Archivos diarios: 26/12/20

12 EL ESPOSO DESIGNADO


12 CONOCER A DIOS, ES EMPEZAR A AMARLO

José designado para esposo de la Virgen.

Veo una rica sala, con un suelo bonito, cortinas, alfombras y muebles taraceados. Debe formar parte del Templo todavía. Se deduce porque hay sacerdotes, entre los cuales está Zacarías…

Y también muchos hombres de las más diversas edades, o sea, de los veinte a los cincuenta años aproximadamente.

Están hablando unos con otros, bajo pero animadamente.

Se los ve inquietos por algo que desconozco. Todos están vestidos de fiesta, con vestidos nuevos o, al menos, recién lavados, como si estuvieran ataviados para una celebración.

Muchos se han quitado el paño con que se cubren la cabeza, otros todavía lo tienen puesto, especialmente los ancianos, mientras que los jóvenes muestran sus cabezas descubiertas:

Unas rubio-oscuras, otras moreno-oscuras, algunas negrísimas, una — sólo ella — rojo-cobre. Las cabelleras son generalmente cortas, pero algunas de ellas llegan hasta los hombros.

No deben conocerse todos entre sí porque se están observando con curiosidad. Pero parecen relacionados pues se ve que los apremia un pensamiento común.

En una de las esquinas veo a José.

Está hablando con un anciano de aspecto robusto y vigoroso. José tendrá unos treinta años. Es un hombre apuesto; pelo corto, más bien rizado, de un castaño oscuro como el de la barba y el bigote,

que velan un mentón bien conformado y suben hacia las mejillas moreno-rojizas, no aceitunadas como en el caso de otras personas morenas; tiene ojos oscuros, buenos y profundos, muy serios, incluso yo diría que un poco tristes.

Sin embargo, cuando sonríe — como está haciendo en este momento —aparecen alegres y juveniles.

Está vestido todo de marrón claro, de forma muy simple pero muy ordenada.

Entra un grupo de jóvenes levitas.

Se disponen entre la puerta y una mesa larga y estrecha que está cerca de la pared en cuyo centro se encuentra la puerta, la cual queda abierta de par en par.

Sólo una cortina tensa, que pende hasta unos veinte centímetros del suelo, sigue cubriendo la entrada.

La curiosidad se acentúa.

Y más aún cuando una mano separa la cortina para dejar paso a un levita que lleva en los brazos un haz de ramas secas sobre el cual ha sido depositada delicadamente una ramilla florecida,

una ligera espuma de pétalos blancos que apenas muestran un rosáceo esfumado que desde el centro se irradia, atenuándose cada vez más, hasta el extremo de los livianos pétalos.

El levita deposita el haz de ramas encima de la mesa con exquisito cuidado para no lesionar el milagro de esa rama en flor en medio de tanta hojarasca.

Un murmullo recorre la sala. Los cuellos se alargan, las miradas se hacen más penetrantes, como para poder ver.

Zacarías, con los sacerdotes, también trata de ver, estando como está más cerca de la mesa, pero no ve nada.

José, desde su esquina, apenas dirige los ojos hacia el haz de ramas, y, cuando su interlocutor le dice algo, él hace un gesto denegatorio como de quien dice: «¡Imposible!», y sonríe.

Un toque de trompeta se oye desde el otro lado de la cortina.

Todos guardan silencio y se disponen en perfecto orden mirando hacia la puerta, ahora enteramente abierta, dado que a la cortina la hacen deslizarse sobre sus anillos.

Rodeado de otros ancianos, entra el Sumo Pontífice. Todos se postran.

El Pontífice se acerca a la mesa y, en pie, comienza a hablar:

–     Hombres de la estirpe de David, que habéis convenido en este lugar por convocatoria mía, escuchad.

El Señor ha hablado, ¡Gloria a Él! De su Gloria un rayo ha descendido y, como sol de primavera, ha dado vida a una rama seca…

Y ésta ha florecido milagrosamente cuando ninguna rama de la tierra hoy está en flor.

Hoy, último día de las Luminarias, cuando aún no se ha derretido la nieve caída sobre las alturas de Judá y es lo único cándido que hay entre Sión y Betania.

Dios ha hablado haciéndose padre y tutor de la Virgen de David, que no tiene tutor alguno aparte de Dios.

Santa doncella, gloria del Templo y de la estirpe, ha merecido la palabra de Dios para conocer el nombre del esposo grato al Eterno.

¡Muy justo debe ser para haber sido elegido por el Señor para tutelar a su amada Virgen!

Por ello nuestro dolor de perderla se aplaca, y cesa toda preocupación acerca de su destino como esposa.

Y a aquel que ha sido señalado por Dios le confiamos, plenamente seguros, la Virgen que posee la bendición de Dios y la nuestra.

El nombre del prometido es José de Jacob, betlemita, de la tribu de David, carpintero en Nazaret de Galilea.  José, acércate; el Sumo Sacerdote te lo ordena.

Gran murmullo. Cabezas que se vuelven, ojos y manos que señalan, expresiones de desilusión y expresiones de alivio.

Alguno, especialmente entre los viejos, debe haberse sentido contento de no haber sido destinado para ello.

José, muy colorado y visiblemente turbado, se abre paso. Ya está ante la mesa, frente al Pontífice, al cual ha saludado con reverencia. 

El Pontífice indica:

–     Venid todos y mirad el nombre grabado en la rama.

Coja cada uno su ramilla, para asegurarse de que no hay trampa.

Los hombres obedecen.

