UNA ESTIRPE DIVINA 5


Dice Jesús:

La razón de que perpetuara la raza aun cuando ésta, con la primera prueba, había merecido la destrucción; la razón del Perdón que habéis recibido.

Que María le amara… ¡Oh, bien merecía la pena crear al hombre y dejarlo vivir!

¡Y decretar perdonarlo, para tener a la Virgen bella, a la Virgen santa, a la Virgen inmaculada, a la Virgen enamorada, a la Hija dilecta, a la Madre purísima, a la Esposa amorosa!

Mucho os ha dado y más aún os habría dado Dios, con tal de poseer a la Criatura de sus delicias, al Sol de su sol y Flor de su jardín.

Y mucho os sigue dando por Ella, a petición de Ella, para alegría de Ella, porque su alegría se vierte en la alegría de Dios y la aumenta con destellos que llenan de resplandores la luz, la gran luz del Paraíso

Y cada resplandor es una gracia para el universo, para la raza del hombre, para los mismos bienaventurados, que responden con un esplendoroso grito de aleluya a cada milagro que sale de Dios,

creado por el deseo del Dios Trino de ver la esplendorosa sonrisa de alegría de la Virgen.

Dios quiso poner un rey en ese Universo que había creado de la nada.

Un rey que por naturaleza material, fuera el primero entre todas las criaturas creadas con materia y dotadas de materia.

7. Entonces Yahveh Dios formó al hombre con polvo del suelo, e insufló en sus narices aliento de vida, y resultó el hombre un ser viviente. GÉNESIS 2, 7

Un rey que, por naturaleza espiritual, fuera poco menos que divino, fundido con la Gracia, como en su inocente primer día.

Pero la Mente suprema, que conoce la totalidad de los hechos más lejanos en el tiempo, la Mente cuya vista ve incesantemente todo cuanto era, es y será.

Y mientras contempla el pasado y observa el presente, hunde su mirada en el extremo futuro, no ignorando cómo será el morir del último hombre, sin confusión ni discontinuidad,

esa Mente no ignoró nunca que ese rey, creado para ser semidivino a su lado en el Cielo, heredero del Padre, cuando llegara como adulto a su Reino después de haber vivido en la casa de su madre, — la tierra con la que fue hecho —,

Durante su niñez de párvulo del Eterno en su jornada sobre la tierra, cometería hacia sí mismo el delito de matarse en la Gracia y el latrocinio de despojarse del Cielo.

¿Por qué lo creó entonces? Sin duda muchos se hacen esta pregunta.

¿Habríais preferido no existir?

¿No merece ser vivida esta jornada incluso por sí misma, a pesar de ser tan pobre y desnuda, y tan severa a causa de vuestra maldad, para conocer y admirar la Belleza infinita que la mano de Dios ha sembrado en el universo?

¿Para quién, si no, habría hecho estos astros y planetas que pasan como saetas, como flechas, rayando la bóveda del firmamento, o van — y parecen lentos —,

van majestuosos con su paso veloz de bólidos, regalándoos luces y estaciones, y dándoos, eternos, inmutables aunque siempre mutables, a leer en el cielo una nueva página, cada noche, cada mes, cada año,

como queriendo deciros: «Olvidaos de la cárcel, abandonad esa imagen vuestra llena de cosas oscuras, podridas, sucias, venenosas, mentirosas, blasfemas, corruptoras,

y elevaos, al menos con la mirada, a la ilimitada libertad de los firmamentos; haceos un alma azul mirando tanta limpidez de cielo, haceos con una reserva de luz que podáis llevar a vuestra oscura cárcel;

leed la palabra que escribimos cantando en coro nuestra melodía sideral, más armoniosa que si proviniera de un órgano de catedral, la palabra que escribimos resplandeciendo, la palabra que escribimos amando,

porque siempre tenemos presente a Aquel que nos dio la alegría de existir, y le amamos por habernos dado este existir, este resplandecer, este movemos, este ser libres y bellos en medio de este cielo delicado

allende el cual vemos un cielo aún más sublime, el Paraíso; a Aquel cuyo precepto de amor en su segunda parte cumplimos al amaros a vosotros, prójimo universal nuestro, al amaros proporcionándoos guía y luz, calor y belleza.

