responde y calla. Luego absorto en su pensamiento, hasta el punto de que no ve que Gamaliel, sujetando un poco a su mula, lo deja pasar adelante, la largura de un cuello, para estudiar todos sus movimientos.

Los ojos del anciano rabí están tan atentos y fijos, que parecen los de un halcón al acecho de la presa.

Pero Jesús no se da cuenta. Va sereno, acompañando el paso ondulado de la cabalgadura.

Piensa y no obstante, advierte todos los detalles de lo que le rodea. Alarga una mano para coger un péndulo racimo de codeso de oro; sonríe a dos pajarillos que se están haciendo el nido en un tupido enebro.

Detiene la mula para escuchar a una curruca; hace un gesto de asentimiento, como bendiciendo, al grito impaciente con que una tórtola salvaje insta a su compañero al trabajo.  

Gamaliel dice:

–     Quieres mucho a las plantas y a los animales, ¿No?

Jesús responde:

–     Sí, mucho; es mi libro vivo.

El hombre tiene siempre ante sus ojos los cimientos de la fe. El Génesis vive en la Naturaleza. Y quien sabe ver sabe también creer.

¿Puede acaso esta flor de tan delicado perfume y delicada materia de sus colgantes corolas, y tan en contraste con este espinado enebro y con aquella aulaga de punzantes hojas, haberse hecho sola?

Y mira allí, ¿Puede acaso haberse hecho así, solo, aquel petirrojo, con esa pincelada de sangre seca en su blando cuello?

¿Y aquellas dos tórtolas?:  ¿Cómo habrían podido pintarse ese collar de ónix sobre el velo de las plumas grises?

¿Y allí, esas dos mariposas?: una, negra con su dibujo de grandes ojos de oro y rubí; blanca con rayas azules la otra: ¿Dónde habrán encontrado las gemas y cintas para sus alas?

¿Y este riachuelo?: Es agua, sí, pero ¿De dónde proviene?, ¿Cuál es la fuente primera del agua elemento?

¡Ah, mirar quiere decir creer, si se sabe ver!

–     Mirar quiere decir creer.

Miramos demasiado poco al Génesis vivo que tenemos ante nuestros ojos.   

–     Demasiada ciencia, Gamaliel.

Y demasiado poco amor. Y demasiada poca humildad.

Gamaliel suspira y menea la cabeza.

–     Bien, he llegado, Jesús.

Allí está enterrado Hillel. Dejemos aquí las cabalgaduras y acerquémonos allí abajo. Un sirviente se hará cargo de las mulas.

Se apean. Atan a un tronco las bestias.

Se encaminan hacia un pequeño sepulcro que se destaca en la ladera del monte al lado de un vasto edificio completamente cerrado.

Gamaliel señala la casa, 

y dice:

–     Aquí vengo a meditar, como preparación a las fiestas de Israel.

–     La Sabiduría te dé todas sus luces.  

Señala el sepulcro y dice:

–     Y aquí, para prepararme a la muerte: era un justo.

Jesús confirma: 

–     Era un justo.

Oro con gusto ante sus cenizas. Pero, Gamaliel, no sólo a morir debe enseñarte Hillel. Te debe enseñar a vivir.

–     ¿Cómo, Maestro?

–     “E1 hombre es grande cuando se humilla”: era su lema preferido…

–     ¿Cómo lo sabes, si no lo has conocido?

–     Lo he conocido…

Y, además, aunque no hubiera conocido personalmente a Hillel el rabí, su pensamiento lo hubiera conocido como de hecho lo conozco, porque nada ignoro del pensamiento humano.

Gamaliel inclina la cabeza y susurra:

–     Sólo Dios puede decir esto.

Jesús responde: 

–     Dios y su Verbo.

Porque el Verbo conoce al Pensamiento y el Pensamiento conoce al Verbo, y lo ama, comunicándose a Él con sus tesoros para hacerlo partícipe de Sí.

El Amor estrecha los lazos y hace de Ellos una sola Perfección. Es la Tríada que se ama y que divinamente se forma, se genera, procede y completa.

Todo pensamiento santo ha nacido en la Mente perfecta y se refleja en la mente del justo. ¿Puede, entonces, el Verbo ignorar los pensamientos de los justos, que son los pensamientos del Pensamiento?

Oran largamente ante el sepulcro cerrado.

Se acercan a ellos los discípulos y luego los sirvientes: los primeros, a caballo; los otros, bajo el peso de los equipajes.

Pero se detienen en los lindes del prado que precede al sepulcro.

La oración termina.

Jesús se despide: 

–     Adiós, Gamaliel.

Sube como Hillel. 

Gamaliel se queda perplejo…

Y pregunta:

–     ¿Qué quieres decir?

–     Sube.

Él te precede porque ha sabido creer más humildemente que tú.

A ti la paz.

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