Miran la ramilla que delicadamente tiene el Sumo Sacerdote; cada uno coge la suya: unos la rompen, otros la guardan.

Todos miran a José: hay quien mira y calla, otros lo felicitan.

El anciano con el que antes estaba hablando dice:

–    ¿No te lo había dicho, José?

¡Quien menos se siente seguro es el que vence la partida!.

Ya han pasado todos.

E1 Sumo Sacerdote da a José la ramilla florecida, y, poniéndole la mano en el hombro,

le dice:

–     No es rica y tú lo sabes, la esposa que Dios te dona, pero posee todas las virtudes.

Hazte cada día más digno de Ella. En Israel no hay flor alguna tan linda y pura como Ella. Salid todos ahora. Que se quede José. Y tú, Zacarías, pariente, trae a la prometida.

Salen todos, excepto el Sumo Sacerdote y José.

Vuelven a correr la cortina, cubriendo así la puerta.

José está todo humilde junto al majestuoso Sacerdote. Una pausa silenciosa y éste le dice:

–     María debe manifestarte un voto que ha hecho.

Ayúdala en su timidez. Sé bueno con la mujer buena.

–     Pondré mi virilidad a su servicio y ningún sacrificio por Ella me pesará.

Estáte seguro de ello.

Entra María con Zacarías y Ana de Fanuel.

El Pontífice dice:

–     Ven, María.

Éste es el esposo que Dios te ha destinado. Es José de Nazaret. Regresarás, por tanto, a tu ciudad. Ahora os voy a dejar. Que Dios os dé su bendición.

Que el Señor os mire y os bendiga, os muestre su rostro y tenga siempre piedad de vosotros. Que vuelva a vosotros su rostro y os dé la paz.

Zacarías sale escoltando al Pontífice.

Ana felicita al prometido y luego también sale.

Los dos prometidos están el uno enfrente del otro.

María, toda colorada, tiene la cabeza agachada.

José, también ruborizado, la observa buscando las primeras palabras que decir. Al fin las encuentra y una sonrisa ilumina su rostro.

Dice:

–     Te saludo, María.

Te vi cuando eras una niña de pocos días… Yo era amigo de tu padre y tengo un sobrino de mi hermano Alfeo que era muy amigo de tu madre, su pequeño amigo, pues ahora no tiene más que dieciocho años.

Y cuando tú todavía no habías nacido, siendo sólo un niñito, ya alegraba las tristezas de tu madre, que lo quería mucho.

No nos conoces porque viniste aquí siendo muy pequeñita. Pero en Nazaret todos te quieren y piensan en ti.

Y hablan de la pequeña María de Joaquín, cuyo nacimiento fue un milagro del Señor, que hizo verdecer a la estéril… Yo me acuerdo de la tarde en que naciste…

Todos la recordamos por el prodigio de una gran lluvia que salvó los campos y de una violenta tormenta durante la cual los rayos no quebraron ni siquiera un tallito de brezo silvestre,

tormenta que terminó con un arco iris de dimensiones y belleza no vistas nunca más.

Y… ¿quién no recuerda la alegría de Joaquín? Te mecía enseñándote a los vecinos… Considerándote una flor venida del Cielo, te admiraba, y quería que todos te admirasen.

¡Oh, dichoso y anciano padre que murió hablando de su María, tan bonita y buena y que decía palabras llenas de gracia y de saber!… ¡Tenía razón al admirarte y al decir que no existe ninguna más hermosa que tú!

¿Y tu madre? Llenaba con su canto el ángulo en que estaba tu casa. Parecía una alondra en primavera durante la gestación, y luego, cuando te amamantaba.

Yo hice tu cuna, una cunita toda de entalladuras de rosas, porque así la quiso tu madre. Quizás esté todavía en la casa, ahora cerrada… 

Yo soy viejo, María. Cuando naciste, yo ya hacía mis primeros trabajos. Ya trabajaba… ¡Quién me iba a decir que te hubiera tenido por esposa!

Quizás hubieran muerto más felices los tuyos, porque éramos amigos. Yo enterré a tu padre, llorándole con corazón sincero porque fue para mí maestro bueno durante la vida.

María levanta muy despacio el rostro, sintiéndose cada vez más segura al oír cómo le habla José, y cuando alude a la cuna sonríe levemente, y cuando José habla de su padre le tiende una mano,

y dice:

–     Gracias, José.

Un “gracias” tímido y delicado.

José toma entre sus cortas y fuertes manos de carpintero esa manita de jazmín, y la acaricia con un afecto que pretende inspirar cada vez más tranquilidad.

Quizás espera otras palabras, pero María vuelve a guardar silencio.

Entonces continúa hablando él:

–     La casa, como sabes, está intacta, menos la parte que fue derribada por orden consular para transformar en calle el sendero, para los convoyes de Roma.

Pero las parcelas de cultivo, las que te han quedado — porque ya sabes… la enfermedad de tu padre consumió mucho tus haberes — están un poco abandonadas.

Hace ya más de tres primaveras que los árboles y las cepas no conocen podadera de hortelano, y la tierra está sin cultivar y, por tanto, dura.

Pero los árboles que te vieron cuando eras pequeñita están todavía allí, y, si me lo permites, yo me ocuparé inmediatamente de ellos.

–     Gracias, José. Pero, ya trabajas… 

–     Trabajaré en tu huerto durante las primeras y las últimas horas del día.