Leed la palabra que decimos, la palabra a la que ajustamos nuestro canto, nuestro resplandecer, nuestro reír: Dios»?

¿Para quién habría hecho ese líquido azul: para el cielo, espejo; para la tierra, camino; sonrisa de aguas; voz de olas; palabra, también, que, con frufrú de roce de seda, con risitas de muchachas serenas,

con suspiros de ancianos que recuerdan y lloran, con bofetadas de violentos, y con envites y bramidos y estruendos, siempre habla y dice: «Dios»?

El mar es para vosotros, como lo son el cielo y los astros.

Y con el mar los lagos y los ríos, los estanques y los arroyos,

y los manantiales puros, que sirven, todos, para transportaros, para nutriros, para apagar vuestra sed y limpiaros,

Y que os sirven, sirviendo al Creador, sin salir a sumergiros, como merecéis.

¿Para quién habría hecho las innumerables familias de los animales, que son flores que vuelan cantando, que son siervos que trabajan, que corren, que os alimentan, que os recrean a vosotros, los reyes?

¿Para quién habría hecho las innumerables familias de las plantas y de las flores, que parecen mariposas, que parecen gemas e inmóviles avecillas; de los frutos, que parecen collares de oro y piedras preciosas o cofres de gemas?

Son alfombra para vuestros pies, protección para vuestras cabezas, recreo, beneficio, alegría para la mente, para los miembros del cuerpo, para la vista y el olfato.

¿Para quién, si no, habría hecho los minerales en las entrañas de la Tierra y las sales disueltas en manantiales de álgidas aguas o de agua hirviendo: los azufres, los yodos, los bromos?…

Ciertamente, para que los gozara uno que no fuera Dios, sino hijo de Dios. Uno: el hombre. Nada le faltaba a la alegría de Dios, nada necesitaba Dios.

El se basta a sí mismo. No tiene sino que contemplarse para deleitarse, nutrirse, vivir y descansar.

Toda la creación no ha aumentado ni en un átomo su infinidad de alegría, de belleza, de vida, de potencia.

He aquí que todo lo ha hecho para la criatura a la que ha querido poner como rey de la obra de sus manos: para el hombre.

Aunque sólo fuera por ver una obra divina de tal magnitud y por manifestarle reconocimiento a Dios, que os la otorga, merecería la pena vivir.

Y debéis sentir gratitud por el hecho de vivir.

Gratitud que deberíais haber tenido aunque no hubierais sido redimidos sino al final de los siglos, porque, a pesar de que hayáis sido, en los Primeros,

y ahora aun individualmente, prevaricadores, soberbios, lujuriosos, homicidas,

Dios os concede todavía gozar de lo bello del Universo, de lo bueno del Universo,

y os trata como si fuerais personas buenas, hijos buenos a los cuales todo se enseña y todo se concede para hacerles más suave y sana la vida.

Cuanto sabéis, lo sabéis por luz de Dios. Cuanto descubrís, lo descubrís porque Dios os lo señala. Esto, en el Bien.

Los otros conocimientos y descubrimientos que llevan el signo del mal vienen del Mal supremo: Satanás.

La Mente suprema, que nada ignora, antes de que el hombre fuese, sabía que sería ladrón y homicida de sí mismo.

Y, dado que la Bondad eterna no conoce límites en su ser buena, antes de que la Culpa fuera, pensó el medio para anular la Culpa.

El medio, Yo; el instrumento para hacer del medio un instrumento operante, María.

Y la Virgen fue creada en el pensamiento sublime de Dios.

Todas las cosas han sido creadas para Mí, Hijo dilecto del Padre.

Yo-Rey habría debido tener bajo mi pie de Rey divino alfombras y joyas como palacio alguno jamás tuviera:

Y cantos y voces, y tantos siervos y ministros en torno a Mí como soberano alguno jamás tuviera,

Y flores y gemas, y todo lo sublime, lo grandioso, lo fino, lo delicado que es posible extraer del pensamiento de todo un Dios.

