19 LA OCUPACIÓN PRINCIPAL


19 CONOCER A DIOS, ES EMPEZAR A AMARLO

María y José camino de Jerusalén.

Asisto al momento de la partida para ir donde Sta. Isabel.

José ha venido a recoger a María con dos borriquillos grises: uno para él, el otro para María.

Los dos animalitos llevan la acostumbrada albardilla; una de ellas agrandada, por un arnés, que sólo luego comprendo que ha sido hecho para llevar la carga (es una especie de portaequipajes),

sobre el cual José asegura una pequeña arca de madera — un pequeño baúl, diríamos ahora — que le ha traído a María para que pueda colocar en ella su equipaje sin peligro de que el agua lo moje.

Le oigo a María agradecer mucho a José este regalo providente, donde ordena todo lo que llevaba en un talego que había preparado antes.

Cierran la puerta de casa y se ponen en camino.

Está naciendo el día; efectivamente, veo que la aurora tenuemente empieza a rosear a Oriente.

Nazaret duerme todavía.

Los dos viajeros madrugadores encuentran en su camino únicamente a un pastor, el cual va arreando a las ovejas para que avancen; y las ovejas van trotando, chocándose unas contra otras balando.

Los corderitos son los que más balan, con sonido agudo y ligero; quisieran buscar, incluso mientras caminan, la mama materna.

Pero las madres van deprisa al pasto y los invitan con su balido, más fuerte, a que también troten.

María mira y sonríe.

Se ha detenido para dejar pasar al rebaño, y se inclina desde su albardilla y acaricia a estos mansos animalitos que pasan rozando al borriquillo.

Cuando llega el pastor, con un corderillo recién nacido en sus brazos, y se para saludar, María ríe acariciando en el morrito rosado al corderito, que bala como un desesperado,

y dice:

–     Está buscando a su mamá.

Ésta es la mamá, aquí está. No te abandona, no, pequeñuelo.

Efectivamente, la oveja madre se restriega contra el pastor y se pone de manos para lamer en el morrito a su hijo.

Pasa el rebaño con rumor de agua entre frondas, dejando tras sí el polvo que han levantado las veloces pezuñitas, y todo un bordado de pisadas sobre la tierra del camino.

José y María reanudan la marcha. José lleva su capa; María va arropada con una especie de toquilla de rayas porque la mañana está muy fresca.

Ya están en el campo y van el uno al lado del otro. Hablan raras veces.

José piensa en sus asuntos y María sigue sus propios pensamientos, y, recogida en sí, sonríe ante éstos y ante las cosas cuando, saliendo de su concentración, dirige la mirada hacia lo que la rodea.

De vez en cuando mira a José, y un velo de seriedad triste le nubla la cara; luego le torna la sonrisa, incluso al mirar a este esposo suyo providente,

que habla poco pero que si lo hace es para preguntarle si va cómoda y si no necesita nada.

Ahora ya han afluido otras personas a los caminos, especialmente en las cercanías de algún pueblo o dentro de él.

Pero ninguno de los dos hace mucho caso de las personas que se cruzan con ellos. Van en sus burritos trotadores en medio de un gran rumor de cascabeles.

Se detienen sólo una vez, a la sombra de un bosquecillo, para comer un poco de pan y aceitunas y beber en una fuente que baja de una cuevecilla.

Y otra vez, para protegerse de un chaparrón violento que rompe al improviso de un nubarrón oscurísimo.

Están al amparo del monte, contra un saliente de una roca que los protege de lo más intenso del agua.

Pero José quiere a toda costa que María se ponga su capa de lana impermeable, por la que el agua resbala sin mojar.

María se ve obligada a ceder ante la premurosa insistencia de su esposo, el cual para tranquilizarla en lo que toca a su propia inmunidad,

se pone sobre la cabeza y sobre los hombros una mantita parda que cubría la albardilla.

La manta del burro probablemente.

Ahora María, enmarcada su cara con la capucha y cubierta por entero con la capa marrón que lleva sujeta al cuello, parece un frailecito.

El chaparrón amaina, aunque se transforma en una lluvia fastidiosa y fina.

Los dos reanudan la marcha por el camino todo lleno de barro.

De todas formas, es primavera, y, pasado un poco de tiempo, torna el sol a hacer más cómoda la marcha.

Los dos burritos trotan de mejor gana por el camino.  

Salida de Jerusalén.

El aspecto beatífico de María.

Importancia de la oración para María y José. Estamos en Jerusalén.

La conozco bien ya con sus calles y sus puertas.

Los dos esposos lo primero que hacen es dirigirse hacia el Templo. Reconozco la cuadra donde José dejó el burro el día de la Presentación en el Templo.  

José les da de comer a los dos burros y también ahora deja allí.

Y con María va a adorar al Señor.