Ahora el tiempo de luz se va alargando cada vez más. Para la primavera quiero que todo esté en orden, para alegría tuya. Mira, ésta es una ramilla del almendro que está frente a la casa.

Quise coger ésta… Se puede entrar por cualquier parte por el seto destruido, pero ahora le haré de nuevo sólido y fuerte, quise coger ésta pensando que si yo hubiera sido el elegido…

No lo esperaba porque soy consagrado nazareo. Y he obedecido porque se trataba de una orden del Sacerdote, no por deseos de casamiento; pensando te decía, que el tener una flor de tu jardín te habría alegrado.

Aquí la tienes, María. Con ella te doy mi corazón, que como ella, hasta ahora, ha florecido sólo para el Señor, y que ahora florece para ti, esposa mía.

María coge la ramita. Se la ve emocionada y mira a José con una cara cada vez más segura y radiante. Se siente segura de él.

Cuando él dice: «Soy consagrado nazareo», su rostro se muestra todo luminoso y encuentra fuerzas para decir:

–     Yo también soy toda de Dios, José. No sé si el Sumo Sacerdote te lo ha dicho…

–     Me ha dicho sólo que tú eres buena y pura y que debes manifestarme un voto tuyo…

Y que fuera bueno contigo. Habla, María. Tu José desea hacerte feliz en todos tus deseos. No te amo con la carne. ¡Te amo con mi espíritu, santa doncella que Dios me otorga!

Debes ver en mí un padre y un hermano, además de un esposo. Ábrete a mí como con un padre, abandónate en mí como con un hermano.

–     Ya desde la infancia me consagré al Señor.

Sé que esto no se hace en Israel, pero yo sentía una Voz que me pedía mi virginidad en sacrificio de amor por la venida del Mesías. ¡Hace mucho tiempo que Israel lo espera!…

¡No es demasiado el renunciar por esto a la alegría de ser madre!.

José la mira fijamente, como queriendo leer en su corazón, y luego coge las dos manitas que tienen todavía entre los dedos la ramita florecida,

y dice:

–     Pues yo también uniré mi sacrificio al tuyo…

Y amaremos tanto con nuestra castidad al Eterno, que Él dará antes a la Tierra al Salvador, permitiéndonos ver su Luz resplandecer en el mundo. Ven, María.

Vamos ante su Casa y juremos amarnos como lo hacen los ángeles entre sí. ‘Luego iré a Nazaret a prepararlo todo para ti, en tu casa si quieres ir a ella, en otra parte si así lo deseas.

–     En mi casa…

En el fondo había una gruta… ¿Todavía está?.

–     Está, pero ya no es tuya…

Yo, de todas formas, te haré otra gruta donde estarás fresca y tranquila en las horas más calurosas. La haré lo más parecida posible. Y… dime, ¿Quién quieres que esté contigo?

–     Nadie. No tengo miedo.

La madre de Alfeo, que siempre viene a verme, me hará compañía un poco durante el día, y por la noche prefiero estar sola. Ningún mal me puede suceder.

–     Bueno, y ahora estoy yo…

¿Cuándo debo venir a recogerte?.

–     Cuando tú quieras, José.

–     Pues entonces vendré cuando la casa esté en orden.

No pienso tocar nada. Quiero que encuentres todo como lo dejó tu madre, pero quiero también que esté llena de luz y bien limpia para acogerte sin tristeza.

Ven, María. Vamos a decirle al Altísimo que le bendecimos.

Y no veo nada más. Me queda, eso sí, en el corazón el sentido de seguridad que experimenta María…

11 EL VOTO DE MARÍA


11 CONOCER A DIOS, ES EMPEZAR A AMARLO

María confía su voto al Sumo Sacerdote.

3 de septiembre de 1944.

Dice María Valtorta:

¡Qué noche de infierno! Verdaderamente parecía como si los demonios hubieran salido a la Tierra a pasear. Cañonazos, truenos, relámpagos, peligro, miedo, sufrimiento por estar en una cama que no es mía…

(estaban en la Segunda Guerra Mundial y la guerra se desarrollaba cerca de su pueblo)

Y, en medio, como una flor toda blanca y suave entre fogonazos y angustias, la presencia de María, un poco más adulta que en la visión de ayer, pero todavía jovencita, con sus trenzas rubias sobre los hombros,

su vestido blanco y su mansa, recogida sonrisa, una sonrisa interior, vuelta al misterio glorioso que lleva dentro de su corazón.

Paso la noche comparando su aspecto dulce con la crueldad que hay en el mundo, y evocando sus palabras de ayer por la mañana, canto de caridad viva, en contraste con el odio que hace que los hombres se despedacen…

Pues bien, esta mañana, de nuevo en el silencio de mi habitación, presencio esta escena.

María sigue estando en el Templo,

Y ahora sale del Templo propiamente dicho entre otras vírgenes.

Debe haberse llevado a cabo alguna ceremonia, pues un olor a inciensos se esparce por la atmósfera toda roja de un hermoso ocaso, que yo diría que es de otoño avanzado,

porque un cielo ya dulcemente cansado, como lo está en un octubre sereno, se arquea sobre los jardines de Jerusalén,

en los que el amarillo ocre de las hojas que pronto caerán dispone manchas dorado-rojizas entre el verde-plata de los olivos.

La comitiva — mejor sería llamarla enjambre — cándida de las vírgenes cruza el patio posterior,  sube la escalinata, atraviesa un pórtico, entra en otro patio menos suntuoso, cuadrado,

que como aperturas no tiene sino la que sirve para acceder a él.