Mas Yo debía ser Carne además de Espíritu.

Carne para salvar a la carne.

Carne para sublimar la carne, llevándola al Cielo muchos siglos antes de la hora.

Porque la carne habitada por el espíritu es la obra maestra de Dios y para ella había sido hecho el Cielo.

Para ser Carne tenía necesidad de una Madre.

Para ser Dios tenía necesidad de que el Padre fuese Dios.

He aquí que entonces Dios se crea a su Esposa y le dice:

«Ven conmigo. Junto a mí ve cuanto Yo hago para el Hijo nuestro. Mira y regocíjate, eterna Virgen, Doncella eterna.

Y tu risa llene este empíreo y dé a los ángeles la nota inicial y al Paraíso le enseñe la armonía celeste. Yo te miro, y te veo como serás,

¡Oh, Mujer inmaculada que ahora eres sólo espíritu:

el espíritu en que Yo me deleito!

Yo te miro y doy al mar y al firmamento el azul de tu mirada; el color de tus cabellos, al trigo santo; el candor, a la azucena; el color rosa como tu epidermis de seda, a la rosa;

de tus dientes delicados copio las perlas; hago las dulces fresas mirando tu boca; a los ruiseñores les pongo en la garganta tus notas y a las tórtolas tu llanto.

Leyendo tus futuros pensamientos, oyendo los latidos de tu corazón, tengo el motivo guía para crear.

Ven, Alegría mía, séante los mundos juguete hasta que me seas luz danzarina en el pensamiento, sean los mundos para reír tuyo.

Tente las guirnaldas de estrellas y los collares de astros, ponte la luna bajo tus nobles pies, adórnate con el chal estelar de Galatea.

Son para ti las estrellas y los planetas.

Ven y goza viendo las flores que le servirán a tu Niño como juego y de almohada al Hijo de tu vientre.

Ven y ve crear las ovejas y los corderos, las águilas y las palomas.

Estate a mi lado mientras hago las cuencas de los mares y de los ríos, y alzo las montañas y las pinto de nieve y de bosques;

mientras siembro los cereales y los árboles y las vides, y hago el olivo para ti, Pacífica mía,

y la vid para ti, Sarmiento mío que llevarás el Racimo eucarístico.

Camina, vuela, regocíjate, ¡Oh, Hermosa mía!,

Y que el mundo universo, que en diversas fases voy creando, aprenda de ti a amarMe, Amorosa,

y que tu risa le haga más bello, Madre de mi Hijo, Reina de mi Paraíso, Amor de tu Dios».

Y, viendo a quien es el Error y mirando a la Sin Error, dice:

«Ven a mí, tú que cancelas la amargura de la desobediencia humana, de la fornicación humana con Satanás y de la humana ingratitud.

Contigo me tomaré la revancha contra Satanás».

Dios, Padre Creador, había creado al hombre y a la mujer con una ley de amor tan perfecta, que vosotros no podéis ni siquiera comprender sus perfecciones;

vuestra mente se pierde pensando en cómo habría venido la especie si el hombre no la hubiera obtenido con la enseñanza de Satanás.

Observad las plantas de fruto y de grano.

¿Obtienen la semilla o el fruto mediante fornicación, mediante una fecundación por cada cien uniones? No.

De la flor masculina sale el polen y, guiado por un complejo de leyes meteóricas y magnéticas, va hacia el ovario de la flor femenina.

Éste se abre y lo recibe y produce.

No como hacéis vosotros, para experimentar al día siguiente la misma sensación, se mancha y luego lo rechaza.

Produce, y hasta la nueva estación no florece. Y cuando florece es para reproducirse.

Observad a los animales. Todos.

¿Habéis visto alguna vez a un macho y a una hembra ir el uno hacia el otro para estéril abrazo y lascivo comercio? No.