Más tarde salen. Van a una casa de personas conocidas según parece; allí comen y beben algo.

María se pone a descansar hasta que vuelve José con un viejecillo.

José dice:

–     Este hombre va por el mismo camino que tú.

Deberás recorrer bien poco camino sola para llegar donde tu parienta. Fíate de él, que le conozco.

Vuelven a subirse a los burros. José acompaña a María hasta otra de las Puertas de la ciudad  y allí se despiden…

María va sola con el viejecillo, que habla por todo lo que no hablaba José, y que se interesa de mil cosas.

María contesta pacientemente.

Ahora, en la parte de delante de la albardilla lleva el baul (hasta entonces lo había llevado siempre José en su burrito), y ya no tiene la capa; tampoco lleva su toquilla, la cual está ahora doblada encima del baúl.

Está muy hermosa con su vestido azul oscuro y con su velo blanco que la protege del sol. ¡Qué guapa está!

El viejecillo debe ser un poco sordo, porque, para que la oyera, María ha tenido que hablar bien fuerte; Ella, que habla siempre bajo.

Ahora está ya cansado; ha agotado todo su repertorio de preguntas y de noticias y se ha quedado transpuesto sobre el burro, dejándose guiar por él, que conoce bien el camino.

María aprovecha esta tregua para recogerse en sus pensamientos y para orar.

Debe ser una oración la que Ella va cantando en voz baja, mirando al cielo azul y con los brazos sobre el pecho y con rostro iluminado y beato por la emoción interior.

No veo más cosas. 

Dice María:

–     Voy a hablar poco porque estás muy cansada, pobre hija mía.

Sólo quiero que pongas — como también quien lee — tu atención en la costumbre constante de José y mía de reservar siempre el primer puesto a la Oración.

Ni el cansancio ni la prisa ni los pesares ni las ocupaciones impedían la oración; antes al contrario, la favorecían.

Era siempre la reina de nuestras ocupaciones. Nuestro refrigerio, nuestra luz, nuestra esperanza. Si en las horas tristes era consuelo, en las felices canto;

pero siempre, la amiga constante de nuestra alma: era la que nos desligaba de la tierra, del destierro, y nos mantenía en suspensión hacía el Cielo, la Patria.

No sólo yo, que ya tenía dentro de mí a Dios y me bastaba con mirarme dentro para adorar al Santo de los santos, me sentía unida a Dios cuando oraba,

sino que también lo sentía José, porque nuestra Oración era adoración verdadera de todo el ser, que se fundía con Dios adorándole y recibiendo a su vez su abrazo.

Fijáos que ni siquiera yo, que ya tenía en mí al Eterno, me sentí exenta de prestar veneración al Templo.

La más alta santidad no exime de sentirse una nada respecto a Dios y de humillar esta nada, puesto que Él nos lo permite, en un continuo grito de júbilo a su gloria.

¿Sois débiles, pobres, imperfectos? Invocad la santidad del Señor: “¡Santo, Santo, Santo!”.

Invocad al Santo bendito para que socorra vuestra miseria. Vendrá, transfundiéndoos su santidad.

¿Sois santos, ricos de méritos ante sus ojos? Invocad igualmente la santidad del Señor, la cual, siendo infinita, aumentará cada vez más la vuestra.

Los ángeles, seres que están por encima de las debilidades de la humanidad, no cesan un instante de cantar su “Sanctus”, y su belleza sobrenatural crece con cada acto de invocación de la santidad de nuestro Dios.

Imitad, pues, a los ángeles. No os despojéis nunca del amparo de la Oración.

Contra ella se despuntan las armas de Satanás, las malicias del mundo, los apetitos de la carne, las soberbias de la mente.

No bajéis jamás esta arma, por la cual los Cielos se abren, lloviendo así gracias y bendiciones.

La tierra tiene necesidad de un baño de oraciones para purificarse de las culpas que atraen los castigos de Dios.

Y, dado que pocos oran, esos pocos deben orar como si fueran muchos, multiplicar sus oraciones vivas para obtener con ellas esa suma necesaria para conseguir gracia

y las oraciones viven cuando están sazonadas con verdadero amor y sacrificio.

Que tú, hija, sufras, además de por tu sufrimiento, por el mío y el de mi Jesús, es bueno, es meritorio y grato a Dios.

Tengo en gran estima tu amor compasivo. ¿Querías besarme? Besa las llagas de mi Hijo. Úngelas con el bálsamo de tu amor.

Yo sentí espiritualmente el agudo dolor de los azotes y de las espinas y la tortura de los clavos y de la cruz.

Mas, de la misma forma, siento espiritualmente todas las caricias hechas a mi Jesús y son otros tantos besos que yo recibo.

Bueno, ven de todas formas; verdad es que soy la Reina del Cielo, pero sigo siendo la Madre… Y yo me siento bendecida.  

 

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