Debe ser el patio dedicado a acoger las pequeñas moradas de las vírgenes reservadas para el Templo, porque cada una de las jovencitas se dirige a su celda como una palomita a su nido.

Y asemejan verdaderamente a una bandada de palomas separándose tras haberlas tenido agrupadas.

Muchas — podría decir todas — hablan entre sí antes de dejarse, en voz baja, pero al mismo tiempo festiva.

María guarda silencio.

Sólo las saluda con afecto antes de separarse; luego se dirige a su habitacioncita, que está en una de las esquinas a la derecha.

Se llega hasta Ella una maestra anciana, aunque no tanto como Ana de Fanuel.

Y le dice:

–     María, el Sumo Sacerdote te espera.

María la mira con cierto asombro, pero no hace preguntas.

Se limita a responder:

–     Voy inmediatamente.

No sé si la espaciosa sala en que entra es de la casa del Sacerdote o forma parte de los aposentos de las mujeres que están dedicadas al Templo.

Sé que es vasta y luminosa, puesta con gusto, y que en ella, además del Sumo Sacerdote (que con las vestiduras que lleva aparece muy elegante), están Zacarías y Ana de Fanuel.

María se inclina profundamente en el umbral de la puerta y no entra hasta que el Sumo Sacerdote

no le dice:

–    Pasa, María. No temas.

Ella se yergue y alza la cara.

Y entra lentamente, no por desgana, sino por un algo de involuntaria solemnidad que la hace parecer más mujer.

Ana le sonríe para animarla.

Y Zacarías la saluda con un:

–    Paz a ti, prima.

El Pontífice la observa atentamente.

le dice a Zacarías:

–     Es patente en Ella la estirpe de David y Aarón.

–     Hija, conozco tu gracia y tu bondad.

Sé que cada día has ido creciendo en ciencia y gracia ante los ojos de Dios y de los hombres.

Sé que la voz de Dios susurra a tu corazón las más dulces palabras. Sé que eres la Flor del Templo de Dios y que un tercer querubín está ante el Testimonio desde que tú llegaste.

Y quisiera que tu perfume siguiera subiendo con los inciensos cada nuevo día. Pero, la Ley se expresa en modo distinto.

Tú ya no eres una niña, sino una mujer. Y en Israel todas las mujeres deben casarse para ofrecer a su hijo varón al Señor.

Tú seguirás el precepto de la Ley. No temas, no te ruborices. No me olvido de tu ofrecimiento.

De hecho ya te la tutela la Ley al ordenar que todo hombre reciba de su estirpe la mujer; pero, aunque no fuera así, yo lo haría, para no corromper tu magnífica sangre.

¿No conoces, María, a alguno de tu estirpe que pudiera ser tu marido?.

María levanta su cara, todo roja de pudor. Y con un primer titileo de llanto, que resplandece orlando los párpados y con voz temblorosa,

responde:

–     Ninguno. 

Zacarías dice:

–     No puede conocer a ninguno, puesto que entró aquí siendo niña.

Y la estirpe de David está demasiado castigada y demasiado dispersa, como para que las distintas ramas puedan reunirse y formar con sus frondas la copa de la palma regia.

–     Entonces le dejaremos a Dios que elija.

Las lágrimas, contenidas hasta ese momento, brotan y descienden hasta la trémula boca. María dirige una mirada suplicante a su maestra.

Ana la socorre diciendo:

–     María se ha prometido al Señor para gloria de Dios y para la salvación de Israel.

Era sólo una niña que apenas sabía pronunciar y ya se había ligado con un voto.

–     Se debe a esto entonces tu llanto.

No es por resistencia a la Ley.

–     Es por esto… no por otro motivo.

Yo te obedezco, Sacerdote de Dios.

–     Esto confirma cuanto de ti me ha sido referido siempre.

¿Desde hace cuántos años eres virgen consagrada?.

–     Yo creo que desde siempre.

Antes de venir a este Templo ya me había ofrecido al Señor.

–     Pero, ¿No eres tú la Niña que vino hace doce inviernos a pedirme entrar?.

–     Sí.

–     Y ¿Cómo, entonces, puedes decir que ya eras de Dios?

–     Si miro hacia atrás yo me veo ya consagrada…

No tengo memoria de la hora en que nací, ni de cómo empecé a amar a mi madre y a decirle a mi padre: “¡Oh, padre, yo soy tu hija!”…

Pero sí recuerdo, aunque no a partir de cuándo, haber dado mi corazón a Dios.

Quizás fue con el primer beso que supe dar, con la primera palabra que supe pronunciar, con el primer paso que supe dar…

Sí, eso es, creo que mi primer recuerdo de amor lo encuentro junto a mi primer paso seguro… Mi casa…

Mi casa tenía un jardín lleno de flores… un huerto de árboles frutales y campos cultivados…

Y había un manantial allí, en el fondo, al pie del monte, que manaba de una roca ahuecada en forma de gruta…

Estaba llena de hierbas largas y finas que pendían de todas partes asemejando cascaditas verdes.

Y parecía como si llorasen porque las livianas hojitas, que en su espesura parecían un bordado, tenían, todas, una gotita de agua que al caer sonaba como un cascabelito diminuto.

Y también cantaba el manantial. Y había aves en los olivos y en los manzanos de la pendiente que estaba hacia arriba del manantial.