Desde cerca o desde lejos, volando, arrastrándose, saltando o corriendo, van, llegada la hora, al rito fecundativo,

y no se substraen a él deteniéndose en el goce,

sino que van más allá de éste, van a las consecuencias serias y santas de la prole,

única finalidad que en el hombre, semidiós por el origen de gracia, de esa Gracia que Yo he devuelto completa,

debería hacer aceptar la animalidad del acto, necesario desde que descendisteis un grado hacia los brutos.

Vosotros no hacéis como las plantas y los animales.

Vosotros habéis tenido como maestro a Satanás, lo habéis querido y lo queréis como maestro.

Y las obras que realizáis son dignas del maestro que habéis querido.

Mas si hubieseis sido fieles a Dios, habríais recibido la alegría de los hijos santamente, sin dolor,

sin extenuaros en cópulas obscenas, indignas, ignoradas incluso por las bestias, las bestias sin alma racional y espiritual.

Dios quiso oponer, frente al hombre y a la mujer pervertidos por Satanás,

al Hombre nacido de una Mujer suprasublimada por Dios hasta el punto de generar sin haber conocido varón:

Flor que genera Flor sin necesidad de semilla;

sólo por el beso del Sol en el cáliz inviolado de la Azucena-María.

¡La revancha de Dios!…

Echa resoplidos de odio, Satanás, mientras Ella nace.

¡Esta Párvula te ha vencido!

Antes de que fueras el Rebelde, el Tortuoso, el Corruptor, eras ya el Vencido,

Ella es tu Vencedora.

Mil ejércitos en formación nada pueden contra tu potencia, ceden las armas de los hombres contra tus escamas,

¡oh, Perenne!, y no hay viento capaz de llevarse el hedor de tu hálito.

Y sin embargo este calcañar de recién nacida, tan rosa que parece el interior de una camelia rosada, tan liso y suave que comparada con él la seda es áspera,

tan pequeño que podría caber en el cáliz de un tulipán

y hacerse un zapatito de ese raso vegetal,

he aquí que te comprime sin miedo, te confina en tu caverna.

Y su vagido te pone en fuga, a ti que no tienes miedo de los ejércitos.

Y su aliento libera al mundo de tu hedor. Estás derrotado.

Su nombre, su mirada, su pureza son lanza, rayo, losa que te traspasan, que te abaten, que te encierran en tu madriguera de Infierno,

¡Oh, Maldito, que le has arrebatado a Dios la alegría de ser Padre de todos los hombres creados!

Se demuestra inútil ahora el haber corrompido a quienes habían sido creados inocentes.

Conduciéndolos a conocer y a concebir por caminos sinuosos de lujuria, privándole a Dios, en su criatura dilecta,

de ser Él quien distribuyera magnánimamente los hijos según reglas que, si hubieran sido respetadas,

habrían mantenido en la tierra un equilibrio entre los sexos y las razas,

que hubiera podido evitar guerras entre los hombres y desgracias en las familias.

Obedeciendo, habrían conocido también el amor.

Es más, sólo obedeciendo lo habrían conocido y lo habrían poseído.

Una posesión llena y tranquila de esta emanación de Dios, que de lo sobrenatural desciende hacia lo inferior, para que la carne también se goce santamente en ella,

la carne que está unida al espíritu y que ha sido creada por el Mismo que le creó el espíritu. ¿Ahora, ¡Oh, hombres!, vuestro amor, vuestros amores, qué son?

O libídine vestida de amor o miedo incurable de perder el amor del cónyuge por libídine suya y de otros.

Desde que la libídine está en el mundo, ya nunca os sentís seguros de la posesión del corazón del esposo o de la esposa.

Y tembláis y lloráis y enloquecéis de celos, asesináis a veces para vengar una traición, os desesperáis otras veces u os volvéis abúlicos o dementes.

Eso es lo que has hecho, Satanás, a los hijos de Dios.

Estos que tú has corrompido habrían conocido la dicha de tener hijos sin padecer dolor, la dicha de nacer y no tener miedo a morir.

Mas ahora has sido derrotado en una Mujer y por la Mujer.

De ahora en adelante quien la ame volverá a ser de Dios, venciendo a tus tentaciones para poder mirar a su inmaculada pureza.