Y palomas blancas venían a lavarse en la balsa límpida de la fuente… Ya no me acordaba de todo esto porque había puesto todo mi corazón en Dios

Y aparte de mi padre y de mi madre, a quienes amé en vida y después de muertos, todas las demás cosas de la tierra habían desaparecido de mi corazón…

Pero tú me haces pensar en ello, Sacerdote… Debo buscar el momento en que me di a Dios…

Y vuelven a la mente las cosas de los primeros años… Me gustaba esa gruta porque en ella oía una Voz, más dulce que el canto del agua y de los pájaros, que me decía: “Ven, dilecta mía”.

Me gustaban esas hierbas diamantinas con sus gotas sonoras porque en ellas veía el signo de mi Señor y me perdía diciéndome: “¿Ves qué grande es tu Dios, alma mía!

El mismo que ha hecho los cedros del Líbano para el aquilón ha hecho estas hojitas que ceden bajo el peso de un mosquito para alegría de tu ojo y para que protejan tu piececito”.

Me gustaba aquel silencio de cosas puras: el viento leve, el agua de plata, la pulcritud de las palomas…

Me gustaba esa paz que amparaba la gruta, descendiendo de los manzanos y de los olivos, ya enteramente en flor, ya repletos de frutos… Y, no sé… me parecía que la Voz me dijese a mí, justamente a mí:

“Ven, tú, aceituna especiosa; ven, tú, dulce pomo; ven, tú, fuente sigilada; ven, tú, paloma mía”…

Dulce era el amor de mi padre y de mi madre… dulce su voz cuando me llamaba…

¡Ah, pero ésta, ésta…! ¡Oh!, yo creo que así la oiría en el Paraíso Terrenal aquella que fue culpable.

Y no sé cómo pudo preferir un silbido a esta Voz de amor, cómo pudo apetecer otro conocimiento que no fuera Dios…

Aún con el sabor a leche materna en los labios, pero con el corazón ebrio de miel celestial,  yo dije entonces:

“Sí, voy. Tuya. Y mi carne no tendrá otro señor aparte de Ti, Señor, de la misma forma que mi espíritu no tiene otro amor”…

Y al decir esto me parecía estar repitiendo cosas ya dichas precedentemente y estar cumpliendo un rito que ya había sido cumplido.

Y no me resultaba extraño el Esposo elegido, puesto que yo ya conocía su ardor y mi vista se había formado bajo su luz y mi capacidad de amar había hallado cumplimiento entre sus brazos.

¿Cuándo?… No lo sé.

Yo diría que más allá de la vida, porque tengo la impresión de que siempre ha sido mío, y de que yo siempre he sido suya, y de que yo existo porque Él me ha querido para sí, para alegría de su Espíritu y del mío… ‘

Ahora obedezco, Sacerdote; pero, dime tú cómo debo actuar… No tengo ni padre ni madre. Sé tú mi guía.

–     Dios te dará el esposo y será santo, dado que en Dios te abandonas.

Lo que harás será manifestarle tu voto.

–     ¿Y aceptará?

–     Espero que sí.

Ora, hija, para que él pueda comprender tu corazón. Ahora puedes marcharte. Que Dios te acompañe siempre.

María se retira con Ana y Zacarías se queda con el Pontífice.

La visión cesa aquí.

10 DENTRO DEL TEMPLO


10 CONOCER A DIOS, ES EMPEZAR A AMARLO

Cántico de María.

Ella recordaba cuanto su espíritu había visto en Dios. Hasta ayer por la tarde, viernes, no se me ha iluminado la mente para ver. Y he visto solamente esto.

He visto a una María muy joven, una María de como mucho doce años, cuyo rostro no presenta ya esas redondeces propias de la infancia,

sino que devela los futuros contornos de la mujer en el perfil oval que ya se va alargando.

Por lo que respecta al pelo, ya no es aquel que caía suelto sobre el cuello con sus ligeros rizos,

sino que está recogido en dos gruesas trenzas de un oro palidísimo, de lo claro que es el pelo, parece como si estuviera mezclado con plata, que siguiendo los hombros bajan hasta las caderas.

El rostro aparece más pensativo, más maduro, aunque siga siendo el rostro de una niña,

de una hermosa y pura niña que, toda vestida de blanco, cose en una habitacioncita muy pequeña y también toda blanca, por cuya ventana abierta de par en par se ve el edificio imponente y central del Templo,

y toda la bajada de las escalinatas de los patios, de los pórticos, y, al otro lado de la muralla, la ciudad con sus calles y casas y jardines, y, al fondo, la cima protuberante y verde del Monte de los Olivos.

Cose y canta en voz baja. No sé si se trata de un canto sacro.

Dice: «Como una estrella dentro de un agua clara me resplandece una luz en el fondo del corazón. Desde la infancia, de mí no se separa y dulcemente me guía con amor.

En lo más hondo del corazón hay un canto. ¿De dónde venir podrá?

¡Oh, hombre, tú lo ignoras! De donde descansa el Santo. Yo miro mi estrella clara y no quiero cosa que no sea, aunque fuera la más dulce y estimada, esta dulce luz que es toda mía.

Me trajiste de los altos Cielos, Estrella, al interior de un seno de madre. Ahora vives en mí; mas allende los velos te veo, rostro glorioso del Padre.

¿Cuándo a tu sierva darás el honor de ser humilde esclava del Salvador?

Manda, del Cielo mándanos al Mesías. Acepta, Padre Santo, la ofrenda de María».

María calla, sonríe y suspira, y luego se pone de rodillas en oración.

Su carita es toda una luz. Alta, elevada hacia el azul terso de un bonito cielo estival, parece como si aspirase toda su luminosidad y la irradiara.

O, más exactamente, parece como si de su interior un escondido Sol irradiase sus luces y encendiera la nieve apenas rosada de la carne de María

y se vertiera, llegando a las cosas y al Sol que resplandece sobre la tierra,  bendiciendo y prometiendo abundancia de bienes.

Estando María a punto de ponerse en pie después de su amorosa oración, permaneciendo en su rostro una luminosidad de éxtasis, entra la anciana Ana de Fanuel y se detiene atónita

o, por lo menos, admirada del acto y del aspecto de María.

La llama: «María»,

Y la Niña se vuelve con una sonrisa, distinta pero como siempre muy bonita, y saluda diciendo: «Ana, paz a ti».

–    ¿Estabas orando?

¿No te es suficiente nunca la oración?.

–     La oración me sería suficiente.

Pero yo hablo con Dios. Ana, tú no puedes saber qué cercano a mí lo siento; más que cercano, en el corazón. Dios me perdone tal soberbia. Es que yo no me siento sola.

Ves? Allí, en aquella casa de oro y de nieve, detrás de la doble Cortina, está el Santo de los Santos,

y jamás ojo alguno, aparte del del Sumo Sacerdote, puede detenerse en el Propiciatorio, sobre el que descansa la gloria del Señor.

Mas yo no tengo necesidad de mirar con toda el alma veneradora a ese doble Velo bordado,

que palpita con las ondas de los cantos virginales y de los levitas y que huele a preciosos inciensos, como para perforar su cohesión y ver así la luz irradiada por el Testimonio.

¡Pero sí que miro! No temas que no mire con ojo venerador como todo hijo de Israel.

No temas que el orgullo me ciegue haciéndome pensar esto que ahora te digo.

Yo miro, y no hay ningún humilde siervo en el pueblo de Dios que mire más humildemente la Casa de su Señor que como yo la miro, convencida como estoy de ser la más pequeña de todos.

Pero, ¿Qué es lo que veo? Un velo. ¿Qué pienso al otro lado del Velo? Un Tabernáculo. ¿Y en él?

Mas si miro a mi corazón, he aquí que veo a Dios resplandecer en su gloria de amor y decirme: “Te amo”, y yo le digo: “Te amo”,

y me deshago y me rehago con cada uno de los latidos del corazón en este beso recíproco…

Estoy entre vosotras, mis queridas maestras y compañeras, pero un círculo de fuego me aísla de vosotras. Dentro de ese círculo, Dios y yo.

Y os veo a través del Fuego de Dios y así os amo… mas no puedo amaros según la carne, como jamás podré amar a nadie según la carne, sino sólo a Este que me ama, y según el espíritu.

Conozco mi destino. La Ley secular de Israel quiere de toda niña una esposa y de toda esposa una madre.

Pero yo, no sin obedecer a la Ley, obedezco a la Voz que me dice: “Yo te quiero para Mí”, y permaneceré siempre virgen.

¿Cómo podré hacerlo? Esta dulce, invisible Presencia que está conmigo me ayudará, porque ella desea eso. Yo no temo. Ya no tengo ni padre ni madre…

y sólo el Eterno sabe cómo en ese dolor se quemó cuanto yo tenía de humano. Ardió con dolor atroz. Ahora sólo tengo a Dios.

A Él, por tanto, le presto obediencia ciegamente… Lo habría hecho incluso contra el padre y la madre, porque la Voz me enseña que quien quiere seguirla debe pasar por encima del padre y de la madre,

amorosas patrullas de ronda en torno a los muros del corazón filial, al que quieren conducir a la alegría según sus caminos… y no saben que hay otros caminos de infinita alegría.

Yo les habría dejado los vestidos y el manto, con tal de seguir la Voz que me dice: “¡Ven, dilecta mía, esposa mía!”. Les habría dejado todo.

Y las perlas de las lágrimas — porque habría llorado por tener que desobedecer —, y los rubíes de mi sangre — que hasta a la muerte habría desafiado por seguir la Voz que llama —

les habrían dicho que hay algo más grande que el amor de un padre y una madre, y más dulce: la Voz de Dios.

Pero ahora su voluntad me ha dejado libre incluso de este lazo de piedad filial.

Ya de por sí no habría habido lazo. Eran dos justos, y Dios, ciertamente, hablaba en ellos como me habla a mí.  Habrían seguido la justicia y la verdad.

Cuando pienso en ellos, pienso que están en la quietud de la espera entre los Patriarcas, y acelero con mi sacrificio la venida del Mesías para abrirles las puertas del Cielo.

En la tierra yo me rijo, o sea, es Dios quien rige a su pobre sierva diciéndole sus preceptos, y yo los cumplo, porque cumplirlos es mi alegría.

Cuando llegue la hora, le diré a mi esposo mi secreto… y él lo acogerá en su interior.

–      Pero, María… ¿con qué palabras lo vas a persuadir?

Tendrás en contra el amor de un hombre, la Ley y la vida.

–       Tendré conmigo a Dios…

Dios abrirá a la luz el corazón de mi esposo… la vida perderá sus aguijones de sentido para ser pura flor con perfume de caridad. La Ley…

Ana, no me llames blasfema. Yo creo que la Ley pronto va a sufrir un cambio. Pensarás: “¿quién puede cambiarla, si es divina?”.

Sólo quien la puede mutar: Dios.

El tiempo está más próximo de lo que pensáis, yo os lo digo. Leyendo a Daniel, una gran luz que venía del centro del corazón se me ha iluminado, y la mente ha comprendido el sentido de las arcanas palabras.