De ahora en adelante, no pudiendo concebir sin dolor, las madres la tendrán a Ella como consuelo.

De ahora en adelante será guía para las esposas y madre para los moribundos,

por lo que dulce será el morir sobre ese seno que es escudo contra ti, Maldito.

Y contra el juicio de Dios.

María, (se dirige aquí a María Valtorta) pequeña voz, has visto el nacimiento del Hijo de la Virgen y el nacimiento de la Virgen al Cielo.

Has visto, por tanto, que los sin culpa desconocen la pena del dar a luz y la pena del morir.

Y, si a la superinocente Madre de Dios le fue reservada la perfección de los dones celestes, igualmente, si todos hubieran conservado la inocencia y hubieran permanecido como hijos de Dios en los Primeros,

habrían recibido el generar sin dolores (como era justo por haber sabido unirse y concebir sin lujuria) y el morir sin aflicción.

La sublime revancha de Dios contra la venganza de Satanás ha consistido en llevar la perfección de la dilecta criatura a una superperfección que anulara, al menos en una,

cualquier vestigio de humanidad susceptible de recibir el veneno de Satanás,

por lo cual el Hijo vendría no de casto abrazo de hombre sino de un abrazo divino que, en el éxtasis del Fuego, arrebola el espíritu.

¡La Virginidad de la Virgen!…

Ven. Medita en esta virginidad profunda que produce al contemplarla vértigos de abismo!

¿Qué es, comparada con ella, la pobre virginidad forzada de la mujer con la que ningún hombre se ha desposado? Menos que nada.

¿Y la virginidad de la mujer que quiso ser virgen para ser de Dios, pero sabe serlo sólo en el cuerpo y no en el espíritu,

en el cual deja entrar muchos pensamientos de otro tipo, y acaricia y acepta caricias de pensamientos humanos?

Empieza a ser una sombra de virginidad. Pero bien poco aún.

¿Qué es la virginidad de una religiosa de clausura que vive sólo de Dios?

Mucho. Pero nunca es perfecta virginidad comparada con la de mi Madre.

Hasta en el más santo ha habido al menos un contubernio: el de origen, entre el espíritu y la Culpa, esa unión que sólo el Bautismo disuelve.

La disuelve, sí, pero, como en el caso de una mujer separada de su marido por la muerte, no devuelve la virginidad total como era la de los Primeros antes del pecado.

Una cicatriz queda, y duele, recordando así su presencia.

Cicatriz que puede siempre en cualquier momento traducirse de nuevo en una llaga, como ciertas enfermedades agudizadas periódicamente por sus virus.

En la Virgen no existe esta señal de un disuelto ligamen con la Culpa.

Su alma aparece bella e intacta como cuando el Padre la pensó reuniendo en Ella todas las gracias.

Es la Virgen. Es la Única. Es la Perfecta. Es la Completa.

Pensada así. Engendrada así. Que ha permanecido así.

Coronada así. Eternamente así. Es la Virgen

Es el abismo de la intangibilidad, de la pureza, de la gracia que se pierde en el Abismo de que procede,

es decir, en Dios, Intangibilidad, Pureza, Gracia perfectísimas.

Así se ha desquitado el Dios Trino y Uno: Él ha alzado contra la profanación de las criaturas esta Estrella de perfección;

contra la curiosidad malsana, esta Mujer Reservada que sólo se siente satisfecha amando a Dios; contra la ciencia del mal, esta Sublime Ignorante.

Ignorante no sólo en lo que toca al amor degradado, o al amor que Dios había dado a los cónyuges, sino más todavía:

en Ella se trata de ignorancia del fomes, herencia del Pecado.

En Ella sólo se da la gélida e incandescente sabiduría del Amor divino.

Fuego que encoraza de hielo la carne, para que sea espejo transparente en el altar en que un Dios se desposa con una Virgen.

Y no por ello se rebaja, porque su perfección envuelve a Aquella que, como conviene a una esposa,

es sólo inferior en un grado al Esposo, sujeta a Él por ser Mujer, pero, como Él, sin mancha».

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