Serán abreviadas las setenta semanas por las oraciones de los justos.

Será cambiado el número de los años? No. La profecía no miente; mas, la medida del tiempo profético no es el curso del Sol, sino el de la Luna, y por ello os digo:

“Cercana está la hora que oirá el vagido del Nacido de una Virgen”.

¡Oh, si esta Luz que me ama quisiera decirme — pues muchas cosas me dice — dónde está la mujer feliz que dará a luz el Hijo a Dios y el Mesías a su pueblo!

Caminando descalza recorrería la tierra; ni frío y hielo, ni polvo y canícula, ni fieras y hambre me serían obstáculo para llegar a Ella y decirle:

–    “Concédele a tu sierva y a la sierva de los siervos del Cristo vivir bajo tu techo.

Haré girar la rueda del molino y la prensa; como esclava ponme en el molino; como pastora, a tu rebaño; o para lavar los pañalitos a tu Nacido; ponme en tus cocinas, en tus hornos… donde tú quieras, pero recíbeme.

¡Que yo lo pueda ver, que pueda oír su voz, recibir su mirada!”.

Y, si no me admitiese, yo viviría, mendiga, a su puerta, de limosnas y escarnios, al raso o bajo el sol intenso, con tal de oír la voz del Mesías niño y el eco de su risa, y luego verle pasar…

y, quizás, un día recibiría de Él el óbolo de un pan… ¡Oh, aunque el hambre me desgarrara las entrañas y desfalleciera después de tanto ayuno, yo no me comería ese pan!

Lo tendría como un saquito de perlas contra mi corazón y lo besaría para sentir el perfume de la mano del Cristo,

y ya no tendría ni hambre ni frío, porque su contacto me proporcionaría éxtasis y calor, éxtasis y alimento…

-¡Tú deberías ser la Madre del Cristo, tú que le amas de esa forma!

¿Por eso es por lo que quieres permanecer virgen?

–     ¡Oh, no! 

 Yo soy miseria y polvo.  No oso levantar la mirada hacia la Gloria.

Por eso es por lo que prefiero mirar dentro de mi corazón más que mirar al doble Velo, tras el cual sé que está la invisible Presencia de Yeohveh.

Allí está el Dios terrible del Sinaí.

Aquí, en mí, veo al Padre nuestro, veo un amoroso Rostro que me sonríe y bendice, porque soy pequeña como un pajarillo que el viento sujeta sin sentir su peso,

y débil como tallito de muguete silvestre que sólo sabe florecer y perfumar, y no opone más resistencia al viento que la de su perfumada y pura dulzura. ¡Dios, mi viento de amor!

No, no es por eso, sino porque al Nacido de Dios y de una Virgen, al Santo del Santísimo no le puede gustar sino lo que en el Cielo ha elegido como Madre y lo que en la tierra le habla del Padre celestial: la Pureza.

Si la Ley meditara en esto, si los rabíes, que la han multiplicado con todas las sutilezas de su enseñanza, volviendo la mente a horizontes más altos, se sumergieran en lo sobrenatural, dejando de lado lo humano

y la ganancia que pretenden olvidando el Fin supremo, deberían, sobre todo, volver su enseñanza a la Pureza, para que el Rey de Israel, cuando venga, la encuentre.

Con el olivo del Pacífico, con las palmas del Triunfador, esparcid azucenas y azucenas y azucenas… ¡Cuánta Sangre tendrá que derramar para redimirnos el Salvador!

¡Cuánta! De los miles de heridas que Isaías vio en el Hombre de dolores, cae, cual rocío de un recipiente poroso, una lluvia de Sangre.

¡Que no caiga en el lugar de la profanación y la blasfemia esta Sangre divina,

sino en copas de fragante pureza que la acojan y recojan, para luego esparcirla sobre los enfermos del espíritu, sobre los leprosos del alma, sobre los muertos a Dios!

¡Dad azucenas, azucenas dad para enjugar, con la cándida vestidura de los pétalos puros, los sudores y las lágrimas del Cristo!

¡Dad azucenas, azucenas dad para el ardor de su fiebre de Mártir! ¡Oh, ¿dónde estará esa Azucena que te lleva dentro; dónde, la que aplacará la quemazón que padeces; dónde, la que se pondrá roja con tu Sangre

y morirá por el dolor de verte morir; dónde, la que llorará ante tu Cuerpo desangrado?!

¡Oh, Cristo, Cristo, suspiro mío!….

María queda en silencio, llorando y abatida.

Ana está un rato en silencio.

Luego, con su voz blanca de anciana conmovida, dice:

-¿Tienes algo más que enseñarme, María?

María se estremece. Debe haber creído, en su humildad, que su maestra la haya reprendido…

y dice:

–     ¡Perdón!

Tú eres maestra, yo soy una pobre nada.  Es que esta Voz me sube del corazón.

Yo la tengo bien vigilada, para no hablar; pero, cual río que por el ímpetu de la ola rompe las presas, ahora me ha prendido y se ha desbordado.

No tengas en cuenta mis palabras y mortifica mi presunción. Las arcanas palabras deberían estar en el arca secreta del corazón al que Dios, en su bondad, favorece. Lo sé.

Pero, tan dulce es esta invisible Presencia, que me embriaga… ¡Ana, perdona a tu pequeña sierva!.

Ana la estrecha contra sí, y todo el viejo rostro rugoso tiembla y brilla de llanto.

Las lágrimas se insinúan entre las arrugas como agua por terreno accidentado que se transforma en un trémulo regatillo.

No obstante, la anciana maestra no suscita risa, sino que, al contrario, su llanto promueve la más alta veneración.

María está entre sus brazos, su carita contra el pecho de la anciana maestra, y todo termina así.

Dice Jesús:

–     María tenía el recuerdo de Dios. Soñaba con Dios. Creía soñar.

No hacía sino ver de nuevo cuanto su espíritu había visto en el fulgor del Cielo de Dios, en el instante en que había sido creada para ser unida a la carne concebida en la tierra.

Condividía con Dios, si bien de forma mucho menor, por exigencia de justicia, una de las propiedades de Dios: la de recordar, ver y prever, por el atributo de una inteligencia no lesionada por la Culpa,

, por tanto, poderosa y perfecta.

El hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. Una de las semejanzas está en la posibilidad, para el espíritu, de recordar, ver y prever.

Esto explica la facultad de leer el futuro, facultad que viene, muchas veces y directamente, por voluntad divina,

otras por el recuerdo, que se alza, como Sol en una mañana, iluminando un cierto punto del horizonte de los siglos precedentemente visto desde el seno de Dios.

Son misterios demasiado altos como para que podáis comprenderlos plenamente.

Eso sí, reflexionad. ¿Esa Inteligencia suprema, ese Pensamiento que lo sabe todo,

esa Vista que lo ve todo, que os crea con un movimiento de su voluntad y con el hálito de su amor infinito, haciéndoos hijos suyos por origen e hijos suyos por destino, podrá daros algo que sea distinto de Él?

Os lo da en proporción infinitesimal, porque la criatura no podría contener al Creador, mas esa parte es, en su infinitesimal, perfecta y completa.

¡Cuán grande el tesoro de inteligencia que dio Dios al hombre, a Adán! La culpa lo ha menoscabado, mas mi Sacrificio lo reintegra y os abre los fulgores de la Inteligencia, sus ríos, su ciencia.

¡Oh, sublimidad de la mente humana unida por la Gracia a Dios, copartícipe de la capacidad de Dios de conocer!…

De la mente humana unida por la Gracia a Dios.

No hay otro modo; que lo tengan presente los que anhelan conocer secretos ultrahumanos.

Toda cognición que no venga de alma en gracia — y no está en gracia aquel que se manifiesta contrario a la Ley divina, cuyos preceptos son muy claros — sólo puede venir de Satanás,

y difícilmente corresponde a verdad por lo que se refiere a cuestiones humanas,

y nunca responde a verdad por lo que respecta a lo sobrehumano, porque el Demonio es padre de la mentira y a quien arrastra consigo lo lleva por el sendero de la mentira.

No existe ningún otro método para conocer la verdad, sino el que viene de Dios.

Y Dios habla y dice o hace recordar, del mismo modo como un padre a un hijo le hace recordar la casa paterna y dice:

“¿Te acuerdas cuando conmigo hacías esto, veías aquello, oías aquello otro? ¿Te acuerdas cuando yo te despedía con un beso?

¿Te acuerdas cuando me viste por primera vez, cuando viste el fulgurante sol de mi rostro en tu alma virgen, instantes antes creada y aún exenta — puesto que acababa de salir de mí — de la debilidad que después te consumiera?

¿Te acuerdas de cuando comprendiste en un latido de amor lo que es el Amor y cuál es el misterio de nuestro Ser y Proceder?”.

Y cuando la capacidad limitada del hombre en gracia no llega a comprender, entonces el Espíritu de ciencia habla y enseña. Pero para poseer al Espíritu es necesaria la Gracia.

Y para poseer la Verdad y la Ciencia es necesaria la Gracia.

Y para tener consigo al Padre es necesaria la Gracia, Tienda en que las tres Personas hacen morada, Propiciatorio en que reside el Eterno y habla, no desde dentro de la nube,  sino mostrando su Rostro al hijo fiel.

Los santos tienen el recuerdo de Dios, de las palabras oídas en la Mente creadora y resucitadas por la Bondad en su corazón para elevarlos como águilas en la contemplación de la Verdad, en el conocimiento del Tiempo.

María era la Llena de Gracia. Toda la Gracia Una y Trina estaba en Ella.

Toda la Gracia Una y Trina la preparaba como esposa para la boda, como tálamo para la prole,  como divina para su maternidad y para su misión.

Ella es la que cierra el ciclo de las profetisas del Antiguo Testamento y abre el de los “portavoces de Dios” en el Nuevo Testamento.

Verdadera Arca de la Palabra de Dios, mirando en su interior eternamente inviolado, descubría, trazadas por el dedo de Dios sobre su corazón inmaculado, las palabras de ciencia eterna,

y recordaba, como todos los santos, haberlas oído ya al ser generada con su espíritu inmortal por Dios Padre, creador de todo lo que tiene vida.

Y, si no recordaba todo de su futura misión, era porque en toda perfección humana Dios deja algunas lagunas, por ley de una divina prudencia que es bondad y mérito para y hacia la criatura.

María, segunda Eva, tuvo que conquistarse su parte de mérito de ser la Madre del Cristo; con una fiel, buena voluntad.

Esto quiso también Dios en su Cristo para hacerle Redentor.

El espíritu de María estaba en el Cielo.

Su parte moral y su carne estaban en la tierra…

y tenían que pisotear tierra y carne para llegar hasta el espíritu y unirlo al Espíritu en un abrazo fecundo.